LA VIDA PERFECTA

Érase una vez un día perfecto, el único que se recuerda, salió el sol sin nube alguna sobre los campos y carreteras, iluminó suavemente las autopistas, iban dichosos por todas ellas los felices viajeros sin problemas, sin una sombra, sin la menor preocupación. A las ocho, cuando se abrieron las oficinas, los jefes iniciaron un día muy amable, la cordialidad se extendió por pasillos y despachos, funcionaban a pleno rendimiento las máquinas, no arrojaban los teléfonos tensiones ni conflictos, todas las noticias, los diálogos, las historias entrecruzadas, eran constantemente alegres, se comentaba la salud y belleza de los niños encantados de estar en los colegios, la bondad, paciencia y valor de los ancianos, el equilibrio de todos los matrimonios, la dulzura, la suavidad en todas las relaciones, la puntualidad de los transportes, la excelente educación de los ciudadanos. La mañana en todas partes transcurrió tan llena de luz que los telediarios al mediodía recogieron el paso de las horas del día perfecto apareciendo en pantalla las permanentes sonrisas iluminando cada noticia, las alegrías compartidas por los protagonistas, el gozo al extender la felicidad, y así la tarde entró muy pacífica y sosegada, plena de satisfacciones, ya que las horas del día perfecto poseguían radiantes, los parques se llenaron de risas innumerables y a la hora de la cena, tras una jornada memorable, los telediarios volvieron a confirmar que el bienestar más profundo reinaba en todos los hogares y que una paz soberana invadía las existencias de los hombres.
Lo que no se sabe de ese día es que no trabajó ningun artista. Ningun pintor, ningun escultor, ningun músico, ningun escritor. Ese día fue el único en que no se pintó, ni se esculpió, ni se compuso, y nada se escribió.
No hubo inspiración. No había nada que decir. Faltaban todos los contraluces. Todas las sombras.
Sólo se oyó murmurar al final de día, ya muy desolado, lo que decía Tarkovsky, el autor de «Sacrificio», de «La infancia de Iván» y de «Solaris»: «La gente hace arte porque la vida no es perfecta», comentó en voz muy baja.
Felizmente al día siguiente volvió a amanecer el día imperfecto, las horas crispadas, la completa (e incompleta) vida imperfecta, los ruidos, el caos, las inesperadas tensiones y vicisitudes.
Ya muy de mañana se les vio a los artistas en sus talleres – muy inspirados, muy ilusionados -, volviendo a hacer arte.

EL CONTADOR DE HISTORIAS

Recuerdo perfectamente al contador de historias en mi infancia, cuando iba con mis hermanos al colegio y le veía allí, en aquel banco junto a la carpa de circo, levantar en el aire las palabras y hacer malabarismos con los acentos y las comas, comerse el fuego de las admiraciones y esconder verbos y adjetivos, taparlos con cubiletes de colores y cortar la cinta de la poesía en varias partes para pegar los versos sin trucos. Yo creo que desde ese momento quise hacerme escritor. Recuerdo que el mejor de sus relatos era aquel que contaba la vida de un contador de historias de Londres, al que situaba en Gordon Square, y del que decía que era el mejor embaucador de verdades porque cogía una verdad por la cola y la transformaba de pronto en fantasía, la hacía girar y girar varias horas ante los ojos y oídos de los transeuntes.

Años después, cuando estuve en Londres, le descubrí. En aquella esquina de Gordon Square el mismo contador de historias lograba recitar con los ojos cerrados y las manos extendidas, como si fuera un loco camino del destino, a Milton y a Shakespeare, sobre todo pasajes del Rey Lear, y dentro de su garganta y con facilidad enorme mezclaba continuamente parlamentos de Edmundo y de Gloucester.

Pero su gran relato siempre era el mismo. Que había un contador de historias en Venecia, en el mercado de Rialto, que se superaba a sí mismo ocultando su cara con disfraces y retando a la muchedumbre de los canales a adivinar dónde estaba el mejor contador de historias de todos los tiempos.
Lo encontré naturalmente en el mercado de Venecia, narrando bajo su máscara y su antifaz, que aún existía un contador de historias más fabuloso, que seguía viviendo en París, en la rue St-Louis en l`Ile, un hombre del que nacía la luz de la ciudad y que explicaba a la multitud embobada cómo en Praga, en la plaza Wenceslao, a las puertas del Hotel Europa, un contador de historias revelaba los secretos para ser feliz, que consistían en volver a la infancia, al camino de aquel viejo colegio, acompañando por las calles a los hermanos, hasta llegar a un banco, junto a la carpa del circo, en donde un hombre se iba tragando los sables de las interrogaciones, escupía el fuego de los adverbios, hacía volar los sustantivos en el aire y, entre aplausos, hacía que entre el público un niño asombrado fuera pensando que quizá un día, poco a poco, pudiera ser escritor.

FICCIÓN Y REALLIDAD

Lo más interesante de aquel caso, se decía cada tarde el escritor de novelas policiacas, era que el cuerpo no aparecía, lo habían dicho en las noticias, lo habían subrayado en el telediario, ¿dónde estaba el cuerpo? ¿desaparecido? ¿muerto?. Pero también lo más interesante de aquel caso que tanta conmoción producía en la opinión pública, (se decía cada mañana el autor del suceso – o mejor dicho, los autores, porque había varios autores del misterio-), era que cada mañana se hacía necesario recomponer las piezas, usar nuevas coartadas, disimular los rostros, aparentar más frialdad al salir de la casa, aparecer impertubable al enfrentarse con la prensa, en resumen, adelantarse a lo que se iba a investigar por la tarde, ir por delante de lo que pudiera decir el escritor de novelas policiacas acumulando sospechas.

Porque sospechas sí que las había, se decía el escritor de novelas policiacas, también aseguraba lo mismo la policía, es decir, las dos líneas de investigación paralelas ( ya que había dos líneas de investigación, como también había varios autores del misterio: estaban los protagonistas del suceso y luego estaban los amigos que callaban, quizá que sabían dónde estaba el cuerpo, acaso habían ayudado a desprenderse de él, pero nada decían). Todo esto aumentaba la confusión.

Lo más interesante también para todos los que seguían diariamente aquel extraño y apasionante suceso era la doble velocidad de las investigaciones: el autor, (o los autores) sobre todo y su ritmo desconcertante, el seguimiento minucioso de las facciones de su rostro, cualquier ademán delator, por ejemplo, con las manos, algo que apretaran siempre con las manos o con lo que jugaran con los dedos, la manera de mirar (de frente o de perfil, con los ojos fríos e impasibles o bien huidizos), cualquier detalle que le sirviera al escritor de novelas policiacas para escribir en Internet por la tarde el resultado de sus pesquisas.

Porque el escritor de novelas policiacas se iba adelantando sin querer a cuanto hacían los autores de aquel misterio. Sobre los perros enviados a olfatear restos él tenía su propia teoría. Una tarde había seguido a aquellos perros adiestrados por la policía y había descubierto que el olor a cadáver estaba repartido por varios sitios distintos. Entonces se preguntó: ¿ habían trasladado el cadáver el mismo día de la desaparición? ¿o eran pistas muy posteriores a aquel suceso? Cuando esa tarde escribió esto en Internet no pareció sorpender a la policia, los investigadores no reaccionaron en un principio, y sí en cambio lo hizo inmediatamente el autor (o autores) del misterio, ya que a la mañana siguiente se vió a los supuestos autores (o quizá sólo a uno, porque también se decía que había un único y enigmático autor) con el rostro demudado y distinto, igual que si estuviera a punto de descubrirse todo, aunque era imposible, se decía, las coartadas estaban completamente trazadas y selladas, y sobre todo el silencio, aquel silencio que se habían jurado mantener a toda costa y que era el más profundo de los secretos.

Lo que sucedió después ya se sabe. Una noche, el escritor de novelas policiacas sentado ante su pantalla de Internet, pensó que era necesario actuar. Dejó su ordenador abierto como si trabajara y aprovechando un descuido de la policía subió de dos en dos los escalones de aquella casa donde vivían los autores del misterio. No encontró a nadie. Con los instrumentos silenciosos de la ficción intentó abrir las puertas de la realidad. No estaba el cuerpo por ningún lado. No había nada. Sólo había ficción, ficción, ficción por todas partes. La realidad no se encontraría nunca.

OSTRAS Y CHAMPAGNE

Sentada en las grandes praderas al lado de los baobabs y no lejos de los elefantes, o sentada ante la mesa de su granja, «al pie de las colinas de Ngong», todos sabemos que a Karen Blixen se le daba un motivo en el aire- un motivo musical-literario, el pie para que echara a andar ( una palabra, un nombre) – y su relato se ponía en movimiento según el ritmo cadencioso de las palabras mágicas. El cuento, gótico o no, iba tomando forma igual que la cintura de esas vasijas de invención redondeadas y estilizadas, elevándose cada vez más finas, mejor dibujadas, más fascinantes y deslumbrantes.
Isak Dinesen siempre lo logró con sus palabras.
Le escuchaba arrobado Denys Finch-Hatton, como vimos en «Memorias de África», recostado en la hierba al lado de la tienda nocturna, en la mano una copa de vino.
Luego le escucharon también, muchos años después, Marilyn Monroe, Arthur Miller y Carson McCullers en un famoso almuerzo americano cuya foto hoy aparece en los periódicos. Allí vemos a una Dinesen envejecida, cuyos ojos, según diría Truman Capote, «con kohl en los párpados, profundos, como animales de terciopelo acurrucados en una cueva, son posesión de mujeres comunes».
Debió de contarles otra gran historia a aquellos personajes, las mil y una noches de una noche que les hiciera olvidar lo insoportable.
Luego la leyenda dice que Dinesen, ya anciana, sólo se alimentaba de ostras y champagne
Pero eso ya pertenece al dominio de sus cuentos. Nunca sabremos si es ficción o realidad.

LOS ROSTROS DE LA TELE

Anoche, viendo el telediario con Emmanuel Lévinas, sentados como siempre en el sofá del salón, aparecieron de pronto esos rostros de todas las noches, esos rostros doloridos de mujeres crispadas, de mujeres golpeadas, de niños abandonados, esos rostros de Rembrandt llenos de pústulas de violencia, esos rostros con los labios abiertos y las manos tendidas, esos rostros y cuerpos doblados en despedidas, ojos de infancia desamparada, llanto, desesperación, destrucción.
Me atreví a musitar como todas las noches:
-¡Qué horror…!
Y seguí cenando el plato de la costumbre, que por cierto estaba muy bien cocinado, era como siempre muy sabroso, no se cansa uno de comer la costumbre mientras se dice por lo bajo todos los días mirando al televisor:»¡qué horror!, ¡pero qué horror!…»
Pero los filósofos son distintos. Mirándome Lévinas mientras cenaba no pudo ya contenerse:
-La piel del rostro -me dijo- es la que se mantiene más desnuda, más desprotegida, ¿sabe usted? La más desnuda, aunque con una desnudez decente. La más desprotegida también: hay en el rostro una pobreza esencial. Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses. Y además el rostro habla. El rostro es lo que nos prohibe matar, es como una extraña autoridad desarmada. El rostro es lo que no se puede matar, o, al menos, eso cuyo sentido consiste en decir: «No matarás».
Me quedé con la costumbre en la cuchara, pensativo, sin querer cenar más.
Me miraba desde el televisor el rostro de todas las noches, un rostro irrepetible, único. Luego sonó un golpe seco y desapareció de la pantalla.

LAS GRANDES SUPERFICIES

Ahora en otoño, cuando se acerca uno al mar y se pasea solitario por entre rocas y acantilados, en estas tardes o mañanas de niebla, a la hora en que se fueron ya los últimos veraneantes, el grosor de las olas y el lomo de las aguas va y viene despacio en el casi absoluto silencio que alarga la costa, el mar se va haciendo la mar, y en la mar, al fondo, se ven venir flotando toda especie de libros, aquellos finos y delgados de poesía y estos otros de caudal considerable, con sus portadas y páginas saladas, con sus reclamos publicitarios y brillantes, libros como peces o peces como libros, con sus escamas plateadas, curvados, ondulados, tentadores, abrumadores.
Sentado en esta roca, la gran superficie del mar con sus departamentos, mesas y anaqueles, recibe este flujo de libros que arroja la fuerza de la «rentrée«, obras que se escribieron por convicción o por oportunismo, animales marinos resbaladizos.
Decía Salman Rushdie » que lo peor de todo es cuando ya no tienes un libro que escribir y sin embargo tienes que escribir un libro».
Luego uno se fija en la costa, en el atardecer de la costa, en cómo se va poniendo el sol y va entrando suavemente el claroscuro.

CONTEMPLANDO EL FUEGO

Por la puertecita que da al jardín, que da al vestíbulo, que da al mar, por el pasillo de esta casa de campo donde vivo, casa sobre rocas, casa sobre llanuras y montes, casa sobre la gran ciudad y sus rascacielos, por este breve pasillo familiar tantas veces recorrido, llego siempre hacia las siete o siete y media de la tarde al salón donde está la chimenea y me siento en el butacón rodeado de libros.
Los dos- el poeta y yo- contemplamos en silencio el crepitar del fuego.
-«…Porque el fuego material, ¿ve usted? -me dice suavemente la voz de este poeta sentado a mi lado-, en aplicándose al madero, lo primero que hace es comenzarle a secar, echándole la humedad fuera y haciéndole llorar el agua que en sí tiene; luego le va poniendo negro, oscuro y feo y aun de mal olor, y, yéndole secando poco a poco, le va sacando a luz y echando afuera todos los accidentes feos y oscuros que tiene contrarios al fuego; y, finalmente, comenzándole a inflamar por de fuera y calentarle, viene a transformarle en sí y ponerle hermoso como el mismo fuego…», ¿lo advierte?
Sí, sí lo noto, le respondo cada tarde a esta hora a San Juan de la Cruz.
Miramos los dos el fuego y él va viendo dentro del fuego todos los movimientos del alma, lo que nos pasa en la vida, el llanto del agua bajando por los recuerdos, sequedades sentidas, color de llamas encendidas, esperanzas inflamadas, troncos de años.
Así nos quedamos largo rato.
Después, hacia las ocho, cuando la noche entra por la puerta del jardín, por la puerta del mar, por la puerta del vestíbulo, mi casa en lo alto de los montes y de los rascacielos aparece iluminada sobre el tráfico, río de luces interminables y rumor de civilización.
Mañana a las siete volveré a estar otro rato en silencio con San Juan de la Cruz.

LA VOZ HUMANA

En el monólogo teatral «La voz humana» de Cocteau la actriz aparece en una habitación azulada y oscura, en un decorado enmarcado por cortinajes rojos, con una cama desordenada al lado y como centro de todo un teléfono. El teléfono siempre ha atraido a escritores y artistas. «Esa idea -decía Auster- de estar hablando con alguien, de crear cierta intimidad y, al mismo tiempo, ser completamente invisible…Se pulsan unos botones y se puede hablar con cualquiera en el mundo. Resulta tan misterioso… Es al mismo tiempo aterrador, inútil, y a veces magnífico…»
Por eso esta mujer que pasa del nerviosismo a la mentira, de la mentira a la seducción, de la seducción al abandono, esta mujer que habla y habla caminando y volviendo a caminar por la escena sin soltar nunca el teléfono, esta mujer que estira el cable de la distancia, que pregunta, disimula, sospecha, a la que vemos de espaldas y de perfil, de la que oimos su timbre suave y encantador transformado de pronto en cruel y vengativo, esta mujer atada a la voz humana que le habla, la voz que necesita oir, la voz a la que su voz responde, la voz que querría siempre al lado, es hermana de esta otra mujer moderna que cruza la calle hablando por el móvil, que habla mirando a escaparates, que sigue hablando mientra sube escaleras, esta mujer sin cable, con el oído pegado a la voz, esa voz que le ha hablado siempre al otro lado del teléfono, esa voz necesaria, urgente, la voz que quiere retener, esa voz que no se puede escapar, no, él no me puede colgar, ¡no, no me puedes colgar!, eres la media naranja de mi voz, ¡eres casi mi voz misma!
Por eso cuando en la escena de Cocteau vemos cómo esta mujer se va enrollando al cuello el cordón del teléfono y desesperada, incrédula, asustada ante tanto silencio, va diciendo «¡Dios mío, que me llame! ¡ Dios mío, que me llame!», no nos extraña ver a esta otra mujer en la calle pendiente del móvil que acaba también de escuchar un completo silencio y repite lo mismo, «¡Dios mío, que me llame! ¡ Dios mío, que me llame!», antes de caer desvanecida al suelo.

"PETITE POMME"

-Para parecer hermosa – le dice ahora el fotógrafo a esta mujer antes de disparar-, lo que tiene usted que hacer unos segundos antes de mi destello es articular las siguientes sílabas misteriosas en francés, aunque usted no sepa el significado. Diga muy despacio: «Pe-tite-pomme». Verá como por arte de magia, su boca, en lugar de formar una mueca ansiosa, se hará un círculo, sus cejas se arquearán ligeramente y el óvalo de sus mejillas se alargará. Repita otra vez muy despacio «petite pomme» y obtendrá una dulzura distante en su rostro, se refinarán sus facciones…
Efectivamente así es. Suenan diversos «clics» en la terraza y la pequeña manzana de la cabeza de esta mujer recostada en una esquina es movida por el sol y las sombras, los recortes de la tarde captan toda la superficie de la piel, la cámara encuadra la belleza. Ella apenas silabea «pe-tite-pomme», «pe-tite-pomme» muy despacio pero la tristeza velada o su infinita melancolía al creer que ya no verá más a ese hombre, al creer que nunca más será amada, no consigue que la fotografía la recoja. El criterio fundamental de valor en la fotografía, que es que la imagen sea inolvidable, no abraza al olvido. El temor a ser olvidada está en los ojos de esta mujer, está en los labios que repiten «pe-tite-pomme»,»pe-tite-pomme» muy despacio…
Luego ella queda en soledad y el fotógrafo se aleja. Cree que ha cumplido con su oficio.

EN UNA TAZA DE CAFÉ

Antesdeayer, que Claudio Magris presentó en Barcelona su nuevo libro, «Así que usted comprenderá», me acordaba del Café San Marcos de Trieste, ese café que aparece en «Microcosmos», la pequeña mesa de mármol con el pie de hierro colado, y encima de ella, entre Magris y yo, esa presión de la cerveza, o bien la taza de café, el aroma que asciende de la conversación. Tabucchi va a un viejo café de Forte dei Marmi, una ciudad costera cercana a Pisa, y allí escribe, como escribe Magris en Trieste, como escribían y corregían los franceses en el parisino «Les Deux-Magots». En todos los sitios, como en el de Lisboa que visitaba Pessoa o como en los de la Viena imperial de entreguerras, el café parece que está esperando el azúcar y la cucharilla pero únicamente espera que revuelvan un poco a las palabras, que las palabras se escriban en el cuaderno y que el cuaderno se lea o bien que las palabras dialoguen en voz alta con otras palabras que están en la mesa de al lado, y éstas a su vez dialoguen con otras y salgan todas paseando a la calle y a veces se exciten en la esquina, en alguna ocasión choquen sus nudillos y presenten las palmas de sus manos como si se retaran. El café llama a la conversación y a la confidencia y la taza es el pretexto para consumir el tiempo y arreglar el mundo, para vaciar la vida de uno en ese platillo que hay a veces con un cigarrillo y otras veces sólo sostiene al aire.
Pero de pronto viene el camarero a quitarnos todos esos pensamientos. No hay más remedio que levantarse.
-Así que usted comprenderá.-me dice Magris ya en la puerta.

LAS PLAYAS INVISIBLES

Paseando por la playa con Karel Capek, el autor de «Guerra con las salamandras», apurando estos días de septiembre. Me cuenta que hace poco se embarcó en el Mediterráneo. «Es tan bellamente azul – me dice-que uno no sabe cuál es el cielo y cuál el mar, por lo que en todas partes de la costa y de los barcos hay letreros que indican dónde es arriba y dónde abajo; de otro modo uno podría confundirse. Fíjese, para no ir más lejos, el otro día, nos contó el capitán, un barco se equivocó, y en lugar de seguir por el mar la emprendió por el cielo; y como el cielo es infinito no ha regresado aún y nadie sabe dónde está».
Le pregunto si en el cielo hay ciudades invisibles como relata Calvino. Naturalmente que sí, me dice Capek, ya sabe que, como dice Calvino, «suspendida en el cielo existe otra Bersabea donde se ciernen las virtudes y los sentimientos más elevados de la ciudad y que si la Bersabea terrena toma como modelo la celeste llegará a ser una sola cosa con ella».
-Entonces ahora ¿dónde estamos?- le pregunto a Capek paseando despacio por la arena.
-Estamos arriba – me dice-, en esta playa invisible, de nombre Colina del Sol. Asómese y verá la Tierra.
Efectivamente, miro hacia abajo, al otro lado del mar y entre las nubes, y veo perfectamente la Tierra. Veo a dos hombres diminutos paseando por la arena de la playa que miran hacia el cielo y el mar.
– ¿Y cree usted que sabremos volver?- le digo a Capek preocupado.
-No lo sé. Esto es infinito. Vamos a intentarlo. No se preocupe. Mientras tanto vamos a dar una vuelta.

TARDE EN LA NOCHE

Tarde en la noche me levanto dormido a beber un vaso de agua y a picar algo en la nevera, pero el resplandor helado del frigorífico, estas botellas alineadas, el acuarium de frutas y aceitunas me impide salir de este sueño, muevo la pierna y cambio de postura pero vuelvo a inclinarme a coger algo, no sé, quizás esta cucharadita de helado para volver a dormir, me gustaría despertarme, siempre me pasa, cierro la puerta del frigorífico y voy hacia el comedor y veo a este hombre de pie que me espera en el centro del sueño. ¿Por qué sueño con él, quién es este hombre, qué quiere de mí? «Es asombroso- me dice- que cada mañana nos despertemos cuerdos después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños». Es verdad, y por eso muevo la pierna otra vez, sí, sé que he movido la pierna, no sé si dormido o despierto, intento abrir los ojos en este comedor, mirar a este hombre fijamente, saber quién es, pero el sueño sigue con los ojos cerrados, siempre tengo este sueño, sueño de ojos cerrados que no consiguen despertarse, y así vuelvo al pasillo, de nuevo al resplandor de la nevera, la luz de las botellas, mi mano que toma esta cucharadita de helado y así me voy quedando otra vez dormido.

( NOTAS A LECTURAS) (Umbral. 2)

Hoy Arcadi Espada en su columna de EL MUNDO habla de Anna Caballé a la que yo me referí en mi blog del 29 de agosto. El libro de la profesora sobre Umbral -«El frío de una vida»-«cuya sola mención – dice Espada-se ha eludido estos días como peste en el duelo por el escritor» abre, como dije, el panorama sereno de la crítica. ¿No es más alto y profundo en Lorca «Poeta en Nueva York» que otros «Romanceros» aplaudidos popularmente en un principio? ¿No hay obras teatrales de Valle-Inclán o novelas como «Tirano Banderas» que superan a algunas de sus «Sonatas»? ¿Qué ha quedado de la musical sonoridad de Gabriel Miró? ¿Qué lugar ocupan en Galdós los «Episodios Nacionales»? Es necesaria la distancia. Hacer crítica rigurosa y sosegada supone ir colocando-lo hacen los historiadores-las cajas de las obras en las estanterías de la gran Biblioteca. Además vienen luego las modas. ¿No nos trae el viento, por ejemplo, de nuevo a Stefan Zweig? Vientos y modas entran y salen por las ventanas de la Biblioteca del mundo cruzada de laberintos. «El tiempo lo cura todo», le dice un lector a otro mientras hojea en la penumbra un libro olvidado. Y el otro en silencio asiente mientras abre también otras páginas y, tras desempolvarlas, las vuelve a colocar cuidadosamente alineadas en su memoria.

EL ROSTRO

Igual que los médicos descubren en los rostros las vetas de una enfermedad oculta que no conoce nadie, igual que el ojo clínico recorre mansamente el silencio de la dolencia y de repente se detiene, se interesa, revela y diagnostica, así el artista pasa sobre el secreto de los rostros de la calle, de los rostros del metro, o de esas cabezas y cuerpos que le rodean y le miran. El ojo clínico del escritor «ve» aquella historia que aún no ha visto nadie y que él va a contar : está la historia debajo de todos los pliegues de ese rostro y a veces ni siquiera la historia existe, son pedazos de infancia y amores que hay que recomponer, y duelos y desgarros deshilvanados y también un secreto en el pozo de la conciencia. Al escritor le interesará todo.
Anoche, que vino Bárbara Jacobs a cenar a casa, me contaba por qué había cambiado la medicina por la escritura:
-Vi el primer cadáver – me dijo-.Era un muchacho de mi edad, y me di cuenta de que me interesaba más saber quién era ese joven, qué iban a sentir sus padres, cómo murió…Me interesaba más su historia humana que su historial médico. Y entonces me hice escritora.
Estuvimos largo rato charlando y luego no tuve más remedio que ponerme a escribir.

OBRAS EN CASA

De obras en casa. Siempre que hay albañiles te ponen la casa patas arriba, pero esta vez lo he querido hacer yo mismo, he ido ganando el cuarto que necesitaba al otro lado del comedor, exactamente entre la cocina y el comedor, he ido sacando al pasillo cosas repetidas e inservibles, algunos sueños, melancolías, premoniciones, aspiraciones que ya se cumplieron, un poco de aquella vanidad de mis primeros años, en fin, eso que se acumula y que no se acaba de limpiar, residuos, ciertas envidias. Al final, con mucho esfuerzo, me ha quedado un cuarto nuevo aunque pequeño, indudablemente hay que darle una mano de pintura pero al acabar y cerrarlo y luego abrir otra vez la puerta para verlo me he quedado asombrado porque nunca he tenido un cuarto así, tan pequeño como un cuaderno, más bien es un solo cuaderno abierto en el centro del cuarto, yo creo que ni siquiera tiene las medidas de un cuaderno, es una simple hoja para pensar, una hoja blanca para pensar en la vida, la vida es el pasillo, la casa, la calle, el mundo, pero siempre he vivido la vida y nunca pensé en ella simplemente por falta de un cuarto, de un cuaderno, de una hoja de tiempo ante la que inclinarme para escribir qué pienso yo de la vida ahora que la vivo tanto y que es mi vida única.
Anoche, cuando me vino a ver Bioy Casares y me dijo eso del pensar -«no lo dudes, escribir es agregar un cuarto a la vida. Está la vida y está pensar sobre la vida»-, indudablemente me hizo pensar. Estaba yo con la vida a cuestas por el pasillo y me dije que necesitaba este cuarto para mí, donde ahora estoy ante la hoja blanca pensando por qué no he pensado nunca, por qué dejo que la vida me coma y no me pregunto qué puedo hacer mejor aún en esta vida.

(NOTAS DE LECTURAS)

(De todos los artículos sobre Umbral -de los elogios excesivos y de los despreciables ataques-sin duda el de mayor interés es el de Ana Caballé hoy en ABC. Caballé, buena conocedora de su obra y autora de un libro relevante sobre el escritor fallecido, abre el campo para lo que ha de hacerse a partir de ahora: un juicio reposado que le irá colocando en el sitio adecuado para la historia literaria).