«No estoy seguro de tener algo que agregar a lo que todo el mundo ha estado diciendo durante años – contestó J. G. Ballard en 1984 cuando fue interrogado por Thomas Frick para The Paris Review (El Ateneo)-. La década de los sesenta era una época de multiplicación infinita de posibilidades, de verdadera generosidad en muchos aspectos, una enorme red de conexiones entre Vietnam y la carrera espacial, la psicodelia y la música pop, y todo ello relacionado de todas las maneras concebibles gracias al paisaje de los medios de comunicación. Todos nosotros estábamos viviendo dentro de una enorme novela, una novela electrónica gobernada por la instantaneidad. En muchos aspectos el tiempo no existía en la década del sesenta, era tan sólo un conjunto de infinitos presentes configurativos. El tiempo volvió en la década del setenta, pero no el sentimiento del futuro. Las manecillas del reloj ahora no van a ninguna parte. No obstante aborrezco la nostalgia y es posible que vuelva a producirse una mezcla igualmente ardiente. Por otra parte, al ser tan serio, el futuro puede resultar aburrido. Es posible que mis hijos y los suyos vivan en un mundo sin acontecimientos y que la facultad de imaginación muera o se exprese exclusivamente en el mundo de la psicopatología».
«Aun en el caso de un escritor naturalista, que en cierto sentido toma su tema directamente del mundo que le rodea – prosiguió – es muy difícil comprender el proceso por el cual una ficción en particular logra imponerse. Pero en el caso de un escritor imaginativo, en especial de uno como yo con grandes afinidades con los surrealistas, apenas si me doy cuenta de lo que está sucediendo. Las ideas recurrentes se juntan, las obsesiones se solidifican, se genera un conjunto de mitologías operativas, como los cuentos que se inventan acerca del tesoro para inspirar a la tripulación. Supongo que uno está enfrentado con un proceso muy semejante al de los sueños, una cantidad de escenarios ideados para dar sentido a ideas aparentemente irreconciliables. Así como los centros ópticos del cerebro construyen un universo completamente artificial, tridimensional, a través del cual podemos desplazarnos con eficacia, del mismo modo la mente en general crea un mundo imaginario que explica satisfactoriamente todo, siempre y cuando se le actualice constantemente. Así el flujo de novelas y relatos continúa…Supuestamente, todo el tiempo uno está escribiendo el mismo libro».
«Escribo cada uno de mis libros de manera consecutiva, tal como se lee, nunca altero el orden. Creo que el uso de una sinopsis refleja para mí una fuerte convicción en la importancia de la historia, de la naturaleza objetiva del mundo inventado que describo, de la completa separación de ese mundo con respecto a mi propia mente. Es un punto de vista anticuado (o al menos eso parece) aunque yo afirmaría vigorosamente que no lo es y también es un punto que me aparta de la idea posmodernista de una ficción reflexiva y autoconsciente que reconoce explícitamente la inseparabilidad del autor y el texto».
Cuando le preguntaron qué consejo daría a un joven escritor, Ballard contestó:»Tal vez lo que está mal de ser un escritor es que uno ni siquiera puede decir «buena suerte»: la suerte no desempeña ningún papel en la escritura de una novela. Nunca hay accidentes felices como puede ocurrir con el pincel o el cincel. Creo que uno no puede decir nada, verdaderamente. Siempre he querido hacer malabarismos y andar en un monociclo, pero me atrevería a decir que si alguna vez le pidiera consejos a un acróbata él me diría: «Todo lo que tiene que hacer es subirse y empezar a pedalear…».
(Pequeña evocación sobre J. G. Ballard, fallecido ayer, 19 de abril)
(Imágenes: 1.-«Cosmic Cavern», por Kenny Scharf.-1995-1996.-artnet/ 2.-foto: Paul Nicklen.-National Geographic image Collection/ 3.-«Otro mapa para no indicar», por Joseph Kosuth.-2007.-Galería Juana de Aizpuru.-Madrid)

«Me imagino que un hombre pueda pasar muy agradablemente su vida de la siguiente manera: que un día favorable lea tal página de una poesía plena o de una prosa que ha experimentado una destilación, que al par que recorre las líneas las conserve siempre en el espíritu con el propósito de meditarlas, de reflexionar, de aportar nuevos atisbos, de utilizar el texto para mil interpretaciones, de pensar en él, finalmente, hasta agotarlo. ¿Pero lo agotará alguna vez? No, nunca. Cuando el hombre alcanza una cierta madurez intelectual todo pasaje elevado y de alcance espiritual le sirve para franquear los treinta y dos palacios».


«He perdido a mi perro que tenía desde hace siete años. Lo busco por todas partes… Lo he perdido hace un mes, cerca de Deauville, y no lo consigo encontrar, lo que supone una tremenda desgracia cuando se ama a los perros..» Así hablaba ante la Televisión francesa la novelista Francoise Sagan en septiembre de 1964 tal como lo recuerda ahora 
«Creo que hay en mi obra – decía Luis Rosales en 1977 – tres libros que tienen una relación muy estrecha: «El contenido del corazón», La casa encendida» y, hoy día, mi último libro, aún inédito, del cual voy a publicar una amplia antología que va a salir en estas semanas y que se llama «Diario de una resurrección«. Creo que estos tres libros – desde el punto de vista del contenido y desde el punto de vista del estilo – representan una de las alas importantes de mi poesía, los tres están interrelacionados y en los tres hay un dificilísimo camino hacia la búsqueda de la sencillez.
«No me gustaría vivir en Norteamérica pero a veces sí.

«Si alguna vez llegáis a ver un rebaño de terneros






«Rompe el mar



«Todo naciendo está: vuelan palomas;




