ASERRAR, ASERRAR, ASERRAR : (NAVIDAD 2010) (1)

«Aserrar, aserrar, aserrar,

maderita en el portal

y en pulido catre

sosiegue y descanse

tanta majestad.

Aserrar, aserrar, aserrar,

maderita en el portal

y en los golpes de mazo y escoplo

que hieren, que dicen, siguiendo el compás:

Zas, zas, zas.

Lo que espanto parece que suena,

pulida armonía a los ecos hará:

Zas, zas, zas,

Aserrar, aserrar, aserrar,

maderita en el portal».

(«Villancicos«.-Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid, 1685 y 1686)

(Imagen: Adoración de los pastores.-Urbino.-Guido de Merlino decoración.- Francesco Durantino.- 1453.- foto Museo Nacional de Varsovia)

LA NEVADA DE EMERSON

«Anunciada por todas las trompetas del cielo,

llega la nieve, y revoloteando sobre los campos,

parece que no se posa: el aire blanco

oculta colinas y bosques, el río, el firmamento,

y vela la granja más allá del jardín.

Trineo y viajero detenidos, los pies del correo

demorados, todos los amigos lejos,

los de la casa se sientan en torno al hogar

en la tumultuosa intimidad de la tormenta.

Ven a ver cómo construye el viento del norte.

De cantera invisible siempre provista

de piedra, el feroz artífice curva

sus blancos bastiones con tejado en voladizo

en torno a cada estaca, árbol o puerta que queda a barlovento.

Veloz con mil manos, su labor descomedida

es tan caprichosa, tan desatada, que poco se le da

el número o la proporción. Burlón,

donde vive la gallina o el perro cuelga guirnaldas de Paros;

al espino oculto le da la forma del cisne;

llena la vereda del labrador de parte a parte,

inmune a sus suspiros; y en la verja

una torreta ahusada remata su labor.

Y cuando sus horas están contadas y el mundo

es todo suyo, se retira y sólo deja,

cuando el sol aparece, un Arte asombroso

que imita en lentas estructuras, piedra a piedra,

la labor del loco viento de la noche anterior,

la retozona arquitectura de la nieve».

Ralph Waldo Emerson: «La nevada»

(Imágenes:- 1-arte sella /2.-foto Michele Harvey.-2002.-Katharina Rich Perlow Gallery.- New York.-artnet)

EN LA DESPEDIDA DE LARRY KING

Hoy se despide el célebre entrevistador norteamericano Larry King tras 25 años en antena.

Como he señalado en alguno de mis libros, «muchas veces el entrevistador se siente entrevistado. No es necesario que suceda lo que le ocurrió al entrevistador del New Yorker, Ved Mehta, ante Bertrand Russell. Éste quedó sorprendido de que viniera a visitarle, y «cuando estábamos cómodamente sentados con nuestro té – cuenta el periodista – comenzó a entrevistarme: ¿cómo era que me interesaba por la filosofía cuando mi vida estaba en peligro?». Tampoco hace falta que se repita el interrogatorio a que sometió Kissinger a Oriana Fallaci. Kissinger, distante, disparó sus proyectiles de modo sucesivo: «se sentó en el sillón de al lado, más alto que el diván, y en esta posición estratégica, de privilegio, empezó a interrogarme con el tono de un profesor que examina a un alumno del que desconfía un poco (…) La pesadilla de mis días escolares era tan viva – confiesa Oriana Fallaci -, que, a cada pregunta suya pensaba: «¿Sabré contestar? Porque si no me suspenderá». Y Kissinger empezó a preguntar a Oriana Fallaci sobre el general Giap, sobre Thieu, Cao Ky, Ali Bhutto e Indira Gandhi. «Al vigésimoquinto minuto aproximadamente, decidió que había aprobado el examen». Ninguno de estos dos casos es necesario que suceda, aun cuando pudieran ocurrir. Y sin embargo, el entrevistador es consciente de que se le entrevista con los ojos, con los gestos, no solamente se observa la imagen que presenta, sino más que ninguna  otra cosa su preparación«. («Diálogos con la cultura«, pág 34).

Es «el entrevistador entrevistado«, forma singular que ofrezco hoy en Mi Siglo el día en que se despide como entrevistador Larry King:

ONETTI, AVENIDA DE AMÉRICA, OCTAVO PISO

«Y yo estaba sentado en el sofá del apartamento tercero de la octava planta, calle Chile al 600, aquel «San Telmo» que había colocado en el principio del Sur de Buenos Aires, e imaginaba con todos mis esfuerzos que aquel Onetti no vendría, y ahora me decía que para qué contar y recontar cosas que parecían muertas aun estando vivas sobre «La vida breve» y «Los adioses» y «El astillero» y «Juntacadáveres«, y acabando de morir a medias en mi interior para vivir en «Dejemos hablar al viento«, empujándome a ser literatura y salvación, ya desde mi mesa de oficina en la jamás y siempre existente «Brausen Publicidad» – cuando ya había algo de Arce en mí – y allí, en la calle Victoria, imaginaba a Stein, y a Díaz Grey, y a Mami, a Gertrudis, a la Queca, a Larsen y a Gunz, a Petrus y a Barrientos, a Medina y a Gurissa y a Frieda, mientras paseaba por la calle Corrientes, y Montevideo y Buenos Aires y ahora Madrid usurpaban con su fantasía la realidad en donde yo nací, entre Santa María y Lavanda, entre dos ríos, dos mujeres, dos sueños, aquel 1 de julio de 1909, en que yo, Juan Carlos Onetti, vine a un mundo sin papel de escribir y me inventó, en laberíntico ciclo novelesco soñado a veces, Juan Manuel Brausen.».

(…)

«¿Y sabe usted – me dijo Onetti aquella tarde de 1979, en su habitación madrileña, Avenida de América, octavo piso -¡qué  coincidencia, pero qué macanas! – que yo nací un 23 de febrero?» – saltó Onetti con el vaso de vino en la mano – ¿Cierto querido? – dijo Onetti asombrado – Mi preocupación es hacer el futuro« (….) Entonces el Onetti cansino apoyó el libro en sus rodillas y sacó su pluma; en la primera página escribió. «¿A José?…¿José Julio o Juan Carlos?» – preguntó-. Y al comprobarlo, trazó con letra limpia y afilada: «Para Juan Carlos Onetti, lector implacable, con mi amistad«.Y debajo (apretados los signos) firmó : «Onetti«. Trazó una línea horizontal y dijo: «Ahora, querido, vamos a tutearnos«. Y gritó, animado, cuando entró su mujer: «¡Déjanos! ¡La cosa se está poniendo brava!!«. Luego agregó: «Ella corrige; yo corrijo poco. Ella lo pasa a máquina«. Buscó en el bolsillo su séptimo pitillo, sonó el teléfono, levantó su altura, y habló un momento».

«Alguien nos miraba: el médico Díaz-Grey desde «La vida breve«. En ella había nacido corporeizándose gracias a la invención de Brausen. Ninguno de los Onetti nos sentíamos observados. Él y yo estábamos sentados en el sofá de Lavanda-Santamaría, en el Medio Paraná, a pocas cuadras del diario y del cinematógrafo, del club Progreso, los hoteles y el arrabal, no lejos de la colonia europea de los alrededores. Onetti, con su ojo desviado, miró a Onetti, taciturno y abúlico, y a mí y al «otro» que nos estaba observando». (…)» Hay señores – me dice Onetti de repente– que se han indignado porque no aguantaban la angustia». «Querido – me añade -, la próxima novela serán personajes. Mi afición es contar historias. ¿Saldrá un libro de infinitas historias? ¿Será una novela o será un cuento?». («Diálogos con la cultura«, págs 215-222)

Y ahí lo dejé, ahí lo dejo. Más de una vez en Mi Siglo me he referido a ese 23 de febrero de 1979. Onetti tumbado, Onetti hablándome. Varios Onettis a la vez preguntando y contestando a la entrevista.

(Imágenes:-fotos Claudio F Pérez Miguez y Raúl Manrique Girón.-elmundo.es)

ZHIVAGO

«Embelesado, humildemente observo

a viejas transeúntes moscovitas,

a simples artesanos y sencillos obreros,

jóvenes estudiantes, gente de los suburbios.

No veo en ellos vestigio

de sumisión. Tampoco veo los frutos

del terror, la desdicha o la necesidad.

Se enfrentan a las pruebas cotidianas

como quien sabe que vino a perdurar.

Acomodados en todas las posturas,

en grupos o apacibles escondrijos,

los niños y muchachos permanecen sentados,

se embeben como sabios en sus libros.

Luego Moscú nos da la bienvenida

con una bruma oscura que se vuelve gris-plata».

Boris Pasternak: «Los primeros trenes«.

(«Habíamos llegado a un portón junto a una verja de madera baja – cuenta Olga Carlisle, la nieta del dramaturgo Leonidas Andreyev, al terminar su visita a Pasternak -. Me despedí con pesar: ¡eran tantas las cosas que yo hubiese querido preguntarle allí mismo! Me indicó el camino a la estación del tren, que estaba muy cerca, detrás de la colina coronada por el cementerio. Un pequeño tren eléctrico me llevó a Moscú en menos de una hora. Es el mismo que Pasternak describe con tanta exactitud en «Los primeros trenes«)

«Cuando escribí «El Doctor Zhivago» le dijo Pasternak a Olga Carlisle en aquella ocasión – sentí que tenía contraída una deuda inmensa con mis contemporáneos. Fue un intento de pagarla. Este sentimiento de deuda se hizo abrumador a medida que yo avanzaba lentamente en la composición de la novela. Después de tantos años de escribir sólo poesía lírica y de traducir, me parecía que tenía el deber de hacer una declaración sobre nuestra época, sobre aquellos años tan remotos y que sin embargo se alzaban tan cercanos a nosotros. El tiempo apremiaba. Yo quería dejar una constancia del pasado y honrar en «El doctor Zhivago» los aspectos hermosos y sensitivos de la Rusia de aquellos años. Esos días no volverán, como tampoco volverán los de nuestros padres y los de nuestros abuelos, pero preveo que en el gran florecimiento del futuro sus valores revivirán. He tratado de describirlos. No sé si «El doctor Zhivago» está plenamente lograda como novela, pero con todos sus defectos creo que tiene más valor que esos primeros poemas. Es más rica, más humana que las obras de mi juventud».

(Pequeña evocación al publicarse una nueva edición de «El Doctor Zhivago« ( Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores)

(Imágenes:- 1.- el tren.- foto Olga Chernysheva.- Museo europeo de la fotografía/ 2.-Appolinari Mikhailovich Vasnetsov.-ABA Gallery.-artnet)

EL LIBRO MÁS CARO DEL MUNDO

Imágenes del interior del libro. | Efe
 

«Después que usted haya fallecido, lo compraré a bajo precio» – le aseguró el bibliófilo francés Pixérécourt al que había pagado muy caro un libro que él deseaba. No tuvo que esperar mucho – comenta Antonio Palau en su «Memoria de libreros» -, pues poco después de esta especie de maldición, el aludido murió». Esperemos, lógicamente, que esto no ocurra ante la subasta por la que «Aves de América«, del naturalista James Audubon, se han pagado en Londres 7,3 millones de libras esterlinas (8,7 millones de dólares), rompiendo el record de subasta de un libro impreso, según cuentan las Agencias.

«Su comprador en Sotheby’s – dicen las informaciones – ha sido un marchante londinense, Michael Tollemache, que ofertó desde la propia sala y que ofreció esa cantidad récord por los cuatro volúmenes de la primera edición del libro de Audubon, de la que existen sólo 11 copias en manos privadas mientras que otros 108 ejemplares restantes pertenecen a museos, bibliotecas y universidades«.

«El libro contiene 1.000 ilustraciones de cerca de 500 especies de aves y Audubon tardó 12 años en completarla. Este ejemplar pertenecía a la colección del segundo lord Hesketh, un famoso bibliófilo que lo adquirió en julio de 1951 en Christie’s por sólo 7.000 libras».

En torno a las subastas de libros las curiosidades son muy numerosas. Mediado el siglo XlX, un gran bibliófilo, el conde de Bedoyère, decidió poner a la venta su biblioteca. Un capricho de coleccionista le empuja a tal decisión, pero más tarde se conmueve e irrita ante la idea de que cualquiera pueda poseer sus preciosos ejemplares. Y a partir del número 1 del catálogo de la subasta se dedica a pujar furiosamente, de tal modo que al terminar ésta se encuentra de nuevo en posesión de todos sus libros, a los que debe, naturalmente, que añadir la nota de gastos del tasador.

(Imágenes:- 1.- láminas del interior del libro «Aves de América».-EFE/ 2, 3,4 y 5.- New York Historical Society)

FRANCISCO YNDURÁIN, MI MAESTRO DE SIEMPRE

Se publica en estos días el Homenaje que Bilaketa ha querido dedicar a don Francisco Ynduráin, mi maestro de siempre. Unas páginas llenas de recuerdos, en las que coincidimos, con diversos testimonios personales, María del Carmen Bobes, José María Díez Borque, José-Carlos Mainer, Aurora Egido, Ricardo Senabre, Santos Sanz Villanueva, Charo Fuentes Caballero, Carlos Galán, Ángel Gómez Moreno, Juan Marín, María Antonia Martín Zorraquino, José Paulino Ayuso, Leonardo Romero Tobar, Ángel San Vicente Pino, Jesús Sánchez Lobato, José Javier Alfaro Calvo, Luis Antonio de Villena, la Casa-Museo Pérez Galdós y yo mismo.

Para mí ha sido muy emotivo colaborar en este excelente volumen, coordinado por Salvador Gutiérrez bajo el título «Como aré y sembré, cogí«, porque ha vuelto a mi memoria el elegante perfil de Ynduráin, caballero de consejos, amistad y lecturas, con el que tantas veces charlé y del que tanto aprendí. Enlazamos conversaciones múltiples a través de circunstancias y ciudades y hoy en Mi Siglo ofrezco las palabras que le dedico en este Homenaje:

MI    AMISTAD   CON   DON    FRANCISCO

«Conocí a Don Francisco con motivo de lo que entonces se llamaba “Examen de reválida”, el paso difícil e imprescindible para pasar del Colegio a la Universidad. Fue en Zaragoza – sería en 1951 o 52 -, tendría yo entonces dieciséis o diecisiete años y el lugar convocado para el examen oral era un antiguo y solemne salón de la Facultad de Medicina, en el centro mismo de la ciudad. Allí acudimos todos los alumnos del Colegio de La Salle, donde yo estudiaba, y en dicho Colegio, antes de dicho examen, hubo sus más y sus menos en torno a mi presentación a la prueba, pues algunos profesores consideraban que yo no estaba suficientemente preparado para superarla. Efectivamente, yo carecía de una formación científica adecuada y mis inclinaciones durante años se habían proyectado hacia las letras, devorando libros en Bibliotecas y escribiendo ya pequeños brotes de relatos.

Recuerdo que, por esas casualidades de la vida, al convocarme nominalmente el Tribunal, me indicaron que me colocara de pie ante don Francisco Ynduráin, catedrático de Literatura, que me indicó: “Hábleme de la generación del 98”. No titubeé, pues la conocía muy bien. Me centré primeramente en Azorín, al que había leído casi por completo y añadí – además de opiniones sobre sus novelas, cuentos y ensayos -, rasgos personales de su figura, como por ejemplo el nombre de su mujer, Julia, y el célebre paraguas rojo que al parecer descansaba en el vestíbulo de su domicilio. Conté igualmente que Azorín solía escribir de noche en muchas ocasiones y añadí muchos detalles personales de aquel gran escritor que, desde “Blanco en azul”, siempre me había acompañado.

Don Francisco, creo, quedó muy asombrado, y seguramente complacido. El resto de los catedráticos sentados junto a él me fueron escuchando, pasé luego al de Historia – quizá era entonces don Carlos Corona -, con el que también hice un ejercicio brillante, y cuando ya me coloqué para examinarme oralmente ante los titulares en Ciencias, el catedrático de Física y Química, sin duda creyendo que yo era el más distinguido alumno del Colegio por lo que hasta entonces había escuchado, me propuso: “Hábleme de lo que quiera”. Y naturalmente yo le hablé y le expuse la única fórmula de química que conocía, pues ya no me sabía ninguna más.

Aquel examen de Reválida lo superé con una gran calificación ante la perplejidad del Colegio, y ya mi rumbo se enfocó hacia las tareas de la literatura, que era lo que más me gustaba. Así, al año siguiente me matriculé en Filosofía y Letras, tuve como profesor a Don Francisco, y él me honró en muchas ocasiones con charlas inolvidables en su domicilio particular. Recuerdo muy bien una tarde en que me comentó los valores literarios de “Luz de agosto” de Faulkner y, en otra ocasión,  su semblanza ante la frescura literaria de “El Simplón guiña el ojo al Frejus” de Vittorini.

Por ese tiempo, Don Francisco colaboraba también de algún modo con temas humanísticos en Radio Zaragoza – en donde mi padre era Director – y, gracias a don Francisco y a las enseñanzas y amistades que mantuve con Don José Manuel Blecua, por entonces también en Zaragoza, y a las conversaciones con Luis Horno Liria, mis inquietudes en lecturas y en autores crecieron de modo indudable.

Tras mis dos años de Comunes en Zaragoza llegué a Madrid para cursar los tres años de especialidad en Filología Románica – acudiendo por las tardes a la Escuela de Periodismo para lograr al fin el título en esa profesión. En Madrid volví a encontrarme con Don Francisco y reanudamos la amistad. Los profesores en la Facultad de la Universidad Complutense de  Madrid eran excelentes, pero quizá Don Francisco – con su sabiduría y afecto – fue quien más me marcó. A la hora de elegir un Director de Tesis le escogí a él y así fui trabajando en lo que sería más adelante mi Tesis Doctoral – “La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana” – que defendí en Madrid años después.

Mientras tanto, mis ocupaciones periodísticas me habían llevado – desde “La Estafeta Literaria” hasta la corresponsalía en Roma, y más tarde a la corresponsalía de ABC en París. Conocí en esos años a muchos intelectuales y escritores – Cortázar, Mujica Láinez, Onetti, Scorza, Gabriel Marcel, Robert Bresson, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Camilo José Cela, Luis Rosales, Pedro Sainz Rodríguez, Benjamín Palencia – y recuerdo que, años después, con motivo de un viaje al Pirineo aragonés, tuve la fortuna de coincidir en el mismo vagón con Don Francisco. Fuimos charlando todo el viaje, y yo le fui contando mis entrevistas con destacados novelistas, artistas y poetas. Le entregué en esa ocasión un libro suyo, que en aquel momento iba leyendo, ya que él me comentó que de ese libro no conservaba ningún ejemplar y, como siempre, con su amabilidad e inteligencia, me animó a recoger en un volumen todos los conocimientos literarios que había ido teniendo en aquellos años. De ahí nació “Diálogos con la cultura”, reunión de entrevistas prologadas con páginas teóricas en un intento de clasificación y análisis del género.

En 1983, al haber concluido yo mi novela “Contramuerte”, la presenté al Premio de Novela Ateneo de Santander, estando Don Francisco como Presidente del Jurado y formando parte del mismo, entre otros, José Hierro y Juancho Armas Marcelo. De nuevo, al conseguir el Premio, las conversaciones con don Francisco se reanudaron. La presentación de la novela en la Biblioteca Nacional fue el marco para escuchar otra vez las enseñanzas de Don Francisco.

Charlaríamos después muchas veces en su domicilio madrileño muy cercano al Estadio Bernabeu y allí, una vez más, sus conocimientos y su permanente afabilidad para conmigo se mantuvo entrañable.

La última vez que me encontré con él, pocos meses antes de su muerte, fue con motivo de un acto en la Residencia de Estudiantes de Madrid.

Como puede advertirse por este rápido recorrido de magisterio y amistad, la figura alta y elegante de Don Francisco Ynduráin Hernández, su sabiduria y su afabilidad, no puede separarse de mi biografía. Tengo delante en mi memoria sus precisiones de gran profesor, por ejemplo, sobre el uso de la segunda persona en las voces de la novela, sus páginas “de lector a lector”, sus estudios sobre novela, su “Antología de la novela española” o sus profundas y exactas aportaciones a muchos autores de la novelística norteamericana.

Nunca pude imaginar que aquella mañana, de pie ante él por primera vez, al hablarle de los detalles de Azorín, del primor de los detalles en su obra y en su casa, se iniciara una amistad por encima de los años, enseñanza y amistad constantes.

Cuando en 1967 estuve en casa de Azorín la tarde en que el escritor aún estaba allí de cuerpo presente y pude acompañar en las primeras horas de soledad a Julia, su viuda, recordé aquella mañana lejana de Zaragoza, cuando Don Francisco me indicó de repente: “Hábleme de la generación del 98”.

Y yo empecé a hablar».

Indudablemente – como se señala en este libro- Homenaje – la vida de Francisco Ynduráin bien puede resumirse en ese título: «Como aré y sembré, cogí».

(Imagen: Francisco Ynduráin en 1987.-archivo Bilaketa)

OTOÑO 2010 (6) : TU FU

«Otoño transparente.

Mis ojos vagan en el espacio sin fin.

Tiembla el horizonte, olas de claridad.

Lejos, el río desemboca en el cielo.

Sube el humo de la ciudad distante.

El viento se lleva las últimas hojas.

Una grulla perdida busca nido.

Los árboles están cargados de cuervos».

Tu Fu (poeta chino: 712- 770) : «Paisaje» (traducción de Octavio Paz)

(Imagen: Por la noche llega a Samo-  1983.– Yoshimitsu Nagasaka.-1983.- Weston Gallery.- California.-artnet)


PASEANDO CON BORGES (1)

Cuentan José Edmundo Clemente y Oscar Sbarra Mitre en sus conversaciones-recuerdos sobre el autor de «El Aleph« (Coleccion Fin del Milenio.- Biblioteca Nacional) «que Borges solía dar vueltas por la sala de lectura de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires –en donde estuvo de Director desde 1955 a 1973 -, aquella sala grande, paseándose y hablando solo. Estaba recitándose a sí mismo y corrigiendo su memoria. Y cuando tenía el texto bien armado llamaba a su secretaria y se lo dictaba. Después, la secretaria lo tenía que recitar y él hacía las correcciones que correspondían. Él dependía de su memoria. Estaba tardes enteras dictándole el poema o el cuento (…) Le pedía también a la secretaria que le leyera de tal página a tal página, la chica sabía inglés. O si no le leían en español. Él hablaba también bien el alemán. (…) Borges se acostumbró, por la imposición física –así lo sigue evocando Clemente – al trabajo corto, pequeño, que podía ser memorizado. Solía llegar a la Biblioteca a las cuatro. Se retiraba a las siete, o a veces más tarde. Al llegar abría las puertas de la calle México, entraba a su despacho, que era un despacho de un lujo inmenso, y que había sido pensado para el director de la Lotería Nacional. Entonces abría las ventanas, me llamaba, él tomaba un té, yo tomaba un cafécito, conversábamos un poco, antes de que empezara a trabajar.(…) Había un tipo enfrente, en la calle esa angosta, México, que estaba aprendiendo a tocar el bandoneón. Todos los días tocaba cuatro, cinco, diez compases del tango llamado «El garrón«. Y era muy bruto el tipo porque no pasaba de ahí. Entonces volvía todas las tardes. Y un día Borges me dice: «¡Qué lindo tango! ¡Ojalá nunca lo aprenda a tocar, así sigue siempre probando!». Ese era Borges, el Borges de lo sorpresivo, de lo inesperado, de lo inteligente».

«Tenía buen oído – sigue diciendo Clemente -. Sabía apreciar la música, y con respecto a la música argentina, el que no quería era el tango con letra. Él decía que con la letra moría el tango. Le gustaba el tango viejo, el tango canción, «Las siete palabras» , todos esos tangos viejos . Justamente yo tenía unos discos y se los llevaba para escucharlos en un aparato que teníamos ahí, en la Biblioteca. Eso le gustaba. Y la milonga, porque era de gente valiente, peleadora, camorrera, entregada a la lucha y al valor del hombre. Él encontraba en el compadrito y sobre todo en el malevo peleador una especie de estampa que a él le hubiera gustado quizás tener. En el cuento «El sur» está eso narrado. En «El hombre de la esquina rosada«, el que más peleaba, peleaba solamente para ver si el otro era más guapo que él, no había ningún problema personal, ni de familia ni nada en el medio. Solamente quería saber cuál era el más guapo y nada más. Ese es el coraje que le gustaba a Borges. (…) Borges ha sido un hombre que por razones físicas heredadas, fue físicamente apocado. Ahora, él por dentro era valiente. Él en las declaraciones, con el medio que tenía, que era la palabra, no se callaba nada ante ningún gobierno, decía siempre lo que pensaba. Pero el tema de demostrar físicamente el valor era algo que lo obsesionaba. Ël salía a caminar de noche por las calles con sus amigos y le gustaba visitar los paisajes callejeros de las milongas…»

Borges paseando por el despacho inmenso de la Biblioteca, por las calles estrechas, abiertas a cruzadas peleas. Paseando también por encima de las palabras, bordeándolas, ajustándolas. Palabras afiladas, lanzadas a veces como cuchillos.

Como cuando desde la acera de su ironía dijo de alguien: «es un escritor que a medida que uno lo va leyendo, lo va olvidando».

Imágenes:-1- Borges.-wikipedia / 2–Borges y los gatos.-fílmica.com)

ALENARTE REVISTA, EN FACEBOOK Y EN TWITTER

Alenarterevista, en donde yo tantas veces colaboro (como se señala a la derecha de esta página de Mi Siglo, en los numerosos «enlaces a mi obra«) aparece ya en Twitter y en Facebook a nombre de Alena Collar, la excelente directora de esta Revista en la que desde hace dos años tengo el placer de escribir. Actualmente la Revista tiene un sistema de Foros abiertos a artistas y creadores, y a partir de enero se abrirá un chat. Escritores y artistas, pues, y cuantos aman la cultura, sin ser colaboradores directos de Alenarte, sí pueden participar desde ahora por medio de estas dos fórmulas.

Bajo el nombre de Alena Collar y a  través de Facebook, tienen ya todos cuantos lo deseen, dos interesantes puertas de comunicación para unirse a este atractivo proyecto – y gran realidad – literaria y cultural.

A todos les deseo desde este momento una gran actividad en sus – sin duda – interesantes aportaciones

(Imágenes:- Alena  Collar, directora de Alenarte Revista, leyendo unas páginas de su último libro, «Estampaciones«(Policarbonados)  en la Librería Rafael Alberti de Madrid, el 11 de febrero de 2010)


CARTAS DE PIERRE BONNARD

«Nada en la vida se repite de modo idéntico. Cuando la vida se repite, es la muerte«, dice Bonnard.

Sus cartas podemos leerlas sobre el cristal de la pantalla, escritura sobre pintura, teclas sobre lápices, yemas de los dedos sobre telas, desahogos y confesiones.

«El trabajo es absolutamente necesario para conservar el cerebro casi intacto. Me intereso mucho en el dibujo en el cual creo que existen leyes de armonía igual que en el color«.

Cartas y apuntes de Bonnard.

Pinceles. Colores.

«La eternidad no consiste en una duración indefinida», añade-. «La obra de arte es una parada en el tiempo«.

Colores.

Pinceles.

«Yo veo cada día cosas diferentes. El cielo, los objetos: uno puede ahogarse allá dentro. Pero esto hace vivir«.

«Vivir como si uno no fuera nunca a morir, como si fuera el último día«.

Escrituras sobre la pantalla, dedos sobre la tela, confidencias rasgadas, corazón en la pluma.

«Dar una imagen a una emoción primera, tal es el objetivo primero de la pintura«.

«Visión de belleza o lo que es lo mismo, la idea primera. Estar seducido por una percepción«.

«Hasta hoy – dirá en 1940 – he encontrado muchas energías en la Naturaleza. Esto escapa a cualquier cataclismo. Tengo un trabajo que me apasiona».

Así escribe Bonnard.

(Imágenes.-1.-femme a la voilette.-Christies.com/ 2.-El Abra.-wakeupsid.com)

UNA COSA BELLA ES UN GOCE ETERNO

«Una cosa bella es un goce eterno,

su hermosura acrece y nunca desaparecerá en la nada,

sino que guardará para nosotros

un retiro de paz, y un dormir lleno de dulces sueños,

y salud y un apacible respiro.

Por eso, cada mañana nos tejemos

una guirnalda de flores para seguir atados a la tierra,

pese a los desalientos y a la inhumana carencia

de nobles seres, de los días sombríos

y de todos los senderos insalubres y oscuros

hechos para nuestras búsquedas; sí, a pesar de todo,

alguna forma bella aparta el sudario

que cubre a nuestro espíritu en sombras. Y así es el sol, la luna,

los viejos o tiernos árboles ofreciendo el favor de su sombra

a los inocentes rebaños, y los narcisos

en ese mundo verde donde viven, y los claros arroyos

que se crean un fresco abrigo

contra el ardiente estío, o los breñales en lo hondo del bosque

plenos de brillantes rosas silvestres;

y también la grandeza de los destinos

que imaginamos para los grandes muertos,

y todos esos hermosos relatos

que hemos escuchado o que leímos,

inagotable fuente de bebida inmortal

que mana hasta nosotros de la orilla del cielo.

Y no gustamoes esas esencias solamente

en una hora fugitiva; no, así como los árboles

que murmuran en torno de un templo, pronto nos son

tan queridos como el mismo templo, lo mismo la luna,

la pasión de la poesía, tantas infinitas glorias

llegan con frecuencia hasta nosotros hasta que se cambian

en una confortadora luz para nuestras almas

y tan estrechamente unidas a ellas

que ya está el cielo claro o en sombras

para siempre han de estar con nosotros, o morimos».

Keats: «Endymion» (escrito en abril-mayo de 1817, a los veintún años)

Santayana, cuando nos entrega «El sentido de la belleza», nos dice así:

«La Belleza, tal como la sentimos, es algo que no puede describirse. No se podrá decir jamás qué es ni qué significa. Recurriendo a la experiencia y a la memoria podremos mostrar que esta sensación varía como varían ciertas cosas según las condiciones en que se hallen colocadas; por ejemplo, que varían según el número de veces en que una forma ha sido representada o según las asociaciones que lo vinculan al pasado.(…) Es un sentimiento del alma, una sensación de alegría y de seguridad, un trance, un sueño, un puro placer. De tal modo no existe motivo para plantear el problema. La sensación se justifica por sí misma y justifica la visión que ella embellece. No existe tampoco motivo para querer buscar su origen en ese sentimiento interior. La belleza existe como existe un hermoso objeto o el mundo donde se encuentra situado ese objeto, o nosotros mismos que miramos a ambos. Es una experiencia: y no hay nada más que decir de ella».

De Santayana y de cuanto él escribe sobre la contemplación he hablado alguna vez en Mi Siglo. Contemplación ante el paisaje o la pintura, ante los rasgos de un ser humano o ante el deslumbramiento de una cosa hermosa: todo lo bello contemplado como goce eterno.

(Imágenes:-1.-foto: Camille Seaman.-Susan Spiritus Gallery.-Newport Beach.-USA.-artnet/ 2.-Graham Ovenden.-Luz de la luna Paisaje con obelisco .-Inglaterra, 2002 -Peter Nahum & Tom Tempest Radford.-Leicestergalleries)