JOSEFINA ALDECOA

«Yo me he hecho una especie de escala pequeña – me decía Ignacio Aldecoa en 1966 – En primer lugar hay un escritor, y a un escritor se le debe exigir que escriba bien. Pero, ¿en qué consiste escribir bien? Esto es de difícil respuesta. ¿ Consiste el escribir bien en que la sintaxis sea lo más perfecta posible, según las preceptivas, o consiste en que sea un escritor sugerente, capaz de crear un mundo que impresione al lector? Para mí, yo diría que una cosa es ser un escritor, otra ser un narrador, y otra ser un novelista. A veces en un novelista los valores de narrador son menores que los valores de creador de personajes; otras veces, el novelista hace destacar más lo que lleva dentro de escritor. Naturalmente, hay individuos absolutamente geniales, en los cuales estas tres cosas son tres vasos comunicantes».

Permanecía en un segundo plano, en la habitación de aquella casa madrileña, la mujer de Ignacio, Josefina Aldecoa, que escuchaba nuestra conversación. Estaba Ignacio Aldecoa sumergido entonces en la composición de su novela «Parte de una historia» y me confesaba lo que para él era el estilo. «Para mi el estilo es un anhelo o deseo de precisión por medio del vocabulario, me atengo a lo poemático por medio de la metáfora. Pero lo que deseo sobre todo es que quien quiera leer un libro mío, entre en el ámbito del libro; supedito casi todo a eso. Por eso creo que – igual que el lector tiene una exigencia de escritor – yo tengo una exigencia de lectores».

Ocurría todo ello un año antes de que yo mantuviera otra conversación con Jesús Fernández Santos – en Mi Siglo he hablado alguna vez de aquel grupo de escritores -y faltarían tres años más para que – lamentablemente – Ignacio Aldecoa falleciera.

Aquella entrevista con el gran cuentista español la publiqué íntegra en «Diálogos con la cultura» y hoy la charla entrañable con el autor de «El fulgor y la sangre» viene hasta mí como evocación también de la figura de Josefina que hoy acaba de morir.

(Imágenes: 1.-Josefina Aldecoa.-imagenindustrial. es/ 2.-Josefina Aldecoa con Jesús Fernández Santos.-jesusfernandezsantos.es)

JAPÓN SIN TELEDIARIOS

Cuando en Japón aún no había telediarios la ola gigantesca de Hokusai saltaba y envolvía la pintura de siglos haciendo famoso el bramido del océano.

Era la gran ola de Kanagawa cuya espuma salpicaba de infinitas espumas muchas pantallas invisibles.

Eran los tiempos del dios del viento buscando en el aire al dios del trueno para irritar ambos la piel del mar.

Bajaban las vidas por el azul y el blanco curvado de las pinturas, sobrecogidas todas por el ímpetu.

Asomaba sus fauces la naturaleza y abría su boca sobre las islas.

Huían las gentes despavoridas, desperdigadas ante los acontecimientos.

Eran los tiempos en que en Japón aún no había telediarios y las gentes miraban al cielo creyendo que era el mar.

(Imágenes:-1.- la gran ola.-Hokusai.- Museo metropolitano de Arte de Nueva York/ 2.-  Kaigo no. Fuji.-1834/3.-Ogata Korin.- el dios del viento.-Museo Nacional de Tokio/ 4,- Hokusai.- Sôshu Choshi.- 1832.1834/5.- Ogata Korin.-1658- 1716.-Museo de Arte Moderno de Nueva York/6.-Ban-dainagon-ekotoba.-la muchedumbre espantada por el incendio del palacio inmperial.-Tokiwa Mitsunaga -siglo Xll.-Tokio.-colección Sakai Tadahiro)

PRELUDIOS DE MALLORCA, SILENCIOS DE CHOPIN

plazas desiertas,

raíces prodigiosas,

silencios,soledades,

efigies memorables,

el agua en los paseos,

«Estoy en Palmaescribirá Chopin a Fontana – entre palmeras, cedros, cactus, olivos, naranjos, limoneros, áloes, higueras, granados…, en fin, todos los árboles que poseen los invernaderos del Jardín de Plantas. El cielo es de turquesa, el mar, de lapislázuli; las montañas de esmeralda y el aire, como el del cielo. Sol todo el día. Todo el mundo va vestido como en verano, pues hace calor… Por la noche, durante horas, se oyen cantares y el sonido de las guitarras… En resumen, ¡una vida admirable!».

(Imágenes: distintos rincones de Palma de Mallorca.-fotos JJP.-marzo 2011)

PLA Y CUNQUEIRO

Varias veces he hablado de estos dos excelentes escritoresCunqueiro y Plaen MI SIGLO.

Ahora, con motivo del año Cunqueiro, reproduzco aquí el artículo que en su momento escribí para el Centro Virtual Cervantes:

» Ambos escritores – decía entonces hablando de Pla y de Cunqueiro – proporcionan y proponen una vuelta a los orígenes de las cosas, a la sabiduría del hombre, a ese inspirar y aspirar de la persona cuyo aliento es el humanismo.Está aconsejando Pla —en un mundo de veleidades vertiginosas— a los jóvenes que le preguntan, por ejemplo, «¿Qué hemos de hacer? ¿Podría usted tener la amabilidad de darnos una orientación y decirnos qué podríamos hacer?» Entonces Pla les contesta: «Yo les aconsejaría un viaje a pie […] Su viaje debería tener un objeto: informarse, enterarse de lo que es el país, de cómo vive en él la gente, empaparse de la manera de ser básica, inalienable, insoluble, del material humano […]: pasear y hablar con la gente […] Nada hay, me parece, que ofrezca tanto interés para el ciudadano como saber exactamente en qué consiste su país» (Josep Pla, «Invitación al viaje», en Viaje a pie, Madrid: Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, 1979, pp. 7 y 9).

Estamos, pues, aquí, no sólo en el suelo y en la tierra de los caminos, sino también andando por las veredas del sentido común —un sentido muy del payés y del mundo de Pla—, un camino sembrado de recomendaciones que nos marcan el ritmo del paso del hombre.

Tomemos otro ejemplo, éste de Cunqueiro: «La inmensa cantidad de noticias que al hombre le es suministrada es inadmisible. Tal cantidad termina formando insensiblidad. Puede decirse que la información que se le suministra al hombre en 1977 es infinitamente superior a la que ese hombre necesita, y por ese mismo exceso lo transforma en un hombre desinformado» (Álvaro Cunqueiro, «Sin agua y con noticias», Arriba Dominical, 12 de junio de 1977, p. última).

Y otro texto, también de Cunqueiro: «Recientemente aludía Giovanni Ansaldo a la disminución de la capacidad de asombro en las gentes de la inmensa cantidad de varia noticia que se le suministra diariamente y señalaba la creciente pérdida de credulidad y, finalmente, la indiferencia» (Álvaro Cunqueiro, «Noticias y prodigios», El Progreso, 1 de septiembre de 1960).

Ambos textos —el de Pla y los dos citados de Cunqueiro— nos proyectan hacia la paradoja. ¿Cómo es posible que Pla —en una civilización en la que viajar es global y meteórico, fulminante en velocidades— nos aconseje la sabiduría de un viaje a pie? ¿Cómo es posible que Cunqueiro —en un mundo de saturación informativa y de multiplicidad de medios (y eso que él se refiere aún a la frontera de 1977; ¿qué diría en 2011?—, denuncie que cada vez se es más insensible como lector y como persona y cada vez se pierde más la capacidad de asombro?

La respuesta no es la paradoja sino —como decíamos al principio— el recordatorio y la llamada de atención al sentido común. No se conoce Nueva York sino viajando a pie por la Gran Manzana, no se conoce Estados Unidos sino paseando y hablando con las gentes de esos pueblos escondidos entre cordilleras y llanuras y que únicamente intuimos por el cine o por la televisión; así se conoce Bombay, entre los olores, los colores y los pliegues que cubren las callejuelas, y así se conoce Moscú, deteniéndose en las esquinas desoladas, a veces alcoholizadas, frecuentemente heladas y abiertas a la urbe gigantesca. Es decir, al hombre lo conoce el otro hombre entrecruzando los pasos con él, entrecruzando las palabras: en resumen, yendo a pie por el tiempo que nos circunda y por el espacio que nos envuelve. En un siglo de velocidades aéreas sólo conocemos al hombre en la distancia corta, en la conversación personal, en el interés por el otro que se descubre en la cercanía, en el sosiego y hasta en la lentitud.

Por su parte, Cunqueiro nos pregunta para qué nos inundamos de información si bajo esa cantidad nos ahogamos entre la indiferencia y la falta de asombro. La calidad de nuestras respuestas debe recibir y asimilar las calidades que nos proporcionan los medios, no las cantidades. Por tanto, habría que educar siempre al periodismo en las calidades que nos suministra y no en el copioso vertido de la cantidad. Y habría que mantener en la educación del hombre —del receptor— esa llama, también de calidad, denominada interés, sensibilidad y asombro.

Siempre el hombre, dando vueltas al hombre, el hombre que no acaba nunca de encontrarse a sí mismo. Dos periodistas vuelven al humanismo. El hombre olvida que debe leer el periódico con el corazón para estar informado».

(Imágenes: 1.-Josep Pla a los veinte años.-asacademic.-Fundación Josep Pla.-colección Josep Vergés/ 2.-Álvaro Cunqueiro.-laregion.es)

SI TE LLAMO AZUCENA

«Si te llamo azucena, si te llamo,

¿a qué jardín del mundo no le obligo?

Si te digo romero, si te digo,

¿a qué monte del mundo no reclamo

que tenga tu color y olor? Te amo

por el romero en ti, porque te sigo

como a jardín del alma que te digo,

como monte del alma que te llamo.

Y con tanto nombrarte y renombrarte

sin variar de nombre, a cada cosa

bella, la voy llamando con mi acento;

y las dejo morir al silenciarte,

y si digo azucena y digo rosa,

las nombro a ellas, pero a ti te siento».

José Antonio Muñoz Rojas

(Imágenes:-1.- Eva Watson- Schütze.-1903/ 2.-Georgia O´Keeffe.-amapola roja.-1927.-arthistoryarchive)

SAN PETERSBURGO Y EL POETA

«Nací y crecí en la otra orilla del Báltico – decía Brodsky en su Discurso de aceptación del Premio Nobel -, o, por así decirlo, en su página opuesta, gris y movida por el viento. A veces, en un día claro, especialmente en otoño, desde alguna playa en Kellomäki, un amigo señalaba el norte, al otro lado de esa gran hoja de agua y me decía: ¿Ves aquella franja azul de tierra? Es Suecia«.

Son los poetas los que rodean a las ciudades. Las rodean con sus versos, las cantan con sus poemas. En el caso de Brodsky – al que más de una vez he aludido en Mi Siglo -, es San Petersburgo con sus imágenes sucesivas las que nos va llevando de Pushkin a Gogol, de Bieli a Dostoievski. Sobre el río Neva descansan imágenes fluidas, teatros, bailarinas, atardeceres, batallas.

Pasan al costado del río los Palacios,

Desciende la nieve,

Llamean los incendios,

Danzan las bailarinas,

Un cuarteto nos eleva a la música,

Estallan asesinatos,

Se preparan alineados los jinetes,

Se extienden los asedios,

Y un fotógrafo mientras tanto lo capta todo. Al menos intenta captar todo San Petersburgo. Bajo su paraguas  -contra el sol y  la lluvia – este fotógrafo en la esquina de la calle recoge las imágenes:

Resuena mientras tanto la sabiduría de Brodsky, las advertencias que nos da el poeta:

«Tengo la cereteza – dice – de que, para alguien familiarizado con la obra de Dickens, matar en nombre de una idea resulta un poco más problemático que para quien no ha leído nunca a Dickens. Y hablo precisamente de leer a Dickens, Sterne, Stendhal, Dostoievski, Flaubert, Balzac, Melville, Proust o Musil; es decir, hablo de literatrura, no de alfabetismo o educación. Una persona cultivada, tras leer algún tratado o folleto político, puede ser sin duda capaz de matar a un semejante y sentir incluso un rapto de convicción. Lenin era un persona culta, Stalin era una persona culta, Hitler también lo era; y Mao Zedong incluso escribía poesía. Sin embargo, el rasgo que todos estos hombres tenían en común consistía en que su lista de sentenciados a muerte era más larga que su lista de lecturas».

(Imágenes:-1.-el río Neva.-por Dubovskoy.-1898.-encspb. ru/ 2.- vista del Neva.-1810.-encspb.ru/ 3.-palacio Anichkov.-por Sadovnikov.-1862.-encspb.ru/4.- San Petersbugo.-acuarela por Bragants 1860-1862.-encspb.ru/5.- fuego en San Petersburgo en mayo 186.-encspb.ru/6.-Anna Paulova en el ballet «La Sílfide».-por serov.-encspb.tu/7.- cuarteto Vielporsky- por Rohrbach.- década 1840.-encspb.ru/ 8.- asesinato de Alejandro ll en marzo 1881.-por Rudneva.-encspb.ru/ 9.- jinetes en el puente Pevchesky.- 9 de enero 1905.-encspb.ru/10.-asedio de Leningrado.-encspb.ru/ 11.-fotógrafo KK Bulla.- 1853-1929.- estatua en la calle Malaya Sadovaya.-encspb.ru)

LA PERSONA QUE ESCRIBE

«Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escritor. (…) La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió asi. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada en el estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir».

Marguerite Duras: «Escribir» (Tusquets)

(Imagen: Alfred StieglitzAlfred Stieglitz, USA.-wn. com)

ROSTROS Y ESPEJOS

«El acto de la mirada – dice Jean Starobinski – no se agota en el momento: lleva consigo un impulso perseverante, una reanudación obstinada, como si estuviera animado por la esperanza de acrecentar su descubrimiento o reconquistar lo que se le está escapando».

«Lo dijo Goethe en una Elegía famosa: las manos quieren ver, los ojos desean acariciar. A lo cual se le puede añadir: la mirada quiere convertirse en palabra, acepta perder la facultad de percibir de manera inmediata, para adquirir el don de fijar de modo más duradero lo que se le escapa»,

«De todos los sentidos, la vista es aquél en que la impaciencia domina de modo más manifiesto. Fascinar, es decir, hacer brillar el fuego de lo oculto en una pupila inmóvil».

«En los ojos están incluidos, en cierto modo, todos los demás sentidos y, en la práctica del lenguaje humano, a menudo, ver y sentir, viene a ser lo mismo», recuerda, citando a Bossuet, el mismo Starobinski.

Luego la mirada desciende, se concentra en lo escrito. Intenta dibujar en el papel todo cuanto ha mirado. Pero no recuerda bien lo que le dijo la mirada. El rostro es el espejo del alma, está escribiendo con el lápiz, y sus ojos los refleja el espejo.

(Imágenes: 1.- señora Flor.-Londres- 1921.-E. O. Hoppé.-Hoppé Portraits.-npg. org/ 2.-Tilly Losch.-E. O. Hoppé.-1928.-Hoppé Portraits/ 3.-Ezra Pound.-1918.-E. O. Hoppé.-Hoppé Portrais/ 4.- Hebe (Constanza Vesellier).-1917.-E. O. Hoppé.-Hoppé Portraits/ 5.-William Strang.- 1909.-E. O. Hoppé.-Hoppé Portraits)

CHARDIN Y LA VIDA DOMÉSTICA

«En las habitaciones donde vosotros no veis mas que la banalidad de los demás y el reflejo de vuestro aburrimiento – señalaba Proust en «Contre Sainte- Beuve« (Tusquets) -,  Chardin entra como la luz, dando a cada cosa su colorido que evoca la noche eterna donde se habían enterrado a todos los seres de naturalezas muertas o animadas, con el significado de su forma, tan brillante a la vista como oscuro a la mente».

Así aparecen, tanto en este «Cesto de fresas salvajes» como en el «Bodegón con gato y pescado«, piezas de caza, utensilios de cocina, frutas, el universo de la profundidad y la delicadeza, el espacio interior de muchas casas del siglo XVlll.

Chagrin presentaba sus pinturas, entre otros muchos sitios, en la exposición tradicional de la octava del Corpus que se celebraba en la parisina plaza Dauphine y en la que todos los comerciantes estaban obligados a cubrir de lienzos blancos las fachadas de sus establecimientos, sobre los cuales se colgaban los cuadros. La exposición tenía lugar fuera cual fuera el tiempo que hiciera y no podía durar más de dos horas. Las crónicas de la época señalan que era tal la cantidad de gente que se congregaba que quedaba prohibido el acceso a los vehículos. El público y los críticos siempre se quejaban de que sólo se podían apreciar la espalda y los sombreros de las espectadoras. Y alli estaban los cuadros de Chardin, junto a los de Coypel, Boucher, Nattier, Oudry o Natoire, y también se mostraban allí las pinturas de la señorita Vallayer- Coster, de veintidos años de edad, y las de la señora Vigée-Lebrun.

En las «Observaciones sobre las artes y sobre algunas obras de pintura expuestas en el Louvre en 1748«», se describe  la obra titulada «Los entretenimientos de la vida apacible», «que representa a una mujer sentada descuidadamente en un sillón, con un librito en rústica en una mano posada sobre sus rodillas. Por una especie de languidez que reina en sus ojos,  fijos en un rincón del cuadro, se adivina que estaba leyendo una novela y que las impresiones que de ella ha recibido le hacen soñar con alguien a quien quisiera ver llegar».

Es la hora de la lectura en las habitaciones de la vida privada del siglo XVlll, como otras horas parecen resonar en pasillos y estancias que nos van poco a poco llevando desde las páginas de ese libro hasta la cocina, y desde la amplitud de la cocina hasta el detalle minúsculo y lleno de color de un tarro de albaricoque pintado, o hasta la luminosidad del agua acompañando a una cafetera, o incluso hasta el cuarto de juegos donde, absortos, los ojos de  un niño siguen imantados el baile perpetuo de una peonza.

Es la peonza de Chardin, los pinceles de Chardin,  la mirada de Chardin. Matices silenciosos de la pintura francesa en una exposición en el Museo del Prado.

(Imágenes: 1- cesta de fresas salvajes.- 1760.-colección privada/.-2.-Bodegón con gato y pescado.-1728.-Museo del Louvre/ 3.-Los entretenimientos de la vida privada.-Nationalmuseum.-Estocolmo/ 4.-El niño de la peonza.-1738.-Museo del Louvre)

EL HÉROE QUE SURGIÓ DEL FRÍO

«No es nuestro héroe James Bond. Tampoco lo es el astronauta. Yo diría que esa precisamente debería ser nuestra gran dicha: mirar la pasión sin muerte de James Bond, mirar la ascensión al espacio del astronauta, y saber que ninguna de las dos nos representa. Convencernos de que en nuestro tiempo los héroes, en vez de urdir hazañas extraordinarias, batallan en la extraordinaria hazaña de lo ordinario. Los verdaderos héroes ‑esto no puede suscitarnos vanidad, sino meditación‑ somos nosotros mismos.

Observemos al héroe. Viene del horizonte de le épica, vive en tierras de grave inmensidad, nace en vastas extensiones de tiempo. Lo que arrastra mientras cabalga hacia nosotros es ese resto del decorado antiguo, su aire de fábula, el carácter sagrado que va perdiendo por el camino. Cuando llegue a nuestro siglo XII, el héroe conservará casi intacta su grandeza. Gesto, vestido, movimiento, energía, serenidad, solemnidad en el rito, dimensión exaltada, maravilla: todo esto nos llevará al Cid. Nuestro Rodrigo lleva a cabo proezas increíbles, se recorta entre la tierra y el mito, pone un pie en la realidad y da un paso hacia la fantasía. Sobre todo, ha adquirido humanismo: este héroe español, que puede fascinarnos por su impulso, nos subyuga principalmente por la sobriedad; sus victorias nos dejan más vencidos porque poseen ternura.

Pero pasemos a otro siglo. Estamos en un suburbio; sea en 1599 o en 1540, con Lazarillo de Tormes o con Guzmán de Alfarache, lo cierto es que el aire huele a campo y a arrabal. Al menos es lo primero que se advierte; y en seguida, la insignificancia de una sombra que va trepando como protagonista. ¿Qué es lo que aporta? Nadie lo sospecha, va a ser una sorpresa: para la sociedad, constituirá la rebelión; para las letras, la novela moderna. Se ha derrumbado la épica de la caballería, y el pícaro” va a suplantarla. A pesar de los triunfos del amor, en contra de los valores de la fama, de la hidalguía y del señorío, el “pícaro” desnuda sus vergüenzas, sabe que son sus glorias y las muestra, con cinismo mordaz se vale de sus hambres para escribir la propia biografía. Naturalmente no llegará a héroe: será su antípoda. Pero esta figura humilde, nacida como reacción del siervo más que del servidor, no carece de peculiar dignidad; su fuerza es el sarcasmo, y su móvil el reverso de la proeza.

Tracemos ahora un arco, ganemos tiempo. Este arco desciende hasta los lindes de nuestra época. Nuestra época no oculta a ningún Lazarillo ni esconde a ningún Cid; el héroe que ella descubre es un personaje normal y banal, enterrado en un vulgar paisaje. Dos ejemplos: el héroe puede llamarse Bloom y ser un pequeño agente de publicidad extraído de la vida de Dublín; el héroe puede llamarse Maigret y ser un sencillo policía destinado en París. Entre los dos se abren las diferencias de un tono y de una calidad literarias; pero a los dos les une un relevante detalle: son simples individuos, cuyas vidas alcanzan lo epopéyico precisamente a través de lo insignificante.

Lo insignificante, ese es el secreto. Este siglo ha tenido que transformar la rutina en hazaña, la nimiedad en leyenda. No hay más que contemplar al héroe de Joyce: un ciudadano despojado de su gloria. Ofendido y humillado, llevando en andas su destierro, Bloom atraviesa Dublín, mientras la gran ciudad, entreabriendo sus calles, lo absorbe y se lo traga. Lo banal le rodea; ese día en Dublín, nada ha pasado: buen tiempo en la mañana, tarde calurosa y lluvia nocturna; se han anunciado rebajas de verano, y en el teatro se presenta una ópera: tal puede ser una jornada anónima de una ciudad cualquiera. Ante Maigret, la impresión será idéntica. Si alguien pregunta dónde encontrar lo insólito, el policía habrá de contestarle: soy la simplicidad; un empleado en medio de empleados, una pipa, la manía de atizar la estufa, horario de oficina, zapatos pesados, un abrigo con el cuello de piel. Es la epopeya de la monotonía. Maigret sueña con el retiro, Bloom con una casa en las afueras; Maigret tiene como escudero a su esposa, Bloom es el escudero de su mujer.

Sobre todo, los dos personajes son reales. La épica moderna ha prescindido de lo grandioso para dar paso a lo verdadero: un realismo tremendo en París o Dublín. Nos hemos alejado de lo sobrehumano, de lo sagrado, de lo increíble; nos hemos alejado de lo invencible. Ese hombre que pasa puede ser oprimido o engañado, sentirse insatisfecho o caer en el ridículo. No importa. Todo eso no le impide ser héroe. Se encuentra solo; burlón o taciturno, aspira a conseguir el heroísmo en la trivialidad.

Se ha reducido lo excepcional, ha variado el sentido de la aventura. Hoy la aventura no es tanto modificar una circunstancia como procurar defenderse de ella. El río de las circunstancias nos empuja, nos envuelve, nos lleva; las circunstancias forman remolino, el río nos precipita y nos despeña. Sobre ese cauce, dos perfiles: el hombre que lucha o que resiste agarrado a las rocas, y el que se aleja inmerso en la corriente. Ambos han sido aceptados como protagonistas. La literatura de nuestro tiempo nos ofrece la efigie del primero en esas obras viriles y violentas que alguien ha bautizado de la condición humana: en ellas se yergue un heroísmo pleno, el heroísmo retratado en los gestos y en esos actos tan secos muchas veces, pero que justifican impecablemente el ardor del hombre frente a la vida. En este caso, el héroe es heroico por cumplir ese esfuerzo de voluntad y abnegación que le anima a realizar un hecho extraordinario; su hazaña está nutrida de resistencia y de exigencia, y su misión es sacudir a cuantos incapaces no logran ser conscientes de su destino.

Pero la literatura de nuestra época refleja también a la figura anónima, al hombre-masa, al solitario en sociedad, al hombre-número, al héroe, nuestro hermano de todos los días. Si este individuo pudiera gozar de auténtica comunicabilidad con sus semejantes, si no tuviera que vivir aislado al propio tiempo que arrojado en la aglomeración, o bien si disfrutara menos de la cortesía impersonal y más del amor verdadero, podría decirse simplemente que en nuestra tierra existe un hombre sin nombre, casi feliz, que por ser tan vulgar o tan corriente es difícil que alcance el heroísmo. Pero este héroe de tantos libros contemporáneos es heroico por más de un motivo. Su andar errante atravesando calles con una mezcla de rebeldía y tedio, su sombra sin relieve, incluso sus gestiones sin éxito, hacen que se levante sobre el mundo un nuevo héroe, antes desconocido, cuya aventura es continuar anónimo y vivir lo ordinario en silencio.

Poco. Acaso valga poco. Tal vez sea mediocre, o áspero y salvaje, o triste o ingenuo. Pero ese mudo charlar que se le escapa, monólogo interior y extraño soplo, es su sonoro pensamiento. Quizá no llegue el héroe a poeta, ni a rector de asambleas, ni a líder político. Su fatiga, sin embargo, le delata: marcha sin brújula, como si hubiera olvidado el esqueleto.

Bien. Mirémosle de cerca ya que avanza dormido. Sonámbulo, sueña con superhombres, esos brillantes caballeros del mito. Ahora se sienta en la butaca, se transforma y se evade: James Bond le atrae en la pantalla; el astronauta, en los cielos vacíos.

Pero más tarde sale: entra en su mundo. Sigue posada el ala de la duda sobre su vida, quietas las garras de la costumbre: dos ojos de rutina le miran fijamente retando a su heroísmo. El hombre da unos pasos: se estremece. Ese temblor que siente es el frío del siglo».

(«El artículo literario y periodístico» .-«Paisajes y personajes».-pág 305-308)

(Imágenes.-1.-Amir Shingray,.2008.-Craig Scott Gallery/2. Balcomb Greene .-1962.-Champs de Mars.-Spanierman Modern/ 3.-pintura de Sir Henry Raeburn.- patinaje sobre Duddingston Loch.–Reverendo Robert Wallker.-1795.-National Gallery of Scotland/ 4.-Yarg Noremac.- sin límites.-2008.-Robert Berman Gallery/ 5.-Jack Spencer – vigía del mundo.-2000)

VIEJO MADRID (26) : VOCES DE LA PLAZA DE ORIENTE

Me detengo ante esta puerta del Palacio Real y oigo la voz de los historiadores: “Nacimientos, bautizos, bodas y muertes de Reyes y Príncipes, levantamiento contra los franceses; visita de Napoleón a su hermano el Rey José; restauración fernandina; baile de las Constituciones; camarillas, ecos de revueltas populares; una dinastía – la de Saboya – que dura dos años; Alfonso Xll, la Regencia; “turno pacífico” de partidos; guerras coloniales; crisis y componendas; Marruecos; guerra mundial; Dictadura…España entera ha vivido doscientos años pendiente de lo que en este Palacio hubo de decidirse». Es la voz pausada de Sánchez Cantón que marcha conmigo, que pasea conmigo, voz que va pisando luces y sombras, que contempla cerrados vemtanales.

«En la Nochebuena de 1734 – me sigue recordando la voz – se inició un incendio que destruyó el Alcazar de los Austrias. El 6 de abril de 1738 se puso la primera piedra del Palacio Nuevo. El 1 de diciembre de 1764 durmió en él por primera vez un Rey – Carlos lll -.El 14 de abril de 1931, al caer la tarde, salió de aquí, camino del destierro, Alfonso Xlll

Luego la voz da una vuelta conmigo por la esquina del tiempo y el tiempo me trae carruajes de memoria, explanadas antiguas, piedras venerables. Hay una palidez amarilla en el cielo de Madrid porque estamos ya en un febrero perpetuo, uno de esos febreros de fina lámina cubriendo tejados y columnas, ocultando casi la ciudad.


Camino luego siguiendo a esta otra voz que viene, y cuando ella se detiene ante las estatuas reconozco la voz de RAMÓN desde el fondo de  la greguería, inventando la historia de los Reyes: «Era un día de fiesta interior y los Reyes de la Plaza de Orienteme dice Gómez de la Serna – se habían puesto sobre su capa de piedra un manto de armiño que los borraba bajo la borrada tierra, todos reyes armiñados, todos nada, todos sólo lo que de inmortal tiene el corazón recóndito de España». Y sigue Ramón hablándome desde su novela «Las tres gracias«: «A la de Santiago sí bajaban varios días, porque era la de su barrio y los reyes de piedra se ponían alegres y a veces se prestaban a que les pasasen un alambre por el cuello para sostener las grandes bombillas de la fiesta» .

Verbenas, fiestas, silencios, el viento cubriendo febrero y la Plaza que nos abandona…

(Imágenes: 1 y 3.-Palacio Real y Plaza de Oriente.-febrero 2011.-fotos JJP/2.-Palacio Real en 1887.-.Archivo fotográfico de la Comunidad de Madrid.–donado por Santiago Saavedra)

MÚSICA EN «VALOR DE LEY»

«Cabalga por los cielos en tu auxilio, y sobre las nubes en su gloria» – dice el Deuteronomio – y añade: «sus brazos eternos te sostienen, expulsa ante ti a los enemigos». Himnos, caballos y agua, disparos y polvo, palabras y miradas se cruzan en «Valor de ley«.  «Ethel y Joel Coen y yo- recuerda Carter Burwell, el autor de la música de la película -, tuvimos la misma idea , una puntuación de sus raíces en los himnos del siglo XlX. Nuestro modelo fue el himno «Apoyarse en los brazos eternos«, compuesta en 1888 por Anthony Showalter, un anciano de la Primera Iglesia Presbiteriana en Dalton, Georgia, y se utiliza de modo memorable en la película «La noche del cazador» . Esto, junto con otros himnos de la época, constituye la columna vertebral de la partitura».

«Hacer películas – le confesaba Joel Coen a Laurent Tirard en «Lecciones de cine » (Paidós) – es hacer malabarismos. Por una parte, tienes que estar abierto a nuevas ideas si la realidad de la situación lo requiere y no intentar reproducir con intransigencia tus ideas originales. Por otra parte, debes tener la suficiente confianza en tus propias ideas para no cambiarlas como respuesta a cualquier tipo de exigencia exterior que quiera obligarte a llevar la película en una dirección o en otra. A pesar de todo no hay lecciones, no hay reglas en las que te puedas apoyar. Siempre es una situación variable donde tienes que utilizar un poco los instintos».

Caballos y agua, palabras y miradas, disparos y polvo, van contando en imágenes la historia. Pero la música persiste. Como en otra ocasión comenté en Mi Siglo, la música en el cine nos acompaña y muchas veces perdura. «El papel de la música en una película es contarte algo que de otra forma no sabrías», dice Burwell. Y ello es siempre una realidad.

(Imagen: escena de «Valor del ley»)


NOCHE OSCURA Y NOCHE ILUMINADA

«La noche es algo natural: lo contrario de la luz que a nosotros y a todas las cosas envuelve. No es propiamente un objeto en el sentido literal de la palabra. No está delante de nosotros y ni siquiera se sostiene por sí mismo. No es tampoco una imagen, entendida como figura visible. Es invisible e informe. Y, sin embargo, la recibimos verdaderamente y está más próxima a nosotros que todas las formas y figuras, está más propiamente unida  con nuestro ser. Como la luz penetra con sus propiedades visibles todas las cosas, de la misma manera se las traga la noche y amenaza con tragarnos a nosotros también (…) Frente a la noche oscura y espantosa está el embrujo de la Noche, la luz de la luna que la penetra con un suave y delicado resplandor. No se traga las cosas, sino que las deja brillar con aspecto nocturno. Todo lo duro, lo áspero y penetrante es moderado y suavizado y se manifiestan rasgos esenciales de las cosas que no aparecen a la luz del día. Se escuchan también voces que el ruido del día amortigua y hace enmudecer. Mas no solamente la noche iluminada tiene sus encantos sino que podemos igualmente encontrarlos en la noche oscura. Da fin a la prisa y al ruido del día y nos trae el descanso y la paz».

Edith Stein

(Imágenes:-1.-Nueva de York de noche.-1929.-Georgia O´Keeffe.- arthistory/.-2.-Foto Revista TIME)

VELOCIDAD DE LA ESCRITURA

En 1681 Madrid tenía cuarenta teatros, se conocen los nombres de más de 2000 actores, se ha calculado que se escribieron y se representaron en el Siglo de Oro 30.000 comedias. En el centro de todo esto aparece Lope de Vega – «Monstruo de la Naturaleza«, como le llamó Cervantes – que en 1635, al acabar su vida, se le atribuyen 1800 comedias y más de 400 autos, además de 431 comedias profanas. Ya aludí en Mi Siglo a su producción en 1618: había escrito 800 comedias y en treinta y un meses 127 comedias más, es decir, más de una por semana. Lope había señalado:  “Dadme cuatro bastidores, cuatro tableros, dos actores y una pasión“ y también su conocida frase, “más de ciento, en horas veinticuatro, pasaron de las Musas al teatro“.

Es la velocidad de la escritura. Velocidad unida a la calidad profunda, algo insólito en la literatura. Ahora que en Madrid se representa una vez más «El castigo sin venganza» las palabras convocan a las pasiones y las frases nos acercan a los paisajes. Ramón Gómez de la Serna en su biografía de Lope recuerda que « no sólo es pintor de retratos de cuerpo entero, sino gran paisajista, y en sus poesías hay arrroyos sonoros y álamos erguidos y álamos que hacen arco, viéndose muchas veces la villa de Médicis como fondo de sus soledades, esas soledades a las que ve y vicia«.

Con esa calidad unida a la velocidad trepidante define Lope en muy pocos rasgos la comedia:

«¿Ahora sabes, Ricardo,

que es la comedia un espejo

en que el necio, el sabio, el viejo

el mozo, el fuerte, el gallardo,

el rey, el gobernador,

la doncella, la casada,

siendo al ejemplo escuchada

de la vida y del honor,

retrata nuestras costumbres,

o livianas o severas,

mezclando burlas y veras

donaires y pesadumbres?

(…)

Pues no ignores

que no quieren los señores

oir tan claras verdades».

Seguían el vuelo en el aire de las palabras aquellos espectadores, muchos de ellos de pie, en los patios de los corrales de comedias. Iban y veían,  o imaginaban que venían y que iban, las pasiones embozadas en los versos, tapadas las intenciones por gritos y ademanes, acompañados de pasos sobre el tablado y saliendo y entrando a derecha e izquierda entre las cortinas. La imaginación corría las cortinas y de repente se revelaba un espacio que era parte del vestuario, y que se empleaba para simular una cueva o cárcel  o para introducir en una tercera entrada al tablado trastos escénicos, sillas, una mesa, una cama. La imaginación unida a la realidad veía de pronto una nube que se empleaba mucho en comedias de santo, para subir un alma al cielo, o dejar descender a la Virgen o a los ángeles. Luego la realidad  se hermanaba otra vez con la imaginación y toda la cosmovisión del siglo XVll se presentaba en movimiento físico, juego de palabras y de gestos que caminaba y actuaba y recitaba en aquellos teatros construidos sin techo y donde las representaciones se hacían a plena luz del día.

Y allí estaba, en el centro, el autor, escribiendo con la velocidad de su calidad estos versos:

«Tú me engañas, yo me abraso;

tú me incitas, yo me pierdo;

tú me animas, yo me espanto;

tú me esfuerzas, yo me turbo;

tú me libras, yo me enlazo;

tú me llevas, yo me quedo;

tú me enseñas, yo me atajo,

porque es tanto mi peligro,

que juzgo por menos daño,

pues todo ha de ser morir,

morir sufriendo y callando«.

(Imágenes:-1.-Drago Persic.-Engholm Galerie.-artnet/2.-1.-corral de comedias de Almagro.-wikipedia/ 3.-corral de comedias.-wikipedia)

SALUDO AL PÁJARO

«Yo te saludo

grajo de agua de negro azabache

que conocí en otros tiempos

pájaro de las hadas

pájaro del fuego pájaro de las calles

pájaro de los que transportan a los niños y a los locos

Yo te saludo

pájaro gracioso

pájaro burlón

y me enardezco

en tu honor

y me consumo

en carne y hueso

y en fuegos de artificio

sobre la escalinata del ayuntamiento

de la plaza de San Sulpicio

en París

por donde pasabas muy deprisa

cuando yo era niño

riendo entre las hojas del viento.

(…)

Yo te saludo

pájaro de los perezosos

pájaro de los chiquillos enamorados

Yo te saludo

Pájaro viril

Yo te saludo

pájaro de las ciudades

Yo te saludo

pájaro de los cuatro jueves

pájaro de los suburbios

pájaro de Gros- Caillou

pájaro de Petits- Champs

pájaro de los Mercados pájaro de los Inocentes

(…)

Yo te saludo

pájaro de las criadas

pájaro de los muñecos de nieve

pájaro del sol de invierno

pájaro de los orfanatos

pájaro del Muelle de las flores y de los esquiladores de perros

Yo te saludo

pájaro de los bohemios

pájaro de los que no sirven para nada

pájaro del tren urbano.

(…)

Yo te saludo

pájaro de los hospitales

pájaro del Manicomio

pájaro de la Maternidad

pájaro de la campana

pájaro de la miseria

pájaro de los cortes de luz

Yo te saludo

Fénix poderoso

y te nombro

Presidente de la autentica república de los pájaros

y te regalo por adelantado

la colilla de mi vida

para que renazcas

cuando yo esté muerto

de las cenizas de aquel que era tu amigo».

Jacques Prévert: Palabras


(Imágenes: 1 y 3:  midnightmartinis/ 2 y 4.-Holger Droste.-smashingpictures)