VIEJO MADRID (51) : PLAZA DE SANTA ANA

 


“Esta plaza, a la que el madrileño llama sencillamente “Santana “ — decía Ramón Gómez de la Serna en sus “Nostalgias de Madrid” —, es una aurícula del corazón de Madrid. Cuando yo vuelva pienso ampararme en la acera de sol, entre Santa Cruz y Príncipe, y ya no saldré de ella en el resto de mis días. El invierno se mete en sus invernaderos de cristal, en que se come y se bebe — como sea día de sol sale al jardín— , pero en cuanto se inicia la primavera hace vida al aire libre día y noche.  Sus mejores horas son veraniegas, y la mejor, esa en que el reloj de la una marca las dos. Plaza de coronas de laurel— incluidas las del teatro Español —, es sitio para que sientan los hombres de talento. Piscina de cerveza — se puede bañar en ella el que quiera —, allí se estacionan los hombres silenciosos y a los que se les fue la mujer, y los ruidosos gamberros que saben beber sin morir. Por allí acude aún la sombra de los hombres del Siglo de Oro y la de los  románticos.
(…) En esa revuelta que da nuestra predilecta plaza hacia la del Ángel es por donde se le escapan la respiración y el agua del río de sus cangrejos. El vendedor de mojama y huevos duros se acerca como jugando al toro con sus grandes centollas, y con la navaja más afilada del mundo os cortará ese pedazo de mojama que es como un resumen  del mar y de la tierra, en que la cecina se une a la ballena. (…)

Toda noticia se sabe en la plaza de Santa Ana antes que en ningún otro sitio, gracias a unas ondas que posee desde muy antiguo, y allí se encuentra el amigo que no se veía desde hace cuarenta y dos años. Es rica en jabones, camisetas, café y otras especias, pudiendo encontrarse en sus librerías los libros más serios y seguros que figuran en los catálogos. Su mañana es también feliz como su noche, y allí se orienta el hombre que ha nacido optimista  y que compra en un estanco un puro con anilla, que según  hacía dónde apunte en el manipuleo de reconocerle, por allí habrá que tirar, logrando la dicha del mediodía, que para la de la tarde, Dios dirá. Una mirada al teatro Español y a su contaduría llena de la palpitación teatral del día, ya con las entradas  a la venta. El sitio ideal para la decisión o para la meditación del transeúnte está en esa esquina entre la vida y el teatro, entre el bajar y el subir, entre el irse por la derecha o por la izquierda. A la tarde se refugian en la recoleta plaza los que quieren recapacitar, los que quieren contemplar la gloria de vivir y ver los toros desde la barrera, sin mezclarse demasiado en los embates del negocio, de la literatura o de la política.”

(…)

 

(Imágenes-: dibujos de Mingote)

RILKE Y LOS CHALES

 

“He hecho un descubrimiento particular — escribe Rilke en una carta de diciembre de 1923–: chales, chales de cachemira de Persia y del Turkestán, iguales a los que veíamos con emoción sobre los hombros suavemente caídos de nuestras bisabuelas; chales con el centro redondo o cuadrado o estrellado, con un fondo negro, verde o blanco marfil, cada uno un mundo en sí, verdaderamente, sí, cada uno una felicidad completa, una dicha entera y quizás un completo renunciamiento, cada uno todo eso, absolutamente tejido de humanidad, cada uno un jardín cuyo cielo, referido al mismo tiempo, estaba contenido; así como en el perfume del limón, probablemente, se comunica el espacio entero, el mundo entero que el fruto feliz ha integrado día y noche  en su crecimiento. ¡ Como hace algunos años en París, con los encajes, comprendí de pronto, ante esas telas desplegadas, la esencia del chal! Tal vez sólo así, solamente en la transformación que permite un lento y tangible trabajo manual se logran equivalencias completas, silenciosas, de la vida, a las cuales el lenguaje no alcanza jamás, a menos que logre obtener alguna vez, en un llamado mágico, que algún recóndito rostro de la existencia permanezca, en el espacio de un poema, vuelto hacia nosotros”.

(Imagen —Erwin Blumenfeld)

CONFESIONES DE W. G. SEBALD

 

 

“Con cuánto placer – confiesa el gran escritor alemán W. G. Sebald en “Austerlitz” —  me he quedado ante un libro hasta muy entrado el crepúsculo, hasta que no podía descifrar ya nada y mis pensamientos comenzaban a dar vueltas, qué protegido me sentía cuando, en mi casa, en la noche oscura, me sentaba ante el escritorio y sólo tenía que ver cómo la punta del lápiz, al resplandor de la lámpara, por decirlo así por sí mismo y con fidelidad total seguía a su sombra, que se deslizaba regularmente de izquierda a derecha y renglón por renglón sobre el papel pautado. Ahora, sin embargo, escribir se me había hecho tan difícil que a menudo necesitaba un día entero para una sola frase, y apenas había escrito una frase así, pensada con el mayor esfuerzo, se me mostraba la penosa falsedad de mi construcción y lo inadecuado de todas las palabras por mí utilizadas. Cuando, sin embargo, mediante una especie de autoengaño, conseguía a veces considerar que había hecho mi trabajo diario, a la mañana siguiente me miraban siempre, en cuanto echaba la primera ojeada al papel, los peores errores, inconsecuencias y deslices. Hubiera escrito poco o mucho, me parecía siempre al leerlo, tan fundamentalmente equivocado, que, al punto, tenía que destruirlo y comenzar de nuevo”.
Elogiado entre otros por Susan Sontag en un artículo memorable, reconocido como gran autor por numerosos críticos, Sebald mostraba sus tentativas solitarias, sus esfuerzos y a veces sus conquistas. “ Escribir— decía en una entrevista — es hacer alguna cosa a partir de nada. Si un cirujano hace veinticinco operaciones de apendicitis, entonces la veintiséis quizá pueda hacerla con los ojos cerrados. Pero para la escritura es exactamente lo contrario. Escribir, crear, tiene mucho que ver con la composición. Uno dispone  de algunos elementos. Construye cualquier cosa. Uno trabaja hasta obtener algo que parezca a lo que más o menos le satisface. En la ficción en prosa uno debe concebir, elaborar, construir. Se tiene una imagen y uno desea extraer de ella alguna cosa — media página, tres cuartos de página, página y media — y eso no funciona sino a través de una construcción  de tipo lingüístico e imaginario. “

 

 

(Imágenes— 1- Henry van de velde- 1892/ 2-W. G. Sebald)

UN TIEMPO DIFERENTE

 

 

‘Y encerrados en esta capital salvaje,

hemos olvidado para siempre

los lagos, las estepas, las ciudades

y los amaneceres  de nuestra gran tierra natal.

Día y noche en el sangriento círculo

nos abruma una brutal languidez.

(…)

Nadie quiere ayudarnos

porque nos quedamos en casa

porque amamos nuestra ciudad

y no las alas de la libertad

preservamos para nosotros

sus palacios, su fuego y su agua.

Se acerca un tiempo diferente.”

Anna Ajmátova

(Imagen —Charles Burchfield)

 

LA VIDA DE UN ROBOT

 

Ahora que se deslizan los robots por las superficies de los grandes  almacenes y por los platós de los telediarios, la que se creía ciencia- ficción mueve sus ruedecillas  avanzando vertiginosamente por la realidad. Nos hemos acostumbrado a los robots, nuestros asistentes y vecinos, y sus historias han sido hace tiempo relatadas  en libros. Contaba Asimov en sus “Memorias” que en 1958  se había quedado atascado en una narración en la que pretendía  que una mujer se enamorara de un robot hunanoide, pero no encontraba la manera de hacerlo. En cualquier caso nos ha dejado muy interesantes  historias de robots. Y en la antología de cuentos de ciencia -ficción que seleccionó en su momento Javier Lasso de la Vega podemos revivir la aventura de “Tom”, un robot ideado por el escritor norteamericano Frank Herbert — que escribiría una historia de guerra submarina en el futuro — y que cuenta en su relato titulado “Orgullo” las reacciones de “Tom”, el cual trabaja en las actividades ordinarias de capataz de una factoría.

Farrel, inspector humano de la empresa, pretende que Tom se haga una reparación general, pero él no quiere gastar sus ahorros, y redobla su labor, por ganar más, en una sección que produce mayor desgaste. Tom no es avaro, pero  ahorra para realizar una idea secreta. Mientras Farrel codicia la caja cerebral del capataz de la factoría , ocurre de improviso un accidente en el que muere otro robot. El propósito de aprovechar el cansancio del obrero mecánico para que acepte su jubilación, incita a culparle del accidente y a imponerle una multa para menguar su economía, Tom acude al médico, quien opina que una operación en la masa encefálica le privaría de células, provocando la invalidez. Pero en su interior surge entonces la gran idea secreta de adquirir un “ super – robot” que sustituya  su cuerpo conservando el cerebro.  Se interna en la clínica de “robots” libres, sumergiéndose en meditaciones sobre su condición individual y de clase y sobre la significación del orgullo. Hace testamento en una cinta magnetofónica para imprimir todo el acervo de su sabiduría y experiencia y legarlo al futuro “robot” ideal.  En el momento de la operación, ante aquel  suicidio de que le acusan, diciéndole que va a perderá su propia personalidad, Tom protesta y asegura que marcha en pos de la vida eterna, en la que ha de perpetuarse como los seres humanos, a través de sus descendientes, transmitiendo a su futuro  “robot” , que es como su hijo, el testamento de su vida, de su persona y de su cultura.”

 

(Imágenes— 1-Donato Giancola/ – 2- MC Escher -1956- volakis gallery – artnet/ 3- foto Simon Norfolk- Michael Hoppen contemporay)

MI CUERPO TAN FRÍO

 

 

“Si leo un libro y éste vuelve mi cuerpo tan frío que  ningún fuego jamás puede calentarme — decía Emily Dickinson —, yo sé que eso es poesía. Si me siento físicamente como si la parte superior de mi cabeza fuera arrancada yo sé que eso es poesía. Éstas son las únicas maneras que conozco. No hay otra manera.”

(Imagen- Randolph Stanley Hewton- 1928-museo de Quebec)

CAMINAR SOÑANDO

 

Vuelven los libros de los sueños como vuelve cada noche el espacio necesario para dormir. Puntualmente se cierran los párpados del mundo y avanzamos por terrenos inexplorados. “ Hoy me ocurrió algo milagroso — escribía en su “Diario íntimo” el dramaturgo austriaco Grillparzer— . Soñé mientras caminaba. Me había levantado temprano, bebí agua de la fuente, me di un baño, volví a beber un vaso de agua y me dirigí al jardín para dar un paseo. Fue así que, de pronto, llegué a una parte del jardín  en que jamás había estado antes. Era tan hermosa, los árboles eran tan maravillosamente bellos, que no cesaba de asombrarme por no haber reparado en ellos con anterioridad a aquel instante. Lamentablemente no había ningún banco cerca para sentarse. Aún tenía que beber  un vaso de agua, de manera que me volví, firmemente resuelto a regresar a ese sitio  en cuanto hubiera satisfecho mi sed. Recordé  el camino: pasaba por una breve hilera de árboles de poca altura.  Con todo, me fue imposible volver a encontrar  el camino, pues… éste jamás había existido. Todo había sido un sueño. Pero lo milagroso es que  este sueño  haya sobrevivido mientras caminaba. En general, especialmente de noche, cuando estoy cansado de leer, suelo soñar cosas o ver mentalmente este tipo de imágenes. Pero jamás me ha ocurrido esto mientras caminaba, jamás me ha ocurrido con la fuerza de convicción con que me ocurrió hoy”.

 

 

(Imágenes— 1- Richard Long- National Gallery/2- Cornelia Fitzroy)

LAS MASAS DE TURISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las masas de turistas que hoy echamos tanto en falta por salas de los museos y en muchos otros sitios — porque supone perder millones de ingresos en todos los países — ,tuvieron una primera historia polémica y rodeada de críticas a mediados del siglo XlX, cuando empezó la invasión de las gentes. El  novelista irlandés Charles Lever, que entonces residía en Italia, lanzó un  tremendo ataque sobre el nuevo descubrimiento de tales masas. “Parece  ser — escribía en el “ Blackwood Magazine” en 1865 —que un emprendedor sin escrúpulos  ha ideado el proyecto de conducir a unas cuarenta o cincuenta personas, sin distinción de edad o sexo, de Londres a Nápoles y vuelta, por una suma establecida. El proyecto es un éxito y hay ciudades de Italia que están inundadas por una multitud  de estas criaturas, porque nunca se separan, y se las ve, de cuarenta en cuarenta, desparramándose  por las calles  con su director — ahora al frente, ahora en retaguardia  —, rodeando al grupo como perro pastor, y en  realidad todo el proceso no puede ser más parecido al pastoreo. Ya me he encontrado  con tres rebaños y nunca había visto nada tan grosero; los hombres, en su mayoría ancianos, sombríos, con aire triste, obviamente aburridos y cansados; las mujeres algo más jóvenes, mareadas y arrugadas del viaje (…)  Les digo expresamente que será casi imposible vivir en el extranjero si este flujo prosigue; porque no es solo que Inglaterra nos inunde con todo aquello que es de baja educación, vulgar y ridículo, sino que estas personas, desde el momento en que se ponen en camino, consideran a todos los países extranjeros y a sus habitantes como algo sobre lo que tienen derecho adquirido. Han pagado por el continente y están determinados a obtener el valor de su dinero”.

Hoy todas esas masas que no nos llegan a nosotros nos han dejado un vacío.

 

 

(Imágenes— 1- Valeriy Belenikin/  2-William Heick- 1948)

LA GRAN CEREMONIA DEL TÉ

 

 

“Hay un largo silencio sobre la vida de Hisae Izumi durante muchos años. La primera vez que vuelve a encontrarse su figura es en octubre de 1587, en el bosque de Kitano, cerca de Kyoto, asomando su belleza entre las largas filas de bambús amarillos de aquel bosque, buscando ella en ese momento el mejor sitio al que quería aspirar en aquella gran ceremonia del té a la que, como tantos otros — una gran muchedumbre—, ella había sido invitada. Aquella gran ceremonia del té que se haría célebre en Japón y se evocaría luego en  muchas partes del mundo,  la había convocado el regente y canciller Toyotomi Hideyoshi, y se pedía a todos los asistentes — casi mil personas acudieron — que llevara cada uno una tetera, un balde de pozo, un cuenco para beber, alimentos,  y, por supuesto, té. Y sobre todo que se guardara un completo silencio. Si alguno de los asistentes — seguía diciendo aquel comunicado de invitación  — quería construirse una pequeña sala o cabaña personal o familiar dentro del bosque para seguir mejor la ceremonia, bien podía hacerlo, pero si no lo conseguía se le permitía en cambio extender en el suelo mantas o bolsas de cáscara de arroz. Hisae había encontrado pronto un  buen sitio escogido  bajo los árboles, muy cerca de la pequeña sala dorada central que ocupaba Hideyoshi, y extendiendo la manta que había traído, aguardó allí, rodeada de la gran muchedumbre, ante lo  primero que iba  a conocer  de aquella ceremonia, que era el sonido del té.

 

En todo el bosque de bambú se produjo un silencio completo. De repente, desde el interior de la sala dorada que ocupaba Hideyoshi, se  oyó tan solo el pequeño tintineo de una tapadera sobre una vasija de agua, luego el roce de una taza sobre un  tatami colocado en el suelo y después el golpe de una cucharilla que echaba el té en polvo sobre la taza. Todo ello en medio de un silencio profundo. Pero aquella fue la señal para que en todas las pequeñas salas o cabañas individuales — había más de ochocientas desperdigadas y  ordenadas bajo los árboles— se repitieran a la vez esos mismos sonidos. Hisae, desde su sitio, los reprodujo también de modo exacto e hizo tintinear su tapadera sobre la vasija que llevaba, provocó el roce de su taza al depositarla en el suelo y escuchó el golpe de la cucharilla. Continuaba el silencio total en aquel gran bosque y pasados unos momentos se oyeron cinco golpes de gong que indicaban el principio de la ceremonia. Se entreabrió lentamente la puerta de la pequeña sala dorada y se pudo ver al propio Toyotomi Hideyoshi, un hombre de unos cincuenta años, delgado y de corta estatura, vestido con un elegante kimono blanco, rodeado de varios utensilios de té, y a poca distancia suya, sentado en el suelo y con los pies cruzados, en una postura inmóvil y como dedicado a la meditación,  la figura de Sen no Rikyū, uno de los maestros del té más famosos de Japón, una figura pacífica, con sus cejas blancas que revelaban sus setenta años, cubierto su cuerpo con un kimono marrón. Toda aquella sala, que era una sala portátil cuyas paredes se podían desmontar, empaquetar y trasladar de un sitio para otro según conviniera ( y así se lo mostraron a  Hisae cuando entró luego a verla)  estaba construida con ciprés japonés, cañas, seda y bambú y recubierta tanto en su interior como en su exterior de pan de oro y forrada toda ella con gasa roja. Destacaba también un adorno de flores en un entrante de la pared, una pintura colgante a su lado,  y en  una esquina, y junto a aquella pintura, aparecía la figura en pie de un hombre joven, envuelto en un kimono anaranjado, que parecía estar aguardando algo para empezar a leer un papel. Pero lo que más deslumbró a Hisae de todo aquel conjunto fue la intensa fusión de los colores: se unía el amarillo del bambú en la masa de los árboles del bosque con el resplandor dorado de la sala que ocupaba Hideyoshi. Resplandecían a la vez las puertas correderas del recinto envueltas en gasas de seda y las esteras de tatami cubiertas con tela carmesí. A Hisae todo aquello la dejó fascinada.

 

 

Entonces, en medio de aquel silencio total, se oyó hablar a la figura situada en la esquina de la pequeña sala que en esos momentos comenzaba a leer el papel:  “ Mi Señor Toyotomi Hideyoshi — empezó a decir solemnemente — os ha convocado aquí a todos los nobles, guerreros, granjeros, comerciantes, samurais y todo tipo de familias e invitados, para celebrar esta gran ceremonia del té junto a él en estos bosques de Kitano. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi desea que todos cuantos vais a acercaros hoy hasta esta cámara dorada podáis disfrutar al contemplar los utensilios  personales del té que son de su  propiedad  y que han estado guardados en el castillo de Miki. Os los quiere mostrar. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi tiene también el deseo de serviros el té él personalmente aun cuando seáis  muchos. Ese es el deseo de Mi Señor Toyotomi Hideyoshi”.

 

 

Un vez pronunciadas estas palabras, el propio Toyotomi Hideyoshi vestido con su kimono blanco avanzó despacio por el centro de la pequeña sala y con un  gesto señaló los objetos que estaban colocados en el suelo. Eran sin duda, cómo así acababa de anunciarse, sus personales utensilios para servir el té, seguramente los más preciados para él, y allí aparecían tres cuencos, dos de ellos negros y uno rojo, un pequeño recipiente con tapa, un hervidor, un cucharón de marfil, una especie de brocha y un pequeño lienzo rectangular de color blanco. Excepto la brocha y el lienzo, todos los demás objetos eran dorados.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

 

(Imágenes— 1–Kasamatsu Siro-1938- bruce gof archive/ 2- Aku Maki/ 3- Utagawa Hiroshide/ 4- Akuin Ekaku/ 5- Hiroshi Yoshida)

NO TE ASOMES A ESE JARDÍN

 


“No te asomes a ese jardín

ni quieras descubrir sus rosas.

Mueren tras ese idéntico

perfume, igual color,

y la sed llena el vaso.

No te acerques a ese jardín

si quieres que aún existas

y que tu amor de siglos no se apague,

y si amas la esperanza.

Déjalas bajo el sol: búscate dentro

esa otra rosa que renace y muere,

esa flor que sospechas que hay en ti,

esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.”

Ángel Crespo — “Claroscuro” (1978)

(Imagen —Álexei Antonov)

LA TRASTIENDA DE “GUERRA Y PAZ”

 

“No se puede imaginar  usted — le escribía Tolstoi  a un amigo — cómo me cuesta este trabajo preparatorio de labor preliminar sobre el campo que me veré forzado a sembrar hacia fines  de 1864.  Reflexionar, pensar en todo lo que podía acontecer a esos futuros héroes de una obra tan vasta y combinar  los millones de proyectos de todo orden para escoger un millonésimo, es terriblemente difícil.” Todo el invierno de 1863-1864 lo consagró Tolstoi a familiarizarse  con la época que quería resucitar en su obra. Su suegro le enviaba de Moscú documentos  de primera mano. Ėl mismo compraba sin discriminación todas las obras referentes a las guerras napoleónicas. Tras un paréntesis forzado por una caída montando a caballo cuando iba cazando liebres y durante la convalecencia , como no podía escribir, su cuñada Tania le servía de secretaria. Ha contado en sus ‘Recuerdos’ cómo le dictaba durante horas, presa de una  especie de fiebre hasta que , compadeciéndose de su fatiga,  le decía bruscamente : “¡ Basta por hoy,  vete a patinar! “.
Volvió a retomar su trabajo. Aprovechaba sus visitas a Moscú  para continuar la caza de documentos Rebuscaba en las librerías, tomaba prestados libros  a profesores amigos, visitaba la biblioteca Rumiantzev, se hacía comunicar, por favor especial, piezas importantes de los Archivos de Palacio, interrogaba a los viejos sobre sus recuerdos del año  1812. La abundancia de materiales lo exaltaba y lo atemorizaba a la vez. Temía perderse  en los detalles. En todo momento debía realizar un esfuerzo mental para olvidarse de los datos históricos y volver a sus personajes. “ Ni Napoleón, ni Alejandro serán los héroes de mi novela — decía—. Escribiré la historia de gentes que viven en las mejores condiciones,  libres de las preocupaciones de la pobreza o de la estrechez, gentes libres, gentes que no tienen ninguno de los defectos necesarios para dejar trazas en los anales”.

 

 

(Imágenes— 1– Tolstoi descansando – Ilya Repin- galería estatal – Wikipedia/  2- Tolstoi en Yasnaia Poliana- 1910- wikipedia)

VIEJO MADRID (50) : ALGUNAS TERTULIAS

 


“Cuando yo llegué a Madrid en el año 1942  — contaba Fernando Díaz Plaja —, las tertulias estaban todavía en su apogeo y mi deslumbramiento ante ellas fue tal que a veces acudía a varias en el mismo día, a saber: aperitivo de la mañana en el café Gijón con Melchor Fernández Almagro, Vicente Gállego, Joaquín Calvo Sotelo y Mariano Rodríguez de Rivas.

A veces la alternaba con la del “Teide” donde estaba González Ruano en un rincón escribiendo sus dos o tres artículos diarios. Cuando los terminaba nos acercábamos a tomar el aperitivo con él, Alfonso Tovar, Mariano Gómez Santos, Martínez Barbeito. Después de comer y en el “Gijón” ocurría la más importante.  El “Santón” de la tertulia era Gerardo Diego, que apenas hablaba; su alma mater era García Nieto, que tenía habilidad y simpatía para conseguir que nadie se propasase en la crítica personal… me refiero a cuando estaba el aludido presente. La otra no  sólo era aceptada sino que resultaba incluso obligatoria.

La tertulia del Gijón compuesta por E. Azcoaga, García Luengo, Ponce de León, Víctor Ruiz Iriarte, Eugenio Montes (cuando estaba en España), Cela, J. J. Garcés, Suárez Carreño, Pedro de Lorenzo, Mediano Flores, erc terminaba como las otras sobre las cinco.
Tras salir del Gijón, todavía me quedaban dos tertulias que apurar en la jornada. A la hora del aperitivo nocturno me encaminaba a “Lhardy” que tenía una característica especial. La tertulia se hacía de pie en el salón de entrada mientras nos tomábamos un jerez seco o una combinación y la gente seguía entrando a comprar jamón y croquetas. Iban Luis Calvo, el doctor Sacristán, psiquiatra, el pintor Ignacio Zuloaga, el periodista Julio Camba.

Si la tertulia iba a continuar con la cena me trasladaba a “Chicote” donde se reunía alrededor de Miguel Mihura y su hermano Jerónimo un grupo de amigos como Joaquín Calvo Sotelo, Antonio Fernández Cid, José López Rubio, “Tono”.

Y aún me quedaba otra tertulia para después de cenar si  no lo hacía con los de “Chicote”, la del “Lyon d’ Or”, el café de Alcalá junto a Sevilla que presidía José María de Cossío y cuyo santón era Eugenio  d’ Ors, a quien acompañábamos al terminar la velada hasta su domicilio en la calle del Sacramento. Acudían el arabista Emilio García Gómez, los toreros Domingo Ortega y, cuando llegaba de Sevilla, Juan Belmonte, Edgar Neville y su novia Conchita Montes, el profesor Camón Aznar. Se hablaba de toros, de poesía, las dos especialidades de Cossío o de otras disciplinas. El caso, como en las demás tertulias de Madrid, era no quedarse callado.”

 

 

(Imágenes:—1- café Gijón/ 2- banquete a “Don Nadie” en “Pombo”)

SABER ESCUCHAR

 

 

La muerte de Larry King, el gran periodista y entrevistador norteamericano nos acerca a ese recinto de las preguntas y las respuestas en  donde reposa todo diálogo. Saber escuchar en la vida es muy importante, y en el campo de la prensa eso es vital. Se pregunta, y se escucha con atención, no distraídos ni obsesionados con formular la siguiente pregunta. El “saber escuchar” es tan esencial como el “saber mirar” para conseguir un retrato, no sólo exterior, sino interior del personaje, ese “escuchar bien o al menos dar la impresión de que se escucha bien — decía Pla en “El cuaderno gris” —; y también es muy útil — añadía— decir, de vez en cuando : “¿Quiere  hacer el favor de repetir lo que decía hace un momento? “ “¿ Tendría la amabilidad de aclararme el concepto a que aludía hace un instante?” Los hombres quieren ser escuchados. Es lo que les gusta más (…) La forma más activa y disimulada  — es decir, más eterna —de la adulación es saber escuchar de una manera natural, activa y discreta. Contribuye mucho a llegar a esta naturalidad no cometer la tontería de mostrar lo que uno sabe realmente. Los propios conocimientos  — si es que se tiene alguno  — se han de saber disimular hasta el punto justo, sin caer, en cambio, en el extremo de acentuar demasiado la propia estupidez…”

Hasta aquí, Pla.

Lo importante es saber escuchar  no sólo en el periodismo sino en la vida.

José Julio Perlado

 

(Imágenes—1-Vincent Giarrano/2- Juan Gris)

KAFKA Y LAS CEREZAS

 

 

“Doy fe de que me gustan las cerezas— escribe Álvaro Cunqueiro en uno de sus ‘Retratos imaginarios” —: las como con pan, como un labriego de por aquí , metiendo tres o cuatro a un tiempo en la boca y escupiendo de lado los huesos; me gusta verlas en las cestas, enredadas unas con otras, tal como las humanas criaturas entre sí. A los ojos del Todopoderoso, la humanidad, el “gran teatro del mundo”, ofrecerá el aspecto de una gigantesca cesta de cerezas, y quizás los sociólogos quitarán  más provecho de una meditación ante la cesta de cerezas, que de esos estudios sobre los pueblos primitivos que de siempre son caros. Y volviendo a Kafka, allí a la página de su Diario, donde dice: “Toda cosa no es más que imaginación “, tan desesperado y solo como estaba, yo le hubiera regalado una cesta de cerezas blancas, y ante ellas le hubiese hecho reflexionar sobre la humana condición, sobre el libre arbitrio y los trabajos y los días, los siglos y los niños, las lenguas que los hombres hicieron en común y qué es orar. Quizás exista, como dice Brod y otros, una esperanza  “kafkiana”, y sea desde ella y no desde  una “desesperación kafkiana”, como hay que leer a Kafka y entenderlo y amarlo. Pero “amar” es un verbo que para Kafka era pura imaginación, y “entender”, para el aterrado hebreo de Praga es, simplemente, no sobresaltarse ante el absurdo… Entre los hombres yo, como una cereza entre las cerezas, que tirando de mí sale conmigo una confusa compañía y parentela, a la esperanza, a la esperanza que me atengo no es al orden y sosiego que en mí ponga la desnuda soledad, sino a la remisión de los pecados y la resurreccción de la carne, tal y como digo “Credo”…

 

 

(Imágenes— 1- national geográfico/ 2-Kafka— el mundo es)

RETRATO DE CHAPLIN


Se cumplen estos días los cíen años de la película del cine mudo “El chico” que consagraría a Chaplin. Somerset Maugham decía de él : “ Chaplin es un hombre de aspecto agradable. Tiene una bonita figura admirablemente proporcionada; sus manos y sus pies son pequeños y bien formados. Sus facciones son agradables, la nariz más bien grande, la boca expresiva. Su cabello negro con algún toque blanco es ondulado y abundante. Es tímido. Su acento conserva todavía una reminiscencia de su primera juventud. Tiene un espíritu bullicioso. Acompañado de personas entre  las cuales se encuentra a sus anchas, es capaz de hacer las míl bufonadas. Tiene una inventiva fértil, una vivacidad incansable y el agradable don de la imitación; sin  conocer ni el francés ni el español imitará a personas que hablan una u otra de esas lenguas con una minuciosidad humorística que hace el deleite de todo el mundo. Recitará diálogos fingidos entre dos mujeres de los suburbios de Lambeth, que son a la vez groseros y emocionantes. Como todo humorismo, depende de una minuciosa observación, y su realismo, con todas sus implicaciones, es trágico, porque sugiere un contacto demasiado estrecho con la pobreza y la sordidez. Después es capaz de imitar a los diferentes artistas de café concierto de hace veinte años o a los aficionados a la utilidad de un taxista en  una taberna de Walworth Road.

 

Pero esto es una mera enumeración; omite la increíble gracia de sus acciones. Charlie Chaplin lo tiene a uno riendo durante horas enteras y sin el menor esfuerzo; tiene el genio de lo cómico. Su gracia es sencilla, dulce y espontánea. Y sin embargo, da constantemente la sensación de que en el fondo de todo aquello  hay una profunda melancolía. Es un hombre triste : “ Anoche tuve tal crisis de tristeza que no sabía qué hacer conmigo mismo”, para advertirnos que su humorismo está impregnado de tristeza. Yo creo que piensa en la libertad de su turbulenta juventud, en su pobreza y sus amargas privaciones, con un ansía que sabe que no podrá jamás ser satisfecha.”

 

(Imágenes- 1- Chaplin- foto Lee Miller/ 2-Chaplin en los años 20/ 3- Charles Chaplin- lighting – UP)

VIEJO MADRID (49) : VÍRGENES MADRILEÑAS

 

 

”A aquella hora de las doce de ese martes, como cualquier día de la semana, entró Madrid uniendo lentamente sus agujas y la hora también entró como suave flecha en el pensamiento de muchas gentes, mujeres y hombres, que se recogieron en sí un momento, el mediodía en Madrid a finales del XX parecía pagano y era sólo apariencia, en ese segundo en punto de las doce la Virgen de Atocha, la advocación de la Almudena y la llamada de la Paloma recibían pensamientos y sentimientos, oraciones y labios que las pronunciaban. España, a pesar de sus avatares, era país religioso y cristiano, había una lucha entonces por devastar sus costumbres de siglos y otras por renovarlas y reedificarlas , quién ganaría a quién, cuántos y cuáles emplearían ejércitos invisibles, qué sería más eficaz, el hedonismo o el cristianismo español, o es que acaso lo antiguo era enviar recuerdos a las Vírgenes madrileñas, las doce del mediodía como en cada jornada en la Villa de Madrid y en toda su historia repartía sus oraciones al cielo y las avemarías de todos los tiempos se abrieron como brotes del corazón y del cerebro, la voluntad es quien rige y vence a la pereza y domina al humano  olvido, y en medio de los automóviles y de las prisas, entre gentes y vehículos, en el fondo de oficinas y de despachos, cruzando calles y haciendo altos con el pensamiento, comenzaron a volar avemarías cuyos cuerpos se forman con palabras seculares y divinas, y las palabras fueron a cobijarse en la eternidad, pero antes rozaron en el tiempo la historia de Madrid y cruzaron en espacios lejanos y pasados la Virgen de los Remedios, la de la Soledad, aquella otra del Buen Suceso, aun cuando sobre todo Madrid guardaba quizá en lugar primero, discusiones había sobre ello, la Virgen de Atocha, algunos creían que tal nombre provenía de la hierba tocha o  atocha,  por haber gran abundancia de ella en el lugar donde se levantó la antigua ermita, campo que decía llamarse del Atochar o de los Atochares. Fueron segundos, algún minuto quizá, fulgores de tiempo clavados en relojes de muñecas que elevaron el instante de su oración apenas perceptible en tanto tráfago y murmullo. Reyes y monarcas habían venerado a vírgenes madrileñas, y desde Felipe lll y Felipe V, que este último al llegar a Madrid había hecho pública su devoción a la Virgen de Atocha, la Corte, los sábados, con todo su aparato de magnificencia y poderío, Cortes que parecen y reaparecen, y al fin desaparecen creyéndose soberbias al inicio y siendo tiernamente humildes, rezaban la salve ante la advocación  de esa  Virgen de Atocha, mientras por todo el mapa de la capital de España, quedaban nombres como el de la Virgen del Milagro, o aquella célebre y famosa de la Almudena a la que tanto se encomendó, embarazada como estaba de la infanta doña Margarita,  la primera esposa de Felipe lV, doña Isabel de Borbón, embarazada, sí, de aquella infanta que preside el centro del cuadro de Velázquez, “ las Meninas” 

José Julio Perlado

( del libro “Ciudad en el espejo”’)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

(Imágenes— 1- palacio real visto desde la cuesta De la Vega- Fernando Brambilla- colección Ministerio de Hacienda/ 2 – Francisco De Goya- Madrid)