BRODSKY Y VENECIA

“Lo más relevante de Venecia — decía el ruso Joseph Brodsky— es que la ciudad es tan hermosa que se puede vivir allí sin estar enamorado. Tiene una belleza asombrosa que uno toma conciencia de que jamás  podrá inventar o crear algo — especialmente en términos de pura existencia— de una belleza semejante. Venecia pertenece a una categoría superior. Si tuviera que reencarnarme,  no me importaría ser un gato, pero un gato que vive en Venecia. Hacia 1970 se me metió en la cabeza la idea fija de que tenía que ir a Venecia.  Tenía incluso un plan para irme a vivir allí y alquilar un piso en la planta baja de algún “palazzo” a orillas de un canal. Me sentaría a escribir y tiraría las colillas al agua para oír cómo se apagaban con un sonido sibilante. Cuando obtuve libertad para viajar en 1972, después de un semestre dando clases en Ann Arbor, lo primero que hice fue comprar un billete de ida y vuelta a Venecia para pasar allí las vacaciones de Navidad. Es interesante ver a los turistas que llegan a la ciudad. La belleza que encuentran es tan abrumadora que se quedan anonadados. Lo primero que hacen es ir a las tiendas de ropa para vestirse adecuadamente — Venecia tiene las mejores “ boutiques” de Europa —, pero cuando salen otra vez a la calle, perfectamente ataviados, sigue habiendo una dolorosa incongruencia entre la gente, las masas, y todo lo que hay alrededor. Porque por muy bien que se vistan, y por muy generosa que haya sido la naturaleza con ellos, carecen de la dignidad del artificio que los rodea, que es en parte la dignidad de la decadencia. En Venecia, uno toma conciencia de que lo que el hombre es capaz de hacer con las manos es mucho mejor que él mismo. Lo que me gusta de Venecia, aparte de su belleza, es la decadencia, la belleza de la decadencia. Es algo irrepetible. Como dijo Dante: “Una de las principales características de una obra de arte es que es imposible de repetir”.

 

 

(Imágenes : – 1- lucien Lévy Dhumer/ 2-Karl Kaufmann)

LIBROS MALOS Y BUENAS PELÍCULAS

 

 

“Sólo de los libros malos se hacen buenas películas. Así que nunca he elegido una buena novela para hacer una película; todas las novelas que he adaptado al cine son malas”, le confesó un día Buñuel a Vargas Llosa. Indudablemente existen excepciones. Pero al escritor peruano aquello le marcó. “Es muy difícil transformar —añadiría después — una buena novela en una película, pero en algunos casos se hace con éxito. Por ejemplo, Orson Welles hizo adaptaciones maravillosas, pero lo hizo tomándose muchas libertades, cambiando todo, porque el cine  tiene su propio lenguaje. Contar una historia con imágenes es muy distinto a contar una historia con palabras. Así que se debe ser totalmente libre para adaptar, cambiar o introducir nuevos elementos. El cine es, como la novela, un aspecto de la ficción. En una película, como en una novela, se crea una ficción que se convierte en una realidad separada que debe ser persuasiva y convincente. “

 

 

(Imágenes— 1– Brazier Celyn/ 2- El proceso- Orson Welles)

CRÓNICAS MARCIANAS

 

 

Las últimas noticias sobre el aterrizaje y observación de Marte nos llevan a recordar aquellas célebres”Crónicas  marcianas” de Ray Bradbury que tuvieron tanto eco en los años 50.  El editor Ray Russel hablaba del impacto causado por aquellas crónicas y decía  que “ aunque critiquemos los fallos en la obra de Bradbury ( esos que Kingsley Amis llamaba, con incisiva precisión, un “ especial estilo de imperfección, mitad extravagante, mitad seudopoético, que casa muy bien con el viejo corazón del lector de revistas de sábado por la tarde), es imposible negar su excepcional valía entre los escritores de ciencia ficción. Bradbury es el único de ellos que ha conquistado un puesto de privilegio, pero sin olvidarse nunca del género en que trabaja desde sus comienzos. En lugar de desertar de la ciencia ficción, la elevó al tiempo que él se elevaba.”

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, — decía por su parte Borges—, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías; y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o la novelería de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.”

 

 

(Imágenes— 1- foto Paul Nicklen- national geographic/ 2-ilustración de Dimitry  Maksimov- Desinh related)

LO QUE LLEVABA EN LA BOLSA

 

“Nada más entrar en mi sueño y llegar hasta la puerta donde me esperaban, abrí la bolsa para mostrar a todos lo que llevaba dentro y lo primero que apareció fue el río, mi río de infancia, un río con una alargada alameda de árboles al lado de los cuales el agua corría entre lo verde y lo azul, lamiendo piedras redondas bajo los puentes, pero sin mojar ni traspasar en ningún momento la áspera cubierta de lona de la bolsa que iba conmigo, cuyos bordes, no sé en qué momento, yo había procurado atar con cuerdas fuertes, dispuesto a recogerlo todo, a congregar mi vida, a no desparramar nada de lo que había hecho, como así  suele pasar a la vuelta de los viajes, apelotonando y aplastando la ropa sucia. Pero no todo aquello de mi vida era precisamente ropa sucia. Eran  recuerdos diversos.  Debajo del río, cuando  metí la mano en el fondo de la bolsa para palpar más profundidades y enseñarlas, me encontré con unas aristas cortantes que casi me dañan los dedos, las aristas de una conversación que había mantenido hacía muchos años con mi mujer, mejor dicho, una discusión enorme que aún me causaba heridas al tocarla, casi me hice daño  en los dedos al sacar una a una  las palabras que estaban allí arrumbadas, pero que yo, que siempre he odiado las discusiones,  nunca hubiera querido encontrármelas otra vez allí, en el fondo de la bolsa, una discusión de gritos y portazos que aún resonaban en la escalera, y  que además había surgido, como ocurre siempre, por un tema banal, una pelea absurda sobre quién de los dos había gastado más luz.  Y debajo de aquella discusión que aún atronaba de voces la escalera, palpé en el fondo de la bolsa,  algo que estaba boca abajo pero  que aún seguía perfectamente conservado, el espejo del cuarto de baño de mi casa ante el cual yo me lavaba las manos y en el que me sorprendía  ver siempre detrás de mi cara la cara de mi padre lavándose también él las manos en el tiempo, dándome a la vez consejos que  al principio eran sólo  pequeñas frases pero que luego se adelgazaban hasta quedarse en palabras, palabras que a mí me sirvieron a lo largo de años.

 

 

Después encontré también dentro de la bolsa, y saqué de su fondo, unas zapatillas azules de deporte que estaban ya algo descoloridas, pero que en cuanto las vi, aunque tenían las suelas bastante desgastadas, me llevaron a la alegría. Con aquellas zapatillas azules a mis dieciocho años había recorrido  yo las cintas de la alegría que eran árboles y mar a la vez, árboles que corrían conmigo haciendo correr al mar y a las zapatillas, y recuerdo que mi alegría volaba con aquellas suelas a toda velocidad y que el mundo era una  esperanza interminable. Y luego, con mucho cuidado, ayudándome fuertemente con los dos manos, saqué como pude de la bolsa las patas  y el respaldo del sillón de mi despacho en el que yo había trabajado tanto tiempo, un mueble al que le costaba salir porque se enganchaba con los pliegues de la bolsa, pero que en cuanto lo puse en pie se desparramó en páginas y en hojas, anotaciones y escrituras, el respaldo se hizo libro y los brazos de aquel mueble fueron lápices, plumas y cuadernos.

Y luego encontré, casi al final de mi sueño, poco antes de despertar, medio escondidas en los rincones de tela de la bolsa, diminutas pepitas blancas que yo casi  había olvidado, pero que había ido sembrando durante años en conversaciones con mis hijos y con mis amigos, pepitas de amor y de amistad a las que entonces no les di ninguna importancia, pero que ahora, al sacarlas y tenerlas entre las manos, vi que eran diamantes.”

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”) ( relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

 

 

(Imágenes— 1-Park seo bo – 1992/ 2- Jakob Gasteiger- 2016/3- Yakoi Kusama – 1988)

SOBRE LOS INVITADOS

 


“Hay unos invitados que nunca cierran la puerta tras ellos y no apagan la luz cuando salen de su cuarto — contaba Somerset Maugham haciendo un balance de los invitados que había conocido en su vida—. Otros que se tumban en la cama con las botas embarradas para dormir una siestecilla después del “lunch”, de modo que es preciso mandar lavar la colcha cuando se marchan. Hay también el invitado que fuma en la cama y le quema a uno las sábanas. El que guarda un régimen y es preciso cocinar expresamente para él. Otros que esperan a que su vaso haya sido llenado hasta el borde para decir: “No, gracias, no quiero”. El que nunca vuelve a poner un libro en el sitio donde estaba y el que toma un volumen de una colección y no vuelve uno a verlo más. El que os pide dinero prestado y se marcha sin devolvéroslo. El que no puede permanecer sólo un momento, y el que se siente dominado por el deseo de hablaros en cuanto que vais a echar un vistazo al periódico. El invitado que, se halle donde se halle, quiere estar en otro sitio, y el que tiene que estar haciendo algo desde el momento que se levanta hasta la hora de acostarse. El que os trata como si fuera el dueño de una provincia conquistada y el que trae consigo ropa sucia de tres semanas para que uno la dé a lavar, o manda sus trajes a la tintorería y deja a vuestro cargo el pago de la factura. Invitados, en fin, que sacan todo cuanto pueden de vosotros y no os dan nada a cambio.

 

Pero también hay otros que están satisfechos simplemente con estar en vuestra compañía, que tratan de agradar, que tienen recursos propios, que os entretienen. Invitados cuya conversación es deliciosa, que se interesan por todo,  que le alegran y estimulan a uno, que, en resumen, nos dan más de lo que uno puede jamás pensar en darles, y cuya estancia se nos hace demasiado breve.”

 

 

(Imágenes—1- Felix Vallotton- 1909/ 2-Pierre Bonnard- 1915/ 3- Benny Andrews-1991)

SEGUIR VIVIENDO

 

 

“Y bien,  ¿ qué  podemos hacer? — se pregunta Sonia en “Tío Vania” de Chejov  —¡Debemos seguir viviendo! Seguiremos viviendo, tío  Vania. Viviremos a través de una larga, larga sucesión de días y tediosas noches. Soportaremos pacientemente las tribulaciones que nos imponga el destino; trabajaremos para los demás, ahora y en nuestra vejez, y jamás descansaremos. Cuando llegue el momento moriremos sin protestar, y una vez allí, en el otro mundo, diremos que hemos sufrido, que hemos vertido lágrimas, que hemos tenido una amarga vida, y Dios se compadecerá de nosotros. Y entonces, tío querido, ambos comenzaremos a conocer una vida brillante, hermosa y adorable. Nos regocijaremos y recordaremos nuestros problemas con ternura, con una sonrisa, y podremos descansar. Creo en ello, tío, lo creo con fervor, con pasión… ¡Podremos descansar!”

 

 

(Imágenes—1- Chejov- russkayaliteratura/ 2- Mikhail Nesterov-ura Rusia)

UN TEATRO SIN PÚBLICO

 


Ahora que las medidas para atajar la pandemia han dejado desiertas las salas de los teatros del mundo, la importancia del público destaca lógicamente  con su relevancia esencial. La función del teatro y su proyección sobre los hombres ha sido siempre definitiva. Historia y teatro han ido continuamente hermanados. Pero el alemán Lessing,  ya en el siglo XVlll , recordaba ante este punto que “ se quiere hacer creer sin fundamento que uno de los fines del teatro es mantener viva la historia de los grandes hombres.  Ése es el objetivo de la historia y no el del teatro. No debemos ir al teatro para aprender lo que hicieron determinadas personalidades, sino lo que todo hombre de un carácter dado hubiera hecho en determinadas circunstancias. La meta de la tragedia es infinitamente más filosófica que la de la historia y la disminuiríamos  en su real dignidad si la consagráramos al panegírico de los hombres célebres. Y si aprovecháramos de ella para alentar el orgullo nacional.”

 

El público va al teatro no sólo para seguir y contemplar  historias sobresalientes o comunes sino para entretenerse, aprender, y mirar al otro lado de la pared que se levanta los rasgos e intimidades de las costumbres. El inglés George Meredith en su “Ensayo sobre la comedia”  hablaba de las ventajas que para un poeta cómico — y por eso para llevarlas al teatro  — tuvo el observar la agrupación en masa en torno a una Corte, es decir, “tener ante sus ojos, en plena actividad, ese mundo pedante e inquieto, de pretensiones enormes y serenas absurdidades; vociferantes  charlatanes, inocentes bobalicones, hipócritas, remilgados, extravagantes, pedantes, damas amustiadas y gramáticos demenciales, marquesas de sonetos, niñas simples de espíritu, mezclados todos como en un telar y bulliciosos como en la feria.”

Y frente a todos esos personajes está el público. El público disfruta viendo trazos de vida, que a veces no tienen principio ni final, pero que enseñan las virtudes y vergüenzas del mundo. De modo presencial o lejano, el público  asiente, rechaza  o aplaude. Es la necesidad que tiene todo teatro. Son los dos polos del arte y del espectáculo.

 

 

(Imágenes— 1- Gerard Gauci- 2002/ 2-Ohaio Sugimoto/ 3- teatro Lope de Vega)

VIAJES POR EL MUNDO (38): TETUÁN

“Han venido dos bereberes a traerme la piel de una pantera muerta hace muy poco — cuenta el escritor polaco Jean Potocki en su “Viaje a Marruecos” —. Venían de las montañas que están a tres jornadas de distancia. Habían sido veinte para realizar la cacería y habían rodeado la guarida del animal, quien se arrojaba de uno a otro y parecía más bien volar que correr. Consiguió matar a un joven bereber  y herir a varios otros.
Con este motivo he sabido que existen en los alrededores de Tetuán muchas hienas, con las que se han hecho muchos relatos. Entre otros, que su cerebro tiene la propiedad de privar de la razón a los que lo comen y por ello suele decirse de quien está atontado que “ ha comido hiena”.

Cuando digo bereberes me refiero a los montañeses, que viven en cabañas  y no en tiendas y hablan un dialecto árabe que es diferente del de los nómadas. Probablemente es a este pueblo al que hay que atribuir lo que los historiadores árabes dicen de la llegada de los bereberes y no a los schilloch tal y como yo creía hasta la fecha.”

 

(Imagen – — 1- boda en Marruecos – museo del Louvre)

EL GATO SE ENCARAMÓ

 


“El gato

se encaramó

en un remate

de la alacena y

primero la pata

delantera derecha

cautelosamente

después el trasero

desapareció

en el abismo

de la vacía

maceta.”

William Carlos Williams —“Poema”

(Imagen —Marie Cécile Thijs)

GENTES (9) : EL SOBERBIO

 

El soberbio es tal — dice el filósofo griego Teofrasto— que ordena al que le busca de prisa que después de comer le podrá hablar en el paseo. Si hace bien a otros, les dice aun en la calle que lo tengan presente, y les obliga a que se le acerquen ,  sin que jamás quiera acercarse ėl primero a nadie. Es capaz de mandar a los que le compran, o tienen que pagarle alguna cosa, que vuelvan otro día al amanecer. Yendo por la calle, no saluda a los que encuentra, y a lo más les inclina la cabeza. Si alguna vez le parece dar un convite a sus amigos, no come con ellos, sino encarga a alguno de sus criados que los cuide. Si va a ver a alguno, envía antes quien le diga cómo viene a visitarle. No permite que entren a verle cuando come.  Cuida también, si ajusta cuentas con alguno, de que un criado las haga, reste, saque las sumas y las ponga en el libro de anotaciones. Si escribe cartas, no tiene miedo de decir : “Me harás el favor”, sino “Quiero que hagas”, y también: “No se haga de este modo” y “Cuanto antes”. Porque la soberbia es “vilipendio de todos, a excepción de sí mismo”.

(Imagen — Jean Moral)

“MI OVNI DE LA PERESTROIKA”

 

He vivido el nacimiento de la llama de este libro y la viveza de su intuición. Después — durante cuatro años — esa llama vertical que es el inicio de toda obra literaria se colocó lógicamente horizontal para extenderse sobre la mesa de trabajo, y tuvo que rodearse de viajes, escritura, indagaciones, evocaciones, remembranzas y esfuerzos. Durante esa etapa a esa llama no la vi. Los libros no se cuentan mientras está uno escribiendo, y mucho menos antes, cuando aún no han surgido. De vez en cuando su autor levantaba un poco el velo de su labor y en la distancia me confesaba  sus naturales zozobras, averiguaciones y ánimos. Al final, este amigo mío al que di clase hace años, ha llegado brillantemente al término de su viaje a la semilla. Daniel Utrilla, con “Mi ovni de la perestroika”(Libros del K.O), ha cubierto personalmente numerosos recorridos humanos e intelectuales: su amor a Rusia desde hace tantos años, la descomposición y transformación de la etapa política y social de un gran país, su recapitulación evocadora del antiguo periodismo que hoy ya casi no existe —un periodismo de rostro humano directo, sin pantallas, sembrado de conversaciones, emociones y descubrimientos: el periodismo de la morosidad y de los detalles —; a la vez, y siguiendo el hilo de sus averiguaciones en busca de los testigos de un ovni en la alejada ciudad rusa de Vorónezh, el cumplimiento también de su tenacidad y de su fe como escritor empeñado en descubrir la verdad;  y a todo eso hay que añadir las lecturas  copiosas y los autores que le han ido acompañando durante años, como él se hace ahora acompañar por sus lectores a través de una especie de Diario investigador y viajero que recorre el presente y los recuerdos.

 

 

Es un libro abierto a muchos senderos. Se camina por la investigación periodística, pero también  por el humor como piedrecillas sembradas en la prosa, también por el fluir de las experiencias y por lecciones de vida. Daniel Utrilla ha vaciado los armarios de su memoria  y, queriendo o sin querer, al introducir su mano en el tiempo,  ha encontrado la niñez. El eco de un ovni en un telediario de 1989 se une en el cielo del libro con  este ovni de Vorónezh. Dibujos, mapas, fotografías, escoltan sus recuerdos contados con algo muy valioso en un libro: la amenidad y el interés. El lector lo valorará y lo agradecerá.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Alexander Rodchenko- 1926/ 2- Konstantin Smilga-2002/3- Kandinsky- Moscú- 1912)

SON COSAS DE LA VIDA FAMILIAR

 

 

“Con qué frecuencia se ha cenado,

cocinado, planchado y cosido.

Por la ventana  soplaba una suave brisa.

Se pasaba el día entero con un libro.

Se hacían y se recibían visitas,

se veía un haya en el bosque

y se escuchaba música en la sala de conciertos.

Mientras los hijos crecían, comenzaban

a marchitarse apaciblemente los que los engendraron,

el trabajo cotidiano se efectuaba con esmero,

los ojos veían algo hermoso aquí y allá.

Se compraba ropa, zapatos, vestidos,

se entablaban estas y aquellas relaciones,

escuela, teatro y cajas de ahorros,

cuchara y tenedor, plato, jarras, tazas,

darse la bienvenida, odiarse

son cosas propias de la vida familiar.”

Robert Walser—“Vida familiar’ (1931)— “Lo mejor que sé decir sobre la música”

 

(Imágenes— 1– George Goodwin Kiburne/ 2- Zinaida Serebriakova)

IMPERTURBABLE ANTE LOS ATAQUES

 

 

“Para aquel que es centro de ataques como usted lo es — le decía  Ibsen a un amigo en una de sus cartas —,  para aquel que es atacado por mentiras, calumnias, etc, yo le doy un consejo que sé que es bueno, por experiencia propia. Eleve el alma. Esta es la única arma que se puede usar en este caso. Mire hacia adelante. No permita que piensen que sus ataques le han afectado. En una palabra, haga como si ignorase su existencia. ¿Cree que estos ataques son vivos, tienen fuerza de vida? Hace años, cuando yo leía un violento artículo contra mí, me decía: “Ya soy un hombre acabado, jamás me recuperaré.” Pero sí, me recuperaba. Nadie se acuerda ya de lo que entonces se escribió. Yo mismo, después de tanto tiempo, lo he olvidado. Por tanto no caiga usted en la vulgaridad de intentar defenderse. Siga su trabajo.  Comience una nueva serie de conferencias, tenga calma, mantenga una sangre fría irritante, y un desdén alegre.”

(Imagen —Felix de Boeck)

INVITACIÓN A LO DESCONOCIDO

 


“La vida es como la poesía, cuando el poeta escribe un poema— decía el estadounidense Robert Frost —. Empieza por ser una invitación a lo desconocido: se escribe la primera línea y no se sabe lo que hay después. No se sabe si en el próximo verso nos espera la poesía o si vamos a fracasar. Y esa sensación de peligro mortal acompaña al poeta en toda su aventura.”

(William T  Wiley- 1998– artnet)

UNA SONRISA EN UN BLOG (13) : LA BODA DE LAS HIJAS DE MONTE URBIÓN

 

“Las bodas de las hijas de don Argimiro Monte Urbión se celebraron meses después. Fueron unas bodas impredecibles e insospechadas. De las rendijas de las habitaciones de las seis hijas dormidas empezaron a fluir unos vapores gaseosos, unos hilos de arco iris que iban escapando de los amores en forma  de manzana palpitando bajo las sábanas, un olor a corazón recién nacido que fue invadiendo primero los pasillos y después el palacete del marqués. Nadie se atrevía a decir nombres. Zenaida dejó caer un papelito blanco y doblado en la vacía copa de vino de su padre, luego Oliva hizo lo mismo al día siguiente, después fue Ciria, diez minutos más tarde se atrevió Eneima, tras ella Yolencia y al fin Cancionila. Se habían enamorado a la vez y querían casarse a la vez, pero no sabían cómo. Unos pájaros de cuchicheo pusieron en la pista a Monte Urbión. Don Argimiro tomó aquella gran copa de vino rebosante de papelitos doblados, se encerró con ella ante la mesa del comedor, ordenó que no le molestara nadie, y con un esmero de cirujano comenzó a extraer  uno a uno aquellos nombres de los pretendientes. ‘Copretes’,  leyó. Luego entreabrió las alas de otro papelito: “Jasón”, decía el segundo. Después fue a por el tercero: “Optaclano”, habían escrito. En el cuarto, con letra picuda, se leía “Audaz”. El quinto papelito decía “Citino”, y el último, el emparejado con Cancionila, la hija más  pequeña, ponía sencillamente “Macrobio Orencio”.

 

A don Argimiro aquellos nombres no le entusiasmaban. Figuraban sin sus apellidos, igual que náufragos, y él, como marqués, no estaba dispuesto a ceder valor alguno en los posibles pasos de una descendencia. Sabía que los Monte Urbión iban a desaparecer pero quiso ajustar los goznes de los irremediables enlaces. Entonces convocó  a los seis novios para un sábado a la hora del aperitivo. Mandó colocar seis pequeños taburetes frente a su mesa de comedor, dispensó a los doces criados de cualquier otra ocupación que no fuera la de  estar presentes en aquella ceremonia, advirtió a sus hijas que estuvieran vestidas, peinadas y perfumadas para las dos menos veinte, anunció que él almorzaría como siempre a las dos y media en punto y se dispuso a examinar. El primer pretendiente, sentado en el primer taburete junto a la ventana y que intentaba pedir la mano de Zenaida, no le causó mala impresión. Era un joven delgado y de nariz enorme, con gafas, rápido de reflejos, nervioso y decidido a ocupar el puesto. Se llamaba Copretes González González y González González. Explicó  a la carrerilla que el antecesor de su primer tatarabuelo había sobrevivido a la epidemia de disentería en la batalla de las Navas de Tolosa, confesó que carecía de divisa histórica y heráldica, que tampoco poseía “ex- libris”, preguntó si se podía fumar, y dijo que tenía un pisito cuya ventana daba a la Plaza Mayor y desde allí había preparado y conseguido las oposiciones de judicaturas. Don Argimiro le preguntó si se daba cuenta de lo que significaba pretender a Zenaida  sin tener un “ ex- libris” y, abriendo una carpeta de tapas moradas, le mostró una serie de ilustraciones. “Joven — le dijo— , ya sé que usted no tiene divisa heráldica, pero ¿ sabrá usted francés?”. Copretes asintió. Entonces, ¿qué quiere decir en este escudo la palabra “abeille”? “Abeja”, contestó el pretendiente. “¿Y éste que pone “antiloppe” “Antílope”, respondió Copretes. “¿ Y champignon” ? “ Champiñón””, dijo el pretendiente. Quedó admitido Copretes, no tanto por su perspicacia, sino porque al marqués le había gustado aquel apellido doblado y repetidos con una “y” griega en medio, que siempre enaltecía cualquier eslabón.

 

 

 

Sin embargo, lo de la “y”enlazando apellidos pronto se vio que era una estratagema. Sabedoras de la importancia que su padre daba a la simbología de los orígenes, las seis hijas de Monte Urbión se habían precipitado a hacer confidencias a sus novios para que todos añadieran aquella vigésima séptima letra del abecedario. Cuando el novio de Oliva, el aspirante segundo, dijo que se llamaba Jasón Pérez Pérez y Pérez Pérez y empezó a contar que descendía  de un arcabucero de la batalla de Pavía, que a su vez había ayudado a llevar la silla de manos de don Antonio de Leiva el 24 de febrero de 1525 y dio toda clase de señales de la hora, del ambiente que allí había y hasta de la temperatura, don Argimiro no se dio cuenta de la inflexión con la que había pronunciado la “y” porque estaba más preocupado por el presente, y  aún más por el futuro de sus hijas. Miró despacio a aquel joven de chaqueta a cuadros y lazo de pajarita y le preguntó de sopetón : “Pero bueno, muchacho, aparte de lo de la batalla de Pavía, usted ¿a qué se dedica?” Jasón se quedó mirando a su novia y en un primer momento no supo qué contestar. Oliva, presurosa, se inclinó sobre él. “Dile lo de las matemáticas — susurró —. Enseñalé tu tarjeta.” El pretendiente buscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una tarjeta de visita que entregó al marqués. “ Jasón Pérez Pérez + Pérez Pérez — se leía —: Filólogo y matemático.”

—¿Y éste signo +? — preguntó extrañado don Argimiro.

__ La “”y “, señor, es el elemento principal de la oración copulativa — dijo Jasón de carrerilla—. Viene a ser lo que la operación de sumar, es decir, el signo + en matemáticas.
Como no explicó otra cosa, y como lo poco que dijo lo pronunció con un insoportable aire de suficiencia, Monte  Urbión lo clasificó como un pedante y se compadeció de lo que iba a llevarse Oliva para toda la vida.”

 

José Julio Perlado

”Lágrimas negras”

 

(Imágenes— 1-Adolph Gottielb –  1961/ 2- León Polk Smith/ 3-Sarah Meyohas/ 4- Gunther Forg- 2008)

CONFESIONES DE UNA MÁQUINA LECTORA

 

 

“Yo, Número Tres Más Cuatro Dividido Entre Siete,

soy famosa por mi amplio conocimiento lingüístico.

He logrado ya reconocer miles de lenguas,

que a lo largo de su historia

han utilizado personas ya muertas.

Todo lo que escribieron con sus signos,

a pesar de estar cubierto de estratos de catástrofes,

lo extraigo y reproduzco

en su forma original.

No son fanfarronadas:

leo incluso la lava

y hojeo las cenizas.

Explico en la pantalla

todas las cosas citadas,

cuándo fueron hechas,

y de qué, y para qué.

Y ya completamente por mi propio impulso

estudio algunas cartas

y corrijo en ellas

las faltas de ortografía.”

Wistawa Szymborska- “Hasta aquí”

(Imagen —Toshiyuki Enoki)