OH, CUÁN BELLA BELLEZA SE APARECE

 

 

«¡Oh, cuán bella belleza se aparece

si la verdad la adorna dulcemente!

Bella es la rosa, y más nos lo parece

por ese dulce olor que está presente.

Tan coloridas son las bravas rosas

cual fragante en las otras su atractivo,

tan espinosas, bailan voluptuosas

al destapar sus brotes soplo estivo.

Mas su única virtud es ser vistosas,

vacías viven y malquistas yacen,

solas mueren; mas no las dulces rosas;

de su dulce morir fragancias se hacen.

Cuando se ajen tu encanto y juventud,

destilará mi verso tu virtud».

William Shakespeare – soneto LlV – (traducción Bernardo Serrano)

(Imagen – taringa net)

EL QUE NO LEÍA

 

 

“Centro geográfico de la provincia de Jaén – se lee en la gran biografía de San Juan de la Cruz escrita por el padre Crisógono de Jesús -. Alta colina a la derecha del Guadalquivir, con larga explanada por el norte, que baja en ondulaciones hasta el río Guadalimar. Aquí está Baeza”. Por estas calles estrechas de Baeza andaba Fray Juan de la Cruz en la primavera de 1579. Y años más tarde, en 1591, en el convento de la Peñuela, perdido en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, en plena serranía, el monte bravío cuajado de jaras, higueras silvestres, brezos, madroños, carrascos y hierbas aromáticas, el olivar de tres mil árboles y la viña de siete mil cepas que habían ido plantando durante aquellos años los religiosos: el olor del monte bravío, espeso de matorrales y arbustos.

Pienso que por encima de todas las corrientes el verdadero poeta toca con la mano la esencia del tiempo, tiempo de alta poesía, poesía que atraviesa los siglos. “Artista extraordinario – dirá Dámaso Alonso de San Juan de la Cruz -, quizá único en la historia del mundo, ¿qué se propuso este poeta exquisito e intenso?”. Steiner en sus “Gramáticas de la creación” habla de “la faceta nocturna de la soledad creadora” . Esa soledad acompañaba a Juan de la Cruz. Uno se queda asombrado de que Juan de la Cruz, para escribir, no necesitara ningún libro. Fray Juan Evangelista – que anduvo y vivió con el Santo once años – asegura que para componer sus obras, Juan de la Cruz no leyó libro alguno: “los cuales libros le vi componer – dice su compañero -, y jamás le vi abrir un libro para ello”. Dámaso insiste en ello: “durante la época de su producción, San Juan de la Cruz no leía. Su producción intelectual derivó, pues, ante todo de su divina contemplación; luego, de la Biblia; en fin, de estudio antiguo, sedimentado, asimilado; del ambiente, de su pueblo, de la literatura popular, viva a su alrededor”. Es decir, de la interior contemplación y de la contemplación exterior de aquellas tierras andaluzas .

 

 

(Imágenes-1-Jan van eyck/ 2.- Sierra Morena)

EL NACIMIENTO DE MAIGRET

 

 

«Simenon narra que un día, mientras estaba sentado en un café, vio en la acera de enfrente a un señor ataviado con bombín, gabardina y pipa en la boca que iba de un lado para otro. Simenon lo observó atentamente y quedó prendado de la manera en la que se movía y cómo miraba a su alrededor, y se le pasó por la mente: » Este sería un gran comisario de policía». Y es así como cuenta que nació Jules Maigret. Se trata – añade recordando todo esto Andrea Camilleri en «Georges Simenon y la potencia creadora» (Confluencias) – de una declaración contra todas las normas establecidas. Por lo general, un escritor siempre piensa primero en la historia; es la historia la que nace en su interior. Pero en este caso no sucedió así, aquí es un hombre de carne y hueso a quien Simenon transforma en personaje y a este personaje, o mejor dicho, alrededor de este personaje, confecciona un traje, una historia que le queda como un guante. Es una manera de ir contracorriente.

El éxito del comisario Maigret es inmediato – recuerda Camilleri -. Después de dos o tres novelas, el jefe de la policía de aquel momento, un hombre muy inteligente, quiso conocer a Simenon y lo mandó llamar. Evidentemente, Simenon aceptó la invitación. Pasó un día  en la oficina del jefe de policía y es así como éste se dio cuenta de que Simenon no sabía absolutamente nada del funcionamiento de la policía y que se lo había inventado todo. Dado que le parecía una buena idea tener a un comisario que hiciese  propaganda de la policía, tomó la decisión de dejarlo pasear por todas las oficinas y, de hecho, Simenon, durante meses, frecuentó los despachos de la policía judicial trabando amistad con varios comisarios e inspectores».

 

 

(Imágenes-1- Simenon– The New York reviews of books/ 2.-Jean Gabin en el papel de Maigret-despuesdelhipotamo)

LOS ESCRITORES SECUNDARIOS

 

 

El tema del olvido – y más grave aún el de la ignorancia – es singular en todas las literaturas pero quizá de modo especial afecta a la literatura española. Los nombres suben y bajan a lo largo del tiempo en las cotizaciones de lecturas, la popularidad asciende irresistible y luego poco a poco se evapora hasta llegar a desvanecerse y muchos autores – nada más morir – son arrojados a lo que podríamos llamar “purgatorio” de la fama, lugar incierto de opacidad y silencio en el que – a veces durante pocos y otras veces durante largos años – no se les nombra, tal como si no hubieran existido nunca; algunos – y de ellos algunas obras suyas – reaparecen al cabo de esos años, obras ya escogidas y solitarias y sin duda realzadas y justamente valoradas. Son piezas que la crítica más objetiva ha ido puliendo y decantado con enorme cuidado, aisladas piedras que ya no irán a sumergirse en el olvido, y hasta algunas de ellas serán consideradas como joyas.

Pero si esto ocurre con los grandes autores se extiende igualmente un ejército en la sombra que conforma todas las literaturas y también su historia y al que Eliot quiso aludir con su proverbial agudeza en la conferencia que pronunció en Cambridge en 1942 bajo el título “Los clásicos y el hombre de letras”. “La expresión “hombre de letras” – decía entonces Eliot – abarca a hombres de segunda y tercera fila e incluso a los de categorías inferiores, así como a las máximas figuras; porque esos escritores secundarios, colectivamente y en diversos grados individualmente, forman una parte importante del medio ambiente en que se mueve el gran escritor, como lo forman también sus primeros lectores, los que primero le valoraron, los que formularon los primeros reparos y también quizá sus primeros detractores. La continuidad de una literatura es esencial para su grandeza. En muy gran medida es función de los escritores secundarios preservar esa continuidad y formar un cuerpo de obra escrita que, aunque no haya de leer necesariamente la posteridad, desempeña un gran papel como eslabón entre los escritores a los que se sigue leyendo. Esta continuidad es en gran parte inconsciente y solamente es ostensible con una visión histórica retrospectiva”.

 

 

(Imágenes -1-Felix Vallotton – 1922/  2- Luca Carlevaris- 1725 . ashmolean museum- Oxford)

LA MUJER RUISEÑOR

 

 

«Un leñador joven descubre una mansión maravillosa en un bosque. En toda su vida  había visto algo comparable. Allí se encuentra con una mujer hermosa que le pide que guarde su casa mientras ella sale. Pero, antes de salir, le indica que no se asome a una habitación.

El joven, como casi todo el mundo, no puede con la curiosidad y entra a ver el cuarto. El mundo que se despliega ante sus ojos no es una simple habitación sino varias y, además, decoradas con gran lujo. Cuando llega al séptimo cuarto, encuentra tres huevos de ruiseñor. Al haber bebido en una habitación anterior, el hombre no calibra bien sus movimientos y se le caen de las manos los tres huevos uno detrás de otro. Al romper las cáscaras salen volando los tres ruiseñores piando. El asombro del joven le deja sin palabras y mira hacia donde han volado los ruiseñores.

En ese momento, vuelve la mujer y mirando a la cara del leñador entre lágrimas dice así: » No hay nada tan poco fiable en este mundo como un hombre. Tú has roto la promesa y has matado a mis tres hijitas. ¡ Cómo voy a echar de menos a mis hijitas !» Acto seguido, se convierte en un ruiseñor y emprende el vuelo hacia el cielo.

El leñador le sigue con la mirada hasta que el pájaro desaparece y estira el brazo cogiendo el hacha que está a su lado. Cuando mira alrededor, allí ya no existe la mansión y se encuentra en medio de un campo sin poder explicarse lo que acaba de ocurrir».

«El pueblo del ruiseñor» – (Uguisu no Sato)  – cuento popular japonés – argumento resumido por Kayoko Takagi.

 

 

(Imágenes -1-Shimura Tatsumi/ 2- Kaburagi Kiyokata)

LA LITERATURA NO ES UN PASATIEMPO

 

«No puede decirse que la simple lectura de un libro vaya a cambiar las cosas –  recordaba Alberto Manguel, reciente Premio Formentor -. No es por determinado libro que el pueblo va a cambiar de opinión. Pero un libro puede afectar la manera  de pensar de un pequeño grupo de personas y puede dar lugar a un cambio en el imaginario colectivo que se transmita por otras vías que van más allá de la lectura. Basta con que una idea se incorpore en el imaginario de unas pocas personas para que empiece a crecer, se extienda y termine por alcanzar la mayoría. Creo que cometemos un error si pensamos que escribimos para esa entidad imaginaria que es » el pueblo». Si con un texto logramos expresar una idea que interese a un pequeño grupo de personas, de lectores inteligentes, es suficiente. Las ideas, después, hacen su propio camino. Lo que me interesa cada vez más no es la literatura en sí, sino la literatura como forma de interrogar al mundo. Las historias que terminan cuando se lee la última página pueden dejarme satisfecho media hora, pero necesito que se abran, poder transformarlas, para que me resulten totalmente prácticas. Una de las grandes mentiras que se nos cuentan desde siempre es que la literatura es un pasatiempo, un lujo casi superfluo. En realidad, la literatura es un lugar tan concreto como la pieza en la que estamos en este instante y no es un pasatiempo, sino que ella misma está hecha de tiempo. Habita, cuando es verdadera, el pasado, el presente y el futuro. Pienso que la enseñanza de la literatura pasa por darse cuenta  de eso. Los maestros lo saben bien. Sólo cuando el alumno advierte que es su historia la que se cuenta, su lugar el que se define, su tiempo el que se está reflejando en el libro, el alumno  se vuelve lector. Sin eso, no hay ninguna razón para pensar que los libros sean más importantes que los videojuegos. Si un libro termina en la última página, no es más importante que un videojuego. La literatura que cuenta es la que amplía nuestra vida…»

 

( Imágenes – 1- Iman Maleki/ 2 – Allison Glasgow- ThePoetTress)

¡QUÉDATE ADIÓS, MUNDO!

 

 

«¡Quédate adiós, mundo!, pues en tu casa abaten a los  privados y subliman a los abatidos, pagan a los traidores y arrinconan a los leales, honran a los infames e infaman a los famosos, alborotan a los pacíficos y dan rienda suelta a los bulliciosos, saquean a los que no tienen y dan más al que tienen, libran al malicioso y condenan al inocente, despiden al más sabio y dan salario al que es más necio. (…) ¡ Quédate adiós, mundo!, pues que en tu casa a ninguno veo contento; porque si es pobre, querría tener; si es rico, querría valer; si es abatido, querría subir; si es olvidado, querría medrar; si es flaco, querría poder; si es injuriado, querríase vengar; si es ambicioso, querría mandar. (…) ¡Quédate adiós, mundo!, pues no hay quien contigo pueda vivir; porque si como poco, estoy flaco, y si mucho, ando hinchado; si camino, me canso; si estoy quedo, me entorpezco; si doy poco, llámanme escaso, y si mucho, pródigo; si estoy solo, me asombro, y si acompañado, me importuno; si visito a menudo, tómanlo a importunidad, y si de tarde en tarde, a presunción; si estoy siempre en un sitio, siento hastío, y si me mudo a otro, me enojo».

Fray Antonio de Guevara – «Menosprecio de corte y alabanza de aldea» (1539)

( Imágenes -1-Abbott Handerson Thayer)

UNA BRISA MECE LOS PINOS

 

árboles- nnby- nubes- August Malmstrom

 

«Una brisa mece los pinos,

y debajo

ni un soplo de viento desatado;

inmóvil como el musgo que brillla

en el suelo y dibuja las líneas

de las raíces aquí y allá,

el pino deja caer sus hojas muertas;

y quedan quietas, como bajo el mar.

Y allá arriba, en lo alto,

acometen vientos y vida,

mientras las nubes se persiguen sin tregua;

y vivimos,

y caemos como los frutos del árbol,

también nosotros,

también así».

George Meredith

(Imagen -August Malmstron)

EL VUELO DE LAS GAVIOTAS

 

 

«El vuelo de las gaviotas no conoce esta ciudad desierta, despojada de ruidos, donde los ascensores duermen paralizados, los edificios han sido vaciados, se han apagado móviles y ordenadores, una brecha de soledad señala dónde estuvo una vez el tráfico, aquella orquestación desafinada de motores y prisas, aquel ir y venir de la polución, avenidas de gases, conversaciones, discusiones, preocupaciones, el vuelo de las gaviotas pasa ahora suavemente sobre las rocas y deja embobados a los que han llegado hasta aquí, al borde de los arrecifes coralinos, donde crustáceos y peces del mar tienen su tiempo de silencio, silencio distinto al de las ciudades vacías, la cáscara de los edificios ha ido volcando en el aire timbrazos, irritaciones y gestos, aquella aceleración por los pasillos, parpadeo de pantallas, gestiones, aglomeraciones, infartos de empresas, el vuelo de las gaviotas pasa una y otra vez por los dibujos de colores de los peces mariposa, por las manchas anaranjadas de los corales, el vuelo de las gaviotas no conocerá nunca la dureza de estas aceras solitarias, el desierto de las plazas en las capitales, los jóvenes árboles solteros, los viejos árboles viudos. Hay un silencio por todos estos despachos donde se crisparon conversaciones y se cruzaron órdenes, donde creció la espiga de la envidia y la ambición. El vuelo de las gaviotas pasa ahora lentamente sobre el cangrejo rosáceo  y sobre la aleta transparente del pez azul».

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes.- 1.-Peter  Jones/ 2.-Walter Leistikow)

LOS GUSTOS Y LAS ARTES

 

 

«La escultura de Oceanía, los relieves jemeres, las tallas esquimales, la primitiva polifonía medieval pueden entrar en nuestros hogares con sólo pulsar – literalmente – un botón. La «gran» pintura se reproduce sin fin; existen hasta treinta grabaciones de la misma obra de Beethoven o Chaikovski; los «clásicos» aparecen en múltiples ediciones»‘.

Así lo va recordando George Steiner en «Presencias reales» iluminando  el tema de los gustos y las artes. » Como nunca antes, los «grandes libros», las obras preeminentes de los maestros de la música y las artes, son accesibles y ampliamente comunicados. Sin embargo, esta accesibilidad y este consenso disminuyen el potencial de encuentro inmediato con la experiencia estética. En cualquier sociedad concreta es pequeño el número de seres humanos que se preocupan en profundidad por la literatura, la música y las artes;  para quienes semejante preocupación comporta una inversión y una apertura del ser verdaderamente personales (…) El visitante  medio de museo, el lector intermitente de poesía o de prosa exigente, el asistente al concierto de música clásica y contemporánea tal como se interpretan, emiten o graban, participan en un rito de encuentro y respuesta que, tras el período de educación secundaria y, posiblemente, terciaria, en la cual a semejante encuentro le pueden haber sido asignadas sus funciones culturales y sociales, pertenece menos a la esfera del compromiso que a la del decoro. Además, en numerosas sociedades, incluso esta participación selecciona sólo a los privilegiados. En caso de gozar de libertad de voto el grueso de la humanidad elegirá el fútbol, la serie televisiva de sobremesa y el bingo por encima de Esquilo«.

 

 

(Imágenes – 1- Guy Péne Du Bois– 1926/ 2.- Robert Doisneau- 1950)

UNA CENA AZUL

 

 

«A partir de 1980 se publicaron numerosos libros que proponían menús a las amas ( o amos) de casa que deseaban organizar cierto tipo de comidas. Todos estos libros se copian entre sí y destacan inevitablemente la dificultad que encuentra uno para montar una cena azul –  así lo constata Michel Pastoureau en «Los colores de nuestros recuerdos» -. La naturaleza nos abastece de pocos productos comestibles que posean verdaderamente ese color. Violeta, sí; negro, también; rojo, aún más. Pero ¿azules? Así pues, hay que hacer trampa y recurrir a los nombres de alimentos o de las recetas más que su verdadera coloración: trucha au bleu, queso azul… También se pueden teñir de azul los alimentos blancos (arroz, pasta, huevos duros, apio blanco, endivias, pescados) con azul de metileno, producto no tóxico que usaban antaño y que hoy día se usa para teñir el agua de los acuarios: el matiz obtenido resulta seductor e inesperado en el plato. Si no, sin recurrir a un producto tan artificial, se puede teñir de diferentes colores recurriendo a productos alimenticios. La cáscara de la cebolla da de este modo tonos beis o marrón claro; las espinacas, el jugo de puerro, el pistacho y algunas hierbas, unos verdes muy bonitos; el azafrán unos amarillos intensos; el agua de cocer las alcachofas, un magnífico verde azulado; la tinta de sepia, un negro profundo. En cuanto a los rojos, los rosas y los violetas, hay donde elegir: remolacha, col lombarda, grosella negra, moras, arándanos…

 

 

Sin usar siquiera colorantes naturales, concebir un menú monocromático no plantea ningún problema fuera de la gama de azules. Por ejemplo, el Rojo: remolacha, filete de atún rojo, alubias rojas, fresas. Zanahoria: zanahorias ralladas, puré de calabaza, ensalada de naranja. El Blanco : ensalada de endivias, filete de bacalao, arroz, queso blanco. El Verde: ensalada de pepino, tortellini al pesto, lechuga, flan de pistacho. El Marrón: ensalada de lentejas, carne de ternera a la plancha, puré de castañas, mus de chocolate. El Negro : paté de aceitunas negras, risotto con tinta de sepia.

La moda de los banquetes monocromáticos no tenía nada de original. Ya existía en los años cincuenta y conoció su momento de gloria incluso antes, en los años diez o veinte, bajo la influencia de lis artistas futuristas. El banquete monocromático iba entonces de la mano de la exaltación de la modernidad. Si nos remontamos a épocas más antiguas, nos encontramos con antepasados de tales cenas en varios festines de finales de la Edad Media – alimentos teñidos del color de los escudos de armas o de la librea del príncipe – y si vamos aún más atrás, en la gastronomía romana de la época imperial».

 

 

(Imágenes.- 1-Mark Rothko – 1956/ 2- Mark Rothko/ 3-  Adam Fuss – 1991)

GOYTISOLO

 

 

«Mis difuntos -decía Juan Goytisolo – son los escritores que han sobrevivido a lo largo del tiempo. Dentro de la literatura española los que han influido indirectamente en mis libros, Góngora en»Don Julián», Cervantes siempre, San Juan de la Cruz en «Virtudes de un pájaro solitario». Blanco White fue fundamental para mí. Cuando empecé a leer su obra inglesa mientras traducía tenía la impresión que lo que escribía no era una traducción, que lo estaba escribiendo yo. Las críticas que hacía a la España de su tiempo eran las que podía yo hacer a la España de mi tiempo. Era casi un ejercicio de creación. Su voz era mi voz. Y de fuera yo diría  que han sido mis últimas relecturas, autores que han sido siempre muy cercanos, Diderot, Tolstoi, Flaubert, relecturas completas de la obra de cada uno. Además de un largo catálogo de novelistas y poetas del siglo XX. Pero sigo leyendo también las obras de gente joven y estoy muy abierto a ellos. Mi vida es lectura y escritura y luego viajar o pasear.

Yo he pensado siempre que es mucho más interesante la mirada desde la periferia al centro que del centro a la periferia. Siempre he procurado evitar situarme en la escena literaria y contemplarla al revés, desde una marginación asumida. La literatura es el territorio de la vida como nos enseña Cervantes en «El Quijote» y Sherezade en «Las mil y una noches»; creo que el escritor nunca debe dar respuestas al lector sino plantearle nuevas dudas».

 

En recuerdo de Juan Goytisolo, que acaba de morir.

Descanse en paz.

 

 

(Imágenes.-1.- Juan Goytisolo – foto Javier Cotera – El Mundo/ 2- campos de Níjar – triosdvisor)

LA VENTANA

 

 

«La ventana,

geométricamente tallada

en agua y aire,

realidad interior y realidad exterior

mirándose como dos cuadros

que no cesan de anhelarse,

en invierno es la frontera

entre el clima del hombre

y el clima del mundo,

abierta en el verano es cómplice del viento,

llamea al sol, flexible

reluce de noche, inflexible

fuego graneado entre lo general y lo particular,

la ventana del enfermo como una fuente ascendente,

un rectángulo del espacio visto desde un pozo obscuro,

la ventana y su bosque helado

donde vagan ojos de niños,

las fuentes blancas de los helechos de los recuerdos familiares,

la escritura vacilante del vaho,

la ventana vacía y gastada

en la hora larga de la espera,

la esperanza falsa, de vidrios desiguales,

impía y sin imágenes,

membrana entre protección y prisión».

Artur Lundkvist – «La ventana»

 

 

(Imágenes -1-Sven Coronas/ 2.-Inge Morath– 1989)

COGER CEREZAS

 

 

«Las manzanas no se pueden coger a la manera bárbara, con prisas. La más bonita se nos escurrirá de las manos, se nos caerá y se nos dañará. Y las cerezas más aún. – recuerda el escritor húngaro Béla Hamvas en «La melancolía de las obras tardías» (Subsuelo) –  Y tampoco vale hacer lo contrario de lo que uno hace cuando trabaja. No. Coger cerezas pertenece a otro orden de la vida. Allí donde no existen ni prisas, ni agobios, ni sobreesfuerzo, ni rige la norma de realizar lo máximo en el menor tiempo posible. Allí donde no hay atosigamiento. Coger cerezas no es un descanso. No guarda relación alguna con la barbarie del trabajo. Para poder coger cerezas, el hombre ha de ser sencillo, es decir, normal. De lo contrario no hará más que precipitarse y le convendría ir al partido de fútbol. Coger cerezas es una actividad ajena por completo a cualquier excitación. Una vez bien instalados en lo alto del árbol, con el cesto colgado en sitio adecuado al alcance de la mano, con el gancho para acercar las ramas más lejanas bien colocado en el ramaje, queda tiempo para todo. Para deleitarnos con el paisaje, con el huerto de abajo que, visto desde arriba, parece completamente distinto, rodeado por los árboles vecinos. Para encendernos un cigarrillo, escuchar entretanto el canto del ruiseñor o del mirlo, contemplar el resplandor del sol que al oeste asoma sobre una nube vaporosa y arremolinada. Mientras, cogemos el cabillo de la cereza con cautela, lo giramos en la dirección contraria a su crecimiento para que ceda con facilidad y se desprenda sin fuerza. Ponemos los frutos en el cesto, de a dos, de a tres, como podamos. No conviene poner más de tres a la vez, porque el fruto se resiente.

 

 

En lo alto del árbol, mientras cogía las cerezas, viví una experiencia que no he vivido ni tocando el piano, ni escribiendo, ni pensando, ni viajando. La experiencia de la libertad. Porque en ninguna otra actividad la tuve, y para vivirla hube de partir de la base de que no soy artista, ni escritor, ni aventurero, ni pensador. (…) Ahora sé que ser libre es tanto como ser plenamente consciente de lo que es y dónde está y saber cómo moverse entre las cosas. El cesto cuelga de la rama, el gancho se encuentra a su lado, si quiero coger ese  racimo de cerezas, he de dar un paso hacia allí para poder agarrarlas sin riesgo y depositarlas en el cesto. Este, por cierto, está casi lleno, de manera que habré de bajar y vaciarlo en el cesto grande al pie del árbol, porque de lo contrario los frutos se rompen y se pudren más rápido».

 

 

(Imágenes – 1-Karen O Neils- pinterest/ 2.- Masao Saito- 1983/ 3.-Fede Galizia – 1602)

DORA MAAR

 

 

«Cuando Picasso volvió a ver a Dora Maar en aquel mismo café de Deux-Magots en 1935 en compañía de Paul Eluard, que la conocía, el poeta hizo las presentaciones» : así lo cuenta Brassaï en sus «Conversaciones con Picasso«.  «Dora Maar acababa de entrar en su vida… Yo conocía a Dora desde hacía cinco o seis años. Empezaba, como yo, en la fotografía. No teníamos laboratorio, y durante algún tiempo revelamos nuestras pruebas en el mismo cuarto oscuro, en Montparnasse, que un americano, amigo común, puso a nuestra disposición. El padre de Dora era arquitecto, de origen croata o yugoslavo; su madre, una francesa de la Touraine. Había vivido mucho tiempo con sus padres en Argentina y hablaba perfectamente el español. A veces hacíamos exposiciones juntos. Su presencia cerca de Picasso hizo la mía, en lo sucesivo, delicada. Dora estaba en mejor situación que cualquier otro para fotografiar a Picasso y su obra. Al comienzo de su unión, velaba celosamente por este papel, al que consideraba una prerrogativa y  que desempeñaba además con aplicación y talento. Fotografió sus guijarros esculpidos y algunas de sus estatuas y le ayudó en sus experiencias fotográficas en el cuarto oscuro. Sus fotografías de las diferentes fases de la gestación del Guernica quedarán, sin duda, como un precioso testimonio del proceso creador de Picasso. Para no herir la susceptibilidad de Dora, proclive a borrascas y estallidos, me guardé muy bien de usurpar lo que iba a ser, en adelante, su dominio. Nuestras relaciones continuaron siendo amistosas pero distantes durante un largo período – aproximadamente la duración de la guerra civil española -. Mas a medida que Dora abandonada la fotografía para consagrarse a la pintura – que practicaba ya desde antes de dedicarse a la fotografía -, fue cambiando de actitud, desaparecidos los celos profesionales, no hubo obstáculo para nuestra amistad…»

 

 

Un fotógrafo habla aquí de una fotógrafa.

Ahora un nuevo libro aparece evocando  precisamente a la Dora Maar fotógrafa. La figura de esta mujer ha sido largamente comentada por testimonios y testigos. «De carácter impulsivo, capaz de bruscos enojos y arrebatos violentos – cuenta Pierre Cabanne en » El siglo de Picasso» -, ella será la única de todas las mujeres  conocidas de Picasso, capaz de medirse con él, de hacerle frente, de sostener su mirada de fuego (…)

 

 

Picasso dibujará a tinta un encantador retrato de Dora «hecho de memoria»  y en otra ocasión la representa en un lienzo con el aspecto hierático y un tanto distante que le había llamado la atención el primer día en el café. Varios otros retratos seguirán y los rasgos de la joven van adquiriendo las deformaciones que dramatizan la expresión. Por ejemplo: como ella tiene la costumbre de apoyar el rostro en su mano izquierda, con el codo doblado, Picasso le «aplasta» la sien y subraya la fijeza casi obsesiva de los ojos.»

 

 

Numerosos retratos de Dora serán evocados por los especialistas. André Fermigier , por ejemplo, se detiene en la tela del 19 de abril de 1938 «donde el rostro, visto a la vez de frente y de perfil, aparece con unas narices fuertemente marcadas y da la impresión de desequilibrio por la intensidad de la mirada; como ocurrirá igualmente con magníficos lienzos de 1939,  donde es suficiente un sombrero para desfigurar a una mujer».

 

 

(Imágenes -1- Dora Maar – Man Ray – 1936 – foto Alister Alexander -kamerarts/ 2-Dora Maar – saliendo de una concha -elpais/ 3- Picasso – Dora Maar – 1937/ 4- Dora Maar – heroinas/,5-  Picasso – Dora Maar – 1939- wikiart)

EL MISTERIO

 

gentes-nju-paisajes-maurizio-strippoli

 

«Soy el viento que alienta sobre el mar;

soy ola del océano;

soy rumor del rompiente;

soy el buey de los siete combates

y el buitre de las rocas;

soy un rayo de sol

y la planta más bella;

soy jabalí bravío;

soy salmón en el agua

y lago en la llanura;

soy palabra de ciencia;

soy punta de la lanza en el combate;

soy el dios que creó la llama en la cabeza.

¿Quién, sino yo, ilumina la asamblea del monte?

¿Quién, sino yo, diría los años de la Luna

y dónde el Sol se acuesta?».

(atribuído a Amergin) – «El misterio» (poesía irlandesa) ( versión de M. Manent)

(Imagen.-Maurizio Strippoli)