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Archive for 15/09/18

 

 

“Lope, a sus cuarenta y ocho años, ha decidido sentar la cabeza y trabajar – así lo evocaba Alonso Zamora Vicente -.Todo parece anunciar el desenvuelto sosiego de la madurez, dorándose en frutos. En ese estudio madrileño de la calle de Francos, número 11,  hoy agobiado de ausencias, Lope trabajó incansablemente. En la mesita del rincón, escribanía de Talavera, un terciopelo verde protegiendo el brasero perfumado en las mañanas invernizas, pregones en la calle, trajín apaciguado en la cocina y en las conversaciones, Lope escribió sus obras más densas: “La dama boba”, “El perro del hortelano”, “El acero de Madrid”. Tras una luz delgada, la luz de los atardeceres madrileños, mientras el fárrago del bullicio cortesano se desliza, calle abajo, hacia el Prado o el Buen Retiro, Lope habrá estado afilando las rimas de “El caballero de Olmedo”, de “Fuentevejuna”, de “El castillo sin venganza”. Muy poco antes de morir, Lope ha oído en esa habitación los primeros suspiros enamorados de “Las bizarrías de Belisa”.

 

 

Detrás de esos balcones anchurosos, de modesta barandilla y grandes bolas de azófar en los ángulos, han nacido los dramas que han significado la más vigorosa y transcendente innovación en la escena renacentista. A esa casa de la calle de Francos  llegaron, en peregrinación de intelectual pleitesía, personalidades de toda Europa, deseosas de comprobar si era verdad que Lope vivía , si no sería alucinación o superchería su presencia y su fecundidad. En esa casa Lope fue envejeciendo, transformando en ahilada verdad poética, al sentarse ante la mesa de su estudio, todas las anécdotas de su vivir: alegrias y desengaños, ausencias y gozos, amor y rencores, desaliento y esperanzas, para que todo, una vez escrito, quedase limpiamente, súbitamente olvidado y trascendido.

Tenemos hoy muchos de los auténticos objetos con que Lope aderezó su casa, ya que, depositados durante siglos en el convento de las Trinitarias, donde murió Micaela  ( hija de Lope y de Micaela de Luján, que los heredó) han regresado a los salones y paredes para donde Lope, un aire preocupado en el gesto, los destinó. Un naranjo sigue desafiando las amanecidas congeladas, innumerablemnte repetido y trasplantado. Y el silencio de las salas nos devuelve la vida del Fénix en esta temporada, 1610- 1635, en que la habitó”.

 

 

(Imágenes-1 y 3 – casa de Lope de Vega en Madrid/ 2- manuscrito de Lope de Vega- El Mundo es)

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