volvía yo con las nubes
que entraban bajo rosales
(grande ternura redonda)
entre los troncos constantes.
La soledad era eterna
y el silencio inacabable.
Me detuve como un árbol
y oí hablar a los árboles.
El pájaro sólo huía
de tan secreto paraje,
solo yo podía estar
entre las rosas finales.
Yo no quería volver
en mí, por miedo de darles
disgusto de árbol distinto
a los árboles iguales.
Los árboles se olvidaron
de mi forma de hombre errante,
y, con mi forma olvidada,
oía hablar a los árboles.
Me retardé hasta la estrella
En vuelo de luz suave
fui saliéndome a la orilla,
con la luna ya en el aire.
Cuando yo ya me salía
vi a los árboles mirarme.
Se daban cuenta de todo,
y me apenaba dejarles.
Y yo los oía hablar,
entre el nublado de nácares,
con blando rumor, de mí.
Y ¿cómo desengañarles?
¿Cómo decirles que no,
que yo era sólo el pasante,
que no me hablaran a mí?
No quería traicionarles.
Y ya muy tarde, ayer tarde,
oí hablarme a los árboles».
Juan Ramón Jiménez.– «Ärboles hombres».– «Romances de Coral Gables».-1948
(Imágenes: 1.- Harold Doolittle.-1940/ 2.- Harold Davis.- Woodland Path – sendero en el bosque)


Los árboles y Orfeo, los bosques sonoros de Virgilio, todo eso me ha evocado el poema de Juan ramón. Bello!
Mariàngela,
Sí, la verdad es que es un bello poema y bellos bosques. Ambos se acompañan.
José Julio:
Do ut des, a cambio del poema de Juan Ramón te dejo yo uno del gran Vicente Núñez, el HIMNO I de sus HIMNOS A LOS ÁRBOLES, un poemario de 1989.
HIMNO I
Si yo supiera como vosotros, oh árboles,
estar atento por entero a mi ser.
Si caudalosamente os estrechara en un abrazo
tan derramado y hondo como el valle
que oteáis magestuosos
en las mañanas del abrigado otoño.
Si yo pudiera compartir mi vida
en animada y tenue vecindaz.
Saludar con júbilo desde lo extremo
de vuestras crestas
a nuestra hermana la hierba
y despeñarme y cobijarme
en el compacto tejo
del verdor. Si os dignárais
otorgarme el don de la insomne
evidencia y el de cumplirme
en los tumultos de la adversidad.
Porque vosotros habéis concurrido
a todas las iniquidades de mis huidas.
Porque surgís incólumes
en todos los recodos
de mis deserciones.
Porque me acuñáis
solícitos desde las edades
y os alojáis y encendéis en mi carne.
Porque os nutrís de mis infortunios
y respiráis extáticos
en la proximidad de las estrellas infinitas.
VICENTE NÚÑEZ.
Muchas gracias, Enrique, por este excelente poema. Viene a complementar todo un canto a la Naturaleza.
Un abrazo