FLORES DE PRIMAVERA

“Me había criado de forma bastante parecida al resto –confesaba Georgia O´Keeffe – y un día me sorprendí a mí misma diciendo: no puedo vivir como quiero, no puedo ir donde quiero, no puedo hacer lo que quiero. Ni siquiera puedo decir lo que quiero. La escuela y lo que los artistas me han enseñado me impiden incluso pintar como quiero. Decidí que era una tonta estúpida por no pintar al menos como quería…”

En varias ocasiones he ilustrado textos de Mi Siglo con creaciones de O´Keeffe: Nueva York, calles, relatos, declaraciones. “Trabajo sobre una idea durante mucho tiempo – señaló esta artista norteamericana – Es como intimar con una persona, y yo no intimo fácilmente”. “No copio las cosas enteras, sino fragmentos, porque pinto lo que me parece importante o me hace sentir emociones dentro del todo”.

Intimaba muchas veces con los pliegues de las flores, las desplegaba, las ofrecía.

(Imagen: Georgia O ´Keeffe y Orville Cox, Cañón de Chelly National Monument, Arizona, 1937.-Consejo de Fiduciarios de la Ansel Adams Publishing Colleccion Centro de Derechos Trust for Creative Photography)

PERIODISMO Y PODER

“¿Tiene poder el escritor de periódicos? ¿Posee poder el articulista? ¿Influye de una forma eficaz en la sociedad el texto de un artículo o de una columna?
El profesor Josep Maria Casasús señala en su libro “Artículos que dejaron huella(Ariel) que algunos de esos textos marcaron un sello y dejaron una estela de indudables repercusiones políticas y sociales. Desde el Vuelva usted mañana de Larra en 1833 hasta El catalán: un vaso de agua clara, de Pemán en 1970, otras dieciséis colaboraciones abarcan su personal selección:  Examen de la cuestión del matrimonio de la reina doña Isabel II, de Balmes, en 1845; Pastor y víctima, de Mañé i Flaquer, en 1833; La catástrofe de anoche. España está de luto. Incendio del Museo de Pinturas, de Mariano de Cavia, en 1891; J’Accuse…!, de Zola, en 1898; Sin pulso, de Francisco Silvela, en 1898; Un mensaje a García, de Elbert Hubbard, en 1899; La ciutat del perdó, de Joan Maragall, en 1909; Neutralidades que matan, del Conde Romanones, en 1914; El error Berenguer, de Ortega, en 1930; Múrcia, exportadora d’homes. Vint-i-vuit hores en transmiseria, de Carlos Sentís, en 1932; March, de Azorín, en 1933; Les Gangsters de la Mafia. Marseille, marché mondial et secret de l’opium, de Blaise Cendrars, en 1934; Verona y Argel, de Santiago Nadal, en 1944; Mano a mano. Miguel Maura, de Manuel del Arco, en 1966; El general sale a exterminar a Charlie Cong, de Nicholas Tomalin, en 1966 y Retirarse a tiempo. No al general De Gaulle, de Rafael Calvo Serer, en 1968.

Es la selección que hace Casasús e indudablemente el tema podría ampliarse y enriquecerse con otros libros y textos.


Pero la pregunta que habría que hacerse es la siguiente: ¿es esto frecuente? Hay que admitir que no. Esta influencia del artículo sobre el poder es algo excepcional. Han de reunirse varios factores en una encrucijada político-social muy definida para que un artículo, caído desde el cielo de un autor que está observando con precisión una situación clave, bombardee con oportunismo exacto un campo ya preparado para recibir esa prosa.
El poder difícilmente es sacudido por un solo artículo. (Acaso haya alguna excepción, por su repercusión social, como puede ser el J’Accuse…! de Zola.) Quizá un editorial pueda mover en un determinado momento los cimientos del poder o de sus aledaños, pero un artículo  o más bien una sucesión de artículos  – o una sucesión de columnas – está más hermanado con una lluvia fina cuya influencia tal vez se perciba muy a la larga, cuando haya empapado las costumbres y actitudes de una sociedad.

En una de las mesas redondas que en 1992 y 1994 se celebraron en la Universidad de Oviedo bajo el título El columnismo literario como corrección del Poder en España, Millás dio su opinión respecto a esto: “El columnismo literario no corrige el poder (…) Tendríamos que decir, honestamente, que quizá…, a muy largo plazo…, pero muy poquito (…) Tampoco creo que esa sea su función, si alguna tiene (…) Yo creo que el periódico es una representación de la realidad, seguramente la más inmediata y la que mayor capacidad tiene para crear opinión y hábitos de respuesta a los estímulos del poder. En los periódicos aparece la realidad jerarquizada y parcelada, formando sus distintas piezas un todo. (…) En general, vivimos con la ilusión de que comprendemos el mundo, pero el mundo, en lo que concierne a su representación escrita, ha crecido mucho más que nuestra capacidad de elaboración. Estamos sometidos desde la mañana a la noche a un bombardeo informativo cuyos contenidos no podemos elaborar. (…) El caso es que llega un punto en que la materia informativa pierde toda su capacidad simbólica para explicarnos la realidad y entonces nos refugiamos en otros ámbitos donde lo que leemos colabora de forma más o menos imperfecta a construirnos una imagen del mundo (…). Recorremos las habitaciones del periódico, como las de nuestra casa, de acuerdo a unas preferencias seguramente inconscientes, pero que acaban imponiendo un orden que, en última instancia, quizá se trate de un orden moral. Y cuando la casa es muy grande o muy fría, seleccionamos de ella algunos espacios que acotamos para el calor y para la seguridad, pero también para la comprensión. (…)
Ahí sin duda anida el valor del artículo – de la columna -, su refugio.


Delibes, entre muchos otros periodistas, se vio acuciado por ciertos lectores con el fin de que, a través de alguno de sus artículos, se pudieran modificar o mejorar realidades urgentes. “Recibo una amarga carta de una vecina de la comarca zamorana de Los Arribes del Duerocuenta enPegar la hebra” –  rogándome que trate de evitar que ‘la zona más deprimida, demográfica, social y culturalmente de Europa sea convertida en basurero nuclear del continente’. El primer efecto que esta carta me ha producido ha sido de desconcierto; luego, de enternecimiento ante la confianza que esta señora me muestra. Ella apela a ‘mi amor por las zonas rurales’, que es en verdad muy vivo y profundo, pero desgraciadamente este sentimiento no me da un ápice de poder. (…) El poder del escritor, querida señora – sigue diciendo Delibes -, es muy frágil, no va más allá de su pluma y de la emisión de un voto en una urna cada cierto tiempo. Aunque otra cosa se diga, no tiene otro poder. Por eso, hoy, al dar respuesta pública a su petición, no se me ocurre otra cosa que solidarizarme con ustedes y repetir otra vez que lo que Castilla necesita son ideas e inversiones rentables, revitalizadoras, no asilos de ancianos, pabellones de reposo, escuelas sin alumnos, ni cementerios nucleares. Algo que sujete a los jóvenes a la tierra donde nacieron, en lugar de fantasmas y amenazas que faciliten su dispersión.”

El poder, pues, del escritor de periódicos en general  y el del articulista – o columnista – en particular  no tiene tanta eficacia como en ocasiones se le atribuye.

Bastante poder tiene con contar siempre la verdad.

Y añadirle a la verdad el ser contada con belleza”.

(J. J. Perlado: “El artículo literario y periodístico.-Paisajes y personajes”.-págs 103-107)

(Imágenes.-1.-manuscrito de “Yo acuso” de Zola.-1898/2.-Albert Camus/3.-página de “L´Aurore” con la carta de Zola.- wikipedia/4-Alain Pontecorvo/5.- Central Park.-Nueva York.- foto: Yale Joel.-1957)

WEEGEE, LAS CALLES Y LOS ROSTROS

Grandes fotografías que hacen época: Weegee y sus calles, crímenes y rostros. De Weegee,el ojo público“, hablé ya en Mi Siglo. Walter Benjamin hacía notar que “con toda justicia se ha dicho de Atget que fotografiaba calles desiertas de París como si fueran la escena de un crimen. La escena de un crimen siempre está desierta; se fotografía con el propósito de reunir pruebas. Con Atget, las fotografías se transforman en pruebas estándar de hechos históricos y adquieren una significación política oculta”.

En el caso de Weegee, las calles muchas veces no aparecen desiertas. En las calles, en torno al detective que indaga, a las gabardinas y al resplandor de los focos, los curiosos se arremolinan intentando abrirse paso como sea y hasta allí llegan las palabras que pronunciara E.M Wrong: “el amigo del detective tiene la doble función de lector muy del montón y de coro griego; comenta lo que le parece sobre lo que no entiende”. Entonces, mientras los amigos del detective comentan y preguntan, la cámara de Weegee se adelanta a todos ellos y en un instante dispara su foto: fija la expresión. Así se recuerda ahora en una nueva exposición en torno a lo que algunos han llamado “el fotógrafo de los asesinos“.

El fotógrafo, con su instantánea, es siempre más celérico que el novelista. Por aquellos años 4o americanos Raymond Chandler confesaba: “cuando escribo algo que es duro y rápido y lleno de acción y crimen, me atasco por ser duro y rápido y lleno de acción y crimen, y entonces, cuando trato de bajar un poco el nivel y desarrollar el lado mental y emocional de la situación, me atasco por apartarme de lo que me atascó antes”.

Mientras tanto, Weegee, aprovechando la indecisión del narrador e inclinándose, tomando bien el ángulo, ya ha disparado su fotografía.

(Imágenes:- 1.-Weegee.-1964/2.-Anthony Esposito, fichado bajo sospecha de matar a un policía de Nueva York.-16 de enero de 1941.-Weegee.-International Center of  Photography.- foto de Weegee/ 3.-sospechosos a la puerta del juzgado de Guardia.-1941.-Weeger.-Institute Center of Photography.-foto Weegee)

EL OÍDO Y LA VOZ

“La voz conduce a las palabras y el oído las recoge. La voz, con su intensidad y sus timbres, surge en la radio de ese ímpetu humano abierto ante el micrófono, entregado a él, expresando con su potencia todo lo que el oído humano va a recibir. A veces el oído humano va distraído, viaja por el pasillo entre quehaceres, marcha de la cocina al cuarto de baño, avanza otras veces en el coche por autopistas trepidantes, lanza sus faros de fantasía, va buscando entre las emisoras antes la música que la palabra, pero de pronto, sin quererlo, unas palabras le atrapan, le atrapan entre adjetivos y adverbios, le atrapan sobre todo por su interés y emoción. Es la liana con la que la voz suele envolver hábilmente al oído, el nudo corredizo con el que le mantiene preso en su atención. Es la voz, la voz en la radio, la voz acompasada y sugestiva, la voz cálida y el tono trepidante. Es el 30 de octubre de 1938 y Orson Welles le está contando al oído del mundo la invasión de marcianos a la Tierra, el descendimiento real de los extraterrestres en “La guerra de los mundos”. Dos millones de oyentes creen a la voz, no creen a sus ojos, creen a sus oídos. Es un triunfo más de la voz en la historia de las comunicaciones, la potencia de la CBS aumenta la verosimilitud de esa voz y del cielo de los terrores bajan despacio infinitas figuras de marcianos que la voz acompaña, la voz de Welles los va depositando en el suelo de la realidad, ante el espanto sobrecogedor de las muchedumbres.

Dos años después es otra voz la que sostiene resistencias. Es la voz del 18 de junio de 1940, voz del general De Gaulle desde la BBC, voz grabada a las 18 horas de ese día, transmitida a las 22, vuelta a transmitir a las 16 horas del día siguiente. La voz del General será una voz histórica y los oídos franceses conservarán la esperanza del triunfo final, sus ecos persistirán durante años, la liberación se vislumbrará ya –  esperanza radiada y ampliada – en el horizonte.

Son los triunfos de las voces en la radio; los oídos van y vienen, siguen cruzando de la cocina al comedor, viajan por los pasillos, vuelven a subir en potentes automóviles, quedan atrapados en la presión de los cascos. Los oídos se distraen con mil cosas, mariposas de anécdotas cruzan entre inquietudes de sucesos, escenografías de relatos intercambian fulgores con debates. Los oídos siempre escuchan, al menos parece que escuchan, marchan distraídos, van y vienen. Pero las voces persisten. Todas las intensidades entre silencio y lenguaje, como definiría Steiner, viven en los matices de la voz, en esas cuevas de la intimidad humana en las que el lenguaje domina al silencio. Así el silencio de las soledades es acunado siempre por la voz, acentos aterciopelados de entrevistas, ahogos en rumorosas confidencias, síntomas agudos de alarmas, sonoras cajas de revelaciones.

Son voces guturales, voces nasalizadas, en ocasiones frías y distantes, en otras lánguidas; son voces dramatizadas que nos llevan a escenarios teatrales, novelas radiofónicas cuyas discusiones nos siguen por los pasillos. Son voces de gravedad, tonos rotundos, locuciones solemnes. A veces son los desfiles impecables, a veces se asoman a la evocación, a veces abren la puerta de poemas, a veces nos entregan fragmentos. Son voces de madrugada, voces nocturnas, voces al lado del insomnio. Son voces apasionadas e implicadas, voces interrogando las conciencias, voces creíbles. Y luego vienen las voces infantiles, el cortejo de las sonrisas, el eco de los juegos, el timbre escondido en la música, música de la voz que hace brillar la vida.

En este muy interesante libro de Félix Gallardo se recogen muchas vidas y voces de la  Radio en España: hablan del oficio radiofónico ellos que dedicaron su vida a ese oficio. Testimonios valiosísimos, confesiones que entregan sabia y variada lección. A muchas de esas voces las conocí. Con alguna compartí trabajos. Mi voz y las suyas se han cruzado en emisoras madrileñas y sus recuerdos – tal como si ahora los oyera – me acercan ecos muy diversos. Mi vida profesional se ha cruzado con Matías Prats, Basilio Gassent, Joaquín Peláez, Vicente Marco, Ángel Soler, José Luis Pécker, Manuel Amado. Son voces en los pasillos, voces y manos estrechando saludos, nostalgias, despachos, quehaceres: voces entrañables.

Luego las voces se fueron o yo me fui – otras voces hoy las sustituyen – pero todo permanece en el oído”.

(Palabras que he publicado como Prólogo al reciente libro sobre la Radio española, “Lo que nunca muere”. La Radio nació para quedarse”.-Félix Gallardo.-Villanueva Centro Universitario y Netniblo ediciones.-Madrid.-2011)

(Imágenes:- 1.-Orson Welles.- Nueva York 1937.- foto Carl Van Vechten.- wikipedia- org/ 2.- foto Lyle Owenko.-Untitled from The Boombox Series.-2009.-owenko.com)

CANCIÓN QUE NUNCA PONE EL PIE EN EL SUELO : (NAVIDAD 2011) (y 3)

“La nieve está hablando.

Hoy

se ha vuelto loca:

Parece

que llama con los nudillos

de puerta en puerta.

Va y viene.

No sé quién la está escribiendo

pero en el aire se lee.

Miradla bien:

Cuando llega

junto al suelo, se detiene;

no toca en la tierra: llama,

parece llamar.

Parece”.

Luis Rosales .- “Canción que nunca pone el pie en el suelo“.- (“Retablo de Navidad“)

(Imagen:- Ansel Adams.-Yosemite National Park.-1948)

¡FELÍZ  NAVIDAD  A   CUANTOS  LEEN  “MI SIGLO” !

SCHUBERTIANA

” En la oscuridad de la noche en un lugar en las afueras de New York, un punto de observación desde donde se puede, con una sola mirada, abarcar ocho millones de hogares humanos.

La enorme ciudad a lo lejos es un montículo vibrante, una galaxia espiral vista desde el costado.

Dentro de la galaxia se deslizan las tazas de café sobre la barra, las vitrinas mendigan a los que pasan, una maraña de zapatos que no deja huella alguna.

Las escaleras de incendio que trepan, las puertas de ascensor que se unen resbalando, tras las puertas con cerradura de seguridad, un continuo diluvio de voces.

Cuerpos caídos duermen a medias en los vagones del metro, las catacumbas que se cruzan a toda velocidad.

También sé – sin ninguna estadística – que ahora mismo alguien toca a Schubert en alguna habitación a lo lejos y que, para alguno, esos tonos son más reales que los demás.

Las cuatro cuerdas tocan. Voy a casa atravesando tibios bosques, con la tierra, elástica debajo de mí,

me acurruco como un recién nacido, me duermo, ruedo ingrávido hacia el futuro, siento de pronto que las plantas tienen pensamientos.

Nos apretamos frente al piano y tocamos a cuatro manos en Fa menor; dos cocheros en el mismo carruaje, resulta un poco ridículo.

Las manos parecen cambiar de sitio objetos tintineantes de acá para allá, como si tocásemos los contrapesos,

en un intento de afectar el terrible equilibro de la balanza: alegría y sufrimiento pesan exactamente igual.

Annie dijo: “esta música es tan heroica”, y es verdad.

Pero el que navega envidiando a los hombres de acción, esos que en el fondo se desprecian a sí mismos porque no son asesinos,

ellos no se reconocen aquí.

Y los tantos que compran y venden personas y creen que todos son comprables, ellos no se reconocen aquí.

No es su música. La larga melodía que es ella misma en todas las transformaciones, por momentos brillante y débil, por momentos opaca y fuerte, huella de caracol y cable de acero.

El terco canturreo que nos acompaña hasta aquí

saliendo

de las profundidades”.

Tomas Tranströmer:- fragmentos de “Schubertiana” , de “La barrera de la verdad” (1978)

(En el día en que Tomas Tranströmer recibe el Premio Nobel de Literatura)

(Imágenes:- 1.-Toscanini al piano, con 87 años.- Milán 1954.-iicchicago. esteri.it/2.-Nueva York 1960.-foto Nick  DeWolf.-lainformacion. es/3.-Edvard Grieg al piano.-ballade.no/ 4.-Nueva York 1966.-Arthur el Tress.- contemporaryworks)

BOSQUES, BIBLIOTECAS, PÁJAROS, DESPACHOS

Cada vez que atravieso estos bosques del norte de España, en Galicia, entre Villagarcía de Arousa y Caldas de Reis, me veo de nuevo sentado largas horas, hace años, escribiendo un libro, inclinado sobre el folio, dedicando numerosas mañanas a la creación. Durante años transformé mi automóvil en mi despacho y el silencio y los pájaros se alternaban al otro lado de la ventanilla, pájaros que picoteaban antes de asomarse al papel, plumas y picos curiosos por saber qué escribía, sorprendidos ante el habitante desconocido.

Cada vez que atravieso también las salas de la Biblioteca Nacional en Madrid, entre estanterías y retratos, me veo de nuevo sentado numerosas horas ante un pupitre, escribiendo libros, novelas y ensayos, los pájaros de las páginas pasan volando de una a otra hoja, algunos brillantes en el colorido de la imaginación, otros distrayéndome la fantasía con los movimientos de su cola, rumor apenas perceptible de sus patas rojas.

Vienen y van estos pájaros como en conferencia, como en el poema persa, hablando entre sí, vienen siguiendo al escritor, vienen y van entre ideas y  recuerdos que traen en el pico desde una sala a otra y desde uno a otro árbol. Como digo en mi última novela “Mi abuelo, el Premio Nobel” (Funambulista), “oigo muy de cerca este suave rasgueo de la pluma sobre el papel, y lo oigo tan de cerca que parecería que fuera yo mismo quien ahora escribo (…) Me asombro de esta profundidad de las imágenes, de cómo voy asomándome por encima de la espalda de Dante para leer lo que entonces él escribía y de cómo voy asomándome por encima de las líneas que escribo, al otro lado de la tapia de las letras, para ver lo que sucede en el bosque” (…)

“Era la primera vez que le ocurría aquello tan nítido, una visión total por la que él veía el bosque ahora todo entero, desde los diminutos ratones de campo hasta las puntas de las copas de los árboles, por la que él veía la ciudad toda entera, desde la densidad del tráfico y el ir y venir de las gentes aceleradas hasta lo alto de los cielos plomizos con cristales de contaminación y chimeneas y humos entre ruidos y plazas y ajetreos de quehaceres incesantes, pitidos, frenazos y luces intermitentes, insultos, sonrisas, encuentros y separaciones, edades que salían de los colegios, edades que entrelazaban sus manos, edades que se besaban en los labios, edades que se tomaban del brazo para cruzar las calles, edades que se sentaban en los bancos apoyados en la soledad, y en lo vertical y en lo horizontal de la ciudad él era mirado como un hombre entre todos los hombres, un hombre corriente entre todos los hombres y mujeres corrientes que iban espiando escaparates, dándose palmadas, estrechando manos, bajando de autobuses, saliendo del metro, taconeando, tosiendo, fumando, rompiendo de pronto en una carcajada, brilllando los ojos ante una sorpresa, tensos ante una llamada telefónica, conectados a pantallas, sentados en teclados, sentados en automóviles, sentados en restaurantes, vendiendo, comprando, intercambiando, negociando, haciendo transacciones, ofreciendo servicios, pasaban los taxis por encima y cruzaba el metro por debajo, a él se le veía andando y él era visto a la vez, él era contemplado y él contemplaba el mundo al mismo tiempo, pasaban los ruidos, los sonidos, los inventos, los avances del siglo y él pasaba entre elllos, él cruzaba aquel escenario igual que había cruzado el anterior con Dante, igual que había cruzado las gargantas angostas y los suelos descarnados de aquel bosque anaranjado y tostado de líquenes en los troncos y de zonas quemadas y matorrales, igual que había separado los tonos cenicientos y las ramas caídas para ver a sus hijos como padre con una mirada amorosa de corazón enternecido; así era mirado ahora él”.

(Cuando están a punto de cumplirse los 300 años de la Biblioteca Nacional)

(Imágenes:- 1.-Nikolae Blei- mesteceni.-artpeka.ro/2.-National Geographic/3.-la conferencia de los pájaros.- ilustración del libro de poemas persas-Farid- ud Din Attar/4.-Ansel Adams.-invierno en el valle de Yosemite.-1933- 1934)

LA DESNUDEZ DE ESTILO

“Los Matisse cuenta Gertrude Stein – vivían junto al Bulevar Saint-Michel, en un piso pequeño, el último de la casa, con tres habitaciones y hermosas vistas a Notre-Dame y al Sena (…). Madame Matisse  era una admirable ama de casa. Mantenía su pequeño piso limpio como una patena. Todo estaba en orden, sabía cocinar e ir a la compra, y además, posaba para su marido. Ella era “la Femme au Chapeau“. En los tiempos en que los Matisse carecían de dinero, madame Matisse puso una tiendecilla de sombreros, gracias a la cual sortearon la dificultades. Era una mujer morena, de porte erguido, cara larga y labios de trazo firme pero inclinados hacia abajo, lo que le deban un aspecto caballuno. Tenía una gran mata de pelo negro. A Gertude Stein le gustó siempre el modo en que madame Matisse se ponía el sombrero, y en una ocasión, Matisse pintó un retrato de su mujer en el momento de ponerse un sombrero con el ademán en ella caracterísitico, y se lo regaló a miss Stein”.

Así lo va contando Gertrude Stein en laAutobiografía de Alice B. Toklas” (Lumen)

Ahora, la exposición que está teniendo lugar en el Gran Palais de París recorre aquella atmósfera, la compra y venta de cuadros, la adquisición de una colección.

Pero cuando uno se detiene ante el retrato de Gertrude Stein pintado por Picasso, parece que volviéramos a oir las palabras de miss Stein: “creo – decía – que ya he descrito el taller de Picasso. En aquellos días, allí, había todavia mayor desorden, más gente que entraba y salía, más fuego en la estufa, más comida cocinándose y más interrupciones. Había un gran sillón roto, en el que Gertrude Stein posaba. Había un diván en el que todos se sentaban y dormían. Había una pequeña silla de cocina en la que Picasso se sentaba para pintar, un gran caballete y gran cantidad de grandes telas. En el apogeo del período del Arlequín, las telas de Picasso eran enormes, y las figuras y los grupos también”.

Eran los tiempos de la desnudez de estilo aplicada en breves recomendaciones por Gertude Stein a algunos escritores. Como recuerda Anthony Burgess en su estudio sobre Hemingway, el futuro autor de “París era una fiesta” era lo bastante joven para poder ser el hijo de Stein, y éste le mostraba humildemente su trabajo, un fragmento de novela. “Demasiadas descripciones porque sí – le dijo Stein a Hemingway -, demasiados adornos: comprima, concentre. Hay mucha descripción aquí, y descripción no demasiado buena. Vuelva a empezar y escriba con más cuidado”. Y como ella misma añade, comentando el trabajo de corresponsal de un diario canadiense que Hemingway desempeñaba por entonces, agregó: “Si sigue con los trabajos periodísticos, nunca tendrá ocasión de ver la realidad, sólo verá las palabras, y esto no basta, no basta, desde luego, si es que pretende ser escritor”.

(Imágenes:- 1.- Henri Matisse.-La Femme au Chapeau.-1906.-colección SFMOMA/2.-Horst. P. Horst.-autorretrato con Gertrude Stein.-1946/3.-Gertrude Stein por Picasso.- 1905.-Museo Metropolitano de Nueva York/4,- Gertrude Stein posa junto al retrato pintado por Picasso.-APF.-La Vanguardia)


DULCÍSIMA MADRE

“Mater dulcissima, ahora descienden las nieblas,

y el Naviglio embiste confuso contra los muelles

los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;

no estoy triste en el Norte; no estoy

en paz conmigo mismo, mas no espero

perdón de nadie, muchos me deben lágrimas

de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,

como todas las madres de los poetas, pobre

y con la justa medida de amor

a causa de tus hijos lejanos. Hoy soy yo

quien te escribe”.- Al fin, dirás, dos líneas

de aquel muchacho que huyó de noche con un abrigo corto

y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan generoso,

un día lo matarán en cualquier parte- .

“En verdad, lo recuerdo, fue en aquel gris andén

de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas

a la desembocadura del Imera, el río lleno de urracas,

de sal, de eucaliptos. Mas ahora te agradezco,

así lo deseo, la ironía que has puesto

sobre mis labios, mansa como la tuya.

Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.

Y no me importa si ahora derramo lágrimas por ti,

por todos los que como tú esperan,

y no saben qué esperan. Ah, muerte amable,

no toques el reloj que en la cocina late sobre el muro,

toda mi infancia pasó sobre el esmalte

de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:

no toques las manos, el corazón de los viejos.

Pero ¿acaso alguien responde? Oh piadosa muerte,

muerte honesta. Adiós, querida, adiós mi dulcissima mater“.

Salvatore Quasimodo: “Carta a la madre

(Imágenes:- 1.- Gertrude Käsebier.-1901.-Museo de Arte Moderno de Nueva York/ 2.-retrato de madame Caillebotte.-madre del artista.- Gustave Caillebotte. 177.-colección privada)

ELISABETH X

“Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma. Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de amoríos ni de hombres, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta

-¿Espera usted a que le pidan el billete? –le digo, procurando ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice.

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último jueves -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva  las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, me volví a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.

Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. Eso es imposible – y agrega sin dejar de mirarme -: Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y  sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

–         O sea, doctor – le interrumpo – ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted escuchó hace un año?

–         Sí. Exactamente.

–         ¿Esto le había pasado alguna vez?

–         No. Nunca. Nunca con una enferma.

–         Se encontraba usted, pues, reviviendo un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando…

–         Sí, naturalmente estaba soñando.

–         ¿Un sueño concretado en ese preciso momento o un sueño total? ¿Cómo lo podría definir? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

–         No lo sé…Creo que fue un sueño… También la visita a mi consulta de Elisabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa  visita nunca existió.

–         Y por supuesto, tampoco su viaje en tren…

–         No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

–         ¿Siempre sueña con el tren?

–         Sí, siempre es el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

–         ¿Viene siempre puntual?

–         Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos. Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

–         ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

–         Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ., colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se  dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X, aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco ( él también conoce que es un sueño ) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ, proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un  sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de la once treinta y cinco”.

José Julio Perlado: (del libro de relatos “Elisabeth X”  de próxima aparición)

(Imágenes:-1.- Toni Frissell.-Lisa Fonsagrives.-Londres 1951/ 2.-Stanco Abadzic.-contemporaryworks.net/ 3.-j some.-estacaô de oriente.-wikipedia/4.  –Elliot Erwitt/5.-Holger Droste.-smashingpicture.com/6.- autor desconocido)

OJOS Y CORAZÓN

“Están mi corazón y ojos en guerra,

pues ambos se atribuyen tu conquista:

a su derecho el corazón se aferra,

títulos niega al corazón mi vista,

aduce el corazón que él te atesora.

y en él no vio el cristal de una mirada,

mas refutan los ojos que hora a hora

está en ellos tu imagen reflejada.

Llamados a fallar los pensamientos

a los que informa el corazón invicto,

se escucharon también los argumentos

de los ojos, y tal fue el veredicto:

Es de los ojos, tu exterior belleza,

del corazón, tu amor en su pureza”.

William  Shakespeare:  Soneto XLVl. (traducción de Mariano de Vedia y Mitre)

(Imágenes:- 1.-Bryce Dallas Howard en “Despair” de Alex Prager/2- retrato de Jeanne Hébuterne.-Amedeo Modigliani.-1917.-colección pivada.-Wahshington.-wikipedia)

DESHIELO A MEDIODÍA

“El aire matinal repartió sus cartas con sellos incandescentes.

La nieve iluminó y todos los pesares se alivianaron: un kilo pesaba apenas setecientos gramos.

El sol estaba alto sobre el hielo, volando por el lugar, caliente y frío a la vez.

El viento avanzó lentamente como si empujase un cochecillo de niño frente a sí.

Las familias salieron, vieron cielo abierto por primera vez en mucho tiempo.

Estábamos en el primer capítulo de un relato muy intenso.

El resplandor del sol se adhería a todos los gorros de piel,

como el polen a los abejorros,

y el resplandor del sol se adhirió al nombre INVIERNO

y se quedó allí hasta que el invierno hubo pasado.

Una naturaleza muerta de troncos, en el lago, me puso pensativo.

Les pregunté;

“¿ Me acompañan hasta mi niñez?” Respondieron: “Sí”.

Desde la espesura se escuchó un murmullo de palabras en un nuevo idioma:

las vocales eran cielo azul y las consonantes eran ramas negras

y hablaban

muy lentamente sobre la nieve.

Pero la tienda de saldos, haciendo reverencias con su estruendo de faldas,

hizo que el silencio de la tierra creciese en intensidad”.

Tomas Tranströmer : “Deshielo a mediodía” ( traducción de Roberto Mascaró)  (Nórdicalibros)

(Imágenes:- 1.- Edward Weston-1936.- Center of Creative Photography.-Arizona.-Master of Photography/ 2.-Edward Weston.- 1938.-Chris Beetles Galeries)

OÍ HABLAR A LOS ÁRBOLES

“Ayer tarde

volvía yo con las nubes

que entraban bajo rosales

(grande ternura redonda)

entre los troncos constantes.

La soledad era eterna

y el silencio inacabable.

Me detuve como un árbol

y oí hablar a los árboles.

El pájaro sólo huía

de tan secreto paraje,

solo yo podía estar

entre las rosas finales.

Yo no quería volver

en mí, por miedo de darles

disgusto de árbol distinto

a los árboles iguales.

Los árboles se olvidaron

de mi forma de hombre errante,

y, con mi forma olvidada,

oía hablar a los árboles.

Me retardé hasta la estrella

En vuelo de luz suave

fui saliéndome a la orilla,

con la luna ya en el aire.

Cuando yo ya me salía

vi a los árboles mirarme.

Se daban cuenta de todo,

y me apenaba dejarles.

Y yo los oía hablar,

entre el nublado de nácares,

con blando rumor, de mí.

Y ¿cómo desengañarles?

¿Cómo decirles que no,

que yo era sólo el pasante,

que no me hablaran a mí?

No quería traicionarles.

Y ya muy tarde, ayer tarde,

oí hablarme a los árboles”.

Juan Ramón Jiménez.– “Ärboles hombres”.– “Romances de Coral Gables”.-1948

(Imágenes: 1.- Harold Doolittle.-1940/ 2.- Harold Davis.- Woodland Path – sendero en el bosque)

EL PERSONAJE ASESINO

Al publicarse ahora los cuadernos de trabajo de Agatha Christie nos sorprende descubrir que – según ella confiesa – cuando se comprometía en la escritura de un libro, la mayor parte del tiempo ignoraba la identidad del culpable, una vez el asesinato tenía lugar. La novelista compartía la misma incertidumbre que sus lectores y avanzaba por las páginas de la ficción dotando a la historia de un poder de seducción más intenso.

Determinar quién ha sido el asesino – recuerda Roger Caillois en su “Sociología de la novela policial” – es una tarea sembrada de asechanzas. Uno no tarda en darse cuenta de que todos los personajes del drama tenían motivos iguales para matar, y equivalentes posibilidades de hacerlo. Entonces hay que dejarse guiar por otro procedimiento de discriminación. Las condiciones en que se realiza el homicidio suponen cierta psicología por parte del culpable. El detective vacila entre varios sospechosos; los somete a una prueba que los obliga a revelar su verdadero carácter”. Y Caillois pone dos ejemplos referidos al juego: en “El asesinato del canario” de S.S. van Dine, el detective adquiere una certeza moral durante una partida de póker; en “El asesino vive en el 21” de A. Steeman, se descubre la verdad jugando al bridge. “Dime como juegas – añade Caillois y te diré si has matado. Pues se juega del mismo modo que se mata: con prudencia o temeridad y arriesgando poco o mucho“.
Pero quienes juegan realmente entre las páginas y con las páginas del libro son los novelistas. Personajes planos o personajes redondos, puntos de vista cruzados, repetición, acumulación y transformación de detalles al construir y hacer andar al personaje, Cientos de caminos. Y sobre todo, en la novela policíaca, el elemento de sorpresa. “El elemento de sorpresa o de misterio -detectivesco, como se le suele denominar (decía Forster) – posee una gran relevancia en cualquier argumento, es una bolsa de tiempo, y no puede apreciarse sin inteligencia”.
(Imagen: Gregory Crewdson.- Imagery  Our World)