VULGARIDAD Y MODERNIDAD

«Nos guste o no, para el periodismo moderno el aspecto importante de un hecho – recuerda Alessandro Baricco en su interesante libro «Los bárbaros«(Anagrama) – es la cantidad de movimiento que es capaz de generar en el tejido mental del público. A un nivel extremo, un conflicto importante y sanguinario en un país de África para un periódico occidental sigue siendo una no-noticia hasta el momento en el que entra en secuencia con porciones de mundo en posesión del público occidental.(…) Por muy absurdo que que pueda parecer, es exactamente lo que esperamos de los medios de comunicación, pagamos por tener esa clase de lectura del mundo«. En una entrevista en The New York Times en 1996 un periodista decía: «Esto es para lo que vivimos. Es decir, «catástrofe», «caos». Siempre puede haber algún terremoto que te dé un vuelco al corazón». Pero como he comentado en alguno de mis libros, «cuando la muerte llega de nuevo en la secuencia siguiente del noticiario – ese tanque, por ejemplo, que está aplastando al niño inocente – no sabemos si ello es realidad o ficción, tan maquillada aparece la realidad con su disfraz de afeites. Exclamamos entonces, ¡qué horror! Pero estamos en el segundo plato de la comida y continuamos masticando nuestra cena de horrores. La vida sigue». («El artículo literario y periodístico»)


No nos asombramos, pues, de que nada nos asombre. No nos asombramos de nada. Tampoco de descubrir la vulgaridad tras el disfraz de la aparente modernidad. Seguimos masticando vulgaridad creyendo que es modernidad y tragamos los lenguajes decadentes como si fueran sublimes. «Vulgaridad» fue la palabra introducida por Madame de Staël en 1800. «Modernidad«, la que pronunció Teófilo Gautier cincuenta y dos años después, en 1852. Chautebriand, por su parte, fundió los dos términos, modernidad y vulgaridad, al hablar de sus viajes. Y a Baudelaire se le calificará como el definitivo inventor de esta palabra: «modernidad«.

Pero modernidad y vulgaridad muchas veces aparecen mezcladas en las pantallas, el rostro de una esconde el antifaz de la otra, nos hacen ambas tremendas muecas desde sus imágenes, guiñan sus ojos equívocos, desfilan brillantes entre las pasarelas de la publicidad animándonos a ser mucho más modernos aunque seamos menos educados.

(Imágenes:-1.-Kenny Scharf.-1981.1983.-artnet/2.- Nam June Paik.-AndrewShire Gallery.-Lo Angeles.-USA.-artnet)

PASEANDO A MI CIGARRILLO

«La libertad de que disponen los fumadores de cigarros en el restaurante neoyorquino Elaine´s y otros cuantos restaurantes – decía el periodista y escritor norteamericano Gay Talese – no desmiente el hecho de que el cigarro es cada vez menos un placer portátil; y, en mi opinión, éste es apenas uno de los síntomas de los crecientes neopuritanismo y negativismo que tienen sofocada a la nación con sus códigos de corrección y han conducido a una mayor desconfianza entre los sexos y finalmente han reducido, en nombre de la salud, la virtud y la equidad, las opciones y los placeres que, en cantidades moderadas, antaño eran generalmente tenidos por naturales y normales.

«Cuando América no está librando una guerra, el deseo puritano de castigar al prójimo tiene que desfogarse en casa«, explicaba hace años la escritora Joyce Carol Oates, refiriéndose a la censura literaria. Pero esto se aplica a las restricciones de todo tipo, incluidos los actuales edictos contra mi humilde cigarro…, de cuyo humo brota todas las noches mi paranoia, que no se esfuma ni cuando le doy la última fumada y arrojo a la calle la colilla, indicándoles a los perros que el paseo al aire libre de por las noches ha tocado a su fin».

Yo no he fumado prácticamente nunca, pero cuando leo la defensa de Gay Talese en «Paseando a mi cigarro» , dentro de «Retratos y encuentros» (Alfaguara), pienso que, cigarro o cigarrillo, sirven igual como motivo y como tema. Ahora, con las nuevas medidas adoptadas, el cigarrillo pasea buscando enseguida el pasillo del aire, colándose por las rendijas de la atmósfera y marcha absolutamente decidido porque va anhelante, porque ya no puede más y deja con la boca abierta los diálogos de todas las reuniones y escapa por la primera puerta que encuentra, la primera puerta de la pausa, o crea él la pausa misma y la abre de par en par, precipitándose a fumar compulsivamente a la terraza o al parque. La diminuta lumbre del cigarrillo va siempre delante del hombre y de la mujer con su brote de  pequeña luz encendida, le guía por los escondrijos de la ruta y le lleva hasta el aire libre donde por fín, con el humo, el portador del cigarrillo podrá felizmente respirar.

(Imágenes: 1.-Humphrey  Bogart.-i12ben.tumblr.com-/2.-Fritz Lang.- avizora.com)

MONEDAS DE TIEMPO

Pasan las monedas de tiempo en el último día del año, resbalan de mano en mano las hojas de los meses, horas circulares, redondas penas y alegrías, esferas, agujas, mecanismos, las cajas de madera de raíces plantadas en nuestra sobremesa de siempre, sonerías, agujas del reloj que un día nos hirieron, silenciador de voces, calendario de fechas, segundero de nimios pensamientos, alarmas que nos conmovieron, muelles que nos levantaron en caídas, decoración grabada en platino de tantos días iguales, pasos de cebra de aquellos días iguales, autobuses, aviones, teléfonos, péndulos de inestable corazón, placas de nacimientos y rupturas, despertadores de sueños, acristaladas cúpulas de deseos, aceros forjados de voluntad, cuartos y medias de tantas citas memorables, hendiduras de dolores, llaves poniendo en marcha la vida, cajas de música, pesas, alambres, ruedas de infortunios y sorpresas, decisiones torneadas a punta de buril, visualidad, claridad, la vida, el día es claro y siempre rodeado de misterio, se desmontan, se retocan los recuerdos, la numeración de latón que marcan alegrías se hace de bronce dorada a fuego, es el mecanismo de la repetición, repetición, repetición, relojes de agua, de arena, de sombra y sol, astrolabios contemplando estrellas, estrellas, estrellas que en el último día del año nos pasan monedas de tiempo.

(Imágenes: 1 y 2:  Terminal Grand Central de Nueva York-1941.- foto John Collier.-shorpy.com)

EL TREN, LA VIDA

YA AQUÍ NO HAY NADA

«‑Recuerde el tren.

‑Nos acostamos entumecidos, abrazados al olvido del sueño, y a las siete, a las seis, crepitaron los despertadores de estación en todas las habitaciones y el tren arrancó imprevistamente, soltando el agua de las duchas, refrotando los ojos, calzándose a tientas los zapatos, sorbiendo de pie un resto de café, afeitándose, pintándose los labios, tropezando bruscamente los  silencios mientras las casas pasaban velozmente al otro lado de ventanillas ennegrecidas y los vagones avanzamos o retrasamos los  cuartos atrapando un bolso, cogiendo un pañuelo, empuñando la  cartera del colegio, Ana se abrochó el último botón, Miguel  mordisqueó un trozo de pan, mi madre era una niña y yo era mi  padre: las ruedas estaban ya engrasadas, no nos hablábamos,  sonaron portazos, bajamos corriendo los escalones de la estación  y el tren ya se iba porque cruzaron autobuses y automóviles y no  había tiempo de despedirse, ya que todos sabíamos que nos  volveríamos a ver y la velocidad nos arrolló: la vida de Ana eran  túneles de «metro», yo no sabía dónde estaba ni mi padre ni mi  madre, al abuelo le encajaron en la silla de inválido, Guillermo  cortó las calles para llegar al taller, ningún viajero se  saludaba, mi mujer alisó las colchas de las camas, entró un humo  negro en las habitaciones, se encendió el fogón para calentar  estómagos, Gustavo se sentó en su oficina, pasaron pulsos de  relojes en horas de muñecas, se gritó, se gritó, se gritó, el  señor González telefonea a la señorita Elvira porque era ella  quien le había gritado por no telefonearle al señor López, y a mi  nieta Carmen le dio vueltas el patio interior por la velocidad con que todo giraba. Fue en ese momento cuando Isabel, de pronto,  recibió la tremenda noticia y llamó desencajada a mi madre para decirle que cinco minutos antes, en un cruce, a su hijo ‑es  decir, a mí‑ me habían encontrado muerto bajo las ruedas del  ferrocarril.

Pero no era cierto, doctor, fue una equivocación. Marga  nos contó cómo el tren, en un fulgor de velocidad, había  triturado la fortuna de nuestro tío Eduardo. Entonces salimos  todos al pasillo que da al salón temblando los ojos al saltar los  rieles, y el miedo a la vida tomó forma de máquina y la  locomotora arrastró a Javier. Juan se abrazó a la abuela, pasaron  preguntando si queríamos comer, voló el sombrerito del pequeño  Manuel, yo me agarré a la paciencia de mi madre, un señor ayudó a  extender el mantel, se oyó el timbre de la puerta, al olor se  destapó el vagón y todos comimos inclinados, apresurados,  encarnados, viendo pasar las  canas de mi padre y cómo la nieve  subía hasta las mejillas. Antonio nos miró a todos sin pestañear,  Elsa gritó que se quería emancipar, mi abuelo de un golpe le  desenganchó un vagón, Concha la vio alejarse en silencio, Raúl  preguntó si podía coger más fruta, el casero empezó a picar  los  billetes, se fue la luz, se fue el teléfono,  se marchó la  calefacción, desapareció el gas, Laura le vendió a Carlos el  teléfono y Ángela con los asientos hizo madera para cruzar las  tardes en lumbre de fogatas. Vimos pasar años sobre pueblos  subidos en andenes, de repente nos saludó Agustín militarmente,  sacaron a Cristóbal por la ventanilla para que devolviera, mi  hermana Lidia se marchó al baño arreglándose para la boda, entró  un disgusto en polvo mientras mascábamos los túneles, Gabriel se  hizo abogado en un paso a nivel, Enma se sentó junto a Luis,  Alfonso miró a Eugenia a los ojos y César entrelazó sus dedos con  los de Rosalía. Entonces hubo un tremendo frenazo y toda la  fuerza de Sebastián se incrustó en el dolor de Roberto, mi abuela  se curvó en la mecedora, vinieron los niños de los prados,  tiraron a lo alto sus carteras, mi padre se fue doblando  lentamente, Inés de pronto tuvo un niño, llovieron caramelos de  humo, sudábamos, tiritábamos, teníamos sueño, cruzamos travesaños  en cada Navidad, nos hicimos viejos nos decían los jóvenes, María  se había casado con León, Pedro no encontraba trabajo, Daniel  quiso tirarse de la vida, y de improviso todas las paredes  crujieron, voló el abuelo entre las tablas, a Marcos lo devoró un  agujero, entramos por el hueco de la enfermedad y el vagón de  cola donde mi madre planchaba cayó al patio aplastando tristezas.  Fue en ese momento cuando Jorge saltó de un techo al otro y se  volvió al revés, y asomó la cabeza por la ventanilla y mi hermano  dio un grito y se oyó de pronto el chillido de mi madre hasta el  fondo del comedor cuando le acababan de decir que a su hijo ‑es  decir, a mí‑ casi al cumplir los cuarenta años, en un instante,  me habían encontrado destrozado bajo las ruedas del ferrocarril.

Y sin embargo, doctor, tuve que desmentirlo. Yo estaba  ocupándome del furgón mortuorio donde iba el abuelo. Esteban daba  sus primeros pasos sin sostenerse, Beatriz me pidió dinero para  el piso, Jerónimo temblaba entre las mantas. Tuve que desmentirlo  a la velocidad que íbamos, Carmelo rozando las copas de los  árboles, Amanda discutiendo con Leopoldo, Marcela con Ester y con  Nieves y yéndose al bar con Lázaro y Raimundo. Silvia salió  entonces para fumar, Salvador se empeñó en bajar su cortinilla,  Diego preguntó que a qué hora llegábamos, Benito había perdido su  billete, a Pilar le daba miedo la máquina. Fue acaso en ese  momento cuando de un fortísimo golpe, todo a la vez se detuvo.  Cándida en la cocina, Eulalia en la terraza, Simón junto a Oscar,  Nicolás con Román, Pascual conmigo: yo miré a mi madre y era mi  padre quien faltaba. Arrancamos con un tirón tremendo y un  resoplido y Venancio fue a vigilar las puertas entreabiertas por  si hubiera caído, entramos bajo un monte, surgimos a la noche:  ahora era la luz, doctor, la luz que nos guiaba y el salvaje  pitido. Sofía abrazó a Rosario, Magdalena a Mercedes, Remedios a  Pastora y una cadena de manos la hicimos de recuerdos, atando los  momentos de mi padre a su sonrisa y las veces que nos había  pegado de pequeños y cómo mi padre a Victor le compró un balón  para su cumpleaños y el balón cayó al agua. Fuimos todos lo  recuerdos atados, de vagón a vagón, buscándole: iba Hilario y  Demetrio y Paula y Domingo y Justo y Araceli y Pepa y Clara y  seguían Eloy y Fernando y Estrella y Caridad y Medardo y Berta  llevando consigo a mi madre y a mí, palpando el aire de los  compartimentos, cruzando a tientas de un vagón a otro, con  cuidado, como de una a otra edad. Brillaban las luces de la vida  en las puntas de pueblos, se nos oía correr como el mar por la  tierra, casi a oscuras, velozmente: pasaron estaciones , casas,  cristales, lluvias, éramos una culebra alargada y rabiosa  transmitiendo electricidad. Entonces vino otra vida iluminada,  encendidas sus ventanillas, estallando en calor sus chimeneas,  todos sentados en el vagón restaurante: Benjamín rozó aquel olor,  Fabio se lo pasó a Bernardo, Cirilo se lo dio a Zacarías,  Primitivo se lo entregó a su madre. Cenamos de pie, tal como  estábamos, sorbiendo el olor de la otra vida que cruzó  fugazmente. Nos disparamos al silencio total, embrujados por lo  desconocido. Había un viento inusitado, los oídos eran ruedas,  intentamos tumbarnos a lo largo de la noche, sollozamos, fuimos  escalofrío. Así Virginia soñó  con Giovanni, Silvestre con  Corinna, Jacinto con Maurice y Lisabetta con Max. Silbó de pronto  Iván en sueños y Evangelos se enamoró  de Ulrica y Kurt le pidió  a Myriam que se casara con Suleyman. El sueño de Nazim entró en  el sueño de Flavia, atravesó todo el soñar de Edward, de Kyra y  de Eva para salir por el sueño de Tomoko. Batían las puertas de  los sueños contra las ventanillas abiertas, Else cubrió a Mirsina  con trozos de periódicos, Rangela miró a la  luna y Ehudi encogió  sus pies. Era la tierra de la noche la que corría como un tren,  tuvimos que apartarnos a un lado para que pasaran las colinas:  cruzaron cordilleras arrastrados en vértigo, pitó fuerte un  volcán, saltó la espuma del océano desbordando las máquinas,  corría la tierra, doctor, corría la vida, Alvaro se quedó  paralítico, Marcial tuvo manchas en la cara, Soledad se separó de  Adrio y Blasa hizo astillas su  vagón mercancías. Consuelo pensó  que era el fin. Pero no, dijo mi madre, aún no era el fin, había  que detener aquellos montes. A Marino se le cayó la memoria,  Elías tuvo que sostener como pudo a Luciano que aguantaba el  terror. Estallaron del techo los recuerdos, se bamboleaba lo  aprendido, Balbina pisó la risa de Lucía, Viruca escupió a la  abuela, Tomasito se metió en la boca el cañón de un túnel y  reventó  la sangre sobre Andrés. Entonces se cruzaron a la vez  todas las chispas de las vías abiertas y se cegaron las  linternas. Ya no se nos veía vivir, y Piedad, Aurora, Delia y  Emiliana agarraron a Jacobo, Isidro, Borja y Raúl para seguir en  vilo, y entre Bartolo, Eloy, Manrique y Arsenio levantaron con  fuerza a mi madre tapándole la boca para que no gritara en el  momento en que alguien lanzó el tremendo chillido anunciándole  que a su hijo ‑es decir, a mí‑ me habían encontrado arrollado  bajo las ruedas del ferrocarril.

Pero ya sabe, doctor, que así no ha sido. Con tablas,  hierros y cristales terminé de pagar el colegio de Justo; a Rocío  le regalé el coche‑cama para su viaje de novios; vendí tuercas y  clavos para tapar facturas. Fui furgón, máquina, vigilé escapes,  eché carbón, revisé techos, me arrastré por raíles tosiéndome los  gases, ajusté, atornillé, limpié manillas. Fui hollín, humo en  polvo. Ahora no, ahora pasa, pasa la vida sobre mí. Traqueteo de  hombres. Planchan este cuerpo los vagones. Vía libre. Helada.  Huelo a flores silvestres. Aplastado en el campo, boca arriba,  nadie me retira de los trenes…

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‑¿Lo tapamos ya, doctor?

‑¿Qué?

‑¿Le cerramos los ojos?

‑¿A quién?

‑¿Se los cerramos?

‑No. No toquéis nada. Ya aquí no hay nada».

José Julio Perlado: «Ya aquí no hay nada» .- finalista del Premio Narraciones Breves «Antonio Machado».-Fundación de los Ferrocarriles Españoles.-1993.

(Imágenes.- 1.-Alberto Sughi.-artnet/2.-foto Thekda Ehling.-Randall Scott Gallery.-New York.-artnet)

GENTE AL SOL

«Un pequeño grupo de gente toma el sol en unas sillas colocadas en fila. ¿Pero están ahí con ese propósito? – se pregunta Mark Strand al hablar de Hopper – Si es así, ¿por qué están vestidas como si estuvieran en el trabajo o como si se encontraran en la sala de espera de un médico? ¿Es que están siempre esperando, no importa dónde se encuentren, y el mundo entero es su sala de espera? Quizá. ¿Y qué deberíamos pensar del joven que lee, sentado detrás de la fila de cuatro? Parece absorto en la cultura, más que en la naturaleza, y sin embargo está sentado afuera, con los otros, al lado del camino, bajo el sol. La luz es peculiar. Desciende sobre las figuras, pero no crea una atmósfera. De hecho, una de las peculiaridades de la luz de los cuadros de Hopper es que tiene poco que ver con la atmósfera, en comparación, por ejemplo, con la luz de los cuadros impresionistas. Uno no puede imaginar que esta gente esté realmente tomando el sol. Más bien parecen mirar a lo lejos, tan lejos como es posible, hacia un amplio prado que se extiende hasta una hilera de colinas. Y las colinas, en tanto se alzan en un ángulo muy parecido al que aquella gente asume reclinada en la silla, dan la impresión de devolver esa mirada. La naturaleza y la civilización casi parecen estar mirándose la una a la otra. Esta pintura es tan extraña que en ocasiones pienso que las figuras sentadas están mirando un  paisaje pintado, y no el paisaje real que evidentemente observan».

Ese sol de Hopper es de 1960. El sol que cae sobre los rostros de las peluqueras descansando con los ojos cerrados es de 1966. Es un sol de Robert Doisneau, fuente de luz que viene del mismo Hopper, fuente de calor y vida que se trasvasa de Hopper a Doisneau y de Doisneau a Hopper y cuyos rayos tocan con mágicas varitas la piel. Fortalece y seca. Ilumina y calienta. El centro del cielo baja a las terrazas de la pintura y de la fotografía y se pasea por los rostros que le reciben. Rayos solares que vivifican el cuerpo entrando por poros abiertos, diminutos pinchazos que los inmortales chinos recibían como prodigiosa esencia. Se levanta el sol cada mañana y se acuesta; se levantan cada mañana y se acuestan cada tarde las criaturas de Doisneau y de Hopper en una horizontal pasividad, dejando que ruede el corazón del mundo, dejando que ese amarillo corazón resbale. Las mejillas, los párpados, la frente reciben los reflejos de las flechas indoloras y luego vendrán las silenciosas despedidas, sillas que quedan vacías y el día que se recoge para anochecer.

(Imágenes: 1. Edward Hopper.-Grupo de gente al sol.-1960.-2000, Smithsonian American Art Museum, Washington. D.D. Art Resource/ Scala, Florencia.-ciudad de la pintura/ Robert Doisneau.-les coiffeuses au soleil.-1960.-flickr)

DEBAJO DE LA CRISIS

Debajo de la crisis, tapado con los cartones de la necesidad, del hambre, de restos de desavenencias conyugales, de ilusiones frustradas, de todo aquello que su madre le habló cuando era niño, en la cocina de su casa, al enseñarle la proyección del mundo, descubierto su hombro a la intemperie de políticos que pisan fracasadas convenciones, los ojos horizontales reclamando ilusión, la cabeza postrada sobre la destrozada creación, inmóvil, cansado, sobre todo cansado, sin siquiera pedir una limosna, así nos mira este hombre en la acera del mundo.

Pero de pronto este hombre se pone en pie. No es el mismo hombre pero sí es la misma crisis. La crisis empezó con la bebida, al cruzarse la navaja nocturna con la mejilla y arrugarse la frente arando preocupaciones, la nariz fue hinchada a puñetazos por las deudas, esculpió el viento oquedades en los ojos, se le hicieron grutas en las pupilas, pero las pupilas aún siguen firmes distinguiendo el escepticismo en la lejanía.

Y debajo de la crisis apareció también esta otra mirada sesgada, azul, alambre eléctrico en las canas, rictus de boca despreciando promesas, todo lo escuchó, todo lo sabe, se cubre con el manto las varices del alma, pústulas de despedidas sin curar, desplantes familiares, todo lo cubre con el botón del pudor de la vida, nada hay que enseñar, nada hay que decir, ni siquiera hay que hablar, sólo mirar, mirar lo que se vivió y ya pasó, ver cuanto está pasando, otear lo que puede venir con una punta de melancolía.

Algunas de estas crisis no se protegen del frío con cartones. Es un frío interior, una inclemencia sin nombre. Algo que continuamente nos llama por las calles.

(Imágenes:-fotografías de Pierre Gonnord, algunas en la exposición madrileña «Tierra de nadie» hasta el 28 de febrero en la sala de exposiciones de la Comunidad de Madrid :.-1-«El Manuel»/ 2.-Michel.-2005.-artnet/3.-Olympe,.2006.-galería Juana de Aizpuru)

EL TEATRO Y LA VIDA

«En este mundo, desde la infancia hasta la muerte, todo procede de una estricta obediencia a la dictadura de un invisible «director de escena» y en el transcurso metódico de nuestra vida, esta expresión tiene infinitamente más significado de lo que podemos imaginar» – decía el ruso Nicolás Evreinov, destacado autor y director de escena .

El escenario es la vida y la vida continuamente se presenta en sucesivos y movibles escenarios de  los que entramos y salimos para representar nuestro papel, como nos recordaría Calderón.  La pantalla ya está preparada para leer este blog, quedan situadas como siempre las butacas, las sillas, toda la decoración de este despacho, se adivina el pasillo entre bastidores, ese pasillo nos lleva al escenario del comedor, la puerta del comedor la abrirá el actor destinado para atravesar el vestíbulo y él bajará despacio las escaleras de este edificio hasta el escenario de la vida, escenario cruzado de calles y sonidos que nos lleva a distintos escenarios eslabonados, tiendas y oficinas en los que están ya también colocadas las sillas, las butacas y los cuadros, encendidas igualmente las pantallas, los actores designados interpretan perfectamente su papel, y nosotros, desde un patio de butacas invisible, seguimos el ritmo de sus quehaceres, a veces aplaudimos y a veces protestamos indignados.

«La vida de cada ciudad, de cada país, de cada nación, – recordaba Evreinov en «El teatro en la vida» (Leviatán) – está sometida a una puesta en escena. Cuando me paseo por las calles, o estoy sentado en el restaurante, o visito los bulevares o las tiendas de París, de Londres o de Nueva York, o de algún otro lugar del mundo, siempre analizo el gusto y las aptitudes de este director escénico colectivo, el público, quien modela la materia teatral que se le somete según sus planes y proyectos escénicos. Decreta el uso de tal o cual traje; prescribe el arreglo de objetos variados; determina el carácter general y el decorado de la escena donde los juegos cotidianos están representados. Veo peatones, barrenderos, agentes de policía, automovilistas, y observo la «máscara» colectiva de tal calle, de tal barrio, de tal ciudad. ¿El director de escena conoce su oficio? ¿Las escenas de conjunto están bien representadas? ¿Los intérpretes de tales escenas están bien adiestrados? ¿Qué decir del artista que pintó los decorados? Alabo o critico al director y pronuncio mi veredicto tras una prudente investigación técnica» (…) Y Evreinov concluía: «¿Realmente no hay ninguna esperanza de transfigurar nuestra vida por medio de una audaz puesta en escena? ¿Es posible que seamos hasta tal punto realistas, amaestrados y débiles, que aceptemos sin protestar este aburrido decorado? ¿Una reforma radical del teatro de la vida es en adelante irealizable?».

La vida es el teatro donde desfilamos cotidianamente.  El teatro es el intento de representar nuestras vidas. De pronto la sala enmudece, las luces se apagan, el telón cubre todo lo que dijimos. Salimos del teatro para interpretar la vida y autores y actores cumplimos hasta el fin esta escena única. 

(Imágenes:- 1.-Rhona Bitner.-2005.-artnet/ 2.-Before the Mirror.-1959 –Anatoli Kaplan -.-International Images Ltd-artnet/ 3.–Rhona Bitner 2004.-artnet)

LOS PEQUEÑOS OBJETOS

tijeras.-AA.-por Mao Xuhui.-2007.-ArtChina Gallery.-Hamburg.-Alemania.-artnet«Los pequeños detalles de la casa:

el hilo en el tapete abandonado,

la cerilla en el suelo,

la ceniza,

que pone en la baldosa su frágil contextura,

la uñita del pequeño recortada

al lado del zapato,

ponen gusto en los ojos que sin dar importancia

coleccionan imágenes de objetos que no sirven.

 

 

Se ama más a la madre por el hilo,

se acuerda uno del padre

por la cerilla y la ceniza,

y del niño por la uña y el zapato.

 

 

Los pequeños objetos que se barren,

que ya nadie recoge,

sumamente importantes, nos recuerdan´

los pequeños disgustos de la vida

y los pobres placeres tan pequeños».

Ángel Crespo:  «Quedan señales«, 1953)

(Imagen: Mao Xuhui, 2007.-ArtChina Gallery.-Hamburgo.-Alemania.-artnet)