GENTES (7) : EL HOMBRE ÁSPERO

 

 

“El áspero es de este modo — dice el filósofo griego Teofrasto—: preguntado dónde está alguno, dice : “Déjame, no me molestes ni me des quehacer.” Si alguno le saluda, no le corresponde. Si vende alguna cosa, no responde a los compradores a qué precio; antes pregunta él mismo al comprador: “¿Pues qué tiene de malo?” A las personas que le manifiestan estimación y le envían regalos en sus días festivos, dice “que ojalá no se los hubiesen enviados”. Es incapaz de perdonar al que involuntariamente le da un encontronazo, o le pisa, o le empuja. Cuando algún amigo le ruega que le ayude con algo de dinero para aliviarle en su miseria o en su quiebra, responde que no quiere darlo; después va  y le lleva ese dinero por sí mismo, y añade que ya cuenta con este dinero por perdido. El hombre áspero es el que tropezando en la calle, se irrita y maldice la piedra. Si espera a alguno, seguramente no le esperará mucho tiempo. Jamás tendrá con otros la condescendencia de cantar, ni de recitar, ni de bailar; y en fin, es tal, que ni cuida tampoco recurrir con sus oraciones a los dioses.”

(Imagen — Barnett Newman – Irwing Penn- national portrait gallerie)

GENTES (6) : EL DESCONFIADO

 


“El desconfiado es tal — dice el filósofo griego Teofrasto— que enviando a su criado a comprar el mantenimiento o despensa, destina a otros a averiguar en cuánto la ha comprado. Cuando lleva consigo algún dinero, cuenta a cada cien pasos cuánto es, o si está cabal. Estando ya acostado, pregunta a su mujer si cerró bien la llave al arca, o si el pestillo está bien pasado en la puerta de la sala. Y aunque la mujer le responda que sí, nada menos dejará de levantarse de la cama, desnudo y descalzo, y encendiendo un candil, lo recorre y lo registra todo, y con todo esto apenas puede conciliar el sueño. Va con testigos a pedir los réditos a los que le deben, para que no se los puedan negar. Si da a lavar su ropa, no será al que la lave más bien, sino al lavandero que tenga fiador. Si alguno llega a pedirle vasos prestados, es su mayor empeño no prestarlos. Manda al criado que le va siguiendo que no vaya detrás, sino delante, para procurar que no se le escape en el camino.”

 

 

(Imágenes—1- René Groebli—1946/ 2– fotógrafo desconocido)

GENTES (5) : EL ESTÚPIDO

 

 

“El “estúpido” es tal — dice el filósofo griego Teofrasto —, que haciendo sus cuentas y sacando la suma, pregunta después al que le acompaña qué resulta. Es el que por evitar la sentencia de los jueces, sabiendo que se acerca el día de ella, se hace el olvidadizo y se va al campo.  Es el que asistiendo a ver teatro, se duerme y se encuentra solo, al haberse ido todos los demás. El estúpido es el que cenando con exceso, y levantándose de noche  para ir al servicio (o ir al corral), le muerde el perro de su vecino. El que tomando y guardando alguna cosa, la busca después y no la puede encontrar. El que recibiendo el aviso de que ha muerto alguno de sus amigos, afligiéndose y llorando , dice : “Sea para bien “. Es el que llama testigos para recibir el dinero que le vienen a pagar. Castiga a su criado porque en medio de la fuerza del invierno no le ha comprado en la plaza melones. El que cociendo lentejas en su campo para los trabajadores, les echa sal dos veces, de suerte que no puedan comerlas. El estúpido y la “estupidez” no es otra cosa que “la pesadez del alma en las palabras y en las obras”.

(Imagen —Johannes Carlsohn)

GENTES (4) : EL IMPERTINENTE

 

 

“El impertinente  — dice el filósofo griego Teofrasto —procede así: va a comunicar sus negocios con personas que están muy ocupadas, y a tener un convite y rato de broma en casa de su amiga cuando ésta tiene calentura. Se presenta al que acaba de ser condenado a pagar la deuda de que quedó fiador y le pide que le  fíe. El impertinente se presenta a declarar como testigo cuando ya está dada la sentencia. El impertinente es el que, convidado a una boda, clama contra todas las mujeres. Es el que invita a pasearse a los que acaban de  llegar de un largo camino. Es tan molesto que presenta un comprador que dé más por la alhaja cuando ya está vendida. El que levantándose en medio de una reunión, explica desde el principio algún suceso que todos han oído y conocen bien. El que acercándose a los que han hecho sacrificios y  sin embargo están en el convite, les pide la ganancia del dinero que les tiene prestado. El que si se castiga a algún criado en su presencia, dice que un criado suyo a quien castigó del mismo modo se ahorcó. El que escogido por árbitro para resolver un pleito,  embrolla aún más a las dos partes que le eligieron. “

(Imagen —-Auguste Chabaud- 1908)

GENTES (3) : EL VANIDOSO

 

“El vanidoso es tal —dice el filósofo griego Teofrasto —que estando en los mostradores  del puerto del Pireo, cuenta a los forasteros las muchas riquezas que tiene por el mar. Discurre largamente del dinero que tiene dado en préstamos, en cuánta cantidad, y cuántos réditos ha percibido.  El vanidoso es el que, si yendo de camino se junta con otro, le cuenta que militó con Alejandro y cuántas copas de piedras preciosas trajo, y defenderá contra todos que los artífices del Asia son mucho mejores que los europeos.  Dirá que en la carestía y hambre de la ciudad él gastó mucho dinero, por haberlo repartido entre los ciudadanos más indigentes. Añade que todo esto lo invirtió en limosnas, y que no cuenta tantos empleos públicos como ha servido. El vanidoso se acerca a los que tienen caballos generosos, y aparenta que quiere comprarlos. Se llega también a los mostradores de los mercaderes y pide que le saquen un vestido de valor; pero castiga al esclavo o criado porque le viene acompañando sin traer el dinero. Habitando en casa alquilada , dice al que no lo sabe que es heredada de sus padres; pero que tiene que venderla, por ser muy pequeña para aposentar huéspedes.”

(Imagen —Peter Masek)

GENTES (2) : EL ADULADOR

 

 

“El “adulador” es tal, que paseándose con otro, le dice: “Repara cómo todos clavan en ti la vista; no sucede otro tanto a ninguno de cuantos hay en la ciudad sino a ti —(así lo recuerda el filósofo griego Teofrasto) —. Con mucha gloria se hizo ayer conversación de ti en el pórtico. Más de treinta hombres estábamos allí sentados, y viniendo a parar la conversación en averiguar quién era el ciudadano más perfecto, todos comenzaron por ti y todos convinieron en el mismo nombre.”  Otras cosas semejantes habla. Quitará un pelito del vestido  de aquel a quien adula, y si el viento ha hecho caer alguna paja  sobre el pelo, se la quitará con gran cuidado, añadiendo con cara placentera  y mucha risa: “¿Ves? , por no haberte venido a ver en dos días tienes las barbas mezcladas de canas. Mas esto es chanza, que tú, como el que más, tienes para tu edad bien negro los cabellos.”

 

 

Cuando el adulado habla alguna cosa, manda que callen los demás; le elogia cuando le oye, y haciendo mil demostraciones, exclama cuando el adulado acaba de hablar : “¡Bravo! Excelentemente ha dicho”. Si va a visitar a algún amigo, se adelanta el adulador y avisa: “Su merced viene a visitarte” y retrocediendo, dice a éste” Ya he dado recado”. También se esmera en servir todos los trabajos de las mujeres, mostrando que se afana. Entre todos los convidados, es el primero que alaba el vino, y siempre al lado de su merced, le dice: “¡ Con qué delicadeza comes!” Y tomando alguna cosa de la mesa: “¡Qué cosa tan exquisita!” Le pregunta si tiene frío, si quiere que le añadan más ropa y, sin aguardar más, le abriga. Al decirle estas cosas, se le arrima al oído, hablándole entre dientes. Si conversa con los demás, es sin apartar los ojos del adulado. Cuando van al teatro, quita al criado los almohadones y él mismo se los coloca. Le pondera el gusto y excelencia con que su casa está fabricada y su campo bien plantado, y si le retratan, afirma que la pintura le es perfectamente parecida. En conclusión: es de ver cómo el adulador lo dice y hace todo según cree que complacerá a otros.”

 

 

(Imágenes—Valeriy Beleniken /2- Joseph Ducreux -1793/ 3-Giacometti-1948)

GENTES (1) : EL LOCUAZ

 

 

 

“El “locuaz” o “hablador” es de este modo. – explica el filósofo griego Teofrasto – .: sentándose junto a otro a quien no conoce, y muy arrimado a él, lo primero que hace es un largo elogio de su propia mujer, después le expone el sueño que ha tenido esa noche. Sucesivamente le encaja, uno por uno, los platos que le sirvieron en la cena, y cebado ya en la conversación , añadirá que los hombres de estos tiempos son mucho peores que los antiguos; el precio que tiene el trigo en el mercado, y cómo la ciudad se va llenando de extranjeros. Cuenta que el mar está navegable, que si Dios enviase lluvia irían muy bien los campos y cosechas; que para el año siguiente ha de labrar por sí mismo sus tierras; que cuesta mucho mantenerse. Le relatará también cuántas son las columnas del teatro de la música.

El que está sentado junto a hombres semejantes debe desprenderse y escapar, si quiere no contraer fiebre, porque es mucho sufrir a personas que no distinguen ni el tiempo de vagar ni el ocupado.”

(Imagen —1- Bruce Gilden –1975)

MÚSICA Y MELANCOLÍA

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 La Filmoteca Española ha programado un ciclo sobre la melancolía en el cine y ello me lleva a cuanto hace poco escribí sobre esa aflicción en una Revista : “La melancolía – recordaba – no es hermana exclusiva de los tristes y la “acedia” – la llamada “tristeza o melancolía del mundo”, (expresión también de una vacilación o  rechazo a devenir lo que la persona realmente es, por su propia naturaleza) -, aquello que Kierkegaard llamaba “la desesperación de la debilidad”, tiene unas hijas propias que el filósofo alemán Josef Pieper ha analizado muy agudamente. “Ningún hombre puede mantenerse en la tristeza”, se lee en la Biblia,  y una de las hijas de esa “acedia” o tristeza  es la vagabunda inquietud de espíritu, que a su vez se revela  (y esto, en principio, nos parecería sorprendente) en la abundancia de palabras en la conversación, es decir, en la verbosidad o charlatanería incesante,  en la ininterrumpida  búsqueda  de novedades – por tanto, en la curiosidad permanente -, como también  en la dispersión, en la ausencia de sosiego y de reposo, en realidad en el no parar  y en  la inestabilidad de lugar y de decisión.

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 Estudiada la melancolía por grandes autores  – son célebres los volúmenes  “Saturno y la melancolía” de Klibansky y Panofsky (Alianza) y el exhaustivo tratado de Robert Burton, “Anatomía de la melancolía  (Austral) -, se han analizado las múltiples causas que la provocan, se han enumerado sus  síntomas, se han aportado posibles remedios y curaciones, se ha contemplado la relación que ella puede  tener con el amor, los celos, la belleza del rostro o de los ojos, se ha considerado – y así lo hace Burton -cómo nos puede afectar la melancolía amorosa al traspasar las fronteras de los sentidos, de qué forma los encuentros, las conversaciones, los cantos, los engaños, las promesas, las quejas y las lágrimas trenzan muchas de esas melancolías que existen en el mundo, y cómo el miedo, la pena, la desconfianza, ciertas conductas extrañas, juramentos, juicios, ultrajes y gestos influyen en ella,  cercando  a la melancolía con  las pasiones y turbaciones de la mente – con  la envidia, la malicia, las preocupaciones, miserias, vanaglorias y tristezas de la existencia -, mezclándola con pavores, burlas, calumnias, necesidades y ausencias. El universo de la melancolía es amplísimo y por citar un aspecto entre mil  he ahí a la música como uno de los  remedios  – según Burton  – para apartar esa melancolía. “La música –señala él  – es la mayor medicina de la mente,  un poderoso golpe para elevar y reavivar un alma lánguida, “afectando no sólo a los oídos, sino a las propias arterias, los espíritus vitales y animales, eleva la mente y la agudiza” como así  dice  Lemnio. Juan de Salisbury, por su parte, indica que la música tiene su efecto sobre las almas más embotadas, severas y dolientes, “expulsa la pena con alegría, y si hay algunas nubes, polvo o escoria de las preocupaciones todavía latentes en nuestros  pensamientos, los barre poderosamente”.

 

 Muchos hombres – apunta también  Robert Burton – se ponen melancólicos al escuchar música, pero les causa una agradable melancolía, y por lo tanto, para quienes están descontentos, con pesar, miedo, dolor o están abatidos, es el mayor remedio presente. Plutarco a su vez  decía que la música vuelve a algunos hombres tan locos como tigres y  Homero, que la música hace a algunos despertar y a otros dormir, mientras Teofrasto profetizaba que las enfermedades tanto se pueden adquirir  como mitigar con la música”.

(Imágenes.-1- William Herschel por Julia Margaret Cameron.-Imagery Our World./ 2.-foto: Desiree Dolron.-Michael Hopper Contemporay)