RUSIA ES UN VIEJO CINE

Rusia es un viejo cine.

Sean cuales sean tus recuerdos

da igual, de fondo habrá siempre

unos veteranos jugando al dominó

Una vez yo haya bebido y muerto

se mecerán las lilas al viento

y se desvanecerá, para siempre,

el niño en shorts corriendo por el patio.

Y el veterano de cejas bkancss

se guardará sus golosinas en el bolsillo:

¿dónde se ha metido? — pensará—-y yo me habré ido al

primer plano.”

Boris Ryzhi

(Imagen- Bori Kustodiev 1921- varvara WordPress)

“MI OVNI DE LA PERESTROIKA”

 

He vivido el nacimiento de la llama de este libro y la viveza de su intuición. Después — durante cuatro años — esa llama vertical que es el inicio de toda obra literaria se colocó lógicamente horizontal para extenderse sobre la mesa de trabajo, y tuvo que rodearse de viajes, escritura, indagaciones, evocaciones, remembranzas y esfuerzos. Durante esa etapa a esa llama no la vi. Los libros no se cuentan mientras está uno escribiendo, y mucho menos antes, cuando aún no han surgido. De vez en cuando su autor levantaba un poco el velo de su labor y en la distancia me confesaba  sus naturales zozobras, averiguaciones y ánimos. Al final, este amigo mío al que di clase hace años, ha llegado brillantemente al término de su viaje a la semilla. Daniel Utrilla, con “Mi ovni de la perestroika”(Libros del K.O), ha cubierto personalmente numerosos recorridos humanos e intelectuales: su amor a Rusia desde hace tantos años, la descomposición y transformación de la etapa política y social de un gran país, su recapitulación evocadora del antiguo periodismo que hoy ya casi no existe —un periodismo de rostro humano directo, sin pantallas, sembrado de conversaciones, emociones y descubrimientos: el periodismo de la morosidad y de los detalles —; a la vez, y siguiendo el hilo de sus averiguaciones en busca de los testigos de un ovni en la alejada ciudad rusa de Vorónezh, el cumplimiento también de su tenacidad y de su fe como escritor empeñado en descubrir la verdad;  y a todo eso hay que añadir las lecturas  copiosas y los autores que le han ido acompañando durante años, como él se hace ahora acompañar por sus lectores a través de una especie de Diario investigador y viajero que recorre el presente y los recuerdos.

 

 

Es un libro abierto a muchos senderos. Se camina por la investigación periodística, pero también  por el humor como piedrecillas sembradas en la prosa, también por el fluir de las experiencias y por lecciones de vida. Daniel Utrilla ha vaciado los armarios de su memoria  y, queriendo o sin querer, al introducir su mano en el tiempo,  ha encontrado la niñez. El eco de un ovni en un telediario de 1989 se une en el cielo del libro con  este ovni de Vorónezh. Dibujos, mapas, fotografías, escoltan sus recuerdos contados con algo muy valioso en un libro: la amenidad y el interés. El lector lo valorará y lo agradecerá.

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Alexander Rodchenko- 1926/ 2- Konstantin Smilga-2002/3- Kandinsky- Moscú- 1912)

SAN PETERSBURGO Y EL POETA

“Nací y crecí en la otra orilla del Báltico – decía Brodsky en su Discurso de aceptación del Premio Nobel -, o, por así decirlo, en su página opuesta, gris y movida por el viento. A veces, en un día claro, especialmente en otoño, desde alguna playa en Kellomäki, un amigo señalaba el norte, al otro lado de esa gran hoja de agua y me decía: ¿Ves aquella franja azul de tierra? Es Suecia“.

Son los poetas los que rodean a las ciudades. Las rodean con sus versos, las cantan con sus poemas. En el caso de Brodsky – al que más de una vez he aludido en Mi Siglo -, es San Petersburgo con sus imágenes sucesivas las que nos va llevando de Pushkin a Gogol, de Bieli a Dostoievski. Sobre el río Neva descansan imágenes fluidas, teatros, bailarinas, atardeceres, batallas.

Pasan al costado del río los Palacios,

Desciende la nieve,

Llamean los incendios,

Danzan las bailarinas,

Un cuarteto nos eleva a la música,

Estallan asesinatos,

Se preparan alineados los jinetes,

Se extienden los asedios,

Y un fotógrafo mientras tanto lo capta todo. Al menos intenta captar todo San Petersburgo. Bajo su paraguas  -contra el sol y  la lluvia – este fotógrafo en la esquina de la calle recoge las imágenes:

Resuena mientras tanto la sabiduría de Brodsky, las advertencias que nos da el poeta:

“Tengo la cereteza – dice – de que, para alguien familiarizado con la obra de Dickens, matar en nombre de una idea resulta un poco más problemático que para quien no ha leído nunca a Dickens. Y hablo precisamente de leer a Dickens, Sterne, Stendhal, Dostoievski, Flaubert, Balzac, Melville, Proust o Musil; es decir, hablo de literatrura, no de alfabetismo o educación. Una persona cultivada, tras leer algún tratado o folleto político, puede ser sin duda capaz de matar a un semejante y sentir incluso un rapto de convicción. Lenin era un persona culta, Stalin era una persona culta, Hitler también lo era; y Mao Zedong incluso escribía poesía. Sin embargo, el rasgo que todos estos hombres tenían en común consistía en que su lista de sentenciados a muerte era más larga que su lista de lecturas”.

(Imágenes:-1.-el río Neva.-por Dubovskoy.-1898.-encspb. ru/ 2.- vista del Neva.-1810.-encspb.ru/ 3.-palacio Anichkov.-por Sadovnikov.-1862.-encspb.ru/4.- San Petersbugo.-acuarela por Bragants 1860-1862.-encspb.ru/5.- fuego en San Petersburgo en mayo 186.-encspb.ru/6.-Anna Paulova en el ballet “La Sílfide”.-por serov.-encspb.tu/7.- cuarteto Vielporsky- por Rohrbach.- década 1840.-encspb.ru/ 8.- asesinato de Alejandro ll en marzo 1881.-por Rudneva.-encspb.ru/ 9.- jinetes en el puente Pevchesky.- 9 de enero 1905.-encspb.ru/10.-asedio de Leningrado.-encspb.ru/ 11.-fotógrafo KK Bulla.- 1853-1929.- estatua en la calle Malaya Sadovaya.-encspb.ru)

PROFESOR Y ALUMNO CON RUSIA AL FONDO

Es la misma literatura rusa– recordaba Angelo Maria Ripellino, al que alguna vez cité en Mi Siglocon sus cumbres tempestuossas, con su continuo apostar sobre las últimas cosas del hombre, con su propensión a mudar el amor en fuego y tormenta, sus despiadadas artiméticas, su repudio de las pequeñas arcadias y su afecto por toda criatura maltratada y temerosa, la que impide que se pierda, al estudiarla, en fríos análisis y ejercicios de bravura sin alma“.

Ahora Rusia vuelve a mí en las palabras de un corresponsal en Moscú, alumno mío hace años y hoy brillante periodista. Es muy satisfactorio oirle hablar de Tolstói con amoroso conocimiento y en abanico de anécdotas y valoraciones amplias. Vive Daniel Utrilla desde hace once años en Rusia y muy probablemente allí se quedará. Rusia le ha atrapado. “El hombre tiene sed de belleza – recordaba Dostoievski y tal vez sea en esto donde se encuentra el más grande misterio de la creación artística, en que la imagen de su belleza que brota de sus manos se convierte inmediatamente en un ídolo incondicionalmente”.

Tolstói o Dostoievski, comparaba Steiner.

Tolstói y Dostoievski puede completarse.

Para un profesor, escuchar en el tiempo las capacidades desplegadas de un antiguo alumno amigo aporta siempre una satisfacción honda.

(Imagen: programa “Las Noches Blancas” del 8 del 11 de 2010.- entrevista a Daniel Utrilla (segunda parte)

DIARIO DE UN ESCRITOR

Se ha dicho del “Diario de un escritor” – editado recientemente porPáginas de  espuma” – que estos artículos y apuntes podrían pertenecer hoy muy bien a un determinado blog, el blog de Dostoievsi. Descienden a los subsuelos o sótanos de los temas y a la vez se remontan a la superficie de la actualidad. El gran novelista ruso devoraba los periódicos, estaba al corriente de todo.”Tengo nostalgia de todo lo cotidiano –decía -, deseo la actualidad“- En la extraordinaria y minuciosa biografía que le dedicó Joseph Frank al autor de “Crimen y castigo“, en el tomo que aborda “Los años milagrosos 1865 -1871” (Fondo de Cultura), se cuenta cómo Dostoievski, en Florencia, tras la terminación de “El idiota“, se refugiaba en la biblioteca Vieusseux para leer a diario los periódicos rusos y seguir al detalle los acontecimientos y choques de opiniones que tenían lugar en su país. Rusia y el mundo le interesaron siempre. “Escribo sobre lo visto, oído y leído”, dice el novelista en marzo de 1876, “menos mal que no me he atado con la promesa de escribir sobre todo lo visto, oído y leído“. Ante lo que ha sucedido después en Rusia – han señalado luego los especialistas -, y precisamente por la extrema atención que el escritor dedicó a su época, es normal admitir que él logró predecir los excesos y sufrimientos hacia los cuales se dirigía su país.

Precisamente en marzo de 1876 recoge en el “Diario de un escritor” un relato que, entre tantos otros, conmueve. Lleva por título La centenaria” y es la historia de Maria Maksímovna, una mujer de ciento cuatro años que atraviesa muy cansada la ciudad llevando una monedita de cinco kopeks en la mano para entregársela a sus bisnietos y que se queda al fin muerta, con la mano en el hombro de  su bisnieto mayor Misha, un niño de seis años, en el momento de darle la moneda.

Misha – escribe Dostievski -, por más años que viva, nunca olvidará a la viejecita, cómo ha muerto, con la mano en su hombro, y cuando muera él, no quedará persona alguna en todo el mundo que se acuerde, que sepa que había existido mucho tiempo atrás esa viejecita que vivió ciento cuatro años, no se sabe para qué ni cómo. Por otra parte, para qué recordarla: no tiene importancia, de todos modos. De esta misma manera se van al otro mundo millones de personas: viven pasando desapercibidos y mueren desapercibidamente. Tal vez, solamente el  momento mismo de la muerte de estos hombres y mujeres centenarios tiene algo de enternecedor y apaciguante, algo, incluso, importante y conciliador: los cien años hasta ahora afectan al hombre de una manera rara. ¡Que Dios bendiga la vida y la muerte de gente sencilla y buena!“.

“No era una historia – dirá el novelista – sino una impresión del encuentro con una mujer centenaria  (efectivamente, ¿se encuentra uno a menudo con una mujer centenaria, y además tan llena de vida espiritual?)”.

Siempre, siempre Dostoievski en el subsuelo de la memoria del alma y también en la superficie de la actualidad.

(Imágenes:-1.-“La procesión”, de Illarion Mikhaïlovitch Prianichnikov, 1893, museo ruso de San Petersburgo/ 2.-“La hora del té”, de Alexei Voloskov, 1851, museo ruso de San Petersburgo/3.-Semyon Faibisovich.-2oo8.-Regina Gallery.-Moscú.-artnet)

RUSIA, PASTERNAK, KUSTODIEV

“Sobre toda la tierra la tormenta

hasta el confín postrero.

Una vela quemábase en la mesa,

se quemaba una vela.

 

 

Como en verano, enjambres de mosquitos

sobre la llama vuelan,

tal los copos de nieve en el cuadrado

cristal de la ventana.

 

 

La tormenta imprimía sobre el vidrio

círculos y saetas.

Una vela quemábase en la mesa.

se quemaba una vela.

 

 

Sobre el techo, que estaba iluminado,

se acostaban las sombras.

Cruzados brazos y cruzadas piernas

y cruzados destinos.

Caía dando un golpe sobre el suelo

un par de zapatillas

y lágrimas de cera de la vela

caían sobre el traje.

 

 

Y todo se perdía en una niebla

de nieve cana y blanca.

Una vela quemábase en la mesa,

se quemaba una vela.

 

 

Desde un rincón, sobre la vela, un soplo,

y al momento una fiebre

de tentación alzaba en cruz las alas

como si fuera un ángel.

La tormenta duró todo febrero

y, continuadamente,

una vela quemábase en la mesa,

se quemaba una vela”

Boris Pasternak: “Noche de invierno” (Poesías de Yuri Jivago) “El Doctor Jivago

(Imágenes:- 1-“Máslenitsa”.-1919.-Boris Kustódiev.-01 varvara. wordpress/ 2.-“Epiphany” 1921.-Boris Kustódiev.-varvara. wordpress.com/ 3.-“Serenata de carnaval”.-1916.-Boris Kustódiev)

LA PROCESIÓN

Cerrando estas jornadas de la Rusia literaria incluyo aquí esta imagen que ayer me envía desde Moscú mi buen amigo el periodista Daniel Utrilla, corresponsal de “El Mundo” , y del que ya cité antesdeayer en Mi Siglo un estupendo texto.  Pertenece al cuadro “La procesión”, de Repin.  Yo añado hoy,  como pie y homenaje a la Rusia eterna,  este poema de Pasternak:

Yo deseo llegar

hasta la verdadera esencia de todo:

con trabajo, buscando mi camino,

entre las confusiones del corazón.

Derecho hacia el alma de los días pasados,

hacia lo que los hicieron,

hacia los comienzos, las raíces,

hacia el fondo de las cosas.

Siempre aferrando el hilo

de vidas y sucesos;

viviendo, pensando, sintiendo, amando,

logrando descubrir…

(Imagen: “La procesión de Pascua en la región de Kursk”, de Repin -foto D. Utrilla)

EL ALMA RUSA


A veces veo el gran mapa de Rusia, me adentro con la mirada en sus extensiones de historia y recuerdo de nuevo su alma, aquella que cuentan los grandes testigos – no sólo los novelistas, no sólo los directores cinematográficos -, como así ocurre con la descripción que relata Vera Kharuzina, la primera mujer que se convirtió en profesora de etnografía en Rusia, aquella que describió al detalle cómo un icono era recibido un lunes de Pascua en la casa de un rico comerciante de Moscú durante la década de 1870:

“Había tantas personas que querían recibir en casa el icono de la Virgen Celestial y del Mártircuenta Kharuzina – que siempre se hacía una lista y se establecía un orden para organizar el recorrido de la procesión por la ciudad. Mi padre siempre iba a trabajar temprano, así que preferí recibir el icono y las reliquias a la mañana temprano o tarde en la noche. El icono y las reliquias llegaban por separado y casi nunca coincidían. Pero sus visitas nos dejaban una impresión profunda. Los adultos de la casa no se iban a dormir en toda la noche. Mi madre se acostaba un rato en el sofá. Mi padre y mi tía no comían desde la noche anterior para poder beber el agua bendita con el estómago vacío. A nosotros, los niños, nos mandaban temprano a la cama, y nos levantábamos mucho antes de la llegada. Se apartaban las plantas que estaban en una esquina de la sala principal y en su lugar se colocaba un diván de madera, donde podía ubicarse el icono. Luego se ponía una mesa frente al diván con un mantel blanco como la nieve. Se le añadía un cuenco de agua para que la bendijeran, una bandeja con un vaso vacío, para que el sacerdote vertiera en él el agua bendita, velas e incienso. Toda la casa quedaba cargada de expectativa. Mi padre y mi tía iban de una ventana a la otra, esperando la llegada del carruaje, que era muy sólido y aparatoso. La ama de llaves esperaba en el vestíbulo, rodeada de sirvientes, que estaban preparados para cumplir sus órdenes. El portero vigilaba por si llegaban los invitados y sabíamos que correría a la puerta apenas viera el carruaje en la entrada y daría un golpe fuerte para advertirnos de su llegada. Luego oíamos el estruendo de seis fuertes caballos que se acercaban al portal. Un joven, en el papel de postillón, se sentaba en la parte delantera y un hombre corpulento en la parte trasera.

A pesar de las fuertes heladas propias de esa época del año, ambos viajaban con la cabeza descubierta. Un grupo de personas dirigidas por nuestra ama de llaves cogía el pesado icono y subían con él los escalones de la entrada con mucha dificultad. Toda la familia recibía el icono en el umbral, postrándose ante él. Una corriente de aire helado entraba por las puertas abiertas y nos resultaba vigorizante. Comenzaban las oraciones, y los sirvientes, a veces acompañados de sus parientes, se apiñaban frente a la puerta. Mi tía cogía de las manos del sacerdote el vaso de agua bendita que estaba junto a la bandeja. Daba un sorbo del vaso a todos, que también mojaban los dedos en el agua y se tocaban la frente con ellos. El ama de llaves seguía al sacerdote por toda la sala, con el aspersorio y el cuenco de agua bendita. Mientras tanto, todos se acercaban a tocar el icono; primero nuestro padre y nuestra madre, luego nuestra tía, y a continuación nosotros, los niños. Después de nosotros venían los sirvientes y quienes los acompañaban. Cogíamos algodón sagrado de unas bolsas adosadas al icono y nos limpiábamos los ojos con él. Después de las oraciones, se llevaba al icono a las otras salas y al patio. Algunos se arrodillaban cuando lo veían. Los que cargaban el icono pasaban por encima de ellos. Lo llevaban directo hacia la calle donde había personas que esperaban para tocarlo. Aquel momento de una breve plegaria común nos unía con esas personas, a las que no conocíamos y a las que probablemente jamás volveríamos a ver. Todos se ponían de pie y hacían la señal de la cruz y una reverencia cuando volvían a guardar el icono en el carruaje. Nos quedábamos en la puerta con abrigos de piel sobre los hombros; luego regresábamos corriendo a casa para no resfriarnos. Había quedado un ánimo festivo en la casa. En la sala todos estaban listos para el té, y la tía se sentaba junto al samovar con una expresión de alegría”. (Orlando Figes: “El baile de Natacha”. Una historia cultural rusa.-Edhasa, 2006.)
(Fotos: Icono de la Madre de Dios de Kazan; icono de la Madre de Dios, de Vladimir.-chile.mid.ru).

VERSOS Y NIEVE EN ZHIVAGO

El cincuenta aniversario de la publicación en Italia del Doctor Zhivago de Pasternak me llevan hasta esta jarra de porcelana mantenida en el aire por el escritor que ha reunido en la pequeña aldea de Peredelkino a sus gentes amigas. Viste Pasternak una amplia chaqueta de amistad y trabajo, una larga y blanca chaqueta o blusón de escultor-escritor, de cincelador diario, con desvaídas solapas y grandes bolsos para guardar papel y cortos lápices. El pelo casi blanquecino cae sobre sus ojos y afirma la línea del mentón. Ese mentón -gloria de una familia de artistas -, ya desde la niñez totalmente distinto a cuantas mandíbulas comenzaban a dibujarse.
Este es el poeta que ha escrito la epopeya de Zhivago. Escribe en el despacho de los silencios graves. Fuera, en el jardín, el escritor pasea. Grandes temporadas se enfunda en un gabán oscuro, de fieltro, y cubre su cabeza con una amplia gorra de visera. Pasea hasta la valla de madera que separa su Datcha de todo Peredelkino. Cuando llegan las nieves (como en la película que todos hemos visto), la casa es un minúsculo refugio blanco entre los árboles. Allí escribe: “Pasarán estos años. Años ricos en sucesos. Yo no estaré más sobre la tierra. Nadie podrá volver sobre el pasado, sobre el tiempo de nuestros padres, de nuestros antepasados. No será ni necesario ni deseable. Después de un largo eclipse, brillará, por fin, una nueva claridad, todo lo que es noble, todo lo que es fecundo, todo lo que es grande. ¡ Oh, qué prodigiosas creaciones enriquecerán este periodo! Vuestra estancia será la más fecunda que se puede concebir“. Luego termina rogando antes de apagar su luz : “Entonces, acordaros de mí”.
Pasa un trineo. Se desliza veloz sobre la nieve. En los cristales el hielo se ha endurecido y la cabaña es sólo poesía. Los versos de Zhivago vienen y van en los ojos de Lara.