“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (24) : EL CEMENTERIO DE LOS ELEFANTES

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (24) : El cementerio de los elefantes

 

 

 

 

– Como complemento a todo esto, he leído que en alguna entrevista de hace años usted hacía una alusión a lo que llamaba “el cementerio de los elefantes”. Me gustaría que me hablara algo de eso…

 

-Bueno, sí, es una expresión mía que frecuentemente he empleado, es una convicción, más bien una lección – al menos para aplicar a la literatura, pero yo creo que podía abarcarlo casi todo. Recuerdo, por ejemplo, una vivencia muy concreta en Madrid, un sábado por la mañana. Era una de esas mañanas de sábado en que yo comencé a bajar la cuesta cercana a la estación de Atocha, una cuesta que descendía desde la calle de Alfonso Xll hasta el paseo del Prado, en pleno barrio de los Jerónimos, una pendiente llamada popularmente Cuesta de Moyano, instalada junto a la verja del Jardín Botánico, y allí me fui deteniendo en aquellas casetas o cajones hechos con madera de pino, cada uno de ellos de quince metros cuadrados, ya dotados por fin con agua, electricidad y teléfono, y donde reposaban, aún vivos, algunos muertos eminentes y otros desconocidos de la literatura de todos los siglos. Estaban allí sus cuerpos extendidos, algunos sobre repisas inclinadas mirando desde sus lápidas al transeunte y otros colocados desde hacía mucho tiempo en estanterías antiguas como nichos mostrando sus lomos y el nombre de sus autores. Allí aparecían muchos títulos editados por la casa Caro Raggio, donde habían publicado, entre otros, Pío Baroja o Eugenio D’ Ors, páginas casi amarillas, ediciones de 1923; estaban allí también los pequeños libros de la editorial Renacimiento, con las “Escenas de la vida moderna” de “Andrenio”, a dos antiguas pesetas según se leía en la contraportada, impreso en 1913; estaban allí los volúmenes de los editores e impresores V.H. Sanz Calleja , en donde aparecía “La novia de Cervantes” de Azorín al lado de “Humillados y ofendidos” de Dostoievski; podían encontrarse igualmente volúmenes de la editorial “Mundo Latino”, de 1922, con las “Crónicas” de Gómez Carrillo; estaban allí varios volúmenes de la Casa Editorial Hernando, iniciada en 1828, herederos de Pérez Galdós, con “Fortunata y Jacinta”. Aparecía allí “Azul” de Rubén Darío, de 1943, en Afrodisio Aguado o el “Dante” de Louis Gillet, de 1947, en el editor José Janés; estaba allí en tamaño minúsculo la biografía de Gerardo de Nerval por Ramón Gómez de la Serna editada por La Gacela; se encontraba también la editorial Sempere, de Valencia, con “El circo” de Gómez de la Serna con ilustraciones del propio autor; estaban por supuesto las obras de Eca de Queiroz en la editorial Biblioteca Nueva, según marcaba el libro, por cuatro pesetas. Y al entreabrir y hojear aquellos libros se advertían columnas, márgenes, títulos de capítulos, cursivas y redondas, comillas y citas, muchas veces dibujos, miniaturas, pero sobre todo palabras, palabras, palabras, todos aquellos autores que habían estado inclinados durante largos años en intensas mañanas y tardes sobre la aparición de las palabras, la unión de las palabras, cómo contar amores y traiciones sirviéndose de palabras, infidelidades, duelos, lances de capa y espada con palabras embozadas, rencores, ilusiones y venganzas, y mientras que yo iba observando todo aquello, aquellas palabras aisladas , y algunos párrafos incluso los leía por encima aunque de modo muy pasajero y superficial y únicamente por descifrar algún diálogo o escena, el grueso librero al que yo aún no había visto porque estaba casi sumido en la penumbra y que había estado sentado hasta entonces en una retirada banqueta detrás de un mostrador, se levantó y se fue acercando lentamente hacia mí como desconfiado y receloso, observándome en silencio con su rostro enrojecido y apacible, escrutándome de modo aparentemente distraído, intentando adivinar sin duda qué tipo de comprador podría ser yo, si un mero paseante ocasional o un aficionado a la rareza, a la belleza, quizá al coleccionismo, y si aquello de trastear yo las pilas de libros lo estaba haciendo por pasión o por pasatiempo, por vocación o por afán de posesión, y así el librero, de eso estoy seguro, intentaba calibrarlo todo al observarme, enfundado su abultado estómago en un oscuro blusón de grandes bolsillos y con el cigarro medio apagado en la boca, moviendo lentamente sus manos mientras vigilaba las palabras de las sobrecubiertas en venta, aquellas sepulturas ofrecidas a los ojos del transeúnte, cambiando de vez en cuando de postura a algunos de aquellos cuerpos para que no los pudriese el tiempo, y colocando bien y de modo derecho, por ejemplo, la portada de un Valle Inclán o la de un Quevedo antiguo. En una pequeña vitrina apoyada en un extremo del mostrador y que permanecía con las puertas abiertas podían verse perfectamente y muy ordenadas diversas revistas antiguas, “La Esfera”, “La Ilustración Española y Americana”, Nuevo Mundo”, “Revista de Arte”, “Blanco y Negro” y otras muchas y allí estuve entreteniéndome con los ejemplares y admirando los dibujos de Emilio Freixas o de Rafael de Penagos, ilustraciones vaporosas para posibles historias de hadas en el primero y figuras femeninas azules y rojas, cubiertas de elegantes sombreros y estilizados perfiles, en el segundo. Recuerdo que me detuve sobre todo en uno de los grandes grabados de Tomás Carlos Capuz para “La Ilustración Española”, uno que llevaba por título “Aguardando la procesión”, donde doce figuras entrelazadas en un balcón mostraban muecas y posturas entre abanicos, mantillas, tapices, dimes y diretes, confidencias y requiebros. Aquel grabado se había publicado en septiembre de 1899 en la Revista y conservaba todo el movimiento de la espera inquieta ante una ceremonia en la calle, los cuchicheos de las majas y el bullir de los trajes, el tipismo de una ciudad posiblemente de provincias. Pero al dejar a un lado el grabado de Capuz y colocarlo en su sitio, de improviso y de modo sorprendente me encontré que asomaba entre una revista y otra y entre una y otra colección una carpeta conteniendo unas grandes hojas sueltas que parecían como desprendidas de algún libro y que enseguida me llamaron la atención. Se trataba de una serie de reproducciones de Honoré Daumier, el gran caricaturista francés y también pintor, el hombre que había creado cuatro mil litografías para la prensa y que al final se había quedado ciego. Pero lo que me asombró de repente era verme retratado precisamente allí de algún modo, en una de aquellas primeras pinturas, como si yo me mirara en un raro espejo, porque la postura y la atención con la que el personaje de Daumier se presentaba en ella era la misma que yo estaba adoptando en ese instante. En la imagen de Daumier aparecía un hombre examinando una carpeta de grabados, que era lo mismo que estaba haciendo yo, y como él también yo sostenía ahora con mi mano izquierda el borde de aquella carpeta e iba pasando con mi mano derecha la sucesión de láminas. Por lo que distinguí en la parte inferior de aquella hoja, su fecha – 1860 – hacía que nos separara a ese hombre y a mí bastante más de siglo y medio, y me fijé igualmente lo que alguien había dejado escrito en una de las esquinas: que aquel trabajo se conservaba en el Petit Palais de París y que Daumier probablemente había ambientado su escena en una sala de exposiciones del Hotel Drouot. Me acordaba perfectamente de aquel Hotel Drouot, no muy lejos de la que había sido mi primera vivienda en París, y casi inmediatamente, al ir revolviendo con gran cuidado más litografías y caricaturas, recordé cuántas veces también yo había revuelto libros y carpetas en las orillas del Sena cuando vivía en París, en el encanto de los célebres “buquinistas” al lado del río y cómo las aguas tan cercanas se iban llevando mansamente obras, títulos y autores en un fluir casi interminable, el fluir del tiempo. Sucedía aquello en muchas ciudades del mundo y era lo que yo frecuentemente llamaba, como usted me ha recordado antes, “el cementerio de los elefantes”, es decir, el lugar donde vivían los gigantescos paquidermos literarios, poderosos rinocerontes e hipopótamos, de piel gruesa y dura como también era la de los elefantes, escritores e ilustradores que habían mostrado un enorme peso en su época, con sus tres o cuatro dedos en las extremidades escribiendo y dibujando siempre, vendiendo y atrayendo de manera continua al público y que luego, poco a poco, habían sido apartados y reducidos a meros recuerdos, tanto en la fuerza de sus láminas como en el poderío de sus volúmenes. Por allí, por aquellos casetas parisienses al lado del Sena que siempre soportaban muy crueles inviernos y gozaban en cambio de alegres primaveras, había visto muchas veces colgadas y ofrecidas al espectador algunas hojas sueltas del “Charivari” o de “La Caricatura”, revistas satíricas del XlX, donde precisamente Daumier había volcado tantas ocurrencias suyas y mi imaginación, siguiendo aquel camino de los cajones al lado del río, se había entretenido con frecuencia en las escenas del gran dibujante francés en donde tremendas muecas distorsionadas de los abogados de París se mezclaban con el jolgorio y las volteretas al aire de los saltimbanquis callejeros. Daumier había logrado captar atmósferas interiores y exteriores, desde los pasillos y las escenas gesticulares de las Audiencias en el Palacio de Justicia hasta la plasticidad viva de las calles, pero ahora, el tiempo, que seguía pasando lenta y continuamente bajo el agua de los puentes de París, como así ocurría también entre mis manos en Madrid al contemplar aquellos grabados, el tiempo, como digo, lo había ido arrumbándolo todo, desplazándolo todo, y aquello ya no serían nunca más novedades sino objetos, quizá reliquias – algunas sin embargo muy valiosas – de curiosidades y recuerdos.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

 

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LOS BRINDIS DE FIN DE AÑO

 

 

”Para brindar, los germanos usaban y usan descomunales jarras para trasegar su desbordante cerveza — cuenta María del Carmen Soler en sus “Banquetes de amor y muerte” —,  con gestos rituales entre los estudiantes universitarios, la mirada en la mirada, el codo que empina alzado más de lo usual entre nosotros, y él gaznate tragando sin parar  hasta que deje de beber el que empezó el “te lo ofrezco”.

En Rusia, se estrella contra el suelo la copa, al vaciarla tras los brindis, que eran muy numerosos en tiempos de los zares. Tostoi nos describe un banquete de 300 cubiertos, que se da en el Club Inglés, lugar de reunión y francachelas de los más ilustres personajes de San Petersburgo; principalmente oficiales, que asisten luciendo uniformes o de frac, y algunos incluso con pelucas empolvadas. Al servir los criados el enorme esturión, empezaron a la vez a destapar las botellas de champán y, al dar todos buena cuenta del pescado, comenzaron los brindis, que aquí son de carácter general, empezando siempre por el Emperador.

Se brinda puestos en pie y a los acordes de una orquesta que siempre empieza  por tonadas bélico- patrióticas que todos conocen. Los oficiales lagrimean sobre las burbujas del líquido, pero no es el champán el que les hace llorar, sino la evocación de su emperador ( que está a pocos metros, por lo demás). “Hurra” -gritan a una los trescientos comensales, que apuran la copa de un trago y enseguida la arrojan por encima de su hombro.

Los brindis con el dorado champán están asociados a la “belle époque”, en la eterna Francia y romántica, Rubén Darío evoca así a la Dama de las Camelias :

“Sorbías el champagne

en fino bacarrat…”

y su imagen va siempre asociada a una copa en alto. Bebiendo, disimulaba o calmaba sus accesos de tos.

En España esta bebida es la culminación de la fiesta. Su estampido inicia el máximo de jolgorio en las comilonas familiares y sus espumas y burbujas encantan a chicos y grandes, en las jubilosas celebraciones de Navidad y Año Nuevo.

Los brindis en los escenarios en que se desarrolla la alta política no tienen nada de espontáneos, aunque a veces lo parecen. En el opíparo y exótico banquete que el gobierno chino de Mao ofreció al Presidente de los Estados Unidos, Nixon, tras 18 años de hostilidad, desconfianza y miedos mutuos se brindó con corteses efusiones por una nueva “larga marcha” que lleve a la amistad y a la cooperación a ambos grandes pueblos. Cada palabra estaba calculada, y los temores eran tantos, que hasta se confiaba en parte en la bendición de esa visita por el Papa Pablo Vl desde Roma.

El pragmático Nixon advirtió, al salir de su país, que iba  a Pekín sin ilusiones, pero alzó su copa innumerables veces, recorriendo codo a codo con Chu-en- Lai la inmensa sala de fiestas del Gran Palacio del Pueblo en brindis protocolario.”

 

 

(Imágenes -1- Pamela K Crooks- hay gallerie girl – Londres/Joan Brossa- elpais)

VIAJES POR ESPAÑA (20) : BARCELONA, LAS RAMBLAS

 

 

“Estoy en el hervor de la Rambla – escribe Rubén Darío en enero de 1899 -. Es esta ancha calle, como sabréis, de un pintoresquismo curioso y digno de nota, baraja social, revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera, el esmoquin y la blusa, la señorita y la menegilda. Entre el cauce de árboles donde chilla y charla un millón de gorriones, va el río urbano, en un incontenido movimiento. A los lados están los puestos de flores variadas, de uvas, de naranjas, de dátiles frescos de África, de pájaros. Y florecida de caras frescas y lindas, la muchedumbre olea. Si vuestro espíritu se aguza, he ahí que se transparenta el alma urbana. Fuera de la energía del alma catalana, fuera de ese tradicional orgullo duro de este país de conquistadores y menestrales, fuera de lo permanente, de lo histórico, triunfa un viento moderno que trae algo del porvenir; es la imposición del fenómeno futuro que se deja ver; es el secreto a voces de la blusa y de la gorra, que todos saben, que todos sienten, que todos comprenden, y que en ninguna parte como aquí resalta de manera tan palpable en magnífico altorrelieve.

 

 

(…) El café Colón es un lujoso y extenso establecimiento, a la manera de nuestra confitería del Águila, pero triplicado en extensión; la sala inmensa está cuajada de mesitas en donde se sirven diluvios de café; es un punto de reunión diaria y constante, pues en España, aun estando en Cataluña, la vida de café es notoria y llamativa; y en cada café andáis como entre un ópalo, pues estas gentes fuman, y el extranjero siente al entrar en los recintos la irritación de los ojos entre tanta humana fábrica de nicotina.

 

 

(…) Me dijeron que podía encontrar a Rusiñol en el café de los Quatre Gats. Allí fuí. Y como era día de marionetas, se me invitó a ver el espectáculo. Los Cuatro Gatos son algo así como un remedo del Chat Noir de París. En la sala no cabrán más de cien personas: la decoran carteles, dibujos a la pluma, sepias, impresiones, apuntes y cuadros también completos, de los jóvenes y nuevos pintores barceloneses, sobresaliendo entre ellos los que llevan la firma del maestro Rusiñol. Los títeres son algo así como los que en un tiempo atrajeron la curiosidad de París con misterios de Bouchor. Para semejantes actores de madera compuso Maeterlinck sus más hermosos dramas de profundidad y de ensueño. Abundaban los tipos de artistas jóvenes, melenudos, corbatas mil ochocientos treinta. Naturalmente, los títeres de los Quatre Gats hablan en catalán, y apenas me pude dar cuenta de lo que se trataba en escena.”

 

 

(Imágenes- 1- las Ramblas-ajuntament de Barcelona/ 2-las Ramblas- el país com/3. les quatre gats- Picasso español/ 4-les quatre gats-Barcelona ahora y siempre)

VIAJES POR ESPAÑA (13) : MALLORCA, VALDEMOSA

 

 

“Es Mallorca una tierra bendita para vivir despacio y moderadamente y para trabajar también despacio y moderadamente – escribe Miguel de Unamuno en susAndanzas y visiones españolas” -. Hay quien les llama a los mallorquines holgazanes; mas es, sin duda, porque no padecen la febril ansia del trabajo, que podríamos llamar económico, del que es castigo, del de concurrencia, del padre de las guerras, pero basta ver sus campos y las obras de sus artífices para percatarse de que trabajan, y trabajan bien. Trabajan con un trabajo que se podría decir estètico. Más que trabajadores son artesanos, en el más noble y puro sentido de esta palabra, que empieza a desusarse.

 

 

(..) Valdemosa es lo más célebre que como paisaje y lugar de retiro y de goce apacible de la Naturaleza tiene Mallorca. Tiene ya su tradición y hasta su leyenda literaria. La prestigió a “Jorge Sand”,  que pasó allí un invierno con el pobre Chopin enfermo de tisis y enfermo de la Sand y de música, que fue a buscar alivio y recreación en aquel aire alimenticio y aquella luz vivificante (…) También Rubén Darío pasó en Valdemosa una temporada en sus últimos, tristes, torturadores años, acaso la última temporada en que gozó de alguna paz. La pasó en la casa misma en que yo estuve alojado diez días, en casa de don Juan Sureda, cuya mallorquina hospitalidad es una honra para la isla (…) Allí el pobre Rubén se refugió, maltrecho y ya definitivamente vencido por el diablo amarillo, a emprender la última lucha, la desesperada. Allí escribió algunos de sus últimos cantos, entre ellos el de la cartuja, después de haber leído una vida de San Bruno. Allí tuvo, sin duda, la última ilusión de vencer al licor que haciéndonos olvidar el fondo de la vida nos precipita por él hasta la muerte. Allí pidió, en una de sus crisis, que le llevasen un teólogo, un confesor, o muy sabio o muy sencillo. Allí visitó a un viejo ermitaño que desde un hospital de Palma se fue a la ermita de la Trinidad de Valdemosa a acostarse a morir entre la fronda que vive de brisa marina perfumada. Al arrancarse Rubén de Valdemosa, cuando le llamaban el mundo y la muerte, llegó por la carretera de Palma a un punto en que descubrió la airosa fábrica de la catedral y entonces hizo parar el carretón, se descubrió, pidió a su cordial amigo Sureda que le rezase un padrenuestro, lo contestó devotamente, se santiguó e hizo luego un gesto de trágica resignación que era una despedida y como el último saludo de quien se dispone a arrojarse al abismo.

La cartuja de Valdemosa está henchida de recuerdos del pobre Rubén y yo sentía el remordimiento de lo que pude haberle dicho y esperó él que le dijese y no le dije, cuando cada día, mañana y noche, pasaba por el cuarto en que el pobre forcejeó espiritualmente contra la nube que le iba ciñendo”.

 

 

(Imágenes -1- Valdemosa- Wikipedia/3.- Rubén Darío- La Prensa/ 3 -calle de Valdemosa- Wikipedia)

VIAJES POR ESPAÑA (11) : GRANADA

 

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“He venido por un instante a visitar el viejo paraíso moro. He venido por un ferrocarril osado, bizarría de ingenieros, hecho entre las entrañas de montes de piedra dura. He visto inmensas rocas talladas; he pasado sobre puentes entre la boca de un túnel y la de otro; abajo, en el abismo, corre el agua sonora. Así el progreso moderno conduce al antiguo ensueño. Y cuando he admirado la ciudad de Boabdil, he tenido muy amables imaginaciones (…)  Desde la Alhambra se mira el soberbio paisaje que presenta  Granada y su vega deliciosa. A la derecha, la antigua capital, el barrio  actual del Albaicín, con sus tejados viejos, sus construcciones moriscas, su amontonamiento oriental de viviendas; al frente, la ciudad nueva, en que la universalidad edilicia sigue el patrón de todas partes; a la izquierda, la verde vega, con sus cultivos y sus inmensos paños de billlar; más acá, cerca de la mansión de encajes de piedra, los cármenes, estas frescas y pintorescas villas, donde los granadinos cultivan en los ardientes veranos sus heredadas gratas perezas, sus complacencias amorosas y sus tranquilas indolencias. En verdad, se sienten saudades del pasado. Se comprende el entusiasmo de los artistas que han llegado aquí a recibir una nueva revelación de la belleza de la vida.

 

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El agua por todas partes, en las copiosas albercas, en los estanques que reproduce las bizarrías arquitecturales, en las anchas tazas como las que sostienen los leones del famoso patio, o simplemente brotando de los surtidores colocados entre las lisas losas de mármol. Comprendían aquellos príncipes imaginativos que hablaban en tropos pomposos, que la vida tiene hechizos que hay que aprovechar antes de que sobrevenga la fatal desaparición”.

Rubén Darío -“Granada”

 

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(Imágenes.-1.-Granada- Joaquín Sorolla– reproducciones com pinturas/ 2.-El patio de Comares- Joaquín Sorolla- cultura en Andalucía/ 3.-La torre de los Siete Picos- Sorolla- cultura en Andalucía)

LA A. DE RUBÉN DARÍO

 

Darío- bgt- Rubén Darío escultura de Edith Gron- wikipedia

 

 

“La Habana aclamaba a Ana, la dama más agarbada, más afamada. Amaba a Ana Blas, galán asaz cabal. Ya pasaban largas albas para Ana, para Blas, mas nada alcanzaban. Casar trataban, mas hallaban avaras a las hadas, para dar grata andanza a tal plan.

La plaza llamada Armas, daba casa a la dama; Blas la hablaba cada mañana, mas la mamá, llamada Marta Albar, nada alcanzaba. La tal mamá trataba jamás casar a Ana hasta hallar gran galán, casa alta, ancha arca para apañar larga plata.

Ana alzaba la cama al aclarar. Blas la hallaba ya parada a la bajada. Las gradas callaban las alharacas adaptadas a almas tan abrasadas. Allá, halagadas faz a faz, pactaban hasta la parca amar Blas a Ana, Ana a Blas. ¡Ah! ¡ráfagas claras bajadas a las almas arrastrada a amar!

 

 

Darío- boi- Rubén Darío- firma- David Torres Costales- wikipedia

 

Pasaban las añadas. Acabada la marcada para dar Blas a Ana las sagradas arras, trataban hablar a Marta, hablar al abad, abastar saya, manta, sábanas, cama, alhajar casa, ¡nada faltaba par andar al altar! Mas la mañana marcada, trata Marta ¡mala andanza! pasar a Santa Clara al alba, para clamar a la Santa adaptada al galán para Ana. Agarrada bajaba ya las gradas; mas ¡caramba! halla a Ana abrazada a Blas cara a cara. ¡Ah”, nada basta para trazar la zambra armada. Marta araña a Ana, tal arañan las gatas a las ratas; Blas la ampara; para parar las brazadas a Marta, agárrala la saya. Marta lanza las palabras más mala a más alta garganta. Al azar pasan atalayas, alarmadas a tal algazara – ¡acá!, ¡acá!, ¡atrapad al rapaz! – Van a la casa: Blas arranca tablas a las gradas para lanzar a la armada; mas nada hará para tantas armas blancas. Clama, apalabra, aclara, ¡vanas palabras! nada alcanza. Amarra a Blas, Marta manda a Ana a Santa Clara; Blas va a la cabaña, ¡Ah! ¡Mañana falta!

¡Bárbara Marta! ¿Trataba alcanzar paz a Ana? ¡Ca!, ¡matarla! tal trataba la malvada Marta. Ana, cada alba, amaba más a Blas.

(…)

Rubén Darío.-Cuentos y crónicas”

(pequeño recuerdo en el centenario de su muerte)

 

Darío- rec- Rubén Darío- paseo de los poetas- Rosedal de Palermo- Buenos Aires- wikipedia

 

(Imágenes.-Rubén Darío- escultura de Edith Gron- wikipedia/ 2.- firma de Rubén- David Torres Costales- wikipedia/ 3-paseo de los poetas- Rosedal de Palermo- Buenos Aires- Wikipedia)

 

VIEJO MADRID (60) : LA BOHEMIA Y EL OLVIDO .- VIVENCIAS Y RECUERDOS ( y 5 )

 

bohemia-unny- Picasso

 

Aquellos años con mi abuelo materno, José Ortiz de Pinedo, dejaron en  mí el recuerdo de la intimidad de un escritor. Lo veía trabajar en su despachito de Raimundo Lulio, comentarme que le había gustado “Nada” de Carmen Laforet y la película “Candilejas” de Chaplin. Era hombre metódico, fino de espíritu, callado, que sabía escuchar. Lo evoco en reuniones familiares más numerosas soportando en silencio el peso de las horas y también las conversaciones intranscendentes, el polvillo de los dimes y diretes urbanos o vecinales que nada le interesaban. Supongo que en esos momentos poemas de Rubén Darío o de Juan Ramón vendrían a verle para aliviarle, y profundos versos de San Juan de la Cruz le llevarían hasta Jaén, la patria chica de mi abuelo, cuando el Santo anduvo por aquellas geografías.

 

bohemia- bbvy- Emilio Carere- babab com

 

Nunca fue mi abuelo bohemio aunque estuvo muy rodeado de la bohemia. De la bohemia madrileña he hablado aquí en más de una ocasión y sobre la bohemia se ha comentado mucho. En la excelente biografía de Valle- Inclán de Manuel Alberca se resume que “para algunos militantes de la bohemia, ésta se definía por el amor al Arte y por su potencialidad de crear Belleza. Un estado del alma tan vago como la espiritualidad del arte. Para otros, para los bohemios sociales, su objetivo era cambiar la sociedad”. Y Julio Camba, en 1924, escribirá: “En Madrid no hay bohemia. De un lado hay miseria, pauperismo, tuberculosis, y del otro hay literatura. Cuando alguien hace de bohemio entre nosotros, es a fin de llevar una vida burguesa. Estos ciudadanos demuestran lo vago, lo artificial, lo histriónico de la bohemia de Madrid (…) Ser bohemio en un país que pasa hambre, amén de obligado, es una broma o un desatino, porque la bohemia es un lujo de sociedades ricas”.

 

bohemia-bun- Emilio Carrere y otros bohemios en el café Varela de Madrid- cabodepalosylamanga com

 

 Y luego suele llegar el olvido a través del tiempo. Pero no se olvidan fácilmente aquellos años familiares en la pequeña calle de Madrid:  el ir y venir de triunfantes y olvidados a los que también quise aludir aquí, y las vueltas que dan vida y literatura.

Y antes de cerrar todos los recuerdos, aún veo desde el pasillo, y tras las cortinas azules de su despacho, a Ortiz de Pinedo escribiendo…

(Imágenes.-1.-Pablo Ruiz Picasso/ 2.- Emilio Carrere- babab/ 3.- Emilio Carrere y otros en el café Varela de Madrid- cabodepalosylamanga.com)