SOY UN GRAN EMBAUCADOR

 


“La memoria es un componente misterioso, casi indescifrable, que nos une a cosas que nosotros no recordamos haber vivido y nos plantea continuamente entrar en contacto con otras dimensiones,  acontecimientos, sensaciones que nosotros no sabemos definir pero que confusamente sabemos  que han existido.— decía Fellini en1992, en la película de Damien Pettigrew —. Yo tengo una tendencia natural a inventarme una juventud, una relación con mi familia, una relación con la vida. Tengo la impresión de que lo he inventado todo. Para mi, las cosas que nunca han sucedido pero que yo he inventado son mucho más verdaderas. Es el caso, por ejemplo, de mi villa natal; la verdadera Rimini es la  que aparece en dos películas : “I Vitelloni” y “Amarcord”. Me parece que estas dos reconstrucciones pertenecen mucho más a mi vida que la otra, la Rimini topográfica. En resumen, soy un gran enbaucador”.

 

Me gustaría recordar quienes son mis padres espirituales — decía en otra ocasión —: Pinocho, Dickens, “La isla del tesoro”, Edgar Allan Poe, Verne y Simenon, con el cual he tenido una gran amistad y al que yo admiro enormemente. Había otro escritor de novelas –  Yambo — ¿ quién se acuerda de él ?,  que las ilustraba con dibujos que a mí me han parecido siempre muy bellos. Entre muchos otros, él inventó un personaje que se llamaba Mestolino. Era verdaderamente  mi retrato: un muchacho delgado, incapaz de decir la verdad. Yo no tengo grandes recuerdos, todos los he entregados en mis películas. Abandonándolos al público, ya no sé distinguir lo que realmente ha sucedido y lo que yo he inventado.”

( a los cíen años del nacimiento de Fellini)

 

(Imágenes— 1-“La Strada”/ 2-preparando “Amarcord”/ 3- Fellini con Anouk Aimé)

LOS AÑOS Y LA INFANCIA

 

 

“Los años se vuelven largos en el recuerdo si al repensarlos encontramos en ellos muchos hechos con que echar a volar la fantasía — dice Cesare Pavese en “El oficio de vivir” —. Por eso, la infancia parece larguísima. Probablemente, cada época de la vida se multiplica en las sucesivas reflexiones de las otras:  la más corta es la vejez porque ya no será repensada.

Todas las cosas que nos han sucedido son de una riqueza inagotable: todo retorno a ellas las aumenta y ensancha, las dota de relaciones y las profundiza. La infancia no es solamente la infancia vivida, sino también la idea que nos hacemos de ella en la juventud, en la madurez, etc. Por eso parece la época más importante: porque es la más enriquecida por los repensamientos sucesivos.

Los años son una unidad del recuerdo; las horas y los días, de la experiencia.”

(Imagen — Peter Jones)

LOS SUEÑOS DE LOS OTROS

 


“Es cierto que no me gustan los sueños de los otros — decía Francois Mauriac —. De alguno que comienza a contarme lo que ha soñado escapo pronto. Me es suficiente saber que es un sueño lo que se me está contando para que no escuche más o no lea más. Tampoco siento interés  por mis propios sueños que no podrían aburrirme puesto que los ignoro. No los cuento a nadie, sobre todo no me los cuento a mi mismo.

Es cierto que yo sueño mucho. El despertar me libra de una vida ilusoria, pero que al menos es vida. Mi experiencia sobre este punto no se identifica en absoluto  con la de Proust. Él vuelve frecuentemente a esa angustia de sus despertares, sobre todo en habitaciones que no le son familiares y donde la realidad no coincide con sus recuerdos. Nada más salir de la noche, Proust ignora dónde se encuentra y quién es. El sueño ha hecho de él un ser sin memoria, arrojado enteramente a la bruta sensación del existir. Para mí, por el contrario, despertar es sentirme seguro, entrar en un mundo amigo dentro del cual me siento  un dueño; es escapar a imágenes que me poseían y contra las cuales me encontraba sin ningún poder.

Por tanto mi sueño no lo hago mío; cada noche  cierro los ojos con confianza y con un sentimiento de abandono: me duermo en estado de gracia. Pero no disfruto con mis sueños. Mi primer pensamiento al despertar es siempre un suspiro de alivio: “Ah! no era más que un sueño…” No es que yo me haya peleado con una pesadiila: simplemente  me escapo de situaciones complicadas, no precisamente  dolorosas ni siquiera penosas, —sino absurdas y algunas veces humillantes.”

 

 

(Imágenes- 1-Julia Fuillerton- Batten/ 2-julia Fuillerton-Batten-randall scoot gallery/

RECUERDOS, RECUERDOS …

 

 

“Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal- Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador…

Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?”

José Julio Perlado

 

 

 

((Imágenes—1-Kansuke Yamamoto/ 2-Jean Moral -1927)

RECORDAR LA INFANCIA

 

 

“Hay dos tipos de autores —dice Bárbara Jacobs —: los que deciden hablar de su infancia, de este modo o del otro, más apegados a la realidad o más a la fantasía, y los que deciden no hacerlo. Casi podría asegurar que a estos últimos su infancia se les colará en el momento en que lo crea oportuno, a pesar de la resistencia razonable o no que ellos le opongan. Y se colará, se hará presente, en una frase, en una palabra, por la sencilla razón de que ellos no son quienes son sino sólo a partir de ella. Lo cierto es que apenas un autor llama a su infancia y ella aparece, ha empezado el recuerdo.

Cuando un autor escribe acerca de su infancia, la relee, la recorre en la memoria, mira por primera vez el niño que fue, y del que es hijo, y entonces le  pregunta cuanto ese niño le habría preguntado a él, si él hubiera sido su padre; y ese niño, a la hora del recuerdo, resulta que conoce las respuestas y se las dicta, con naturalidad, al autor que, de niño, nunca las supo. Eso es el recuerdo.

 

 

Y si un autor redacta con fidelidad ese recuerdo individual, real y a un tiempo imaginario, la  historia se vuelve hospitalaria: recibe a cuantos llegan a ella y les dice, pasen, siéntense, ésta es también su casa. Y no hay más que un tipo de casa; o más bien: a los infinitos tipos de casas los habita un único ambiente; o más bien: los infinitos tipos de ambientes llevan a un componente inconfundible que los une, que los hace ser el mismo, siempre el mismo, y este componente con un sabor adaptable a todo paladar, nombrable o identificable por cada paladar según su propia naturaleza, es el de la nostalgia.

Cuando un autor recuerda su infancia, cuando escribe lo que su recuerdo le dicta; cuando un lector lee esta memoria con forma y la hace suya; cuando uno visita esta ciudad, esta novela, lo que experimenta es nostalgia. Puesto a recordar, un autor advierte, además, que la ciudad de su infancia, la novela de su infancia, recorrida igual que la brisa por la precisa nostalgia, es inagotable.

(…) El recuerdo, la recreación de este recuerdo, no es una recuperación de la infancia; es afianzar el hecho de que la infancia, esa ciudad, esa novela, se ha dejado atrás. Es el tiempo de llorar. Es el tiempo de regalar nuestras tallas pequeñas al fuego; las cenizas volarán como el polen y, como el polen, rozarán los dientes de león de los campos y se posarán sobre todas y cada una de las margaritas blancas y amarillas para que, ahora sí,  uno pueda jugar entre ellos con toda libertad: en la noche, a la hora de soñar; ante las hojas encima del escritorio, a la hora de sentarse a recordar.”

 


 

(Imágenes—1-Eugene Smith/ 2-Vynn Bullock/ 3- Robert Doisneau)

VIAJES POR EL MUNDO (28) : LLUVIAS EN LA INDIA

 

 

“Según el calendario hindú — escribía Tagore—, cada año está gobernado por un planeta especial. Asimismo he encontrado que, en cada período de la vida, una estación asume una importancia particular. Cuando miro atrás a mi infancia recuerdo, mejor que nada, los días lluviosos. La lluvia inundada por el viento ha inundado el suelo de la galería. La fila de puertas que dan a los cuartos está toda cerrada. Peari, la fregona vieja, viene del mercado, con su cesto repleto de verduras, metiéndose hasta los tobillos en el lodazal, y calada de lluvia. Yo estoy en la escuela; se ha levantado nube sobre nube durante la tarde, y ahora están amontonadas tapando el cielo, y, mientras miramos, la lluvia cae en torrentes juntos y espesos; el trueno, a intervalos, va rodando ruidoso y largo; alguna mujer loca con uñas de relámpago parece estar rasgando el cielo de extremo a extremo; las paredes de estera se estremecen bajo las ráfagas de viento como si fuéramos a hundirnos hacia adentro; apenas podemos ver para leer, de lo oscuro que está.

 

 

El pat pat de la lluvia que se abre paso por los bosques de mi sueño, crea dentro un descanso alegre más profundo que los sueños más profundos. Y en los intervalos en que estoy despierto rezo para que a la mañana vea continuar la lluvia, nuestra calleja bajo el agua, y la plataforma de la alberca sumergida hasta la última grada.

La gran diferencia que veo entre la estación de lluvias de mi infancia y el otoño de mi juventud es que en la primera es la Naturaleza exterior la que me rodeó muy de cerca, teniéndome entretenido con su numerosa comitiva, su variado disfraz, su mezcolanza de música; mientras que la fiesta que se verifica en la reluciente luz del otoño está en el mismo hombre. El juego de nubes y sol queda en el fondo, mientras que los murmullos de alegría y de pena ocupan el entendimiento.”

 

 

 

(Imágenes —1-Lewis Noble/ 2- Ivan Shishkin- 1891/ 3-Laura Mcphee)

GUARDIANES DE RECUERDOS

 

 

“En ese lugar— recordaba un famoso diarista inglés del siglo XVll,  Samuel Pepys —era donde solía caminar y conversar con la señora Hely,  por quien Pepys sintió  la primera llama de amor y placer estando en compañía de una dama, hablando con ella y cogiendo su mano, pues era una mujer hermosa.” Pepys era un guardián de recuerdos, como así lo anota Stevenson. Era esclavo de la asociación de recuerdos: no podía pasar por Islington, por ejemplo, un lugar al que su padre solía llevarle a tomar cerveza  y pasteles, sin entrar a “The King’s Head” y tomar algo “en recuerdo”. En otro momento, celebrando  el “Assurance”, un barco que estaba hundido cerca de Woolwich, escribe: “¡Pobre navío! Y yo, que estuve a bordo felizmente en dos ocasiones”.

 

 

Los recuerdos aparecen de pronto, impresionan y muchas veces se guardan. Dos siglos después, Stevenson, al leer a Pepys, comenta: “yo me acuerdo de haber escrito en la solapa de más de un libro la fecha y el lugar donde me encontraba, por ejemplo, si estaba enfermo en cama o sentado en determinado jardín; estas anotaciones constituyeron mi futura personalidad; siempre pensaba que si, años después me encontraba una de esas notas, sería presa de una especial emoción: la que me causaría el reconocerme a tal distancia.” El recuerdo exacto del escenario exterior e interior de una lectura.

 

 

El gran guardián de recuerdos que fue Proust, dejó indicado : “tenemos ciertos recuerdos que son como la pintura holandesa de nuestra memoria, cuadros de género en los que los personajes suelen ser de condición mediocre, tomados en un momento muy sencillo de su existencia, sin acontecimientos solemnes, a veces sin ningún acontecimiento, en un escenario nada extraordinario y sin grandeza.”

Los recuerdos perduran aún como misterio, Gary Lynch, profesor de la Unjversidad de California,  revelaba en una entrevista en la BBC: “ Imagínese que tomó  sus apuntes de segundo de carrera, le enseño algo que escribió hace tantos años y le pregunto: “¿se acuerda usted de esto?”, y usted dice: “sí, ya lo recuerdo; hace años que no me acordaba de esto.” Pues bien —continuaba Lynch  —, desde el momento en que usted escribió eso, todas las proteínas de su cerebro han sido sustituidas muchas veces. El cerebro entero está siendo destruido y reconstruido constantemente, pero los recuerdos siguen ahí y ése es el mayor misterio de toda la biología y de toda la psicología.”

 

 

(Imágenes —1- Henry van de velde -1892 / 2- Randolph Stanley Hewton -1928 – museo de Quebec/ 3- Emile Claus – 1890/ 4-Jennifer Ccristhian)

UN SUEÑO

 

 

“Anoche soñé que estaba sentado en mi viejo sillón de casa, algo ya desvencijado, el sillón de mi despacho, un sillón de recias patas y respaldo suavemente curvado donde yo paso tantas tardes escribiendo sobre el mundo y sus cosas, y no sólo sobre el mundo cercano y moderno, el más vecino a mí, sino también sobre el mundo lejano, incluso a veces, con asombrosa e inaudita osadía, escribiendo sobre lo invisible y la eternidad. Recordaba perfectamente la primera vez en la que quise asomarme al umbral de la eternidad. No era exactamente el umbral, así no lo debería definir, sino una sucesión de innumerables cordilleras violáceas y azules tales como yo las vi aquella tarde, cuyos tonos dependían del paso de la luna y del sol, y que se extendían de forma ondulada en el borde de la eternidad. ¿Y dónde podía empezar la eternidad si es que empezaba en algún lado? De pie en aquella altura de la entrada a la eternidad, contemplando las cordilleras que se perdían en la lejanía, pensé en una imagen pintada por Caspar David Friedrich, un gran artista del romanticismo alemán del siglo XlX, en el que un hombre en pie, tal como ahora me encontraba yo, envuelto en nubes, envuelto también en densos vahos que surgían de un fondo indescriptible, apoyado en un ligero bastón, contemplaba de espaldas el mar de nubes extendido entre las rocas, un mar insondable, unas nubes igualmente insondables, un infinito al final de sus ojos que también eran los míos cuando ahora veía la eternidad frente a mí sin poder naturalmente abarcarla, oyendo únicamente los pasos que en ella se daban.

 

 

Me acordaba también de cómo Dante escribía en su gran poema: “levanté los ojos, y así como por la mañana la parte oriental del horizonte supera en claridad a aquella por donde el sol declina, del mismo modo, mirando como el que va desde el valle al monte con los ojos, vi una parte en lo más alto que sobrepujaba en claridad a todas las demás”. Recuerdo que enseguida  me aturdió el inmenso ruido de alas que pasaban encima de mí y que me rodeaban de modo constante, alas cada milésima de segundo y que se arrojaban velocísimamente hacia la eternidad, alas igual que vidas o vidas en forma de alas, alas de médicos, de profesores, de mujeres jóvenes, alas de niños, de soldados, de comerciantes, de políticos, de poetas, alas de campesinos, de malhechores, de reyes, alas de triunfadores y de perdedores, alas de harapientos y de millonarios, alas de ancianos, alas de santos, de criminales, alas de enamorados y de despechados, todos sorprendidos por el impulso del final de sus vidas y que volaban de modo continuo abriéndose hacia la eternidad. A mí no me dio tiempo ni siquiera a contarlos puesto que alas y vidas eran bandadas y bandadas y bandadas innumerables de existencias a la vez sueltas y solitarias, cada una sin recuperarse aún de la sorpresa  y que caían de bruces en el misterio de la eternidad.

Entonces algo ocurrió en el cielo, no sé,  quizás fue un relámpago, no lo sé bien, y me encontré de nuevo  sentado de repente en mi sillón del despacho como si no hubiera soñado jamás.”

José Julio Perlado—(del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1- Caspar David Friedrich- el caminante sobre el mar de nubes- arte selecto/ 2- Knud Andreasen Baade -1885/ 3-Turner- 1830)

AQUELLA MAÑANA DE AGOSTO

 

 

”Recuerdo aquellas  zapatillas azules de verano con unos pequeños cordones blancos y con una suela muy fina y cómoda con las que yo había marchado tantas veces deprisa, de modo especial en aquella mañana de agosto tan luminosa que aún tengo en la memoria, aquel  camino de gravilla, el sol brillaba pero aún no calentaba, una mañana virgen podríamos decir, al menos a mí siempre me pareció virgen, todo había que ir inaugurándolo, todo quedaba inaugurado con solo tocar y avanzar con aquellas zapatillas azules entre los setos, quedaba todo encendido, las sombras y las penumbras estaban agazapadas tras las flores, indudablemente eran sombras terribles, altas como edificios, sombras como conflictos, eran los necesarios conflictos que presenta toda una vida con sus ventanas de mañanas y tardes mostrando sus  problemas, pero ahora el camino y la arenilla y la gravilla bajo mis zapatillas y mis pies no me dejaban ver conflicto alguno, no existían los conflictos, al menos yo no los percibía, es como cuando uno está enamorado y le preguntan los defectos del otro o de la otra y uno se asombra, “¿pero cómo va tener defectos?”, contestan, “¡ si es que no los tiene ¡”,  y así iban mis zapatillas asombradas de todo cuanto veían en aquel camino, que no era únicamente flores y diminutos insectos bajo el sol, con alguna que otra mariposa  que pasaba y una pequeña brisa en torno mío, sino que era sobre todo el porvenir, un porvenir que no me parecía incierto sino radiante y lleno de aventura. “

José Julio Perlado – (del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes-1-Jan Stanislawski/ 2-Charles Burchfield)

DE RECUERDOS Y OLVIDOS

 

cine-ywmm-Marcello Mastroianni- foto Bert Stern para Vogue- mil novecientos sesenta y tres

 

“Me acuerdo de H.G. Wells, Simenon, Ray Bradbury. Me acuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz. Me acuerdo de la primera vez que he visto las montañas, y la nieve, y la emoción que he sentido. Me acuerdo de las manos de mi tío Umberto, manos fuertes como tenazas, manos de escultor. Me acuerdo del silencio que envolvió al restaurante “Chez Maxim´s” cuando apareció Gary Cooper en esmoquin blanco. Me acuerdo de la nieve sobre la Plaza Roja, en Moscú. Me acuerdo que he visto mi primera película en Turín: “Ben Hur“, con Ramón Novarro. Tenía seis años. Me acuerdo de una noche de verano con olor a lluvia. Me acuerdo de la hermosa cabeza blanca del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico. Me acuerdo de un  sueño en el que alguno me dice que debo llevarme los recuerdos de la casa de mis padres. Me acuerdo de la sensación de silencio y de luz suspendida sobre la ciudad de Jerusalén como un vapor místico. Una vez, me acuerdo, he soñado con vivir en un dirigible. O quizá en una astronave. Me acuerdo de la música de “Stardust“. Era antes de la guerra. Bailaba con una muchacha que llevaba un vestido de flores. Me acuerdo de los primeros dibujos de mi hija Bárbara. Me acuerdo de la ligereza constante de Fred Astaire”.

 

sueños-bhu-Leon Spilliaert

 

Y así van y vienen los recuerdos en la cabeza de Marcello Mastroianni cuando ya tiene  72 años, su cabeza cubierta por un sombrero blanco flexible, el cuerpo embutido en una chaqueta blanca de verano, las piernas cruzadas, la mirada fija  en todo lo que ha vivido, en todo lo que ha bailado, reído, interpretado, gesticulado, a su lado tiene una mesita con una jarra y un vaso de agua, y alrededor está el campo de Portugal, la naturaleza y  el mundo.

Era entonces 1996  -pocos meses antes de la muerte del actor -, en las pausas de su trabajo para la película “Viaje al principio del mundo“, rodada por su última compañera, Anna Maria Tatò.  Entonces Mastroianni aceptó volver la mirada al pasado, giró los ojos hacia lo que uno cree que ya tiene olvidado, y así,  poco a poco, surgió su  film-confesión titulado “Mi ricordo, sì, io mi ricordo“.

 

sueños.-090nmb.-foyo por Julia Fullerton-Batten.-New York.-Randall Scott Gallery.-photografie.-artnet

 

Me acuerdo, sí, me acuerdo. ¿De qué nos acordamos nosotros? ¿Adónde se encaminan nuestros recuerdos cuando echan a andar? ¿Nos acordamos quizá de lo que creíamos huido – frases, gestos,  movimientos diminutos, tal vez una  luz precisa,  una hora exacta, la mirada última que nos conmovió,  un timbre de voz? Un investigador norteamericano, estudioso de los mecanismos moleculares de la memoria, el profesor Lynch, hacía notar: “Imagínese que tomo sus apuntes de segundo de carrera, le enseño algo que escribió hace tantos años y le pregunto: “¿se acuerda usted de esto?”, y usted dice: “sí, ya lo recuerdo; hace años que no me acordaba de esto”. Pues bien, desde el momento en que usted escribió eso, todas las proteínas de su cerebro han sido sustituidas muchas veces. El cerebro entero está siendo destruido y reconstruido constantemente, pero los recuerdos siguen ahí y ése es el mayor misterio de toda la biología y de toda la psicología”.

 

O sea que Hamlet podría ahora tomar  en la mano la calavera de los recuerdos y los olvidos, y  paseándose  por la escena de la vida, podría ir repitiendo. “¡Morir…, dormir! ¿Recordar? ¿Olvidar?… ¡Tal vez soñar!”, pero el secreto de los recuerdos no llegaría a  desentrañarlo nunca, continuarían envueltos en el misterio, ya que se sabe que siempre que recuperamos un recuerdo su contenido sufre algún cambio, por pequeño que sea; existen datos que prueban que cuantas más veces se describe verbalmente la cara de una persona, más se reduce su capacidad para reconocer posteriormente dicha cara en una fotografía.

 

dormir-bbgguu-sueños- Wladyslaw Slewinski

 

Cuando a  Mastroianni le obligan a elegir el recuerdo más profundo de su vida, responde:  “Se me pregunta cuáles son los recuerdos que me llegan con más intensidad, aquellos que yo veo más nítidamente. ¿El cine? ¿El éxito? No, nada de todo eso. Los recuerdos más profundos son aquellos que están unidos a mi infancia, a mi adolescencia; a mi madre, a mi padre . Ciertamente tengo muchos recuerdos; pero aquellos de entonces son aún mucho más fuertes, muy  potentes. Todo lo que ha venido después -el éxito, el dinero, la fama – no ha dejado una huella tan verdadera ni tan profunda  como el recuerdo de mi madre, sus jornadas que no acababan nunca, ella, que era  la primera en levantarse y la última en irse a dormir”.

 

casa.-99h.-sueños.-fantasía.-René Magritte.-1947

 

Un escritor francés de finales del XVlll y principios del XlX, , amigo de ChateaubriandJoseph Joubert -, evocaba siempre: “Están los que recuerdan su infancia y los que recuerdan el colegio”. Y es verdad. La infancia emerge en el fondo de todas las memorias y de ella se nutren muchas obras de arte. La infancia con todas sus peripecias, descubrimientos y curiosidades. Mastroianni no ha sido el único que públicamente ha querido recordar. Aparte del belga  Simenon con su “Je me souviens” (1945),  otro escritor francés, fallecido en 1982,  Georges Perec, autor de libros insólitos, originales y vanguardistas ( por ejemplo, “La vida: instrucciones de uso” (1978) que conquistó el Premio Medicis),  decidió que sus recuerdos desfilaran en su libro también titulado  “Me acuerdo” (1978). De su cantera autobiográfica fueron saliendo 480 pequeñas y grandes piedras que marcaron el camino de su época, ese recorrido de años que a cada uno nos toca vivir. “Estos recuerdos – nos dice – no son exactamente recuerdos, y sobre todo, no son recuerdos personales, sino diminutas porciones de lo cotidiano, cosas de tal o cual año, gentes de la misma edad que las han visto, las han vivido y han participado en ellas, y que, por otra parte, desaparecieron enseguida, fueron olvidadas; no valen la pena de ser memorizadas, no merecen ser parte de la Historia…”, y sin embargo Perec las fue recogiendo y con ellas construyó un amplio mosaico de alusiones a modas, vivencias y  costumbres  que a muchos acompañaron durante largo tiempo y que luego serían reemplazadas por otras vivencias,  costumbres  y  modas.

 

escritores.-r33e.-Georges Perec

 

“Es tal vez aquella cosa que se aprendió en el colegio – explicaba Georges Perec sobre estos recuerdos  -, un campeón, un cantante o una estrella, un aire que estaba en todos nuestros labios, una catástrofe que aparecía en portada de todos los diarios, un best-seller, un escándalo, un eslogan, un hábito, una expresión, un vestido o una manera de llevarlo, un gesto o cualquier cosa minúscula, nada esencial, algo absolutamente banal, milagrosamente arrancado a su insignificancia, reencontrado por un instante, suscitado durante algunos segundos por una impalpable y pequeña nostalgia”.

Así va recogiendo todo eso: “Me acuerdo -dice por ejemplo –  del “Adagio de Albinoni”,Me acuerdo del día en que  Japón capitula”, “me acuerdo de que yo empecé una colección de cajas de cerillas y de paquetes de cigarrillos”, “me acuerdo de las carreras de grandes motos en el Parque de los Príncipes”, “me acuerdo de que los cuatro cuartos debían su nombre al hecho de que estaban compuestos de un  cuarto de leche, un cuarto de azúcar, un cuarto de harina y un cuarto de mantequilla”, “me acuerdo de que había pequeños autobuses azules de tarifa única”, ” me acuerdo de los vagones de tercera clase en los ferrocarriles”, “me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, por contrato, debía morir al final de cada película”, “me acuerdo que no me gustaba la “chucrut”, “me acuerdo de la muerte de Martine Carol, cuando alguien profanó su tumba con la esperanza de encontrar alhajas”, ” me acuerdo de lo mal que lo pasé para comprender qué quería decir la expresión ” sin solución de continuidad”.

 

escritores.-44ffg.-Georges Perec

 

Georges Perec camina así por sus evocaciones y  las va alineando conforme salen de su memoria de tal forma que sobre los años vividos va dejando piedrecitas para que otros, o él mismo, puedan reconocerlos si alguna  vez  quieren volver. “No sé en qué punto – escribió en  otra de sus obras, “W o el recuerdo de la infancia” (1987) – se rompieron los hilos que me ligan a mi infancia. Como todas las personas, o casi todas, tuve un padre y una madre, un orinal, una cuna, un sonajero y más tarde una bicicleta, que al parecer nunca cabalgaba sin lanzar gritos de terror ante la sola idea de que le levantaran o incluso le quitaran las dos ruedecillas laterales que garantizaban mi estabilidad. Como todas las personas, lo he olvidado todo sobre los primeros años de mi existencia”.

 

jardines-nbbu- matrnidad- infancia- Luigi Rossi- mil novecientos veintidos

 

(Imágenes.- 1.-Mastroiani- foto Bert- Stern- Vogue- 1963/ 2.-León Spilliaert/ 3.- Julia Fullerton Batte– Randhom Scoot- gallery/ 4.-Wladyslaw Slewinski/ 5.- René Magritte- 1947/ 6 y 7.- Georges Perec/ 8.- Luigi Rossi- 1922)

 

RECUERDO DE MI PADRE (y 3)

mujer.-7755k.-foto por Patrick de Warren.-2000.-Sous les etoiles gallery.-New York.-photografie artnet«Y luego estaban mis platos, papá. Te invité a comer muchos días, te invité a mi célebre cocina. Mi célebre cocina tan llena de ensaladas. Mi ensalada fría de pollo. Mi ensalada con salsa de yogur. Mi ensalada tibia de rape. La ensalada de espinacas y salmón. Yo te esperaba a veces poniendo cogollos de lechugas en la soledad del plato, oía música y cantaba. Entonces iba echando mi querida vinagreta despacio sobre los recuerdos, los iba rociando con ella, escuchaba al fondo la voz de Sinatra desde Nueva York, aquella voz que te gustaba tanto, la voz, LA VOZ, aquel New York NEW YORK que tú tarareabas por el pasillo mientras yo iba poniendo los platos encima de la mesa, mientras tú escogías el vino blanco. Entonces yo escurría bien la vinagreta tal como me había enseñado mamá, mi padre me miraba de reojo sentado en una silla de la cocina, lo dos oíamos a Sinatra desde Nueva York, Sinatra nos cantaba, seguía los pasos Sinatra de mi increíble ensalada de cogollos de lechuga desde el mismísimo New York NEW YORK!, ¿te acuerdas papá? Pones medio cogollo en cada plato, rocías bien, hija, con crema líquida fresca (¿me perdonas un momento, papá?, tengo que abrir la nevera). Extendía la crema. ¿Te apetece un poco de mostaza y avellanas tostadas? ¿Y anchoas? ¡Sí, que a tí te gustan mucho las anchoas! Nos sentábamos ante mi ensalada, nos sentábamos ante tu vino blanco. Tú me conocías muy bien. Mi padre me conoce muy bien. La vida está llena de menudencias, de avellanas picadas y tostadas de mi ensalada, no de diálogos transcendentes. Además, me distraigo a mí misma, distraigo a mi padre, ¿es verdad que te distraías, papá? ¿Tú qué crees?, me decías tú. Sonreías. Siempre fuiste un gran «diplomático». Decías que en la familia la diplomacia era observar y escuchar, intervenir muy poco. Te servía más vino. Vamos, papá, un poco más de vino, que luego tienes sorpresa. Enarcabas las cejas. Mi padre levanta las cejas. El mundo se divide en lo salado y en lo dulce y mi padre vive en el reino de lo dulce y de lo frío, en un castillo helado. El helado. Mi padre y el helado. Podría hacer una tesis. Helado con mandarina. Helado de castañas. Helado de café. Helado de fresa, de frambuesa, de cualquier fruta triturada formando estalactitas en el congelador. Tu pequeña cuchara de plata recibía en las tardes de julio no sólo el helado sino también el postre de mamá, la receta de la abuela. Se baten bien las claras duras, hija, me guiaba mi madre, añades ahora el azúcar poco a poco, ¿lo ves?, le das luego color con caramelo o café. Después, en corona untada de mantequilla, se cuece al Baño de María durante media hora. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. Cuando pase esa media hora, hija, me seguía diciendo mi madre, con las yemas, la leche y con 9 cucharadas de azúcar, se hace una crema así, ¿te fijas?, también al Baño de María, teniendo cuidado de que no se te corte. Nuestras comidas. Nuestras comidas, papá. La tarde llegaba mientras tú sonreías. Y luego, hija – terminaba entonces mamá -, en fuente redonda, se desmoldea la corona, ¿lo ves?, la cubres así con la crema y la espolvoreas con lo que tengas, por ejemplo, con este guirlache picado. Es muy fácil. A tu padre le encanta».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen.-foto de Patrick de Warren .–Sous Les Etoiles Gallery.-New York.-artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (2)

mujer.-216.-por Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-photografie.-artnet«Y tu mano, esta es tu mano, papá. Retengo estas venas azules, estas manchitas en la piel de tu edad, estas pecas del tiempo, tu piel arrugada, tu vello. Con este dedo índice y con este pulgar de tu mano derecha apretabas la pluma y te deslizabas preciso por el papel. Con esta palma resbalabas suavemente sobre la hoja y yo te oía en silencio. Te he mirado muchas veces desde el pasillo cuando leías en tu despacho, te he mirado muchas veces en el jardín cuando escribías. Leías, escribías. Yo intentaba pintar. No llegué a a ser pintora, me dediqué a dar clases de dibujo. Ahora dibujo en el tiempo esta mano tuya como si lo hiciera sobre papel vegetal, como si te dibujara a tinta china no sólo esta mano sino todo lo que hemos vivido. Tu muñeca. Tu falange. Este hueso del carpo, el metacarpo. Todo eso lo dibujo. Tenías ahí, papá, en el músculo de tu dedo medio, casi en la uña, un montículo o un callo pequeñito formado de tanto apretar la pluma durante años. Una deformación profesional. Cualquier manicura te lo delataría, mamá lo comoce, lo sabes tú. Con esa presión de la pluma tú te esforzabas en la facilidad. Cuando yo estudiaba a Ingres, ¿lo recuerdas?, el pintor me decía en sus «Apuntes«: «Hay que hacer desaparecer las huellas de la facilidad; no son los medios empleados, sino los resultados los que deben aparecer». De eso tuve que examinarme. Eso también has hecho tú. Te he visto durante años escudriñando la dificultad de los textos hasta alcanzar la facilidad. Enarbolabas con sencillez la punta de la facilidad en tu pluma como se levanta un tesoro desde un papel en blanco. «Voy a entrar en el túnel», me decías. Yo te entendía. Entrabas en tu túnel de palabras sin saber a dónde te llevarían las oraciones, a dónde irías entre los bosques de párrafos y parágrafos. Encontrabas la luz de la idea al fin del bosque, es decir, al fin de las horas de trabajo. A veces no la encontrabas y seguías caminando. Yo te entendía porque he hecho lo mismo entre las tizas coloreadas y los lápices rojos, con mis trazos de yesos negros sobre fondo azul. Tú me enseñaste lo que es un apunte, ese toque ligero y apenas esbozado con pluma o con lápiz pinchando el globo de la idea en el aire y bajándola hasta el suelo del papel. Eso es un apunte, me explicabas. Hay que estar muy atento a las ideas, hija, me decías, y fijarlas enseguida con la disciplina, que ella es también creación. Hay que trabajar la imaginación sobre un horario, pulir, barnizar, extender bien, suavemente, la imaginación sobre el papel. Papel verjurado blanco. Papel teñido a verde claro. Papel de color agarbanzado. Papel grueso color beige. Papeles. Hojas. Cartapacios. Cartulinas. El papel recibía toques de tiza blanca para luces, aguardaba la profundidad y la perspectiva, era encendido por los colores, pero sobre todo aguardaba el trabajo. Había que arar sobre un papel árido, arar en un día soleado o lluvioso, con buen o con mal humor, arar, siempre arar. Tú sembrabas tus escritos con verbos y sustantivos y yo con trazos nítidos; tú podabas adjetivos y yo sombras, así siempre nos comprendimos. El despojamiento, papá, la desnudez, la soledad. Nos sentábamos en un sofá, ¿recuerdas?, bajo un gran dibujo académico. Nos rodeaba el blanco de plata de la tarde, un amarillo de árboles y el verde esmeralda de los bancos del parque. Oíamos jugar a unos niños en el jardín. Entonces charlábamos. Yo te hablaba de lápices y acuarelas y tú me hablabas de poesía, tú me hablabas de anécdotas y yo te hablaba de mis minas de plomo y de mis carboncillos. Nos reíamos, sí, nos reíamos y lo pasábamos muy bien».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea» (relato inédito)

(Imagen: retrato de mujer.-Henri Matisse.-1920.-Andrew Weiss Gallery.-  Beverly Hilss, USA -artnet)

RECUERDO DE MI PADRE (1)

mujer dos.-228811.-foto por Douglas Brothers.-1994.-Stephen Trother Fine Arts.-phosogrape artnet«Papá. He puesto ya los vasos, los cubiertos, los platos. He alisado el mantel. Los vasos son azules, la vajilla es azul, los pájaros que bordean estos platos pintan de azul mi infancia, cuando yo era muy niña, cuando ante mi capricho inapetente mi madre decía: «vamos a quitarle esa sopa al pajarito», y a la siguiente cucharada, «y ahora vamos a limpiarle las alas». Y yo comía. «Y ahora el pico». Y yo volvía a comer. «Y esto que le ha quedado en la cola». Y yo abría la boca mirando al pájaro que se iba sacudiendo la sopa de las alas y me miraba comer. Cuando me negaba en redondo, mi madre bailaba en la cocina con el plato en la mano; los domingos, mi madre descansaba en una silla y miraba el teatro de mi padre, el ir y venir del plato en el aire, el vuelo del pájaro en la vajilla azul. Mi padre, mi mago. Siempre lo tuve como mi encantador particular. La magia de mi padre se arrodillaba en el vestíbulo, me recibía con ojos pícaros, yo perseguía a aquellos ojos por el pasillo y él me esperaba en el cuarto de dormir para hacerme un muñeco con la almohada y que la almohada hablase. La almohada se erguía furibunda e increpaba al espejo: «¿Por qué tenemos que dormir, eh? ¿Por qué?. Y la almohada hacía temblar sus plumas y retorciéndose boca abajo, cambiaba de voz y respondía muy ronca: «Sencillamente, espejo, ¡porque ha llegado la hora de dormir!.

Yo me dormía entonces, me dejaba caer hacia un lado obedeciendo a la orden de la almohada, la orden del muñeco, la orden de mi padre. Me duermo ahora como entonces, de pie sin embargo, mientras voy colocando derechos los pájaros de los platos para la comida, mientras igualo los vasos azules, mientras aliso el mantel. Ni una arruga. La luz de las dos menos cuarto de la tarde entra por la ventana del comedor y toca con el dedo el brillo de este hilo dorado. Yo toco el brillo de la luz y como una mágica varita reaparece el año en que pinté este mantel de oro. Tarde de mi Primera Comunión. Estamos mis padres, mis primas, mis amigos. Estamos ahí todos, jugando entre las sillas, yendo y viniendo del cuarto de baño, empujando a las amigas del colegio, estirando mi velo de novia-niña, un velo arrugado ya, cansado de tanta merienda. Me han hecho fotos en la terraza, he venido desde el colegio con los pies cansados, me han hecho fotos en el colegio, ahora me quito los zapatos blancos en una esquina de la terraza. Estoy rendida de tanta ceremonia. Si pudiera me pondría a pintar. Me voy descalza, decidida, por las habitaciones, en medio de las conversaciones y de los invitados. He decidido pintar. Nunca se sabrá lo que es un niño. Cojo de mi cuarto la caja de pinturas, los frascos, los pequeños pinceles y vuelvo a este comedor donde prosiguen las palabras. Apoyada en una esquina de la mesa, vestida de Primera Comunión, apartando tazas de chocolate y tartas sin acabar, tomo el amarillo y el ocre, los colores calientes de este rayo de sol que es el hilo en el mantel de mis padres. He hecho el silencio en mí misma. Siempre he conseguido este hueco, hago el vacío, me voy. Cuando fui mayor, me vi en los cuadros de Klimt como estoy ahora, en esa escena de mi Primera Comunión, el pelo intensamente rubio, la cabeza siempre doblada contra el papel de la vida, los ojos sesgados mirando el día, yo besando la tarde y la tarde besándome a mí. Tomo el amarillo, el ocre, el mosaico de los topacios y de las amatistas, el largo cuello de las huidas melancólicas por donde me escaparé. Siempre me he escapado de la realidad. A veces me he quedado tan absorta en medio de una conversación que me han llamado la atención porque la vida se quemaba y el plato ardía. He reaccionado abandonando mis soledades aguamarinas y volviendo a entrar en la cocina para ayudar a mi madre. Ella me enseñó a cocinar. La concreción de los detalles me ha salvado. Picar la cebolla muy fina. Poner el aceite a calentar. Echar en el aceite caliente  la cebolla y el diente de ajo picados. Refreir hasta que la cebolla se ponga transparente. Esperar. Atender. Agregar harina. Ahora pones, hija, la ramita de perejil y añades un vaso de agua fría mientras yo voy cociendo la merluza. Sacudo constantemente la cacerola de barro duante 15 minutos. Espero. Atiendo. Las rodajas de esperanza a la vasca se van cociendo mientras muevo con cuidado la cacerola sujetándola con un agarrador 15 minutos. Espolvoreo el perejil picado, reparto bien los guisantes, añado los espárragos y el huevo picado. Faltan aún 5 minutos más: debe calentarse. Prueba esta salsa, hija, mira a ver si le hace falta más sal. Ya está. Voy al espejo del cuarto de baño, me arreglo el pelo. Doy otro vistazo al comedor. Todo preparado. Ya sólo falta que venga papá».

José Julio Perlado: del libro «Vida contemporánea»  (relato inédito)

(Imagen.-«Tilda Swindon».-1994.-foto Douglas Brothers.-Stephen Strother Fine Arts.- Frankfurt-artnet)

LOS RECUERDOS Y EL TIEMPO

mujer-foto-ryan-mcginley-imagery-our-world

A veces el tiempo acerca los trazos de los recuerdos, aquellas pistas que uno creía desaparecidas, los pasos que uno dio. El tiempo trae los rostros que nos miraron, aquellos oídos que nos escucharon en clase, los ojos que leyeron nuestros libros. El tiempo – aquel instante en que vibramos -, el tiempo – aquella escena que vivimos -, el tiempo con su andar precipitado y su lento rimo, el tiempo, siempre el tiempo.

En menos de un mes he recibido tres comentarios que el tiempo trajo y que están depositados en el apartado «sobre el autor» de este blog. Mi Siglo recibe de repente comunicaciones del anterior siglo que uno vivió y en el que escribió y habló y publicó e intentó dejar alguna huella.

Ahora la sombra de esa huella viene en forma de cartas que me envían Javier, Noelia y Avelina. Merece la pena no escribir hoy sobre nadie – sobre ningún poeta, músico ninguno, ningún artista .

Escribir sobre los que me escribieron.  Agradecerles su tiempo.

Cómo abrieron un día su tiempo humano para entrar en el mío.

(Imagen.-foto: Ryan McGinley.-Imagery our world)