ZENOBIA (2)

 

“Zenobia desarrollaba nuevas actividades y colaboraba sin parar en lo que Juan Ramón llamaba ya la edición de su Obra. Cuartilla por cuartilla, pasaban por las manos de su mujer poemas nuevos, poemas antiguos revividos y proyectos, muchos de los cuales sin su meticulosidad y su paciencia no nos hubieran llegado nunca, ni siquiera como “borradores silvestres”.

Al principio la colaboración no debía ser fácil. Incluso cuando traducían a Tagore le oí decir a Zenobia —así lo  contaba Ernestina de Champourcin — que tuvieron que dejar de trabajar en la misma habitación, que habían amueblado con dos mesas, porque el ruidillo de su pluma deslizándose sobre el papel molestaba a Juan Ramón. Hay que añadir que esto sucedía cuando aún no existían las estilográficas ni mucho menos los “bolis”.

A veces he pensado — decía  Ernestina  — en la influencia de Zenobia en alguna de las ideas expuestas por el poeta sobre el tema del trabajo ( en la conferencia que pronunció el 15 de junio de 1936 titulada “Política poética” y que más tarde llegó a llamarse “El trabajo gustoso”) , ya que ella le dio desde el comienzo de sus relaciones un ejemplo continuo de tenacidad y perseverancia en todo lo que emprendía, aunque no buscara la altura poética tangible de Juan Ramón. Aunque fue siempre en su campo un trabajador nato, ¿ no consolidó sencillamente ella, con su modo de ser y obrar, esa tendencia, poco materializada en otros escritores de auténtica valía?”

 

(Imágenes- 1-Zenobia Camprubí— buenas noticias/ 2- Zenobia y Juan Ramón-el país)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

EL SECRETO DE TU CORAZÓN

 


“No guardes sólo para ti el secreto de tu corazón,

amiga mía, dímelo, sólo a mí, en secreto.

Susúrrame tu secreto, tú que tienes una sonrisa tan dulce;

mis oídos no lo oirán, sólo mi corazón.

La noche es profunda, la casa está silenciosa,

los nidos de los pájaros están envueltos por el sueño.

A través de tus lágrimas vacilantes,

a través de tus temerosas sonrisas,

a través de tu dulce vergüenza y tu tristeza,

dime el secreto de tu corazón.”

Rabindranath Tagore

(Imagen —Iman Maleki)

TAN SIMPLE COMO UNA CANCIÓN

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“No hay misterio en este amor más allá del presente

ni anhelo de alcanzar lo imposible

ni sombras tras el encanto

ni hay búsquedas en el abismo en la penumbra.

Este amor entre tú y yo

es tan simple como una canción.

Las palabras no nos sumen en el silencio eterno,

no elevamos las manos al vacío por cosas

que están más allá de la esperanza.

Únicamente dar y recibir…

Hemos estrujado la alegría al máximo

para extraerle el vino del dolor…

Este amor entre tú y yo

es tan simple como una canción.”

Rabindranath Tagore

(Imagen —Angelo Morbelli – 1905)

RECUERDOS, RECUERDOS …

 

 

“Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal- Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador…

Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?”

José Julio Perlado

 

 

 

((Imágenes—1-Kansuke Yamamoto/ 2-Jean Moral -1927)

VIAJES POR EL MUNDO (28) : LLUVIAS EN LA INDIA

 

 

“Según el calendario hindú — escribía Tagore—, cada año está gobernado por un planeta especial. Asimismo he encontrado que, en cada período de la vida, una estación asume una importancia particular. Cuando miro atrás a mi infancia recuerdo, mejor que nada, los días lluviosos. La lluvia inundada por el viento ha inundado el suelo de la galería. La fila de puertas que dan a los cuartos está toda cerrada. Peari, la fregona vieja, viene del mercado, con su cesto repleto de verduras, metiéndose hasta los tobillos en el lodazal, y calada de lluvia. Yo estoy en la escuela; se ha levantado nube sobre nube durante la tarde, y ahora están amontonadas tapando el cielo, y, mientras miramos, la lluvia cae en torrentes juntos y espesos; el trueno, a intervalos, va rodando ruidoso y largo; alguna mujer loca con uñas de relámpago parece estar rasgando el cielo de extremo a extremo; las paredes de estera se estremecen bajo las ráfagas de viento como si fuéramos a hundirnos hacia adentro; apenas podemos ver para leer, de lo oscuro que está.

 

 

El pat pat de la lluvia que se abre paso por los bosques de mi sueño, crea dentro un descanso alegre más profundo que los sueños más profundos. Y en los intervalos en que estoy despierto rezo para que a la mañana vea continuar la lluvia, nuestra calleja bajo el agua, y la plataforma de la alberca sumergida hasta la última grada.

La gran diferencia que veo entre la estación de lluvias de mi infancia y el otoño de mi juventud es que en la primera es la Naturaleza exterior la que me rodeó muy de cerca, teniéndome entretenido con su numerosa comitiva, su variado disfraz, su mezcolanza de música; mientras que la fiesta que se verifica en la reluciente luz del otoño está en el mismo hombre. El juego de nubes y sol queda en el fondo, mientras que los murmullos de alegría y de pena ocupan el entendimiento.”

 

 

 

(Imágenes —1-Lewis Noble/ 2- Ivan Shishkin- 1891/ 3-Laura Mcphee)

LAS DOCE

 

 

“¡Yo no quiero estudiar más, madre! ¡Toda la mañana con este libro! Tú dices que no son más que las doce. Bueno, pues aunque no sea más; vamos a ver, ¿ no puedes tú figurarte que a las doce del día es ya por la tarde?

A mí me parece facilísimo creer que el sol está ya al fin de aquel arrozal y que la pescadora vieja anda buscando yerbas para su cena, junto a la laguna. Mira;  yo cierro los ojos y me figuro que las sombras son más oscuras cada vez bajo el árbol del madar, y que el agua de la charca se ha vuelto negra y reluciente.

Si  las doce pueden ser de noche, ¿por qué no ha de poder ser de noche a las doce?”

Rabindranath Tagore – “La luna nueva” -( traducción de Zenobia Camprubí de Jiménez)

 

(Imágenes-1- Antonio Mancini – 1876/ 2-Peter Jones)

LA LADRONA DEL SUEÑO

 

infancia-ttbb-Boris Kustodiev- ganino com

 

;A ver! ¿Dónde está ésa que que se lleva el sueño de los ojos de mi niño?

Con el  cántaro a la cintura, la madre fue por agua a la otra aldea. Era mediodía. Los niños habían dejado de jugar y callaban los patos de la alberca.  El pastorcillo dormía a la sombra de la higuera. Grave, inmóvil, la cigüeña se eternizaba de pie en el pantano del bosque de mangos…Y la ladrona del sueño vino, cogió el sueño de los ojos del niño, y se fue volando. Cuando volvió la madre, se encontró al niño gateando por el cuarto.

 

flores-onn-infancia- Rie Nakajima

 

¡A ver! ¿Quién robó el sueño de los ojos de mi niño? ¿Dónde está metida ésa? La he de encontrar y tengo que atarla. La buscaré en aquella cueva oscura donde el arroyo chiquitín se escurre entre las grandes piedras duras. La buscaré en la sombra adormecedora del bosque de bakulas, donde las tórtolas se arrullan en su nido, donde las ajorcas de las hadas repiquetean en la honda paz de las noches de estrellas. Me asomaré, anochecido, al silencio aspirante de la floresta de bambúes, donde las luciérnagas derraman su luz, y preguntaré a quienquiera que me encuentre: ¿Sabe alguien dónde se mete la ladrona del sueño?

 

jardines-nbbu- matrnidad- infancia- Luigi Rossi- mil novecientos veintidos

 

¡A ver! ¿Dónde está ésa que roba el sueño de los ojos de mi niño? ¿Dónde está? ¡Buena lección le daría yo si la encontrara! Levantaría la piedra de su nido, cogería todo el sueño que tiene guardado y me llevaría el botín a casa. Luego le ataría ¡bien fuerte! las dos alas, la llevaría a la orilla del río,  ¡y que se divirtiera allí, pescando con caña, entre los juncos y los lirios!…  Y cuando, por la noche, ya cerrada la feria, los niños de la aldea están en la falda de sus madres, irían los pajarracos nocturnos y le gritarían burlonamente en los oídos : ¡Anda! ¡A ver a quién le robas ahora el sueño!”.

Rabrindranath  Tagore.- “La ladrona del sueño”.- “La luna nueva”

 

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(Imágenes.- 1.-Boris Kustodiev/ 2.- Rie Nakajima/ 3.-Luigi Rossi- 1922/ 4.- Nino Chakvetadze)

LOS PRIMEROS JAZMINES

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“¡Ay jazmines, jazmines blancos!… Recuerdo la vez primera que se llenaron mis manos de estos jazmines, ¡de estos blancos jazmines! He amado después el rayo de sol, el cielo, la tierra verde; he oído el líquido cristal del río en la sombra de la medianoche;  a la vuelta de un camino solitario, la puesta de sol del otoño me ha salido al paso como una novia que alzara su velo para decir que sí a su amado… Pero mi memoria sigue perfumada de aquellos jazmines blancos que cogí en mis manos de niño.

¡Cuánto día alegre tuve en mi vida! ¡Cómo he reído con los más felices, las noches de fiesta! En las mañanas grises canté a la lluvia mis perezosos cantares. Y ha adornado mi cuello la guirnalda nocturna de baculas, tejida por la mano del amor… Pero mi corazón está aromado aún del recuerdo de aquellos primeros jazmines frescos que llenaron mis manos de niño. ¡Ay, jazmines, jazmines blancos!”.

Rabindranath Tagore.- La luna nueva” (traducción de Zenobia Camprubí)

 

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(Imágenes.-publispain. com/ 2.- Sánchez Picazo- regmurcia. com)

VOCACIÓN

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“Por la mañana, cuando da el reloj las diez y yo voy caminito de la escuela, me encuentro todos los días en mi camino, con ese vendedor que grita- “¡Quien compra ajorcas y pulseras de plata y de cristal!”. Nunca tiene prisa por nada, ni que seguir un rumbo fijo, ni ha de llegar a sitio alguno a la fuerza, ni debe volver a casa a su hora. ¡Quién fuera vendedor, para pasarme el día en la calle gritando: “¡Quien compra ajorcas y pulseras de plata y de cristal!”.

 

infancia-wsws-Giovanni Sottocornola

 

A las cuatro, cuando vuelvo de la escuela, veo todas las tardes por la verja entornada de aquella casa al jardinero que cava la tierra del jardín. Hace lo que le da la gana con su azadón, se mancha la ropa de barro todo lo que quiere y nadie viene a decirle que si el sol lo está poniendo negro, que si se cala de agua cuando riega…¡!Quién fuera jardinero, para cavar y cavar en el jardín sin que nadie me riñera!”.

 

infancia-eerrn-Sabine Weiss

 

En el mismito instante en que anochece, cuando mamá me manda a la cama, veo por la ventana al sereno, paseándose calle arriba, calle abajo… Está la carretera oscura y solitaria y la farola de pie, como un gigante que tuviera un ojo colorado en la cabeza. El sereno mece su farol y va y viene con su sombra; y en su vida se va a la cama. ¡Quién fuera sereno, para pasarme la noche entera por la calle, persiguiendo las sombras con mi farol!”

Rabindranath Tagore.- Vocación” . “La luna nueva” (traducción de Zenobia Camprubí)

 

infancia-cvgh-Jessie Willcox Smith- mil novecientos ocho

 

(Imágenes- 1.-Ilya Repin/ 2.-Giovanni Sottocornola/ 3.- Sabine weiss/ 4.- Jessie Wilcox Smith– 1908)

CUÁNDO Y POR QUÉ

 

maternidad.-jjnn.-Gabriel von Max

 

“Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores, comprendo por qué hay tantos matices en las nubes y en el agua, y por qué están pintadas las flores tan variadamente…; cuando te doy juguetes de colores, hijo mío.

 

maternidad-innn-Khalil Raad- ml novecientos veinte

 

Cuando te canto para que tú bailes, adivino por qué hay música en las hojas, y por qué entran los coros de voces de las olas hasta el corazón absorto de la tierra…; cuando te canto para que tú bailes.

 

maternidad-vvgy-Svetlin Vassilev

 

Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo por qué hay mieles en el cáliz de la flor, y por qué los frutos se cargan secretamente de ricos jugos…; cuando colmo de dulces tus ávidas manos.

 

maternidad.-tybbf.-Leonard Campbell Taylor

 

Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír, sé bien cuál es la alegría que mana del cielo en la luz del amanecer, y el deleite que traen a mi cuerpo las brisas del verano…; cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír”.

Rabindranath Tagore.- “Cuándo y por qué”.-“La luna nueva”. (traducción de Zenobia Camprubí)

 

maternidad.-4ffv.-Joaquín Sorolla y Bastida.-1900

 

 

(Imágenes.-1.-Gabrielle von Max/ 2.-Khalil Raad– 1920/ 3.- Svetlin Vassilev/ 4.- Leonard Campbell Taylor/ 5.- Joaquín Sorolla y Bastida.- 1900)

 

EL ESCRITOR

escribir.-34dd.-Albert Anker.-1875

“Tú dices que papá escribe muchos libros, pero yo no entiendo una palabra de lo que él escribe. Toda la noche estuve leyendo cosas. Di, ¿y tú entendías lo que él quería decir? ¡Tú sí que sabes contarnos cuentos bonitos, madre! ¿Por qué no los escribirá papá así? ¿ Es que su madre no le contó nunca historias de jigantes, de hadas y de princesas? ¿O es que se le han olvidado ya todas?

escribir.-uuybbm.-Edouard Vuillard.-1891,- Memorial Art Gallery de la Universidad de Rochester.-Estados Unidos

Muchos días tienes que llamarlo cien veces para ir al baño. Y lo esperas para comer, y vuelves a calentarle la comida, y él escribe que te escribe, olvidado de todo. ¡ Siempre jugando a escribir libros! Pero si yo voy una vez a jugar a su cuarto, tú vienes corriendo por mí y me gritas: ” ¡ Qué travieso eres, hijo!”. En cuanto yo hago un poquito de ruido, ya me estás diciendo tú : “¿ No ves que papá está trabajando?” ¡Ay!, ¿qué gusto le sacará a estar siempre escribiendo, escribiendo?

escribir.-ttggb.-Albert Anker.-wikimedia

Y cuando yo cojo el lápiz o la pluma de papá y me pongo a escribir como él a b c d e f g h i, en uno de sus libros, ¿por qué te enfadas así conmigo, madre? ¡A él no le riñes nunca porque escriba! Parece que no te importa que él estropee tanto papel. Pero si yo cojo una sola hoja para hacer un barco, ya estás tú riñéndome: “¡ Hijo, qué mareón eres!” Y a papá, que echa a perder tantas hojas haciéndoles letras negras por los dos lados, no le dices nada.”

Rabindranath Tagore.– “Autor”.- “La luna nueva” (Traducción y ortografía de Zenobia Camprubí de Jiménez)

escribir.-trbb.- foto Sarki Stanislaw Solagajan

(Imágenes.- 1.-Albert Anker.-1875/ 2.- Edouard Vuillard.-1891.-Universidad de Rochester.-Estados Unidos/ 3.- Albert Anker.- wikimedia/  4.- Sarki Stanislaw Solagajan.-pixdaus.com)

EL MUNDO DEL NIÑO

“¡Si yo pudiera encontrar un rinconcito tranquilo en el mismo corazón del mundo de mi niño! Sé que en él tiene estrellas que le hablan, y un cielo que baja hasta su cara para divertirlo con sus nubes tontas y sus bobos arcoiris. En él todos esos que parecen que nunca dicen nada y que nunca se mueven, se deslizan hasta su ventana y le cuentan cuentos y le ofrecen bateas cargadas de juguetes de ricos colores.

¡Si yo pudiera andar ese camino que que cruza el pensamiento de mi niño, salirme de todas sus lindes, ir hasta  donde los mensajeros desconocidos traen y llevan mensajes sin razón por reinos de reyes sin historia; hasta donde la razón hace barriletes con sus leyes y los echa al aire; donde quita a las acciones sus cadenas la verdad!”.

Rabindranath Tagore: “El mundo del niño“.-(“La luna nueva“)

(en la víspera de los Reyes Magos)

(Imágenes: 1.– Ilse Bing.-1945 / 2.-Eliot Elisofon.-1954-new.eyeonlifemag)