“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (22) : “ELIZABETH X”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (22) : “Elizabeth X”

 

9 de mayo

Sigo en “La Barranca” (Navacerrada)  He alargado un poco este fin de semana y he terminado este cuento:.

 

 

 

ELISABETH X

 

Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma.
Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de relaciones sentimentales, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta -¿Espera usted a que le pidan el billete? – procuro ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último martes -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, intenté volver a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.
Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. – y agrega sin dejar de mirarme: – Eso es imposible. Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

– O sea, doctor, ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted ya escuchó hacía un año?

– Sí. Exactamente.

– ¿Y esto le había pasado ya alguna vez?

– No. Nunca. Nunca con una enferma.

– Se encontraba usted reviviendo, pues, un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando.

– Sí, naturalmente estaba soñando.

– ¿Un sueño concretado en ese momento preciso o un sueño total? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

– No lo sé…Creo que fue un sueño. También la visita a mi consulta de Elizabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa visita nunca existió.

– Y por supuesto tampoco su viaje en tren…

– No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

– ¿Siempre sueña en el tren?

– Sí, siempre el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Siempre viene puntual?

– Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos . Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

– ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

– Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ, colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X. aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco (él también conoce que es un sueño) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ. proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de las once treinta y cinco.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LA INTELIGENCIA, LO NORMAL Y LO PATOLÓGICO

 

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¿Qué valor se concede a la inteligencia para probar si un hombre es normal o patológico? – así se lo pregunté hace años, lo recuerdo muy bien, al eminente profesor Pierre Pichot, ex- presidente de la Sociedad Francesa de Psicología. Nos encontrábamos los dos en San Sebastiàn, con motivo de un Congreso sobre “Psiquiatría y Sociedad” y aún tengo en la memoria sus  reflexiones.

– Hay una deficiencia de la inteligencia – me dijo entonces el profesor Pichot – considerada como patológica. El niño nace con una anomalía. Tenemos medios para medir la inteligencia. Hay dos tipos de patología de la deficiencia intelectual: por ejemplo, si un niño nace con una lesión de cerebro, su inteligencia está patológicamente baja. Pero otros casos se sabe que hay una inteligencia media y baja inteligencia, pues la inteligencia, como la estatura, depende de varias cosas. En el caso de la alimentación deficiente hay una inteligencia más baja que si recibe una buena alimentación; lo mismo ocurre respecto al ambiente; si se vive en un ambiente inteligente y culto se da un crecimiento de la inteligencia. Existe también el tema de la herencia: si el padre o la madre son de baja inteligencia hay gran posibilidad que los niños sean de inteligencia baja.

La inteligencia baja, aunque sea de causa normal, puede ser patológica por una razón muy sencilla: porque no permite una adaptación a la sociedad. Para vivir en nuestra sociedad se necesita un coeficiente de inteligencia de 7o o algo más, ya que la media es de 100. Hay personas cuyo coeficiente de inteligencia es de 60; desde el punto de vista de la sociedad estas personas son consideradas enfermas porque tienen una debilidad mental patológica.

 

 

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En resumen – prosiguió Pichot -, hay dos tipos de patología. Un tipo o comportamiento es patológico porque la causa es patológica; otro tipo es patológico porque desde el punto de vista social no permite un funcionamiento normal.

Si sigo con este mismo ejemplo, puedo decir que al principio del siglo XlX los psiquiatras conocían muy bien esta enfermedad mental y consideraban como retraso mental un nivel correspondiente a un coeficiente intelectual de 50 o incluso más bajo; 60 era ya normal, ¿por qué? Porque la civilización y la cultura de principios del XlX era esencialmente agrícola y uno podía ser más independiente y podía permanecer más en el campo y ganar su vida sin demasiadas complicaciones. A partir de finales del XlX se introdujo en todos los países de la Europa occidental la escuela obligatoria. Todos los niños tenían que estudiar por la simple razón de poder participar en una civilización industrial. En ese mismo instante se comprobó que ciertos niños que hasta entonces no eran considerados patológicos, se les calificaba así, y en ese momento entran en la patología aquellos niños que no alcanzan el coeficiente  60.

El límite que se traza entre la patología y la normalidad depende de factores sociales; y se puede decir de una manera general que esto es cierto, ya que existen variaciones culturales de la tolerancia social respecto a las desviaciones  mentales. Hay ciertas sociedades con una tolerancia mayor hacia ciertas desviaciones mentales y que, por tanto, no las considera patológicas, y otras en cambio no son tolerantes y las  consideran patológicas.

Incluso cuando no hay lesión cerebral se consideran patológicas las alucinaciones, como por ejemplo, aquellas personas que escuchan voces en la habitación contigua y creen que es una conspiración contra ellas.

El gran problema que a mi parecer existe – concluyó Pichot – es el de la alienación entre el límite desde lo normal a lo patológico influidos por la tolerancia social”.

 

 

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(Imágenes -1 – Groebli – 1946/2- Ljubisa Danilovic/ 3-hannes Kilian – 1965)

JUNG Y EL INCONSCIENTE COLECTIVO

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“La gente no puede evitar el percatarse de que en casa usted es muy distinto de lo que aparenta ser en público. Usted ignora entonces quién es el verdadero hombre: ¿el que actúa en su casa y en sus relaciones íntimas o el que aparece en público?”.

Estas preguntas se las planteaba Jung hablando con Richard Evans sobre el inconsciente en general y el inconsciente colectivo en particular.

 

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Ahora, en el centenario del inconsciente colectivo, las palabras de Jung vuelven a resonar:

“La persona es un cierto sistema de conducta complicado – decía – y que es en parte dictado por la sociedad y en parte dictado por las esperanzas y deseos que cada uno cultiva (…) ¿Quién es el verdadero hombre, el de casa o el que aparece en público? Es una cuestión de Jekyll y Hyde. A veces hay tal diferencia que casi podríamos  hablar de una doble personalidad, que será tanto más neurótica cuanto más pronunciada. Se vuelven neuróticos porque actúan de dos formas distintas; se contradicen siempre a sí mismos y lo ignoran cuanto más inconscientes sean. Piensan que son un solo individuo, pero todos comprueban que son dos. Algunos le conocen sólo  por una de sus facetas; otros le conocen sólo por la otra. Y también hay situaciones en que chocan, porque su forma de ser crea ciertas situaciones con sus amistades, y estas dos situaciones no concuerdan, de hecho, son insinceras. Y cuanto más acentuada sea esta discordancia más neurótico será el individuo. Nosotros no podemos soportar demasiado bien más que dos papeles, pero hay casos en los que la gente tiene hasta cinco personalidades distintas.

 

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(…) La psique guarda problemas colectivos, convicciones colectivas. Estamos muy influidos por ellas y hay ejemplos que lo prueban. Usted pertenece a cierto partido político o a cierta religión; eso puede ser un determinante importante de su conducta. Ahora que, si surge un problema de conflicto personal, el inconsciente colectivo no es afectado. No se plantea la cuestión y por eso no actúa. Pero en el momento en que usted trasciende su esfera personal ( por ejemplo, usted intenta resolver un problema político o cualquier otra cuestión social que le importe realmente), entonces usted se enfrenta con un problema colectivo. Yo noté en mis pacientes, y especialmente en personas que ejercen una función pública, que tienen una determinada forma de presentarse. Por ejemplo, en el caso de un médico: se conduce correctamente a la cabecera del enfermo, y lo hace como uno espera que se conduzca un médico. Puede llegar, incluso, a identificarse con ello y creer que es lo que aparenta ser. Debe presentarse de cierta forma o, de lo contrario, la gente no creería que es un médico. Lo mismo sucede cuando uno es profesor: también se supone que debemos comportarnos de tal manera que parezca verosímil el ser profesor. Por eso la persona es parcialmente el resultado de las exigencias que detenta la sociedad”.

 

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(Imágenes.-1-Jung- Cartier Bresson- 1961/ 2.-foto Eva Rubinstein/ 3.- foto Hannes Kilian 1965/ 4.-Carl Jung)

SOBRE LA MELANCOLÍA ( y 2)

mar-trec- playas- Peder Severin Kroyer

 

Sentados ante el mar de San Sebastián, en el Coloquio “Psiquiatría y sociedad”, me seguía diciendo el profesor y psiquiatra alemán  Hubertus Tellenbach hablando de la melancolía: ” Existe una investigación en varios países en donde se descubre que  no aparecen tantos melancólicos, porque la vida es más amable y gozosa. En Santiago de Chile, y en la ciudad de Concepción, por ejemplo, es muy difícil encontrar gente que tienda a la melancolía, puesto que la vida está más acomodada por las fiestas, etc, es decir, por la alegría y el gozo. No tienen necesidad de trabajar demasiado, y aquí la melancolía es muy rara. En la ciudad de Concepción existen virtudes sobre todo muy seductoras. En nosotros suele haber una psicosis de alcoholismo, pero en Chile hay sobre todo psicosis de alucinación. Aquí  se encuentra a las mujeres como el centro de la familia, y entonces en cuanto un hijo o un marido bebe, esta persona se siente enfrentada con la conciencia representada por la mujer. En nuestra sociedad el hombre se siente presionado por el trabajo casi mecánicamente, y no posee las fiestas primitivas de antes, tanto las fiestas en la Iglesia como las de la contemplación de la naturaleza y de la cultura.

 

mar- yre- Jamie Wyeth

 

Tanto psiquiatras americanos como japoneses han llegado a decir que no es posible para cada hombre acabar por sí sólo en la melancolía. Ellos no presuponen una cierta estructura, que a veces arranca de la familia y de cuestiones genéticas, por las cuales se puede llegar a la melancolía. Esto es un error de muchos psiquiatras. No es posible que un hombre en particular llegue a ser melancólico. Es una cierta estructura la que puede llegar a ser melancólica. El número de melancólicos está determinado por las estructuras. Es la industrialización y una situación patológica que, junto a la estructura, crea los melancólicos. Es mi respuesta: ya que el número de melancólicos ha de ser siempre limitado. Los melancólicos son una consecuencia de la sociedad enferma. Si destruimos la industrialización, los hombres tendrían un mal de fondo, pero es muy importante decir que la estructura està dañada.

Si se trata la melancolía con medios antidepresivos, es posible que ésta desaparezca en  la primera etapa. Si uno está satisfecho con esta etapa, en esta persona los síntomas pueden volver en un año o dos; si han desaparecido los síntomas por completo es perjudicial movilizar las posibilidades de la personalidad respecto a la estructura melancólica. Hace falta decirle al paciente que permanezca tranquilo, que no se preocupe excesivamente por las responsabilidades, que no hace falta que todo esté excesivamente arreglado.

Dios no es una computadora. Que permita que su hija siga su vida y no fuerce una simbiosis cuando su hija se case, que deje que su hija realice su vida, puesto que el tipo melancólico es el que marca la situación de la melancolía. Si la hija se casa, la simbiosis entre la madre y la hija se rompe en parte y la melancolía de la madre comienza.

Hay otra cosa aún: si se encuentra en la estructura normal la responsabilidad por la culpa, y se tiene la obsesión de estar enfermo; si es una mujer de su casa y se obsesiona con que todo esté bien y perfecto, puede tender a la melancolía y caer en la hipocondría fundamental. Si alguien tiene esa personalidad temerosa, puede llegar a transformarse en una realidad melancólica”.

 

mar- utr-conchas - Max Ernst

 

(Imágenes.- 1.- Peder Severin Kroyer/ 2.- Jamie Wyeth/ 3.- Max Ernst)

SOBRE LA MELANCOLÍA (1)

 

figuras-ttvvb-Barnett Newman- mil novecientos cuarenta y nueve

 

“Es necesario explicar que hay esquizofrénicos que han sido muy buenos vividores en la escuela – me decía el psiquiatra alemán Hubertus Tellenbach en 1975 -, y un día comienzan una evolución en la cual ellos no encuentran “el gusto” de trabajar. Quieren ser como los “hippies”. Únicamente gozan de la vida de una manera apasionada, pero no desean el rendimiento. Pero ante nuestra sociedad, que es una sociedad de rendimiento, mi proposición es la siguiente: dejarles hacer lo que deseen. Por ejemplo, un estudiante de Medicina que ha triunfado en los exámenes, se ha transformado en un esquizofrénico, entonces no desea en absoluto continuar sus estudios de Medicina y lo que desea es transformarse en un mero trabajador de la agricultura. Mi propuesta es dejarle hacer lo que él quiera, no intentar conducirle hacia el rendimiento.

 

figuras-unree-Sohan Qadri- dos mil siete

 

En cuanto a la estructura de la personalidad melancólica es una estructura en torno al rendimiento. Ellos se encuentran en las fábricas, en los despachos y trabajan tan bien e incluso mejor que la normalidad. Pero cuando el hombre se encuentra enfermo, un trabajador, por ejemplo, está bien asegurado por la Seguridad Social y abre sus ojos y piensa que puede ganar dinero sin trabajar: este hombre se encuentra bajo la depresión de no poder trabajar. Es en nuestra civilización, en la cual se trabaja como máquinas – entre computadoras y datos -, donde se descubre las condiciones más aptas para que existan tipos melancólicos. Si se encuentran en el trabajo, pero no rinden suficientemente, se hallan en una situación preparada para la melancolía. Por ejemplo, en un empleado que ha llegado a tener más responsabilidad, es decir, que puede ser de categoría superior, su responsabilidad aumenta, y entonces no puede aceptar un fracaso, o sea, la culpa. En ese momento de su ascenso, él puede transformarse en un melancólico. Sin esa situación creada, él no llegaría a ser un melancólico. Por tanto, si la industtrialización sigue elevándose, cada vez habrá más melancólicos”.

 

figuras-jnn-Felix De Boeck

 

(Imágenes- 1-Barnett Newman- 1949/ 2.-Sohan Qadri- 2007/ 3.-Felix de Boeck)

NIJINSKY

baile- bbggr- Nijinsky- foto de Krasnoe Selo- mil novecientos siete- wikipedia

 

Tras la muerte de Vaslvav  Nijinsky – recordaba hace pocos días el doctor López Ibor Aliño en una intervención académica – se le practicó la autopsia y los dos patólogos que la llevaron a cabo comenzaron por abrir a lo largo y a lo ancho sus tobillos para encontrar el secreto del baile del mayor de los genios de la danza. Nada había de anormal y volvieron a cerrar las incisiones. El baile de Nijinsky, pues, no estaba en sus tobillos sino en su cerebro.

Su cerebro y sus movimientos de gran bailarín fascinaron no sólo a muchedumbres de espectadores sino a figuras eminentes de las letras. Paul Claudel, en “El ojo escucha”- en Washington y en 1927 -decía de él al verle aparecer: “Nijnsky aportaba otra cosa, los pies en fin han dejado la tierra! Él aporta la victoria de la respiración sobre el peso (…) Es la posesión del cuerpo por el espíritu y el empleo de lo animal por el alma, aún, y aún, y de nuevo, y aún una vez más, lánzate, gran pájaro, al encuentro de una sublime derrota! Él cae, a la manera de un rey que desciende, y de nuevo él se lanza como un águila y como una flecha. El alma durante un segundo lleva al cuerpo, este vestido es transformado en llama y la materia es transporte y grito! Él recorre la escena como como el relámpago, y apenas se vuelve viene hacia nosotros como la tormenta. Es la gran criatura humana al estado lírico…, toma cada uno de nuestros movimientos más profanos y los transporta en el mundo dichoso de la inteligencia y de la potencia”.

 

baile.-danza.-66gb.-Nijinsky en Monte Carlo.- foto de Stravinsky en 1911

 

Otro gran admirador suyo, Auguste Rodin, le aclamaba al contemplarle en la “La siesta de un fauno”: “entre la mímica y la plástica, el acuerdo es absoluto: el cuerpo entero significa lo que quiere el espíritu; él posee la belleza del fresco y de las estatuas antiguas; es el modelo ideal al cual uno desearía dibujar, esculpir”.

Jean – Louis Vaudoyer comentaba cómo “él se elevaba varios metros del suelo, describía una parábola aérea y desaparecía a los ojos del público. Cuando se le preguntaba cómo podía realizar semejante prodigio, contestaba: “Es muy fácil, uno no tiene mas que pararse un poco en el aire antes de descender”.

 

baile - bjju- Nijinsky en el ballet La siesta del fauno- mil novecientos doce- Leon Bakst- wikipedia

 

El gran crítico musical Adolfo Salazar, en “La danza y el ballet”, al referirse a la aparición del gran bailarín en los “Juegos” de Debussy, resumía que” al final Nijinsky sufría en su trabajo más que cualquier otro artista de su profesión, perjudicado por una ignorancia completa de la música, una inteligencia lenta y una falta de flexibilidad que contrastaba con su maravillosa ductilidad muscular, su admirable plástica corporal, no igualada por nadie”.

“Todo el mundo va a repetir – escribió el bailarín en su “Diario”que Nijinsky ha perdido la razón.¡ Qué importa, ya que en casa ya me he comportado como un loco y todo el mundo está convencido! Pero no se me conducirá al asilo puesto que soy un excelente bailarín y doy dinero a todos aquellos que me lo piden. Se aman por otro lado los seres extraños, excepcionales, y se me dejará marchar en paz tras haberme llamado “clown”.

 

Choreographer Nijinsky and Composer Ravel Sitting at Piano

 

(Imágenes.- 1.-foto de Krasne Selo- Nijinsky en 1907- wikipedia/ 2.-Nijinsky en 1911- foto de Stravinsky/ 3.-cartel de “La siesta de un fauno”- 1912- Leon Bakst/ 4.- Nijinsky y Maurice Ravel- 1912)

ELISABETH X

“Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma. Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de amoríos ni de hombres, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta

-¿Espera usted a que le pidan el billete? –le digo, procurando ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice.

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último jueves -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva  las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, me volví a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.

Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. Eso es imposible – y agrega sin dejar de mirarme -: Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y  sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

–         O sea, doctor – le interrumpo – ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted escuchó hace un año?

–         Sí. Exactamente.

–         ¿Esto le había pasado alguna vez?

–         No. Nunca. Nunca con una enferma.

–         Se encontraba usted, pues, reviviendo un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando…

–         Sí, naturalmente estaba soñando.

–         ¿Un sueño concretado en ese preciso momento o un sueño total? ¿Cómo lo podría definir? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

–         No lo sé…Creo que fue un sueño… También la visita a mi consulta de Elisabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa  visita nunca existió.

–         Y por supuesto, tampoco su viaje en tren…

–         No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

–         ¿Siempre sueña con el tren?

–         Sí, siempre es el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

–         ¿Viene siempre puntual?

–         Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos. Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

–         ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

–         Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ., colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se  dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X, aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco ( él también conoce que es un sueño ) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ, proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un  sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de la once treinta y cinco”.

José Julio Perlado: (del libro de relatos “Elisabeth X”  de próxima aparición)

(Imágenes:-1.- Toni Frissell.-Lisa Fonsagrives.-Londres 1951/ 2.-Stanco Abadzic.-contemporaryworks.net/ 3.-j some.-estacaô de oriente.-wikipedia/4.  –Elliot Erwitt/5.-Holger Droste.-smashingpicture.com/6.- autor desconocido)