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Posts Tagged ‘Pombo’

 

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Probablemente bastante conocido y consultado por sus volúmenes La novela de un literato en donde repasa vidas y anécdotas de toda una época, Cansinos Assens fue un periodista y escritor muy prolífico que iniciaría sus trabajos en prensa en El Motín, periódico ácrata, para pasar luego a las páginas de El país y seguir luego en La Correspondencia de España, La Tribuna, El Imparcial, El Heraldo y La Libertad, entre otras varias publicaciones. Hay que añadir a ello sus colaboraciones en destacadas revistas, como Grecia, Revista Latina, Renacimiento (1907), Helios (1903) y Prometeo. Mientras Gómez de la Serna ejerce su magisterio en Pombo, Cansinos Assens se refugia en grandes cafés, como El Colonial o El Universal. Cansinos entraba alto, grande e impecable en aquellos cafés arrastrando cierto dandismo y ocupaba un lugar central en el diván. Destacaban sus cabellos rizosos y los ojos tristes bajo unas cejas pobladas. Gómez de la Serna, que no le tenía gran simpatía, le describió con aire de murciélago. A pesar de ello, Ramón constató también que Cansinos “tenía una buena cultura conseguida en un largo silencio de grandullón huérfano, y escribía con una prosa lírica, evocativa y nostálgica”.
Borges escribió de él en repetidas ocasiones. Conocí en Madrid a un hombre –dijo – que sigo considerando quizá menos por su escritura que por el recuerdo de sus diálogos. Conocí a Rafael Cansinos Assens y de algún modo yo soy discípulo de Cansinos, no de las teorías de Cansinos y sí del diálogo de Cansinos, de la sonrisa de Cansinos.

 

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Había aprendido idiomas y tradujo numerosas obras famosas. Como traductor tuvo que trabajar incansablemente y para editar sus libros hubo de pasar verdaderas angustias. Vivía muy modestamente en una casa muy cercana al Viaducto madrileño y era amante de la soledad. Él dejaba correr el rumor de que era sefardí y en su literatura aparecen de vez en cuando estas influencias.
Concebía la crítica como complemento a la creación literaria, y en esa creación resalta su novela El candelabro de los siete brazos (1914) y otras obras varias, como La madona del Carrosel, El divino fracaso, La huelga de los poetas, Las odas triunfales, El madrigal infinito o el movimiento V. P., novela de humor corrosivo en crítica al modernismo. Nace tras ello ese Movimiento V.P. que enseguida lanza un manifiesto: será el de una revista en la que querrán suprimirse las comas, los puntos, las haches y se requerirá como ejecutoria para un verdadero poeta moderno el no haber escrito un soneto jamás. Cansinos afirmaba por entonces: Mi obra es un paisaje vago y tenue… Música y fragancias perdidas y luminarias a lo lejos….

 

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Sus críticas literarias, años después, serían muy valoradas. Largos artículos –de rigor analítico y prosa exuberante- publica en La Libertad, por ejemplo sobre el cante flamenco (él lo titularía La copla andaluza), y reivindica la otra Andalucía para decir: el hombre bueno de Andalucía ha puesto su bomba a la puerta del teatro de los Quintero, echando por tierra sus muñecos. Su prolífica labor periodística, casi diaria, llegaría más a los iniciados que al gran público. Era en los cenáculos literarios donde más se le conocía. Fue siempre más literario que periodístico. Escribiría en La Esfera y Nuevo Mundo e igualmente publicó en La novela corta y en La Novela Semanal. Pero sobre todo quedará en la memoria y en los vivos archivos documentales por su obra La novela de un literato, visión singular – a veces discutible – de toda una época creadora de España.
Con su sombrero blando y aplastado, de alas generosas, con su abrigo amplio y nada nuevo que solía flotar al ritmo de sus parsimoniosos y desgarbados andares, con su aire ausente de la vida, recorriendo madrileños caminos nocturnos – desde la Puerta del Sol hasta el Viaducto y desde el Viaducto a la Puerta del Sol -, Cansinos Assens fue desapareciendo poco a poco tras las tensiones de la guerra civil en el ocaso de una soledad voluntaria, sólo con ánimo de reavivar un día sus recuerdos, cosa que hizo de manera brillante.

 

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(Imágenes.- 1-Cansinos Assens- ABC es/ 2.-Borges- Borges todo el año/ 3.-Cansinos Assens en la Cuesta de Moyano- el cultural/ 4.-Cansinos Assens- ABC es)

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No hace muchas semanas he participado en un Simposio en Andalucía – concretamente en Jaén – sobre la figura humana y literaria de José Ortiz  de Pinedo, mi abuelo materno, y sobre toda la época de la novela y el cuento español a principios del XX, y allí evoqué, entre otras cosas, ese reino de las tertulias inolvidables, el recinto de los cafés y las palabras.

” Interesantes aportaciones – recordé en mi intervención – sobre aquella actividad de los cafés de la capital de España se han ido publicando a lo largo del tiempo, como, por ejemplo, “Las tertulias de Madrid” de Antonio Espina (en la que se habla, entre otros, de un amigo de mi abuelo, Emilio Carrere, en sus reuniones en el Café Varela, en la calle de Preciados esquina a la de las Fuentes) o, ya más recientemente, el volumen de Miguel Pérez Ferrero, “Tertulias y grupos literarios”.

“Por mi parte, respecto a los cafés, recuerdo perfectamente – como anécdota que me quedó muy marcada – cómo un día le pedí a Ortiz de Pinedo – era el año 1956 -conocer El café Gijón y allá fuimos los dos, abuelo y nieto. Yo esperaba que él, como escritor, me mostrara el ambiente cálido y literario de las tertulias, pero mi abuelo – desconozco por qué – eligió para verlo la primera hora de la mañana. Estaba el café recién abierto, las mesas vacías, las sillas apartadas, las limpiadoras ejerciendo su oficio. Entramos, y desde el umbral me dijo cariñosamente: “Éste es “El café Gijón, salimos, y ya no conseguí ver más. Luego, lógicamente, he vuelto por “El Gijón muchas veces, en alguna ocasión me he encontrado allí con escritores, aunque nunca he asistido a las tertulias. Pero no se me olvidará, sin embargo, aquella mañana en que me asomé con mi abuelo, José Ortiz de Pinedo, ante El Gijón” vacío”.

Café y palabras. Palabras y cafés. Varias veces he hablado en Mi Siglo de ambas cosas: la revolución de las cucharillas removiendo los posos de las conversaciones, las tazas repletas de opiniones, los camareros solícitos, el griterío del mundo alrededor..

.El mejicano Alfonso Reyes en su interesante libro “Tertulia de Madrid(Austral) evoca – como han hecho tantos otros – la famosa tertulia de “Pombo” en la que Ramón Gómez de la Sernase sienta, rodeado de los suyos, junto a una mesa que tiene las delicadas proporciones de un ataúd. Desde allí ve desfilar el tiempo, ve pasar a la Muerte disfrazada de camarero, ve pasar a Goya, a la de los ojos coléricos y al de la barba despeinada. De banquetes de tiempo en tiempo – banquetes organizados por la comisión R. G. de la Serna, Ramón G. de la Serna, Ramón Gómez de la S.. etc. etc -, publica proclamas. Lleva un registro en que firman todos los tertulianos. Es una de las últimas tertulias, y los guías la muestran a los forasteros (desde lejos) como una supervivencia“.

Pero ha habido innumerables tertulias. Testimonios menores pero verídicos recuerdan la tertulia del Café Español, frente al Teatro Real, tertulia de estudiantes y de aficionados a las letras y en cuyo café tocaba el piano un ciego, y cuando cerraba sus puertas, los dueños del establecimiento permitían entrar en la casa, donde se jugaba al mus y al amanecer se comía una tortilla. Tertulias como las del Café Regina, o la del Lyon d´Or, la del Levante o la del Café del Prado, en una de cuyas mesas escribía frecuentemente Jardiel Poncela. Tertulias itinerantes, como la que comenzaba en el Café de Platerías y terminaba en el Café Puerto Rico.

Conscientemente quedan muchas por enumerar. Díaz Cañabate escribió “Historia de una tertulia“, Ricardo Baroja pintó varias de ellas con su pluma y Pérez Ferrero, entre otros, paseó sus páginas por aquellos cafés llenos de palabras, palabras en “Cruz y Raya”, palabras en “La Gaceta“, palabras en Lhardy, en el Café Europeo, palabras en el Café de Madrid, en la Cervecería Inglesa o en el Café de la Montaña

Cafés y palabras, palabras con sorbitos de café, café y espuma de palabras…

(Ante la aparición de un nuevo libro: “Los cafés históricos“, de Antonio Bonet Correa)

(Imágenes:- 1.-café A Brasileira.-Lisboa.-elpais. com/ 2.-interior del Café Spert.-Viena.-1890.-elpais.com/ 3.-Henri Gervex.- escena de café.-1877.-Institute of Arts Detroit,.Francia.-elpais.com/ 4.-Benjamín Jarnés, Humberto Pérez de la Osa, Luis Buñuel, Rafael Barradas y Federico García Lorca.-1923.-elpais.com/ 5.-Emile Wattier.- café de París.-1820/ 6.-foto de familia del personal de un café parisino.-1900.-elpais.com)

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Detrás de la botella de ron situada en el centro de la mesa, entre las manos de Ramón Gómez de la Sernaaparece escondido un secreto, según las últimas investigaciones llegadas a la prensa. En este célebre cuadro de Gutiérrez Solana, “La tertulia del café de Pombo“,  se ha descubierto una pintura bajo otra pintura y cuando nos acercamos a estas figuras – a Bergamín, a Tomás Borras, a Manuel Abril, al propio Solana y a Bartolozzi, entre otros – parece que estuviéramos en aquel 17 de diciembre de 1920 cuando la pintura se colgó en la Exposición del Salón de Otoño.

“Mucho tiene que viajar ese cuadro“, dijo entonces Gutiérrez Solana. El pintor asistía a las tertulias, y como refiere uno de sus mayores especialistas, Manuel Sámchez Camargo, en su “Solana(Taurus),” de “Pombo” prefería los vasos gordos de cristal, las grandes chuletas, el vino de Valdepeñas, la cerveza y los que entraban, estaban y salían, especialmente a la hora última. Lo demás no le importó nunca. Ël y su hermano Manuel, mientras presidiera Ramón, hubiera bebidas, espejos y luces azules de gas, estaban a gusto. Pero sin que calara Pombo-cripta en él. Sin embargo, como siempre, el pintor caló en Pombo, abriéndole el vientre y dejando su esqueleto colgado de cuatro clavos”.

RAMÓN escribiría su “Pombo“, célebre entre sus obras. Al Antiguo café y botillería de Pombo” – así se llamaba – se accedía por dos puertas y constaba de cinco gabinetes y un salón central, comunicándose todos por unos arcos, y sin dejar de ser independientes. Ante el álbum donde tenía que firmar todo aquel que llegaba por vez primera, Ramón le conminaba: “¡Diga usted su verdadero nombre!“. Ese era el rito. Los banquetes que en Pombo se dieron fueron numerosos: a Fígaro, a Ortega y Gasset, a Azorín, a Don Nadie...A Pombo llegó un día Picasso vestido de gran Arlequín, con motivo del estreno de su pantomima “La gran parada”, interpretada por los ballets rusos. En Pombo el mejicano Alfonso Reyes, autor entre muchos otros libros del delicioso “Tertulia de Madrid“, contó sus hallazgos históricos, como el descubrimiento de que los ahorcados de la Plaza Mayor eran desposeídos por sus verdugos de los zapatos, para que la gente que iba a pisarlos, después de la ejecución, como signo de buena suerte, no pudiera hacerlo.

Cuando Gutiérrez Solana cantaba en la cripta de Pombo requerido por Gómez de la Serna, decían quienes le escuchaban: “frente al estupor de contertulios y parroquianos, puesto en pie, emtona sus arias que duran largos minutos, sin que nadie se atreva a sonreir. Este recurso lo emplea Ramón cuando es necesario ofrecer “el número mejor del programa“.

De esa célebre pintura que refleja la famosa tertulia del café el propio Solana, en el Epílogo a su “España negra“, quiso añadir: “Es un cuadro a medio conseguir, y ahora verdaderamente siento el no haberle podido dar una forma más acertada y más decisiva. En el centro está nuestro amigo Ramón Gómez de la Serna, el más raro y original escritor de esta nueva generación. Está, pues, en pie y en actitud un poco oratoria: recio, efusivo y jovial, un tanto voluminoso, pero menos de lo que deseamos verle, para completar su gran semejanza con un Stendhal español o un nuevo Balzac de una época más moderna y menos retórica; cerca de él su cartera, esa buena amiga que siempre le acompaña, llena de pruebas de imprenta y dibujos, que hace rápidamente para ilustrar sus escritos, son comentarios gráficos admirables y que dan un encanto más a los artículos que publica casi diariamente en “La Tribuna” y “El Liberal“.

A su lado, Bacarisse, Coll, Bartolozzi, Cabrero, Borrás, Bergamín, Abril, y encima, el prodigioso espejo de Pombo, este espejo cinematográfico, cuya luna patinada cambia constantemente de expresión: unas veces nos sugiere ideas antiguas, nos transporta a la época de Larra; los viejos con grandes levitones y las enormes chisteras, los fracs, las corbatas de muchas vueltas y los chalecos rameados, de los que cuelgan las pesadas y largas cadenas de oro. (…) Otras veces, este espejo se rejuvenece, y en los calurosos días de verano, en los meses de julio y agosto, cuando las puertas del café están abiertas, vemos pasar por ellas los tranvías iluminados y atestados de gente, los automóviles silenciosos y ligeros y los coches de punto, tirados por estos caballos siempre viejos y cansados, y ya más en las altas horas de la noche, los transeúntes que cruzan por las aceras o en el empedrado de la calle”.

Dos años antes de morir- murió a los cincuenta y nueve años, cincuenta personas fueron a su entierro -, Gutiérrez Solana hablaba aún de este cuadro confesando: “Ramón tuvo ese empeño. Yo lo hice con mucho gusto. Pero me llevó mucho tiempo. Nunca venían los contertulios cuyos retratos tenía que pintar“.

Solana bebía y cantaba, amaba los gatos, los relojes, los fetiches, las viandas bastas y el áspero vino. En la madrileña plaza de Santa Ana, a sus acompañantes, les iniciaba en el rito de la libación de la cerveza. Además de ir a “Pombo” asistía a la tertulia del café “Nuevo Levante“, en la calle del Arenal, donde se reunían Ricardo Baroja y su hermano Pío, Azorín, Valle-Inclán. De él se dijo: “su agudo espíritu de observador de fealdades y miserias le hizo a un tiempo literato y, sobre todo, pintor“.

(Imágenes:- “La tertulia del café de Pombo” de Gutiérrez Solana/2.- el banquete a Don Nadie en el café Pombo- elpasajero.com/ 3.-Ramón Gómez de la Serna.-dipity. com)

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Cuando pasa uno ante el Café Comercial, en la madrileña Glorieta de Bilbao, llegan aún los ecos de tan variados cafés y tertulias hoy desaparecidos y que tantos rumores y verbales sentencias provocaron. Célebre tertulia, naturalmente, la de “Pombo”, con RAMÓN al fondo  ( ” el único café donde podían entrar mujeres de cera”, decía Gómez de la Serna) – horchatería de Condela, Nuevo Café de Levante, Café de Madrid, Café de la Montaña y Cervecería Inglesa de la Carrera de San Jerónimo donde acudían, entre otros, Manuel Bueno o Ricardo Baroja.  El mismo Ricardo Baroja en “Gente del 98” cuenta las dos tendencias existentes en el Café de Madrid:  el grupo capitaneado por Jacinto Benavente y el otro más abigarrado, indisciplinado y revoltoso que iría luego a la Cervería Inglesa reuniendo allí a caricaturistas, pintores, algún cómico, literatos y estudiantes. Acudían a la Cervecería a las diez de la noche y la tertulia andante paseaba después, desde la esquina de Recoletos hasta la Plaza de Isabel ll, por la calle de Alcalá, Puerta del Sol y calle del Arenal. Eran palabras cruzadas, pasos de palabras a veces muy bohemias, desgarradas confesiones, por ejemplo, de Manuel Sawa, hermano de Alejandro Sawa.

Pero hubo tertulias aquí mismo, en esta Glorieta de Bilbao, en el Café Europeo, esquina al bulevar de Carranza : divanes de peluche a los que acudían Manuel y Antonio Machado y años después, entre 1923 y 1925, de once a una de la tarde y en torno a la figura de Jardiel Poncela, Manuel Gargallo, César González Ruano o Carlos Fernández Cuenca. De vez en cuando la tertulia cruzaba esta Glorieta y venía hasta el Café Comercial para, pasados unos meses, retornar a sus orígenes. Tras proclamarse la República, las tertulias en en el Café Europeo duraban hasta la madrugada y aquí intercambiaban sus encendidas opiniones Eugenio Montes, Pedro Mourlane Michelena, Rafael Sánchez Mazas o Víctor de la Serna.


Casi enfrente de este Café Comercial, tras lo que hoy son bloques de casas  y trazos de calles, se encontraban hace algunos siglos ciertos “pozos de la nieve” que en Madrid existían. “En la calle de Fuencarral con vuelta a Barceló, Mejía Lequerica, Sagasta y glorieta de Bilbaocuenta María Isabel Gea comentando el “Plano de Teixeira” de 1656 – se situaban los pozos de la nieve. En el siglo XVll el catalán Pablo Xarquíes consiguió el monopolio de la distribución de la nieve, cuya Casa estaba encargada de abastecer al rey y a los ciudadanos a través de varios puestos distribuidos por Madrid. El origen de los pozos de la nieve se debe a la utilización de la nieve para la conservación de alimentos y medicinas, así como para enfriar las bebidas, costumbre que se mantuvo en la Edad Media gracias a las comunidades árabe y judía. La nieve la traían los neveros desde la sierrra del Guadarrama. Los edificios solían ser alargados con tejados a dos aguas, una puerta y una ventana, y en su interior se hallaban los pozos separados y aislados por tabiques, sin ventilación ni comunicación para que se mantuviera el frío

Nieve que venía de otros siglos, antepasada de los copos que descienden a veces sobre inviernos de tejados madrileños, palabras en Glorietas, palabras en torno a veladores, revueltas con brillantes cucharillas, tomadas a sorbos en tacitas blancas, palabras como naipes, arrojadas entre el desdén y la polémica, todas intentando arreglar el mundo.

(Imágenes:-Café Comercial y Glorieta de Bilbao.-foto JJP.-junio-noviembre 2010)

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” La provocación de Maruja Mallo – cuenta Marcia Castillo-Martín – era en aquellos años “tan aparentemente inocente como el llamado “sinsombrerismo“: saltarse esa formalidad de clase que eran para las señoritas respetables el sombrero y los guantes. La madre de Concha Méndez le advierte de que si insiste en no llevar sombrero corre el riesgo de que le tiren piedras por la calle, a lo que Concha desafiante responde “Me mandaré construir un monumento con ellas”.

“Íbamos muy bien vestidas -recuerda Ulacia Altolaguirre -, pero sin sombrero, a caminar por el Paseo de la Castellana. De haber llevado sombrero, decía Maruja, hubiese sido en un globo de gas: el globo atadito a la muñeca con el sombrero puesto. En el momento de encontrarnos con alguien conocido, le quitaríamos al globo el sombrero para saludar. El caso es que el sinsombrerismo despertaba murmullos en la ciudad”.

Ese “sinsombrerismo“, aplicado a la audacia intelectual, hizo que Maruja Mallo fuera la única mujer en la tertulia de Pombo” o que Ortega le encargara a los dieciocho años colaboraciones en la “Revista de Occidente“.

“Pequeñita –  dibujaba a la pintora Ramón Gómez de la Serna -, con ojos de lince, la cabeza como una veleta de giros rápidos, apretada la nariz a la barbilla, como un pájaro orgulloso de su nido de colores“. “Aguda y con cara de pájaro, tajante y llena de irónico humor“, dijo de ella Alberti.

A veces -seguía diciendo Ramónmezcla un  espantapájaros, que es una cruz del camino disfrazada de hombre“.

Ramón la llamó “la brujita joven“, la “artista de las catorce almas“. Madrid le inspira – decía en la biografía que escribió en 1942 .- Interesada por las cloacas, por el paisaje mineral de Castilla. Su “panorama terrero, enterrador, austero –seguía Ramón – frente al que no vale sino la gran pintura“. Luego añadía: “se enreda la pintura en los sargazos secos, en los alambres enguizcados y perdidos, en el cardizal de las afueras de la corte de las Españas. (…) Con los cardos figuran los trapajos, los harapos, volando sobre los rastrojales o rastrojeras, sobre los abrojos, los espartales y los más despeinados matorrales”. 

Después el “sinsombrerismo” de Maruja Mallo tomó otros vuelos. Otro tipo de audacias, búsquedas y resultados.

 París. América del Sur. De nuevo Madrid. Interesada por el número, traza sobre la geometría volutas y caracolas. Tras el surrealismo, una pintura de de moldes precisos, casi geométricos. Muchas veces geometría de intenso dramatismo. 

( (Y ahora, en Madrid, en la Academia de Bellas Artes -hasta el 4 de abril – una gran retrospectiva de toda su obra)

Imágenes: 1.-La sorpresa del trigo/ 2.-cabeza de negra.-1946.-Museo de Pontevedra/ 3.-Espantapájaros.-Galería Lorenzo/4.-Escaparate.-1927/5.-mujer con cabra.-1922/ 6.-la Verbena.-1927)

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La cabeza es la pecera de las ideas“, escribió RAMÓN en una de sus greguerías. De la cabeza de Ramón y ayudada por su mano levantada se eleva la idea ante la multitud que sigue boquiabierta las evoluciones de las palabras, las alas de las frases yendo y viniendo por el aire, los engaños titiriteros de los brazos, la diversión pública de los volatines, las figurillas vestidas y adornadas de las metáforas, la mano verdadera que se introduce en la falsa para mover los resortes de la idea en su interior. ¿Es preferible oir – además de leer – a un escritor? Acaso es mejor sólo leerle, pero el imán de ciertas figuras queda en la historia con su voz, como en este video rodado en 1928, (ahora evocado en la exposición “Escrituras en libertad del Instituto Cervantes en Madrid),  dos años después de que Ramón editara un nuevo libro de los muchos que escribió, “Las 636 mejores greguerías“, y un año antes de que aparecieran sus “Novísimas greguerías”.

Ramón Gómez de la Serna habla y escribe siempre con las mismas o parecidas imágenes porque la greguería la lleva dentro. Lo que aquí dice del monóculo lo repetirá en “Les Nouvelles Litteraires“, en la entrevista que le haga Federico Lefevre: “¡Mi monóculo! – le dirá al periodista -,¿dónde está mi monóculo? ¿Cómo voy a sufrir su interrogatorio sin monóculo?…Porque es un aro sin cristal, no quiere  nadie comprender la necesidad que tengo de este monóculo; pero ustedes a quienes el trato frecuente con los “grandes” de la tierra ha tenido que conferir el don del humorismo, ustedes comprenderan: este monóculo me grita ¡atención! Me obliga a prestar a la vida una fijeza más humorística. Obligándome a mantener en tensión y despiertos algunos nervios, hace un llamamiento a todo mi ser para que esté vigilante… Cuando llego a los pasajes más importantes de mis libros, me armo con este aro, unas veces de metal y otras de concha, como un misterioso “sésamo” que debe revelarme el misterio y prestarme ideas geniales…”

Este es RAMÓN, al aire libre y en su despacho, el hombre que rodeó de humorismo sus intervenciones. Habló sobre el toreo o sobre Napoleón vestido de torero o tocado con el sombrero napoleónico; disertó sobre Goya con traje de época; sobre el café Pombo, con el cuadro de la tertulia como cartel de fondo; sobre el Greco, ante el Caballero de la mano en el pecho dispuesto con un artilugio mediante el cual aquel brazo “en cabestrillo durante siglos” se distendía y bajaba a voluntad, él fue el orador de la conferencia-maleta o de la conferencia-mariposa, el que soltaba greguerías con globos o con cascabeles…, el hombre que recordó una vez: “la ametralladora escribe los puntos suspensivos de la muerte“.

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La nueva edición de Automoribundia (Marenostrum), un libro clave en la vida de Ramón Gómez de la Serna, se cruza estos días con el enlace que Juan Pedro Quiñonero presenta en su blog Una temporada en el infierno sobre el gran autor de las greguerías. Leí Automoribundia en la edición de Editorial Sudamericana de 1948, luego pasé a la muy cuidada de Ioana Zlotescu que lanzó Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores en 1998 y ahora me encuentro con esta interesante edición de Celia Fernández Prieto que me vuelve a llevar a aquel torreón madrileño de Velázquez 4 que visité sin visitar, en un viaje literario de no hace mucho tiempo y que resumí en lo siguiente:

Cuando se entra en el piso de RAMÓN, en la vida de Ramón, en las obras de Ramón, dejamos la greguería que todos traemos aterida del frío de la calle, colgamos en el perchero de la metáfora nuestra capacidad de asombro y entramos a ver a RAMÓN. RAMÓN nos recibe en su torreón madrileño de la calle de Velázquez 4 y como para estrecharnos en literatura nos tiende “la mano del escritor”, una enorme mano de cartón que parece falsa y es verdadera, “la mano del conferenciante” que acaricia el lomo de las ideas en el aire y que fascina con su chistera de palabras haciendo magia blanca con el ilusionismo de los objetos. Objetos. La mirada de Ramón sobre los objetos. Entre innumerables invenciones, tras ochenta libros publicados –novelas, biografías, arte, teatro, greguerías, Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888 ‑ Buenos Aires, 1963) desvela con su mirada los objetos desde una pupila virginal, desde la orilla inocente de un recién nacido descubrimiento. Todo escritor debiera ser así ante el mundo y Ramón lo logra con una potencia de mirador madrid-8-arco-de-cuchillerosfulgurante desde la balaustrada del párpado.

Así es mirado Madrid por RAMÓN. Si hay célebres libros suyos de espacios de Madrid El Rastro, El chalet de las Rosas en donde el paisaje es la Ciudad Lineal, Las tres Gracias o novela de la nostalgia de Madrid–, la ciudad que le vio nacer un 3 de julio en la antigua calle de las Rejas, le acompañará siempre como ese rizo que le caracolea sobre la luna de su cara redonda, como esa pipa en la que se fuma la vida y cuyas palabras transforma en humo. Ramón era estático y amante de las calles, paseaba diariamente desde Velázquez a la Puerta de Toledo, se sentaba a escribir a las diez y media de la noche, cenaba a las doce y seguía escribiendo hasta las siete de la mañana. La capital fue su objeto adoquinado, alumbrado objeto de avenidas y de seres, transparente ciudad de greguerías enterradas que nadie había visto hasta entonces y que Ramón resucitó. Pero de la capital española quizá su libro más completo y luminoso, empedrado de lecturas sabias y cocinado en lumbres de inimitable estilo, sea su Elucidario de Madrid, publicado en 1931.

Las greguerías de la Puerta del Sol en este Elucidario de Madrid nos dejan embaldosadas la Puerta de metáforas más humorismo, que ése es el sello de Ramón para definir la greguería. ¿Qué es la greguería? Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas –dirá en su libro Greguerías–. La greguería es una flor del aire que brota de un recuerdo que no se puede recordar y que no se hubiera recordado si el ferrocarril de niños que hay en la cabeza no se hubiera equivocado de vía de pronto. ¿Y qué le gritan las cosas a Ramón? En la Puerta del Sol es donde cogen el último coche los juerguistas, dando el portazo de despedida desgarradora a la noche. Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España. Siempre hay en la Puerta del Sol un vendedor de ratones pardos que corren sobre dos ruedas de plomo activadas por dos gomitas que se enrollan. Tiene por misión que la plaza central esté enratonada y que no desaparezca la primera picardía del juguete mecánico. ramon-6-solana-flikr

Mirada de Ramón. Ante los espejos del café Pombo –libros célebres Pombo, y La sagrada cripta de Pombo‑ famosa tertulia inmortalizada en el cuadro de Solana–, exclamó en un brindis que el propósito de la greguería era quitar empaque a las cosas, sembrar sonrisas, batir cataratas, desenlazar ideas, gestos, cosas, que estaban inmóviles, irresolutas, tiesas y amenazadoras como dragones y que había que desenlazar de cualquier modo. En El hombre perdido, novela de teoría y de técnica más que de aventura, Ramón dirá: Hay una realidad que no es una subrealidad ni realidad subreal, sino una realidad lateral…, hay otra realidad, ni encima ni debajo, sino sencillamente otra. Buscando –o mejor, “encontrando”, como Picasso– esa otra realidad, descubre el otro circo que hay en el circo, el Goya oculto dentro de Goya, el Azorín inédito, el Quevedo, Poe, Lope y Valle‑Inclán que andan por el mundo indocumentados de verdadera biografía y que Ramón soluciona entregándoles a cada uno los papeles de su biografía irrepetible.

Madrid, sin embargo, no es en Ramón únicamente greguería. Elucidario de Madrid es un libro de amor forrado de erudición y tapizado otra vez de amor por la ciudad. Cuesta de la Vega, Plaza Mayor, Cava Baja, Plaza de la Cebada, Castellana, Cibeles, el Jardín Botánico, la calle de Sevilla, la Plaza de la Paja, la Plaza de Oriente se entrelazan con páginas excelsas sobre los ciegos de Madrid o la ronda de pan y huevo. Es de nuevo la mirada de Ramón sobre un Madrid que está ahí para ser mirado por cada escritor que nace. Esa mirada de Ramón escribía con tinta roja sobre papel amarillo, el añil era su color preferido y los objetos de su torreón de Velázquez 4 se dejaban mirar empapelados de fotografías, carteles y recortes del suelo al techo y del techo al suelo, entre la muñeca de tamaño natural, las puertas falsas y la verdadera luz de un farol de la calle.ramon-4-verbolgia-hispanica

RAMÓN acaba en sí mismo, es su propia generación, la punta de un faro que barre de miradas toda literatura y levanta luces en lo que toca conforme está girando. Solitario, provocador, suscitador, escritor de permanente ingenio, es el ismo de su propia vanguardia, el constante renovador de la innovación. Vivió en Madrid desde su nacimiento hasta 1936, en que emigró a Argentina donde su automoribundia expiró el 12 de enero de 1963, en Buenos Aires. Precisamente en su Automoribundia se va despojando en su vestidor de serenidades de cuantas ropas de erotismo y rebeldía tienen muchas de sus obras, se va desnudando del insulto superfluo, extiende sus manos en el espejo y se encuentra a sí mismo. Tras sus amores con Carmen de Burgos y su largo amor afilado de tremendos celos con Luisa Sofovich, Ramón, al encontrarse a sí mismo, encuentra a Dios. Lo único grande que tienes es que te crees cada vez más criatura de Dios, en una herencia portentosa que es tu verdadera prolongación en lo inmortal –escribirá en Nuevas páginas de mi vidaNo espero nada de los hombres, sino con todo el fervor el perdón del inmenso Dios.

Al salir del piso de RAMÓN, de la vida de Ramón, de las obras de Ramón, recogemos la greguería colgada que habíamos dejado en el paragüero y vemos que está lloviendo. Y con la greguería en alto –con el bastón y el mango en alto– sabemos que nunca nos podremos mojar porque la tela invisible de este paraguas es el inmenso, ramoniano cielo de Madrid”.

(“Luisa Sofovich, la argentina, de familia hebrea, de ascendencia rusa, viuda del autor de las greguerías, cuenta en La vida sin Ramón (Libertarias), cómo ella descubrió el célebre maniquí de la muñeca en tamaño natural que Ramón tenía en su estudio. Cuando se ven las fotografías del escritor sentado junto a su muñeca, no se sabe si Ramón le está leyendo al maniquí el último acierto de invención de su prosa o es ella la que escucha inmóvil, desde su mutismo de madera, la cabeza girada hacia el escritor, el vestido impecable, el collar abandonado en su garganta. Los dos aparecen estáticos. Es como si para Ramón ese maniquí fuera su primer lector, su único lector, aquel que no responde nada o aquel que de repente moverá las pestañas de madera y bajará levemente la cabeza asintiendo en silencio.

Cuenta Luisa Sofovich que ‑con los traslados y las muertes‑ uno de aquellos anillos o sortijas que llevaba la muñeca en sus manos fue a parar, al cabo de los años, a una tienda de compra-venta parisina situada en el Palais-Royal.

Allí, al verla en el escaparate, Luisa Sofovich entró y la compró y llevó mucho tiempo en sus dedos aquella sortija que lució en las manos la enigmática mujer de madera.”) (“El artículo literario y periodístico“, págs 138-141)

(Imágenes: retratos de Ramón Gómez de la Serna.-flikr/ Arco de Cuchilleros/ “La tertulia de Pombo” de José Gutiérrez Solana)

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