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Posts Tagged ‘pintores belgas del siglo XX’

 

 

En estos días de verano el ojo descansa sobre la perspectiva de los verdes horizontales, duerme en la naturaleza de los valles; en estos días de verano el ojo también se alarga a orillas del mar hasta tocar la línea verde y azul del agua. El ojo y el verde han provocado estudios de gran interés, como el firmado por el especialista en colores, el francés Michel Pastoureau que en su ensayo “Verde” ” Historia de un color” (du Seuil)  recuerda que ” en los jardines públicos todo es verde, no solamente los árboles y los arbustos, las plantaciones, sino también las sillas y el mobiliario, las verjas y los kioscos, las pancartas, los basureros e incluso el uniforme de los guardas. Verde tierno o crudo para lo vegetal, verde gris para los objetos: la gama de los verdes aparece extremadamente larga. El santo de los santos es el “teatro de verduras”, lugar protegido donde el público puede venir a sentarse en un océano de plantas de todas las esencias y de todas las mezclas, y allí asistir a espectáculos. Cualquiera que sea el lado hacia el cual se gire la mirada, cualquiera que sea el objeto sobre el cual la mirada se pose, el color verde está presente.

 

 

Hacia 1900, en el corazón de las ciudades, este verde vegetal e higiénico se une con el verde de los médicos, nacido hacia el fin de la Edad Media y que ha atravesado discretamente toda la época moderna. La medicina y la farmacia tienen desde hace largo tiempo como color emblemático el verde, probablemente porque durante siglos la mayor parte de los remedios estaban hechos a base de plantas. En muchas universidades de Europa, es el color de la toga que distingue a los médicos de los farmacéuticos en los rituales académicos y, en el campo de batalla, encontramos las insignias que llevan los diferentes cuerpos de la armada. Las cruces que en las ciudades señalan las farmacias también aparecen en verde y han contribuido a unir este color con las profesiones de la salud.

Verde igualmente suelen ser los vestidos de los cirujanos  e incluso el verde existe en los pasillos y en las habitaciones de los pacientes. Hay indudablemente excepciones ( en Italia, por ejemplo, las cruces de las farmacias son rojas) y recientemente la paleta de colores de los hospitales se diversifica (el azul y el blanco toman gran distancia), pero el verde es aún – y por largo tiempo – un color médico, sanitario, tranquilizador”.

El verde recorre la Historia  y Pastoreau lo encuentra en la Biblia, en el Islam, en las primaveras de las épocas, en la juventud y en la esperanza, en el estandarte de muchos héroes, en los colores de los pintores y en los poetas, en la moda y en todos esos valles y montes donde nuestra vista descansa y el ojo se alarga al final de la tarde sobre esa línea azul del mar que el verde confunde.

 

 

(Imágenes- 1-Eduard Boos- 1904/2.-Dora Carrington/ 3.- Felix de Boeck)

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objetos-nhhu- vaso- Aldo Calabresi

 

“El presidente de la mesa abrió el Coloquio aquella mañana. Extendió la mano hacia el profesor Osamu Saito invitándole con amabilidad.

–Profesor Saito –le dijo–, si le parece podemos comenzar. El público está expectante.

El profesor Saito desplazó su quimono de seda amarilla del respaldo de su asiento, miró al presidente con ojos diminutos tras sus lentes redondos, y agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza. Luego giró hacia la derecha, se situó en línea recta con el profesor Virgilio Virgili, hizo otra inclinación de cabeza y dijo con una sonrisa:

–Ante todo, quiero manifestar mi satisfacción por encontrarme aquí, ante una autoridad como la del profesor Virgili, y agradecer que se me permita exponer unas afirmaciones que son el resultado de muchos años de trabajo.

El profesor Virgilio Virgili acarició su barba blanca y aprovechó la pausa para intervenir muy cortésmente.

–Antes de que continúe usted, profesor Saito, decirle que es halagador escuchar sus palabras, profesor, porque yo soy lector ferviente de todas sus publicaciones, y me sumo al unánime reconocimiento de su prestigio internacional. Estoy seguro de que su intervención va a esclarecer mucho el tema que vamos a tratar aquí.

Luego se volvió hacia el presidente de la mesa:

–Aprovecho también estos primeros minutos para testimoniarle a usted, doctor Pavletic, que dirige este Coloquio, mi congratulación por la oportunidad que me brinda al poder debatir en este foro cuestiones sin duda apasionantes y que van a ser, estoy convencido, de un enorme interés.

Desde lo alto de su estrado, el presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono:

–Perdón. Antes de que los dos prosigan, y para no interrumpirles más tarde y dejarles completamente libres en su diálogo, deseo devolverle su amable cumplido, profesor Virgili. Es esta Casa la que se siente honrada al tener hoy dos personalidades como ustedes, que tan amablemente han aceptado nuestra invitación. Si les parece, podemos comenzar.

El profesor Osamu Saito miró al presidente e hizo un leve gesto señalando la jarra de agua vacía sobre su mesa.

–Si se me permite sugerir… –indicó con una sonrisa, aludiendo a que le llenaran la jarra vacía.

El presidente Pavletic enarcó las cejas y tocó brevemente la campanilla. Cirili, el conserje, se acercó, y el presidente le susurró al oído:

Cirili, si hace usted el favor, sírvale agua en la jarra al profesor Saito, porque parece que se han olvidado de ponerla.

–Sí, señor presidente.

Cirili se acercó a la mesa de Osamu Saito.

–Perdone, profesor, que le moleste: ¿usted prefiere agua natural, o desea alguna marca especial?

–No le he entendido muy bien –murmuró en japonés Osamu Saito volviéndose hacia atrás, hacia Duyot, el intérprete.

Duyot, el intérprete, que estaba detrás de Saito, adelantó un poco su silla y se colocó junto a la nuca del japonés.

–Profesor Saito –le tradujo en voz muy queda–: le están preguntando si desea alguna marca especial de agua o prefiere agua natural.

–¿Hay agua mineral nacional? –le preguntó el profesor Saito en japonés a Duyot.

Philippe Duyot se dirigió a Cirili en el idioma del conserje.

–¿Hay agua mineral nacional? El profesor Saito desea saberlo. ¿Qué marcas tienen?

El conserje enumeró las marcas de agua. Duyot se las repitió a Osamu Saito, y el japonés escogió una.

–Gracias, profesor –dijo el conserje solícito–. Ahora mismo le traigo el agua.

 

objetos-nnbb-vaso- Laura Smith

 

–Cuando quieran entonces, podemos comenzar –dijo el presidente.

El profesor Virgilio Virgili miró al presidente, miró también al profesor Saito, y pareció dudar.

–Perdón, señor presidente, pero querría hacer una salvedad antes de comenzar la discusión, porque desconozco el protocolo. Mi pregunta es doble: ¿tenemos el tiempo fijado para cada intervención, y en ese caso, cuál es ese tiempo? Y mi segunda pregunta es la siguiente: ¿hay establecido algún orden para comenzar el debate? Lamento, señor presidente –sonrió–, plantearle ya desde ahora cuestiones de procedimiento, pero creo que si conocemos ya de antemano las reglas por las cuales hemos de guiarnos, la discusión podrá ser más fluida y no habrá riesgos de fricciones estériles. Al menos, por mi parte. No sé si con esto me estoy adelantando en algo al profesor Saito –terminó mirando al japonés.

El profesor Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono amarillo, inclinándose hacia delante.

–En absoluto, profesor Virgili –sonrió–. Y me alegro de que sea usted el que expone con claridad esta observación, porque precisamente iba a proponerles yo eso mismo en este momento, en favor de lo que, muy bien señalado por usted, debe ser la fluidez en el contraste de pareceres. Me permito añadir que en cada Congreso al que he asistido ha sido lamentable el desorden, o quizá el desconocimiento de unas normas preestablecidas, lo que al final ha perjudicado el debate.

–Profesor Saito –le interrumpió Virgilio Virgili–, acaba usted de referirse a Congresos de modo explícito, y no sé si yo me atrevería a definir este encuentro nuestro como Congreso. Yo propondría a su consideración, profesor, como terminología básica y para poder entendernos esta mañana, la palabra debate. Simplemente debate. Sobre eso sí que creo que podremos edificar –se volvió hacia el presidente Pavletic–. No sé si está de acuerdo con esto, señor Presidente.

Lajos Pavletic separó ligeramente su espalda del respaldo de su alta silla y jugueteó con un lápiz entre los dedos.

–Eso es una cuestión de ustedes. Yo como presidente estoy abierto a cualquier terminología siempre que les facilite a ustedes las cosas. Creo que el tema que les ha traído hoy aquí es tan apasionante y puede tener tales repercusiones, que fijar con excesiva rigidez unos sistemas previos nos llevaría a una pérdida de tiempo. Sí, en cambio, me disculpo ante usted, profesor Virgili, por no haberle recordado antes el tiempo de que disponen. Cada uno de ustedes puede hacer uso de diez minutos para cada intervención, rogándoles no los sobrepasen, para así poder cumplir con holgura el programa trazado. No olviden –sonrió– que tenemos luego un almuerzo, almuerzo que es el que tradicionalmente celebramos como Institución –se volvió a apoyar en el respaldo de la silla–. Cuando quieran, señores, pueden comenzar.

–Voy a tomar entonces una palabra pronunciada por el profesor Osamu Saito, la palabra “desorden”, para iniciar yo mi declaración –comenzó Virgilio Virgili–. Aunque realmente, no sé, en verdad, si yo estoy en el uso de la palabra, es decir –añadió buscando la aquiescencia del presidente–, si yo soy el que debe comenzar. Mi pregunta es, señor presidente: ¿debo comenzar yo, o es el profesor Saito el que debe empezar?. Esa cuestión pienso que no ha quedado suficientemente aclarada.

Lajos Pavletic se separó un poco de su silla.

–Indistintamente –dijo inclinándose. Y se volvió a echar para atrás.

–No he entendido bien –murmuró en japonés Osamu Saito buscando a Duyot, el intérprete.

Duyot acercó sus labios al oído del profesor Saito.

–Profesor Saito –susurró en japonés–, el presidente dice que “indistintamente”, es decir que es indiferente que empiece uno u otro el debate. Que es lo mismo que comience uno u otro –le repitió.

–Muchas gracias –le contestó Saito al intérprete haciendo una inclinación de cabeza–. Entonces prefiero que el turno de intervenciones comience por el profesor Virgili. Me parece más correcto. ¿Es usted tan amable de traducirlo?

Duyot se dirigió a Pavletic:

–El profesor Saito prefiere que el turno de intervenciones empiece por el profesor Virgili, señor presidente.

Lajos Pavletic separó su espalda de la silla y se echó un poco hacia delante:

–De acuerdo. Muchas gracias, profesor Saito –luego miró hacia donde estaba Virgilio Virgili y extendió su mano con amabilidad–. Tiene usted la palabra, profesor Virgili. Cuando usted quiera.

Cirili, el conserje, atravesó por delante del profesor Virgili llevando en una bandeja una botella de agua mineral colocada en un plato, y a su lado un vaso vacío y una pequeña servilleta. Al llegar a la altura del presidente se detuvo, giró para mirar a la presidencia, hizo una inclinación de cabeza y siguió andando hasta llegar al sitio del profesor Saito.

–Muchas gracias –le murmuró en japonés el profesor Saito dirigiéndose al conserje.

El conserje depositó la bandeja en un extremo de la mesa de Saito, saludó con la cabeza al japonés y atravesó de nuevo la sala.

 

agua-unnh-Jean-Michel Folon

 

El profesor Virgili aguardó a comenzar su intervención a que saliera definitiva­mente el conserje y cerrara la puerta.

Lajos Pavletic levantó, sin embargo, su mano en el aire, hizo un gesto para que no comenzara aún Virgilio Virgili e irguiéndose en su sillón de presidente y elevando la voz, llamó al conserje

–¡Cirili!

Al haber desaparecido el conserje y quedar entreabierta una rendija de la puerta, el presidente Pavletic hizo sonar entre sus dedos la campanilla.

¡Cirili! –volvió a llamar repiqueteando con la campanilla– ¡¡Cirili!!

La hoja de la puerta se entreabrió un poco más y apareció en el umbral el conserje.

–Dígame, señor presidente.

Cirili, por favor –le dijo Pavletic en voz alta– ¿Sería usted tan amable de cerrar por completo la puerta?

–Sí, señor presidente.

–¡Ah! –prosiguió Lajos Pavletic– Y que a partir de ahora, nadie nos moleste. Vamos a empezar la sesión.

–Sí, señor presidente –Y el conserje dudó–: Hay más público afuera, señor presidente, que desea entrar. ¿Le indico que espere?

Como el profesor Osamu Saito había girado totalmente su quimono de seda amarilla para poder seguir mejor el diálogo entre el presidente y el conserje, y como el profesor Virgilio Virgili estaba también atento a aquella conversación, el presidente prefirió pedirles su opinión, a los dos.

–Aun a riesgo de que nos entretengamos algún segundo más, señores, como ustedes son los protagonistas y no yo, mi pregunta ahora va a ser muy escueta: me anuncia el conserje que se encuentra más público aguardando para entrar en la sala y asistir al debate. ¿Prefieren ustedes que entre ahora ese público o desean que espere hasta la primera pausa o receso que hagamos? Quizá prefieran que aguarden, ya que llevamos algo de retraso. Pero no quiero influirles. Ustedes tienen la palabra”.

José Julio Perlado.-Coloquio sobre el agua”- (del libro “Caligrafía, de próxima aparición) (relato inédito)

 

figuras-rvvv-pájaros- Tony Pinkevich

 

(Imágenes.- 1.-Aldo Calabresi/ 2.- Laura Smith/ 3.-Jean Michel Folon/ 4.- Tony Pinkevich)

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cine.-rtbbh.-Woody Allen.-por BlkerScout

“Mi padre era taxista – decía Woody Allen -. Mi madre trabajaba en una floristería. Mi hermana aún no había nacido. Yo… bueno, yo estudiaba. o por lo menos lo intentaba. Lo cierto es que iba a una escuela para profesores de mentalidad enferma y que al llegar a la enseñanza secundaria no estaba preparado y era tan tonto como uno que va al parvulario, y… bueno, quería otras cosas. Ser espía, por ejemplo. Ingresar en el FBI. Y entonces estudiaba huellas digitales y códigos secretos… después… bueno, después alguien me contó que cuando las cosas no salen bien los espías se tragan los microfilmes, y como mi médico me había prohibido el celuloide.., decidí ser mago. Pero pronto me cansé y decidí ser cow-boy. Aprendí a manejar el lazo. también me cansé de aquello y decidí escribir. Yo…, yo debo de tener algo físico, algo psicológico, algo anatómico, llamadlo como queráis; una especie de daltonismo, de estrabismo, que me hace ver lo ridículo de ciertas situaciones que para los demás son dramáticas, serias, turbadoras, alucinantes, patéticas y solemnes….

Pero tengo las ideas muy claras. Por ejemplo, sobre la revolución francesa, en la cual los campesinos tomaron el poder por la fuerza y en seguida cambiaron las cerraduras del palacio para impedir a los nobles que volvieran a entrar. Después organizaron una gran fiesta y comieron hasta reventar. Al final, cuando los nobles se apoderaron otra vez del palacio tuvieron que hacer una limpieza general y encontraron muchas manchas y quemaduras de cigarrillos”.

(una pequeña anotación en el Día Mundial de la Risa)

 

circo.-42sv.-Armand Henrion.-1875-1958

 

(Imágenes.-1.-Woddy Allen.-bikerscout/ 2.- Armand Henrion)

 

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trenes-yyffcc-Bruno Vekemans- mil novecientos noventa y ocho

 

“También el último tren abarrotado,

como si hubiera que huir.

El revisor pide paso.

Gracias, dice, gracias, gracias.

Ante él son todos iguales.

Fuera, los pueblos buscan la distancia

y se llevan con ellos a los animales.

Con nosotros viaja un aire

en busca del fuego.

Un hombre está delante de la ventanilla abierta

y fuma. Escucha el inmenso coro

que ensaya sin pausa en la oscuridad.

Gracias, gracias, muchas gracias.”

Michael Krüger.-“Prohibido asomarse”“La alfombra negra bajo los ciruelos”

 

 

(Imágenes.-1.-Bruno Bekermans– 1998/ 2.-video: Yann Tiersen- L´Absente)

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cielos.- rrttyy.-gentes,. Rene Magritte.- 1963

“Para los indios, el tiempo es vertical y no avanza hacia ninguna parte – evocaba la periodista  Helen Augur -. El tiempo no puede moverse, pues es también espacio, idea muy difícil de captar para nosotros. Da al indio una relación con los tres tiempos verbales, diferente de la nuestra. Nosotros vivimos en un presente muy angosto… El indio vive en un presente que contiene todo el tiempo que existe. Para los zapotecas, el pasado no es algo que ha quedado a sus espaldas, sino que está a su alrededor… El moderno zapoteca se ha aferrado a la actitud general que fue el meollo de la religión clásica. En lugar de temer al tiempo, lo adora como a don divino. Como es mortal, hay temor en su actitud hacia el futuro, pero temor en sentido religioso. Los antiguos zapotecas creían que el tiempo compartía la mortalidad humana y que solo la magnanimidad de los dioses podía conservar su existencia.”

cielos.- 5gghn.- nubes.- Jagoda Kaczmarczyk-Hudzik

Al iniciarse un nuevo año el tiempo y sus reflexiones nos envuelven con sus enigmas. Tiempo circular en Borges, en su ensayo de “Historia de la eternidad”; tiempo e historia y tiempo y naturaleza en Jeanne Hersch con su “Tiempo y música” (Acantilado). “Sólo hay tiempo – recuerda HerschY también: No hay tiempo. Nadie sabe qué es el tiempo. Nadie puede sustraerse a él a través de sus reprentaciones o de sus pensamientos (…) Estamos indisolublemente unidos al tiempo y, a la vez, en guerra con él (…) De modo que nos instalamos en el tiempo y nos comprometemos con él en aquella extraña carrera que se llama velocidad. El tiempo nos sirve para devorar el espacio, para vencer la distancia, soportar la ausencia o conquistar hasta el vértigo una suerte de ubicuidad. Algunos sueñan incluso revertir el tiempo con la velocidad (…) No podemos vivir ni con el tiempo, ni sin él, ni contra él (…) No sabemos qué es el tiempo. Aquel que vivimos subjetivamente se confunde con nuestros lamentos, nuestros anhelos y nuestros esfuerzos. El tiempo de la naturaleza – el que necesita una cascada para horadar una roca, un terrón de azúcar para diluirse en una taza o una flor para convertirse en semilla, sin ningún testigo humano – ni siquiera podemos imaginarlo.”

paisajes-vgui-Robert y Shana ParkeHarrison- serie Elegías de la Tierra.- dos mil tres

Al iniciarse un nuevo año todas las preguntas sobre el tiempo están esperando respuesta.

(Imágenes.- 1.- René Magritte.-1963/2.-Jagoda Haczmarczyk-Hudzik/ 3.-Robert y Shana ParkeHarrison.-2003)

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estaciones.-5ggb.-verano.-mar.-Félix Vallotton.-La playa blanca

“Pero antes de llegar al mar- escribe Ciro Bayo en el “Lazarillo español” – hay que atravesar la vega almeriense, que se extiende hasta la ribera, donde la besan y acarician las espumas del Mediterráneo; una vega de un color típico no parecido a otra región alguna, mezcla de árabe y español, de andaluz y levantino. Chumberas, higueras, palmas esbeltas como las de África, parras y más parras que tejen la tierra con sus verdes pámpanos, y extensas plantaciones de naranjos y limones cuyos dorados frutos parece han de encenderse para alegrar de noche la espléndida fiesta del sol. E interpolados aquí y allá pueblecitos y caseríos, como manchas deslumbrantes de blancura entre el tono más suave del paisaje, con azoteas morunas.”

estaciones.-588j.-verano.-mar.-Robert Cardenal

Azorín, en el prólogo a esta obra, comenta que el libro de Ciro Bayo, que éste subtitula “Guía de vagos en tierras de España por un peregrino industrioso” – o “peregrino entretenido” -,  no es una Guía, ni aun en un sentido amplio, lato; es más bien una obra “sentimental”. Y añade que aun cuando un extranjero llegara a escribir de España con entera imparcialidad, con absoluta escrupulosidad, siempre en su libro faltaría algo que sólo se puede encontrar en el libro de un español; “algo de nuestro espíritu, de nuestro ambiente. Lo más hondo, lo más castizo, lo que es etéreo e impalpable, no puede ser comprendido ni hablado sino por los naturales del país.”

mar-r5tttg-.-Leon Spilliaert- 1916

Ciro Bayo marcha por la sierra de Almería y saluda después su encuentro con el Mediterráneo:  llegan hasta él playas y arenas. “Desde allí se extiende la playa libre – escribe en 1911  -, pisada únicamente por carabineros y pescadores. Dos filas de  éstos, cantando la zaloma, tiraban de la red que iba empujando un bote desde el mar. En el relevo de uno de los gañanes le tomé el corcho y quise probar a tirar; pero me engañaron las fuerzas. Y para tonificar mi humanidad me aparté a honesta distancia a bañarme.

¡Con qué deleite lo hice! Un baño tomado en el seno de ondas mansas y acariciadoras, bajo una cúpula de azur, como sucede en las rientes playas mediterráneas, comunica cierta sensación voluptuosa y difícil de experimentar bajo el cielo variable del Norte y en mar de ordinario ceñudo. En éste se baña uno por higiene, casi a la fuerza; en el otro, por recreo, casi sin querer. Me zambullí, nadé como un atún, lavé bien la piel, y siguiendo el arenoso fondo en declive, la resaca me devolvió a la playa. Apenas si el cuerpo se enfría en las templadas ondas levantinas. Se sale del agua sin tiritar, y la reacción viene en seguida a favor de una atmósfera tibia, casi ardorosa.”

(Imágenes:- 1.- Félix Vallotton/ 2.-Robert Cardenal/ 3.-Leon Spilliaert.-1916)

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música.-nnd.-el violinista.- Claude Weisbuch.- 1927

“Hace dos años –  cuenta Berlioz en sus “Memorias” – en una época en la que el estado de salud de mi esposa me acarreaba muchos gastos, y aún existía cierta esperanza de que mejorara, una noche soñé que componía una sinfonía, y la oí en mis sueños. A la mañana siguiente, al despertar, oí casi todo el primer movimiento, que era un Allegro en La menor con un compás de dos por cuatro

música.-5gbb.-Eduard Wiiralt--1898-1954

(…) Ya me dirigí a mi escritorio a anotarlo cuando de repente pensé: “Si lo hago, acabaré componiendo el resto. Hoy en día mis ideas suelen expandirse mucho, y esta sinfonía podría acabar siendo enorme. Me pasaré quizá tres o cuatro meses trabajando (tardé siete en escribir Romeo y Julieta), y durante este tiempo no escribiré artículos, o muy pocos, por lo que mis ingresos disminuirán.

núsica.-rtyb.-Ramón Casas.-retrato del violonchelista Gálvez

Cuando la sinfonía esté escrita estaré tan débil que mi copista acabará convenciéndome de que la haga copiar, lo que inmediatamente me hará contraer una deuda de mil o mil doscientos francos. Una vez las partes existan, me acosará la tentación de hacer que la obra se interprete. Daré un concierto, cuyos ingresos apenas cubrirán la mitad de los costes, algo inevitable hoy en día. Perderé lo que no tengo y me faltará dinero para cubrir las necesidades de mi esposa impedida, y ya no podré afrontar mis gastos personales ni el pasaje de mi hijo a bordo del barco en el que pronto partirá”. Estos pensamientos me

música.-5999.-Kaare Espolin Johnson.-.-Noruega.-1953

estremecieron, y tiré la pluma sobre el escritorio, pensando: “¿Y qué? ¡Mañana la habré olvidado!” Esa noche la sinfonía volvió a aparecer y resonó obstinada en mi cabeza. Oí el Allegro en La menor con bastante claridad. Más aún, me pareció verlo escrito. Me desperté en un estado de excitación febril. Me canté el tema; su forma y su carácter me complacieron sobremanera. Estaba a punto de

música.-99hn.-Theo van Rysselberghe.-el violinist.-1903.-colección privada

levantarme. Entonces regresaron mis pensamientos del día anterior, y me contuvieron. Permanecí inmóvil, resistiendo la tentación, aferrándome a la esperanza de que lo olvidaría. Al final me quedé dormido; y cuando volví a despertarme, todo recuerdo había desaparecido para siempre.”

música.-99drr.-Alex Alemany

Oliver Sacks en su “Musicofilia” – en donde aparecen citados estos párrafos de Berlioz – cuenta que Ravel observó que las melodías más deliciosas le llegaban en sueños, y Stravinski dijo casi lo mismo. Sobre lo onírico y sus relaciones con la creación se han escrito numerosas páginas. Maurice Blanchot en “El espacio literario” afirma que “el sueño es el despertar de lo interminable. De ahí que el sueño parezca hacer surgir, dentro de cada uno, al ser de los primeros tiempos, y no sólo al niño, sino más allá, lo más lejano, lo mítico, el vacío y la vaguedad de lo anterior.

(Imágenes.- 1.- Claude Weisbuch.-1927/ 2.-Eduard Wiiralt/ 3.-Ramón Casas.-retrato del violonchelista Gálvez/ 4.- Kaare Espolin.-1953.-Galeria Bodogaard/5.-Theo van Rysselberghe.-1903.-colección privada/6-.Alex Alemany-Maroon)

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