EL ARREGLADOR DE DÍAS

nubes-ccEl último fin de semana llegué con mi mujer al Hotel B., en la sierra de Madrid. Teníamos reservada habitación desde hacía bastante tiempo y el día, que contra todo pronóstico se había ido estropeando pocas horas antes, me hizo decir nada más dejar las pequeñas maletas en la habitación:

– ¡Vaya!, mira que pedí unas habitaciones donde el día no se estropease…Mírame, por favor, el número de reparaciones para ver si sube el arreglador de días y paisajes.

Efectivamente, como el Hotel B. ha sido siempre enormemente acogedor y muy pendiente del cliente, subió con rapidez el arreglador de días uniformado con su pulcro traje azul  y extendió con habilidad sus instrumentos en el cuarto. Colocó junto al ventanal la escalera plegable, acercó su cubo de plástico, tomó sus paños aéreos, las cremas y ceras de colores, y dio un largo vistazo al paisaje.

– Esto es que en primavera, señora, – le dijo a mi mujer con gran respeto -, los clientes a veces son muy descuidados.

Se le veía un técnico con experiencia y años de servicio, muy educado y gentil, y con deseos de agradar.

Se subió primero en una banqueta, midió, abrió el ventanal. De modo muy serio y meticuloso ascendió luego por la escalera y observó cómo pasaba el día con unas nubes plomizas y grises por las montañas. Acercó más sus brazos a unos nimbos de forma indefinida que, indudablemente, podían provocar precipitaciones. Limpió después con la bayeta el aire, cepilló bien unos cirros de aspecto deshilachado y estuvo redondeando un poco más pequeños cúmulos que parecían impregnados de niebla. Luego eliminó los cristales de hielo y de gotitas de agua que amenazaban desprenderse en caída vertical, apartó el viento a la derecha – unas ráfagas molestas -, y lo dejó todo lo mejor que pudo, limpio, aseado e incluso deslumbrante.

– El sonido del día se lo he dejado bajo, ¿sabe usted? Porque se oye mucho en las habitaciones…Con este botoncito puede regular el piar de los pájaros.

Al salir le di una propina que al caer tintineó en el suelo de la habitación. Una moneda de plata.

INMORTALIDAD

cielos-1-moodaholic-imagery-our-worldAhora que tantos periódicos nos quieren vender el secreto para cargar de años nuestra ancianidad recuerdo que Benjamín Constant recordaba que «el emperador Live-Song, en el siglo lX, murió de continuos brebajes de inmortalidad».

(Imagen: foto.-Moodaholic.-Imagery Our World)

«HAPPENING» DE NUBES

Hace ya meses – exactamente el 5 de noviembre de 2007 – transcribí en Mi Siglo unas palabras de la poetisa polaca Wislawa Szymborska que cantaba  a las nubes y cuyas frases ahora vuelvo a citar: «Las nubes son una cosa tan maravillosa, un fenómeno tan magnífico que se debería escribir sobre ellas. Es un eterno «happening» sobre el cielo, un espectáculo absoluto: algo que es inagotable en formas, ideas: un descubrimiento conmovedor de la naturaleza». Comenté en otro lugar cómo cuatro siglos antes, en 155o, Vasari relata en sus «Vidas de grandes artistas» cómo el pintor Piero di Cosimo se paraba al observar manchas en las paredes, «imaginando que allí veía combates de caballos y las más fantásticas ciudades y extraordinarios paisajes nunca contemplados». Y Vasari añade: «Él abrigaba las mismas fantasías acerca de las nubes». («El ojo y la palabra».-Eiunsa.-pág 78-79)

Las nubes siempre han sido objeto de las miradas de escritores y artistas, y ahora las nubes vuelven como observación y contemplación  en las frases del  gran escritor yugoslavo, Predrag Matvejevic, nacido en Mostar en 1932,  de padre ruso y madre croata, profesor de literaturas comparadas en la Sorbona, autor de «Breviario mediterráneo» (Destino), un delicioso y sabio libro ahora reeditado y prologado por Claudio Magris que nos lleva en diálogo perpetuo con lo animado y lo inanimado del gran mar, cartografía de mapas singulares, coloquio con  vientos,  faros,  litorales, conversación con las gentes y, por supuesto, reflexión y consideración sobre las nubes. «El fenómeno de las nubes, que también suele estar relacionado con los vientos y las olas – dice Matvejevic  -, entra dentro de la competencia de los meteorólogos, tal vez más de lo necesario. Ellos las han clasificado y denominado, según su forma, aspecto o efecto. De las nubes se ocupa la literatura también, sobre todo la poesía: las nubes navegan por el cielo como los navíos en alta mar, se alzan sobre el mar o lo envuelven como capas, unas veces son pesadas y oscuras y causan inquietud, otras son ligeras y transparentes, y traen alegría, hasta felicidad. Al amanecer, en el mar, no se distinguen del alba; al anochecer forman parte del crepúsculo. No es lo mismo mirarlas desde un barco que desde la costa. Los marineros se preocupan por su forma y su número, qué viento las lleva y adónde, qué viene detrás de ellas. La gente experimentada deduce de su aspecto qué tiempo hará, saca múltiples pronósticos. Las nubes constituyen el núcleo de charlas y disputas a lo largo del Mediterráneo«. La Premio Nobel polaca  Szymborska le había retado al periodista que la entrevistaba: «Intente imaginarse el mundo sin nubes». No es posible. Como un  mundo sin vientos o sin olas. Como un  mundo sin mar. «El mar – ha dicho también Matvejevic,  que lo ha recorrido amorosamente – es una lengua antiquísima que no alcanzo a descifrar. El mar es absoluto, sus dimensiones relativas. Cuanto más podamos conocer de este mar, menos lo vemos para nosotros solos: el Mediterráneo no es un mar de soledades».

(Imágenes: nubes.-derecho.uchile.cl/yunphoto.net/ elabra.org)