CUADERNOS ESCRITOS

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos sobre los que la mano se inclina y siembra letras, círculos y palotes que se aprendieron en la niñez, verbos, comas y sustantivos que hiló el primer maestro de escuela en una mañana fría, el lápiz apretado entre los dedos, la lengua asomando entre los labios, el ojo inclinado, reposando casi al borde del pupitre. La hoja blanca del cuaderno recibía la visita del primer escritor del alfabeto, luego la visita del segundo escritor del Diccionario, luego la tercera visita del escritor de estilo, luego la visita de la paciencia, del tesón, del quehacer, al fin las visitas de las influencias, lloviendo lecturas, la pupila cargada de autores, el tiempo artesanal, no del que quiere ser escritor sino del que simplemente quiere escribir.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos dispuestos a contraer matrimonio con la pluma, a recibir al invitado de la lengua, al enamorado de la literatura. Abiertos como tierra sobre la mesa, la simiente iba dejando a cada rasgo no sólo secretos de la grafología sino la interpretación del mundo, lo que el mundo iba contando al que escribía. Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos tan mansos para el tacto. por donde la palma de la mano acariciaba al pasar párrafos y frases.

Siempre me impresionaron esos cuadernos blancos como éste de Irène Némirovsky que me entrega su letra.

(Imagen: Cuaderno de Irène Némirovsky.- foto: Irène Némirovsky Archive/MEC.- The New York Times)

«LA LOCURA DE ALMAYER»

Ahora que acaba de ser traducida al castellano «Suspense» (Funambulista), la última e inacabada novela de Conrad, recuerdo aquella mañana en que el escritor llamó a la hija de su patrona:

«¿Tendría la amabilidad de recoger todo esto de inmediato?», le dije con acento convulso, al tiempo que me ocupaba de encender mi pipa. Fue, lo reconozco, una petición poco común (…) Recuerdo que estaba absolutamente tranquilo. A decir verdad, ni siquiera estaba seguro de que desease escribir, ni sabía tampoco que me hubiese propuesto escribir, ni que tuviese algo que escribir. No, no era yo presa de impaciencia».

«Todo esto» era el desayuno. La hija de la patrona lo recogió y en ese mismo momento Conrad, sobre aquella mesa, comenzó a escribir «La locura de Almayer».

«Se presta una atención inusual a la motivación por la que se cuentan las historias – dice Edward W. Said al hablar de Conrad -; prueba de una necesidad sentida de justificar en cierto modo la narración de un relato. Esta atención sobre el motivo exacto para narrar una historia entra en contradicción con el relato que hace Conrad en Crónica personal acerca de sus comienzos como escritor. En lugar de ofrecernos un proceso razonado mediante el cual un marinero se convirtió en escritor, él dice que «la concepción de un libro planeado al detalle era algo completamente ajeno al abanico de mis posibilidades mentales en el momento en que me senté a escribir».

(Imagen: Joseph Conrad (Foto: Colección Lange.-elmundo.es)

ARTE Y DINERO

Decía Paul  Auster  hablando de Antonioni y de Bergman al comentar sus muertes, «que habría sido trágico que hubieran empezado a dirigir ahora porque nadie habría financiado sus películas (…) Ahora nadie se atreve realizar cine como arte. Todo está inspirado por el deseo de hacer más y más dinero. El dinero lo ha contaminado todo, incluido el arte, que se ha convertido en una simple mercancía. La mayoría de las películas se realiza sólo por eso; no para explorar el mundo, sino para entretener a la gente dos horas y ganar tanto como sea posible».
Habría que añadir la pregunta sobre si algun editor se interesaría hoy por Kafka o por «La muerte de Virgilio» de Hermann Broch, ese cántico a la lentitud de la escena clásica, el ritmo de las palas en el agua, el ir y venir de los recuerdos. ¿Alguien editaría hoy a Proust?. Camus dice que todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. ¿Muchos releen  hoy?  También  Auster señaló  que a Shakespeare se le lee y relee. «Se puede pensar que ya está todo dicho sobre Shakespeare, pero es todo lo contrario: Shakespeare es inagotable. (…) Un cuadro genial no sufre ningun desgaste. Un buen libro no sufre ningun desgaste. Nunca se logra alcanzar el meollo. Esa es la razón por la que el libro puede ser una fuente de energía y representar una especie de reto durante siglos».
Pero vivimos en la época del entretenimiento, las dos horas de superficialidad en la penumbra de un cine, el libro fácil y «encantador» (en el sentido de que «encante» a los  sentimientos), el libro o la película que no plantee la exploración del mundo sino tan sólo que invite a  un paseo agradable y sin preguntas, con un ritmo rápido que  -sobre todo, en el caso del cine – no deje tiempo para digerir e interiorizar.
«Lo más interesante sobre los libros -terminaba Auster– es que, probablemente, sean el escenario más íntimo donde la conciencia humana se puede expresar y encontrar».
Hay que recordar todo esto cuando se miran a lo lejos esas grandes superficies de las aguas que vienen ya anunciando el otoño,  las  cubiertas de  novedades del próximo año , las grandes superficies de los títulos. Unos nos van a interesar, otros nos van a divertir, otros nos van a entretener. ¿Alguno nos llevará a pensar?
(Imágenes: «Blow-Up» de Antonioni (1966) / Paul Auster en Central Park.-sine.edu)