EL LECTOR

«Mucho he leído ya; toda la tarde

a la ventana, con rumor de lluvia.

Del viento de allá fuera, no oí nada:

mi libro era muy denso.

Lo veía en las hojas, como en rostros

que se oscurecen de reminiscencia,

y en torno a mi leer se pasmó el tiempo.

Las páginas, de pronto, destellaron

y en vez del triste enredo de palabras

se lee «tarde», «tarde», en todas ellas.

No miro todavía fuera: estallan

las largas líneas, huyen las palabras

de sus hilos, escapan a capricho.

Ya lo sé: por encima de los plenos

jardines de esplendor, el cielo es ancho;

el sol, una vez más, habrá pasado.

Y ahora, todo es noche de verano.

Se espesa en pocos grupos lo esparcido:

por largas sendas va la gente oscura,

y extraño y lejos, como si importara

más, se escucha lo poco que aún ocurre.

Si levanto los ojos de mi libro

nada me será extraño, y todo grande.

Fuera está lo que estoy viviendo dentro,

y es todo ilimitado aquí y allá:

sólo con que me enrede más en todo,

si se amolda a las cosas mi mirada

y a la sencillez grave de las masas,

rebosa entonces sobre sí la tierra.

Parece que la abraza el cielo entero:

el lucero es, allá, la última casa».

Rainer Maria Rilke.«El lector».-(traduccción de José María Valverde)

( Imágenes: 1.- Mark Taylor/ 2.-Alfred Tourrier/ 3.-Franz Kupka.-modern-nostalgic)

LIBROS COMO MEDICINA

«¿Por qué, en ciertos momentos de nuestra vida, escogemos la compañía de un libro y no de otro?- se pregunta Alberto Manguel en «El sueño del Rey Rojo» -.  La lista de títulos que Oscar Wilde solicitó en Reading Gaol incluía «La isla del tesoro» de Robert Louis Stevenson y un método de conversación para principantes en francés e italiano. Alejandro Magno llevaba a sus campañas una copia de «La Ilíada» de Homero. Al asesino de John Lennon le pareció adecuado leer «El guardián entre el centeno» de J. D. Salinger cuando estaba planeando su crimen», y así va desgranando Alberto Manguel sus reflexiones en su interesante obra en torno a «Lecturas y relecturas sobre las palabras y el mundo» (Alianza).

Indudablemente las afecciones del alma y los vaivenes de la vida – la violácea melancolía, la aceleración de la existencia, el paso del tiempo, los decaimientos y las exaltaciones, las estaciones del año y hasta las horas de día – empujan nuestras manos hacia lomos de libros singulares y nuestros ojos se asoman a diversos cristales de lecturas. «¿Leer en el mar? – se preguntaba Azorín – ¿ Leer en la montaña? ¿ Leer en la tierra nativa? ¿ Leer en tierras extrañas? En cada una de esas lecturas somos distintos». «Así como para las enfermedades corporales hay copiosísimo número de medicinas – recordaba también Rodríguez Marín -, también hay muchas y muy eficaces pra los males del espíritu: su botica son los buenos libros».

Cuando se adentra uno en una copiosa biblioteca el tiempo acumula la densidad de cuanto se escribió y las imaginaciones encuadernadas dejan pasar horas de páginas, vienen deprisa las curiosidades y muy despacio las relecturas, vienen precisas las anotaciones en los márgenes y llega el silencio, el silencio toca el pensamiento y el sentimiento, la soledad acompaña. «Desde hace siete años – confiesa Manguel -, vivo en una antigua casa parroquial de piedra en Francia, al sur del Valle del Loira, en una aldea de menos de diez casas. Escogí este lugar porque junto a la casa había un granero, medio derribado hace siglos, de tamaño suficiente para dar cabida a mi biblioteca de unos treinta mil libros, reunidos a lo largo de seis décadas itinerantes. Sabía que cuando los libros encontraran su lugar, encontraría el mío».

(Imágenes.-1.-biblioteca de Alberto Manguel.-studio bibliográfico Apuleyo/ 2.- Harriet  Backer.-La biblioteca de Thorvald Boeck)

VIEJOS LIBROS AL PASAR

«Ahora que pasan los nuevos libros ante la mirada de los viejos lectores, ahora que pasan los libros antiguos bajo el tacto y las yemas de los dedos en sabios conocedores, las páginas que el aire se lleva dejan volar lo efímero en la tarde, las letras parecen saltar desde las frases y los vagones de los párrafos van y vienen capítulo adelante, entran y salen los vocablos en la cuenca de las miradas, los sentidos, el olor del papel, el gusto por la prosa, todas esas invenciones de los poetas, los versos rizados, aquella mayúscula erguida al inicio, esta coma frágil y desamparada, los verbos ampulosos, los hirientes adjetivos, todo el oro de la creación, las fatigas de los escritores, unos desvelos nocturnos al crear, los miedos temiendo el fracaso, los detalles, los remates finales, aquellas gestiones con editores, esa violeta depresión creyendo estar seco, seco, un páramo sin ideas, los amaneceres violentos, los atardeceres ardientes, noches de vigilia buscando el tono, puliendo el estilo, lecturas, lecturas, acariciar los lomos de los clásicos, sortear los índices, sumergirse en documentación, perfilar personajes, hacerlos creíbles, volcar la confesión del alma, todo lo que nunca se dijo y ahora se vierte en desahogos, la infancia, el primer libro que leí, aquella mano de mi madre, mi primera escritura, la última, la que más me costó, aquella otra que salió deprisa y disparada, recién nacida de la pluma, la pluma que corría, recuerdo que yo iba tras ella y nunca la alcanzaba, iba la imaginación delante de la técnica y piensa uno que el último libro va a ser el más fácil y sin embargo es inicio, siempre inicio, siempre recomenzar, intentar continuamente, retocar, se van tallando las hojas que sobran, hojas de adjetivos, hojarasca brillante pero no eficaz, se van cortando las ramas que ocultan al tronco, sale el tronco esbelto, radiante, una historia que parece única, insólita, que nadie aún ha escrito, una historia que jamás se leyó, una historia al fin encuadernada, ilustrada, protegida, cuya cubierta descansa horizontal, abierta al cielo, abierta a todos los ojos, tendida entre los libros del mundo esperando que alguien se acerque en esta Cuesta de Moyano madrileña, vivo cementerio de libros antiguos, y se detenga al pasar».

Así escribí – de los viejos libros al pasar – no hace muchas semanas en Alenarterevista

(Imágenes.-1.-Giuseppe Maria Crespi.-Libreros.-1725.-Museo Cívico Musical de Bolonia/ 2.-Carl Spitzweg.-1850.-wikipedia)

«A LA LECTORA DESCONOCIDA»

«Descubro en una librería de viejo – cuenta el siciliano Leonardo Sciascia en su «Diario» – «Negro sobre negro» (Bruguera) -, un ejemplar de «La condición humana» de André Malraux con esta dedicatoria autógrafa: «A la lectora desconocida«. Bajo la firma, tal como Malraux suele hacer, hay un dibujito de pocos trazos, un pájaro que se parece al avestruz de las ediciones Einaudi.

Es un ejemplar de la 40 edición, 1933. Pero la particularidad casi increíble, y que todavía hace más misteriosa la dedicatoria, es la siguiente: está sin abrir. En cuarenta y tres años no ha encontrado «a la lectora desconocida«. Y considerando – prosigue Sciascia – que también yo lo dejaré sin abrir  ( ¿ y cómo podría atreverme a cortar las páginas, si soy un lector, y sería además un relector ?), el libro se ha convertido en un monumento a la lectora desconocida, a la lectora que no leerá nunca. Se ha convertido, en suma, en un apólogo y un símbolo, ha entrado en la circularidad del libro que persigue a su lector, y que nunca lo alcanza. (…) Hemos llegado al único, exclusivo lector: es inalcanzable».

Es casi el germen de un cuento.

Veo en silencio el estante donde reposa alineado este  libro permanentemente cerrado y dedicado a la «lectora desconocida» y veo  también acercarse a esa lectora desconocida que duda si tocar o no ese misterioso libro. Al fin prefiere alejarse. Nunca descubrirá que esa dedicatoria estaba destinada únicamente para ella.

(Imágenes:- 1.-Madame Hessel.- Edouard Vuillard.-1904.-the athenaeun org/ 2.-Alexander Deineka.-1934/ 3.-Lord Frederic Leighton.-1877.-impact nbseminary com)

LA BIBLIOTECA DE NOCHE

«Durante el día – dice Manguel -, en la biblioteca reina el orden. Me muevo con un propósito concreto, a lo largo y a través de los corredores de letras, en busca de un nombre o de una voz, convocando los libros a mi presencia de acuerdo con la clasificación que tienen asignada. La estructura de la biblioteca es evidente: un laberinto de líneas rectas, no para perderse sino para encontrar; una habitación dividida que sigue una ordenación aparentemente lógica; una geografía obediente a un índice predeterminado de materias y a una jerarquía memorizable de letras y de números.

Pero de noche, el ambiente cambia. Los sonidos son más ahogados, los pensamientos se hacen oír con mayor fuerza. (…) Un libro llama a otro inesperadamente, creando alianzas por encima de culturas y siglos diferentes. Una línea a medias recordada despierta el eco de otra por razones que, a la luz del día, siguen sin hacerse evidentes. Si la biblioteca parece por la mañana un eco del severo y razonablemente ilusorio orden del mundo, de noche parece regocijarse en la confusión festiva, esencial, del universo».

(Imagen: «The Joy of Books»)

BOSQUES, BIBLIOTECAS, PÁJAROS, DESPACHOS

Cada vez que atravieso estos bosques del norte de España, en Galicia, entre Villagarcía de Arousa y Caldas de Reis, me veo de nuevo sentado largas horas, hace años, escribiendo un libro, inclinado sobre el folio, dedicando numerosas mañanas a la creación. Durante años transformé mi automóvil en mi despacho y el silencio y los pájaros se alternaban al otro lado de la ventanilla, pájaros que picoteaban antes de asomarse al papel, plumas y picos curiosos por saber qué escribía, sorprendidos ante el habitante desconocido.

Cada vez que atravieso también las salas de la Biblioteca Nacional en Madrid, entre estanterías y retratos, me veo de nuevo sentado numerosas horas ante un pupitre, escribiendo libros, novelas y ensayos, los pájaros de las páginas pasan volando de una a otra hoja, algunos brillantes en el colorido de la imaginación, otros distrayéndome la fantasía con los movimientos de su cola, rumor apenas perceptible de sus patas rojas.

Vienen y van estos pájaros como en conferencia, como en el poema persa, hablando entre sí, vienen siguiendo al escritor, vienen y van entre ideas y  recuerdos que traen en el pico desde una sala a otra y desde uno a otro árbol. Como digo en mi última novela «Mi abuelo, el Premio Nobel» (Funambulista), «oigo muy de cerca este suave rasgueo de la pluma sobre el papel, y lo oigo tan de cerca que parecería que fuera yo mismo quien ahora escribo (…) Me asombro de esta profundidad de las imágenes, de cómo voy asomándome por encima de la espalda de Dante para leer lo que entonces él escribía y de cómo voy asomándome por encima de las líneas que escribo, al otro lado de la tapia de las letras, para ver lo que sucede en el bosque» (…)

«Era la primera vez que le ocurría aquello tan nítido, una visión total por la que él veía el bosque ahora todo entero, desde los diminutos ratones de campo hasta las puntas de las copas de los árboles, por la que él veía la ciudad toda entera, desde la densidad del tráfico y el ir y venir de las gentes aceleradas hasta lo alto de los cielos plomizos con cristales de contaminación y chimeneas y humos entre ruidos y plazas y ajetreos de quehaceres incesantes, pitidos, frenazos y luces intermitentes, insultos, sonrisas, encuentros y separaciones, edades que salían de los colegios, edades que entrelazaban sus manos, edades que se besaban en los labios, edades que se tomaban del brazo para cruzar las calles, edades que se sentaban en los bancos apoyados en la soledad, y en lo vertical y en lo horizontal de la ciudad él era mirado como un hombre entre todos los hombres, un hombre corriente entre todos los hombres y mujeres corrientes que iban espiando escaparates, dándose palmadas, estrechando manos, bajando de autobuses, saliendo del metro, taconeando, tosiendo, fumando, rompiendo de pronto en una carcajada, brilllando los ojos ante una sorpresa, tensos ante una llamada telefónica, conectados a pantallas, sentados en teclados, sentados en automóviles, sentados en restaurantes, vendiendo, comprando, intercambiando, negociando, haciendo transacciones, ofreciendo servicios, pasaban los taxis por encima y cruzaba el metro por debajo, a él se le veía andando y él era visto a la vez, él era contemplado y él contemplaba el mundo al mismo tiempo, pasaban los ruidos, los sonidos, los inventos, los avances del siglo y él pasaba entre elllos, él cruzaba aquel escenario igual que había cruzado el anterior con Dante, igual que había cruzado las gargantas angostas y los suelos descarnados de aquel bosque anaranjado y tostado de líquenes en los troncos y de zonas quemadas y matorrales, igual que había separado los tonos cenicientos y las ramas caídas para ver a sus hijos como padre con una mirada amorosa de corazón enternecido; así era mirado ahora él».

(Cuando están a punto de cumplirse los 300 años de la Biblioteca Nacional)

(Imágenes:- 1.-Nikolae Blei- mesteceni.-artpeka.ro/2.-National Geographic/3.-la conferencia de los pájaros.- ilustración del libro de poemas persas-Farid- ud Din Attar/4.-Ansel Adams.-invierno en el valle de Yosemite.-1933- 1934)

FUNCIÓN DE LA POESÍA

«Si existen libros de provecho – recordaba Leopardi – pienso que los más provechosos son los poéticos, digo poéticos tomando este vocablo en su sentido más amplio, es decir, libros destinados a estimular la imaginación, ya sean éstos de prosa  o de versos. Ahora bien, ninguna estima le tengo a la poesía que, después de leerla y meditarla, no deja en el ánimo del lector un sentimiento noble que, por media hora, le impida tener un pensamiento vil o realizar una acción indigna».

«Un poema – decía a su vez Eliot – no es lo que el poeta se propuso ni lo que el lector concibe, ni su funciòn queda por completo restringida a la que el autor se proponía o a la que realmente cumple cerca de los lectores. Aunque la cantidad y la calidad del placer que una obra de arte ha proporcionado desde que fue creada no es irrelevante, no la juzgamos a esa luz; lo mismo que no nos preguntamos, tras conmovernos hondamente con la contemplación de una obra arquitectónica o la audición de una pieza musical, ¿qué provecho he sacado de este templo, de esta música?».

Temas constantes sobre utilidad y contemplación – ese «estar- fuera-de- sí» -, varias veces comentados en Mi Siglo.

(Imagen: Maxfield Parrish.-ilustración para Tolonia.-1903.- colección privada)

ACOMPAÑANDO AL LIBRO

Para ir a la Feria del Libro de Madrid, Yasue, la dama del color de las cerezas precoces – uno de los personajes de mi última novela «Mi abuelo, el Premio Nobel» (Editorial Funambulista)  -» lleva días encerrada misteriosamente en su cuarto arreglando su tocado y preparándose para la ceremonia. Amenuhka me ha susurrado lo que a hurtadillas le ha visto hacer a la japonesa: Yasue – me dice mi prima –  ha extendido sus largos cabellos brillantes e inmensamente largos, los ha separado por la mitad y los ha hecho caer libremente sobre sus espaldas en grandes cascadas negras; luego los ha teñido suavemente de una tenue tintura violeta, los ha envuelto en perfume de naranja sutil y los ha cubierto con ramitas de hojas más o menos teñidas de rojo para recogerlos en torno a su cara blanca. Después Yasue – me sigue contando Amenuhka – ha estado dudando entre un gris pálido y un color crepúsculo para una de sus túnicas; se ha pintado sus párpados melancólicos, se ha probado un vestido de dibujos de glicinas, lo ha cambiado por otro de envoltura de bambú simulando nata, ha abierto las dos lunas de su espejo y ha metido sus brazos en dos mangas de amarillo gardenia con guantes color algas. Luego Yasue ha vuelto a quitarse los guantes y ha bañado la delicadeza de sus manos en olor a membrillo y a manzana y ha pasado el pincel sobre sus cejas depiladas; se ha probado unos diminutos zapatos color jade, se ha apartado de la frente una nube errante y ha vuelto a cambiar esos zapatos por otros color hierba seca del jardín. Más tarde se ha probado una túnica color arco iris barriendo el sol y al fin se ha decidido por un quimono de dibujo de tela de araña en oro con mangas de seda damasquinada.

-¿Todo eso? – le digo a Amunhka.

– Sí. Luego ha tomado unas ramas de crisantemos a punto de florecer y ha dado tres pasos adelante y tres pasos atrás ante el espejo para verse bien». («Mi abuelo, el Premio Nobel«, páginas 116-117)

Así piensa ir Yasue, uno de los personajes de mi novela, a la Feria del Libro, donde en la caseta 321 firmaré ejemplares el domingo 12 de junio de 6 a 9 de la tarde.

PALABRAS HELADAS

Así llamaba Rabelais a los libros,«palabras heladas» – decía -, y sabemos que el deshielo de los blancos bloques de vocablos se deshace enseguida al calor de nuestro pensamiento, al calor de nuestra atención. Los ojos navegan hasta  ese recinto de palabras heladas y el fuego a veces de las frases nos deja encendidos durante mucho tiempo, arde en nuestra memoría la viveza de lo leído. «Creo que esas criaturas que todos los folklores describen como homúnculos, elfos, duendes, enanos, trolls, genios o jinns – recuerda Claude Roy al pasearse como » el amante de las librerías« (Centellas) – son de hecho alegorías del Libro, esa persona de formato más pequeño, maga y hechicera, manejable, en efecto, y que, aunque no sirva para nada, no por ello es menos servicial«.

«Se escribe para aprender a vivir, y puede ser para enseñar a vivir a los otros«, había dicho ya Roy hace años en su «Défense de la littérature» (Gallimard). Pero ahora, paseándose por rincones del mundo, descubre que «la conversación en la librería no es solamente ese intercambio de palabras que se teje entre la librería, los vendedores y los clientes, sino esa conversación muda que uno tiene con las «novedades» y las resurrecciones, con los libros del día y los libros «de fondo», con ese conciliábulo de personas encuadernadas en rústica o en plena piel o símil piel, que en plena noche, cuando la tienda está cerrada, continúan conversando en silencio«.

«Nunca seré – añade -, no sólo hombre de un solo libro, sino tampoco hombre solamente de los libros, porque sé que los libros dignos de este nombre representan siempre mucho más que cierto número de hojas impresas y cosidas o encoladas, y que si a veces hay una entonación peyorativa, hablando de alguien, cuando se dice que habla como un libro, no se puede, por el contrario, hacer un elogio más grande a un libro que el de constatar que nos habla como un hombre – cosa que es, en efecto –

(Imágenes:-1 y 2.-bibliotheque.tumblr/3.-Paul Béliveau.-Vanitas 11-02-24)

SERENIDAD

«Serenidad, tú para el muerto,

que yo estoy vivo y pido lucha.

Otros hombres habrá que deseen:

ésos no saben lo que buscan.

Si se durmieran nuestras almas,

si las tuviéramos maduradas

para mirar inconmovibles,

para aceptar sin amargura,

para no ver la vida en torno

apasionadamente nunca,

duros y fríos, como piedra

que sopla el viento y no la muda…

Almas claras. Ojos despiertos.

Oídos llenos de música

del dolor. Los dedos felices,

aunque los hieran las agudas

espinas. Todo el sabor agrio

de la vida, en la lengua.

«Nunca

podrás mojar tu pie en el río

en que ayer lo mojaste. Busca

la eternidad, vive en la alta

contemplación de su figura».


Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Serenidad que se nos vende

por librarnos de la tortura,

por llenarnos de sueño el alma,

y rodeárnosla de bruma.

Serenidad, tú para el muerto.

El hombre es hombre, y no le asusta

saber que el viento que hoy canta

no volverá a cantarle nunca.

Serenidad, no te me entregues

ni te des nunca,

aunque te pida de rodillas

que me liberes de mi angustia.

Será que vivo sin saberlo

o que deserto de la lucha.

Tú no me escuches, no me eleves

hasta tu cumbre de luz única.

Palabrería de los libros

de la que deja el alma turbia.

Yo también me hago un poco libro,

Me duermo el alma…

Luz difusa

La madrugada se desgaja

agria y azul, como una fruta.

Cantan los niños a lo lejos.

Un niño llora. Las desnudas

mujeres y hombres silenciosos

salen despacio de las últimas

sombras. Los pájaros me esperan.

Se alzan las olas. (Me preguntan

por qué.)  Campanas… (Ayer niebla,

hoy claro sol y luego lluvia…)

¿Por qué? Las hojas se estremecen…

Voy inundándome de música».

José Hierro: «Serenidad» (Lectura de madrugada) «.-«Tierra sin nosotros«.-1947

(Imágenes:- 1.- Pedro Iltsted.– oilpainting- frame.com/ 2.-Winslow Homer.-1877)

LA IMAGEN Y LA HISTORIA

«El ojo no basta.

La imagen no es suficiente. El ojo recibiendo imágenes no explica a sí mismo la Historia. Es excepcional, si, como documento histórico, es importante testimonio ocular,

pero visto y no visto en este increíble día, el ojo necesitará posarse también sobre la página, resbalar sobre el texto en papel como lo hace sobre la pantalla.

A este día de terror no le es suficiente el ojo televisado. Este ojo tendrá que salir de esta imagen y buscar un periódico, detenerse, volver a rebuscar entre las líneas del periódico, ávida y tenazmente, intentando encontrar el secreto bajo la tierra de las palabras.

Después lo hará en el libro. Aquí sí, aquí una palabra clave vale siempre más que mil imágenes.

Los qués siguen apareciendo aún en las pantallas de los televisores mientras los porqués se esconden aún en los libros».

(«El ojo y la palabra«, página 12)

(Imágenes:Egipto  1.- Tomaseviv Gora.-Reuters/ 2.-foto Reuters/ 3.-Chris Hondas.-Reuters/4.-Victoria Hazou.-Associated Press/ 5.-Tomasevic Goran.-Reuters/6-Yannis Behrakis.-Reuters) ( fotos tomada de The Big Picture.-Boston. com)

DESAPARICIÓN

«Una mañana a las diez y cuarto, en Madrid, cuando salía del mercado de la Plaza del Carmen Clementina López y volvía ya arrastrando su carrito de la compra por el Pasaje del Comercio, a punto de salir a la calle de la Montera y cruzar hacia la calle de Jardines, una mujer mayor, muy flaca y algo encorvada, que vestía un trajecito gris con dibujos de flores y a la que en ese momento se le habían torcido las ruedecillas del carrito, le pidió ayuda para enderezarlas, y mientras Clementina se agachó a hacerlo, entre suspiros y ayes comenzó a contarle su historia. Juntas cruzaron así la calle de la Montera y se detuvieron en la acera para proseguir su charla. Rósula se llamaba la mujer y era, según dijo, planchadora en la calle de la Aduana. Llevaba mucho tiempo viuda. Vivía en un semisótano cerca de un portal, y en aquel sótano con puerta de cristales a la calle, inclinada sobre la tabla de planchar durante años, había logrado al fin sacar adelante a sus dos únicos hijos, Máscula y Tirso, dos prodigios de inteligencia según la madre. «Pero a los dos, fíjese usted, los perdí un día«, le confesó a Clementina suspirando en aquella confidencia callejera. «A la niña, que era una maravilla para las letras y que tenía una imaginación portentosa y, no por ser su madre, pero estoy convencida de que hubiera sido una gran escritora, porque se me ahogó cuando tenía 8 años. Y al niño, a Tirso, que era el mayor, porque casi se me lo lleva por delante una de esas máquinas modernas«.

Pero lo que Clementina no podía suponer eran los detalles de aquellas tragedias. Máscula había desaparecido entre los remolinos de un cuento y Tirso, asomado un día a un ordenador, sentado en una silla para ver mejor el fondo de las letras de un programa, al perder el equilibrio y echarse hacia delante, casi se había caído en el pozo de la pantalla. «Los dos de la misma forma, fíjese usted lo que son las crueldades de la vida», le dijo Rósula Jareño a Clementina aguantando el carrito de la compra. «Yo, a la niña, como le gustaba leer, la cogí un día y le dije: «Máscula, aquí tienes El sastrecillo valiente y Hansel y Gretel, de los hermanos Grimm (porque yo sé los nombres y apellidos de los escritores, ¿sabe usted?, a mí, desde pequeña los escritores me han dado muchísimo respeto, porque como yo apenas sé escribir –algunas cartas a mi difunto marido cuando éramos novios y poco más–, pues a los escritores los admiro), y entonces, en cuanto la niña se hubo leído a los hermanos Grimm, pues la cogí otro día y le dije: «Máscula, que yo me voy a planchar, estáte ahí quieta, que yo estoy aquí al lado», y le di los cuentos de Andersen para que se entretuviera. Y ella se leyó El patito feo y Los cisnes salvajes, y otro día, cuando acabó todo Andersen, le di el Pinocho de Collodi, que recuerdo que le entusiasmó, y me traía todo el día loca, que si Pinocho por aquí, que si Pinocho por allá, y yo le dije, «¿Te has leído El flautista de Hamelin?», que ya ni me acordaba que yo se lo había comprado ahí al lado, en una tiendecita de la calle de Peligros, no sé si usted la conocerá¼, bueno, pues como ya se había leído todos los cuentos y yo ya no sabía qué darle más, y ella pintaba y leía y pintaba y se le iban los ojos detrás de todos los libros tuvieran o no dibujos, porque era una enamorada de las letras, pues me fui a esa tiendecita de Peligros, que es una mercería, pero que también tienen de todo, libros, tebeos infantiles y chucherías, y allí, rebuscando al fondo algo para llevarle a Máscula, me encontré de pronto con los Cuentos de Hoffmann, concretamente con El puchero de oro. Y se lo llevé. Yo no podía imaginarme la desgracia. Como yo había leído poco, yo no sabía lo que pasaba con Hoffmann. Bueno, pues me puse a planchar. Le dije: «Máscula, me pongo a planchar, te dejo sola, no leas mucho tiempo seguido que te harán daño los ojos, no te estés mucho tiempo leyendo que luego dices que te duele la cabeza». Me puse a planchar, y tenía tanto trabajo atrasado, que estuve planchando y planchando en el cuarto de al lado sin hacer mucho caso a la niña, porque no se oía nada, y me dije: «Ya está Máscula embebida en sus historias». Y no pensé más. Como no se oía una tos, ni el pasar de una página, ni un suspiro, nada, pues yo estaba muy tranquila, porque la niña siempre era así, se metía en sus libros y no había quien la sacara. Hasta que fui a verla. Y me quedé helada. Aún ahora se me ponen los pelos de punta y no sé cómo reaccionar. ¿Usted tiene hijos?». Clementina le respondió: «No, no tengo hijos«. «Pues no sabe usted lo que es eso –prosiguió Rósula–, no sabe lo que se siente. ¡Ay, hija mía! ¡Una madre es una madre! Cuando yo entré, y me veo aquel cuarto de al lado del cuarto de la plancha, sin apenas muebles, con el libro abierto en el suelo, las páginas de El puchero de oro abiertas de par en par, ¡y mi hija que no está!». «¿Cómo que no está?«, preguntó Clementina. «¡Pues que no está, que no está!«, exclamó Rósula moviendo la cabeza. «¡Pero en alguna parte estaría!», le dijo Clementina sobresaltada. «No, no estaba en ninguna parte. ¡No estaba!«, repitió Rósula.

–¿Y entonces? –preguntó Clementina desconcertada.

Rósula Jareño la miró.

Entonces, nada –contestó con un suspiro la mujer–. Que mi hija había desaparecido.

Y así Rósula, entre ahogos y serenidades puesto que ya había transcurrido mucho tiempo desde aquello, le fue contando a Clementina cómo su hija Máscula se había caído dentro de un cuento, aunque aún no se sabía bien cómo ni de qué forma ni por qué razón, quizá resbalando con las letras o perdiendo pie al querer apoyarse en un dibujo, porque lo cierto era –le contó la madre angustiada– que allí estaba el cuento sobre las baldosas del suelo, las páginas plácidas y abiertas, con un vientecillo leve que las movía, «como una brisa, ¿sabe usted?«, le añadió Rósula, «como si las páginas me estuvieran hablando a mí, o respirando, ¡ay, no sé señora!, yo no sabría explicárselo bien, fue algo tremendo».

Y como aquella mujer empezó a temblar y a agitarse allí mismo, en la acera de la calle de la Montera al rememorar su tragedia, y como no atinaba con las palabras porque quería contarlo todo a la vez y desahogarse, Clementina intentó calmarla y no supo, y la invitó a caminar un poco y la mujer no quiso avanzar, siempre con su mano agarrada al asa de su carrito. Y así Rósula le fue contando que su hija Máscula no había vuelto a aparecer, ella no la había vuelto a ver, casi no recordaba su cara, habían pasado quince años desde aquella tarde y ella se había ido deprimiendo y enflaqueciendo, encaneciendo de desolación, y había andado como loca por Madrid sin saber qué contar a las personas, hablando sola y preguntándose, «Máscula, hija, ¿pero dónde estás? Dime dónde estás. Tú dime dónde estás que iré a buscarte«.

Y fíjese lo que son las cosas –cambió de pronto Rósula su tono de voz–, como las desgracias nunca vienen solas, pues yo me quedé únicamente con mi hijo Tirso, que entonces tenía once años, y como pude, como Dios me dio a entender, porque me costó muchísimo, lo fui sacando adelante. Mi hijo salió espabiladísimo, muy listo, pero acaso fue por lo de su hermana, pero lo cierto es que el niño se negó a leer. Sabía leer, naturalmente, pero en cuanto veía un libro, torcía a un lado la cabeza y lo apartaba. Se negaba. Lo único que le interesaban eran las imágenes. Las imágenes y las máquinas. Las maquinitas de juegos, los ordenadores y la informática. Se pasaba el tiempo en la calle, se me escapaba a jugar a los bares y yo tenía que salir corriendo detrás de él. Hasta que un día me harté, (lo hice para retenerlo) y juntando todos mis ahorros, le compré un ordenador. Se pasaba las horas muertas ante el ordenador, con la puerta de su cuarto entornada. Iba al colegio, pero en cuanto volvía se enganchaba al ordenador y del ordenador ya no salía. Conocía todos los programas. A mí me los intentaba explicar, pero como yo no entendía nada, pues poco a poco dejó de hablarme. Éramos como dos extraños. Yo planchaba y él se enganchaba a la pantalla. Hasta que un día a poco se me queda enganchado para siempre.

Y Rósula le contó que fue un pequeño ruidito el que a ella la sobresaltó y la avisó de que algo ocurría en el cuarto de al lado, «uno de esos ruiditos extraños, ¿sabe usted?, como el del desagüe, como uno de esos remolinos que hace el fregadero al acabar«. Un ruidito que se oyó en la otra habitación. Y entonces ella soltó la plancha y salió disparada. Apartó de un golpe a su hijo de la pantalla, lo apartó del ordenador, lo salvó en el último segundo.

–¡Casi le pasa lo que a su hermana, figúrese usted! –exclamó Rósula espantada.

Y poco a poco fueron bajando las dos mujeres la acera de la calle de la Montera hasta la esquina con la calle de la Aduana y entraron así por la calle de la Aduana hablando y contándose cosas, perdiéndose por vericuetos de recuerdos, y cada una arrastrando su carrito, deteniéndose a cada trecho y volviendo a andar, atenta una a las confidencias de la otra. Porque lo que Rósula Jareño le estaba contando a Clementina era realmente una historia más de las muchas similares que estaban ocurriendo en Madrid por aquel tiempo. Aunque los periódicos casi no hablaban de ello –quizá por el giro de la época o por el poderío de las imágenes–, lo cierto es que sí se estaban dando casos aislados de succiones de cuerpos sentados ante una pantalla, y la succión empezaba por los ojos y la cabeza, dilatándose las pupilas en atención y proyectándose el cerebro hacia la ventana encendida del ordenador en una persecución obsesiva por atrapar la informática. La informática, sin embargo, se evadía, pero al huir dejaba una estela imantada que atraía siempre al ojo humano haciéndole recorrer incansable los pasillos de los programas, y aquel ojo húmedo con su lengua fuera y su agitado trote de curiosidad, nunca alcanzaba su presa porque la información huía y la cola fascinada de la información volvía otra vez a escabullirse abriendo otra ventana y ésta otro pasillo de programa y al final de éste una luz que parpadeaba, y el hocico del ojo humano y las patas delanteras de la atención saltaban entonces del teclado a la pantalla y arrastraban en su ímpetu a la grupa del asombro del hombre que entraba chapoteando por las orillas de los menús y empezaba a tragar listados y cifras, ahogándose con tanta información atragantada, y adormeciéndose y sepultándose poco a poco, hasta irse haciendo un navegante mudo en una navegación de cristal, en una navegación de soledad silenciosa. Aquello había sucedido ya en varios programas, pero sobre todo había ocurrido en Internet. Casi todo el mundo estaba aguantando muy bien las conexiones con Internet, pero sin embargo existían mentes que, entrando en el mar de la navegación y abandonándose a ella, sin duda por la vastedad del horizonte, no habían podido o no habían sabido volver. Flotaban entonces dentro de las peceras de las páginas y en los acuarium de la información transparente con el cuerpo decapitado y azul, unos boca abajo y otros boca arriba, los labios en burbujeo de palabras y el vientre hinchado y deforme. Iban y venían desplazándose con impresionante lentitud dentro de las pantallas y sin poder salir nunca de ellas, vagando desde Madrid hacia cualquier parte del mundo, sin tocar jamás la orilla de la tierra, impulsados por el vaivén que transmitían los dedos de los navegantes al jugar con las teclas. Era lo que se llamó por entonces la navegación de los cuerpos azules, y era todo un espectáculo verlos mecidos como tallos de hierba, sonámbulos para siempre entre las espinas delgadas de Internet, transformados en anémonas de letras y también en corales, ascendiendo del fondo de los bancos de arena, entre los radios blandos de las aletas de los signos, fofos y muertos, reventados de vacío.

Pero aquel, felizmente, no había sido el destino del hijo de Rósula Jareño –de Tirso López Jareño–, que de milagro se había salvado de perecer y que en ese momento estaba aguardando a su madre en el estrecho semisótano que la planchado­ra tenía en la calle de la Aduana. Cuando Rósula empujó la puerta de cristales y agradeció a Clementina que la ayudase a meter dentro el carrito, ésta se quedó absorta ante aquel enorme hombre-niño completamente azul y grandes gafas sobre una cara absolutamente aplastada, vestido con un inmenso chandal blanco, sentado al lado de la tabla de la plancha, las manos sobre las rodillas y la mirada inmóvil.

Este es Tirso, mi hijo –le presentó Rósula orgullosa–. Saluda, hijo, a esta señora. Vamos, levántate.

Y aquel enorme hombre-niño azul se levantó como un gigante, ancho y alto como era, y con su cara chafada como una lámina, sus gafas inmensas y su sonrisa blanda, le plantó dos sonoros besos en los carrillos a Clementina.

Puede usted hablarle perfectamente –le dijo Rósula a Clementina– porque él lo entiende todo. Habla poco, pero es que es como un niño, aunque ya cumplió los treinta años. ¡Anda, hijo –le dijo cariñosa a Tirso–, ya puedes sentarte! Ahora te prepararé la comida antes de ponerme a trabajar –y en un aparte, cuando salió a despedir a Clementina, que ya se iba, le añadió– Es una pena que se le quedara así la cara desde entonces, ¿verdad usted? Como soy su madre, a mí me parece guapo. No le duele, y eso es lo importante. Pero no me acostumbro. A mí me da mucha lástima verle.

Quedó tan impresionada Clementina por aquella visita y por toda la historia que Rósula Jareño le había contado aquella mañana, que nada más llegar a casa se la contó a su marido. Le entraba un escalofrío al recordarla y marido y mujer estuvieron dándole vueltas a todo aquello durante mucho tiempo. No sabían de qué modo ayudar a Rósula. «Es difícil ayudarla –decía Clementina– porque no es una mujer triste. Es una mujer muy dulce. Te habla de las cosas como si exactamente hubieran tenido que suceder así». Efectivamente así era. Las veces que Clementina se hizo la encontradi­za con Rósula a la salida del mercado, descubrió en la planchadora una mansedumbre apaciguada, un vencimiento de la suavidad sobre la aspereza, una ausencia de todo resentimiento. «La vida es así, Clementina«, le decía siempre Rósula a su amiga, porque de ese modo –como amiga– ya la consideraba. Iban juntas un trecho de la calle de la Montera y algún sábado quedaron las dos para desayunar.

Permítame que entre un momento aquí, en el Oratorio de Caballero de Gracia.- le dijo un sábado.

Rezaron juntas y al salir comentó:

¿Me acompaña usted ahora, que quiero ir a La Casa del Libro?

Y le explicó a Clementina que su recorrido muchos sábados era siempre el mismo: se acercaba al Oratorio de Caballero de Gracia, en la calle Caballero de Gracia, y luego entraba en la librería y rezaba por Máscula.

–Como no sé dónde está mi hija, ni en qué cementerio, ni dónde se encuentra, me pongo ante un cuento de Hoffmann, si es posible El puchero de oro, y la rezo. Sé que ella me escucha.

Clementina respetaba admirada aquella costumbre. En medio de toda la clientela de La Casa del Libro, de pie ante las páginas abiertas de El puchero de oro que ella colocaba sobre las mesas cargadas de volúmenes, Rósula Jareño entrecerraba los ojos y hablaba con su hija en un cálido bisbiseo de oraciones, preguntándole a Máscula por el más allá. Los dependientes ya la conocían y siempre le tenían preparado El puchero de oro en un rincón.

Doña Rósula, puede usted ponerse por aquí, si le parece –le decían buscándole un sitio discreto.

Y eran diez minutos o un cuarto de hora de charla entre madre e hija, en donde Rósula le contaba a Máscula cosas de Madrid, lo que le había ocurrido en la semana o lo que ella había hecho en esos siete días –»Me han dado ropa para planchar del Hotel Regina, hija», le decía. O «Ahora tengo algunos apurillos económicos«. O bien, «Van a poner iluminaciones nuevas en la Gran Vía, ¿sabes?». Y siempre acababa: «Tu hermano Tirso está bien y te manda muchos besos«. Y cerraba el libro con enorme cuidado:

Hasta el sábado, Máscula, hija –le susurraba a las páginas.

Y luego llamaba al dependiente y le devolvía el volumen.

Muchas gracias –le sonreía–. Hasta el sábado.

Hasta cuando usted quiera, doña Rósula –le contestaba respetuoso el dependiente y le acompañaba hasta la puerta.

«Estoy segura, Clementina –le decía a su amiga ya en la acera– que un día veré a mi Máscula. Un día se me aparecerá en el cuento, ya lo verá. Y si no, al fin del mundo. ¿No dicen que el mar arrojará al final los cuerpos de los ahogados? ¡Pues también los arrojarán los cuentos, ya lo verá usted!», le decía segura y encantada. Y las dos enfilaban ya la Gran Vía para torcer después por la calle de la Montera«.

(JJP –del libro «Caligrafía») (relato inédito)

(Imágenes:-1.- Chema Madoz.-Chemamadoz. com/ 2.-leyendo a la luz de una lámpara.-George Clausen.-1909/ 3.- Julia Margaret Cameron.-1867/ 4.-Juan Gris.-thomerama.tumblr/5.- un rincón tranquilo.-Victoria Park.-Wm Notman & Son  1915.- McCord Museum)

EL LIBRO MÁS CARO DEL MUNDO

Imágenes del interior del libro. | Efe
 

«Después que usted haya fallecido, lo compraré a bajo precio» – le aseguró el bibliófilo francés Pixérécourt al que había pagado muy caro un libro que él deseaba. No tuvo que esperar mucho – comenta Antonio Palau en su «Memoria de libreros» -, pues poco después de esta especie de maldición, el aludido murió». Esperemos, lógicamente, que esto no ocurra ante la subasta por la que «Aves de América«, del naturalista James Audubon, se han pagado en Londres 7,3 millones de libras esterlinas (8,7 millones de dólares), rompiendo el record de subasta de un libro impreso, según cuentan las Agencias.

«Su comprador en Sotheby’s – dicen las informaciones – ha sido un marchante londinense, Michael Tollemache, que ofertó desde la propia sala y que ofreció esa cantidad récord por los cuatro volúmenes de la primera edición del libro de Audubon, de la que existen sólo 11 copias en manos privadas mientras que otros 108 ejemplares restantes pertenecen a museos, bibliotecas y universidades«.

«El libro contiene 1.000 ilustraciones de cerca de 500 especies de aves y Audubon tardó 12 años en completarla. Este ejemplar pertenecía a la colección del segundo lord Hesketh, un famoso bibliófilo que lo adquirió en julio de 1951 en Christie’s por sólo 7.000 libras».

En torno a las subastas de libros las curiosidades son muy numerosas. Mediado el siglo XlX, un gran bibliófilo, el conde de Bedoyère, decidió poner a la venta su biblioteca. Un capricho de coleccionista le empuja a tal decisión, pero más tarde se conmueve e irrita ante la idea de que cualquiera pueda poseer sus preciosos ejemplares. Y a partir del número 1 del catálogo de la subasta se dedica a pujar furiosamente, de tal modo que al terminar ésta se encuentra de nuevo en posesión de todos sus libros, a los que debe, naturalmente, que añadir la nota de gastos del tasador.

(Imágenes:- 1.- láminas del interior del libro «Aves de América».-EFE/ 2, 3,4 y 5.- New York Historical Society)

SANATORIOS DE LIBROS

Manos que van y vienen sobre cortezas de libros enfermos, manos que deshojan páginas y arreglan sábanas de capítulos, manos que vienen y van alisando colchas, entreabriendo ventanales de márgenes, ventilando con las yemas de los dedos los lomos sueltos…, manos que vienen y van por esta habitación de la Historia en torno a la cabecera de portadas, moviéndose sin apenas ruido, manos especialistas en pergaminos, suaves cirujanos ante hierros, dedos que acarician suntuosidades escondidas, precisos dedos certificando nudos, desatando y atando cuerpos inmensos, cuerpos abandonados, letras extendidas, mapas de heridas cubiertas en batallas, cicatrices de conquistas, extensiones de reinos y de aguas, cifras agazapadas en volúmenes, marcas en márgenes, rótulos en tapas, rúbricas, fascículos…; luego lavados, cosidos, brochas, pegamentos, telas, hilos, cordeles, paños, forros, limas, ajustes, manos que vienen y van una vez más con la pericia enamorada de los viejos oficios, enfermeros de tantas encuadernaciones aplicando ungüentos y  pócimas, ponen en pie lomos articulados, luego los tumban, nuevamente los alzan, es el ejercicio de la rehabilitación, la suave flexibilidad curativa que dará vida a un cuerpo abandonado, cuerpo de hojas, índices, sumarios, cuerpo mostrando ilustraciones abiertas, tatuado de estampas, leído antes por mil ojos…, manos que vienen y van, que vienen y van paciente, despaciosamente, hasta que al libro lo resuciten vivo.

UNA CASA, UN LIBRO, LA SOLEDAD

«Carpinteros, cerrajeros, estucadores, albañiles: a veces les oigo discutir de su trabajo, en el bar. Comentan las dificultades con las que tropiezan, se cuentan unos a otros cómo las resuelven. Al tiempo, levantan paredes, ponen puertas, instalan grifos, colocan barandillas. En lo que hace sólo unos meses era un descampado, si pasas ahora descubres que se levanta una casa en la que alguien se asoma a la ventana. y desde cuyo interior llegan voces, o música. Ellos siguen hablando en el bar sobre si han hecho una buena obra o les han obligado a hacer una chapuza. Les envidio esa posibilidad de trabajar juntos, de poder poner a prueba sus habilidades. Lo que dura, lo que no se agrieta, lo que soporta la acción del agua, lo que encaja, la puerta que no cede».

Confiesa todo esto el novelista Rafael Chirbes en Por cuenta propia. Leer y escribir (Anagrama) y añade: «Entre tanto, me veo a mí mismo braceando entre sombras, incapaz de nada, vacío un día tras otro. Echo de menos esas certezas artesanas: tener los avatares del tiempo por testigos.(…) Ya sé que un libro no tiene la solidez de una casa, pero en Moscú quedan pocas casas de las que se construyeron cuando Tolstoi vivía, y de la vieja Alexanderplatz berlinesa qué quedaría de no ser por el libro de Döblin. Me digo que puedo discutir sobre la resistencia de los materiales con los obreros del bar, porque una casa y un libro son expresiones de la sorprendente dureza interior que guarda ese frágil animal humano al que cualquier accidente tumba».

Sobre la artesanía del escritor al construir y trabajar he hablado varias veces en Mi Siglo. Es la soledad del quehacer personal, la obligada incomunicación y concentracion imprescindibles para crear. Patricia Highsmith, hablando de ese trabajo, anota que para el escritor «la gente puede ser estimulante, desde luego, y una frase dicha al azar, una anécdota o algo parecido puede poner en marcha la imaginación del escritor. Pero en la mayoría de los casos, el plano de las relaciones sociales no es el plano sobre el que vuelan las ideas creativas. Es difícil ser receptivo hacia el propio inconsciente cuando se está en grupo, o incluso con una sola persona, aunque esto último resulta más fácil. Es curioso, pero a veces las personas que nos atraen o de las que estamos enamorados son como una especie de caucho que nos aisla de la chispa de la inspiración (…) Hay algunas personas, a menudo las más inesperadas -sosas, perezosas, mediocres en todos los sentidos -, que por alguna razón inexplicable estimulan la imaginación».

Bendita soledad, permanente compañera del escritor, donde se fragua todo: el cuaderno en el que se escribe, el libro donde vivirá el lector.

En el fondo, su casa.

(Imágenes.-1. Drago Persic– 2007-.-Engholm Galerie– Viena/ 2.-«X NaNa Subroutine».-Constanze Ruhm.-Engholm Galerie.-Viena)