DON DIEGO DEL CORRAL Y ARELLANO

 

 

“Y aquí tienen ustedes — dijo el guía al entrar — el soberbio retrato de don Diego del Corral y Arellano, oidor que fue del Consejo de Castilla, catedrático de la universidad de Salamanca y visitador del aposento del rey.  Fue pintado por Velázquez en 1632, aunque hay algunos problemas de datación. Esta figura egregia y de admirable estampa como ustedes pueden ver, retrato  que clava su mirar en mí y en los demás , mirar grave y de reposado juicio, hombre de leyes, hombre de aplomo y de firmeza, cabeza suya esta que sale de su golilla blanca con la que cubre la amplia toga negra con su cruz  de Santiago asomando por ella, esta masa oscura de su retrato en pie, su calzado negro, este Don Diego del Corral y Arellano nació en Santo Domingo de Silos hacia 1570 y estudió en Salamanca, llegó a ser canciller de Aragón y se casó con doña Antonia de Ipeñarrieta, y este cuadro estuvo en el Palacio que los Corral tenían en Zarauz, en Guipúzcoa, según dice el inventario de don Cristóbal del Corral e Ipeñarrieta, y el lienzo luego quedó en poder de sus descendientes, los llamados marqueses de Narros, hasta que a mediados del siglo XlX lo trajeron a Madrid y sería entonces un pariente de ellos, la duquesa de  Villahermosa, quien lo legó al Museo del Prado y  aquí está,  y ahora lo ven ustedes.

Si se ponen ustedes ahora en el centro cerca de mi lo verán mejor. Dice Brown en su estudio de Velázquez como “pintor y cortesano” que  aquí  Velázquez va directamente al fondo de un hombre cuya activa y alerta inteligencia ha evitado  los efectos de la vejez. Como jurista don Diego del Corral tenía el respeto del monarca y también del pintor y su mirada, que es la que nos interesa, no parpadea al juzgar la Historia y al no dudar en votar en contra de una pena de muerte, como así ocurrió en un célebre juicio. Hay un papel que sostiene en su mano izquierda  que unido a otros papeles que toma con la derecha nos confirman su labor intelectual y justiciera, aquí está su mesa “vestida” de terciopelo negro con realces  de oro, mesa de justicia sobre la que el personaje se apoya confirmando su posesión. Y luego están , fíjense bien, los negros fluidos y tornasolados de esta pintura, fluidez de pincelada de Velázquez que han llevado a decir a muchos estudiosos que este cuadro “ es uno de los más hermosos de la pintura. Encarna esta figura del prototipo de hombre de leyes, grave e intelectual, con  una expresión muy noble, de inflexible y reposado juicio.”

José Julio Perlado

( del libro “Museo de la mirada”)

(relato inédito)

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(Imagen — Velázquez— “Don Diego del Corral y Arellano- Museo del Prado)

DOS MÁS DOS SON CINCO

 


“Siempre he pensado que en muchos terrenos del arte y la literatura dos + dos son cinco.  Es el salto a la fantasía, yo diría que el salto a la creación. La suma de los realismos nos entrega siempre el cuatro. La suma de las innovaciones, de los atrevimientos, de las vanguardias, nos entregará el cinco.  Dos + dos nos dan el cuatro siempre que un ojo esté situado  — y normalmente está situado —a la misma altura del otro en  el rostro de una mujer, uno a cada lado . Pero cuando Picasso pinta dos ojos juntos en la misma mejilla ha asumido hace tiempo que dos + dos son cinco y ese cinco le da la libertad de crear, de romper con lo que creíamos que era  lo establecido. Y el público ama ese cinco, aunque al principio le descoloque. Ese cinco es el salto de la aventura , sin ese cinco todo seguiría igual, la historia del arte sería  quizá un cuaderno de repetición.

 

 

Lo mismo ocurre  en la literatura . Lo tenemos en Gógol,  cuando un funcionario de San Petersburgo pierde su nariz y ésta adquiere vida  propia y recorre una experiencia distinta. O en el italiano Ítalo Calvino  que nos presenta  al “barón rampante”, Cosimo, que vive entre los árboles y viaja por los árboles; o en el “vizconde demediado”, Medardo de Terralba, partido en dos por una bala de cañón y viviendo dos vidas distintas; o en “el caballero inexistente”, esa armadura vacía, sostenida solo por su voluntad de ser. Calvino quiso reunir estos tres relatos bajo el título de “Nuestros antepasados”, pero yo creo que no son antepasados sino que están muy presentes porque abren una ventana a la fantasía y a la libertad creadora, algo que los recintos cerrados de otros textos anhelan de vez en cuando.

 

Si nos asomamos  por otro lado a Chagall veremos a gentes  viajar tumbadas y cruzadas entre las nubes, en el silencio de la noche, procesiones de sombras que nos revelan ese cinco del que hablamos al sumar dos + dos en la creación.  En el Arte Fantástico el Bosco nos proporciona imágenes  tremendas e inolvidables, el milanés Archimboldo compone con flores y frutas rostros  sorprendentes, Dalí se adentra en  audaces realidades oníricas, y habría que seguir en una lista muy numerosa de invenciones y atrevimientos que arte y literatura nos ofrecen.

No me queda por añadir mas que amo ese cinco. La resultante de esa suma del dos y el dos que da un salto de repente,  ilumina una chispa y en vez de caer al vacío deja extendido el mágico campo  de la sorpresa y la imaginación.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Picasso- 1937/ 2-Giuseppe Archimboldo-1566/ 3-Chagall – homenaje a Gógol- momaourgt/ 4-Chagall – sobrevolándo vitebsk)

“LA JAPONESA”

 

 

Las dos primeras fotografías que se conservan de Hisae Izumi en Europa, ya en el siglo XlX, están expuestas, una en el Museum of Fine Arts de Boston, y otra en la Fundación Monet en Giverny.

No en vano Hisae fue amiga del pintor Claude Monet que nunca quiso llamarla por su nombre y sí en cambio bautizarla de manera sencilla y respetuosa, sin duda asombrado por su permanente belleza, denominándola simplemente “una dama japonesa”. Y así quedó su nombre entre los pintores franceses. Monet y Hisae se conocieron en París en 1875 en el segundo piso de una casa acristalada en el bulevar de los Capuchinos número 35, un piso que había sido taller del gran fotógrafo Nadar, un piso con dos grandes habitaciones, de paredes color marrón rojizo, donde había tenido lugar la primera Exposición de los Impresionistas en 1874. Allí se sentaron los dos, Hisae y Monet, durante muchas tardes y allí mantuvieron largas conversaciones, ya que a Monet, como a tantos otros amigos artistas de esa época, le fascinaba Japón y los objetos japoneses y Monet, con sus treinta y cinco años de entonces, su corta barba y sus ojos vivos, le hablaba a Hisae intensamente de su primitiva colección de grabados y de su fascinación por Hokusai, y Hisae a su vez le narraba el largo viaje que había tenido que hacer en un barco mercante holandés desde Japón a Europa. Hisae Izumi llevaba ya siete años en París dedicada a extender y explicar el arte y el conocimiento de Japón y lo hacía a través de unas clases como las que siempre había impartido de un  modo  u otro a niños y a mayores en Japón durante siglos, y lo hacía ahora en la trastienda de “La Porte Chinoise”, un comercio en el 220 de la rue de Rivoli, en el centro de Paris, que llevaba abierto desde 1862. Nada más comenzar 1868, el año en que Japón había decidido abrir sus puertas al mundo, Hisae había conseguido a través de unas amistades suyas de Nagasaki que la admitieran como única mujer que estuviera al cargo de las estampas y objetos japoneses que empezaban entonces a viajar  en barcos rumbo a Europa. “Aquel viaje  en el mercante — le rememoraba Hisae a Monet en aquella habitación —, fue apasionante. Rodeados de agua cada noche y bajo la luna, todos aquellos dibujos, láminas y esmaltes que yo tenía que proteger parecían brillar conforme avanzábamos en el océano.” “Conozco bien todo eso”, le respondía Monet, “ porque sé que para pintar el mar es necesario verlo cada hora de cada día desde el mismo sitio. Siempre me ha fascinado el juego de luces y reflejos de las nubes en el agua.”

 

Se entendían muy bien los dos. Hisae vestía siempre su elegante kimono blanco salpicado de peces azules que fascinaba al pintor y también a todo París cuando cruzaba las calles, y Monet le solía hablar de su pintura, de las superficies de color plano, de los contornos marcados y de los nuevos encuadres estudiados en los grabados japoneses, pero también de sus proyectos y experiencias, y tampoco le ocultaba sus continuas estrecheces económicas ni sus preocupaciones más graves, entre ellas la enfermedad de su mujer Camille a la que — decía— le hacía ilusión desde hacía tiempo hacerla un retrato “ a la japonesa”. “Usted me puede ayudar”, le dijo un día de repente a Hisae. Y al fin la convenció. Semanas después fueron los dos  una tarde hasta  Vétheuil, al norte de París, hasta la pequeña casa que Monet había reemplazado por la suya anterior de Argenteuil, donde tanto había pintado En aquella casa de Vétheuil junto al Sena Hisae y Monet reanudaron muchas horas de charla. Les escuchaba sentada en una hamaca, Camille Doncieux, la mujer del pintor, ya fatigada y amenazada por la enfermedad, pero que se animó al saber que su marido le estaba proponiendo, como  había hecho otras veces, posar para un retrato. “Pero será un retrato disfrazada”, le puntualizó de pronto Monet. Y así ocurrió. Entre  Hisae y Monet prepararon un lienzo, Monet buscó una peluca rubia y un llamativo kimono rojo  luminoso bordado, salpicado de peces, mariposas y pájaros, con la figura de un samurai pintado en el kimono, y encargó a Hisae Izumi que le sugiriera colores de abanicos para colocarlos sobre el  fondo celeste del cuadro. Hisae dibujó proyectos de formas y colores de abanicos y Monet los fue pintando y extendiendo detrás de la figura de su mujer disfrazada. Surgieron muchos abanicos. Más de una docena. Eran abanicos sencillos, algunos representando paisajes y otros con cabezas femeninas. Camille  posaba mirando al espectador, sonriendo lo mejor que podía, y levantando un gran abanico. Así quedó “La Japonesa”.  Monet, al cabo del tiempo, pensaría de ese cuadro  que era “simplemente un capricho” , aunque  de él consiguió  al  fin 2000 francos, que tampoco le sacaron de apuros. Desde hace muchos años ese cuadro se encuentra en el Museum of  Fine Arts de Boston. Y a su lado hay una pequeña fotografía de Hisae Izumi con su kimono blanco en la habitación de Vétheuil mientras está preparando los abanicos.”

 

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa’j

(relato inédito)

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(Imágenes—1-Monet- “La Japonesa” – Boston- Museum of Fine Arts/ 2-Harunobu Suzuki- 1767/ 3- Shimura Tatsuma)

CAMINANTE DE PENSAMIENTOS

 

 

“Estuvo así largo tiempo. Aunque seguía las evoluciones de aquella extraña  comitiva que iba acercándose cada vez más hacia ella, a Hisae lo que le atraía era la figura solitaria del maestro del té absolutamente quieto en medio de la explanada bajo el sol, dándole ahora la luz sobre su kimono marrón y que parecía alejado mentalmente de todo aquel ceremonial, tal y como si estuviera invitado a su pesar a permanecer allí. Cuando en sus “Memorias” años más tarde Hisae quiso evocar ese instante — sin duda enriquecido por varias lecturas y  muchas reflexiones —, lo que ella imaginó era que aquel famoso maestro del té, Sen no Rikyū, inmóvil en la explanada, lo que estaba haciendo precisamente era andar, pero andar por un camino interior que no estaba extendido bajo los árboles sino dentro de su espíritu. Mantenía  Rikyū los ojos entrecerrados y en absoluto se movía, tenía en su mano un simple y tosco cuenco de arroz.  “ Descubrí  entonces — resumió Hisae en sus “Memorias” — lo que era un caminante de pensamientos. Casi podía oír sus pasos.” Se daba Hisae perfecta cuenta de que los utensilios del té del regente  Hidehoshi y su  gran ostentación de ropajes y de objetos dorados, nada tenía que ver con este otro cuenco de té tan humilde del maestro Rikyū, lleno de sobriedad. De todos modos cuando la comitiva llegó frente a ella donde había extendido su manta bajo los árboles, Hisae atendió a aquella procesión con curiosidad e interés, entre otras cosas porque aquello formaba parte del gran espectáculo y siguió con atención todos los ritos y movimientos.

 

Hisae solo tenía como posesión aquella manta en el suelo y no había querido o no había podido construirse una choza o cabaña de campo como habían hecho tantos otros. Cerca de donde ella estaba podían verse algunas cabañas de materiales muy rústicos, con paredes color tierra y troncos de árboles como pilares. Algunas incluso tenían bambú en las rejas de las ventanas y habían habilitado un diminuto jardín con senderos de piedra que conducía hasta dos pequeñas habitaciones, una donde se iba realizar la ceremonia del té y otra para guardar los utensilios. La entrada a aquellas improvisadas “casas de té” en el bosque de Kitano había quedado enormemente reducida, de tal modo que cualquier visitante debía de inclinarse para pasar, o incluso arrodillarse, para llegar hasta el fondo. Era, como bien sabía Hisae Izumi, el gesto que se pedía para rebajar la soberbia y, al aplastarla, alcanzar la paz interior. Todas aquellas cabañas desperdigadas bajo los árboles eran una continuación de la naturaleza, los frondosos pinares del bosque eran habitaciones de hojas que abrían sus puertas al paisaje.

Pero Hisae permanecía solitaria con su única manta como refugio y recibió con curiosidad la visita de Hidehoshi y de sus acompañantes. Al llegar, uno de aquellos  acompañantes o ayudantes se dispuso en primer lugar a purificar los utensilios dorados, luego puso tres cucharadas de té en la taza que sostenía en sus manos el regente, tomó agua caliente de un recipiente que llevaba y esperó cierto tiempo. Un silencio total se mantuvo durante aquella pequeña ceremonia que sólo quedó roto por el piar de un pájaro. Cuando el té estuvo ya preparado, Hidoshi se lo ofreció a Hisae, que bebió un sorbo. Después él le hizo a ella una pequeña reverencia,  ella respondió con  otra similar, uno de los ayudantes acercó más a Hisae  los utensilios dorados para que los viera mejor, y la comitiva se retiró dirigiéndose hacia la siguiente cabaña.”

 

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”)

(relato inédito)

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(Imágenes— 1- Jan Davidsz de Heem- 1660/2- Hagetsu Tosatsu- 1575/3- Giuseppe Piva- japanese art)

EL MAESTRO DEL TÉ EN EL BOSQUE DE KITANO

 

 

“Hisae, ante todo lo que veía y que estaba ocurriendo, aspiraba a ser una de las primeras personas que pudieran acercarse más hasta la sala de Hideyoshi y poder observarlo todo mejor puesto que aquello aumentaba  su  curiosidad. Las veces a las que había asistido a una ceremonia del té siempre le había atraído la simplicidad, sencillez y sobriedad que aquí no llegaba a encontrar. Le daba la impresión de que cuanto estaba observando tenía mucho de ostentación. No se atrevía sin embargo a comentar nada con quienes estaban cerca de ella bajo los árboles porque sabía que en todas las ceremonias, si alguien no aprobaba por completo el escenario, debía abandonar el lugar para no alterar la armonía. Recordaba las veces en que ella había bajado la cabeza para poder entrar por las pequeñas puertas de las casas de té e igualmente sus pasos menudos dentro de cada jardín hasta llegar al interior. Aquello siempre le había parecido un ceremonial   pausado, muy distinto a lo que ahora estaba viendo. Recordaba también las tres fases de la ebullición del té que tanto le agradaba observar: primero las pequeñas burbujas semejantes a ojos de peces en el agua, luego las burbujas como cuentas de cristal, y al fin las pequeñas olas saltando en la tetera.

 

 

Pero pensando en todas estas cosas le sorprendió ver de repente que ya empezaba a desfilar casi delante de ella una corta y extraña procesión. El regente y gran señor de la guerra Toyotomi Hideyoshi salía en  esos momentos de su recinto y se dirigía en lenta comitiva hacia la muchedumbre, prácticamente en dirección hacia el rincón donde Hisae se encontraba. Figuraban en aquella pequeña comitiva dos ayudantes que transportaban en dos bandejas los personales utensilios del té pertenecientes a Hideyoshi,  venía detrás la pausada figura de Sen no Rikyū, el gran maestro del té, que caminaba a cortos pasos y muy despacio, envuelto en su kimono marrón , y tras él una serie de estandartes en colores muy vivos, el primero de ellos un gran caballo blanco con sus patas delanteras  levantadas al aire, que indudablemente representaban, o así lo pensó Hisae, hazañas y batallas. Al llegar al lugar concreto donde ella se encontraba,  la comitiva se detuvo. Ante su sorpresa, Hisae vio que el primero que rompió el silencio y comenzó a hablar no fue el regente Hideyoshi sino aquel gran maestro de té, Sen no Rikyū, del que ella siempre había oído elogiar su sencilla sabiduría, y que ahora de pie, bastante erguido a  pesar de su  edad, y distanciándose por completo del guerrero Hideyoshi, pronunció con voz  pausada las siguientes  palabras: “ Como sabéis — dijo—, el arte del té consiste simplemente en hervir agua, hacer el té y beberlo. .Pero cuando se vierte el agua en el tazón— añadió—, no es sólo el agua lo que se vierte en él, muchas cosas entran en el tazón, buenas y malas, puras e impuras, cosas de las que uno tendría que avergonzarse, cosas  que nunca se pueden verter salvo en el propio inconsciente. El espíritu del té — continuó—, consiste por tanto en limpiar los seis sentidos de la contaminación. Viendo la flor en el jarrón, el sentido del olfato se purifica; escuchando el borboteo del agua en el hervidor de hierro y  el goteo del tubo de bambú, los oídos se purifican; saboreando el té, la boca se purifica; manejando los utensilios del  té, el sentido del tacto se purifica. Cuando todos los órganos de los sentidos son así purificados, la mente se limpia de suciedad. Aunque mucha gente bebe té — concluyó  —, si no conoces el camino del té, es el té el que te bebe a ti”.

 

 

Calló en ese momento Sen no Rikyū y  hubo  unos segundos  de  silencio. Pero cuando parecía que ya no iba a hablar más, aún quiso hacer en su mismo tono pausado un  breve elogio de  la tranquilidad, la armonía, el respeto y  la pureza, y también de la importancia de lo pequeño sobre lo grande, de lo frágil sobre lo sólido, de la sencillez sobre el lujo. Y luego, introduciendo sus manos en las mangas de su kimono, extrajo de allí dos pequeños objetos que  llevaba guardados: un sencillo cuenco de tosca cerámica y una pala de bambú . En ese instante el sol iluminaba  la masa de los pinos  del bosque de Kitano y caía  a la vez sobre las bandejas doradas pertenecientes a Hideyoshi, pero  Hisae no se fijó:en el sol ni tampoco en sus reflejos:  seguía mirando fascinada la figura inmóvil, menuda y humilde del maestro del té que ahora permanecía en completo silencio.”

José Julio Perlado

( de libro “Una dama japonesa’)

(relato inédito)

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(Imágenes— : 1-Kokedera- Japan art/2-Hiroshi Yoshida/ 3-Hasegawa Tohaku/ 4- Kitsu Suzuki- metmuseum org)

LO QUE LLEVABA EN LA BOLSA

 

“Nada más entrar en mi sueño y llegar hasta la puerta donde me esperaban, abrí la bolsa para mostrar a todos lo que llevaba dentro y lo primero que apareció fue el río, mi río de infancia, un río con una alargada alameda de árboles al lado de los cuales el agua corría entre lo verde y lo azul, lamiendo piedras redondas bajo los puentes, pero sin mojar ni traspasar en ningún momento la áspera cubierta de lona de la bolsa que iba conmigo, cuyos bordes, no sé en qué momento, yo había procurado atar con cuerdas fuertes, dispuesto a recogerlo todo, a congregar mi vida, a no desparramar nada de lo que había hecho, como así  suele pasar a la vuelta de los viajes, apelotonando y aplastando la ropa sucia. Pero no todo aquello de mi vida era precisamente ropa sucia. Eran  recuerdos diversos.  Debajo del río, cuando  metí la mano en el fondo de la bolsa para palpar más profundidades y enseñarlas, me encontré con unas aristas cortantes que casi me dañan los dedos, las aristas de una conversación que había mantenido hacía muchos años con mi mujer, mejor dicho, una discusión enorme que aún me causaba heridas al tocarla, casi me hice daño  en los dedos al sacar una a una  las palabras que estaban allí arrumbadas, pero que yo, que siempre he odiado las discusiones,  nunca hubiera querido encontrármelas otra vez allí, en el fondo de la bolsa, una discusión de gritos y portazos que aún resonaban en la escalera, y  que además había surgido, como ocurre siempre, por un tema banal, una pelea absurda sobre quién de los dos había gastado más luz.  Y debajo de aquella discusión que aún atronaba de voces la escalera, palpé en el fondo de la bolsa,  algo que estaba boca abajo pero  que aún seguía perfectamente conservado, el espejo del cuarto de baño de mi casa ante el cual yo me lavaba las manos y en el que me sorprendía  ver siempre detrás de mi cara la cara de mi padre lavándose también él las manos en el tiempo, dándome a la vez consejos que  al principio eran sólo  pequeñas frases pero que luego se adelgazaban hasta quedarse en palabras, palabras que a mí me sirvieron a lo largo de años.

 

 

Después encontré también dentro de la bolsa, y saqué de su fondo, unas zapatillas azules de deporte que estaban ya algo descoloridas, pero que en cuanto las vi, aunque tenían las suelas bastante desgastadas, me llevaron a la alegría. Con aquellas zapatillas azules a mis dieciocho años había recorrido  yo las cintas de la alegría que eran árboles y mar a la vez, árboles que corrían conmigo haciendo correr al mar y a las zapatillas, y recuerdo que mi alegría volaba con aquellas suelas a toda velocidad y que el mundo era una  esperanza interminable. Y luego, con mucho cuidado, ayudándome fuertemente con los dos manos, saqué como pude de la bolsa las patas  y el respaldo del sillón de mi despacho en el que yo había trabajado tanto tiempo, un mueble al que le costaba salir porque se enganchaba con los pliegues de la bolsa, pero que en cuanto lo puse en pie se desparramó en páginas y en hojas, anotaciones y escrituras, el respaldo se hizo libro y los brazos de aquel mueble fueron lápices, plumas y cuadernos.

Y luego encontré, casi al final de mi sueño, poco antes de despertar, medio escondidas en los rincones de tela de la bolsa, diminutas pepitas blancas que yo casi  había olvidado, pero que había ido sembrando durante años en conversaciones con mis hijos y con mis amigos, pepitas de amor y de amistad a las que entonces no les di ninguna importancia, pero que ahora, al sacarlas y tenerlas entre las manos, vi que eran diamantes.”

José Julio Perlado

( del libro “La mirada”) ( relato inédito)

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(Imágenes— 1-Park seo bo – 1992/ 2- Jakob Gasteiger- 2016/3- Yakoi Kusama – 1988)

UNA SONRISA EN UN BLOG (13) : LA BODA DE LAS HIJAS DE MONTE URBIÓN

 

“Las bodas de las hijas de don Argimiro Monte Urbión se celebraron meses después. Fueron unas bodas impredecibles e insospechadas. De las rendijas de las habitaciones de las seis hijas dormidas empezaron a fluir unos vapores gaseosos, unos hilos de arco iris que iban escapando de los amores en forma  de manzana palpitando bajo las sábanas, un olor a corazón recién nacido que fue invadiendo primero los pasillos y después el palacete del marqués. Nadie se atrevía a decir nombres. Zenaida dejó caer un papelito blanco y doblado en la vacía copa de vino de su padre, luego Oliva hizo lo mismo al día siguiente, después fue Ciria, diez minutos más tarde se atrevió Eneima, tras ella Yolencia y al fin Cancionila. Se habían enamorado a la vez y querían casarse a la vez, pero no sabían cómo. Unos pájaros de cuchicheo pusieron en la pista a Monte Urbión. Don Argimiro tomó aquella gran copa de vino rebosante de papelitos doblados, se encerró con ella ante la mesa del comedor, ordenó que no le molestara nadie, y con un esmero de cirujano comenzó a extraer  uno a uno aquellos nombres de los pretendientes. ‘Copretes’,  leyó. Luego entreabrió las alas de otro papelito: “Jasón”, decía el segundo. Después fue a por el tercero: “Optaclano”, habían escrito. En el cuarto, con letra picuda, se leía “Audaz”. El quinto papelito decía “Citino”, y el último, el emparejado con Cancionila, la hija más  pequeña, ponía sencillamente “Macrobio Orencio”.

 

A don Argimiro aquellos nombres no le entusiasmaban. Figuraban sin sus apellidos, igual que náufragos, y él, como marqués, no estaba dispuesto a ceder valor alguno en los posibles pasos de una descendencia. Sabía que los Monte Urbión iban a desaparecer pero quiso ajustar los goznes de los irremediables enlaces. Entonces convocó  a los seis novios para un sábado a la hora del aperitivo. Mandó colocar seis pequeños taburetes frente a su mesa de comedor, dispensó a los doces criados de cualquier otra ocupación que no fuera la de  estar presentes en aquella ceremonia, advirtió a sus hijas que estuvieran vestidas, peinadas y perfumadas para las dos menos veinte, anunció que él almorzaría como siempre a las dos y media en punto y se dispuso a examinar. El primer pretendiente, sentado en el primer taburete junto a la ventana y que intentaba pedir la mano de Zenaida, no le causó mala impresión. Era un joven delgado y de nariz enorme, con gafas, rápido de reflejos, nervioso y decidido a ocupar el puesto. Se llamaba Copretes González González y González González. Explicó  a la carrerilla que el antecesor de su primer tatarabuelo había sobrevivido a la epidemia de disentería en la batalla de las Navas de Tolosa, confesó que carecía de divisa histórica y heráldica, que tampoco poseía “ex- libris”, preguntó si se podía fumar, y dijo que tenía un pisito cuya ventana daba a la Plaza Mayor y desde allí había preparado y conseguido las oposiciones de judicaturas. Don Argimiro le preguntó si se daba cuenta de lo que significaba pretender a Zenaida  sin tener un “ ex- libris” y, abriendo una carpeta de tapas moradas, le mostró una serie de ilustraciones. “Joven — le dijo— , ya sé que usted no tiene divisa heráldica, pero ¿ sabrá usted francés?”. Copretes asintió. Entonces, ¿qué quiere decir en este escudo la palabra “abeille”? “Abeja”, contestó el pretendiente. “¿Y éste que pone “antiloppe” “Antílope”, respondió Copretes. “¿ Y champignon” ? “ Champiñón””, dijo el pretendiente. Quedó admitido Copretes, no tanto por su perspicacia, sino porque al marqués le había gustado aquel apellido doblado y repetidos con una “y” griega en medio, que siempre enaltecía cualquier eslabón.

 

 

 

Sin embargo, lo de la “y”enlazando apellidos pronto se vio que era una estratagema. Sabedoras de la importancia que su padre daba a la simbología de los orígenes, las seis hijas de Monte Urbión se habían precipitado a hacer confidencias a sus novios para que todos añadieran aquella vigésima séptima letra del abecedario. Cuando el novio de Oliva, el aspirante segundo, dijo que se llamaba Jasón Pérez Pérez y Pérez Pérez y empezó a contar que descendía  de un arcabucero de la batalla de Pavía, que a su vez había ayudado a llevar la silla de manos de don Antonio de Leiva el 24 de febrero de 1525 y dio toda clase de señales de la hora, del ambiente que allí había y hasta de la temperatura, don Argimiro no se dio cuenta de la inflexión con la que había pronunciado la “y” porque estaba más preocupado por el presente, y  aún más por el futuro de sus hijas. Miró despacio a aquel joven de chaqueta a cuadros y lazo de pajarita y le preguntó de sopetón : “Pero bueno, muchacho, aparte de lo de la batalla de Pavía, usted ¿a qué se dedica?” Jasón se quedó mirando a su novia y en un primer momento no supo qué contestar. Oliva, presurosa, se inclinó sobre él. “Dile lo de las matemáticas — susurró —. Enseñalé tu tarjeta.” El pretendiente buscó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una tarjeta de visita que entregó al marqués. “ Jasón Pérez Pérez + Pérez Pérez — se leía —: Filólogo y matemático.”

—¿Y éste signo +? — preguntó extrañado don Argimiro.

__ La “”y “, señor, es el elemento principal de la oración copulativa — dijo Jasón de carrerilla—. Viene a ser lo que la operación de sumar, es decir, el signo + en matemáticas.
Como no explicó otra cosa, y como lo poco que dijo lo pronunció con un insoportable aire de suficiencia, Monte  Urbión lo clasificó como un pedante y se compadeció de lo que iba a llevarse Oliva para toda la vida.”

 

José Julio Perlado

”Lágrimas negras”

 

(Imágenes— 1-Adolph Gottielb –  1961/ 2- León Polk Smith/ 3-Sarah Meyohas/ 4- Gunther Forg- 2008)

LA GRAN CEREMONIA DEL TÉ

 

 

“Hay un largo silencio sobre la vida de Hisae Izumi durante muchos años. La primera vez que vuelve a encontrarse su figura es en octubre de 1587, en el bosque de Kitano, cerca de Kyoto, asomando su belleza entre las largas filas de bambús amarillos de aquel bosque, buscando ella en ese momento el mejor sitio al que quería aspirar en aquella gran ceremonia del té a la que, como tantos otros — una gran muchedumbre—, ella había sido invitada. Aquella gran ceremonia del té que se haría célebre en Japón y se evocaría luego en  muchas partes del mundo,  la había convocado el regente y canciller Toyotomi Hideyoshi, y se pedía a todos los asistentes — casi mil personas acudieron — que llevara cada uno una tetera, un balde de pozo, un cuenco para beber, alimentos,  y, por supuesto, té. Y sobre todo que se guardara un completo silencio. Si alguno de los asistentes — seguía diciendo aquel comunicado de invitación  — quería construirse una pequeña sala o cabaña personal o familiar dentro del bosque para seguir mejor la ceremonia, bien podía hacerlo, pero si no lo conseguía se le permitía en cambio extender en el suelo mantas o bolsas de cáscara de arroz. Hisae había encontrado pronto un  buen sitio escogido  bajo los árboles, muy cerca de la pequeña sala dorada central que ocupaba Hideyoshi, y extendiendo la manta que había traído, aguardó allí, rodeada de la gran muchedumbre, ante lo  primero que iba  a conocer  de aquella ceremonia, que era el sonido del té.

 

En todo el bosque de bambú se produjo un silencio completo. De repente, desde el interior de la sala dorada que ocupaba Hideyoshi, se  oyó tan solo el pequeño tintineo de una tapadera sobre una vasija de agua, luego el roce de una taza sobre un  tatami colocado en el suelo y después el golpe de una cucharilla que echaba el té en polvo sobre la taza. Todo ello en medio de un silencio profundo. Pero aquella fue la señal para que en todas las pequeñas salas o cabañas individuales — había más de ochocientas desperdigadas y  ordenadas bajo los árboles— se repitieran a la vez esos mismos sonidos. Hisae, desde su sitio, los reprodujo también de modo exacto e hizo tintinear su tapadera sobre la vasija que llevaba, provocó el roce de su taza al depositarla en el suelo y escuchó el golpe de la cucharilla. Continuaba el silencio total en aquel gran bosque y pasados unos momentos se oyeron cinco golpes de gong que indicaban el principio de la ceremonia. Se entreabrió lentamente la puerta de la pequeña sala dorada y se pudo ver al propio Toyotomi Hideyoshi, un hombre de unos cincuenta años, delgado y de corta estatura, vestido con un elegante kimono blanco, rodeado de varios utensilios de té, y a poca distancia suya, sentado en el suelo y con los pies cruzados, en una postura inmóvil y como dedicado a la meditación,  la figura de Sen no Rikyū, uno de los maestros del té más famosos de Japón, una figura pacífica, con sus cejas blancas que revelaban sus setenta años, cubierto su cuerpo con un kimono marrón. Toda aquella sala, que era una sala portátil cuyas paredes se podían desmontar, empaquetar y trasladar de un sitio para otro según conviniera ( y así se lo mostraron a  Hisae cuando entró luego a verla)  estaba construida con ciprés japonés, cañas, seda y bambú y recubierta tanto en su interior como en su exterior de pan de oro y forrada toda ella con gasa roja. Destacaba también un adorno de flores en un entrante de la pared, una pintura colgante a su lado,  y en  una esquina, y junto a aquella pintura, aparecía la figura en pie de un hombre joven, envuelto en un kimono anaranjado, que parecía estar aguardando algo para empezar a leer un papel. Pero lo que más deslumbró a Hisae de todo aquel conjunto fue la intensa fusión de los colores: se unía el amarillo del bambú en la masa de los árboles del bosque con el resplandor dorado de la sala que ocupaba Hideyoshi. Resplandecían a la vez las puertas correderas del recinto envueltas en gasas de seda y las esteras de tatami cubiertas con tela carmesí. A Hisae todo aquello la dejó fascinada.

 

 

Entonces, en medio de aquel silencio total, se oyó hablar a la figura situada en la esquina de la pequeña sala que en esos momentos comenzaba a leer el papel:  “ Mi Señor Toyotomi Hideyoshi — empezó a decir solemnemente — os ha convocado aquí a todos los nobles, guerreros, granjeros, comerciantes, samurais y todo tipo de familias e invitados, para celebrar esta gran ceremonia del té junto a él en estos bosques de Kitano. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi desea que todos cuantos vais a acercaros hoy hasta esta cámara dorada podáis disfrutar al contemplar los utensilios  personales del té que son de su  propiedad  y que han estado guardados en el castillo de Miki. Os los quiere mostrar. Mi Señor Toyotomi Hideyoshi tiene también el deseo de serviros el té él personalmente aun cuando seáis  muchos. Ese es el deseo de Mi Señor Toyotomi Hideyoshi”.

 

 

Un vez pronunciadas estas palabras, el propio Toyotomi Hideyoshi vestido con su kimono blanco avanzó despacio por el centro de la pequeña sala y con un  gesto señaló los objetos que estaban colocados en el suelo. Eran sin duda, cómo así acababa de anunciarse, sus personales utensilios para servir el té, seguramente los más preciados para él, y allí aparecían tres cuencos, dos de ellos negros y uno rojo, un pequeño recipiente con tapa, un hervidor, un cucharón de marfil, una especie de brocha y un pequeño lienzo rectangular de color blanco. Excepto la brocha y el lienzo, todos los demás objetos eran dorados.”

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

 

(Imágenes— 1–Kasamatsu Siro-1938- bruce gof archive/ 2- Aku Maki/ 3- Utagawa Hiroshide/ 4- Akuin Ekaku/ 5- Hiroshi Yoshida)

SABER ESCUCHAR

 

 

La muerte de Larry King, el gran periodista y entrevistador norteamericano nos acerca a ese recinto de las preguntas y las respuestas en  donde reposa todo diálogo. Saber escuchar en la vida es muy importante, y en el campo de la prensa eso es vital. Se pregunta, y se escucha con atención, no distraídos ni obsesionados con formular la siguiente pregunta. El “saber escuchar” es tan esencial como el “saber mirar” para conseguir un retrato, no sólo exterior, sino interior del personaje, ese “escuchar bien o al menos dar la impresión de que se escucha bien — decía Pla en “El cuaderno gris” —; y también es muy útil — añadía— decir, de vez en cuando : “¿Quiere  hacer el favor de repetir lo que decía hace un momento? “ “¿ Tendría la amabilidad de aclararme el concepto a que aludía hace un instante?” Los hombres quieren ser escuchados. Es lo que les gusta más (…) La forma más activa y disimulada  — es decir, más eterna —de la adulación es saber escuchar de una manera natural, activa y discreta. Contribuye mucho a llegar a esta naturalidad no cometer la tontería de mostrar lo que uno sabe realmente. Los propios conocimientos  — si es que se tiene alguno  — se han de saber disimular hasta el punto justo, sin caer, en cambio, en el extremo de acentuar demasiado la propia estupidez…”

Hasta aquí, Pla.

Lo importante es saber escuchar  no sólo en el periodismo sino en la vida.

José Julio Perlado

 

(Imágenes—1-Vincent Giarrano/2- Juan Gris)

VIEJO MADRID (49) : VÍRGENES MADRILEÑAS

 

 

”A aquella hora de las doce de ese martes, como cualquier día de la semana, entró Madrid uniendo lentamente sus agujas y la hora también entró como suave flecha en el pensamiento de muchas gentes, mujeres y hombres, que se recogieron en sí un momento, el mediodía en Madrid a finales del XX parecía pagano y era sólo apariencia, en ese segundo en punto de las doce la Virgen de Atocha, la advocación de la Almudena y la llamada de la Paloma recibían pensamientos y sentimientos, oraciones y labios que las pronunciaban. España, a pesar de sus avatares, era país religioso y cristiano, había una lucha entonces por devastar sus costumbres de siglos y otras por renovarlas y reedificarlas , quién ganaría a quién, cuántos y cuáles emplearían ejércitos invisibles, qué sería más eficaz, el hedonismo o el cristianismo español, o es que acaso lo antiguo era enviar recuerdos a las Vírgenes madrileñas, las doce del mediodía como en cada jornada en la Villa de Madrid y en toda su historia repartía sus oraciones al cielo y las avemarías de todos los tiempos se abrieron como brotes del corazón y del cerebro, la voluntad es quien rige y vence a la pereza y domina al humano  olvido, y en medio de los automóviles y de las prisas, entre gentes y vehículos, en el fondo de oficinas y de despachos, cruzando calles y haciendo altos con el pensamiento, comenzaron a volar avemarías cuyos cuerpos se forman con palabras seculares y divinas, y las palabras fueron a cobijarse en la eternidad, pero antes rozaron en el tiempo la historia de Madrid y cruzaron en espacios lejanos y pasados la Virgen de los Remedios, la de la Soledad, aquella otra del Buen Suceso, aun cuando sobre todo Madrid guardaba quizá en lugar primero, discusiones había sobre ello, la Virgen de Atocha, algunos creían que tal nombre provenía de la hierba tocha o  atocha,  por haber gran abundancia de ella en el lugar donde se levantó la antigua ermita, campo que decía llamarse del Atochar o de los Atochares. Fueron segundos, algún minuto quizá, fulgores de tiempo clavados en relojes de muñecas que elevaron el instante de su oración apenas perceptible en tanto tráfago y murmullo. Reyes y monarcas habían venerado a vírgenes madrileñas, y desde Felipe lll y Felipe V, que este último al llegar a Madrid había hecho pública su devoción a la Virgen de Atocha, la Corte, los sábados, con todo su aparato de magnificencia y poderío, Cortes que parecen y reaparecen, y al fin desaparecen creyéndose soberbias al inicio y siendo tiernamente humildes, rezaban la salve ante la advocación  de esa  Virgen de Atocha, mientras por todo el mapa de la capital de España, quedaban nombres como el de la Virgen del Milagro, o aquella célebre y famosa de la Almudena a la que tanto se encomendó, embarazada como estaba de la infanta doña Margarita,  la primera esposa de Felipe lV, doña Isabel de Borbón, embarazada, sí, de aquella infanta que preside el centro del cuadro de Velázquez, “ las Meninas” 

José Julio Perlado

( del libro “Ciudad en el espejo”’)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

 

 

(Imágenes— 1- palacio real visto desde la cuesta De la Vega- Fernando Brambilla- colección Ministerio de Hacienda/ 2 – Francisco De Goya- Madrid)

LOS PREMIOS Y LA VIDA LITERARIA

 

 

“Volviendo a la lectura de “Mis premios” de Thomas Bernhard — con su ironía y franqueza —de nuevo recuerdo situaciones que he vivido y reflexiones — y por tanto, convicciones – que expuse ya en mis “Memorias”.  “Pienso que la vida literaria — dije  allí- – es más bien pequeña, limitada. Como tantas cosas del arte. La vida en general va por otro lado, la vida ancha, compleja, como ahora se dice, la vida “globalizada”. El arte y la literatura forman un espacio, a veces con un determinado eco, pero siempre reducido. Es una comunidad de escritores, editores, lectores, agentes, medios de comunicación, premios, trapisondas, altibajos, rencillas, reconocimientos, olvidos, revisiones, recapitulaciones, todo mezclado y todo en ocasiones bastante costoso de digerir, muchas veces áspero. Lo único que no es áspero es escribir.

 

 

En una ocasión en que me presenté a un Premio Literario importante — seguía diciendo allí — me llamaron para comunicarme que estaba entre los finalistas y que me lo iban a conceder. Fui convocado, entre otros escritores, en una sala repleta de gente. El organizador del acto me indicó que me pusiera en una de las esquinas centrales de la primera fila para salir en cuanto me llamaran anunciándome como ganador. Así lo hice. En el momento del fallo oí por los altavoces un nombre distinto al mío. Se lo acaban de conceder en el último minuto – así me lo contaron – al sobrino de un Premio Nobel. Un compromiso de última hora, según me dijeron.

Pero aquello no me afectó en absoluto. Me enseñó. Una experiencia más. Todo esto son vaivenes menores, aunque a veces sean desagradables. Pero siempre aleccionadores. Han sucedido siempre en la Historia de la Literatura. No hay más que leer las rencillas, pisotones y envidias entre los escritores del Siglo de Oro. Y después, todo lo que sucede a lo largo de  los siglos, con sus escaramuzas y traiciones. Todo eso me confirma en la idea de que hay que trabajar en silencio y si es posible con autenticidad, sin fijarse para nada en los ecos. Uno se encuentra con muchas cosas ásperas en la vida literaria. Lo único que no es áspero es escribir.  Pienso que tampoco lo será, estoy seguro, pintar, esculpir o componer música. El arte no es áspero. En el caso de escribir, se trata de cerrar la puerta de esa casa del libro que uno está elaborando – que no tiene necesariamente por qué ser ficción – y ampararse dentro de él, cobijarse, protegerse gracias a él del mundo exterior, pero sobre todo trabajar con fe y con enorme paciencia en ese libro, acompañarse de esa paciencia que es la que va encadenando muchas tardes y muchas mañanas de trabajo, amar ese libro, superar sus dificultades, conocerse a sí mismo y tomar las consiguientes distancias con el exterior, no pensar en el eco o no que ese libro pueda tener en su día, escribir con sinceridad, desplegar las aptitudes que uno tiene, unas veces para envolverse, enriquecerse y disfrutar puliendo el estilo, otras para apasionarse con los personajes y con la historia, otras para desarrollar argumentos. Es decir, todo un mundo dentro de esa casa del libro.”

José Julio Perlado

 

(Imágenes—:  1-Emil Nolde/ 2- Thomas Moran- 1875– museo de Carolina del Norte/ 3- Constable)

HISAE : MÁSCARAS Y ESPEJOS

 

(…) De repente la ceja del actor Sojuro se curvó en el aire como si quisiera segar el silencio de los espectadores, Sojuro dio un tremendo salto que hizo temblar la madera del tablado del teatro y entonces Hisae pudo ver muy de cerca los rasgos de su máscara. Era una máscara que mostraba cólera desde sus dientes y sus ojos dorados y que en las comisuras de la boca y en su frente presentaba marcadas arrugas. La máscara entera era de un rojo intenso sobre un fondo blanco y la barbilla aparecía pintada de color añil. Hisae quedó sobrecogida ante aquella máscara. Nadie le había explicado el lenguaje de las máscaras y ella no conocía que todas las partes de una máscara podían muy bien ser movibles y mostrar sucesivamente afabilidad, severidad o ternura según lo reflejaban los estados de ánimo, como  también que podían representar pájaros, dragones o demonios con solo mezclar facciones de animales y de hombres. Subyugada por los movimientos de aquella máscara, Hisae apenas reparó en los brocados del kimono rojo anaranjado que vestía Sojuro ni tampoco en sus dibujos de flores y escudos bordados en las mangas. Sólo tenía ojos para seguir a aquella máscara. Ni siquiera se estaba enterando de la historia que contaban en el escenario: era una historia que trataba de una lucha feroz entre dos grandes clanes de samurais, la miseria, la gloria y la muerte en campos de batalla de siglos anteriores. Pero aquel relato guerrero que estaban representando sobre el tablado duró poco. Sojuro, que apenas había hablado y que era todo ojos y gestos de cólera conforme evocaba  su muerte y su vida, desapareció de pronto  por la izquierda detrás de una cortina, las luces del teatro se iluminaron al acabar aquel primer acto y Yôko aprovechó la  pausa  para preguntarle a Hisae si le gustaría visitar los camerinos.

 

 

Conocía Yôko muy bien las interioridades de aquel teatro puesto que iba allí muchas veces y rápidamente condujo a Hisae entre las filas de la muchedumbre hacia una escalerilla cercana al escenario y pronto llegaron las dos a las llamadas habitaciones de los espejos. Eran aquellas habitaciones unos pequeños cuartos unidos los unos a los otros con pisos de esteras y puertas corredizas y en donde numerosos actores, cada uno delante de un espejo, estaban en aquellos momentos preparándose para  continuar la representación. Colgadas de cada una de las paredes, perfectamente clasificadas y ordenadas, aparecían abundantes máscaras, además de ropajes y pelucas, espadas, arcos, varas de bambú, bastones y abanicos, un conjunto abigarrado que a Hisae le sorprendió. Yôko le iba explicando a Hisae que las máscaras colgadas en las paredes de cada cuarto estaban hechas de madera de cedro y  barnizadas con varias capas de laca y que aunque parecía que allí hubiera muchas y fueran muy variadas, todas ellas se reducían a tres tipos: las de forma humana, las de dioses y  las de seres sobrenaturales, tales como demonios, monstruos o espíritus. “Pero todas, como ves, le dijo Yõko mientras iban asomándose por los camerinos, son aparentemente inexpresivas, es el actor con sus movimientos y  sus gestos quien les tienen que dar vida; el actor se transforma completamente al ponérselas; con la máscara es otra persona”— le repetía  Yōko—. De repente, al pasar por una de aquellas habitaciones de los espejos, Hisae quedó paralizada : en el suelo, tirada en una de las esquinas de uno de los camerinos, acababa de descubrir  la enorme ceja de Sojuro negra y larga, acechante, tal como ella acababa de verla hacía muy poco en el escenario. La ceja permanecía quieta y arrumbada, caída hacia un lado, en total reposo. Aquella larga ceja, igual que un penacho, aparecía unida a una máscara que también permanecía en el suelo. “Es la máscara de Sojuro”, le comentó  Yōko en voz muy baja; “ pero, mira — le añadió de repente, muy sorprendida y nerviosa —¡ ahí tienes a  Otani Sojuro!”. Entonces Hisae giró la cabeza y se fijó en un hombre muy joven que se encontraba de pie en medio de la habitación y al que, ante un gran espejo, dos personas le estaban ayudando a vestirse. Quedó fascinada. Era impensable que aquel ser tan joven pudiera ser el mismo que ella acababa de ver en el escenario. No quiso moverse. Se quedó quieta, observando aquellos ritos. A Otani Sojuro dos hombres le estaban cubriendo ahora sus pantalones con una bata de seda que le llegaba hasta las rodillas, luego empezaron a colocarle una especie de almohada pequeña en el estómago sujetándosela con cintas, después le pusieron una falda larga de color rojo y encima de ella un ropaje exterior, parecido a un kimono rojo de mangas muy amplias.”

José Julio Perlado

 

( del libro “Una dama japonesa”) ( texto inédito)

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(Imágenes— 1–Koume Tachibana/ 2-Maruyama Okyo/ 3-Kasamatsu Shiro- 1938-bruce gof archive)

EL PABELLÓN DE ORO

 

“  Al cabo de varias semanas, a mitad de marzo de 1397, aquella  planta baja del Pabellón de Oro estaba ya terminada y Hisae, sentada al borde del lago, asistiendo  a aquella  asombrosa representación, continuó  explicando a quienes la escuchaban cómo se iba levantando poco a poco la siguiente planta del Pabellón,  la planta primera, a la que Yoshimitsu  desde su pequeño trono azul y dirigiéndolo todo, quiso llamar la  Torre de las Ondas del Viento. “Pero el viento, como veis, quiso comentar Hisae a sus alumnos, aquí no existe, este lago está en calma y las rocas continúan quietas, aunque  a mí este  nombre que acaban de darle  me gusta.”

Pero aquella planta primera del Pabellón que parecía tan fácil edificar tardó bastante tiempo en construirse. Se trataba ahora de incrustar con enorme cuidado los distintos panes de oro y para ello los monjes, sentados en el borde del lago y distribuidos en perfectos grupos, tenían por delante mucho trabajo. Armados con unos cuchillos especiales de hoja ancha iban cortando poco a poco finísimas láminas de oro que martilleaban luego hasta conseguir planchas casi transparentes sobre las que esparcían gotas de agua gracias a pinceles especiales. Luego trasladaban  muy despacio y con gran cuidado las planchas hasta cubrir las paredes del Pabellón, las ajustaban bien y con  piedras de ágata las bruñían para sacarles más brillo. Así, a mitad de abril, terminaron  la planta primera. Quedaba la última, la planta superior, que era más pequeña y que estuvo concluida a primeros de mayo. El sol dio de lleno en la película dorada que refulgía en sus paredes. Era un espacio totalmente cuadrado, limpio y pulido, preparado para recibir a la soledad. “La soledad va a entrar ahora en ese recinto, anunció Hisae a sus alumnos, entrará sin ruido, quizás no la notéis, porque la soledad suele entrar muchas veces unida a la meditación y la meditación es silenciosa, en ocasiones también llega al lado del vacío, y otras veces  la acompaña la sombra, pero no una sombra física, que nosotros podamos distinguir, sino una sombra interior.” Efectivamente, durante todo el mes de mayo, se vio  cómo los monjes en total silencio depositaban la sombra y el vacío en el suelo de  la planta superior fulgurante del Pabellón de Oro.”

José Julio Perlado  ( del libro “Una dama japonesa”) (relato inédito)

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(Imágenes— 1-Utamaro kitagawa/ 2- Shibata Zeshin)

 

ORO DE JUAN RAMÓN

 

“La palabra oro vivía en el piso principal de la calle de Padilla 38, en Madrid, en la misma casa en la que vivía Juan Ramón Jiménez. Como anillo redondo, la palabra oro, a la que todo el mundo confundía con un metal precioso, maleable, dúctil y brillante, estaba hecha con hojas de letras, dos vocales redondas y una consonante en medio, y en el fondo había vivido en todas las casas de Juan Ramón, también en la de Moguer, en la casa de la “Calle  Nueva” y luego estaría igualmente en su  casa  de  Nueva York,  y después, al final, en la de Puerto Rico, en la Universidad, hasta la muerte del poeta. Era una palabra luminosa, pequeña, redonda en su forma, resplandeciente y con poderes especiales para imantar. El círculo de  la palabra oro imantaba enseguida a la palabra  sol, a cielo, a verano, andaba por el cerebro de Juan Ramón dando vueltas por las habitaciones y abriendo puertas sin apenas hacer ruido, y quizá por eso sobresaltaba siempre al poeta cuando éste se asomaba al ventanal, y contemplando enfrente el sanatorio de Nuestra Señora del Rosario con sus fuentes, su palmera y su pérgola, venían hasta él recuerdos y amores en Madrid, y se dejaba ir ya en primeros versos. Pero la palabra oro insistía, venía brillante y rodando por las habitaciones aprovechando que Zenobia había salido de compras, y se subía a las manos de Juan Ramón, ensartaba de luminosidad sus dedos y le hacía escribir con lápiz muy despacio las primeras intuiciones, por ejemplo,  niños de oro, o el oro de mi alma.”

José Julio Perlado

(del libro “Miradas”) (relato inédito)

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(Imágenes—1-Sipho  Mabona – 2014/ 2- Sir Terry Frost)

 

LOS COLORES Y LAS GUERRAS

 

 

“ Y fue en uno de aquellos días dedicados intensamente a toda esta escritura cuando a Hisae le ocurriría algo realmente sorprendente. Estaba escribiendo como cada mañana una carta espontánea dirigida al futuro y, también, como siempre, sin un destinatario conocido sino tan solo por el placer de escribir y explayarse, cuando un gran temblor sacudió su casa, derribó de repente la mesa donde escribía y su pincel voló por los aires hasta estrellarse contra la pared. Ensimismada en su habitual tarea epistolar, Hisae se había olvidado casi por completo de los acontecimientos exteriores y en ningún momento había  podido suponer que estallaría una guerra y que aquella guerra estaría ya a un paso de su habitación. Inquieta por el temblor que acababa de sacudir toda la casa, se acercó hasta la ventana, y al abrirla, una enorme cabeza herida de un caballo negro cayó dentro de la habitación extendiendo un gran charco de sangre y arrastrando con aquella cabeza el cuerpo de un guerrero muerto. Hisae quedó espantada. Aquello sin embargo que estaba sucediendo en su cuarto, aunque Hisae lógicamente no podía imaginarlo, era solo el principio de una guerra feroz, una guerra civil que se haría casi interminable — a la que después  bautizarían como guerra o  guerras de  Onin, y que durarían  once años— y que  para Hisae supondrían una completa transformación. Precisamente lo más relevante que ha  quedado en la Historia menor de Japón sobre aquellas guerras, aparte lógicamente de los documentos y relatos importantes, son  las tres cartas redactadas por Hisae  y en las que ella describe de forma muy peculiar batallas y contendientes. Porque son tres cartas únicas en la historia de la correspondencia en las que se une continuamente guerra y color. Hisae quiso fijarse sobre todo en el color de la guerra. Le fascinó el color de los ropajes que vestían los señores de la guerra, el color de las lanzas, de las armaduras y de las espadas, el color gris- pardo de la enorme trinchera de diez metros de profundidad que estaba abierta en el suelo de Kyoto y  el color de los rostros en los jefes de los dos ejércitos, tanto de  Osokawa Katsumoto como de  Yamana Sozen. Especialmente le impresionó que aquel caudillo Sozen , al que llamaban “el monje rojo”, destacara por el color escarlata de su piel, que revelaba su  temperamento colérico, como le impresionó igualmente la negritud compacta de los dos ejércitos quietos y  enfrentados: los  85.000 hombres de  Osokawa y  los 80.000  de Sozen.

 

En esas tres cartas Hisae casi nunca habla de sí misma y esencialmente se dedica a contar lo que ve y cómo lo ve. No se conoce en qué momento pudo escribirlas y tampoco se sabe desde dónde las escribió, si desde su  casa  o quizá con motivo de supuestas visitas que hiciera a campamentos de batallas. Lo cierto es que aquellas tres cartas aparecieron en tres puntos distintos de la devastada ciudad, cada una en un rincón diverso, colocadas y como abandonadas bajo las armaduras de cuerpos muertos de guerreros pertenecientes a los dos ejércitos. “El cráneo pelado de Yamana Soren— podía leerse en una de aquellas cartas — revela el tiempo que le tonsuraron como monje en un santuario antes de dedicarse a la guerra, pero ahora ese  color rojo de  la sangre lo baña  todo, le empapa el rostro, la coraza, la espada y le baja hasta sus pies. El rojo, que es el color de la lucha, del atardecer y del amanecer, el color del fuego, de la vida fugaz, de la energía, del  calor y de la vitalidad, es el color del  propio Soren de pie, con la espada en alto, empujando a sus tropas. Yo lo he visto esta mañana con ojos iracundos mirar a su enemigo Katsumoto que le esperaba al otro lado de la trinchera con su casco negro, su armadura negra, todo su enorme ejército vestido de negro, ese negro que es el color anterior a todas las batallas, color de oscuridad, de ignorancia, de la tierra y del infierno, color de muerte, de temor, de destrucción y de tristeza. Y luego he visto detrás la extensión de los caballos blancos y azules de los dos ejércitos esperando con tranquilidad recibir órdenes, caballos limpios como el agua de las islas, caballos de respeto y lealtad, todas sus grupas azules y blancas preparadas bajo las lanzas amarillas, lanzas puntiagudas de valentía, refinamiento y coraje.”

 

José Julio Perlado

(del libro “Una dama japonesa” ) (relato inédito)

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(Imágenes—1-Ikeda Terukata/ 2- Utagawa Kuniyoshi -sackler gallery/ 3- kamisaka sekka)

INFANCIA DE UN SAMURAI

 

Cuando días después Hisae Izumi y Kiromi Kastase llegaron a la isla de Miyajima, ya desde la lejanía descubrieron el  intenso color bermellón del agua. El agua era naturalmente azul pero se abrían en ella unos rectángulos que eran  las sombras de los postes del templo bermellón que se elevaba flotante en medio del paisaje.” Aquí pasé mi infancia”, dijo Kiromi Kastase al llegar. Se puso a caminar por aquellos senderos y a la vez acariciaba a los ciervos. Aquellos ciervos tenían un pelaje que iba del caoba al negro, algunos eran blancos, con una pequeña crin en su largo cuello y aparentaban ser mansos. “Siempre han sido mansos — le decía  Kiromi mientras los acariciaba—, menos mansos que los ciervos de Nara, eso es cierto, pero mansos también, tiernos y muy suaves. Depende de cómo los trates.” Le sorprendía a Hisae que aquel samurai guerrero que ella creía conocer bien hablara ahora así, con una gran ternura hacia los animales: mezclaba la dulzura de sus recuerdos con la fiereza de su profesión. Pero cuando llegaron a la antigua casa en la que habían vivido sus padres durante muchos años y que  ahora aparecía cerrada y vacía, perdida entre rocas y jardines, una simple casa de madera con techo alto de paja apoyado sobre pilares, se abrió Hisae a un mundo nuevo, el mundo de un Kiromi Kastase niño y adolescente que nunca había imaginado. Las paredes de aquella casa eran ligeros paneles movibles que se desplazaban a través de guías colocadas en el suelo, de tal modo que las habitaciones podían cambiar continuamente de tamaño y de forma. Los muros exteriores estaban hechos de bambú y recubiertos de yeso. El piso de madera estaba separado del suelo y allí aparecían las esteras rectangulares de paja, los “tatami” que Hisae conocía muy bien. Era una casa pobre y sencilla. Kiromi Kastase llevó a Hisae hasta la habitación principal de sus padres y allí le enseñó una especie de hornacina abierta en lo alto de una pared en donde su madre había querido conservar recuerdos de su hijo. Allí se guardaban algunas armaduras que Kiromi había usado a lo largo del tiempo y que él le fue mostrando. Una de aquellas armaduras, que Kiromi enseñaba ahora con gran cuidado, tenía múltiples escamas de hierro lacado y parecía pesada aunque realmente era flexible y allí estaba, cuidadosamente doblada por su madre  como si fuera ropa recién planchada, teniendo a su lado unos guantes de cuero y unas botas de piel. Aparecía  también allí una capa, un casco y una serie de máscaras de hierro, unas con los rasgos de un hombre joven y otras de guerrero experimentado. Y en aquella hornacina se encontraban igualmente dos espadas perfectamente colocadas junto a la armadura, una espada larga, fina y deslumbrante, y otra más corta y curvada que estaba unida a un papel. Kiromi extrajo aquel papel de la hornacina y lo leyó en voz alta: “Rectitud. Coraje. Benevolencia. Respeto. Sinceridad. Honor. Lealtad.”, leyó  despacio, y volvió a dejar el papel en la hornacina. “ Es en eso en lo que me han formado”, añadió  Kiromi con cierto orgullo.

 

 

Luego, mientras salían ya hacia los jardines, le fue contando a Hisae  más cosas de su infancia. A los quince años –  le dijo – , cuando la familia le había considerado casi un hombre, había recibido un nuevo nombre de adulto, un corte de pelo distinto y una primera espada de verdad junto a su armadura. Le habían enseñado desde pequeño a manejar la espada, la lanza, el arco y la flecha y recordaba perfectamente el Día de la Fiesta del Niño cuando con otros jóvenes samurais  había estado luchando en una falsa batalla con espadas de madera. Pero lo que más le había costado, según decía, era manejar las armas mientras montaba a caballo y también dominar las armas de fuego. Y así, hablando de todas esas cosas, poco a poco, se adentraron más en los jardines.”Por aquí jugaba yo cuando era niño, le dijo Kiromi, antes de que envejecieran mis padres y se marcharan. Porque mis padres se tuvieron que ir cuando ya empezaban a ser ancianos, puesto que en Miyajima no puede enterrarse a nadie.” Hisae le miró asombrada. “¿De verdad que a nadie se le puede enterrar?”, preguntó. “No. Durante años en Miyajima no se ha permitido que nadie naciera ni tampoco que se le enterrara. Luego eso cambió. Ahora sí se  permite que se pueda nacer pero se sigue sin poder enterrar. Es una isla sagrada.” Los jardines que recorrían ahora aparecían llenos de flores y de árboles, con estanques de agua y recintos de arena y  lentamente empezaron a bajar desde la montaña a través de diversos caminos hacia el templo color bermellón que se levantaba al fondo y sobre el agua.”

José Julio Perlado

 

(del libro “Una dama japonesa”) ( relato inédito)

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(Imágenes—1- Richard Avedon- liveournal/2- Torii Kotondo— mar y and earle  ludgin collection/ 3-  Ikenaga Yasunari- 2005)