SOBRE LA OBRA ENSAYÍSTICA

 

libros- nnhu- Felix Mendelsohn

La obra ensayística de José Julio Perlado

Por Antonio Ayuso Pérez

(Antonio Ayuso, colaborador del Instituto Cervantes, ha publicado en el día de hoy en la Revista «Rinconete», del Instituto Cervantes, el siguiente artículo que aquí reproduzco.

Tanto al autor, como al Instituto Cervantes, vaya mi agradecimiento por la amable deferencia que han tenido conmigo):

Al escritor José Julio Perlado (Madrid, 1936) le gusta recordar a Gregorio Marañón, que se definía a sí mismo como «trapero del tiempo», cuando se le pregunta por su prolífica vida. Durante años ha compaginado su oficio de periodista y profesor universitario con la escritura y la creación literaria. Como periodista, ha sido corresponsal en Roma de Diario de Barcelona y Madrid(1963-1965) y en París de ABC (1968-1970), redactor jefe de La Estafeta Literaria y director de las revistas Crítica y Momento. Como profesor, durante treinta años ha dado clases a los alumnos de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, lo que le ha convertido en «maestro de periodistas». En la actualidad, y desde 2007, escribe el blog cultural Mi Siglo.

Pero es su faceta de escritor la que queremos traer a colación en este artículo. Su vocación literaria le viene de su abuelo, el autor José Ortiz de Pinedo, con el que compartió el amor por la cultura, los escritores y la conversación. Hasta el momento, Perlado ha cultivado principalmente la narrativa y el ensayo. Entre sus novelas, destacan El viento que atraviesa (1968), Contramuerte (1984) —con la que ganó el Premio de Novela Ateneo de Santander—, Lágrimas negras(1996) y Mi abuelo, el Premio Nobel(2011). También le interesa el género del cuento, y a lo largo de los años ha escrito relatos breves aparecidos en diferentes publicaciones. Asímismo, es autor de los ensayos La muerte en la obra literaria de José Gutiérrez Solana (inédito), Diálogos con la cultura (1995), El ojo y la palabra(2003), El artículo literario y periodístico(2007), París, mayo 1968 (2008) y El proceso creador (2013).

 

flores-nnui- libros- Auguste Herbin

 

Vamos a centrar este breve artículo en los principales temas de la obra ensayística escrita hasta ahora por José Julio Perlado pues, creemos, podrán ayudar al lector a la hora de acercarse a cualquiera de sus libros. Por otra parte, muchos de estos motivos temáticos vertebran y explican las obras de ficción de nuestro escritor.

La cultura es uno de los temas principales en todos sus ensayos. En Diálogos con la cultura Perlado nos confiesa: «A la cultura se va por impulso que sin duda nace en la primera juventud, es arropado por lecturas incesantes y orientado por indefinibles brújulas; la cultura está por encima de los hombres, nombres y apellidos». El amor a la cultura le impele a escribir, tras reflexionar sobre el mundo y formularse las grandes preguntas, de ahí su importancia. Por eso afirma en la misma obra: «la respiración de la cultura […] crea e interroga al mundo. Interroga a los que pasan a su alrededor y se interroga a sí misma. El periodista no ha hecho sino preguntar a quienes se preguntan».

 

libros-nngu-flores- Henri Matisse

 

 

El proceso creador en todas las manifestaciones artísticas y, en concreto, la creación literaria son motivos temáticos constantes en sus libros. ¿Cómo crean los grandes hombres de la cultura? ¿Cómo surgen sus obras? ¿Cuál es el proceso para escribir? Perlado se refiere a la tradicional inspiración pero no olvida el esfuerzo creador, que es más importante, o también la atención, fruto de la cual surge el trabajo y, por él, la obra artística. Para Perlado lo esencial en el creador es la mirada, y llegamos aquí a otra de sus grandes preocupaciones: hay que saber mirar la realidad para descubrirla. «Lo esencial es mirar,aprender a mirar», nos dice en El ojo y la palabra. Para ello, es importante la curiosidad y el asombro que nos harán ver con detalle la vida. Tras la mirada, los artistas, con el esfuerzo creador, «construyen otra realidad».

 

libros-nuii-flores- Paul Signac

 

Los temas de la belleza y la verdad son centrales en la obra de Perlado. Para nuestro autor, el creador y el escritor se acercan al mundo y le interrogan para descubrir su belleza que, una vez vislumbrada, e imitando lo inimitable, procurarán transmitir a sus obras. «Esa contemplación del escritor caminando despacio por los verdes resplandores de la Belleza es la que le lleva a asombrarse y a escribir unos textos en los que intenta descubrir al lector qué riqueza de matices guarda la Creación». Según leemos en El artículo literario y periodístico, el poder del escritor estriba en transmitir la verdad al lector. «Bastante poder tiene con contar siempre la verdad. Y añadirle a la verdad el ser contada con belleza». Y, para ello, cuenta con el diálogo y el amor como herramientas. El diálogo como apertura al otro, es decir, «ser una búsqueda, un asomarse a lo interior, ese “querer ir más allá” en las personas». Y el amor porque «nada que no se haga con amor puede quedar bien».

A través de la obra ensayística de José Julio Perlado nos hemos acercado a las grandes preocupaciones de un escritor que podemos calificar de humanista en su deseo de transmitir valores universales a sus lectores como la cultura, la belleza o la verdad, en un mundo que considera necesitado de ellos. Su obra es un permanente diálogo de amor con el mundo y los lectores, y estamos convencidos de que todavía seguirá brindándonos nuevas creaciones.

 

flores-tbww -libros-Pierre Auguste Renoir

 

(Imágenes.- 1.-Mendelsohn/ 2.- Auguste Herbin/ 3.-Henri Matisse/ 4.-Paul Signac/ 5.-Pierre Auguste Renoir)

EL FUEGO Y LOS LIBROS

 

fuego-yttr-Stanley Spencer- mil novecientos treinta y seis

 

Empieza estas semanas la llamada «rentrée» literaria en todas las capitales del mundo y el fuego condensado en cada libo intentará de algún modo propagarse en diversas lecturas. De fuegos y de libros escribí hace unos meses en una revista: «El gran incendio de Londres en 1666, el fuego que se propaga en Westminster en 1731, la librería del Congreso de los Estados Unidos arrasada por las llamas en 1814, la biblioteca de la Academia de Finlandia consumida también en 1827, los dos únicos ejemplares que se salvaron del incendio en la universidad de Indiana en 1833, las llamas devorando la noche del 24 de mayo de 1904 la Biblioteca Nacional de Turín, el terremoto del 18 de abril de 1906 que causó otro incendio en la biblioteca de la universidad de Stanford, las llamas el 1 de septiembre de 193 en la biblioteca de Tokio, el oscuro origen del incendio que quemó 70.000 libros en el Seminario Teológico judío de Nueva York en 1966, las 400.000 obras destruidas por el fuego en la Librería Popular de Los Ángeles en 1986, el escape de gas tras el que se iniciaron las llamas sobre 100.000 libros en agosto de 1994 en Norwich, al este de Inglaterra…

 

figuras-rrvvg-fuego- Alex Lilly- dos mil nueve

 

 

Podíamos seguir. Las  hojas quemadas, las cubiertas retorcidas por llamas azules, el olor de las páginas consumidas, los grabados ennegrecidos y oscurecidos, los índices borrados, las grandes y bellas letras arrugadas por el fuego, decapitados los diálogos, quebradas las aventuras, chamuscados hasta lo inverosímil los pensamientos. El 10 de mayo de 1933, los nazis queman los libros en una plaza de Berlín. Stefan Zweig, Thomas Mann, Heinrich Mann, Eric Maria Remarque, Jacob Wasserman, Franz Werfel, Albert Einstein, Sigmund Freud, Marcel Proust, Upton Sinclair.., sus obras son pasto de las grandes hogueras. Stefan Zweig dirá más adelante: «Esta fiesta que ha sido organizada con mis libros ha suscitado desgraciadamente más ruido del que yo podía esperar. Pero yo he renunciado por mi parte a esta publicidad. Todos saben que yo soy un hombre a quien sobre todo le importa el silencio».

 

fuego-unvv-Carole Pierce- dos mil catorce

 

Es el fuego. El fuego rodeando a libros que muchas veces contienen fuego, que han sido escritos bajo el fuego de la inspiración. La llama de la creatividad se ha encendido en el rincón del escritor, apenas se la ve, ondula temblorosa en la cabeza del que crea. El escritor se inclina ante la llama que a su vez se inclina ante el artista, las lenguas de fuego del espíritu se posan sobre cada palabra y cada verbo, las palabras empiezan a caminar por la página, se cogen de las manos las palabras para bailar ante el fuego. Hay un fuego dentro de cada libro, ese fuego que nos encendió en la adolescencia, que nos entretuvo en la juventud, que en la madurez nos ha hecho meditar. Si los libros no escondieran fuego en su interior no serían auténticos, nunca abrasarían. Todas las llamas de la poesía, las grandes lavas descendiendo de las prosas rojizas y rocosas, toda la luminosidad de los diálogos, las astillas ardientes de los sentimientos, los carbones en humo de las reflexiones, el incendio en fin, todo eso es un gran libro.

Ninguna llamarada exterior consumirá el fuego que un libro lleva dentro».

José Julio Perlado

 

libros-unnh-Vincent van Gogh- mil ochocientos setenta y siete

 

(Imágenes.- 1.-Stanley Spencer– 1936/ 2.-Alex Lilly- 2009/ 3.- Carole Pierce– 2014/ 4.-Vincent van Gogh.-1877)

VIAJES POR EL MUNDO (2) : CORINTO : ENCUENTRO CON UN PERSONAJE

 

Corinto-moi- Corinto desde el espacio

 

Recuerdo aquella jornada hace años por la carretera que sale de Atenas y pasa por Eleusis, cerca del escenario donde tuvo lugar la batalla de Salamina, luego bordear el mar, y pronto la llegada a Corinto, el tono de luz del mediodía, el almuerzo en lo alto, en una pequeña casa del Acrocorinto. Bajo el sol y ante el fondo de las aguas a lo lejos, el amplio golfo de Corinto, las ruinas de una vieja fortaleza en la montaña, la planicie de la vieja Corinto de San Pablo, las ruinas de la sinagoga…

Allí, de pronto, me encontré con mi personaje. No había nadie en derredor, pero sí una lápida en el suelo, un nombre : Mapia Kateika. Lo apunté en un papel y poco a poco esa figura se levantaría en el tiempo y me acompañaría años enteros. Graham Greene cuenta que a veces ha ido «en busca del personaje» – el título de una de sus obras así lo refleja- pero yo no iba en busca del personaje, sino que el personaje vino hacia mí  de repente y conmigo se quedó durante años, en el centro de mi memoria, para aparecer después  en mi novela «Contramuerte«, la narración de la plaga sobre la paralización de la muerte en el mundo.

Mapia Kateika, aquel nombre escrito en el Acrocorinto en un viejo papel – la primera mujer que muere en el mundo después de la plaga – permanece así en las páginas de un libro:

 

Corinto-nhy- atenas net

 

«Hoy día, quienes visitan la vieja iglesia de la montaña del Acrocorinto con su pequeña nave lateral, a la derecha, sobre un suelo cubierto de lápidas, cruces e inscripciones semiborradas, podrá descubrir sin duda, un sencillo rectángulo de piedra, un marco de bordes por donde asoma la hierba y que se extiende horizontal, de cara a una diminuta bóveda, y cerca de una puerta casi escondida que antiguamente llegaba hacia un jardín, y conduce hasta la sacristía. Allí están cuanto queda de los restos de Mapia Kateika, esposa del comerciante en maderas por todas las aldeas vecinas, y mujer cuyo nombre fue publicado, comentado y repetido en horas y días por el mundo entero, sin que luego quedara de ella más que una pálida estela, tal como sucede con todos los seres y las cosas, sobre los que atraviesa y a los que allana el tiempo.

Mapia Kateika tenía cuando ocurrió el suceso, noventa y dos años de edad y era una campesina fuerte, más bien gruesa, apoyada en dos bastones para poder moverse con más seguridad, rodeada su cabeza por un pañuelo oscuro atado a la garganta y que hacía resaltar aún más su blanca tez, su pelo sembrado de canas, y sobre todo – entre los pómulos gruesos y sus hinchados párpados -, los dos ojos grandes y profundos, intensamente azules, como de agua que estuviera moviéndose allí, agua azul en la hondura de las pupilas, moviéndose y aleteándose entre las pestañas, igual que un permanente recuerdo de su pasada belleza. Su ancho volumen, el andar lento y poderoso, los movimientos espaciados, contrastaban con aquellos dos ojos de juventud. Pero sus noventa y dos años de edad, eran iguales a noventa y dos llevados por muchas mujeres del mundo, y ellos estaban repletos de mañanas innumerables pasadas sobre la infancia, la adolescencia y la juventud, por tardes y noches de cotidiana madurez, y tiempos inmóviles de vejez, toda una vida ante un mismo paisaje, frente a unos mismos árboles e idénticos montes.

No era la más anciana de aquella aldea Mapia Kateika, ni la más anciana de todo Corinto. Había tenido once hijos y todos vivían, dándole estos, a su vez, veintiocho nietos. Nadie había muerto en su familia desde el inicio de la plaga: a sus noventa y seis años, su esposo – Stéfanis  Manussos -, abandonando todo quehacer, tomaba el sol cerca de ella, al costado de la sencilla casa solitaria, en un extremo de la aldea donde ya los ruidos de gentes casi no existían, y sólo el campo únicamente (los rumores del campo) – desde el roce de las hojas, al de los pájaros -, lo invadían y apaciguaban todo, sumergiéndolo en un silencio denso».

José Julio Perlado

 

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(Imágenes.- 1.- Corinto desde el espacio/ 2.-Corinto- Atenas net/ 3.- Corinto- sail-wind org)

UNA FOTOGRAFÍA

  fotografía-byyu- Mark Elliot

 

  Cuando se contemplan esas fotografías de juventud en las que aparezco yo con mi primer traje de adolescente, la mano izquierda, que así me la ha colocado el fotógrafo, sobre el hombro de mi madre, la vida, como todas las vidas, aún no ha aparecido en el horizonte, como no ha aparecido tampoco la vida en la existencia de A., la que será mi mujer, que más que fotografiada queda dibujada en ese otro retrato suyo, realizado con un lápiz negro, muy cuidado, en el que el dibujante ha ido ensombreciendo su pelo, ha retocado su cuello de once o doce años y ha colocado una cinta blanca en lo alto de su cabeza de muchacha. Ahora las dos imágenes tras cristales distintos reposan sobre uno de los muebles del comedor, sobre una repisa con otras tantas fotos de familia, y esas imágenes puras de juventud han llegado hasta aquí a través de mil avatares, sin conocerse al principio, entrelazándose después, y siendo año tras año responsables de todas esas otras fotos familiares que se extienden sobre muebles, pero también sobre campos, arboledas, o sobre aquel banco en el que estamos con nuestros hijos junto al mar. Esas dos estampas de juventud son el germen de todo ello. Pero yo miro ahora al fotógrafo de pie, estoy al lado de mi madre, me han colocado junto a mi madre sentada y luciendo aquella melena rubia que ella tenía por aquellos años, cuando aún gozaba de salud,  y también me han querido colocar casi en la esquina respecto a la posición de mis hermanos y algo lejos de mi padre situado al otro lado. Imagino que el fotógrafo dio unos pasos atrás para esconder su cabeza bajo el paño negro de ocultación que se usaba aquellos años para retratar y que con la mano en el aire, echado su cuerpo hacia delante y acompañándose con la voz, nos iba retocando las posturas, situándonos las manos, pidiendo una sonrisa – todos estamos serios – y dando al fin al flash, al relámpago que inmortalizara aquel momento.

El momento quedó inmortalizado y la vida se situó delante de mí prácticamente sin haberla vivido como también estaba la vida de A., la que sería con el tiempo mi mujer, y ella se levantó con sus once o doce años de la silla en que había posado. Debió de realizarse ese dibujo en la primera vivienda que tuvieron sus padres en Madrid o quizá en una vivienda del sur, no lo sé bien. A. me entregó años más tarde aquel dibujo y no me dijo más. Ella en cuanto concluyó el dibujo se refugiaría muy posiblemente en la conversación con sus hermanas y yo, en una ciudad distinta, casi con toda seguridad y al terminar aquella sesión fotográfica, me desabrocharía el botón superior de mi camisa blanca que me estaba apretando el cuello y acaso me fuera a leer un poco al volver a casa, porque en aquella época, a los trece o catorce años, yo leía ya muchísimo».

José Julio Perlado  ( del libro inédito «Relámpagos«)  

 

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(Imágenes.-1. -Mark Elliot/ 2. Astrid Kirchherr)

VIAJES POR ESPAÑA (8) : TOLEDO (Y Al FONDO, JERUSALÉN)

Greco-rwwsw- Toledo bajo la tempestad-- Museo Metroploitano de Nueva Tork

 

Asomado en la noche a esta balaustrada del hotel, este corredor al aire que abre las habitaciones a una visión lejana y cercana, iluminada, del Toledo roquedal ante el Tajo al fondo y abajo, uno no contempla nada insólito sino un paisaje natural. Desde el balcón de Toledo mis recuerdos se alargan hasta otro balcón hace años en un hotel de Jerusalén, la ciudad al fondo en la noche, emociones veladas, un panorama similar a éste. Allí mi mirada buscaba tonos, explanadas, historia. Ahora  el Toledo nocturno, tras subir en automóvil una larga cuesta y fuera ya de las murallas, es un pozo de roca,  luz e historia española de siglos. También aquella noche contemplé los siglos en Jerusalén. Aquella extensión de la ciudad santa la fui mirando despacio a través de los visillos y luego buscada en detalle sobre los mapas. Toledo ahora, me digo asomado a esta balaustrada, es admirable, pero no sé si realmente es observada por la curiosidad y la serena contemplación. Toledo está cerca de Madrid y quizá no sabemos descubrir lo que nuestra España recubre o encubre.  Hay en estos momentos un silencio de altura, un aire límpido y casi palpable; la luna, entre nubes, encuentra a la noche clara con grises y platas en el cielo que pintara El Greco. Uno llega a comprender que el celaje toledano, entre brumas, cubriera la tela del pintor. Paz. Silencio. Esta noche se está más cerca del aire, en lo alto de una ciudad cuya limpidez se respira. Hasta aquí se llega por una subida de curvas que acaba en el aire, en la cumbre del aire, sin demasiado viento, con enorme quietud.

José Julio Perlado

(Imagen.- El Greco – Toledo bajo la tempestad)

SONREiR EN UN BLOG (7) : EL SÍNDROME POSTVACACIONAL

humor-ybbbn-David Merveille

 

Yo recuerdo aquel año en que todo arrancó muy despacio, con un enorme bostezo en las Bolsas y en las exportaciones, arrastrando sus goznes y ruedecillas muchas máquinas en las fábricas, ralentizándose los motores de los camiones, resistiendo para no ser levantados los cierres de los comercios, con una difusa desgana en los camareros que servían en los hoteles y un retraso paulatino en las reuniones, una abulia pegajosa que tenía ya su origen en un impuntual Congreso de coach que tenía que estudiar el síndrome postvacacional y aquel Congreso había empezado tarde y no muy bien porque los mismos coach no tenían demasiadas ganas de reunirse para atender a la larga lista de afectados por el síndrome postvacacional que estaban pidiendo ser orientados en una selva de desánimos e incertidumbres, asediados por las fechas de su vuelta al trabajo  y sin saber si acudir o no a él con alguna estabilidad emocional. Porque los mismos coach no acertaban bien a decidir quiénes de entre los afectados podían sentirse arrastrados por simple vagancia o desidia, la vagancia de toda la vida y la desidia de todos los domingos, y quiénes, en cambio, podían estar sufriendo el brote de una incipiente depresión. Se establecieron por tanto en el Congreso una serie de ponencias con sucesivas intervenciones contrastadas que comenzaron a mitad de agosto y que, por su complejidad, aún no habían concluido en las primeras semanas de septiembre, con lo cual el país decidió por su cuenta ir abriendo con energía las entradas de los comercios, ir poniendo en marcha los motores de los camiones y darle vigor y soltura a los camareros sin síndrome alguno, haciéndolos ir y venir con las bandejas con asombrosa diligencia y prontitud, como si el efecto postvacacional nunca existiese.

Poco a poco el país adquirió aquella velocidad y ritmo de otros tiempos, cuando las gentes trabajaban de sol a sol y no consultaban a psicólogo alguno porque era tanta la tarea sucesiva que no había un minuto que perder en contemplarse a sí mismos.

Las conclusiones del Congreso se publicaron a mitad de octubre cuando el país estaba ya a pleno rendimiento.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes. – 1.- David Merveille / 2.- Shintaro Kago alias Kago Shintaro)

VIAJES POR EL MUNDO (1) : ATENAS

ciudades-ubbn- Atenas- foto Dimosthenis Kapa

 

Ahora que Grecia está de tanta actualidad, mi memoria camina hacia atrás y se sumerge en aquella noche, hace muchos años, paseando por el barrio ateniense del Pireo, iluminados todos sus muelles, derrochando luz las cornisas ante las que se balanceaban innumerables yates de recreo. El recorrido luego por el barrio de Placa, pintorescas calles empinadas, tabernas abiertas a una música lenta y melodiosa, los pasos danzarines de «Zorba el griego«: cadencias lentas y movimientos a veces más variados, más ágiles en su contorsión, sobre todo en tabernas donde lo turco y lo griego se entremezclan, aires y danzas de los hombres. Después los descensos por callejas a los acordes de la música griega con lamentos y gritos de cánticos. Un cielo oscuro cubría aquella noche de marzo una Atenas llamativa y gozosa para la música, escalones del popular barrio de Placa con luces e instrumentos que se iban alternando, subían y bajaban turistas de todos los países acunados por  aquellas palmadas y compases, el chasquido de los dedos unido al alto movimiento de los brazos al girar en el aire y el andar y desandar trenzando piernas de bailarines masculinos que en camisa se dejaban llevar por la música, por el rito, por la noche, por cuanto llevaban dentro, en acordes, en tradiciones griegas que ahora mi memoria recoge.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes. – Dimosthenis Kapa)

VIAJES POR ESPAÑA (11) : RÍO ARLANZÓN

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Vienen y van las aguas del Arlanzón entre las vidas de los árboles, al costado de Burgos, cuando las vidas pasean a media tarde entre estos árboles del río, vienen y van los árboles cabeceando al viento, viene y va el viento que no se sabe dónde nace, porque el Arlanzón nace en el Pico de San Millán, en la Sierra de la Demanda, y las vidas que pasean abajo y arriba al costado de Burgos van y vienen algunas con bastones de nudos apoyando recuerdos, otras en cambio corren fugaces y en trajes de colores delante de sus madres, vidas diminutas como hojas pequeñas de los árboles, vidas secas, vidas enhiestas, vidas encorvadas, río Arlanzón que corre  mansamente, mansedumbre de aguas, mansedumbre de vidas, pasean las aguas al costado de árboles y las conversaciones y las confidencias y las nostalgias y los requiebros bajan como las aguas Burgos abajo, dejan la Catedral, la Plaza Mayor, sortean los afluentes de la existencia y apenas se oye ahora su caudal.

Me quedo oyendo el río, mirando a Burgos, pasan los años, pasan los árboles, pasan las aguas, viene y va en silencio el Arlanzón.

José Julio Perlado

 

Burgos-mmuj- río Arlanzon- wikipedia

 

(Imágenes. – el río Arlanzón a su paso por Burgos)

VALOR DEL SILENCIO

 

silencio-unnb-Michal Lukasiewicz

 

Oigo el silencio. En medio de tanta palabra ociosa e innecesaria, oigo el mundo de las palabras sin pronunciar, dichas en silencio, pensamientos que casi son palabras y que conviven con palabras y silencios de los demás. El aire invisible está lleno de silencios plenos de palabras. No se sabría decir si en este mundo de murmuraciones, justificaciones, explicaciones y diálogos banales, el número de palabras sin pronunciar domina al silencio aparente, y allí quedan revelados y brillantes como gotas en el ojo de un microscopio. Lo que sin duda es difícil comparar es el valor de las palabras pronunciadas y el de los silencios meditativos, silencios misteriosos que sin embargo, y por la fuerza de su mutismo, llegan siempre a su destino.

José Julio Perlado

(Imagen.-Michal Lukasiewic)

BLANCOS DE ZURBARÁN

Zurbarán-nyyn- San Serapio- museo Thyssen

 

Blancos y pliegues y plumas y papeles que escriben los monjes, pero sobre todo blancos, blancos, la blancura de Zurbarán en el Thyssen a media mañana, mientras se deslizan por el Paseo del Prado automóviles de todos los colores y los blancos, sólo blancos de las mangas de los monjes, dejan escapar los dedos hacia el cielo, unos dedos señalando la altura de otro mundo, la hondura de la accesis. Blancos, blancos centrados en bodegones, entre cacharros del siglo XVll, entre frutas y cardo. La manga blanca del hábito de San Serapio cuelga sus pliegues atrayendo la mirada hacia la mano y la mano que lleva el pincel de Zurbarán nos lleva otra vez a lo blanco, se extiende en lo blanco, lo blanco invade el marco del museo y la pluma del monje se posa en el aire buscando acabar su escritura, apuntes que tratarán del cielo.

Luego están los ojos, pupilas que se cierran o que miran a lo alto, el blanco infinito y oculto para tantos humanos ya lo ha visto ese ojo del santo de Zurbarán que suplica, padece y contempla. Los blancos de los pliegues se alzan intentando seguir la visión de ese ojo pero no lo alcanzan, los pliegues de las ropas reposan sobre tierra, envuelven la tierra de ese monje que es polvo enamorado.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes.- 1.- Zurbarán- San Serapio- museo Thyssen/ 2.- Zurbarán-elmundo es)

VIAjES POR ESPAÑA (9) : CAMBADOS AL ATARDECER

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Cambados a la hora del atardecer tiene un sol rojo, tan rojo como el lomo de un faisán, tan variado como él cuando ese rojo sol se desangra y por todo su cuerpo se derraman manchas rosadas, brochazos de luz que alguien ha extendido sobre el cuerpo redondo con enorme fuerza. Estaban hoy las nubes grises, blancas, lejanas, cortándole la cintura al sol, rasgando la rueda que descendía. Había grises en el cielo, en el muelle, manchas de gris en tapias y tejados alargados hacia el mar. Había grises y blancos en vientres y alas de gaviotas ondulándose en el aire, atentas al vaivén del mar, al secreto de los peces invisibles. Había alguna primera luz encendida, alguna bombilla aportaba su luminosidad extraña a aquella hora. Todo el conjunto de este rojo sol, esta gama de blancos, azules y grises, el recorte de tierra y el gran campo del cielo cruzado por los gritos de las gaviotas, me lleva siempre a la misma pregunta: ¿todo esto para qué? ¿Qué utilidad tiene esta riqueza de colores en el rostro impresionante del mar, esta puesta de sol presentada despacio, a la hora en punto, reuniendo todos los contrastes?

Obsesionados por la utilidad, tardamos en descubrír el misterio de la simple belleza. El borde blanco del paseo de Cambados recibe ahora toda esa belleza y unos hombres pasean insensibles ante ella, otros la contemplan, otros  dan gracias.

José Julio Perlado

 

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(Imágenes.-1.-Edward Potthast/ 2.- John Aavitsland)

 

VIAJES POR ESPAÑA (8) : OJO DE MAR EN LA LANZADA

mar-nnhu-nubes- Gustave Courbet-  mil ochocientos setenta y cuatro

 

Hoy ha sido el espacio gris, envuelto en velos de niebla de la playa gallega de La Lanzada el que ha quedado en mi memoria. He estado sentado en el centro de la enorme playa desierta a muy primera hora de la mañana. Una cortina de niebla, avanzando igual que una gasa que cegara la visión, me ha dejado solo y aislado, empapado en humedad invisible. Sentado allí, frente a una especie de boca de túnel que se abría en semicírculo horadando el cielo y el agua gris, se mostraba una difusa claridad de acero, una semiiluminación en medio de la bruma. Así he estado largo tiempo, contemplado por aquel ojo de mar y cielo de mirada honda y blanca y contemplándole yo a él. Dos ojos contemplándose. Así se me ha aparecido la naturaleza salvaje ante mí, inmersa en el impresionante paisaje de un encuentro con el otro mundo, paisajes y citas del hombre con el luminoso ojo del cielo y del mar, la pupila en la niebla.

José Julio Perlado

 

mar-nnvvt-playa-James Abbott McNeill Whistler- mil ochocientos sesenta y cinco

 

(Imágenes.- 1.- Gustave Courbet- 1874/ 2.- James Abbott Mcneill Whistler– 1865)

LA VUELTA A LOS ORÍGENES

peces-ggtn-Emil Nolde

 

«Como eso salmones de los ríos de la tierra, creados entre la creación de Dios…, como esos salmones que van tenazmente, determinantemente… casi a pesar de ellos, con una fuerza interior que les empuja y les invade de valor, a remontar el riachuelo preciso que les vio nacer, y ello lo hacen casi de modo ciego, por su impulso y su energía incansable, y de modo asombrosamente lúcido en su búsqueda de orientación.., sin dudar en medio del laberinto de aguas, volviendo una y otra vez a elegir el exacto camino entre mil caminos desorientadores…, así el hombre vuelve – lo perciba o no, lo desee o no – hacia su principio y su origen. Y tras largas ausencias físicas y espirituales, tras alejamientos que han llegado a durar una vida entera, el hombre se siente impelido a retornar al inicio de donde surgió. Y remontando todo ese río de vida al revés, todos volvemos doblando las embocaduras de la vejez y de la fatiga, arrastrados por el fluir de las edades imparables, como absorbidos por algo que nos vuelve a llamar y que, para atraernos, va despojándonos de vitalidad y de energía. Y son algunos de entre nosotros, los que retornan con pasión por volver; y son otros los que emplean un natural vigor en resistirse a todo ese gran vigor indominable, y aún hay otros, que no encuentran la esencia de ese olor que impregna el retornar de su camino (aturdidos por mil perfumes de la vuelta, y desconcertados mientras se agotan por no desconcertarse), exprimidas todas sus fuerzas, y sin darse cuenta de que, a pesar de todos sus esfuerzos, han llegado a su fin».

José Julio Perlado.- «Contramuerte», pág 174

 

peces-edr-pájaros- Maurits Cornelis Escher

 

(Imágenes.-1.-Emil Nolde/ 2.-M C Escher)

VIEJO MADRID (59) : VIVENCIAS Y RECUERDOS (4)

 

Juan Ramón Jiménez- btr- Platero- escultura en Mguer- elcorreoweb es

 

Siguiendo el hilo de la historia, ¿de qué hablábamos en los años cincuenta abuelo y nieto? Sin duda yo le he contado en una de esas tardes a mi abuelo que dos años antes – en agosto de 1954 – he estado en Moguer, en la tumba de “Platero”. Le he narrado cómo me he acercado hasta Moguer para rendir homenaje – con otros estudiantes – al célebre burro – ya universal – de Juan Ramón Jiménez. Ortiz de Pinedo admira a Juan Ramón: la influencia de Juan Ramón será patente en su poesía, como así lo reconocerá, entre otros muchos, Cansinos Assens. En varias ocasiones escribirá mi abuelo sobre Juan Ramón. Pero en Viejos retratos amigos”, al hablar de los “Poetas del 900”, desciende de manera breve y puntual a los encuentros con el poeta de Moguer en el jardín del sanatorio madrileño donde se encuentra.

 

Juan Ramón Jiménez-rwwe-azulejo sobre Platero en Moguer-huelvaya es

 

 

Me imagino que le proporcionaría también una grata sorpresa leer uno de mis primeros artículos en prensa, “Moguer en Juan Ramón Jiménez”, publicado en el “Amanecer” de Zaragoza en septiembre de 1954, precedido de dos artículos más: uno, el primero de mi vida periodística, sobre los retratos literarios de Gabriel Miró y de Azorín, aparecido en marzo de 1954, y otro, igualmente sobre Gabriel Miró, dos meses después. Por tanto, he aquí que el escritor José Ortiz de Pinedo tiene ante sí en este despacho familiar a un nieto de 20 años que aspira a dedicarse a la literatura, que ama ya la literatura, que sigue por la calle a muchos escritores, sobre todo que sigue y persigue muchas lecturas, que comparte en fin las pasiones de su abuelo y que incluso ha coincidido – sin él saberlo – con autores que Ortiz de Pinedo admira.

 

Madrid-ynu- Alejandro Sawa- traxegnies arrakis es

 

Pienso que todo ello sería para él una grata sorpresa. Yo le había regalado hacía ya tiempo un cuadernito apaisado – parece que aún lo tengo delante –  de tapas azules y con un diminuto broche como cierre en el que le mostraba mis primeras poesías. Estaban escritas con mi letra aún de colegial, una cuidadosa caligrafía con la que intentaba transmitir intentos de poemas. No creo que nos detuviéramos mucho sobre ello. Pero sí en cambio en Galdós  (mi abuelo me mostró la biografía del autor de Fortunata  que estaba leyendo, la biografía escrita por Luis Antón del Olmet y Arturo García Carrafa publicada en 1912). Nos detuvimos, además de en Juan Ramón, en Gómez de la Serna, en Valle- Inclán, en Alejandro Sawa, de los cuales me hablaba. ( En el excelente libro de la profesora granadina Amelina Correa sobre Alejandro Sawa, ella recoge cómo en 1901, al volver de París Manuel Machado, se estableció una tertulia en casa de los Machado, en Fuencarral 148, a la que acudían Valle-Inclán, Villaespesa, Alejandro Sawa y “algunos jóvenes – comenta la profesora Correa – incorporados al mundillo literario, como el poeta jienense José Ortiz de Pinedo, que le dedicará a Sawa un admirativo soneto, que la familia del escritor conservó en su legado con la firma autógrafa de Pinedo) .

 

Valle Inclán - ybbr- arteymadrid com

 

O sea, que en esas reuniones de Fuencarral 148 estaba Ortiz de Pinedo con 21 años, Alejandro Sawa con 39 y Valle-Inclán con 35, meses antes de que Valle – en 1902 -comenzara a publicar en primicia, en «Los Lunes» de «El Liberal», fragmentos de “Sonata de otoño”, que ya se editará como libro poco tiempo después. Eran años en que Valle asistía ya a la tertulia del teatro Español y a  otras madrileñas. Y yo me pregunto: ¿asistió mi abuelo a alguna de aquellas numerosas tertulias literarias que se extendían por Madrid? Seguramente sí, pero nada me reveló sobre ello. Interesantes aportaciones sobre aquella actividad de los cafés de la capital se han ido publicando a lo largo del tiempo, como, por ejemplo, “Las tertulias de Madrid” de Antonio Espina (en la que se habla, entre otros, de un amigo de mi abuelo, Emilio Carrere, en sus reuniones en el Café Varela, en la calle de Preciados esquina a la de las Fuentes) o, ya más recientemente, el volumen de Miguel Pérez Ferrero, “Tertulias y grupos literarios”. Por mi parte, respecto a los cafés, recuerdo perfectamente – como anécdota que me quedó muy marcada – cómo un día le pedí a Ortiz de Pinedo conocer El café Gijón y allá fuimos los dos, abuelo y nieto. Yo esperaba que él, como escritor, me mostrara el ambiente cálido y literario de las tertulias, pero mi abuelo – desconozco por qué – eligió para verlo la primera hora de la mañana. Estaba el café recién abierto, las mesas vacías, las sillas apartadas, las limpiadoras ejerciendo su oficio. Entramos, y desde el umbral me dijo cariñosamente: “Éste es “El café Gijón”, salimos, y ya no conseguí ver más. Luego, lógicamente, he vuelto por “El Gijón” muchas veces, en alguna ocasión me he encontrado allí con escritores, aunque nunca he asistido a las tertulias. Pero no se me olvidará, sin embargo, aquella mañana en que me asomé con mi abuelo, José Ortiz de Pinedo, ante “El Gijón” vacío.

(una pequeña evocación familiar y literaria – y también madrileña – que de vez en cuando continuará…)

 

cafés- nnyu- café Gijón-sonbuenasnoticias com

 

(Imágenes.-1.-escultura en Moguer sobre «Platero»/ 2.-azulejo en Moguer sobre «Platero y yo»/ 3.-Alejandro Sawa- Wikipedia/ 4.-Valle Inclán- arteymadrid/ 5.- El «Café Gijón»- sonbuenasnoticias)

EL NOBEL

figuras-yedd- Mark Rothko

 

» El escritor, por definición, comentó él paseando, no sabe dónde va, escribe para intentar comprender por qué tiene necesidad de escribir. Y mientras decía esto se iba deteniendo por las diversas estanterías de su amplia biblioteca y luego volvió a echar a andar buscando, comprobando aquí y allá títulos y autores que él ya había leído, recordaba, por ejemplo, nada más extraer el lomo del pequeño libro blanco de Dostoyevski, el Diario de un escritor, la historia breve de aquella centenaria que iba con una moneda en la mano atravesando la ciudad para ver a sus nietos y cuando llega por fin a la casa…, sí, lo recordaba perfectamente por su gran intensidad, Dostoyevski era así, entrando hasta el fondo con la ternura y con una fuerza enorme, y volvió a empujar el lomo del pequeño libro para alinearlo con los otros y de paso entornar la ventana del balcón del salón, porque era media mañana y ya entraba mucho sol, había un reflejo del sol en los cristales pero sobre todo llegaba mucho ruido procedente de la calle, venía vociferando la cantinela del

 

figuras-yuui-Mark Rothko

 

tapizador urgiendo a las señoras por si tenían algún mueble que tapizar, por si tenían sillas, sillones, sofás, tresillos, cualquier mueble que tuvieran que tapizar las señoras, cualquier mueble viejo que arreglar y el tapizador inmediatamente subiría sin ningún compromiso, y entonces el escritor empujó algo el cristal de la ventana del balcón e iba ya a cerrarla cuando se quedó mirando al otro lado de la calle la casa de enfrente y las ventanas abiertas y algunas esterillas o alfombras pequeñas colgadas ya que estaban limpiando y sí, perfectamente se veía al fondo de las ventanas abiertas una serie de espejos en una habitación amplia, una serie de espejos pero sobre todo uno rectangular, grande, que reflejaba parte de los techos altos con molduras blancas y la cabeza de una mujer vista desde arriba que iba y venía de afuera adentro del espejo, sin duda estaba limpiando aquel cuarto, pero al escritor no le interesó aquella cabeza de mujer ni aquella figura que iba y venía limpiando sino el espejo mismo, un espejo grande, antiguo, con un marco dorado, de los que ya no se ven, pensó, parecido al que tenía tía Matilde en aquel gran salón de espejos y tapices y alfombras de la calle de Lagasca, parece que el

 

figuras-ttv-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

 

escritor, sí, lo estuviera viendo ahora, quizás aquel espejo grande del salón de tía Matilde era mayor, adornado con arabescos en los bordes, un espejo heredado del siglo XIX en el que se reflejaban los sillones y la butaca roja de tío Eduardo cuando venía a la tertulia familiar del domingo, y el pelo blanco ensortijado de tía Elvira que se sentaba debajo del espejo ante la bandeja de pasteles, parece que estoy viendo los dedos gordezuelos de tía Matilde cargados de sortijas y adelantándose golosos hacia la bandeja de pasteles, porque era golosa, sí, mi tía Matilde, era todo un personaje, yo la he sacado, ¿sabe usted?, se volvió un poco hacia ella, en mi primera novela, los escritores acudimos a lo primero que tenemos, a la infancia, a los recuerdos, a veces esos recuerdos se quedan en una imagen, como la de un espejo que refleja a toda una familia y uno no sabe por qué pero es así, como cuando uno se ve a sí mismo evocando su infancia de repente y entornando a la vez esta ventana por ejemplo como ahora lo hago yo, ¿o prefiere que le cierre el balcón?, se volvió aún más el escritor preguntando hacia el fondo del salón, lo digo por los ruidos de la calle que nos pueden perturbar para lo que estamos haciendo, ya ha oído usted al tapicero anunciándose, pero también pasa el afilador, el

 

 

figuras-yvvd-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

 

trapero, son oficios que parece que mueren pero que siguen ahí como trovadores curiosos, como gente romántica de otro tiempo, ya ve, sonrió, cómo hablamos los escritores a veces, al afilador por ejemplo, lo que le ocurre…, pero al decir por segunda vez la palabra afilador el escritor no supo por qué, aunque ya le había pasado en otras ocasiones, dejó de hablar y de andar porque escuchaba perfectamente hacía años el silbo agudo y moldeado de la hoja de afilar ondulándose en el aire debajo mismo de las ventanas del hotel que el bosque rodeaba, ¿cómo es posible que haya un afilador aquí, en plena naturaleza?, le había dicho entonces a su mujer, ¿lo oyes, Alicia?, y Alicia salió del baño con la toalla azul como turbante, descalza, asomándole los pies desnudos bajo el albornoz y se asomó junto a él al balcón del hotel de recién casados, se puso un poco detrás de él para que nadie la viera desde fuera en albornoz y los dos juntos contemplaron cómo allí, en la explanada y cerca de los árboles, afilaba su silbo en la rueda aquel hombre larguirucho y delgado, de fino bigote, tocado con gorra, decentemente trajeado, concentrado en su oficio a dos pasos del bosque y ajeno a cualquier público como si estuviera componiendo una curiosa melodía aquel afilador…, y al volver ahora por tercera vez esa palabra a su mente, el escritor,

 

figuras-ubbnn-Mark Rothko

 

tampoco supo por qué, echó de nuevo a andar desde el balcón ya cerrado hacia lo profundo del cuarto, hacia la figura de aquella mujer joven sentada en el sofá tras la mesa inundada de libros que con el bloc sobre sus rodillas iba tomando notas de lo que el escritor decía, también de sus movimientos y de sus gestos, aunque lo que no podía era con sus silencios, porque ¿cómo registrar con la pluma, y ni siquiera con aquel pequeño magnetofón encendido todo lo que los silencios guardaban?, no hay, pues, señorita, continuó el escritor paseando, una entrevista perfecta, porque usted aprenderá en su oficio que el hombre es inapresable, usted me pregunta, mejor dicho, me ha preguntado, y yo le he contestado como siempre respondo cuando vienen a verme, aunque no sé, en verdad, por qué vienen a vernos a nosotros los escritores ni qué podemos tener de encanto para ustedes, porque ¿por qué no tienen ese atractivo los ministros o los banqueros o los meros comerciantes?, yo comprendo que a ustedes los mandan de los periódicos, de las televisiones, para indagar, para mostrar lo que escondemos, para saber cómo trabajamos, cómo se nos ocurren las cosas, ¡pero si no hay nada que mostrar

 

figuras-uiu-Mark Rothko- mil novecientos cincuenta y cuatro

 

aquí!, todo es bien sencillo, simple, y a la vez, siguió andando por la alfombra, yo le diría, sonrió, que, a la vez, es también algo misterioso, porque si yo le digo, por ejemplo, que hace un momento, ahí, se volvió señalando al balcón cerrado, ahí, en esa ventana, al yo ir a entornarla y mirar distraídamente a la calle, al otro lado de la calle, he visto casualmente un espejo a lo lejos en el que no me había fijado nunca, un espejo grande, antiguo, y ese espejo me ha llevado a mi infancia, es decir, he visto en un momento un recuerdo preciso de mi infancia, una imagen nítida, como si estuviera yo allí y no aquí, pues usted se reiría, seguramente no lo entendería, entre otras cosas porque yo no le puedo transmitir esa imagen mientras paseo, para transmitírsela tendría que sentarme en mi mesa de trabajo, ante una hoja en blanco y esforzarme y concentrarme como escritor, y crear de nuevo a lo mejor todo este escenario, todo este momento, hasta incluso crearla a usted en este salón, al fondo, exactamente donde ahora está usted sentada, y empezar desde cero, desde el momento, ¿recuerda?, en que, cuando usted me empezó a preguntar, yo buscaba vagamente un libro para leer y he movido un poco ese pequeño libro blanco de Dostoyevski, el Diario de un escritor, y (usted lo ha visto), me he quedado un segundo pensativo, pero yo no le he podido

 

figuras-ttvv-Mark Rothko-mil novcientos sesenta y ocho

 

 

transmitir lo que pensaba, porque las entrevistas, usted lo sabe, se hacen con palabras, ustedes los periodistas preguntan y nosotros contestamos, ¿pero cómo decirle a usted que cada vez que yo toco ese libro veo andar y atravesar la ciudad a esa amable centenaria que Dostoyevski describe y que marcha apretando una moneda en la mano para regalársela a sus nietos?, ¿cómo expresarle todo eso a usted?, no, no es posible comunicar todo eso, dijo, y menos en el mismo momento en que ocurre, hay cosas que uno piensa y que nunca se pueden decir, todos, no sólo los escritores, todos vivimos entre pensamientos, usted se irá de aquí sin saber en realidad qué pienso yo esta mañana, cuáles son mil fulguraciones, porque todo son palabras, palabras y palabras exteriores, usted anota las palabras y hace bien, es su oficio, rebusca entre mis gestos a ver cómo puede extraer mi personalidad, quién soy yo, cuáles son mis sentimientos dentro de este despacho lleno de libros en el que usted ve ahí ese gran retrato de una mujer desconocida, y luego estos libros, todos estos libros encuadernados, distinciones, recuerdos de premios, fotografías, el ordenador, las cuartillas, todo este mundo arreglado por Alicia durante veintitrés años y que ha quedado igual que cuando ella me dejó,

 

figuras-yvvb-Mark Rothko

 

 

parecido a la gran cubierta de una nave enorme, así lo llamaba ella, porque le gustaban estas habitaciones alargadas y diáfanas, ella tiró todos esos tabiques, hubiera tirado todos los tabiques de la casa, le gustaba pasear descalza por esta alfombra y se sentaba ahí, más al fondo de donde está usted, y se distraía viéndome trabajar desde lejos, cogía una revista y se pasaba en silencio largos ratos en el sofá mirándome a hurtadillas, sin interrumpir, lo mismo que si estuviera frente al mar o ante el campo, lo mismo, siempre relajada dijo el escritor, y se quedó un momento ensimismado mirando al fondo, mirando a la periodista cómo escribía, a qué velocidad y qué nerviosamente estaba anotando todo aquello en su cuaderno la joven periodista de pantalones azules y blusa blanca que asentía, sí, asentía nerviosa mientras seguía escribiendo con tensión porque aquella era una entrevista esencial para ella y quería anotarlo todo y que nada se le escapase, tampoco lo del posible Premio Nobel, tampoco lo de los amores del escritor, tampoco lo de sus inclinaciones políticas, aunque todo esto aún no lo había preguntado pero lo tenía ya preparado en su agenda, cuidadosamente ordenado por preguntas y temas, lo que  pasaba era que a ella le estaba distrayendo aquella voz, la voz melodiosa del escritor que iba y venía por la alfombra y que le distraía con su voz de galán, ya le habían advertido, te toparás con un auténtico galán, muchacha, depende de cuándo lo cojas, influye mucho la época del año, en agosto

 

figuras-nbn-Mark Rothko- mil novecientos cuarenta y ocho

 

 

 

o septiembre, cuando cree que le van a dar el Premio Nobel él se crece, trae locas a todas las periodistas, a las mujeres no sé qué las da, le sale todo ese poderío de conquistador y de triunfador, toda la fuerza del trabajador tenaz, pero cuando pasa el Nobel en octubre y ve que una vez más no se lo han dado, decae hasta en su aspecto físico, engorda, pierde agilidad, hasta le cambia la voz, se le hace meliflua y débil, pasa todo un invierno escondido y trabajando en otra nueva obra y así de nuevo recomienza el año con la esperanza…, pero ella enseguida había interrumpido, ¿Y si le dan un día el Premio Nobel?, ¿qué pasará si le dan el Premio Nobel?, y nadie había sabido contestarle, pero ella estaba ahora aquí, precisamente en el día posible del Nobel, ella había hecho sus cálculos, jueves o miércoles de octubre era la tradición, habían concedido ya los Nobel de Física, Química y Medicina, quedaba el de Literatura, había mentido, pactado, concertado esta entrevista en exclusiva, estaba con su pequeño magnetofón encendido y el cuaderno encima de sus rodillas, seguía yendo y viniendo la voz del escritor por la alfombra del despacho y al fondo, cerca del balcón, había un teléfono que podía sonar…, pero la voz, aquella voz de él le seguía poniendo muy nerviosa porque toda la entonación y vocalización era tan sugerente que ella ya no estaba atenta al

 

 

figuras-rbnuv- Mark Rothko

 

 

contenido sino a la forma, asentía a la forma y a la música de las palabras que estaban yendo y viniendo por el despacho, era acunada por la voz que traía y llevaba las pronunciaciones y las pausas, había además una respiración honda entre todos aquellos libros encuadernados en negro y rojo, entre la alfombra y el gran retrato iluminado de aquella bella mujer misteriosa, y seguía la voz paseando, ¿y qué me ha dicho ahora?, ¿qué está diciendo de verdad este hombre? se dijo la joven periodista, pero no le dio tiempo a pensar porque seguía cautivada por aquellas inflexiones de las frases que arrastraban a los pensamientos y que ella intentaba seguir tensa e inclinada hacia adelante, las piernas juntas, detrás, continuamente detrás de la belleza de aquellas palabras, nunca en ninguna entrevista le había sucedido el estar tan aturdida y distraída, tan tonta le susurró la script, pero la periodista aún no la oyó, estaba tan ajena a todo que no volvió a escuchar a la script cuando le repitió por detrás, pero querida, ¿quieres arrancar?, te toca hablar a ti, ¡tienes que hablar!, ¡te toca diálogo!, y la secretaria de rodaje detrás de ella estaba ya descomponiéndose en su silla de tijera intentando recordarle la pregunta que el guión le marcaba y que ella debería hacerle ahora al escritor pero que ella no acababa de hacer mientras la script con su gran bloc en las manos se la apuntaba susurrando y los operadores miraban todo aquello asombrados, y detrás de los operadores esperaban los electricistas con sus cables,

 

figuras-yub-Mark Rothko- mil novecientos cuaenta y ocho

 

 

y los técnicos de sonido con sus auriculares, y los iluminadores con los focos, y los carpinteros, y el resto del equipo que rodaba, los decoradores, mecánicos, ayudantes de dirección, las encargadas del vestuario, las maquilladoras, el escenógrafo y quienes ahora giraban la gran grúa en donde estaba moviéndose muy despacio, muy lentamente, sentado en su sillín, el director, el único tranquilo de todos quizá porque estaba aprovechando muy bien este momento de sorpresa que no aparecía en el guión, al director con su visera en la frente le gustaban estas improvisaciones, estaba realizando un lento travelling hacia arriba, había tomado este despacho, y al escritor y a la joven periodista cada uno en un rincón del escenario, al escritor le seguía dejando hablar y pasear, los escritores necesitan desahogarse, se creen divos, se ufanan cuando reciben a una joven periodista, se pavonean yendo y viniendo por entre los libros de los otros y por entre sus propios libros, hay que dejar pasear y hablar a este pobre escritor que cree en los premios, que cree en el Nobel, que desde hace años ha construido su vida, sus entrevistas, sus viajes, sus relaciones pensando en el Nobel, que sueña por las noches con la velada en Estocolmo y que se levanta en sueños a recibir los aplausos, sí, hay que dejarle hablar y que siga fascinando con sus palabras a esta joven periodista de

 

figuras-onnhy-Mark Rothko- mil novecientos sesenta  nueve

 

 

pantalones azules y de blusa blanca se dijo el director en el lento travelling hacia atrás, alejándose ya hacia arriba de este despacho, se alejaban las estanterías de los libros y la alfombra, también se alejaba la voz melodiosa del escritor, su voz de galán, ahora parecía que el escritor se empequeñecía y su voz se debilitaba, eso era lo que el director deseaba mostrar en el final de su película, enseñar la carpintería y el artificio de una vida que giraba en torno a un premio, unas horas cruciales y disimuladas de nerviosismo por si sonaba el teléfono, y cada año igual, ese paseo incesante por el despacho esperando…, y además la sorpresa ahora de esta joven periodista que no hablaba, estaba fascinada por el otro y se había quedado en silencio olvidándose del guión, muda, sentada en el sofá con las piernas juntas y echada hacia delante, y así, así quiero terminar, se dijo el director en su lento travelling hacia atrás, no quiero nada más, porque esta situación inesperada puede ser un final abierto para El Nobel, esta película que me ha llevado tanto tiempo, recuerdos, reflexiones, variaciones, he querido contar la vida de un escritor, un simple quehacer, una vocación rendida, un esfuerzo constante y una ilusión virgen al principio, un querer dedicarse a los demás, interpretar el mundo, incluso intentar mejorarlo, para luego, por avatares de la vida, apartarse poco a poco del camino y obsesionarse con los premios y repetirse, y caer en la imitación de sí mismo, en la charlatanería banal, sí, hay que dejar hablar y pasear a este pobre escritor que es pura vanidad ante el Nobel, puro cálculo, se dijo el director remontando el lento y largo travelling hacia arriba y hacia atrás, quería abarcarlo todo, sí, quiero abarcarlo todo, se repitió el director sentado en lo alto en su sillín de la grúa que lo ascendía y lo alejaba ahora lentamente a la vez en el plató, veía abajo el despacho en donde el escritor seguía paseando y hablando ante la joven periodista que continuaba muda y fascinada en un rincón, veía también,

 

figuras-nnb- Mark Rothko- mil novecientos cincuenta

 

 

conforme ampliaba su travelling, los decorados, los focos, los cables, y detrás los mecánicos y los carpinteros, las maquilladoras, el escenógrafo, los técnicos de sonido y de iluminación, la script y los ayudantes de dirección, también abarcaba al director de fotografía, al productor y hasta a algunos curiosos que seguían el rodaje de esta última secuencia, e incluso algo más atrás veía también parte de la pequeña sala de proyección en donde media docena de actrices y de actores, de críticos y de escritores aplaudían ya el final abierto de este film, El Nobel, que estaba haciendo reflexionar a todos y les había hecho repensar el ejercicio de la literatura, su actividad y su vanidad, vanidad de vanidades, se dijo pensativo uno de aquellos escritores que acababan de ver el final de la película, vanidad de vanidades, sí, se repitió aquel veterano escritor levantándose ya de su butaca en las últimas filas mientras estaban pasando aún los carteles de crédito y se encendían las luces de la sala pero él se dispuso a salir deprisa, como huyendo, porque le habían conmocionado mucho aquellas imágenes tan idénticas al relato que él estaba escribiendo estos días, y prefirió salir sin despedirse de nadie, ganar la calle y abrir su paraguas bajo la lluvia para andar rápido y llegar pronto a casa y pensar aún más qué era realidad y qué ficción en todo aquello, y eso se dijo ya en su casa, por la noche, y en el sillón de su despacho, repasando y releyendo el final de aquel relato suyo en el que llevaba trabajando varios días, había intentado resumir en él parte de su vida, aquel espejo evocado, por ejemplo, de la infancia en la tertulia familiar, aquel nombre, Alicia, el nombre amado de su mujer, este retrato iluminado de ella que ahora veía delante en la gran habitación, sí, todo lo había ido escribiendo él en aquel cuaderno en el que había trabajado tanto tiempo, toda la curva de su relato, toda la invención, hasta la invención también de sus paseos ante la joven periodista imaginaria, incluso el rodaje de aquella película, todo, todo había sido auténtica ficción, y quiso dejarlo así cerrando el cuaderno, y se dispuso a colocarlo en la estantería entre sus libros, en la gran biblioteca, al lado del pequeño libro blanco de Dostoyevski al que tanto quería, el Diario de un escritor, pero como todos los años a esta hora sintió un pequeño estremecimiento, sí, porque para mañana estaba anunciado que darían el Nobel y, sí, como todos los años, sintió un pequeño escalofrío al salir y apagar la luz.»

José Julio Perlado : «El Nobel» ( relato inédito) (perteneciente al libro «Caligrafía», de próxima aparición)

 

 

figuras-yvvd-Mark Rothko- mil novecientos sesenta y nueve

 

(Imágenes-  Mark Rothko)

VIEJO MADRID (56) : VIVENCIAS Y RECUERDOS (1)

 

ciudades.-5fr4tt.-Madrid 1953.-Francesc Catalá Roca

 

Sentado en este despachito de cortinas azules en el piso de Raimundo Lulio 22, en pleno barrio madrileño de Chamberí, se encuentra este hombre de los lentes alados sobre la nariz, un hombre menudo, de apenas pelo cano, silencioso, hablando con su nieto, que soy yo. El nieto tiene en esta escena de 1956 tan solo 2o años, viene de estudiar esta mañana en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid el Primer Curso de especialidad en Filología Románica – Tercer Curso entonces de Filosofía y Letras – y ha escuchado las lecciones de Francisco Ynduráin Hernández – su gran maestro -, de Rafael Lapesa y de Alonso Zamora Vicente. José Ortiz de Pinedo tiene en el mediodía de esta conversación familiar 75 años, el despachito de cortinas azules es su refugio, y en el silencio de la letra menuda de sus manuscritos y en el recogimiento de los libros ordenados y alineados, se concentra su vida entera consagrada a la poesía, al teatro y a la novela, pequeñas novelas como ésta que ahora – cuando pasa el tiempo y la fantasía en la distancia se desborda – tengo yo aquí, en la mano, porque acabo de extraerla con la imaginación de la estantería de su sencilla biblioteca.

El libro lleva por título “¡… Y la vida se va!”, lo publica la Editorial Paez, calle Ecija 6, Madrid, (está dedicado a “Joaquín Aznar, espíritu generoso – escribe Ortiz de Pinedo en su dedicatoria -, pluma maestra, con el cariño de muchos años”) (Joaquín Aznar había sido Director del periódico “La Libertad” desde 1925 a 1931, y fue uno de los íntimos amigos de José Ortiz de Pinedo, junto con Eduardo Haro y Emilio Carrere)

 

ciudades.-5f5.-Madrid.-1950.-la Gran Vía.-Frances Catalá Roca

 

Pero lo importante de esta corta novela de Ortiz de Pinedo  “¡…Y la vida se va!”  es quizá el título, es decir, cómo se va la vida por este pasillo del piso de Raimundo Lulio, cómo se va la vida hacia delante y hacia atrás, hacia la vida que vivió antes mi abuelo y hacia la vida que viviré yo más adelante – si Dios me ayuda -, como nieto.

Sí, en verdad se va la vida. Si nos asomamos a este balcón del segundo piso de Raimundo Lulio 22 veremos en el café de la esquina con la calle de Santa Engracia –  café hoy desaparecido – cómo mi padre, muy joven, espiaba a mi madre – la hija única que tuvo Ortiz de Pinedo – cuando aún eran novios, allá por los años 30, y la espiaba enamorado para ver en qué momento salía ella a saludarle al balcón.

Porque esta pequeña calle madrileña que baja desde Santa Engracia hasta la plaza de Olavide y donde vive José Ortiz de Pinedo es muy literaria. Galdós en “Fortunata y Jacinta hace que doña Lupe se mude a este barrio del mercadillo de Olavide, entonces unos tenderetes al aire libre, como nos lo muestra un dibujo de la “Guía” de Fernández de los Ríos. La Rubín – personaje galdosiano – va a habitar a la calle de Raimundo Lulio y el autor de “Fortunata” nos hace creer que la casa debió estar muy cerca del Paseo de Santa Engracia. Pedro Ortiz Armengol, sin duda el mejor especialista en la gran novela de Galdós, señala el número 11 de esa calle de Raimundo Lulio como lugar habitado por doña Lupe, y repasando el magnífico Plano del Madrid de 1874,  se ve que asomaban en Raimundo Lulio solamente dos casas de una planta ya que el resto eran solares y paseo hasta el mercadillo. Pues bien, Galdós coloca a uno de los personajes de “Fortunata quizá en el número 11 de esa calle y apenas un siglo después, casi enfrente, en el número 22, seguimos teniendo a Ortiz de Pinedo, otro personaje – esta vez de la vida -, sentado en su despachito de cortinas azules hablando conmigo, que soy su nieto.

 

ciudades.-57bn.-Madrid 1953.-foto Frances Catalá Roca

 

¿Y de qué hablábamos? No recuerdo de qué hablábamos. Los nietos de 20 años no recuerdan muchas cosas de las que hablan con sus abuelos de 75, pero sí las esenciales. Hay  unas coincidencias de vivencias y de lecturas rodeando a este pequeño despacho. Galdós prosigue. Está en la memoria de Ortiz de Pinedo. Si tomamos de esta estantería del despachito otro libro suyo, “Viejos retratos amigos” publicado siete años antes, en 1949 (y del que hablaré más adelante), aparece Galdós paseando por la madrileña carrera de San Jerónimo y Ortiz de Pinedo detrás de él. Ortiz de Pinedo tenía entonces – era cuando había llegado desde Jaén a Madrid, pasando (según sus biógrafos) por Guadalajara – 21 años, casi los mismos que ahora tengo yo sentado ante él en este despacho. “Don Benito – evoca mi abuelo en ese libro de recuerdos – , que caminaba solo, habíase detenido un instante a curiosear el escaparate de Fernando Fe, que brindaba al apetito intelectual las últimas novedades nacionales y francesas, y paróse luego en un grupo de amigos a la puerta de Llardy, cuyo escaparate tentaba otra clase de apetitos. Breves momentos nada más conversó Galdós con aquellos señores, continuando su paseo entre la multitud al anochecer.

Mi curiosidad – sigue Ortiz de Pinedo – no se daba por satisfecha y fuíme detrás del genial creador sin perder un solo movimiento suyo, con la ilusión del enamorado que sigue a una mujer. Cuando lo dejé, al fin, en la calle de Hortaleza, donde tenía la administración de sus obras, sentí algo así como la satisfacción del deber cumplido mediante aquel acto de humilde y anónimo homenaje”.

 

Madrid-rrcg- capa-  Federico Chueca- archivo general de la Administración

Son los seguimientos devotos de lectores y admiradores que han existido siempre en la historia de la Literatura, gentes como José Ortiz de Pinedo que seguían a Galdós por la calle, gentes como el yerno de Ortiz de Pinedo – mi padre, José Perlado – que seguía a Ramón y Cajal en el “Café del Prado”, en la madrileña calle del Prado, a dos pasos del Ateneo, o a Valle Inclán o a Benavente cruzando la Plaza de Santa Ana o paseando por la calle del Príncipe. Esos seguimientos anónimos detrás de las figuras de las letras han sido a lo largo del tiempo innumerables y de ellos han quedado muchos testimonios. Por citar uno de ellos, Vicente Aleixandre, en su libroLos encuentros”, cuenta cómo todos los personajes con los que quiso tropezarse en las calles de Madrid eran conocidos, menos uno: Antonio Machado.Pero daba la casualidad – comenta Aleixandre – que los dos teníamos el mismo barbero. Y un día me dijo: “Yo también sirvo a un señor que hace versos. Pero apenas conocido. Se llama Machado” ¡Machado” Fíjese usted. Para mí sólo su nombre ya era un fulgor… A Galdósprosigue Aleixandre – le vi una vez, en el “Teatro Infanta Isabel”, el día que estrenó “Sor Simona”. Yo tenía 17 años. Entré en el camerino – dice Aleixandre .-Galdós, ciego, estaba sentado, ausente. Se sacó un gran pañuelo, se secó el sudor. Yo le miraba… Salí sin decir nada”.

Son los 17 años de Vicente Aleixandre, son los veintitantos años de José Ortiz de Pinedo, son los 20 años míos. Sentado en aquel despachito de cortinas azules yo no sabía que a lo largo de la vida iba también a  seguir a muchos personajes. Por mi profesión, he tenido la suerte de vivir en Roma y en París varios años, y en la capital italiana, al principio de la década de los sesenta, más que seguir por la calle exactamente, conocí muy de cerca a relevantes personajes del mundo de la cultura. A Stravinsky y a Federico Fellini en Roma; a Ezra Pound, a Pier Paolo Pasolini y a Giancarlo Menotti en Spoleto; más tarde, en mis años de París, al filósofo Gabriel Marcel y al director de cine Robert Bresson. También Madrid fue escenario para mí de conocimientos. Sentado ante Ortiz de Pinedo, que ahora me sigue observando en este pequeño despacho rodeado de libros, no podía imaginar que unos años después yo charlaría ampliamente con Gerardo Diego en su casa de la calle Covarrubias, con Dámaso Alonso en su casa retirada (donde me dedicó su libro “Poetas españoles contemporáneos”), con el eminente historiador Pedro Sáinz Rodríguez, con el gran cuentista Ignacio Aldecoa, con la poetisa Ernestina de Champourcin, con el pintor Benjamín Palencia en su taller de la calle de Sagasta, con Luis Rosales en su habitación de la calle de Vallehermoso, con Camilo José Cela en su casa de Rios Rosas.

 

mADRID 24.-Gran Vía y Alcalá en 1945.-donado por María Santoyo.-Archivo

 

Este nieto de Ortiz de Pinedo que soy yo, no puede imaginar tampoco, aquí sentado en Raimundo Lulio y en 1956 – año en el que estamos -, que conocerá y dialogará largamente con dos grandes escritores argentinos, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez, o con el uruguayo Juan Carlos Onetti. Son charlas que están en el aire del tiempo, que aún no nos llegan desde este pasillo, porque desde este pasillo y en este momento lo que nos llega, mientras abuelo y nieto seguimos hablando, es la voz de Julia Valdés, esposa de Ortiz de Pinedo, es decir, la voz de mi abuela materna que nos llama a comer. Viene a decirnos que ya tenemos preparados los huevos fritos con el pan cortado y tostado en el cuartito que hay al fondo del pasillo, muy cerca de la cocina, donde el sol suele dar sobre el tapete de la mesa camilla. Mi abuelo y yo solemos comer muchos días allí, y también desayunar los domingos un chocolate humeante en el que untamos puntas de pan crujiente. Es Julia Valdés, mi abuela, la que ahora nos llama y nos mira, y cuando la veo en este pasillo me acuerdo de otra Julia a la que conocí, Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, que unos años después, en 1967, exactamente el 2 de marzo de 1967, me abriría la puerta de aquella casa de la calle de Zorrilla 21, segundo izquierda (muy cerca de las Cortes) muy pocas horas después de que muriera el maestro. “Vemos a Azorín en la lejanía, viviendo en un cuartito silencioso, junto a las campanas del Carmen – leemos otra vez que escribe Ortiz de Pinedo enViejos retratos amigos”-. Lo vemos asimismo perderse en la arboleda del Retiro o pararse ante un tenderete del Rastro. Un día lo vimos – un día de invierno – sentado tras el cristal de un café-cervecería, desaparecido ya, de la carrera de San Jerónimo. Años después lo hemos visto muchas veces en la trastienda de una librería selecta, hundido en un sillón, con los ojos medio cerrados”.

 

Madrid-vvnnd-calle de Sevilla- rayosycentellas.net

 

Eso es lo que evoca mi abuelo Ortiz de Pinedo de Azorín. Pero lo que él no puede imaginar en este despachito de cortinas azules – ni yo tampoco -, es que ese 2 de marzo de 1967 Julia Guinda Urzanqui, la viuda de Azorín, me abrirá la puerta y me hará pasar al saloncito donde está de cuerpo presente el autor de “Castilla” y de “Los Pueblos”.”Allí extendido, Azorín – escribiría yo al día siguiente en “El Alcázar”, un periódico madrileño– era ya el gran mudo de la pluma, como si tuviera amordazado los dedos. Me acerqué a él, acababa de entrar el Ayuntamiento de Monóvar, seguían acumulándose coronas, y creo que fue entonces cuando lo vi. Vi su ojo azul. El ojo derecho de Azorín quieto entre el párpado, como si nadie lo hubiera querido sellar, como si respetasen ese ojo sien tiempo”. Porque estábamos allí los dos solos, la recentísima viuda de Azorín y yo ( eran las cuatro de la tarde y el maestro había fallecido hacía muy pocas horas), ambos en silencio ante el cadáver de quien había escrito “Clásicos redivivos y clásicos futuros” o “Las confesiones de un pequeño filósofo”.

Sin duda nada podía decirle a mi abuelo Ortiz de Pinedo de todo esto porque faltaban once años para que aquello sucediese. Pero de lo que sí hablamos sin duda en aquel despachito es del entierro de Ortega al cual yo había asistido. Un año antes, el 19 de octubre de 1955 – tenía yo entonces 19 años – había querido ir con varios compañeros míos de la Facultad hasta la madrileña calle de Montesquinza – la casa donde había fallecido Ortega – y desde allí quisimos acompañar al cortejo fúnebre hasta la Sacramental de San Isidro. Recuerdo que aquel día, entre las muchas personalidades asistentes al sepelio, estaba cerca de mí Gregorio Marañón y también recuerdo que entre mis compañeros de Facultad de entonces, asistieron conmigo – estudiábamos en el mismo Curso de licenciatura – el gran poeta español Claudio Rodríguez y el que luego sería Director del Museo de Prado y gran especialista en pintura barroca, Alfonso Pérez Sánchez.

 

Madrid.-33woo.-calle Sevilla.-1900.-Hauser y Menet.-Museo Municipal de Madrid

 

(Imágenes.- 1, 2 y 3.- Madrid 1950-1953- Francesc Catalá Roca / 4.-Federico Chueca– Archivo General  de la Administración/ 5.-Gran Vía y Alcalá.-1945- donado por M Santoyo- Archivo General de la Administración / 6.-Madrid – 1900- Hauser y Menet- Museo Municipal de Madrid)