LA DESPEDIDA DE MAIGRET

 

“Me siento lleno de remordimientos — decía Simenon en 1973– por haber dejado caer completamente a Maigret tras mi última novela “Maigret et Monsieur Charles”. Es un poco como si uno se despidiera de un amigo sin estrecharle la mano. Si se ha creado, entre un autor y sus personajes, relaciones afectivas, con mayor razón si esta colaboración dura cincuenta años. Leo en ciertos periódicos que yo me he valido de mí mismo para crear el personaje de Maigret y que éste no sería más que una copia.

Rechazo esto. Maigret no ha sido nunca yo. Yo le dejo en las orillas de la Loire donde debe ir para su jubilación, como haré yo mismo. Él trabajará en su jardín, jugará a las cartas, irá a pescar. Pero yo continuaré  ejerciendo el único deporte que aún me estará permitido: caminar. Le deseo una feliz jubilación, como la mía deseo que sea feliz. Los dos hemos trabajado juntos y  la verdad es que yo le debería  haber dedicado un adiós un poco más  emocionado.

 

¿Sabe usted – le decía Simenon a Bernard Pivot en 1981- por qué Maigret no ha tenido hijos? Por una razón muy simple: cuando he creado a Maigret, yo no tenía hijos y me sentía incapaz de crearle a él una vida familiar con un hijo porque en aquel momento yo no tenía ninguno. Después, fue ya demasiado tarde para que yo añadiera al matrimonio Maigret lo de los hijos. Y  los he retratado siempre sin hijos.”

 

(Imágenes—1- Simenon/ 2- Robert Brassai -Montmartre/ 3- Albert Monier 1950)

FELLINI SUEÑA CON SIMENON

 


“Yo estaba atravesando un período negro. inercia, desánimo, marasmo, odio hacia mi nueva película, la sensación de que me había metido en un berenjenal, noches enteras diciendo tonterías, rompiéndome la cabeza para hallar la manera de liberarme sin daños excesivos del compromiso adquirido. — así le escribía Fellini a Simenon en 1976–.

Pues bien, una noche soñé que me despertaba el teclear incesante de una máquina de escribir. me doy cuenta de que me había quedado dormido en un gran jardín húmedo de rocío con grandes plantas cargadas de hojas de un verde intenso. Allí, en el centro del césped, hay una construcción en forma de torre. De ahí procede el teclear de la máquina de escribir. me acerco y cesa cualquier ruido. me alzo de puntillas, espío por la ventana circular y veo una habitación  encalada como una celda, con un hombre, un monje, que está haciendo algo que no consigo ver porque el hombre me da la espalda. está sentado y a sus pies, en el suelo, hay unos doce niños y niñas muy simpáticos que se ríen, le gastan bromas, le tocan las sandalias, el cordón del hábito. Al final, el hombre se da la vuelta: es Simenon. Lleva pegada al mentón una barba blanca, yo noto enseguida que es postiza, una barba de broma. Yo me quedo extrañado, incluso algo decepcionado, no consigo encontrar una explicación hasta que oigo a mi lado una voz que me dice:

—Es falsa. Claro que es falsa. no es un viejo. Al contrario, es muy joven. mucho más joven que antes.

—¿Y qué está haciendo?—pregunto yo.

—Está pintando su nueva novela. ¿no ves? Ya ha pintado más de la mitad. es una novela magnífica sobre Neptuno.

La voz se desvaneció y esta vez me desperté de veras. Bueno, no puedo meterme en explicaciones más o menos pertinentes […], pero el hecho indudable es que a la mañana siguiente noté que la tensión disminuía en mí, la película se me hacía menos odiosa y me puse a trabajar. Hice la película. ¿La dificultad con la lengua inglesa? Pero si en mi sueño Simenon conseguía incluso «pintar» sus novelas, ¿por qué no iba yo a poder rodar una película en una lengua que no era la mía?”

 

(Imágenes—: 1-Fellini- foto Mary Ellen Mark/ 2-Simenon – New York review)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (14)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los  lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (14):   paseos y fotógrafos por París

 

 

—Volviendo a esa primera tarde en el Bois, ¿cómo salió usted de allí? ¿qué impresión le produjo la ciudad de París?

– La verdad es que yo no podría asegurarle ahora exactamente qué más pudo ocurrirme aquella primera tarde en París.. Me imagino que cuando cesó la tremenda lluvia de que le hablé, y ayudado sin duda por un mapa, saldría del Bois de Boulogne y descendería luego con mi coche hasta el muelle Louis Blériot y luego, por la Avenida de New York, por la orilla derecha del Sena, hacia el centro, es decir, hacia el distrito ll, como haría después tantas veces durante los siguientes años ; y continuaría naturalmente tras la fila luminosa de automóviles, para llegar, después de muchas vueltas me imagino porque era el primer día y no conocía la ciudad, hasta la avenida de La Ópera, y buscar más tarde una de sus bocacalles, la pequeña calle Gaillon, allí donde tuve mi domicilio durante los dos primeros meses. París se abría poco a poco aquella noche ante mí aunque yo no me diera exacta cuenta porque uno nunca es consciente de eso al principio, y, como digo, Paris se abría con sus escaparates iluminados, sus cafés bajo toldos multicolores, las gentes que venían o iban por el bulevar de los Capuchinos o de los Italianos, el París de los manteles a cuadros, de los pequeños restaurantes, el mapa de barrios y distritos diversos que encerraban cada uno su pequeño Paris, que así es como yo lo he visto siempre, y abajo o encima de todo ello el gran París de fondo pictórico, musical y literario de siglos anteriores envolviendo las casas y guardado en museos, y del que yo había leído y visto tantas cosas. Si no precisamente aquella primera tarde-noche, puesto que sin duda tendría que ajustar y cerrar asuntos prácticos de mi viaje, sí en las semanas siguientes, al recorrer por primera vez la avenida de la Ópera o iniciar mi bajada a los muelles del Sena, o al adentrarme por el borde de la Isla de la Cité, París se descubría, como así me ha ocurrido cada vez que lo he visitado, como una ciudad de varios niveles, repleta de historia y de arte, y también con varias vidas, unas encima de las otras; una vida al nivel de las aceras y de los quehaceres diarios, es decir, al nivel de la imprescindible existencia rutinaria, y otra vida con un nivel más profundo, rica y desplegada en el tiempo, telón de fondo del primer decorado de autobuses y paseantes, una gran vida concentrada en pinturas, en manuscritos, en páginas, en reflexiones e invenciones. Podría decirse que todo eso puede perfectamente descubrirse en muchas otras ciudades del mundo, y eso es verdad, pero el peso entonces de París en aquellos finales de los sesenta aún se mantenía muy vivo, aun cuando quizás se hubiera empobrecido algo y poco a poco fuera ascendiendo por las paredes del arte ese otro Nueva York que elevaría el foco de la novedad o del gusto. Pero en aquellas fechas que le cuento, y en las que yo viví en París, aún podía uno encontrarse perfectamente con Beckett sentado y solitario ante un café en una terraza cubierta de Montparnasse, o seguir a Ionesco paseando del brazo de su mujer por los bulevares. Estaban luego las famosas librerías de la orilla izquierda, la Shakespeare and Company con el recuerdo de Joyce, o La Hune, muy cerca de los cafés literarios. Y estaban igualmente y sobre todo los paseantes que me habían precedido en mis lecturas, paseantes y pasos de Balzac o de Benjamin, pasos de León- Paul Farge o de Sebastien Mercier, pasos de Simenon. Pasos delante de mí, al lado mío, precediéndome y a la vez siguiéndome por las calles. Ellos, como pasos que conversaban conmigo al andar, me iban explicando cada día Paris, y aún lo hacen hoy cada vez que vuelvo a esa ciudad, porque son los pasos del París del callejeo, del París gris perla bajo una lluvia inesperada, del París de insospechados descubrimientos. Los fotógrafos parecía también que hubieran podido adelantarse a mis pasos y hubieran salido corriendo para apostarse en ángulos, adoptar posturas y enfoques, y mostrarme cualquier encuadre de París desde una esquina, y tengo en mi memoria cómo me sorprendieron muchas veces Brassaï o Robert Desnois, y también Cartier-Bresson o Willy Ronis con algunas de sus extraordinarias fotografías y cómo ellos me iban conduciendo de alguna forma con sus cámaras entre la niebla de las escalinatas del Sena, una niebla como tela de araña en torno a cada poste de luz, para ascender luego de nuevo a la calle y detenernos todos, los fotógrafos y yo, ante un “bistrot”, ellos con sus fotografías y yo simplemente con mi curiosidad, para empujar después la puerta y ver aquellas caras, tantas veces agrietadas por la vida o por el alcohol, reflejadas vagamente en el vaho del cristal y muchas veces pensativas ante un vaso de vino sobre el zinc del mostrador.

 

José Julio Perlado -“ Los cuadernos Miquelrius”  – Memorias

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

LA LOCA DE MAIGRET

 

 

“Entre las lecturas de este confinamiento he vuelto a asomarme a “La loca de Maigret”,  de Simenon, publicada en 1970, escrita del 1 al 7 de mayo en Epalinges (Suiza), y que me lleva hasta los paseos del inspector con su mujer por la Bastille y el bulevar Beumarchais en los atardeceres  de París. Madame Maigret  ha preparado de cena para esta noche del mes de mayo, fiambres, ensalada y mayonesa, y a los pocos días Maigret y el inspector Lapointe prueban en la cervecería  Dauphine unas morcillas de Auvernia guarnecidas con patatas fritas y un vaso de Beaujolais. Siempre el detalle gastronómico de Simenon. (Simenon, que comía deprisa y no dedicaba mucho tiempo a la mesa, evocaba su plato favorito, que era —decía — un plato de gente humilde: la bullabesa hecha sólo con los medios de a bordo, y recordaba de su infancia, la cabeza de vaca con salsa de tortuga).

Simenon preparaba todos esos detalles, pero sobre todo los datos biográficos y topográficos de los personajes, las direcciones, números de teléfono, secciones de edificios, planos de barrios, edades, estudios, antecedentes familiares, estado civil , etc, todo ello al dorso de un sobre amarillo de formato comercial. Lo hizo durante años. “Cuando escribo —decía— estoy obligado a tener a mi lado lo que yo llamo el plan de la novela, que consiste, no en un resumen de la acción,  sino en una lista: los nombres de los personajes, su edad, su dirección, sus relaciones familiares, etc. Porque muchas veces me ha sucedido, hace treinta años como hace diez años, tener que cambiar el nombre de uno de mis personajes a lo largo del relato. Incluso en la revisión , esta situación se me escapaba y podría encontrarse una muchacha que pudiera llamarse Amelie en el  primer capítulo y Josette a partir del quinto.”

Esos detalles tan cuidadosamente entrelazados configuran y dan pie a toda una existencia. Es la verosimilitud de una vida. Luego venía lo que los críticos llamaban la “atmósfera”,  que Simenon  —contaba —, no es más  que el impresionismo  del pintor adaptado a la literatura.  “Mi infancia —confesaba el novelista — tuvo por marco la época de los impresionistas y yo siempre estaba en los museos y las exposiciones. Conseguí  de esa forma cierta sensibilidad.”

 

 

Leemos en “La loca de Maigret”:  “¿ cómo era madame Antoine? “ Y  se nos cuenta: “Frágil, bonita. Permaneció sola cerca de diez años. Luego encontró, no sé dónde, a ese monsieur Antoine con el que acabó casándose. No tengo nada que decir contra él. Pero no tenia la distinción de su primer marido. Trabajaba en el Bazar del Hotel de Ville, donde era, según creo, Jefe de Sección. Era viudo. Había montado un pequeño taller ahí  arriba, donde hacía chapuzas que eran su gran pasión. No hablaba mucho. Tenían un auto y el domingo llevaba a su mujer al campo. En verano, iban a algún pueblo cerca de Etretat.”

Todos esos detalles, aparentemente minúsculos pero necesarios, incluso para poner en pie a un personaje secundario,  quedarán ya fijos en la  mente del lector. Le harán creíbles la escena.

Le proporcionarán verosimilitud.

 

 

 

(Imágenes—1–Simenon/ 2- Jean  Pougny/ 3- Albert Monier—1950)

RECUERDOS, RECUERDOS …

 

 

“Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal- Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador…

Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?”

José Julio Perlado

 

 

 

((Imágenes—1-Kansuke Yamamoto/ 2-Jean Moral -1927)

LA SEÑORA MAIGRET Y LA COCINA

 

 

“Hay un personaje sin el cual Maigret no sería  Maigret. —recuerda Xavier Domingo en “Cuando solo nos queda la comida”—Se trata de Louise, su discreta y dulce esposa.  Sabemos que Louise era alsaciana, de Colmar precisamente, y nacida en el seno de una familia de servidores del Estado, aunque no en la rama policial. Sus ancestros pertenecían todos al honorable cuerpo de Puentes y Carreteras. Jules Maigret, que recién acababa de abandonar su uniforme de guardia  de tráfico para entrar en la criminal, la conoció en casa de unos amigos ( los Leonard) y la sedujo. Louise llevaba ese día un traje azul y lo único que dijo a Jules fue : “Se han dejado los mejores: pruebe estos”, señalando una bandeja de pasteles.

 


Louise es una gran cocinera, una cocinera de terruño, que colecciona recetas y confecciona platos sin los cuales Maigret no podría vivir ni investigar. Se publicó hace tiempo en Francia un libro titulado “El cuaderno de recetas de la señora Maigret”, recopilando los platos que come el inspector a lo largo de sus pesquisas, platos amorosamente cocinados por una esposa hogareña y un tanto borrosa, pero al mismo tiempo tan real como cualquier otro de los personajes de Simenon. Y, si Louise sabe cocinar, indudablemente , Jules sabe comer. Hubo pocos grandes detectives gastronómicos.  Yo recuerdo a Maigret  y al célebre Nero Wolffe de Rex Stout.

Me parece, por otra parte, que hacer comer a los personajes de una novela y decir lo que comen, es un dato de buen novelista y pocos son los que caen en la cuenta de que dar cuenta de los gustos culinarios de un protagonista, explica mejor su carácter que las disgresiones psicológicas y sociológicas. Cervantes sabía eso y, por supuesto,  Balzac. Sería imperdonable olvidar, entre los grandes novelistas gastrónomos, al negro norteamericano Chester Himes. Los personajes del Harlem de Chester Himes, son perfectamente cervantinos, y muy en especial en su relación con la comida.

Pero volvamos a Maigret. Una tarde, en “Maigret y el asesino” leemos: “le quedaban 200 metros de caminata para llegar a su casa en donde reinaba un olor de caballas al horno. La señora Maigret las ponía con vino blanco a fuego lento, con mucha mostaza.

.¿Quieren probarlas?”

 

 


(Imágenes—1-Eliot Hodgkin -1961/ 2-Luis Meléndez -siglo XVll- Museo Del Prado/ 3-Claude Monet- 1873)

ESCRIBO COMO TODO EL MUNDO

 

 

“Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona – no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer -, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo Bábel.

Así va confesando su tarea  y sus modos de trabajar James Salter enEl arte de la ficción”. “ Escribo a mano -continúa-, con un bolígrafo. Luego lo mecanografío con una máquina eléctrica. Podría usar un ordenador portátil, pero me gusta el sonido, ligeramente desacompasado, de las teclas. Tecleo con dos dedos. De hecho, de algún modo estoy componiendo. Escucho las palabras a medida que las escribo, o las cadenas de palabras. Me gusta volver una y otra vez sobre la cadencia que me conduce a las siguentes frases. A veces escribí un poco acerca de lo que me propongo escribir, unas palabras que abran el camino, y que quizá incluso decida incluir, pero todo está en suspenso.

 

 

(…) No siempre escribes en tu escritorio. Lo haces en otros sitios y te llevas el libro a cuestas. Te acompaña, lo tienes en la cabeza a todas horas, lo repasas, atento a posibles conexiones. Se convierte en tu principal compañero, en el sentido literal de la palabra, puedes hablarle en voz baja. Se convierte en tu único compañero. La escritura puede prolongarse diez días, como en el caso de Georges Simenon, o semanas, o meses, o años. Le pasa lo mismo a todo el mundo.”

 

 

(Imágenes- 1- Alexander Calder/ 2-Sigmar Polke – 2008/ 3-Jasper Johns)

SCIASCIA, LOS DETECTIVES, LO “POLICIACO”

 

 

“Para mis parodias de ambientes  judiciales y delictivos – decía Leonardo Sciascia –  recurro, a grandes trazos, al género policial. Dosifico así la intriga, como hizo “Crimen y castigo”, como la Historia en general debe hacer en lo posible . Mis “detectives” – quizá testigos – no son como los anglosajones, tan cerebrales, aunque me guste recordar a Poe, y aprecie a un Hammett cuya mirada resulta despiadada. En cambio a Simenon le interesa sobre todo describir una situación complicada, un “contexto”, entre el sueño y la vigilia; además, Maigret no es un detective privado sino un policía, lo que suena más al sur europeo. Cuando hay homicidios no trato de aclarar los hechos concretos. Voy presentando, paso a paso, la compleja verdad que implica lo que acaece. Ni interesa mucho saber quién es el asesino, ni sé quién puede serlo. Me interesa siempre otra cosa. Los indagadores de “El caballero y la muerte” o “Una historia sencilla” actúan en un mundo más abstracto. Además, en libros de indagación histórica – como “Muerte de un inquisidor’, o sobre todo “La bruja y el capitán”- el modelo directo es Manzoni”.

Uno de los grandes conocedores de la obra de Sciascia, Claude Ambroise, recordaba que “la certeza de que el criminal será desenmascarado y castigado es una impostura asumida como postulado de la novela policiaca clásica, pero no puede formar parte del concepto sciasciano de “escritura- verdad”. De hecho, en los libros de Sciascia no es el policía quien proclama artificialmente la solución de un enigma, sino el propio autor el que expresa y denuncia los mecanismos de la sociedad en la que vive”.

 

 

Sciascia planteaba así un enfoque singular para la novela policiaca, desplegaba al escribir sus obras una personalidad especial. Italo Calvino, en una carta de 1971, le comentaba: “ He acabado en este momento de leer “El contexto” y me ha divertido y apasionado muchísimo. La falsa novela policiaca como una partida de ajedrez de sabor stevensoniano – chestertoniano- borgiano es un género que aprecio mucho y que tú has conseguido con pulso perfecto”.

 

 

(Imágenes 1-Dan Adkins/ 2-Arthur Tanner- fox / 3- Siascia – milanocultura it)

EL NACIMIENTO DE MAIGRET

 

 

Simenon narra que un día, mientras estaba sentado en un café, vio en la acera de enfrente a un señor ataviado con bombín, gabardina y pipa en la boca que iba de un lado para otro. Simenon lo observó atentamente y quedó prendado de la manera en la que se movía y cómo miraba a su alrededor, y se le pasó por la mente: ” Este sería un gran comisario de policía”. Y es así como cuenta que nació Jules Maigret. Se trata – añade recordando todo esto Andrea Camilleri enGeorges Simenon y la potencia creadora” (Confluencias) – de una declaración contra todas las normas establecidas. Por lo general, un escritor siempre piensa primero en la historia; es la historia la que nace en su interior. Pero en este caso no sucedió así, aquí es un hombre de carne y hueso a quien Simenon transforma en personaje y a este personaje, o mejor dicho, alrededor de este personaje, confecciona un traje, una historia que le queda como un guante. Es una manera de ir contracorriente.

El éxito del comisario Maigret es inmediato – recuerda Camilleri -. Después de dos o tres novelas, el jefe de la policía de aquel momento, un hombre muy inteligente, quiso conocer a Simenon y lo mandó llamar. Evidentemente, Simenon aceptó la invitación. Pasó un día  en la oficina del jefe de policía y es así como éste se dio cuenta de que Simenon no sabía absolutamente nada del funcionamiento de la policía y que se lo había inventado todo. Dado que le parecía una buena idea tener a un comisario que hiciese  propaganda de la policía, tomó la decisión de dejarlo pasear por todas las oficinas y, de hecho, Simenon, durante meses, frecuentó los despachos de la policía judicial trabando amistad con varios comisarios e inspectores”.

 

 

(Imágenes-1- Simenon– The New York reviews of books/ 2.-Jean Gabin en el papel de Maigret-despuesdelhipotamo)

PARÍS Y LOS BISTROTS

 

 

“Los lugares están ahí – escribe el antropólogo  Marc Augé  en suElogio del bistrot(Gallo Nero) – y sólo piden ser explorados, a un margen del río y al otro. De Saint- Germain- des Pres a la Contraescarpe, podréis ir de bistrot en bistrot por la rue Tournon, la rue Vaugirard, la place Edmond- Rostand, la rue Soufflot y la rue Mouffetard. Del museo Grévin a la Ópera podéis coger por la rue Vivienne, por la place de la Bourse y la rue Quatre -Septembre. Dos trayectos, dos itinerarios entre otros mil posibles, que, por mucha curiosidad que tengáis, no conseguiréis agotarlos, ni siquiera si os paráis en cada uno de los bistrot que os salgan al paso. Os aseguro que allí encontraréis con qué acariciar vuestro paladar, pero también con qué estimular vuestra curiosidad de sociólogos, si tenéis este tipo de curiosidad, o de poeta, si la belleza de las ciudades os conmueven – de aventurero,  en cualquier caso, sabiendo que ninguna de vuestras paradas anticipará la siguiente y que a cincuenta metros de distancia os espera otro mundo que desea acogeros y atraparos…

 

 

Escritores de todos los orígenes, caminad por París, en solitario, o en pequeños grupos. Invadid la capital. Liberadnos  de la costumbre. Liberadnos de nuestra pereza. Del miedo y del hastío. Liberadnos de la memoria y del olvido. Del presente y del pasado. Cread el futuro con palabras nuevas. También con ideas e imágenes. Devolvednos la capacidad de lanzarnos a la aventura (… ) ¡ Que cada uno  de los bistrot que os encontréis sea uno de vuestros objetivos en esta guerra relámpago y que algunos den nombre, en calidad de fortalezas reconquistadas, a vuestras victorias de hoy y de siempre!”.

Simenon, en “Maigret se equivoca” habla, como en tantas otras ocasiones, de los bistrots: “Ellos habían frecuentado muchas veces este género de restaurantes, muy numerosos en el pasado. Típicos de París, se encontraban casi en cada calle y se les llamaba los restaurantes de los conductores. En el fondo, allí se comía bien, porque los dueños venían todos de sus provincias, Bretones, Normandos, etc, y ellos habían conservado, no solamente las tradiciones de sus lugares, sino también contactos, y hacían venir de sus provincias jamones y charcutería, e incluso a veces el pan del campo”.

Robert Doisneau, Villy Ronis y tantos otros fotógrafos famosos se asomaban a sus mostradores, a la puerta de sus cocinas, a los vasos de vino, a los cristales bajo la lluvia, a las sillas alineadas, y se acercaban hasta aquellos hombres que comían su plato de sopa en el bistrot leyendo el periódico doblado hasta lograr inmortalizarlos.

 

 

(Imágenes- 1-John Talbotts/ 2-foto David Henry/ 3.cuadro de Jean Béraud. denominado “El bistró”- Wikipedia)

LAS MUJERES DE LOS COMISARIOS

 

maigret.-3ses.-Georges Simenon.-photo.ina.fr

 

Madame Maigret es la frescura, no es gruesa, es una pequeña bola, un tipo francés de mujer de lo más corriente – le explicaba Simenon a Roger Stéphane -. No bebe alcohol. Bebe vino. No creo que ella tome el aperitivo. Puede ser que se tome un vaso de burdeos en alguna ocasión, pero no se puede decir que ella beba”. “Estoy contento – añadía también Simenon en una carta a  Robert Courtine en 1971 – de que usted tenga el mismo gusto que yo en lo que concierne a la bullabesa y al pollo al vino que cocina madame Maigret“.

 

interiores.-5wsc.-Edward Hopper.-48 rue de Lille.-París

 

Las mujeres de los comisarios esperan pacientes a que sus maridos suban muy cansados la escalera. El comisario Brunetti – escribe Donna Leon – “abrió la puerta del palazzo veneciano en el que vivía, dándose ánimo, como hacía siempre que llegaba fatigado, para subir los noventa y cuatro escalones que lo separaban de su apartamento del cuarto piso” (…) Venía de contemplar un asesinato en La Fenice, “abrió la puerta, percibiendo con agrado el calor y la grata mezcla de olores que él asociaba con el apartamento; a lavanda, a cera, a aromas de la cocina; era un ambiente que, de un modo que no acertaba a explicar, sugería una cordura que neutralizaba la diaria dosis de locura que conllevaba su trabajo.

-¿Eres tú, Guido? – gritó Paola desde la sala. Le hubiera gustado saber a quién más podía esperar su mujer a las dos de la mañana, pero se reservó la pregunta.

-Sí – contestó quitándose lo zapatos y el abrigo, y empezando a reconocer en ese momento lo cansado que estaba.

-¿Quieres una tisana? – Ella salió al recibidor y le dio un beso en la mejilla.

Él asintió, sin tratar de ocultarle el cansancio. La siguió hasta la cocina y se sentó mientras su mujer ponía el agua a hervir. Paola sacó de un armario una bolsa de hierbas, la olió y preguntó:

-¿Verbena?

-Bueno – respondió él. Estaba tan cansado que le era indiferente.

Ella echó un puñado de hojas secas en la tetera de terracota que había sido de la abuela de su marido, se acercó a éste por detrás y le dio un beso en la coronilla, donde empezaba a clarearle el pelo.

-¿Qué sucede?

-En La Fenice han envenenado al director de orquesta”.

 

Donna Leon- hoyesarte com

 

Madame Maigret o Paola escuchan y reconfortan a sus maridos, a cada comisario. Los aromas de la casa siempre las envuelven.

En diciembre de 1974 Simenon evocaba: “Cuando se me ha preguntado hoy desde la radio suiza si mi ideal amoroso es madame Maigret, yo claramente he respondido que sí“.

 

calles-wmvc-Venecia- Marco Paoluzzo

 

(Imágenes.- 1.-Simenon- foto ina fr/ 2.- Edward Hopper- 48 rue de Lille/ 3.- Donna Leon- hoyesarte com/ 4.- Venecia-  Marco Paoluzzo)

DE RECUERDOS Y OLVIDOS

 

cine-ywmm-Marcello Mastroianni- foto Bert Stern para Vogue- mil novecientos sesenta y tres

 

“Me acuerdo de H.G. Wells, Simenon, Ray Bradbury. Me acuerdo que Fellini me llamaba Snaporaz. Me acuerdo de la primera vez que he visto las montañas, y la nieve, y la emoción que he sentido. Me acuerdo de las manos de mi tío Umberto, manos fuertes como tenazas, manos de escultor. Me acuerdo del silencio que envolvió al restaurante “Chez Maxim´s” cuando apareció Gary Cooper en esmoquin blanco. Me acuerdo de la nieve sobre la Plaza Roja, en Moscú. Me acuerdo que he visto mi primera película en Turín: “Ben Hur“, con Ramón Novarro. Tenía seis años. Me acuerdo de una noche de verano con olor a lluvia. Me acuerdo de la hermosa cabeza blanca del arquitecto Ridolfi, mi profesor de dibujo arquitectónico. Me acuerdo de un  sueño en el que alguno me dice que debo llevarme los recuerdos de la casa de mis padres. Me acuerdo de la sensación de silencio y de luz suspendida sobre la ciudad de Jerusalén como un vapor místico. Una vez, me acuerdo, he soñado con vivir en un dirigible. O quizá en una astronave. Me acuerdo de la música de “Stardust“. Era antes de la guerra. Bailaba con una muchacha que llevaba un vestido de flores. Me acuerdo de los primeros dibujos de mi hija Bárbara. Me acuerdo de la ligereza constante de Fred Astaire”.

 

sueños-bhu-Leon Spilliaert

 

Y así van y vienen los recuerdos en la cabeza de Marcello Mastroianni cuando ya tiene  72 años, su cabeza cubierta por un sombrero blanco flexible, el cuerpo embutido en una chaqueta blanca de verano, las piernas cruzadas, la mirada fija  en todo lo que ha vivido, en todo lo que ha bailado, reído, interpretado, gesticulado, a su lado tiene una mesita con una jarra y un vaso de agua, y alrededor está el campo de Portugal, la naturaleza y  el mundo.

Era entonces 1996  -pocos meses antes de la muerte del actor -, en las pausas de su trabajo para la película “Viaje al principio del mundo“, rodada por su última compañera, Anna Maria Tatò.  Entonces Mastroianni aceptó volver la mirada al pasado, giró los ojos hacia lo que uno cree que ya tiene olvidado, y así,  poco a poco, surgió su  film-confesión titulado “Mi ricordo, sì, io mi ricordo“.

 

sueños.-090nmb.-foyo por Julia Fullerton-Batten.-New York.-Randall Scott Gallery.-photografie.-artnet

 

Me acuerdo, sí, me acuerdo. ¿De qué nos acordamos nosotros? ¿Adónde se encaminan nuestros recuerdos cuando echan a andar? ¿Nos acordamos quizá de lo que creíamos huido – frases, gestos,  movimientos diminutos, tal vez una  luz precisa,  una hora exacta, la mirada última que nos conmovió,  un timbre de voz? Un investigador norteamericano, estudioso de los mecanismos moleculares de la memoria, el profesor Lynch, hacía notar: “Imagínese que tomo sus apuntes de segundo de carrera, le enseño algo que escribió hace tantos años y le pregunto: “¿se acuerda usted de esto?”, y usted dice: “sí, ya lo recuerdo; hace años que no me acordaba de esto”. Pues bien, desde el momento en que usted escribió eso, todas las proteínas de su cerebro han sido sustituidas muchas veces. El cerebro entero está siendo destruido y reconstruido constantemente, pero los recuerdos siguen ahí y ése es el mayor misterio de toda la biología y de toda la psicología”.

 

O sea que Hamlet podría ahora tomar  en la mano la calavera de los recuerdos y los olvidos, y  paseándose  por la escena de la vida, podría ir repitiendo. “¡Morir…, dormir! ¿Recordar? ¿Olvidar?… ¡Tal vez soñar!”, pero el secreto de los recuerdos no llegaría a  desentrañarlo nunca, continuarían envueltos en el misterio, ya que se sabe que siempre que recuperamos un recuerdo su contenido sufre algún cambio, por pequeño que sea; existen datos que prueban que cuantas más veces se describe verbalmente la cara de una persona, más se reduce su capacidad para reconocer posteriormente dicha cara en una fotografía.

 

dormir-bbgguu-sueños- Wladyslaw Slewinski

 

Cuando a  Mastroianni le obligan a elegir el recuerdo más profundo de su vida, responde:  “Se me pregunta cuáles son los recuerdos que me llegan con más intensidad, aquellos que yo veo más nítidamente. ¿El cine? ¿El éxito? No, nada de todo eso. Los recuerdos más profundos son aquellos que están unidos a mi infancia, a mi adolescencia; a mi madre, a mi padre . Ciertamente tengo muchos recuerdos; pero aquellos de entonces son aún mucho más fuertes, muy  potentes. Todo lo que ha venido después -el éxito, el dinero, la fama – no ha dejado una huella tan verdadera ni tan profunda  como el recuerdo de mi madre, sus jornadas que no acababan nunca, ella, que era  la primera en levantarse y la última en irse a dormir”.

 

casa.-99h.-sueños.-fantasía.-René Magritte.-1947

 

Un escritor francés de finales del XVlll y principios del XlX, , amigo de ChateaubriandJoseph Joubert -, evocaba siempre: “Están los que recuerdan su infancia y los que recuerdan el colegio”. Y es verdad. La infancia emerge en el fondo de todas las memorias y de ella se nutren muchas obras de arte. La infancia con todas sus peripecias, descubrimientos y curiosidades. Mastroianni no ha sido el único que públicamente ha querido recordar. Aparte del belga  Simenon con su “Je me souviens” (1945),  otro escritor francés, fallecido en 1982,  Georges Perec, autor de libros insólitos, originales y vanguardistas ( por ejemplo, “La vida: instrucciones de uso” (1978) que conquistó el Premio Medicis),  decidió que sus recuerdos desfilaran en su libro también titulado  “Me acuerdo” (1978). De su cantera autobiográfica fueron saliendo 480 pequeñas y grandes piedras que marcaron el camino de su época, ese recorrido de años que a cada uno nos toca vivir. “Estos recuerdos – nos dice – no son exactamente recuerdos, y sobre todo, no son recuerdos personales, sino diminutas porciones de lo cotidiano, cosas de tal o cual año, gentes de la misma edad que las han visto, las han vivido y han participado en ellas, y que, por otra parte, desaparecieron enseguida, fueron olvidadas; no valen la pena de ser memorizadas, no merecen ser parte de la Historia…”, y sin embargo Perec las fue recogiendo y con ellas construyó un amplio mosaico de alusiones a modas, vivencias y  costumbres  que a muchos acompañaron durante largo tiempo y que luego serían reemplazadas por otras vivencias,  costumbres  y  modas.

 

escritores.-r33e.-Georges Perec

 

“Es tal vez aquella cosa que se aprendió en el colegio – explicaba Georges Perec sobre estos recuerdos  -, un campeón, un cantante o una estrella, un aire que estaba en todos nuestros labios, una catástrofe que aparecía en portada de todos los diarios, un best-seller, un escándalo, un eslogan, un hábito, una expresión, un vestido o una manera de llevarlo, un gesto o cualquier cosa minúscula, nada esencial, algo absolutamente banal, milagrosamente arrancado a su insignificancia, reencontrado por un instante, suscitado durante algunos segundos por una impalpable y pequeña nostalgia”.

Así va recogiendo todo eso: “Me acuerdo -dice por ejemplo –  del “Adagio de Albinoni”,Me acuerdo del día en que  Japón capitula”, “me acuerdo de que yo empecé una colección de cajas de cerillas y de paquetes de cigarrillos”, “me acuerdo de las carreras de grandes motos en el Parque de los Príncipes”, “me acuerdo de que los cuatro cuartos debían su nombre al hecho de que estaban compuestos de un  cuarto de leche, un cuarto de azúcar, un cuarto de harina y un cuarto de mantequilla”, “me acuerdo de que había pequeños autobuses azules de tarifa única”, ” me acuerdo de los vagones de tercera clase en los ferrocarriles”, “me acuerdo de que Jean Gabin, antes de la guerra, por contrato, debía morir al final de cada película”, “me acuerdo que no me gustaba la “chucrut”, “me acuerdo de la muerte de Martine Carol, cuando alguien profanó su tumba con la esperanza de encontrar alhajas”, ” me acuerdo de lo mal que lo pasé para comprender qué quería decir la expresión ” sin solución de continuidad”.

 

escritores.-44ffg.-Georges Perec

 

Georges Perec camina así por sus evocaciones y  las va alineando conforme salen de su memoria de tal forma que sobre los años vividos va dejando piedrecitas para que otros, o él mismo, puedan reconocerlos si alguna  vez  quieren volver. “No sé en qué punto – escribió en  otra de sus obras, “W o el recuerdo de la infancia” (1987) – se rompieron los hilos que me ligan a mi infancia. Como todas las personas, o casi todas, tuve un padre y una madre, un orinal, una cuna, un sonajero y más tarde una bicicleta, que al parecer nunca cabalgaba sin lanzar gritos de terror ante la sola idea de que le levantaran o incluso le quitaran las dos ruedecillas laterales que garantizaban mi estabilidad. Como todas las personas, lo he olvidado todo sobre los primeros años de mi existencia”.

 

jardines-nbbu- matrnidad- infancia- Luigi Rossi- mil novecientos veintidos

 

(Imágenes.- 1.-Mastroiani- foto Bert- Stern- Vogue- 1963/ 2.-León Spilliaert/ 3.- Julia Fullerton Batte– Randhom Scoot- gallery/ 4.-Wladyslaw Slewinski/ 5.- René Magritte- 1947/ 6 y 7.- Georges Perec/ 8.- Luigi Rossi- 1922)

 

SIMENON Y “PEDIGREE”

 

Simenon-uiin-chateau terreneuve com

“Yo quisiera continuar “Pedigree” durante largo tiempo – le escribe Simenon a Gide en 1941 – e incorporar allí a cien o doscientos personajes que conozco, hacer una especie de canción de gesta, con sus alegrías, esperanzas, pequeñeces y grandezas profundas… Las palabras me superan. Entonces la historia me parece infantil, casi todos los trucos del oficio son indignos. ¿Diez, quince volúmenes? No lo he pensado. Una familia, calles, un barrio, casi una ciudad, no sé cuándo terminará… Yo miro siempre a mi hijo. Él puede ser el que me ha inspirado “Pedigree”.

 

Simenon- vree- mil novecientos sesenta y siete- Paris Match- trussel com

 

Ahora una nueva edición de “Pedigree” aparece en los escaparates y retornan la visiones y opiniones que sobre Simenon tuvieron algunos de sus contemporáneos. Jean Renoir  observaba al escritor belga y decía de él: “Me gusta Simenon porque es rico. Sus tesoros son incalculables. Acaso también sea rico en dinero. Pero en este aspecto su riqueza es más modesta. Conozco parecidos millonarios. Son pobres. Me dan pena. Querría darles una rebanada de pan negro. Sería un verdadero lujo para esos millonarios. Los pobres millonarios llorarían. Simenon no lloraría.  Sobre todo porque sería él y no yo quien contara la historia

 

Simenon-tccd-mi novecientos cincuenta y seis- galerie parismacht com

 

(…) Como confesor Simenon ha elegido al público. En este confesor se tiene una enorme confianza. Recíproca (…) En cada confesión, Simenon entrega al público una parte de sí mismo. Y de este modo, él es rico. Simenon llega a modelar la propia vida privada sobre la de sus futuros héroes (…) Simenon es lo contrario de un astuto. No sabe disimular. Posee la preciosa inocencia de los creadores. Los demás siguen modelos deteriorados. Los personajes de Simenon en cambio son nuevos e inocentes como recién nacidos, porque son sus hijos. Gracias a ellos, el padre puede concederse el lujo de ser uno de los últimos clásicos. No es él el que se confiesa sino los personajes a los cuales él ha dado la vida, personajes que, quizá sin saberlo, reaccionan con sus vicios, sus nervios, su espíritu y su corazón. Y estos personajes pueblan el mundo”.

 

Simenon-byr-quartelyconversation com

 

(Imágenes.- 1-Simenon- Chateau- terreneuve com/ 2.- Simenon- París Match- 1967- trussel com/ 3.-Simenon- galerie Paris Match- 1956/ 4.-Simenon- quaterlysconversation com)

SIMENON Y “EL ESTADO DE GRACIA”

maigret.-8junm.-Simenon en su domicilio de Lausanne.-photo. ina.fr

 

“Esto no ha cambiado – confesaba Simenon en una carta en 1939 – ¿Cómo describir sinceramente la gestación de una novela? (…) De entrada me interesa neutralizar todo lo que hay en mí, todas mis preocupaciones, para encontrar pronto, entre todos los recuerdos, el personaje que me va a interesar. Esto dura algunas veces una hora, algunas veces dos días, según las circunstancias del momento, el clima, etc. Más rápido en invierno que en verano, no sé porqué. La novela entonces puede comenzar, ya que suelo iniciarla con un mínimo de acción. Pero la dificultad viene en el número de días que durará la acción. Nada de vida interior ni exterior. Nada de vida psíquica. Y de la mañana a la noche la obsesión, con raros oasis que son partidas de cartas que neutralizan. Una especie de embrutecimiento voluntario, integral. Y una palabra más: “el estado de gracia“. Y permanecer allí cueste lo que cueste. Si yo lo he iniciado todo con un aire de Bach, hace falta que eso lo escuche cada día a la misma hora. Nada debe cambiar en el orden de las jornadas. El menor imprevisto corre el riesgo de echarlo todo por tierra. Nada de correo, nada de teléfono.”

 

maigret.-3ses.-Georges Simenon.-photo.ina.fr

 

Hasta llegar a ese “estado de gracia”  – dirá nuevamente seis años después en “El novelista” -,” ningún plan. Algunos nombres los voy introduciendo tras escribirlos en un trozo de papel, pues yo no tengo memoria para los nombres. Su edad, su número de teléfono, su lugar. Son personajes reales y hay que adaptarlos enteramente a la realidad. Después, en la pared, el plano de la pequeña ciudad. Un horario de trenes, pues se toma el tren en las novelas como en la vida real y hace falta tomar verdaderos trenes.” Trece años más tarde, en una entrevista en “Medicina e higiene”, Simenon añadirá: ” Conozco ya al personaje. Establezco su árbol genealógico. Conozco la personalidad de su abuela, de su abuelo, de sus padres. Tengo su estado civil completo. Conozco sus enfermedades, aquellas que ha tenido la familia, aquellas que se quieren ocultar. Estos son los días que menos me gustan en la preparación de mi novela. Cuando mis personajes están maduros pero aún no tienen número de teléfono ni dirección, tomo entonces los anuarios telefónicos para buscar los nombres. Dibujo también el apartamento o la casa, muy esquemáticamente, pues debo saber si las puertas se abren a la derecha o a la izquierda, si el sol entra por tal o por cual ventana. Todo eso es necesario: hace falta que yo pueda desenvolverme en esa casa como si fuera la mía. Este es el plan. No hay otro.”

 

escritores.-7huu.-Simenon

 

En septiembre de 1973 Simenon completaba estas confesiones: “Cuando yo me pongo a escribir, estos personajes, inconsistentes la víspera, reducidos a un nombre, a una dirección, a una profesión, toman rápidamente vida y entonces mi propia vida desaparece (…) Creo que para mí es suficiente una cierta luz, un cierto género de lluvia, un olor a lilas. Eso despierta en mí una imagen, que yo no he elegido y que a veces no tiene relación alguna con la sensación inicial (…)  En el fondo es una sensación fugitiva, un olor, incluso un ruido (…) No soy yo el que dirige la acción; son mis personajes. Esto parece fácil. Pero lo mas difícil es entrar en eso que se llama “el estado de gracia“, es decir, un vaciarme por competo de mí mismo, ya que es necesario hacer sitio a otro. En resumen,  durante toda la novela, ser otro, permanecer otro, sin dejarse distraer ni por mí mismo ni por nadie.”

 

Maigret.-u7uj.-Simenon durante la entrevista televisiva sobre su novela El gato.-photo. ina.fr

 

Pero para llegar a ese “estado de gracia Simenon cuidará hasta el detalle una precisa carpintería gracias a la cual levantará una consistente  realidad. Pregunta, indaga.  En 1962 le presentó un cuestionario al profesor Pluvinage, médico  de los hospitales de París, porque necesitaba datos para hacer verídica una novela. Le preguntó: “ ¿el despertar en las salas de los hospitales se hace con una campanilla, un timbre, etc, o simplemente por la aparición de las enfermeras? ¿ Existe una capilla cercana, y si existe, a qué hora escuchan los enfermos las campanas a primera hora de la mañana? ¿ El capellán hace su recorrido cada día o cada semana? ¿Ciertos enfermos van a misa los domingos? ¿a qué hora? ¿ Los enfermos llevan también uniforme? Si eso es así, ¿ es el mismo uniforme o  es uno diferente? ¿ Las comidas son presentadas en una especie de carretillas o simplemente en cacerolas? Tengo necesidad también de conocer el ritmo de los ruidos que escucha un enfermo cuando está acostado y que para él tienen tanta importancia.”

Una vez completados todos los detalles el novelista podrá vaciarse de sí mismo y entrar a escribir en ese ‘estado de gracia.

(Imágenes. – 1 .-Simenon en su domicilio de Lausanne-foto ina/ 2,3 y 4- fotos ina)

¿QUÉ ES UN EDITOR? ( y 2)

lectura-bbhhew-Sara Hayden- mil ochocientos noventa y nueve

 

Por su interés, copio aquí parte de la conferencia pronunciada el pasado 1 de de julio en la Universidad Pompeu Fabra por Jaume  Vallcorba, gran editor, creador de Acantilado, fallecido hace pocos días, y a quien me referí brevemente aquí el 24 de agosto:

 

“Si he aceptado el peligroso honor de darles esta conferencia (porque, en el fondo, es esto, y no una clase), se debe a que, (además de pasar un rato agradable con ustedes), después de más de treinta años de experiencia y con algún centenar de títulos en mi haber como editor, no sólo siento un intenso amor por los libros, sino que aún hoy me siguen estimulando. Este amor a los libros me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, desde que leía en la cama, a escondidas de mi madre y en época muy temprana, La Isla del Tesoro, El Mercader de Venecia, o Cuore, de Edmundo de Amicis. Y, aunque nunca creí estrictamente en la verdad literal de las historias que allí se contaban, azucé momentos de angustia escuchando sin aliento cómo la pata de palo del Capitán John Silver golpeaba el parquet de mi casa en el silencio de la noche. Y me emocionaba con la valentía y el coraje de Marco en su viaje en solitario a Sudamérica. Y descubría que los puros de alga del Capitán Nemo tenían tanta nicotina como los de la Habana. De hecho, me acuerdo aún de ellos cuando enciendo uno de mis puros a día de hoy, preguntándome cómo serían aquéllos. He aprendido mucho de los libros, ciertamente, pero, no los estimo por lo que he aprendido, que es muchísimo, sino por encima de todo por cómo me han acompañado a lo largo de los años, configurándome y, quisiera pensar, que afinándome. La biblioteca en la que ahora mismo escribo el texto que les estoy leyendo contiene algunos libros que ya estaban allí cuando tenía once años, en ediciones algo manoseadas, y otros que llenaron tardes de verano de hace treinta años. Se ven enriquecidos por algunas manchas de café, de vino, o de ceniza de tabaco. Me gustan estas manchas, como me gusta encontrar una carta de un amigo de hace tiempo o un recuerdo feliz. También contienen algunas notas a lápiz, siempre a lápiz, en las que manifiesto estupor, o entusiasmo, rechazo o aplauso o fervor por lo que acabo de leer. Me reencuentro y dialogo conmigo cuando tenía muchos menos años, con resultado irregular. A fuerza de recorrerlos, algunos de los poemas que contienen han quedado grabados en mi memoria sin haberlo pretendido, y aparecen de manera gozosa cuando menos se les espera. Se han adherido a mí como se adhiere el sol a la piel, cambiando su tonalidad. La diferencia con el tinte de la piel es que esta tonalidad no desaparece con los fríos del invierno. Al contrario: los atempera y los conjura. Como la música, son capaces de envolver un estado de confort que sería difícil conseguir sin su concurso.

 

lectura.-7889n.-verano.-Richard Diebenkorn.-1922-1993

 

Editar (y empecé muy joven, en el colegio, con una revista en ciclostil, y años después continué en una colección con vagos tintes de vanguardia que organicé a los veinte años y de la que es mejor no acordarse), ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. Estoy convencido de que un libro es capaz de modificar a su lector por el simple hecho de haberlo leído; que puede cambiar, en el lector, algo importante, de manera que se podría decir que no es la misma persona antes que después de haberlo leído. Porque leer es dialogar, es “escuchar con los ojos a los muertos y tener conversación con los difuntos”, como decía Quevedo siguiendo un viejo y noble lugar común. Con pocos libros se puede tener al alcance el pensamiento humano, y del diálogo con él deriva, es sabido, cualquier conocimiento y cualquier construcción de una personalidad, ya sea individual o social. Por esto creo que editar es un trabajo que conlleva una cierta responsabilidad.

 

lectura-vvgyu- Juliano Lopes

 

Entiendo la edición como un oficio en el que confluyen el trabajo intelectual y artesanal, en la fabricación del libro, así como un cierto tino empresarial en su publicitación, distribución y venta. Los dos aspectos, lo he dicho ya muchas veces, me parecen sustantivos e igual de importantes en este oficio. Un libro sin ningún atractivo, aún con muchas ventas, se verá fuera del ámbito personal de interés y actuación de un editor tal como yo lo concibo, y lo mismo le sucederá a un libro sustantivo sin visibilidad, puesto que sin visibilidad no hay existencia. Calidad y visibilidad son fundamentales en la edición.Edere significa “sacar hacia fuera”, “dar luz”, y éste, de dare, de “dar”.

 

lectura- vvffy- William George Richardson Hind

 

Y con esto entramos en un punto fundamental del oficio. Hacer visible un libro no significa solamente imprimirlo, convertirlo en un número indeterminado de pliegos y darlo al comercio en la esperanza, incluso perfectamente legítima, de obtener algún rendimiento. El mejor de los libros puede hacerse invisible a sus hipotéticos lectores sin el trabajo fundamental que sobre él debe ejercer su editor. Cada día aparece un número indeterminado de libros nuevos, algunos de ellos verdaderamente valiosos, que son destruidos al cabo de un tiempo por una guillotina implacable. Y muchos otros que aparecen colgados en Internet, como ahorcados mecidos por el viento, sin que nadie les preste gran atención. Lo infinito de Internet, como cualquier otro infinito material sin límites, se asemeja peligrosamente al desierto. A un desierto estéril. Es tarea del editor rescatarlo y darle un marco.

 

lectura-gygg--Pierre Auguste Cot- mil ochocientos setenta

 

El marco es una parte sustancial del paisaje. Tan sustancial que se diría que sin él no hay paisaje. El marco da forma a lo que, antes de verse arropado por él, era algo inasible por inmenso. El marco dirige nuestra mirada hacia su interior: subraya, acentúa, estructura. Elimina todo lo superfluo y profundiza en lo esencial, dándole relieve y contorno.

 

lectura-djs-Albert Chevalier Tayler

 

Un marco, a pesar de lo que pueda parecer a simple vista, es dinámico. Enfoca y da profundidad de campo. Y, en un catálogo, establece un diálogo fecundo entre todos aquellos libros que lo conforman. Porque los libros dialogan entre sí. El aristócrata Von Moltke, esperando en su celda de la cárcel de Tegel su ejecución en enero de 1945 (una ejecución que sabía de antemano dolorosísima), escribía a su mujer, y, al hacerlo, establecía también un diálogo con el canciller Tomás Moro, que cuatrocientos diez años antes, en 1535, esperaba en la torre de Londres su decapitación cuando escribía, con una inmensa ternura y lucidez, a su hija Margaret, con quien mantuvo un interesantísimo diálogo en que la fortaleza vence a la tribulación. Ni Moltke ni Tomás habían cedido al poder despótico, incluso en la conciencia distinta de que esta intransigencia les iba a costar la vida. Quién sabe si los dos no fueron confortados, en tan duro trance, por Chesterton.

 

libros.-4rttb.-lectura.-Jean Baptiste ll Charpentier

 

Dar marco, dar forma, es relacionar y propiciar el diálogo. La forma externa del libro es ciertamente muy importante: desde ella nos reconoceremos a primer golpe de vista. Hablaremos también de ella un poco más adelante. Pero imagino que, en su base, lo más importante será el grado de sintonía, la amistad que pueden establecer los libros entre ellos, fruto de esa simpatía espiritual que habrá sabido poner de relieve su editor. Y todo ello es importantísimo para el libro. Que me sea permitido poner un ejemplo elemental: Georges Simenon fue para muchos despistados un autor de quiosco y de best seller, hasta que Gallimard lo incluyó en La Pléiade. Con ello, lo ponía a la altura de Proust, Racine y Chrétien de Troyes. Me aceptarán que, como lectores, todos nosotros adoptamos una actitud vital distinta según nos dispongamos a leer un libro de entretenimiento o un clásico. Y es así como, desde La Pléiade (como hoy desde la Penguin Classics o la New York Review of Classics), Simenon ha ido adquiriendo la calidad de enorme escritor que ya casi todo el mundo no indocumentado le reconoce. Empecé a publicar a Stefan Zweig en una aventura editorial que duró relativamente poco, Sirmio se llamaba. Pero Zweig no tomó el vuelo que hoy tiene hasta que no se percibió el testimonio fundamental del siglo XX que nos ofrece en El Mundo de Ayer. Sin embargo, para este fin, el lector tenía que encontrarlo en una compañía que lo hiciera evidente. Al lado de la ficción de quiosco, Balzac puede ser leído como un tebeo. Con los libros pasa como con las personas. Y no es lo mismo encontrar a Zweig por la calle en compañía de cualquiera que en la de Joseph Roth, que fue un amigo cercano en vida, o en la de Chateaubriand, con quien dialoga desde la distancia en el mundo del espíritu. Porque, no lo duden, Joseph Roth charla a menudo con Zweig, y también con Chateaubriand y con Aleksander Wat. Y Leopardi lo hace con Lucrecio, que a su vez lo hace con Montaigne. Y lo hacen porque son amigos. No se trata únicamente de que sean clásicos, sino que pertenecen a aquel grupo humano que ha recibido distintos nombres, el más claro de los cuales quizás sea el de la República de las Letras. Ser un “clásico” no basta. Había hace años una colección de clásicos que se llamaba “Clásicos olvidados”, y que con mi profesor y amigo Martín de Riquer , llamábamos, divertidos, “clásicos justamente olvidados”. La condición de clásico no redime a un libro, ni siquiera aunque sea un clásico de verdad. Para que un clásico, que finalmente es una forma del espíritu de un hombre, tome presencia activa, necesita de sus amigos, y sentirse a sus anchas en una conversación civilizada: de ella se nutre y en ella se vivifica. La conversación, conversatio, nos lo recordaba el gran Leo Spitzer, escommunio, comunión. Es esa conversación la que ayuda a construir un marco y la que da forma a cualquier catálogo editorial.

 

lectura.-yunn.-libros.-Félix Vallotton.- 1921

 

Una manera de subrayar esta comunión, sin duda, reside en el aspecto que adquiere el objeto en el que el libro toma cuerpo. Es quizás por esto que soy tan poco amigo de las pantallas electrónicas. Y no solamente porque no permiten la mancha de vino o café que recordaba al inicio de esta charla. La forma que toman los libros de una editorial me parece fundamental en su proyecto. Hacer cada libro distinto de los demás, darle un protagonismo material, es tender a lo excéntrico y a lo raro. Es privarlo de estar en una sala en conversación con sus potenciales amigos. De aquel diálogo fructífero, adelante y atrás en el tiempo y viajero en la geografía que configura el mundo del espíritu y que huye de la engolación, la pedantería y la pesadez, que es alado y libre. Si un catálogo puede ofrecerlo, creo que ya ha conseguido lo más importante.

Pero, como decía, este espacio debe hacerse claro para el lector. Y la mejor y más rápida manera de conseguirlo es, como digo, la presentación material y una cierta música de fondo que a todos los distingue. Es un tono general, algo difícil de definir pero perfectamente perceptible para el lector avisado, es la inconfundible presencia de una alma. Será tarea del editor encontrar los libros que simpaticen (uso el término en su acepción antigua), libros que puedan conversar entre ellos sin disonancias y que son los que acabarán configurando su catálogo. Trabajar con sus autores en conseguir el máximo de sus posibilidades será otra de las grandes tareas del editor. Hacer sugerencias al autor, ayudarle a mejorar su texto (aquí el editor se desdobla en lector competente), será otro de los modos de cerrar este espacio del que les hablaba. Mejorar, créanme, no significa adaptar el texto a los gustos imperantes, en aras de una mayor popularidad o una mayor venta, sino ayudar a limar las asperezas que lo afean o lo desfiguran. Hacerlo ser más él de lo que era antes de nuestra lectura. Si este trabajo es serio, difícilmente encontraremos oposición por parte del autor. Recuerdo con especial afecto las tardes que pasé con Josep Vicenç Foix mostrándole cómo alguno de sus versos debía ser modificado. Les pongo un ejemplo: en su libro Les irreals omegues, compuesto todo él en alejandrinos y endecasílabos, se le había colado incomprensiblemente un octosílabo “no ens deixa veure la llum“. De pie, sin solución de continuidad, Foix dio con la solución: el heptasílabo “ens amaga la llum“. El sentido es exactamente el mismo, pero la homogeneidad métrica redondeaba, por decirlo así, el conjunto. Mejorar es ayudar a que el texto se “redondee” de acuerdo con la voluntad de su autor. Algo así debe hacerse también con las traducciones, aunque en este caso el papel del editor pueda ser mucho mayor: una traducción debe poder leerse como si no lo fuera, como si hubiera sido escrita en la lengua que estamos leyendo. Dicho de otro modo, como si fuera transparente. Lo mismo que el diseño tipográfico. El trabajo del editor debe ser invisible. Me habrán oído decir que creo que un libro debe ser como una pantalla cinematográfica, el la que la acción se desarrolle sin que ésta sea percibida: una errata, una mala traducción, una mala edición, una mala tipografía son manchas en esa pantalla.

 

lectura.-5ftt.-Henri Manguin.-1912

 

 

Tan sólo en un punto el libro debe hacerse visible: en la librería, en competición abierta con el resto de novedades. Hoy los libros, casi todos, llevan una ilustración en la cubierta. En otros tiempos era muy fácil adivinar por el color de la cartulina, la tipografía y su distribución en la cubierta, que se trataba de un libro de Gallimard. Lo mismo pasó más adelante con los de Einaudi. Algo que también se hacía visible por su composición tipográfica, el uso de los blancos y de los títulos y el resto de elementos de la maqueta. La presentación es una forma de invitación, el color de una sugerencia. Un exceso de presencia entiendo que desvirtúa su papel. Creo que un libro, más que llamar la atención por su estridencia, lo debe hacer por su silencio.

lectura.-99bb.-Harold Caballero.1874-1961

 

 

Un editor, en efecto, enmarca, da profundidad, subraya y después calla, escondido tras las páginas. Se convierte en alguien transparente, que desaparece tras el libro que ha ofrecido a su lector. Él y su libro acaban formando una unidad, tal y como lo hacen, por retomar el ejemplo de hace un momento, la pantalla de un cine y la película que en ella se proyecta. Una mancha en la pantalla, un roto, perturban constantemente nuestra visión. Una errata, una mala traducción, son sin duda manchas en esta pantalla, que entorpecen y molestan. Pero también lo son un exceso de ornamentación tipográfica, o una ornamentación barroca. ¡Cuántas veces no nos hemos enfadado con una tipografía ilustrada que nos distraía de la nitidez del verso de Racine! ¡Cuántas veces no eliminaríamos aquellas ligaduras caprichosas entre la ese y la te, en las novelas de Balzac! El editor, en efecto, debe saber callar y no hacerse demasiado visible. A menudo debe hacer lo que en el teatro se llamaba el mutis por el foro. La humildad es fundamental.

 

lectura.- r43ffg.- Jean Brusselmans.- belga.- retrato de Armand Frisch.- 1921

 

Llegados a este punto, habrán advertido que les he venido a hablar de un tipo de libro. De un tipo específico de libro. Lo apuntaba hace un momento, de aquel tipo de los que me han acompañado a lo largo de toda la vida.

Son aquellos libros que hacen nuestro mundo poéticamente habitable (y entiendo por poesía lo que nos acerca a lo nuclear y primigenio, y a algunos auténticos movimientos de la psique que no han podido ser jamás descritos complexivamente en los manuales de psicología), que nos lo describen y nos lo explican, el mundo, digo, colocándonos en el lugar próximo y feliz. Pienso en el libro, en gran medida, que abraza, sin abarcarlo del todo, el mundo entero. Quizás me acuerde en este momento de Dante, quien, después de su fatigoso periplo por el mundo de ultratumba, tras haber sufrido un sinfín de penalidades y haber pasado por terribles peligros, entreve a Dios al final de su periplo y su poema, ya situado en el Paraíso. Dice que ve “encuadernado con amor en un volumen, aquello que en el universo está desencuadernado”, es decir, que ve en forma de libro lo que en el universo son solamente pliegos sueltos. Algo así, por cierto, hace el editor. Me gustaría pensar que lo hace también con amor.”

 

libros.-5ffb.-flores.-Oskar Moll.-1902

 

(Imágenes.-1.-Sara Hayden- 1899/ 2.- Richard Diebenkorn/ 3- Juliano Lopes/ 4.-William George Richarson/ 5.-Pierre Auguste Cot- 1870/ 6.- Albert Chevalier Tayler/ 7 – Jean Baptiste Charpentier/ 8.– Felix Vallotton- 1921/ 9.-Henri Manguin- 1812/ 10.-Harold Caballero/ 11.-Jean Brusselmans.-1921.- retrato de   Armand Frisch/ 12 Oskar Moll.-1902)