ESPECIES DE ESPACIOS

Escribir: ensayar meticulosamente el retener cualquier cosa, hacer que sobreviva cualquier cosa: arrancar algunas migajas precisas al vacío que se ahueca, dejar, en alguna parte, un surco, un trazo, una marca o algunos signos.
Esto me dice junto a mí Georges Perec antes de emprender el viaje desde este cuaderno en que escribimos. Estamos en el espacio de la página, una página tamaño folio que vamos cubriendo con el tiempo de las letras, vamos uniendo palabras, las palabras nos abren paso al espacio del apartamento – espacios útiles e inútiles, puertas, muros, escaleras -. Las escaleras nos permiten caminar por el piso, nos bajan hasta el espacio de la calle, aquí están los lugares alineados que nos muestran el espacio del barrio, el barrio se expande a la ciudad, el espacio de la ciudad y sus límites de campo, el gran espacio del campo extendido sobre el país, la forma, las fronteras, el espacio del país, el espacio del continente, el mundo, ahora andamos sobre el mundo, miramos hacia ariba y en derredor y vemos el espacio desnudo, el gran espacio sin nombre, no se le puede tocar como no se puede tocar el tiempo, espacio sin medida, líneas verticales y horizontales, formas redondas, jugamos con el espacio mientras andamos por él, intentamos evadirnos, queremos conquistar el espacio y nos preguntamos si todo él es habitable, miramos al fondo del espacio y volvemos a ver el mundo, el continente, el país, el espacio del país, el espacio del campo, el espacio de la ciudad y del barrio, el espacio de la calle y del piso, el espacio del apartamento y por fin el espacio de estas palabras escritas sobre este cuaderno, este cuaderno que estamos escribiendo Georges Perec y yo cubriendo con el tiempo de las letras los espacios en blanco.

LA ESCRITURA NOCTURNA

– En la escritura diurna – dice Magris -, un escritor, también cuando inventa, expresa un mundo en el que se reconoce; habla de sus propios valores, su modo de ser, su sentido y su concepción de la vida.
-Pero en la escritura nocturna – le contesta andando junto a él el doble de Magris – el escritor ajusta cuentas con algo que surge de improviso dentro de él y que, quizá, no sabía que tenía: sentimientos, impulsos inquietantes y también horribles que nos asombran, nos horrorizan, nos sitúan ante un rostro que no creíamos tener, nos dicen lo que podríamos ser, lo que tenemos o esperamos ser, que quizá por una simple casualidad no hemos sido.
-La escritura diurna, sin embargo …-intenta interrumpirle Claudio Magris caminando por las calles desiertas…
Pero ya su doble enseguida le corrige:
– Mire usted, cuando un escritor encuentra a este sosias suyo, a lo mejor preferiría que dijera cosas diferentes de las que está diciendo pero, si es honesto, tiene que dejarle hablar e incluso, permitir que diga verdades desagradables; en resumen, tiene que dejar la pluma a la escritura nocturna.
Y así van, escritura diurna y nocturna de la mano, el día y la noche de los escritores, parte de luz y parte de sombra, la lucidez y la irrealidad sobre el asfalto, la conciencia y el subconsciente que nunca se separan, que nunca se despiden, que van juntos dentro de Claudio Magris como van dentro de nosotros mismos.

ESCRITO A LÁPIZ

“Por lo general, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves”, decía Robert Walser. Y así le vemos venir, caminando minucioso por sus Microgramas, el tercero de los cuales – abarcando desde 1925 a 1932 – acaba de publicarse este año. (Siruela). De Walser ya hablé en este blog el 20 de noviembre e intenté acompañarle en sus paseos desde mi siglo, pero hoy quisiera seguirle tan sólo con el lápiz, mi lápiz detrás del suyo, aunque la punta de mi escritura sea tecla en pantalla y las tiras de papel se hagan luminosas y su instantaneidad atraviese el mundo.
“Puedo asegurarle – le contaba Walser a Max Rychner -que usando la pluma asistí al auténtico colapso de mi mano, a una suerte de crispación de cuyas garras me fui liberando a duras penas y con lentitud. Pasé, pues, por un periodo de decaimiento que, por así decir, se reflejaba en la escritura a mano, en la disolución de la misma, y fue copiando lo que había escrito a lápiz cuando, como un niño, aprendí de nuevo a escribir”.
¿Qué tiene el lápiz? Quizá el engaño del borrador, la trampa de la provisionalidad, esa curiosa mentira que nos ayuda a creer que aquello que estamos haciendo es simplemente un esbozo, el inicio de un mero apunte fugaz, pero la mina y la flecha del lápiz van dejando poco a poco sobre la página, sin nosotros quererlo, algo acaso imperecedero, un poso de creación que permanecerá tal vez porque hemos trazado aquello con soltura, liberados de cualquier opresión. Estos ensayos de “lapicería“, como Walser los llamaba, este “sistema del lápiz“, el singular método que aplicaba, le llevaba a decir: “me parecía, entre otras cosas, que con el lápiz podía trabajar de una manera más soñadora, más sosegada, más placentera, más profunda; creí que esta forma de trabajar crecía hasta convertirse para mí en una dicha singular”.
Después se iba, paseante solitario, camino adelante con sus pensamientos. O se enfundaba una bata de prosas breves antes de ponerse a escribir aquellos microgramas en los que reducía el tamaño de las letras hasta hacerlas minúsculas.