EL SOL DE LA TARDE SE ESTABA HUNDIENDO

 

 

“El sol de la tarde se estaba hundiendo

en verdes colinas bajas y árboles apiñados,

era una escena tan hermosa y solitaria

como siempre que soplaba la relajante brisa

que dobla la hierba cuando el día se ha ido

y da a la ola un azul más brillante

y hace que las suaves nubes blancas naveguen

como espíritus de etéreo rocío

que han rondado toda la mañana

las flores de azur donde fueron criados

y vuelven ahora al cielo otra vez

donde sus radiantes fulgores brillaban al principio.”

Emily Brontë – “Poesía completa” – (traducción de Xandru Fernández)

 

 

(Imágenes -1-Rick Stevens /2-Emily Bronté pintado por su hermano- Wikipedia)

ANIMALES CÉLEBRES

En alguna ocación he hablado en Mi Siglo de animales más o menos famosos. Perros de Virginia Woolf, de Edith Wharton, de Emily Brontë, de Mujica Láinez, de Emily Dickinson y hasta de las “Investigaciones de un perro“, de Kafka. Pero hay otros animales célebres – unos existieron realmente y otros cruzaron campos de leyendas y de fábulas, asomaron su perfil por esquinas de iconografías, fueron recogidos por creencias y literaturas – y casi todos ellos, sin embargo, se doctoraron al fin en universidades; despedazados por herramientas de discusiones, quedaron extendidos en mesas de debates y sirvieron como pieza de disección, motivo de análisis y sujeto de tesis importantes.

El profesor Michel Pastoureau, encargado de la cátedra de Historia del Simbolismo en Occidente, cuenta – “Les animaux célèbres” (Arléa) – cómo el oso, el cerdo, el zorro, el gallo y el asno han sido, entre otros, objeto de sus seminarios en la Escuela de Altos estudios en Ciencias Sociales. Durante veinte años han subido y bajado estos animales por las escaleras universitarias, seguramente no han frecuentado el bar ni las tertulias, pero sí permanecían escondidos, apresados entre los pliegues de los apuntes y las carpetas, las orejas afiladas, los ojos vivos, nerviosos también – como los alumnos – ante las pruebas que les iban a examinar.

Por esas aulas caminaba  el cerdo regicida de 1131, los perros de Carlos lX o la jirafa de Carlos X . La realidad subía los peldaños y la imaginación los bajaba. Por eso se cruzaban en estos pasillos universitarios animales bíblicos y mitológicos, los nacidos de textos literarios y de láminas de imágenes, y al saludarlos los zoólogos, arquéologos, sociólogos , historiadores y lingüistas que se encaminaban a sus clases, el león, e incluso el elefante, a pesar de su poderosa envergadura, parecían invisibles y se mezclaban con el caballo de Troya, el rinoceronte de Durero,  la Pantera Rosa o el monstruo del Lago Ness.

De todos ellos se han hecho numerosos estudios. También del bestiario de fábulas de La Fontaine, de la loba romana, las ocas del Capitolio o de Laika, la primera perra cosmonauta. La historia natural alegórica de los animales fabulosos sirvió de inspiración a muchos artistas y los numerosos bestiarios de la Edad Media representaron en cabeza y cuerpo animal los vicios y virtudes, las pasiones y caracteres de los hombres. Hay animales que fueron célebres en su tiempo y que ahora ya no lo son. Y hay animales cuya celebridad surgió de los símbolos, como el leopardo, o de los objetos, como el oso de peluche.

Los animales se han hecho célebres en la radio o en la pantalla, han recorrido salas de museos, ciertos ingenios hicieron de ellos dibujos animados, fueron durante siglos animales de compañía, representantes exóticos en las relaciones entre los hombres, bastantes de ellos fueron perseguidos, se analizó su lenguaje y también su silencio, quedaron clasificados, ordenados, cuando los nombres de los pájaros volaban por la Edad Media se intentó seguirlos en el aire, la Biblia, la hagiografía, la Naturaleza, la Poética les acompañó en el curso de los siglos, se estudió la mutación de su sensibilidad y asombraron con sus equilibrios en las pistas del circo. La historia cultural les debe mucho. Corren y corren de un autor a otro y de una película a una página y de repente se quedan quietos, mirándonos, a ver cuánto tiempo aguantamos su mirada.

(Imágenes:- 1.-el cerdo regicida.- miniatura de un manuscrito del sigloXlV.-Besancon.-tretafaucube.free/ 2.-jirafa de Carlos X.-1827.-wikipedia/ 3.-Rinoceronte.-grabado de Durero.-1515.-/ 4.-Le lapin blanc de Alicia en el país de las maravillas.-Gwynedd M. Hudson.-1922.-Hertage/Leemage)

COLOQUIO DE LOS PERROS


“Una sutilísima mezcla de los olores más variados le hacía vibrar las aletas de la nariz – describe Virginia Woolf al perro Flush -: áspero olor a tierra, aromas suaves de las flores, inclasificables fragancias de hojas y zarzas, olores acres al cruzar la carretera, el picante olor que sentía cuando entraban en los campos de habas…Pero de pronto traía el viento unos efluvios más agudos, más intensos, más lacerantes que todos los demás – unos efluvios que le arañaban el cerebro hasta remover mil instintos en él y dar suelta a un millón de recuerdos: el olor a liebre o a zorro. Entonces se lanzaba como una exhalación. Olvidaba a su ama: se olvidaba de todo el género humano. Oía a unos hombres morenos que gritaban: “¡Span! ¡Span!”. Oía el restallar de los látigos. Corría, se precipitaba…Por último, se paraba en seco, estupefacto: el encanto se había desvanecido. Muy lentamente, moviendo la cola con humildad, regresaba a través de los campos hasta donde estuviera Miss Mitford voceando: “¡Flush! ¡Flush! ¡Flush!” y agitando la sombrilla”.
Pronto llegaban otros perros. Por ejemplo, Cecil, el perro de Manuel Mujica Láinez, que describía así su convivencia con el amo: “Hace un año que es mi dueño y vivo en su casa, y me asombra todavía, dado mi carácter, que me haya conquistado en poco tiempo. Al principio quise resistirle. Ahora me he entregado con la intensidad de una pasión primera que sospecho será también la última. Es hermoso amar. Hermoso y terrible. No conozco gozo y ternura equiparables. No pienso que existan. Basta que me deslice una mano por el cuerpo, en caricia larga, para que vibre y me estremezca, como si me encendieran una pequeña fogata en el corazón”.
Pero aún queda el perro de Kafka, que se acerca también a juguetear: “¡Cómo ha cambiado mi vida y cómo no ha cambiado en el fondo! Ahora que rememoro el pasado y evoco los tiempos en que aún vivía en medio de la comunidad perruna, participaba de todo cuanto le interesaba, un perro más entre otros perros, descubro, mirándolo bien, que desde siempre algo no encajaba, que siempre hubo una pequeña fractura, que un ligero malestar se apoderaba de mí en medio de los actos populares más solemnes, y a veces ocurría incluso en círculos familiares, no, no a veces, sino con suma frecuencia, que la mera visión de un prójimo por el que sentía cariño, visto de pronto desde una perspectiva nueva, me turbaba, me asustaba, me dejaba indefenso y hasta me desesperaba”.
Perros que hablan. Perros que ladran en la literatura. Hablan ladrando, como Cervantes escribe en su Coloquio de los perros: “desde que tuve fuerza para roer un hueso tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria…”.
Además de Cecil (Editorial Sudamericana) de Mujica Láinez, además de Flush (Destino) de Virginia Woolf, además de Investigaciones de un perro (Alianza) de Kafka, además de la gran Novela ejemplar de Cervantes, vienen todos los perros, con sus gemidos y ladridos, a retozar. Viene Linky, el de Edith Wharton, viene Grasper, el de Emily Brontë, viene Carlo, el de Emily Dickinson, viene Flush, el de Elizabeth Barret.

Y luego están todos los que nos miran tumbados, los ojos adormecidos, las orejas gachas, esperando que un escritor se compadezca y narre su vida.