DIBUJAR UN TREN

 

 

 

“Entonces, con la pluma, ¿ven ustedes?, con la pluma puede hacerse todo, en la pizarra también, está claro, pero a mí nunca me ha gustado la tiza, chirría a veces, me da grima en los dientes, pero no adelantemos acontecimientos… hoy les explicaré el tren, lo dibujaré primero en blanco y negro, un trazo largo, horizontal, no se necesita modelo, ¿ven ustedes?, cada uno cierra los ojos y ve el tren de su infancia, Usted, por ejemplo, Constantino, está usted viendo seguramente cómo llega el tren en la curva, usted está en la estación, de la mano de su madre, en este andén hay sombreros, faldas de otro tiempo, ¿qué le ha quedado de esa imagen?, piense, cierre los ojos: miren ustedes, para pintar, el modelo siempre lo llevamos dentro, hay un pueblo, una estación, hace frío, está dando fuertes golpes en la niebla los zapatos de ese señor impaciente… lo ponemos aquí, ¡ya está!, da zapatazos que oímos perfectamente en esta clase, vemos ahora el banderín rojo de ese jefe de estación que espera…,  se pone aquí, ¿lo ven?, está mota encarnada, aquí, a la izquierda del papel, procuren cuando lo hagan en casa no usar tinta roja para esto, basta un lapicillo de colores, un punto, ¿se dan cuenta?, se sopla, se aviva un poco esta mota roja o encarnada, o incluso amarilla, Conchita, si usted  tiene un poco de azafrán en casa, pues también le puede servir… Bien. Ya tenemos el banderín en color del jefe de estación,  ya el tren se acerca, ¿.lo oímos, verdad?, ¡ claro que lo oímos!, notarán, aunque son muy jóvenes, que el sofoco del tren es asmático, sobre todo en los antiguos; voy a contarles una anécdota: uno de mis primeros viajes en tren, hace ya años ,lo hice sobre las ruedas, es decir, la cama de mi coche iba sobre las ruedas: oía perfectamente el ahogo del tren bajo mi cuerpo, el chirriar de las ruedas, sobre todo la sacudida seca en las paradas… ¿qué hay que hacer?, ¿qué hice yo para pintar esta sacudida?, recordarla: es una sacudida así, ¿ven?, hacia adelante y hacia atrás, el cuerpo tendido, un pálpito, no sé si me explico… Pero no vayamos tan deprisa. Tomen otra hoja. Usted, Arturo, ¿cómo pintaría este vagón por dentro?, a ver, un vagón corrido, sin compartimentos, ¿cómo lo dibujaría? ¿A que es difícil? Siempre les digo que los objetos son  fáciles de trazar, lo complicado es la vida. Un vagón sin vida no es lo primero que viene a la memoria, no se nos suele aparecer un vagón muerto, olvidado en cocheras. A no ser que alguno quiera ser el día de mañana maquinista, o conductor, porque no creo que ustedes quieran ser mendigos, ¿verdad?, nadie en todas mis clases he encontrado con vocación de mendigo…

 

 

Bien. No se rían. Tenemos entonces este tren que entra, acaba de parar, el señor del sombrero antiguo es el primero en subir, también ese señor impaciente, el que da zapatazos para quitarse el frío… ¡Ah!, y esa señora de la falda  de otro tiempo, la que empuja a la niña a subir al vagón… Ya estamos. Hemos subido también nosotros detrás de esa señora, y ha subido usted, Constantino, que va de la mano de su madre en el tren de su infancia, y es usted un niño… Vayan pasando. Me dejan ustedes pasar primero, así, gracias, como cuando vamos a los museos. ¿Se acuerdan de los museos? Pues este tren con vagones que nos ha pintado Arturo, y que nos lo ha pintado muy bien, pero que muy bien, parece mentira que sea tan sólido, ¿verdad?, fíjense, al otro lado de ese cristal, en el andén, levanta su banderín rojo el jefe de estación, sueña un pitido, ¿lo oyen?, Usted, Conchita, que quiere dedicarse a la música, ¡qué horror de pitido!, ¿verdad?, ¡qué estridencia! Vayamos adelante. Síganme. El tren ha arrancado ya, el banderín rojo se aleja, vengan por aquí, no se pierdan. Aquí, pónganse aquí. Usted, Ricardo, córrase hasta la ventanilla, eso es, déjele sitio a Lourdes, y usted, Alberto, aquí, a mi lado; los demás, enfrente; tienen sitio, ¿verdad?, sí, hay sitio. Bueno, pues lo primero que hay que hacer cuando uno se sienta en un tren es mirar a la gente. Sencillamente. Con educación. Es decir, uno no mira con insistencia, como señalando con los ojos. Si se han fijado, si tienen espíritu de observación, las gentes miran con descuido, ¿lo ven?, esa señora de ahí acaba de levantar la mano para arreglarse el pelo, el pelo es muy socorrido, ha levantado la mano, se arregla un bucle, y de paso nos está mirando. Seguro que está pensando: “¿A donde van todos esos chicos con su profesor — porque indudablemente yo tengo pinta de profesor —, en un día  como hoy, que no es fiesta, que tendrían que estar en clase?”. No sabe esa señora que hacemos prácticas, no tiene por qué saberlo. Bien. Entonces se mira con descuido a la gente, pero con naturalidad, con educación. Siempre en los viajes se aprende algo. ¿Qué tenemos aquí? Rostros. Imágenes. Pero también psicología, tipos, ¿verdad?, lo que yo tantas veces les he hablado: personalidades.

 

 

 

 

Agustín, usted que quiere ser psicólogo, fíjese bien : en un viaje, la casualidad ha reunido a tímidos, a ambiciosos, a extravertidos, a solitarios, a infinidad de personajes y de caracteres. Es, vamos a llamarlo así, como si se hiciera un corte en la sociedad, un segmento, es una mini-sociedad la que se reúne aquí, aquí la tenemos con sus ilusiones y decepciones, con sus fobias, manías, tics,  hasta con los factores de su herencia, y, por supuesto, con sus enfermedades. ¡Menudo campo de observación! Uno se estaría aquí, ¿verdad?, contemplando a la gente. Uno de los placeres  mayores, ya lo verán cuando pase el tiempo, es sentarse en la esquina de un café, en una terraza, y dejar que pase la gente. Es un espectáculo gratuito.  Gratuito y aleccionador.  Pues aquí es algo parecido. Raúl, a  usted que le gustan los insectos, yo no le hablo aquí de insectos, ¡válgame Dios!, pero figúrese que tiene usted capacidad para prender mariposas y diseñarlas: traslade usted esas dotes de observación hacia las mujeres y los hombres. ¡  Pues eso deben hacer todos en la vida, cada uno en su profesión! : observar, prestar atención, sacar conclusiones. Y aprovechar todos este viaje que estamos haciendo. Cada uno debe aplicar lo que ve y siente a lo que quiere ser, ya desde pequeños nos formamos continuamente, por ejemplo, usted,  Margarita, que quiere ser escritora  ha de tener seguridad en sí misma  y en el relato, este relato suyo convence, ¿no es cierto?,  usted nos está contando a todos nosotros su peripecia en el tren, con su profesor, salió usted del pupitre y de la clase, y abandonó la hoja en la que Arturo pintaba este vagón donde ahora viajamos. ¿Y qué nos cuenta ?: lo primero que tiene que fijarse es que el tren anda solo, va a toda velocidad, como el relato, es una seda. ¡Apunte, apunte en ese cuaderno!: es una seda, un fluido de palabras, la máquina de la primera frase arrastra con suavidad todo lo que ocurre y zigzaguea, y usted ha escrito ventanillas y he aquí las ventanillas hechas, ¿ve usted?,  parece mentira, Margarita, que con las palabras se puedan hacer tantas cosas, usted se asombra de que a través de la ventanilla donde va ahora Ricardo ensimismado se pueda  ver perfectamente lo que va usted nombrando: prados, casas, animales quietos, esa bandada de aves que viene al costado del tren, todo a gran velocidad, ¡ponga, ponga en su cuaderno, “velocidad mansa, vagorosa, transparente”!, se acostumbrará a los adjetivos y

 

 

viajará con ellos de modo insensible, se acordará de esta clase cuando sea una gran escritora y lleve dentro tal gana de escribir que abrirá su cuaderno y contará otra vez aquel primer viaje que hizo con sus amigos y su profesor, en el vagón que nos trazó  tan bien Arturo, que sería luego un gran pintor, ¿no es cierto, Arturo?, cuando aquel día nos miraba la gente diciendo : “¿ Pero qué harán esos chicos aquí?, ¿por qué no están en clase?”, y todos nos reiremos cuando seamos mayores, bueno, ustedes se reirán, yo no, yo no estaré ya, recordarán a aquel profesor que les hacía sufrir con las prácticas: “ de repente nos dibujaba un tren, o un lago, o una montaña —dirán —, y allí nos teníamos que ir dejando la teoría, ¡a vivir, a ver, a aprender!”; lo cierto es que ustedes se enfurruñan porque les cuesta: a mí también me cuesta salir de clase, es mejor ver el ferrocarril desde la ventana, sin moverse, pero , ¿y el esfuerzo?, todo en la vida supone un esfuerzo, y este personaje que viene hacia aquí, por ejemplo, ¿ lo ven?, pues ese personaje es el revisor y vean cómo pone esfuerzo en su tarea, cómo observa, y pica los billetes, y apunta en una libreta quién va y quién no va, y para él ese horizonte del día es siempre el mismo, los prados, las casas, los animales quietos, esa bandada  de aves, forman parte de su ir y venir y  cada noche entran en sus sueños. Lourdes, usted que aún no tiene vocación, que duda entre ser  enfermera o ser médico: si un día decide estudiar, quizá, no lo sabemos aún, no puede saberse, (mientras, yo entrego los billetes al revisor: “ sí, sí señor, somos doce, éstos, y esos de ahí también vienen conmigo, y aquel niño, Constantino, que se ha puesto al fondo con su madre”), pues les decía que aún no puede saberse qué será usted, Lourdes, tan indecisa siempre; pero haga lo que haga, no olvide que los sueños pueden estudiarse, usted que sueña tanto, que

 

 

 

 

sueña despierta con esos ojos grandes, azules, podrá pensar: ¿ soñé o no soñé que yo me escapaba de clase, que íbamos en aquel tren de prácticas que corría tanto? ¿dónde he vivido esto? ¿Lo soñé? ¿lo viví?”,  y no sabrá responderse. Lo bueno de estos viajes inesperados es mezclar la realidad y la fantasía. Fíjense que hemos subido hace un rato en un tren antiguo, casi asmático:  ¿alguien se ha dado cuenta de cómo se ha transformado?, a ver, usted, Benito, no hace falta que levante la mano, usted, ¡no!, ¡siga sentado!,  le veo perfectamente: ¿ en qué nota usted que se ha transformado este tren?… ¿En qué…? ¡Exacto! ¡En que ahora corremos a toda velocidad! Vamos a tal velocidad que no nos hemos dado cuenta de que han cambiado los asientos, hasta las ropas de las gentes, toquen estos asientos, ¿ven estos  botones?, estos botones son para  poder echarse para atrás, así, ¿ven?, ¡no! ¡suavemente!… pueden echarse para adelante y para atrás: es la comodidad, ¿verdad?, el bienestar… Es importante estudiar el bienestar, lo que va pasando de necesario a superfluo, lo superfluo que nos parece necesario, y, sobre todo, la poca importancia que damos a lo superfluo, como si lo tuviéramos desde siempre, como si tuviéramos derecho a la comodidad. Pero, ¿ y el sacrificio ? ¡ Ah, el sacrificio les hace pensar!  Estoy viendo ahora a Paula, mientras ella no me ve, ¡ no, no se vuelvan!, fíjense un poco en esa cara, sin distraerla… Es ella la que va distraída. ¿ En qué piensa? ¿Piensa en el sacrificio ?, ¿ en la comodidad?  No piensa en nada, se deja llevar, es tan romántica que piensa en esas estelas vagas, adormiladas, ¡no, no se rían!, piensa en cuando ella sea mayor y alguien vaya junto a ella, cuidándola, queriéndola, a esta velocidad que ahora vamos… no se le ocurre al ser humano pensar en el sacrificio, ¡ a lo mejor es lo que debe hacer!, ya vendrán los dolores sobre Paula, los sinsabores…, ahora se deja llevar no sabe adónde, fíjense si estará ausente que no nota que la estamos mirando… ¿Y ven?, todo esto es el tren, el viaje, la realidad. De todo esto tendrán que hacer un trabajo para fin de curso, pero no un trabajo de caligrafía apresurada, tampoco  algo para salir del paso, se lo digo a ustedes, los mayores : este año hay que presentar una cosa digna, ¡si no no hubiéramos hecho este viaje!, este año quiero que escriban sobre lo que han visto, lo que han imaginado: hay que desarrollar las potencias del hombre, las dotes: ¿cómo utilizó yo mi imaginación, mi entendimiento, mi voluntad, mi memoria ? Tengo cualidades para pintar,  ¿entonces por qué no pinto? Hay que vencer a la pereza y pintar, o escribir, o poner en un papel nuestros sentimientos, y también

 

 

nuestras ideas, saber hacer con ellos hasta un tren, ¡fíjense!, usar, por ejemplo, este viaje en tren que están haciendo conmigo para hablar del viaje de la vida, lo que la vida supone para ustedes… A algunos no se les ocurrirá nada ¡cuesta al principio ponerse y llevar a cabo eso que llevamos dentro!, esa sensación de sorpresa ante esto que estamos contemplando, esta prisa, esta celeridad, no hay tiempo casi para contar lo que vemos, porque las cosas, ¿verdad?, se superponen unas a otras, y sin embargo todo tiene su belleza, hasta lo más nimio; si ahora, en la escuela, no empiezan a descubrir la belleza de esas cosas, las más pequeñas, ¡también las grandes, claro está!, pero sobre todo las pequeñas — este rato tan agradable que estamos pasando, esas nubes, este color del día, las gentes, esta hora mágica, única, que no volverá, nosotros mismos disfrutando de todo eso —, si ahora no lo sabemos descubrir, agradecer, reconocer y reflejar, entonces el tren de la vida pasará a tal velocidad que será únicamente un ruido de estrépito, fulgurante, un suspiro vacío, algo ante lo que cualquiera de ustedes dirá : ¿pero cómo? ¿ya ha pasado? ¿Y esto era la vida?  Antes de que se den cuenta habrán vivido todo y se quedarán boquiabiertos, pasmados: pero bueno, dirán, ¿ y ya no hay otra oportunidad? Se ha quedado usted un poco serio, Alberto: lo entenderá. Ahora no lo entiende, pero lo entenderá. Vamos. Aprovechemos la próxima estación. ¡No, no podemos seguir más!… ¿Qué? ¿Les ha parecido corto? Avancen, vamos, ¡vamos, vamos por el pasillo! ¡A ver!, ¿quién falta? Uno, dos, tres…¡y doce! Bien. ¡Constantino, usted también, venga, deje a su madre! No. Ahora hay que esperar. ¿ Lo ven? Ya va parando. Ya está. Déjenme, que yo voy a bajar primero, yo les ayudo. Así, vamos, váyanme dándome la mano. ¿ Pero vamos, Paula? ¡ que el tren se va…! Bien. ¿Estamos todos? Ahora observen. ¿Ven?  También hay que observar el ferrocarril desde fuera, todo hay que contemplarlo. Miren cómo toma el impulso del futuro, cómo desaparece y se va… ¿ Se dan cuenta? Es una curva de tiza en la pizarra, un arco ¿ven?, así, como yo lo estoy pintando ahora, de abajo arriba, ¿lo ven? Así han de pintarlo en casa esta noche. ¿ De acuerdo? Bien.¡No, no lo borren! Vamos, la clase ha terminado. Vamos, vamos… ¡adelante, salgan! Margarita, no se olvide de apagar la luz.”

José Julio Perlado — “ Dibujar un tren” – (del libro “Relámpagos” ) ( texto inédito)

 

 

(Imágenes—1-Marta Zamarska/ 2-René Groebli/3- Eliot Ervitt/ 4-pullman británico/ 5- Hari Roser/ 6- Holger Droste/6- Olga Chernysheva/

DESCUBRIMENTO DE UNA CIUDAD

 

 

“No intento aquí hacer el retrato de una ciudad. Quisiera únicamente tratar de mostrar cómo ella me formó, es decir, en parte me incitó, en parte me limitó a ver el mundo imaginario al que despertaba por medio de mis lecturas, a través del prisma deformante que interponía entre ella y yo, y cómo por mi lado, ya que mi reclusión me permitía la libertad de alejarme de sus características materiales, la he remodelado según el contorno de mis ensueños íntimos, la he prestado carne y vida, según la ley del deseo más que el de la objetividad. Que ella me acompañe, pues, como uno de esos vademécums que se pasean por todas partes, que se hojean, que se anotan y que se rayan sin miramientos, agenda que se consulta siempre de manera cotidiana e inconsciente, a la vez trampolín inutilizable para la ficción y red de surcos mentales, que ha hecho que se ahondaran y endurecieran en mí los pasos que me imponía.

 

 

(…) La llegada a una ciudad siempre ha hecho que me mantuviera sumamente atento a los progresivos cambios del paisaje que la anuncian. Cuando especialmente me acerco en tren, espío los primeros signos de infiltración en el campo de las pulsaciones del núcleo urbano, y, cuando se trata de una ciudad en la que me gusta vivir, sucede que los acojo casi como si me hicieran el gesto de bienvenida que desde lejos te dirige una mano levantada en el umbral de una casa amiga. Cuando todos los años llegaba a Pornichet para pasar las vacaciones, lo que desde la distancia me advertía de su proximidad, en el corazón de la campiña interior tan melancólica, eran en un principio las copas de los pinos que sobresalían por encima de los setos vivos, luego algunas cercas como recién pintadas, después tres o cuatro villas repentinamente estrepitosas de blancura destacando contra los árboles, como chozas en un palmeral. E incluso cuando, sin transición, la estación me arrojaba de golpe a un mundo más vivo, más endomingado, más tintineante, a una muchedumbre indígena completamente morena bajo sus taparrabos, sus camisetas, sus saris resplandecientes, la primera y modesta información de la llegada seguía siendo la verdadera, aunque hubiera caído ya la mano levantada un segundo en el umbral”.

Julien Gracq -“La forma de una ciudad”

 

 

(Imágenes-1- Elliott Erwitt/ 2-tren británico -irtsociety/ 3- foto Thekia Ehling Randall- Scott gallery New York photografier)

ALREDEDOR DE “EL PRADO”

 

 

Se prepara “El Prado” para celebrar amplia y solemnemente su bicentenerario. Aún recuerdo la impresión que me causó ese gran museo cuando hace unos años – y tras los convenientes permisos – pude visitarlo de noche, con el museo cerrado,  disfrutando y tomando notas sobre las pinturas negras de Goya, acompañado únicamente por un guarda, aquella luz encendida de la sala y el resto del museo solitario y a oscuras. Diferentes y muy célebres pasos en muy distintas ocasiones han recorrido este Museo y han dejado valoraciones e  impresiones. En las “Lecciones sobre el Museo Del Prado” que tuvieron lugar en la Fundación March en 1997 – diez conferencias en torno al edificio y a sus pinturas -, se habló ampliamente de la  biografía constructiva del museo, de las colecciones reales, de los cuadros, de la comparación entre el Prado y los demás museos, y de su cara y cruz en el tiempo.

 

 

Sánchez Cantón, en una conferencia pronunciada en 1961 en la Universidad InternacionalMenéndez Pelayo” de Santander, evocaba, entre muchas otras cosas, la preferencia de los Felipes por la pintura veneciana del XVl y la flamenca del XVll, y al comentar los fondos de El Prado quiso recordar que éste ” no es un tesoro arqueológico, testimonio del pasado, inoperante fuera de la erudición, inteligible no más que por el docto, sino fuente viva de enseñanzas y de goces. Hay museos más completos; pero cada día son más los que piensan que ninguno aventaja al nuestro en riqueza estética”.

 

 

Los pasos también de María Zambrano en su visita a El Prado, pasos escritos en 1953 en La Habana y que vieron la luz en París en 1955, nos llevan a su contemplación : “allí estaban – nos dice Zambrano  – los Felipes de la Casa de Austria, simples aun a caballo encabritado, con banda de raso y sombrero de plumas, pues vestían así y tenían aquella apostura porque era el Rey, pero allí, al fondo del cuadro estaba la sierra desnuda con la luz primigenia, no un salón con un trono. Y Felipe ll ya fantasma, mirando de frente, como diciendo : “Miradme, aquí me tenéis, cómo los trabajos me han dejado de aquel mozo enamorado que fui”. Y en la sala de Tiziano, Carlos V, el más ensimismado, yéndose cada vez más dentro de sí. Y los pobres Borbones pintados por Goya, marionetas de la historia, ¿quién gobernaba a sus hijos? Y se dieron cuenta de que no miraban la pintura  como tal, sino lo que en ella había, lo revelado por su magia invisible, y no es que fuera real, ¿realista Velázquez? Ni siquiera Goya lo era”.

María Zambrano se va alejando por las salas con estos textos recogidos hoy en “Algunos lugares de la pintura” y El Prado se dispone a congregar muchos acontecimientos para  celebrar su bicentenario. Es este un museo tesoro del arte pero es también espectáculo.  Así quiso anotarlo Félix de Azúa en su “Diccionario de las artes” : ” la última vuelta de tuerca  -escribe – se  produjo cuando, a mediados del siglo XX, los museos pasaron a ser  centros turísticos de notable interés económico y, por lo tanto, anexos a la ingeniería del ocio, el turismo y la diversión. Desde entonces los museos han pasado del mundo del conocimiento al mundo del espectáculo (…) Los turistas no visitan colecciones sino recintos, no ven piezas maestras de todos los tiempos o las vanguardias del siglo XX, sino “el Guggenheim” , el “ReinaSofía – de Nouvel” o “la Tate Modern”.

El Prado, pues, conocimiento y espectáculo.

 

 

(Imágenes -1- Elliot Erwitt/ 2 – Velázquez – las Meninas /  3 – Goya – el majo de la guitarra / 4 – Goya- dibujo – la calle – museo de El Prado)

EL CUADRO DENTRO DEL CUADRO

 

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“Vi allí telas de gran valor y que, en su mayoría, había admirado en colecciones particulares de Europa y en exposiciones de pintura. Las diversas escuelas de los antiguos maestros estaban representadas  – escribía  Julio Verne en “Veinte mil leguas de viaje submarino“- por una Madona de Rafael, una Virgen de Leonardo da Vinci, una ninfa de Correggio, una mujer de Tiziano, una Adoración de Veronese, una Asunción de Murillo, un retrato de Holbein, un monje de Velázquez, un mártir de Ribera, una kermesse de Rubens, dos paisajes flamencos de Teniers, tres pequeños cuadros de género de Gérard Dow, Metsu y Paul Potter, dos temas de Gèricault y de Proudhon y algunas marinas de Backuysen y Venut. Entre las obras de pintura moderna aparecían cuadros firmados por Delacroix, Ingres, Decamps, Troyon, Meissonier, Daubigny…”

Esta cita es la introducción que coloca Georges Perec al inicio de su novela “El gabinete de un aficionado” (historia de un cuadro). El cuadro siempre ha atraído numerosos e interesantes comentarios. Ahora la exposición en el Prado vuelve a ponerlo de actualidad. “A comienzos del siglo XVl – recordaba Francastel,- ya se observan en Venecia

 

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algunas colecciones privadas de pintura, en tanto que durante todo el siglo XV la pintura aún cumplía con su papel tradicional de decoración: las pinturas iban destinadas de antemano a un emplazamiento preciso. La diferencia es esencial. Mientras que la pintura concebida como ornamento realza la capilla, la iglesia, el altar o el salón ( y, por lo tanto, el “cuadro” se concibe según la función adscrita en el encargo), en el caso de la colección es el propio cuadro lo que debe ser realzado: debe instalarse allí en donde brille con mayor intensidad. A partir de ese momento, el cuadro cambia de naturaleza: de objeto costoso pasa a ser objeto precioso. Y como tal, se comercializa. Mientras la pintura se mantuvo atada al lugar de su destino en la mentalidad general, nadie pudo pensar que podía cambiar de lugar, y, por lo tanto, circular de mano en mano. Pero a partir del momento en que se concibe el cuadro como un valor en sí, independiente del lugar donde se encuentre, su comercialización no sólo era posible sino inevitable”.

La fascinación por contemplar un cuadro ejerció, por ejemplo, en Proust  el hecho de que “La vista de Delft” de Vermeer, que le había cautivado veinte años antes, necesitaba, según él, una nueva y definitiva  visión.  Así, a pesar de estar muy enfermo, a pocos meses de su muerte, a las nueve y cuarto de la mañana del 24 de mayo de 1922, en lugar de meterse en la cama, después de haber estado toda la noche escribiendo, abandona su cama de enfermo y acompañado por un amigo  va al museo para ver el cuadro y a su vuelta escribe en “La Prisionera“: ” por fin llegó al Vermeer, que él recordaba tan esplendoroso, más diferente de todo lo que conocía  (…) Se le acentuó el mareo, fijaba la mirada en el precioso panelito de pared  como un niño en  una mariposa amarilla que quiere coger. “Así debiera haber escrito yo”, se decía . “Mis últimos libros  son demasiado  secos, tendría que haberles dado varias capas de color, que mi frase fuera preciosa por ella misma, como ese pequeño papel amarillo”.

 

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(Imágenes -1- Pere Borrell-1874/ 2.-Elliot Erwitt/ 3.-Hank Conner)

VISIONES DE NUEVA YORK

estaciones.-87gg.-invienro.-nieve.-Nueva York 1940.-Frank Navara

” En el crepúsculo encantado de la metrópoli algunos días la soledad se volvía obsesiva, e incluso la sentía en otros, empleados jóvenes y pobres que mataban el tiempo delante de los escaparates y esperaban la hora de cenar solos en un restaurante; empleados jóvenes que, al anochecer, desperdiciaban los momentos más maravillosos de la noche y de la vida.– así leemos en El gran Gatsby del que hace pocos días hablé en Mi Siglo -.

ciudades.-499k- Nueva York 1950.-Eve Arnold

A las ocho, otra vez, cuando la calzada en penumbra de las calles Cuarenta se llenaba de la agitación de los taxis, en filas de cinco, que iban a la zona de los teatros, sentía una opresión en el corazón. Se unían las siluetas en el interior de los taxis a la espera de emprender la marcha, cantaban las voces, chistes que yo no oía provocaban risas, y cigarrillos encendidos trazaban ininteligibles espirales. Imaginando que yo también corría hacia la alegría y compartía su entusiasmo más íntimo, les deseaba lo mejor.”

ciudades.-55r.-Nueva York.-1957-1958.-foto de W Eugene Smith

“Toda la noche los grandes edificios permanecen callados y vacíos – leemos igualmente en “Manhattan Transfer” -, sus millones de ventanas apagadas. Babeando luz, los ferries devoran su camino en el puerto de laca. A medianoche los trasatlánticos expresos de cuatro chimeneas zarpan de sus muelles luminosos para hundirse en la oscuridad. Los banqueros, con los ojos legañosos, oyen, terminadas sus conferencias privadas, los aullidos de los

ciudades.-33vv.-Nueva York.- Elliott  Erwitt.- 1955

remolcadores cuando los vigilantes, gusanos de luz, abren las puertas laterales. Se instalan refunfuñando en el fondo de sus limusinas y se dejan llevar rápidamente hacia la calle cuarenta y tantos, calles sonoras, inundadas de luces blancas como el gin, amarillas como el whisky, efervescentes como la sidra.”

ciudades.-96gg-Nueva York.-Park Avenue.- Johann Berthelsen

Son dos de los ejemplos que Luis Goytisolo comenta en su libro de ensayos “Naturaleza de la novela” (Anagrama) en el que, hablando de la narrativa norteamericana del siglo XX,  une el auge de la arquitectura y el poderío simbólico de los rascacielos de la gran ciudad con estos seres que Scott Fitzgerald y John Dos Passos ponen a andar- entre trepidantes y nostálgicos – por las calles de Nueva York. “El gran Gatsby”, dice Goytisolo, podría mantener su influjo sobre otros novelistas y “La hoguera de las vanidades” de Tom Wolfe llegaría a ser el mejor ejemplo. (…) Los rasgos de esta sociedad regida por la codicia y la vanidad, Scott Fitzgerald los captó antes de la Gran Depresión.”

ciudades.-8uu88.-Nueva York en invierno.-Stow Wengenroth.-Brooklyn.-1959.-Smithsonian Ameican Art Museum

La novela de las ciudades y la ciudad de las novelas – Proust y París, Joyce y Dublín, Döblin y Berlín, Butor y Bleston, entre otros – han sido estudiadas y enlazadas por Jean-Yves Tadié, al que alguna vez me he referido. Nueva York ocupa entre todas esas ciudades un puesto destacado. Sus múltiples versiones literarias configuran todo un mundo.

(Imágenes:- 1.-foto Frank Navara.-1940/ 2.-Eve Arnold.-1950/3.-Eugene Smith.-1958-1959/4.-Elliott Erwitt.-1955/5.-Nueva York.-Johann Berthelsen/6.-Smithsonian-1959.-american art museum)

TAREA ESCOLAR

“Dos y dos cuatro

cuatro y cuatro ocho

ocho y ocho dieciséis…

¡Repetid! dice el maestro

Dos y dos cuatro

cuatro y cuatro ocho

ocho y ocho dieciséis.

Pero héte aquí que el pájaro lira

pasa por el cielo

el niño lo ve

el niño lo oye

el niño lo llama:

¡Sálvame

juega conmigo

pajarillo!

Entonces el pájaro desciende

y juega con el niño

Dos y dos cuatro…

¡Repetid! dice el maestro

y el niño juega

el pájaro juega con él…

Cuatro y cuatro ocho

ocho y ocho diecsiéis

¿y dieciséis y dieciséis, cuánto es?

Dieciséis y dieciséis no son nada

y mucho menos

de ninguna manera

treinta y dos

y sigue la ronda.

El niño ha escondido al pájaro

en su pupitre

y todos los niños

escuchan su canto

y todos los niños

escuchan su música

y ocho y ocho desfilan a su vez

y cuatro y cuatro y dos y dos

desfilan a su vez

y uno y uno a la una a las dos

uno y uno desfilan también.

Y el pájaro lira juega

y el niño canta

y el profesor grita:

¡Cuándo terminaréis de hacer el payaso!

Pero los demás niños

escuchan la música

y las paredes de la clase

se desploman tranquilamente.

Y los vidrios vuelven a ser arena

la tinta vuelve a ser agua

los pupitres vuelven a ser árboles

la tiza vuelve a ser acantilado

y el portaplumas vuelve a ser pájaro”.

Jacques Prévert.- “Tarea escolar”.-“Palabras

(Imágenes.- 1.-Elliott Erwitt/ 2.-Lou Bernstein.-1950/ Gabriel Burchman.-fine art)

ELISABETH X

“Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma. Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de amoríos ni de hombres, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta

-¿Espera usted a que le pidan el billete? –le digo, procurando ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice.

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último jueves -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva  las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, me volví a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.

Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. Eso es imposible – y agrega sin dejar de mirarme -: Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y  sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

–         O sea, doctor – le interrumpo – ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted escuchó hace un año?

–         Sí. Exactamente.

–         ¿Esto le había pasado alguna vez?

–         No. Nunca. Nunca con una enferma.

–         Se encontraba usted, pues, reviviendo un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando…

–         Sí, naturalmente estaba soñando.

–         ¿Un sueño concretado en ese preciso momento o un sueño total? ¿Cómo lo podría definir? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

–         No lo sé…Creo que fue un sueño… También la visita a mi consulta de Elisabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa  visita nunca existió.

–         Y por supuesto, tampoco su viaje en tren…

–         No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

–         ¿Siempre sueña con el tren?

–         Sí, siempre es el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

–         ¿Viene siempre puntual?

–         Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos. Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

–         ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

–         Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ., colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se  dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X, aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco ( él también conoce que es un sueño ) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ, proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un  sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de la once treinta y cinco”.

José Julio Perlado: (del libro de relatos “Elisabeth X”  de próxima aparición)

(Imágenes:-1.- Toni Frissell.-Lisa Fonsagrives.-Londres 1951/ 2.-Stanco Abadzic.-contemporaryworks.net/ 3.-j some.-estacaô de oriente.-wikipedia/4.  –Elliot Erwitt/5.-Holger Droste.-smashingpicture.com/6.- autor desconocido)

VIDAS REBELDES

“¿Le ha cambiado en algo su accidente de automóvil? – le preguntó Roderick Mann a Montgomery Clift para The Sunday Express en 1959 Fue un choque bastante serio, ¿no es así?

-Oh, sí – dijo imitándome – Ya lo creo que fue un golpe bastante grave. No, por supuesto que no me cambió en nada. Soy exactamente la misma persona que era antes. Y ésta es la misma cara. Me rompí la nariz por dos sitios, me rajé la mejilla y tuvieron que enderezarme los dientes. Pero mi cara está otra vez como nueva. Nadie puede saberlo mejor que yo. Es mi cara.

Sus ojos se humedecieron de nuevo. De repente se tiró al suelo y se quedó allí tendido, con el traje arrugado y la cara hundida en la alfombra”.



Célebre e impresionante entrevista la realizada entonces a Montgomery Clift nuevamente evocada al recordar ahora la película”Vidas rebeldes”, historia de famosas y cruzadas pasiones y personajes y comentada desde tan diversos ángulos. Los brotes autodestructivos de Monty Clift – cuenta Arthur Miller en sus Memorias, le habían llevado cierta noche a estrellarse con el coche contra un poste, accidente que le había desfigurado la cara. Las compañías de seguros ya no aceptaban al actor como cliente cuando iba a hacer una película. Pero entre mis garantías y la insistencia de Huston y Wasserman para que interpretase el papel de Perce, se consiguió el seguro. A decir verdad ni siquiera discutí con él la cuestión de su responsabilidad, sino que me limité a ofrecerle el papel, que aceptó con entusiasmo. Le complacía tanto la idea de trabajar conmigo, con Huston y Marilyn en aquella película que yo estaba totalmente convencido de que no se iba a conducir de manera irresponsable. Y no perdió nunca una hora de trabajo: había memorizado el papel entero antes de comenzar el rodaje y estuvo siempre a punto a pesar de los prolongados retrasos que hubo para terminar la película“.

¿Parece una película de vaqueros, pero ¿lo es o no lo es? – me preguntaba Clark Gable al ver el guión, continúa recordando Miller -“Es como una película del Oeste pero del Este”, le dije entre titubeos. “Las películas del Oeste y el Oeste mismo se han basado desde siempre en un mundo moralmente equlibrado donde el mal se presenta con una etiqueta identificable, el sombrero negro, y donde el malo siempre pierde al final. Se trata del mismo mundo, sólo que se ha sacado del siglo XlX y se ha traído al de nuestros días. donde los buenos forman parte del problema. Pero si me obligas a seguir hablando, me armaré tal lío que al final ya no sabré lo que he escrito“.

Pero enVidas rebeldes”y de modo muy principal actuaba Marilyn. “ Huston tenía que saber – continúa diciendo Miller – que en la película que Marilyn había protagonizado anteriormente, “Con faldas y a lo loco“, a las órdenes de Billy Wilder , había hecho una extraordinaria interpretación cómica que desmentía las angustias que había pasado durante el rodaje. El partía de la base de que la actriz había optado por voluntad propia por llevar una vida atormentada. Jamás discutía con nadie a causa de su carácter: el inconsciente no era asunto suyo y no se podía permitir el lujo de incluirlo en sus consideraciones de director de cine. El trabajo del actor consistía en actuar, y cómo actuaba era cosa exclusivamente suya y de ningún otro, del director menos que nadie. Se me antojaba que era una ráfaga de aire fresco calculada para picar a Marilyn en su amor propio, y la actriz no le defraudó, al menos durante los primeros días. Porque no tardaron en reaparecer los rasgos de la inquietud interior, sólo que ni Huston ni los demás actores tuvieron la menor culpa. (…) Había acabado por descubrir a una persona diametralmente opuesta, una mujer atribulada cuya desesperación iba en aumento por más soluciones que buscase”.

Confesiones y confidencias entre focos y pasillos escuchadas ya en la distancia.

(Imágenes: 1.-John Huston.-foto Herb Ritts. cortesía Fahey-Klein Gallery- 1987.-artnet/ 2.-equipo de productor, gionista, actores y director de “Vidas rebeldes”.-Elliot Erwitt.-Magnum photo/ 3.-Marilyn Monroe.-foto Inge Morath/ 4.-Arthur Miller y Marilyn.-foto Inge Morath Fundation.-Magnum photo)