APARICIÓN NOCTURNA DE DANTE

 

 

Recuerda Pere Gimferrer en su “ Dietario” de 1980  que el 14 de septiembre de 1321 se extinguió la vida de Dante. Y recuerda también  “una leyenda, muy difundida, que dice que, tiempo después, el poeta se apareció en sueños a su hijo Giacomo y le indicó el lugar donde encontraría los trece últimos  cantos del Paraíso; la culminación del gran poema, el diálogo último — deslumbrante, supremo —con los más altos misterios. Podemos imaginar a Giacomo levantándose, de noche, o con el alba— todo es frío, todo es virgen, todo es claro — y hallando el manuscrito: el legado póstumo, la palabra enfrentada con la luminosidad total — abstracta y, al tiempo, simplicísima — del absoluto, aguzada y diáfana como nunca, con un tintineo preciso de plata y agua. Quizá el sueño es una invención, pero será real de una manera  más profunda y secreta. La buena gente de Ravenna que decía que Dante había estado en el Infierno, tenía razón, intuitivamente, en un sentido metafórico nada primario. La gente que creía la leyenda del sueño, acertaba también, sin saberlo: los últimos cantos de la “Divina Comedia” no son ya palabras de esta tierra. Palpitan, purísimos en el límite del más allá del sueño.”

 

 

(Imágenes— 1- Domenico di Michelino- 1465- Dante Aligieri- Wikipedia/ 2- Boticelli- el Infierno de Dante- 1490- wikipedia)

BRODSKY Y VENECIA

“Lo más relevante de Venecia — decía el ruso Joseph Brodsky— es que la ciudad es tan hermosa que se puede vivir allí sin estar enamorado. Tiene una belleza asombrosa que uno toma conciencia de que jamás  podrá inventar o crear algo — especialmente en términos de pura existencia— de una belleza semejante. Venecia pertenece a una categoría superior. Si tuviera que reencarnarme,  no me importaría ser un gato, pero un gato que vive en Venecia. Hacia 1970 se me metió en la cabeza la idea fija de que tenía que ir a Venecia.  Tenía incluso un plan para irme a vivir allí y alquilar un piso en la planta baja de algún “palazzo” a orillas de un canal. Me sentaría a escribir y tiraría las colillas al agua para oír cómo se apagaban con un sonido sibilante. Cuando obtuve libertad para viajar en 1972, después de un semestre dando clases en Ann Arbor, lo primero que hice fue comprar un billete de ida y vuelta a Venecia para pasar allí las vacaciones de Navidad. Es interesante ver a los turistas que llegan a la ciudad. La belleza que encuentran es tan abrumadora que se quedan anonadados. Lo primero que hacen es ir a las tiendas de ropa para vestirse adecuadamente — Venecia tiene las mejores “ boutiques” de Europa —, pero cuando salen otra vez a la calle, perfectamente ataviados, sigue habiendo una dolorosa incongruencia entre la gente, las masas, y todo lo que hay alrededor. Porque por muy bien que se vistan, y por muy generosa que haya sido la naturaleza con ellos, carecen de la dignidad del artificio que los rodea, que es en parte la dignidad de la decadencia. En Venecia, uno toma conciencia de que lo que el hombre es capaz de hacer con las manos es mucho mejor que él mismo. Lo que me gusta de Venecia, aparte de su belleza, es la decadencia, la belleza de la decadencia. Es algo irrepetible. Como dijo Dante: “Una de las principales características de una obra de arte es que es imposible de repetir”.

 

 

(Imágenes : – 1- lucien Lévy Dhumer/ 2-Karl Kaufmann)

EN EL CENTRO DE MI ALMA DOS MUJERES

 


“En el centro de mi alma dos mujeres

han venido a hablarme del amor.

Tiene una en sí valor y cortesía,

prudencia, honestidad por compañía.

Tiene la otra belleza y gallardía,

y la adorna y honora gentileza.

Y yo, por causa del dulce señor,

al lado estoy de todas sus virtudes.

Hablan al intelecto belleza y virtud,

preguntan cómo puede un corazón

vivir entre dos damas con un amor perfecto.

La fuente del hablar gentil responde:

que por deleite se ama la belleza

y, para bien obrar, se ama virtud.”

Dante Alighieri —“Rimas” -(traducción de Antonio Colinas)

 

 

(Imágenes—1- Domenico Ghirlandaio- 1488/ 2-Sibylle Bergemann)

LOS HÉROES

 

“A mi modo de ver la Historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo  — decía Carlyle en “Los héroes” —es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores  en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo: todo lo que cumplido vemos y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que nos enviaron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero.

El gran hombre es foco de vívida luz, manantial en cuyo margen nos extasiamos, claridad que disipó las sombras del mundo.”

Carlyle dedica sus páginas, entre otros, a Dante y a Shakespeare, a Johnson y a Cromwell, también a Napoleón.

Pienso que hoy habría otro  Carlyle contemporáneo que escribiría sobre los enfermeros y sanitarios anónimos del mundo y a las 8 se uniría a los aplausos.

(Imagen —1- Lucas Fowler)

UN SUEÑO

 

 

“Anoche soñé que estaba sentado en mi viejo sillón de casa, algo ya desvencijado, el sillón de mi despacho, un sillón de recias patas y respaldo suavemente curvado donde yo paso tantas tardes escribiendo sobre el mundo y sus cosas, y no sólo sobre el mundo cercano y moderno, el más vecino a mí, sino también sobre el mundo lejano, incluso a veces, con asombrosa e inaudita osadía, escribiendo sobre lo invisible y la eternidad. Recordaba perfectamente la primera vez en la que quise asomarme al umbral de la eternidad. No era exactamente el umbral, así no lo debería definir, sino una sucesión de innumerables cordilleras violáceas y azules tales como yo las vi aquella tarde, cuyos tonos dependían del paso de la luna y del sol, y que se extendían de forma ondulada en el borde de la eternidad. ¿Y dónde podía empezar la eternidad si es que empezaba en algún lado? De pie en aquella altura de la entrada a la eternidad, contemplando las cordilleras que se perdían en la lejanía, pensé en una imagen pintada por Caspar David Friedrich, un gran artista del romanticismo alemán del siglo XlX, en el que un hombre en pie, tal como ahora me encontraba yo, envuelto en nubes, envuelto también en densos vahos que surgían de un fondo indescriptible, apoyado en un ligero bastón, contemplaba de espaldas el mar de nubes extendido entre las rocas, un mar insondable, unas nubes igualmente insondables, un infinito al final de sus ojos que también eran los míos cuando ahora veía la eternidad frente a mí sin poder naturalmente abarcarla, oyendo únicamente los pasos que en ella se daban.

 

 

Me acordaba también de cómo Dante escribía en su gran poema: “levanté los ojos, y así como por la mañana la parte oriental del horizonte supera en claridad a aquella por donde el sol declina, del mismo modo, mirando como el que va desde el valle al monte con los ojos, vi una parte en lo más alto que sobrepujaba en claridad a todas las demás”. Recuerdo que enseguida  me aturdió el inmenso ruido de alas que pasaban encima de mí y que me rodeaban de modo constante, alas cada milésima de segundo y que se arrojaban velocísimamente hacia la eternidad, alas igual que vidas o vidas en forma de alas, alas de médicos, de profesores, de mujeres jóvenes, alas de niños, de soldados, de comerciantes, de políticos, de poetas, alas de campesinos, de malhechores, de reyes, alas de triunfadores y de perdedores, alas de harapientos y de millonarios, alas de ancianos, alas de santos, de criminales, alas de enamorados y de despechados, todos sorprendidos por el impulso del final de sus vidas y que volaban de modo continuo abriéndose hacia la eternidad. A mí no me dio tiempo ni siquiera a contarlos puesto que alas y vidas eran bandadas y bandadas y bandadas innumerables de existencias a la vez sueltas y solitarias, cada una sin recuperarse aún de la sorpresa  y que caían de bruces en el misterio de la eternidad.

Entonces algo ocurrió en el cielo, no sé,  quizás fue un relámpago, no lo sé bien, y me encontré de nuevo  sentado de repente en mi sillón del despacho como si no hubiera soñado jamás.”

José Julio Perlado—(del libro “Recuerdos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes —1- Caspar David Friedrich- el caminante sobre el mar de nubes- arte selecto/ 2- Knud Andreasen Baade -1885/ 3-Turner- 1830)