ANTEPASADOS DE LA CIENCIA-FICCIÓN

«Abandonando la persecución nos hicimos con dos trofeos: uno por el combate de la infantería sobre las telas de araña, y otro por el combate aéreo sobre las nubes – escribe Lucio de Samosata en su «Historia verídica«, en la mitad del siglo ll -. En ese preciso momento los vigías nos anunciaron la llegada de los centauros volantes, a los que Fetonio había esperado para la batalla. No estaban muy lejos de nosotros y ofrecían un aspecto extrañísimo. La parte superior del cuerpo, que tenía forma humana, era tan alta como el Coloso de Rodas, y la inferior, en forma de caballo alado, era tan grande como un navío. En cuanto a su número, prefiero no escribirlo por temor a excitar la incredulidad de los lectores».

Si esto ocurre en el siglo ll, en el XVll, Shakespeare, en «La tempestad«, describe a Calibam como mitad hombre, mitad bestia, y a Ariel (como recuerda Kingsley Amis) como un rádar móvil antropomorfo.

Vayan estos antepasados por las nubes de los libros volando y acompañando a la estela de Arthur. C. Clarke – al que aludí en Mi Siglo el pasado 17 de diciembre – y que nos acaba de dejar.

EL TALENTO DE MR. RIPLEY

La muerte prematura de Anthony Minghella, el hombre que dirigió «El paciente inglés», «Cold Mountain» o «El talento de Mr. Ripley» me lleva primero con el recuerdo al sol de la Riviera en donde Matt Damon habla, se burla, atrae y esquiva a Jude Law en un clima de astucia, codicia y soledad, pero pronto ese sol cegador me conduce a esta casa en Tegna, Suiza, a esta habitación, también de soledad, esta habitación en la que está golpeando la máquina de escribir Patricia Highsmith rodeada de sus objetos-fetiches: esos dos sables cruzados en la pared, uno de la guerra civil americana y otro de la guerra de Cuba y esos caracoles que ella cultiva y cría – que ha llevado consigo cada vez que se ha mudado de casa – y que han sido protagonistas de algunas de sus historias. Caracoles y gatos que la maestra de la intriga ama tanto, aunque más ama atraer al lector con argumentos inolvidables.

Si nos acercamos por detrás podremos asomarnos para ver en qué trabaja ahora y no nos sorprende que aún esté añadiendo más cosas a su valioso libro, «Suspense». Cómo se escribe una novela de intriga ( Anagrama).
¿Y cómo se escribe?, nos preguntamos.
«La dificultad más frecuente con que tropieza el principiante cabe expresarla en esta pregunta: «¿Qué sucederá a continuación?» – dice Highsmith – Es una pregunta aterradora, que puede hacer que el escritor tiemble de miedo al público y, además, que dé la sensación de estar desnudo en un escenario ante una nutrida concurrencia sin saber qué hacer para entretenerla. De repente se ha visto obligado a pensar en algo que seguramente nunca se le ocurrió pensando, porque la inspiración o el germen de una idea nunca se presentan pensando».
Cuando salgo de esta habitación en soledad, el cuarto de los sables cruzados y de los caracoles – y también de los gatos -, recuerdo que esa pregunta que se hace Highsmith es, en el fondo, la que siempre lanzan los niños.
-Y después a ella, ¿qué le pasó? – interrogan asombrados.
Porque el niño siempre quiere seguir la dinámica de la historia que le están contando, no quiere cristalizarla, no quiere que se haga estática. En la vida una cosa debe suceder a la otra.
– Entonces, ¿qué pasó? ¿qué pasó después? – vuelven a insistir.
Y Patricia Highsmith se esfuerza por contar qué le sucedió después a Tom Ripley, y a Dickie, y a su amiga Marge, y cómo el sol de la Riviera – como un cuchillo – cortó de un lado a otro la crueldad.

EN UN TRANVÍA DE LISBOA

Estos días que paso en Lisboa subo en el tranvía hacia lo alto de la ciudad, viajo enfrente de una muchacha tan absorta en el cristal de su ventanilla que no se ha dado cuenta de que a mi lado viaja Pessoa. Vamos los tres sentados, en este tranvía semivacío, ascendiendo las empinadas calles. Oigo el rumor de las palabras de Pessoa que me va diciendo:
-Yo voy fijándome lentamente, ¿sabe usted?, de acuerdo con mi costumbre, en todos los detalles de las personas que van delante de mí. ¿Usted no lo hace? Para mí, los detalles son cosas, voces, frases. En este vestido de muchacha que va frente a nosotros, descompongo el vestido en la tela de que se compone, el trabajo con que lo han hecho – pues lo veo como vestido y no como tela – y el bordado leve que rodea a la parte que da la vuelta al cuello se me separa de un torzal de seda, con el que se bordó, y el trabajo que fue bordarlo. E inmediatamente, como en un libro elemental de economía política, se desdoblan ante mí las fábricas y los trabajos: la fábrica donde se hizo el tejido; la fábrica donde se hizo el torzal, de un tono más oscuro, con el que se orla de cositas retorcidas su sitio junto al cuello; y veo las secciones de las fábricas, las máquinas, los obreros, las modistas; mis ojos vueltos hacia dentro penetran en las oficinas, veo a los gerentes procurar estar sosegados, sigo, en los libros, la contabilidad de todo esto; pero no es sólo eso: veo, hacia allá, las vidas domésticas de los que viven su vida social en esas fábricas y en esas oficinas…Todo el mundo se despliega ante mis ojos sólo porque tengo ante mí, debajo de un cuello moreno, que al otro lado tiene no sé qué cara, un orlar irregular verde oscuro sobre el verde claro de un vestido.
Toda la vida social yace ante mis ojos.- sigue diciéndome Pessoa – ¿A usted no le pasa?
Más allá de esto – continúa el poeta -, presiento los amores, las intimidades, el alma, de todos cuantos trabajan para que esta mujer que esté delante de nosotros en el tranvía, lleve, en torno a su cuello mortal, la trivialidad sinuosa de un torzal de seda verde oscura en un tejido verde menos oscuro.
Me aturdo – prosigue al fin Pessoa -. Los asientos de este tranvía, de un entrelazado de paja fuerte y menuda, me llevan a regiones distantes, se me multiplican en industrias, obreros, casas de obreros, vidas, realidades, todo.
Bajamos los dos del tranvía en lo alto. ¿Estoy de verdad en Lisboa? ¿No será que no me he movido de mi cuarto y he imaginado que viajaba aquí con Pessoa, que los dos veíamos a esta muchacha que no existe, que el poeta me hablaba? ¿No será que nunca he estado en esta ciudad y que jamás he subido por estas calles?
Pero entonces, ¿ese tranvía que se va, ese hombre de las lentes y del negro sombrero que escapa…?

DISPARAR SOBRE EL PRINCIPITO

Volaba en su modelo Lightning P38 tras su reconocimiento sobre la región de Annecy. Como todos los escritores del mundo llevaba en la cabeza, junto a los auriculares, todo lo que había ido redactando en los años anteriores y no veía entre las nubes el caza Jgr.200 de la Lüftwaffe, porque iba repasando en su memoria aquellos textos que él había dejado ya entre sus papeles.
«¡Nos hemos ocupado tanto del cuerpo! – iba diciéndose Saint-Exupery mientras conducía su aparato -¡Lo hemos vestido, lavado, cuidado, afeitado, abrevado, nutrido tanto! Nos hemos identificado con este animal doméstico. Lo hemos llevado al sastre, al médico, al cirujano. Hemos sufrido con él. Hemos gritado con él. Hemos amado con él. Decimos de él: soy yo. Y he aquí que, de repente, esa ilusión se derrumba. ¡Sin duda nos burlábamos del cuerpo!…¿Tu hijo está cercado por las llamas? ¡Lo salvarás! Es imposible retenerte: ¡Estás ardiendo! Te importa un bledo. Dejas en prenda esos trozos de carne a quien los quiera. Descubres que no tenías apego a lo que te importaba tanto…Se trata de salvar a tu hijo. Te intercambias. Y no tienes la sensación de perder en el cambio…El fuego no sólo ha destruido la carne, sino también, al mismo tiempo, el culto a la carne. El hombre ya no se interesa por sí mismo. Sólo se impone a él aquello de lo que es. No se elimina, si muere: se confunde. No se pierde: se recupera. Esto no es deseo de moralista. Es una verdad usual, una verdad de todos los días, cubierta por una ilusión de todos los días con una máscara impenetrable…Sólo en el instante de devolver este cuerpo descubren todos, siempre, con estupefacción, qué poco apego tienen al cuerpo».
Recordaba, sí, iba recordando mientras volaba que aquello lo había escrito en Piloto de guerra, un año antes, en 1943, después de Vuelo de noche. Ahora seguía pilotando entre las nubes aquella novena misión, sin darse cuenta de que le seguía en el cielo aquel otro piloto alemán, Hors Rippert, el hombre que acaba de confesar que él abatió al autor de «El Principito».
Recordaba, si, recordaba todo Saint-Exupery porque los escritores llevan siempre en la cámara de su memoria aquello sobre lo que han trabajado porque en ello han creído.
De repente sonó una ráfaga. «El aparato estaba 3.000 metros debajo de mí, cerca de Marsella. Nada más verlo, me dije: si te acercas un poco más, te voy a reventar. Le disparé y le alcancé».
Eran las 13 horas, 30 minutos del 31 de julio de 1944.

ESPECIES DE ESPACIOS

Escribir: ensayar meticulosamente el retener cualquier cosa, hacer que sobreviva cualquier cosa: arrancar algunas migajas precisas al vacío que se ahueca, dejar, en alguna parte, un surco, un trazo, una marca o algunos signos.
Esto me dice junto a mí Georges Perec antes de emprender el viaje desde este cuaderno en que escribimos. Estamos en el espacio de la página, una página tamaño folio que vamos cubriendo con el tiempo de las letras, vamos uniendo palabras, las palabras nos abren paso al espacio del apartamento – espacios útiles e inútiles, puertas, muros, escaleras -. Las escaleras nos permiten caminar por el piso, nos bajan hasta el espacio de la calle, aquí están los lugares alineados que nos muestran el espacio del barrio, el barrio se expande a la ciudad, el espacio de la ciudad y sus límites de campo, el gran espacio del campo extendido sobre el país, la forma, las fronteras, el espacio del país, el espacio del continente, el mundo, ahora andamos sobre el mundo, miramos hacia ariba y en derredor y vemos el espacio desnudo, el gran espacio sin nombre, no se le puede tocar como no se puede tocar el tiempo, espacio sin medida, líneas verticales y horizontales, formas redondas, jugamos con el espacio mientras andamos por él, intentamos evadirnos, queremos conquistar el espacio y nos preguntamos si todo él es habitable, miramos al fondo del espacio y volvemos a ver el mundo, el continente, el país, el espacio del país, el espacio del campo, el espacio de la ciudad y del barrio, el espacio de la calle y del piso, el espacio del apartamento y por fin el espacio de estas palabras escritas sobre este cuaderno, este cuaderno que estamos escribiendo Georges Perec y yo cubriendo con el tiempo de las letras los espacios en blanco.

VÉRTIGO

Paseo anoche con el autor de Las Diabólicas, la historia que llevó Clouzot al cine en 1955. Siempre que camino con Thomas Narcejac me hace ver lo que hay y lo que no hay en los paisajes, lo que esconde cuanto nos rodea.
– Ese álamo que me imagino – me va diciendo entre los árboles -, al borde de ese riachuelo que imagino, es más real, para mí, que el álamo real que se alza al borde del camino real. Porque el primero sé cómo está hecho puesto que soy yo quien lo ha creado, el otro no. ¿Ilusión? En absoluto. Usted me comprenderá perfectamente puesto que está escribiendo ese blog Mi Siglo que titula la invención de la realidad.
Indudablemente que le comprendo. ¿Estoy inventando yo ahora que camino con Narcejac o es verdad que es anoche cuando paseo con él y cuando me habla de nuevo?
-Por ejemplo – me dice -, fíjese usted: ese bosquecillo bañado por la luna es, al mismo tiempo, el bosquecillo-desde-donde-ha-disparado-el asesino, lo vemos con una nitidez, con una intensidad de la que habitualmente carece nuestra mirada. Nunca el mundo es más hostil, más patético que cuando ha cubierto la huida de un asesino. Hasta el menor detalle permanece en nuestra memoria, significativo e inolvidable. Si usted se da cuenta, al leer un libro policiaco, en el momento en que ha silbado la bala, o el cuchillo ha vibrado, las cosas que miraba el lector se han fijado bruscamente en una especie de eternidad; entre las cosas y el lector se ha establecido una comunicación que enriquece la ficción con todos los resortes de un mecanismo difuso, en bruto, pero arraigado hasta el fondo. ¿No le parece?
Es cierto. No me atrevo a pisar mucho esta realidad no vaya a ser que esté caminando sobre la invención, pero horas después, ya en casa, la imagen del sueño me trae a Simone Signoret y a Vera Clouzot en Las Diabólicas con aquel Paul Meurisse enigmático en la escena de la bañera. Ahora quisiera escapar angustiado, no puedo, me toma de la mano Narcejac, atravesamos corriendo esta película, y me hace subir a toda velocidad por esa escalera interminable donde ya me espera James Stewart arriba, abrumado, filmado por Hitchcock, antes de ser devorado por el Vértigo.

EL SILENCIO ANTES DE BACH

El silencio antes de Bach, después de Bach, en el órgano de Bach. La película de Pere Portabella nos lleva desde el vendedor de pianos hasta el violoncelista, desde el camionero hasta el carnicero, desde el librero hasta el mayordomo, nos conduce por los túneles del metro y nos deposita en estancias donde sólo se oye palpar las teclas de la música. «La música – decía Julien Green – dice frecuentemente lo que se debe decir porque dice lo que jamás la palabra ha podido expresar y a través del ruido maravilloso que hace atrae al silencio».
El silencio se alterna con el agua en esta película y el agua deja hundirse en ella la plenitud del piano mientras se deslizan sonatas de Mendelssohn. El silencio anticipa siempre, rodea y envuelve a cualquier creación. Sin el silencio no puede crearse y nosotros «soportamos en rigor el silencio aislado, nuestro propio silencio – recordaba Maeterlinck -; pero el silencio de muchos, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de una muchedumbre, es un fardo sobrenatural cuyo peso inexplicable temen las almas más fuertes».
«La mayoría de los hombres -seguía diciendo Maeterlinck -no comprenden y no admiten el silencio más que dos o tres veces en la vida. No se atreven a acoger a ese huesped impenetrable sino en circunstancias solemnes. Acordaos del día en que os encontrásteis sin terror en vuestro primer silencio»
Luego el silencio nos sigue hablando, caminamos con él. Son confidencias que no contaremos jamás porque son diálogos íntimos.

SACRIFICIO

Cuando nos acercamos al agua que rodea a las casas que aparecen en la película, a la enfermedad colectiva que amenaza a los personajes, al incendio que envuelve, destruye y purifica, oimos la voz de Andrei Tarkovski revelando lo qué quería decir con Sacrificio:

-«El personaje de Sacrificio busca participar en la vida, influir en el destino de sus contemporáneos y de su país, sin dejar que sean los políticos profesionales los que decidan por él. Este individuo quiere introducirse en la corriente de la vida y cambiar su curso. Y eso es posible sólo cuando se da cuenta de que nadie hará nada por él, mientras él mismo no tome la iniciativa. De esto trata la película. Si no queremos vivir como parásitos en el cuerpo de la sociedad, disfrutando de los beneficios de la democracia; si no queremos convertirnos en conformistas y estúpidos consumistas, tenemos que aprender a renunciar a muchas cosas.

Y, sobre todo – prosigue Tarkovski -,cualquier reforma que propongamos debemos empezarla por nosotros mismos. Rápidamente, solemos echar la culpa de lo que pasa a nuestros amigos, a la sociedad, pero nunca a nosotros mismos. Yo me enfado cuando la gente hace responsable de todo lo malo que ocurre en el mundo a los demás, pero nunca a sí mismo. ¡Cuántos gastan gran parte de su energía en culpar a los demás, sin dirigir primero la mirada sobre ellos mismos! Empezar por uno mismo, eso es lo que deberíamos hacer todos desde el primer momento. Pero nos hemos acostumbrado a que todo lo paguen el esfuerzo y el trabajo de los otros, y no el nuestro propio.

Ninguna estructura social puede funcionar en parte alguna del mundo – continúa este gran director de cine – si no arraiga en cada individuo singular. Por eso resulta de extrema importancia restablecer la participación del hombre en su propio futuro, conseguir que éste vuelva a creer en su alma y en el sufrimiento de ésta, y que ligue su actuación a su propia conciencia. Estoy convencido de que todo intento de restablecer la armonía en el mundo sólo puede tener éxito a partir de la renovación de la responsabilidad individual. Y esto no lo haremos sin renovar nuestra actitud respecto a la fuerza que nos ha creado y que nos hace vivir».

A veces en un blog no hay que añadir nada más.

EL CAMINO PARA VENIR AQUÍ

El camino para venir aquí está hecho de piedras, periódicos, hierro, neón y cristales, es un camino de arte, el camino del «arte povera«, materiales tan pobres como la madera, los tejidos, los hilos, pero los hilos me han ido tirando y atrayendo hasta esta sala, han ido atando mis pasos por Caixa Forum de Madrid hasta dejarme quieto ante esta pieza en el suelo, «El camino para venir aquí» de Mario Merz, el camino de los periodicos repetidos, la noticia solidificada, «Il Corriere della Sera» del 10 de enero de 1986 amontonado en paquetes bajo una cinta fosilizada, una hilera de periódicos iguales, la noticia siempre repetida, esa noticia «Non piu armi alla Libia» en primera página, no, no más armas a Libia ni a ningún sitio, no mandar armas nunca a nadie, ¿para qué las armas?, la noticia aparece en Primera y la Primera se repite multiplicándose en el suelo, el periódico muestra sus montones efímeros, nada más efímero que un periódico de ayer, ayer se mandaban armas a Libia y hoy se envían a otros sitios, el periódico está detenido en esta sala, es la repetición de la actualidad, la relación que Merz hacía entre cultura y naturaleza, ¿es cultura mandar armas a los hombres?, ¿se mejora la naturaleza?.
Luego he tomado la senda del hierro, del tejido, del cristal, el neón me ha guiado por Madrid, he cruzado las calles y he llegado a las teclas de este blog de Mi Siglo, me he asomado a la ventana de la pantalla y he recordado de nuevo el camino para venir aquí.
(Imagen: pintura de Mario Merz.-Flickr)

JERUSALÉN, JERUSALÉN

– No veo ningún nexo necesario entre la angustia y la experiencia judía – decía el escritor norteamericano Bernard Malamud -. No creo que exista una angustia nacional, aun cuando haya algunos judíos ciertamente angustiados. No creo que una encuesta realizada en varios países permita determinar una angustia específicamente judía. No todos los judíos tienen una experiencia idéntica. Si existe algo que se parezca al «carácter» nacional, no creo que la psicosociología haya probado aún que existe una angustia internacional específicamente judía.
Por su parte, Saul Bellow comentaba:
– No tengo ningún deseo de hablar de la literatura judía . A mi entender se trata de una cuestión de sociología a la que el mismo escritor sea incapaz de responder.
Truman Capote quería terciar también en el debate:
-Me siento completamente extraño a Bellow y a Malamud y a todo lo que hace furor en Nueva York…Ellos son quienes hacen la ley. La ley literaria. Controlan el Establecimiento literario. Y yo me encuentro solo, completamente solo en el frío…
Viene todo esto en relación con la polémica suscitada por el Salón del Libro de París que se celebrará en esa ciudad del 14 al 19 de marzo y donde Israel es invitada de honor coincidiendo con el sesenta aniversario de la creación del Estado de Israel.
Ya en Italia, Israel también ha sido invitada de honor a la Feria del Libro de Turín y ha estallado la misma polémica que parece ahora situarse entre quienes reciben con calor a los 39 escritores israelíes que van a la capital francesa y quienes protestan por su presencia, muchas de esas protestas provenientes de países árabes.
A la vez, una de las más interesantes revistas de Francia dedicadas a autores y a libros, «Le Magazine littéraire«, cambia su apariencia y su fondo en el número que saldrá a la calle precisamente el día 14 y publica un especial Documento sobre «los judíos y la literatura». Malamud, Bellow y Mailer, entre otros, dice uno de sus artículos, no se han reconocido, como muchos han pretendido, dentro de la «escuela judía de Nueva York«, aunque el «signo judío» impregna a pesar de todo sus diversas obras de manera muchas veces enigmática y secreta. La vitalidad literaria israelí – señala Pierre Assouline -es aún más sorprendente puesto que ella está silenciosamente cercada por la muerte.
A París, entre otros, van Amos Oz y David Grossman para hablar de «la literatura y el mundo», pero la lista de grandes narradores judeonorteamericanos nos llevaría por ejemplo hasta el polaco que emigraría a Estados Unidos, Isaac Bashevis Singer, o a la célebre y extraordinaria novela, Herzog, de Saul Bellow.
Si ahora siguiéramos la estela de agua que fue dejando aquel histórico barco en el mar escucharíamos la voz de León Uris diciéndonos:
– Existe toda una escuela de escritores judíos norteamericanos que se pasan el tiempo maldiciendo a sus padres, detestando a sus madres, torturándose el alma y preguntándose porqué han nacido. Yo escribí Exodo porque estaba cansado de excusas y del sentimiento que nos impulsa a buscar excusas. La comunidad judía de este país es proporcionalmente mucho más fértil que cualquiera otra en el campo del arte, de la medicina y sobre todo de la literatura.

LA ESCRITURA NOCTURNA

– En la escritura diurna – dice Magris -, un escritor, también cuando inventa, expresa un mundo en el que se reconoce; habla de sus propios valores, su modo de ser, su sentido y su concepción de la vida.
-Pero en la escritura nocturna – le contesta andando junto a él el doble de Magris – el escritor ajusta cuentas con algo que surge de improviso dentro de él y que, quizá, no sabía que tenía: sentimientos, impulsos inquietantes y también horribles que nos asombran, nos horrorizan, nos sitúan ante un rostro que no creíamos tener, nos dicen lo que podríamos ser, lo que tenemos o esperamos ser, que quizá por una simple casualidad no hemos sido.
-La escritura diurna, sin embargo …-intenta interrumpirle Claudio Magris caminando por las calles desiertas…
Pero ya su doble enseguida le corrige:
– Mire usted, cuando un escritor encuentra a este sosias suyo, a lo mejor preferiría que dijera cosas diferentes de las que está diciendo pero, si es honesto, tiene que dejarle hablar e incluso, permitir que diga verdades desagradables; en resumen, tiene que dejar la pluma a la escritura nocturna.
Y así van, escritura diurna y nocturna de la mano, el día y la noche de los escritores, parte de luz y parte de sombra, la lucidez y la irrealidad sobre el asfalto, la conciencia y el subconsciente que nunca se separan, que nunca se despiden, que van juntos dentro de Claudio Magris como van dentro de nosotros mismos.

TOLKIEN : ESTAR DENTRO DEL LENGUAJE


Ante este mapa en el papel o dentro de su cabeza, pensando en los amantes de los árboles, las flores o el agua, en los humanos que cultivaban el suelo y edificaban villas y fortalezas, en los que buscaban minerales dentro de las montañas o en quienes custodiaban los bosques, Tolkien le consultaba a su hijo Christopher el 21 de mayo de 1944: «¿Te parece que Shelob (EllaLaraña) es un buen nombre para una monstruosa araña? Por supuesto, se trata tan sólo de «she más lob» = (araña) ; pero escrita como una única palabra, parece algo nocivo…»

Diez días después le confiaba también a su hijo: «Le leí a C.S.Lewis los dos últimos capítulos (El antro de Ella-Laraña y Las decisiones de maese Samsagaz). Sam, entre paréntesis, no es la abreviatura de Samuel, sino de Samsagaz (Medio-tonto en inglés antiguo), como el nombre de su padre es el Gaffer (Ham) en inglés antiguo Hamfast o Stayathome ( Quedadoencasa). Los hobbits de esa clase tienen por lo general nombres muy sajones; y no estoy verdaderamente satisfecho con el sobrenombre Gamyi y lo habría reemplazado por Buenchico si pensara que tú me lo permitirías.»

Las Cartas de J.R.R. Tolkien (Minotauro) revelan, entre tantos otros escritos, la preocupación del autor por el lenguaje. En la necrológica de Tolkien que The Times publicó en 1973 y que escribió su amigo C.S.Lewis se decía que él había sido no sólo un estudioso, sino un creador lingüístico: «Había estado dentro del lenguaje», se afirmó. «»Al escribir – decía Tolkien – yo siempre empiezo por un nombre. Dadme un nombre, y sacaré un cuento, pero no al revés». Como tampoco estaba muy seguro de cómo había inventado la palabra hobbit: «Yo no sé de dónde salió el nombre. Uno no puede coger al vuelo a su cerebro. Es posible que fuera por asociación con el Babbit de Sinclair Lewis«.

A Tolkien me referí en Mi Siglo el 29 de noviembre pasado y allí aludí a la invención y a la realidad. Ahora, un libro reciente, «Tolkien et le Moyen Âge» (CNRS, París,2007), publica una serie de artículos en torno al Tolkien investigador y filólogo, especialista en el mundo anglosajón-medieval. Lo feudal, el universo de las armas, la música, la poética, la magia, la arquitectura y la medicina expanden esa Edad Media de la que habla el célebre escritor. ¿Pero de qué Edad Media se trataba?
Se sabe que la ambición de Tolkien no era escribir novelas, sino constituir algo legendario, susceptible de reunir a la vez las mitologías greco-romanas y celto-germánicas. Trabajaba el lenguaje con intuición e imitación y ahora – además de quienes le veneran como autor y de quienes le rechazan – es estudiado como creador del lenguaje en muchas universidades del mundo.

" AL TORO Y AL AIRE, DARLES CALLE"

Este dicho popular, «Al toro y al aire, darles calle» parece que ilustrara esta estampa de Goya, Disparate de toritos/Lluvia de toros que puede verse en la exposición del Prado, en la excelente ampliación del Museo, allí donde en una vitrina reina la última adquisición de 2006, El toro mariposa, dibujo realizado por el pintor en la fase final de su vida en Burdeos.

He estado una de estas mañanas por allí, entre los toros y el aire, el vuelo, la diversión y la risa, el aire entre las astas y las pezuñas, los toros cruzados en Disparates, la «locura volante» trazada en aguafuerte, aguatinta y punta seca. Goya es único y nunca se cansa uno de asombrarse. Desde el perro célebre asomando su cabeza casi de la nada hasta las muecas de las pinturas negras. Goya aquí, en este disparate de toritos – varios cuerpos, varias colas, varias astas -nos trae y nos lleva por su libertad creadora camino poco a poco de esos años postreros de su vida, cuando en 1825, en una carta de Moratín, éste dice del pintor hablando de su estancia en Francia : «Goya, con sus setenta y nueve pascuas floridas y sus alifafes, ni sabe lo que espera, ni lo que quiere : yo le exhorto a que se esté quieto hasta el cumplimiento de su licencia. Le gusta la ciudad, el campo, el clima, los comestibles, la independencia, la tranquilidad que disfruta. Desde que está aquí no ha tenido ninguno de los males que le incomodaban por allí y, sin embargo, a veces, se le pone en la cabeza que en Madrid tiene mucho que hacer; y si le dejaran, se pondría en camino con una mula zaina, con su montera, su capote, sus estribos de nogal, su bota y sus alforjas».

En otra carta, meses después, Moratín comenta cómo Goya le ha dicho «que ha toreado en su tiempo y que con la espada en la mano a nadie teme».
Mientras tanto los toritos bailan ante nosotros con su lluvia de cuerpos, saltan, se cruzan, nos sorprenden y su agilidad nos fascina.

(Disparate de toritos/ Lluvia de toros, estampa de los Disparates adicionales de la edición póstuma de L´Art París-Londres, 1887 G-568.-JPEG Image )

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER LIBRO


– Cuando era pequeño – me dice Amos Oz -, quería crecer y ser libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reikiavik, Valladolid o Vancouver.

Estamos charlando en su despacho de trabajo, entre libros, ante un mapa extendido sobre el atril, y nos llega el aroma de esa biblioteca de infancia que él contó de forma extraordinaria en Una historia de amor y de oscuridad.

– Aquel que busca el corazón del relato en el espacio que está entre la obra y quien la ha escrito – me dice – se equivoca: conviene buscar no en el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino en el que está entre lo escrito y el lector. En vez de preguntar: «Cuando Dostoyevski era estudiante, ¿de verdad asesinó y robó a ancianas viudas?», prueba tú, lector, a ponerte en el lugar de Raskolnikov para sentir en tus carnes el terror, la desesperación y la perniciosa miseria mezclada con arrogancia napoleónica, el delirio de grandeza, la fiebre del hambre, la soledad, el deseo, el cansancio y la añoranza de la muerte, para hacer una comparación (cuyo resultado se mantendrá en secreto) no entre el personaje del relato y los distintos escándalos en la vida del escritor, sino entre el personaje y tu yo secreto, peligroso, desdichado, loco y criminal, esa terrible criatura que encierras siempre en lo más profundo de tu mazmorra más oscura para que nadie pueda adivinar jamás la esencia de tu existencia, ni tus padres, ni tus seres queridos, no sea que se aparten de ti con espanto igual que se huye ante un mostruo.

Salimos fuera, a la calle, y me dedica la conferencia que él pronunció hace siete años, «Sobre el goce de escribir y el compromiso«. Contemplando a cuantos cruzan a a nuestro lado me habla de su trabajo de inventor de historias, de cómo imagina él los relatos y las vidas:

– Aprendí de alguna forma – me explica mientras caminamos – a morigerar mi soledad mirando a la gente, adivinando, inventando, a veces escuchando al azar fragmentos de conversación y uniéndolos, como un hombre de la Stasi. Detallitos de información para crear, a veces, un historial incriminatorio. Tengo que confesar que todavía hoy hago lo mismo cuando tengo que «matar el tiempo», por llamarlo de alguna manera, en un aeropuerto, sentado a la sala de espera del dentista o de pie haciendo cola. En vez de leer periódicos o rascarme la cabeza, fantaseo. Claro que algunas de mis fantasías actuales no son tan inocentes como mis fantasías infantiles. Pero todavía fantaseo. Y es un pasatiempo útil, no sólo para un novelista, no sólo para un escritor, sino para todos y cada uno de nosotros. Pasan tantas cosas en cada esquina, en la cola de cada parada de autobús, en cada sala de espera de una clínica, en cada café… De hecho, muchos seres humanos cruzan nuestro campo de visión cada día y la mayor parte del tiempo no suscitan nuestro interés: ni siquiera reparamos en ellos, vemos siluetas en general. Así que si uno adopta la costumbre de observar a los extraños, con un poco de suerte termina escribiendo historias al fantasear acerca de lo que la gente se hace entre sí o qué relación hay entre ellos.
Le recuerdo a Oz cuando nos vimos en Oviedo, sentados en el parque de San Francisco, tras darle el Premio Príncipe de Asturias el año pasado, aquella conversación de la que hablé en Mi Siglo el 28 de octubre de 2007.
Después me paro ante una librería. Veo un ejemplar de Contra el fanatismo, entro y consigo comprarlo. Me llevo a Amos Oz en el bolsillo transformado en libro.

SEIS MESES / OCHO 1/2

Hace ahora cuarenta y tres años – en la mañana del 24 de febrero de 1965 – estuve en Roma con Federico Fellini que rodaba en aquel momento «Giuletta de los espíritus«. La entrevista con el célebre director italiano la recogí en mi libro

Diálogos con la cultura.

Se le ve que Fellini – escribí entonces -, recostado en este sillón, mira los exteriores del bosque donde Giulietta Masina está bajando del árbol, descendiendo de la casa de ramas, descubriendo con ojos de payaso el suelo. El despacho en que charlamos huele a bosque, el bosque huele a decorado, los decorados los clavan los carpinteros, a los carpinteros los pagan los productores. Huelen los productores a bosque, esperan en la sombra, con sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad, a que nosotros terminemos. Suena el teléfono. Fellini se levanta, habla, cuando vuelve dice que Giulietta de los espíritus quiere tenerla montada pasado mañana.

Ahora, el 25 de febrero de 2008 este blog Mi Siglo cumple sus seis meses de vida en el espacio. Vaya hoy, como recuerdo y homenaje al gran Fellini, la luminosa pasarella final de «Ocho y medio»  que ofrezco en este video:

EL CIRCO Y El ARTE, Y El ARTE DEL CIRCO


Las joyas de las mujeres de circo son las joyas más maravillosas del mundo, son las joyas superiores a las de la corona de Inglaterra. Los brillantes, sobre todo los que se colocan sobre la cabeza, son como estrellas, marcando en el espacio los radios de las estrellas radiosas y sus seis puntas clásicas. Las gargantillas las ahogan en espesor y en luz, haciendo arder sus cuellos.
Los sprits también son cosa rica, son grandes manojos que elevan su figura hasta hacer de ellas mujeres altísimas. También usan plumas de las aves del Paraíso, que cuando suben a los centros de luz lucen su amarillo único, su amarillo volandero y angélico, porque no todos los ángeles tienen las alas blancas.
Así era escribiendo Ramón Gómez de la Serna, el gran Ramón, inventor de la greguería, autor de obras inimitables, como El Rastro (1915), Pombo (1918/1924), El circo (1916) o Automoribundia (1949). Creaba desde su página números de saltimbanquis de las letras, hacía subir y bajar por las escalas adjetivos y adverbios que se cruzaban luego en el aire con sustantivos vestidos de payasos de cuyas cintas pendían bailarinas de interrogaciones y de admiraciones. El público aplaudía, muchos lo hemos leído y como yo cuento en mi último libro El artículo literario y periodístico. Paisajes y personajes tuve incluso la fortuna de asistir a la sesión que el Circo Price dedicó a Ramón el 25 de enero de 1963 y allí pude ver a su viuda, Luisa Sofovich.
El circo le debe a Ramón muchos homenajes y estos días en Segovia acabo de ver la exposición «El Circo en el arte español» en donde se reúnen cuadros con eternos motivos de malabarismos, trapecios, animales domésticos y salvajes, el movimiento y el equilibrio en lienzos y esculturas firmados por Juan Gris, Picasso, Maruja Mallo, Vázquez Díaz, Cuixart, Guinovart, Juan Muñoz, Alberto García-Alix, Cristina Garcia Rodero y tantos otros antiguos y contemporáneos, la pintura y la fotografía unidas en la pista de la memoria.
Mientras tanto hay que recordar en el tiempo cuando el 21 de noviembre de 1923 el Gran Circo Americano quiso ofrecer un homenaje más a Ramón Gómez de la Serna como su cronista oficial.
Quiso pronunciar Ramón una conferencia desde el trapecio y así lo hizo:
«Así – dijo leyendo un larguísimo papel -, por primera vez realizo yo con franqueza lo que muchos oradores hacen sin darse cuenta: columpiarse y estar en el trapecio de la coladura. Sólo sabiendo como yo ahora que se está de verdad en el trapecio, no se está en la higuera.
Eso sí, ya que la red es muy entretenida de tender, pedí que pusieran debajo una de esas colchonetas de circo de deformes abultamientos que están rellenas con artistas malogrados, deshechos, y que así no pierden el contacto con el espectáculo y son algo útiles.

En caso en de apuro bajaré por la escala de mi larga cuartilla.
(…)
El mundo, al fin, se dará cuenta del sentido humorístico de la vida y acabará siendo un gran circo, franco, sincero, desengolado, en que los regisseurs lucirán las casacas ministeriales, a las que habrán sacado los ojos que hoy las decoran, y la gran farsa caprichosa y disparatada del mundo habrá encontrado su sincero ritmo y su estilo verdadero.
He dicho.
Y ahora, maestro, ¡música!