CAMPO DE SILENCIOS Y SILENCIOS

Esta mujer postrada en este hospital de Río de Janeiro, hoy, en esta mañana de invierno de 1977, intenta evadirse de las mantas y las sábanas y salir cuanto antes al pasillo. Muy enferma de cáncer, apenas puede erguirse y cuando la enfermera la retiene, ella contesta furiosa: «¡Usted ha matado a mi personaje!».

Es ella su personaje y a la vez son personajes suyos todos los que pueblan sus cuentos y novelas. Esta mujer se llama Clarice Lispector, una de las escritoras brasileñas más importantes del siglo XX, una de las voces únicas e inimitables de la narrativa, personalidad sin duda misteriosa e indescriptible. En una ocasión anterior he hablado de ella en Mi Siglo. Siempre me fascinó su voluntad creadora, la forma singular que tenía de componer sus libros, no planificando nada sus construcciones de creación y en cambio añadiendo eslabones y fragmentos que podían surgir en su mente en un momento cualquiera y que ella recogía como piezas de oro, -«estados de gracia«, decía – nacidos en el marco de la vida corriente y doméstica, ideas que atrapaba viajando en un taxi o tomando un café.

He vuelto a leer esos esbozos absolutamente acabados de su prosa enigmática:

«-Mañana cumplo diez años. Voy a aprovechar bien mi último día de nueve años.

Pausa, tristeza:

Mamá, mi alma no tiene diez años.

-¿Cuántos tiene?

Sólo unos ocho.

No importa, es así.

Pero creo que deberíamos contar los años por el alma. Diríamos: aquel tipo murió con veinte años de alma. Y el tipo habría muerto con setenta años de cuerpo».Para no olvidar») (Siruela).

Sí, para no olvidar estos sorbos de prosa, expresiones y exploraciones que ella denominaba «campo de silencios y silencios».

De origen ucraniano y judío, nacida en Tchetchelnik en 1920, reposa en el cementerio israelita de Cajú, en Río Janeiro.

Su mirada rasgada, de felino, no se extendía sólo a cuanto la rodeaba. Entraba con agudeza inusual en el corazón de todos sus escritos.

CÓMO NACEN LAS NOTICIAS

¿El aliento de Filípides expirando de fatiga al llegar a Atenas, corriendo desde Maratón, va a figurar como una de las primeras noticias del mundo? Este jueves se inaugura en Washington el «Newseum«, Museo de la Noticia, en la avenida de Pennsylvania. Cuatro pisos de altura, 14 galerías, 15 aulas, 2 estudios de televisión, 350 primeras páginas históricas. ¿Y el aliento del correo Filípides? ¿estará?. Es el primer entrenado para transmitir tras 225 kilómetros una noticia antes de morir, el mensajero de la boca entreabierta y los ojos en blanco, el heraldo que tiene que pronunciar antes de caer vencido que la victoria ha sido conseguida, que el resultado de la victoria lo entrega él nublada la vista y los brazos palpando la muerte, esa victoria que apenas pronuncian sus labios.

Después hay otras noticias transcendentales que cruzan el mundo como relámpagos. «Hitler ataca a los polacos«, anuncia el «Baltimore News Post» el 1 de septiembre de 1939. «El presidente Kennedy asesinado» (1963), «Cápsulas envenenadas de Tylenol» (1982). Furio Colombo en «Últimas noticias sobre el periodismo» (Anagrama) dedica páginas muy interesantes al nacimiento y a la muerte de una noticia, a cómo surgen y cómo desaparecen esos granos y esas nubes de noticias que estallan en los telediarios y que expanden su interés en la pantalla durante días y semanas: parpadean, fascinan, cansan y al fin desaparecen por mil motivos diversos, no siempre muy honorables. «El problema – dice Colombo – es que una cantidad de fuentes interesadas pueden crear literalmente una noticia, no inventándola sino, más simplemente, poniéndola a disposición de los media. El coste del trabajo, la velocidad del montaje y la necesidad de mantener disponible un bazar de informaciones asegura habitualmente que los media no desperdicien la oferta».

El público tiene hambre de noticias y «el problema -sigue diciendo Colombo – tiende a hacerse más complejo con la irrupción de las redes electrónicas de libre acceso tipo Internet, en las cuales siempre es posible introducir nuevo material informativo que tiene por fuente a sí mismo. En el colmo de su complejidad organizativa, cultural y tecnológica, el periodismo parece volver a su origen: la opinión, el rumor, el viajero que cuenta, el paseante testigo, la opinión que se convierte en hecho».

Sigo viendo a Filípides correr de Maratón a Atenas, de Atenas a la Avenida de Penssylvania en Washington, intentando llegar con los labios entreabiertos al «Newseum«, intentando balbucear antes de morir una de las primeras noticias del mundo.

EL MAGNETOFÓN CHINO

Abro la puerta de Mi Siglo, atravieso el umbral de este blog y entro en esta habitación parisina en donde dicta este hombre a oscuras. Es Gao Xingjian, nacido en Jangsu (China) en 1940, que fue Premio Nobel en 2000, poeta, director de teatro, dramaturgo, novelista y pintor, que vive en la capital francesa desde hace años y que casi no ha notado que yo he entrado en este despacho donde él trabaja. Está modulando su prosa en el oído de un magnetofón, como hacía, tumbado en un sofá y con las luces apagadas, el español Gonzalo Torrente Ballester, según cuenta él en Los cuadernos de un vate vago (Plaza-Janés), obra aleccionadora y divertidísima que cuenta los desahogos y la gestación -a veces cómica, a veces dramática – de muchos otros libros suyos.

Pero Gao Xingjian casi no ha oído que yo he entrado.

Mi primer borrador, ¿sabe usted? – me dice en la penumbra – procede de lo que le he contado al magnetofón, y cuando reviso el texto, lo recito en mi interior en silencio.

Es lo que oigo y lo que veo en este despacho cuando flota la musicalidad de la lengua china entre estos muebles y los caracteres vienen y van de la boca del escritor a la recepción del aparato para tornar nuevamente a este hombre que escribe tan enamorado de los significados como de los sonidos.

El lenguaje vivo, si usted se fija – continúa en voz muy baja -, tiene siempre un tono determinado, y someterlo a la prueba de la audición es un buen método para filtrar y pulir los desarreglos de estilo. Las palabras que el oído no acepta o entiende, o bien no han sido dichas con claridad, o bien no tienen razón de ser. Y ¿qué puede transmitir a los demás un autor que no se entiende a sí mismo? La musicalidad del lenguaje es muy importante. La inspiración que yo hallo en la música supera con creces la que pueda proporcionarme cualquier teoría literaria. Antes de escribir elijo bien la música que quiero escuchar, pues es la que va a ayudarme a adquirir la disposición de ánimo necesaria para la escritura, a encontrar el timbre y el ritmo de la lengua. Si la narración grabada en el magnetofón o las oraciones escritas sobre el papel se tornan frases musicales que se pueden palpar y sentir, la escritura deja de ser un mero conjunto de nociones y conceptos acuñados por el intelecto.

Pasan entre nosotros, en esta atmósfera del despacho de París, los vuelos de los signos con sus ademanes agudos y graciosos, los trazos suaves o vivaces que nacen en los orígenes de la lengua y que se precipitan enseguida sobre el lenguaje escrito.

La lengua está, por naturaleza, ligada al sonido; la escritura es posterior – me dice Xingjian -. El lenguaje escrito es un modo de registro de la lengua, y la caligrafía que evoluciona de los caracteres chinos pertenece a las artes plásticas y no tiene nada que ver con el arte del lenguaje. La búsqueda del tono, por otra parte, es, para mí, lo más importante de la escritura. El tema, los personajes, la estructura e incluso el pensamiento subyacente en la obra deben hallarse diluidos en el tono de la composición. La escritura comienza en la búsqueda del tono, y todo lo demás forma parte de los preparativos previos. Lo primero que yo hago al ponerme a escribir es intentar saborear de nuevo el lenguaje.

Salgo de este despacho parisino sin hacer el menor ruido para no interrumpir ese lazo secreto que está uniendo al magnetofón con la voz, el respirar del aparato con el respirar del escritor. Al entrar de nuevo en Mi Siglo y cerrar la puerta veo lejos, a través de las ventanas, el temblor de esa llama olímpica que es una lengua diminuta camino de China, esa China de la que un día salió Xingjian exiliado y a la que nunca sabe si volverá.

(Imagen: fotografía de Gao Xingjian)

EPIFANÍAS

Cuando Greta Conroy (Anjelica Huston) se detiene en lo alto de la escalera al fin de la velada en la casa de los Morkan no se da cuenta de que su marido la está mirando. «Gabriel no había salido a la puerta con los demás – escribe Joyce en su cuento «Los muertos«, del volumen «Dublineses» -. Se quedó en la oscuridad del zaguán mirando a la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descansillo, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la barandilla, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oir él también. Pero no podía oir más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.
Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro si fuera pintor«.

La escena fue filmada por John Huston desde una silla de ruedas y asistido con una máscara de oxígeno a causa de su salud. «Estoy adaptando un cuento de Joyce – declaró – que tenía pensado llevar al cine desde hace treinta años, pero con tantos filmes que he tenido que hacer para poder pagar a mis ex-mujeres y mis médicos, hasta ahora no ha sido posible».

Esa melancólica melodía lejana, «La joven de Aughrim«, que Greta escucha entre recuerdos en lo alto de la escalera (y principalmente todo lo que la envuelve y la hace inexpresable), intenta ser en Joyce una mini-epifanía, es decir, una visión momentánea, ese instante de misterio que se revela sobre nosotros y que manifiesta el secreto último de las cosas. » Por epifanía – explicó Joyce en otra de sus obras – entiendo una manifestación espiritual repentina, ya sea en la vulgaridad del habla o del gesto o en una frase memorable de la mente. Creía que era propio del hombre de letras registrar esas epifanías con extremo cuidado, considerando que son los momentos más delicados y evanescentes».
En «Dublineses«, en el «Retrato del artista adolescente» y en otros libros, Joyce aspira, por tanto, a revelar esas percepciones de la gracia y esas intuiciones de inmortalidad.
Después, Greta Conroy seguirá bajando la escalera. La epifanía se disuelve y la parálisis de Dublín, con sus calles y sus vidas, parece continuar. Las conversaciones entre Greta y su marido evocando aquel primer amor de juventud que tuvo ella y cuyo desenlace aún le persigue serán envueltos por la musicalidad de la nieve. «Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen, y más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon.(…) Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oir caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos».

¿ REVUELTA O REVOLUCIÓN ?

«La revolución, incluso si no ha sido preparada, desemboca en un cambio radical en las instituciones. Es portadora de un proyecto de sociedad, que puede ser loco o delirante, pero que es coherente. La revuelta, al contrario, es un movimiento más eruptivo, más imprevisible, y que no está centrado necesariamente en el futuro. Así las revueltas son interesantes por aquello que revelan y aquello que las ha hecho nacer, mientras que las revoluciones son interesantes por aquello en que desembocan. Los movimientos de revuelta se han manifestado constantemente a través de la violencia pero siempre han conducido a un regreso al orden anterior. Es con la aparición de la idea de progreso que la revuelta se ha convertido en revolución, provocando los acontecimientos de 1789″.

Estas palabras del historiador francés Le Goff siempre han estado en mi mente cuando me han preguntado por los «sucesos» del mayo francés de los que fuí testigo. No hubo revolución – en el sentido estricto – en mayo del 68. Habría que añadir – como digo en mi libro – las palabras de André Malraux , al que yo ví aquellos días como ministro de De Gaulle – intelectual hoy debatido en muchos foros pero que posee un bagaje cultural extraordinario -, cuando señaló: «Mayo no fue sino una inmensa ilusión lírica, el problema estaba en saber qué saldría de allí…La imaginación al poder no quiere decir nada. Porque no es la imaginación la que toma el poder, sino las fuerzas organizadas. La política no es lo que se desea, es lo que se hace. Lo importante no es gritar «¡Viva la libertad!»; es conseguir que las libertades se realicen en el Estado. Para mí, la ilusión lírica, en una revolución, es algo que debe ser superado. Mayo no fue más que materia prima…Lo que los jóvenes deseaban de nosotros, ante todo, era una señal de esperanza, en el fondo de unos malestares que sentían más que nosotros aún…»

Cuarenta años después de todo aquello, vienen también a mi recuerdo aquellas frases del director de una famosa librería parisina de izquierdas: » 1968 me dejó completamente sorprendido. Tenía cierta idea del proceso revolucionario, y no era en absoluto como aquello. Vi a estudiantes levantar barricadas, pero no sabían nada de la revolución. Eran chavales de instituto, que ni siquiera estaban metidos en política. No había organización, ni planificación de ninguna clase».

Testimonios, declaraciones, puntos de vista, debates en el tiempo.

(Foto: una calle del Barrio Latino tras una noche de barricadas)

IMÁGENES CONTRA IMÁGENES

Como en el bello título de una novela del escritor italiano Guido Piovene, «Piedad contra piedad«, en aquellas semanas de mayo de 1968 en París que comento en mi reciente libro al que me referí en Mi Siglo el 4 de abril, las imágenes lograron ir contra las imágenes, y las imágenes de los fotógrafos que se adentraron por las calles de la capital francesa haciendo parpadear constantemente sus cámaras en busca de la noticia se encontraron instantáneamente con otras imágenes que les estaban mirando y que les hablaban desde los muros.

En el mundo no existían entonces los móviles, por tanto tampoco el «pásalo» de las voces al oído, y lo que las paredes parisinas sí «pasaban» a los ojos de los transeuntes eran los trazos y el lenguaje de los «grafittis» elaborados por los estudiantes en el «Atelier populaire des Beaux-Arts» y en el taller Brianchon ( en Bellas Artes). La crisis de mayo, según un sociólogo francés, «no fue revolucionaria ni en sus objetivos políticos, ni en sus objetivos sociales, pero sí lo fue en los medios de expresión utilizados».

En la noche del 13 de mayo de 1968 aparecieron en París los primeros «afiches» junto a «grafittis«, consignas y octavillas. Pertenecientes a la categoría de arte popular, tanto porque hacían hincapié en la idea de anonimato como porque se adaptaban a una determinada demanda social, se empleó el offset en los carteles en ciertas ocasiones, aunque resultaba caro. Otros carteles fueron tirados en serigrafía a partir de fotos de prensa.
París – sobre todo el Barrio Latino – fue inundado de «grafittis» diversos.
TODO ES DADA, se leía en el Teatro Odeón.
OLVÍDENSE DE TODO LO QUE HAN APRENDIDO. COMIENCEN A SOÑAR, se podía ver en la pared de la Sorbona.
VIVIR CONTRA SOBREVIVIR, se leía en Nanterre.
DIGAN NO A LA REVOLUCIÓN CON CORBATA , se escribió en Bellas Artes.

EL ARTE HA MUERTO, LIBEREMOS NUESTRA VIDA COTIDIANA, apareció en la Sorbona.
Imágenes contra imágenes.
El ojo de la cámara fotográfica mirando a la cámara del muro.
Los dos ojos mirándose. Los dos lenguajes intentando entenderse.
Ese fue otro aspecto del París de entonces en su célebre mayo.
(Imagen: uno de los carteles que apareció en una calle de París)

¿ESTÁ CERCA CHINA ?

– Me sorprende no advertir en Pekín, en esta ciudad tan lejana y diferente, nada o casi nada de extrañeza, sentirme mucho más a gusto de lo que yo pensaba .- me dice Claudio Magris sentado conmigo en este despacho de trabajo de Trieste, despacho fronterizo entre la realidad y la imaginación.

Vemos los dos juntos en los telediarios cómo va y viene dificultosamente la llama olímpica por las calles y manos del mundo, cómo vienen y van las relaciones entre China y Tibet, cómo se cruzan intereses, paces y conflictos.

Magris ha estado en China no hace muchos años y en diciembre de 2003 escribió el resumen de su viaje bajo el título «¿Está cerca China?», que ahora recoge en el volumen El infinito viajar (Anagrama).

– Vivir significa hoy, más que nunca – me dice Magris -, viajar; la condición espiritual del hombre como viajero de la que habla la teología es también una situación concreta para masas de personas cada vez más considerables. En las vertiginosas transformaciones del vivir, el regreso a sí mismo – material y sentimental – se vuelve más y más incierto: el Ulises actual no se asemeja al homérico o al joyceano, que al final vuelven a casa, sino más bien al dantesco que se pierde en lo ilimitado, a al del Li Sao de Chü Yüan, una peripecia ulisiana china, que al final ve su pueblo desde lo alto pero no puede regresar a él. Viajar es una escuela de humildad – me sigue comentando el autor de Microcosmos -; nos lleva a tocar con la mano los límites de nuestra comprensión, la precariedad de los esquemas y los instrumentos con los que una persona o una cultura presumen comprender o juzgar a otra.

Mientras tanto seguimos viendo pasar la llama de mano en mano, la luz olímpica que atraviesa incierta el salón donde estamos, que sale luego al pasillo, que intenta ser arrebatada y a la vez protegida, esa llama que no sabemos si encenderá protestas o quemara conciencias, llama olímpica que va hacia China en un zigzagueo de Historia.

– Vivir, viajar, escribir – continúa Magris charlando conmigo en esta habitación -. Acaso hoy la narrativa más auténtica – me dice -, no sé si usted se ha fijado, sea la que cuenta no a través de la invención y la ficción puras, sino a través de la toma directa de los hechos, de las cosas, de esas transformaciones locas y vertiginosas que, como dice Kapúscinski, impiden captar el mundo en su totalidad y ofrecer una síntesis de él, permitiendo capturar, como el reportero en la barahúnda de la batalla, sólo algunos fragmentos. Por lo demás, él mismo crea una literatura vitalísima zambulléndose en la realidad, plasmándola con rigurosa precisión, aferrando como un perro de caza sus detalles reveladores aún más huidizos y componiéndolo todo en un cuadro, fiel y a la vez reinventado, que es el retrato del mundo y del viaje a través del mundo. Quizá el viaje sea la expresión por excelencia de esa literatura, de esa narrativa «non fiction«teorizada por Truman Capote.

Sigue la llama olímpica viajando de mano en mano por el pasillo, por la terraza, por el jardín. ¿Llegará a iluminar cuanto desea? ¿Está cerca China o está lejos?

¿O somos nosotros los que estamos muy lejos de China?

(Imagen: pintura de Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000)

PARÍS, 1968

Esta vez en Mi Siglo he de hablar de una fecha personal. Hoy hace exactamente cuarenta años que publiqué mi primera crónica desde París como corresponsal del diario ABC de Madrid, puesto en el que estuve cerca de tres años.
Llegué a París un día de abril de 1968, una tarde lluviosa, y al aparcar desorientado en el Bois de Boulogne hasta esperar que la lluvia cesara y entrar en la ciudad oí repiquetear en el techo de mi coche cargado de libros todas las puntas de aquel 1968 que ya habían caído y algunas de las que aún iban a caer, maravillas de la historia y del periodismo. Caía 1968 con Dubcek en Checoslovaquia, nombrado primer secretario del partido; en Corea era capturado el buque estadounidense Pueblo en el mar del Japón; había una ofensiva del Thet en Vietnam del Sur; moría el cosmonauta Yuri Gagarin en accidente de aviación; y seguía lloviendo y moría también Jaume Sabartés, íntimo amigo y biógrafo de Picasso, disturbios estudiantiles agitaban España, concedían el Óscar a Rod Steiger y a Katherine Herpburn… y aún seguía lloviendo, aunque muy poco a poco fue amainando y aproveché entonces para arrancar de nuevo y bajar hasta la orilla del Sena – Avenue Kennedy, Avenue New York, Pont de l´Alma – hasta llegar a mi primera habitación en París, Hotel Gaillon, en la rue Gaillon, a pocos pasos de la Ópera.
Agradeceré siempre aquel cuartito del Hotel muy cerca de la place de la Bourse desde donde mandaría mis crónicas por «telex» y agradeceré ese enclave, tan vecino a los puentes del Sena, que también me permitió seguir el 10 de mayo hacia las tres de la tarde a la enorme multitud de estudiantes cruzando el río camino de la Sorbona en plena ebullición de los «sucesos» de aquellas famosas semanas.
Estos días en que aparece mi libro «París, mayo 1968. Crónica de un corresponsal» (Eunsa) y al que me referiré alguna vez más en Mi Siglo, la capital francesa me trae numerosos recuerdos. El 28 de aquel mes de mayo conocería en el Hotel Continental de París a un Francois Mitterrand que entonces tenía cincuenta y dos años, el 11 de mayo estaría con Daniel Cohn-Bendit entre el humo de las barricadas, en varias ocasiones – en conferencia de prensa en El Elíseo – con el general De Gaulle. Los domingos – sin duda para oxigenarme de tanta intoxicación política – charlaba largamente con intelectuales y artistas, como Gabriel Marcel o Robert Bresson, algunas de cuyas entrevistas las he incluido en los enlaces personales de este blog.
Escribir día a día las crónicas de la «revolución de mayo» – que ahora se recogen y comentan históricamente en este libro – supuso para mí el privilegio de estar en la primera fila de unos acontecimientos de enorme eco. A veces el periodismo aporta esas ventajas y transmite también esas responsabilidades. 1968 fue un año crucial en la célebre década de los sesenta. Eran los tiempos de los Beatles y sus melenas; el pelo de los Rolling Stones o de Jim Hendrix. Melenudos, desaliñados. Sin duda por eso fue el año en que se cantó:
«No hay palabras que canten la belleza, el esplendor, la maravilla de mi pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo, pelo. /Ondearlo, mostrarlo, tan largo como Dios lo pueda hacer crecer, mi pelo./ Lo quiero largo, liso, rizado, alborotado, enredado, áspero,/hirsuto, opaco, aceitoso, grasiento, lanoso, brillante, resplandeciente, humeante, / linoso, ceroso, nudoso, alunarado,/ retorcido, abaloriado, trenzado, empolvado, florecido y conffetiado, / ajorcado, enmarañado, lentejueleado y espaguetiado«.
1968 y París en la memoria. 1968 y los recuerdos de París.

EL TIEMPO EN EL CINE

El tiempo intenta ser recogido por el cine, las películas poseen un «tempo» propio, el cine llega a ser muchas veces testimonio histórico y obra documental, otras veces consigue establecer un lugar para siempre en nuestra memoria, pero lo que sobre todas las obras cinematográficas ocurre – como sobre todas las cosas – es el paso del tiempo por encima de las cintas y de las salas, el tiempo que pasa silenciosamente en esa oscuridad desde la que miramos a la pantalla, el tiempo que va pasando mientras la pantalla nos mira.

Raymond Chandler, hablando del cine negro, afirmaba en una carta, en 1946, que «Bogart es tanto mejor que cualquier otro actor duro, que hace parecer vagabundos a los Ladd y los Powell. Bogart puede ser duro sin un arma. Además tiene un sentido del humor que incluye el resabio raspante del desprecio. Ladd es duro, amargo y ocasionalmente encantador, pero después de todo es la idea que se hace un niño de un tipo duro. Bogart es el artículo genuino. Como Edward G. Robinson cuando era más joven, todo lo que tiene que hacer para dominar la escena es entrar».

En estos días en que nos ha abandonado el director anericano de origen griego Jules Dassin, repaso la visión que de él tuvo G. Caín ( o Guillermo Cabrera Infante). Cuando compara «Ciudad desnuda» con «Entre rejas» aplica la lente del tiempo que pasa y se pregunta, ya en 1958: «¿Está el lector entristecido por estas obras maestras que se deshacen en menos de diez años? No lo esté, por favor. Así es el cine. Además considere el aspecto espiritual: si se ha perdido una hija, se ha ganado un hijo: «Ciudad desnuda» no es tan buena como parecía, «Entre rejas» es mucho mejor de lo que nunca pareció».

El tiempo, pues, pasa silencioso por las salas oscuras y por las blancas pantallas y también va respondiendo a las frases de Chandler o de G. Caín, dándoles o quitándoles la razón.

Como el tiempo pasa igualmente sobre aquellas palabras de Dassin a Francois Truffaut: «Lo que me interesa – le dijo el autor de «Rififí» – es la verdad. El cine es el arte de las masas, la diversión menos costosa. Una película debe ser divertida. Usted descubrirá en mis películas una mezcla de divertimento y de lirismo: es mi pobre aportación a una expresión de la verdad, limitada por el «cine negro«.

¿ LA IMAGINACIÓN AL PODER ?

Entro en este despacho italiano en donde el periodista veneciano Alberto Sinigaglia, sentado a pocos metros de Italo Calvino, le pregunta al autor de «Las ciudades invisibles«:

– ¿El mundo será aún capaz de fantasía?

Calvino está un poco fatigado. Estamos en 1982. Faltan tres años para que el escritor fallezca.

-¿La imaginación al poder? A mí me parecía que era un eslogan muy hermoso. Pero pensando un poco en todo ello, el secreto está en que la imaginación no tome nunca el poder, es decir, no se transforme en palabra de orden, no se transforme en programa obligatorio. La imaginación, la fantasía, la creatividad de la que tanto se habla, deben de contraponerse a un elemento incluso de rutina, de algo predecible, que haga que la vida se pueda vivir.

Si todo es fantasía, no se realiza nada. Probablemente, si tenemos alrededor un escenario de grises paralelepídedos podremos decorarlo con lazos y banderitas. Pero si sólo tenemos lazos y banderitas no se consigue nada. Por ello yo soy algo desconfiado sobre todo eso del pacto de creatividad como fin de la educación, como principio primero, todo eso de que cualquier trabajo debe ser creativo…No. El trabajo debe ser exacto, metódico, hecho con unas ciertas reglas. Después, encima de todo eso, puede alzarse la creatividad.

Salgo de puntillas de este despacho italiano. Pienso en la fantasía y en el orden. En la invención y en la realidad.

UNA FOTOGRAFÍA

Con este «click» que ha hecho la cámara frente a mí acaban de robarme un átomo de tiempo, han cristalizado un instante, lo han solidificado, no se han dado cuenta, no me he dado cuenta, pero este movimiento imperceptible con el que acabo de agrandar las pupilas o las he empequeñecido, no lo sé, no lo recuerdo, ha sido atrapado para siempre, ya no volverá, ya no lo repetiré, no sé repetirlo exactamente, aunque me pidan ahora repetirlo no lo sabré hacer, será otro momento, otro movimiento, otro átomo de tiempo, casi pondré el mismo rictus y el mismo pulso en la mirada, una ligera y leve sonrisa, pero ya no será la misma, será muy parecida pero ya nada igual, la cámara, el ojo de la fotografía ha absorbido a mi ojo que la mira intentando divisar dónde se ha ido aquel instante que acaban de quitarme y que ya no volverá.

Es así la fotografía. Toda imagen cuenta una historia y esta imagen atrapa el segundo de esa historia cargada de pasados y presentes que será enmarcada y colocada encima de una repisa, quizá en un comedor, al principio en una primera línea de retratos, pasados los años en una segunda, después vendrá una mano anónima que la pasará a la fila tercera y por último llegará una voz y una pregunta que dirá: ¿y quién es éste?.

«Leo textos, imágenes, ciudades, rostros, gestos, escenas», decía Roland Barthes. Habría que añadir que esta fotografía que acaban de hacerme también intenta leer mi vida. ¿ Pero es verdad que con una sola fotografía una vida puede leerse?

( Pienso todo esto en el día en que un periodista español, Publio López Mondéjar, es acogido como académico en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y pronuncia su discurso sobre «La fotografía como fuente de memoria»).

POESÍA PINTADA

«La pintura es una poesía que se ve y no se oye – decía Leonardo -, y la poesía es una pintura que se oye y no se ve«. De vez en cuando la mano de un poeta traza con letras un dibujo, un caligrama, una invención, un experimento, el intento de unir palabra e imagen visual, dar un contorno a consonantes y a vocales, hacer que trepen en el espacio del papel los rasgos de las letras, hacer que bailen, que se distorsionen, que se compongan y descompongan, que jueguen con las formas de la creación. Lo hizo Rabelais en una canción en honor a Baco que compuso en forma de botella, y en el siglo XX Vicente Huidobro, Gerardo Diego, Larrea, Guillermo de Torre, la poesía pintada de Rafael Alberti, quisieron unir lo plástico y lo literario hasta lograr concentración y dispersión en los signos escritos, como prestidigitadores en la pista de la página, los lectores con los ojos abiertos ante el movimiento de las letras y los aplausos de la atención en la penumbra de la lectura.
Ahora la Biblioteca Nacional en Madrid reúne varios de estos caligramas, las valiosas e ingeniosas formas de relación entre el verso y la imagen en el Barroco, las composiciones de laberintos, los acrósticos de diversos tipos, el collage, muchas invenciones realizadas para pintar escribiendo y escribir pintando, juegos malabares de la experimentación que lleva en el sombrero de letras este hombre que nos recita poesía y que al descubrirse y despedirse le empiezan a volar por el aire todos los versos que lleva en la cabeza.

ESTA NOCHE SE IMPROVISA

Sí, esta noche se improvisa, en el Día Mundial del Teatro. Cuando entramos en esta sala encontramos el telón levantado y el escenario como si fuera una calle desierta, sin decorado, dispuesto de modo que nosotros, los espectadores, recibimos al verlo la impresión de que el espectáculo no ha sido preparado.
Y es que no hay nada preparado. Al apagarse la luz vemos a cuatro personajes: Georges Pitoeff, Charles Dullin, Louis Jouvet y Gaston Baty.
GEORGES PITOEFF.-(Paseando por el escenario.) Muchos consideran al director de escena como un intruso. Pero lo ha creado la necesidad. En el pintor la creación se produce en dos tiempos: aquel en que coloca los colores en la tela y aquel otro en que se retira para juzgar el efecto que producen. El actor se encuentra privado de este segundo tiempo. El director de escena se encargará de él.
CHARLES DULLIN.- (Interrumpiéndole con vehemencia.) Pero se olvida con demasiada frecuencia que el teatro está hecho para el público. Se pueden suprimir las candilejas, los decorados, pero no se suprime al público. Hay que escribir para él. (Pausa.) Por otro lado, la persona más importante en el teatro es el autor. El actor no puede hacer más que revivir las invenciones del autor; el director de escena no puede animar otro conjunto que el que ha previsto el autor. Es necesario repetirlo: toda la sustancia procede del autor.
LOUIS JOUVET.-(Con exaltación y viveza.) Para comprender bien una obra teatral, sin embargo, es preciso colocarla en su época, en su manera y en su moda. Pero más que el juego de los actores, que la masa y el alma del público, lo que importa a quien quiera resucitarla es evocar el aire donde se cristaliza la forma de su impulso, donde esos dos polos sensibles que son la escena y el auditorio se disputaron el puesto, refluyeron uno hacia otro, buscando instintivamente la forma que mejor convenía a su mutua penetración.
GASTON BATY.-(Impetuoso.) El reino que debe conquistar el teatro se extiende, pues, mucho más allá, hasta el infinito. Tras el hombre y su misterio interior, tras las cosas y su misterio, nos acercamos a misterios mucho mayores. La muerte, las presencias invisibles, todo lo que está más allá de la vida y la ilusión del tiempo. Basta, sin duda, inventariar tan brevemente toda esta riqueza que se ofrece al teatro para hacer evidente que no sabría abordarla únicamente por los procedimientos tradicionales. No se trata de hablar de todo ello, sino de hacerlo sensible. (Pausa.) De este modo intervienen en el drama los medios de expresión plásticos, colores, iluminaciones. Después, todos los demás: acción, mímica, ritmo, ruidos, música, etc. (Pausa.) Gracias a ellos podemos escapar de las viejas servidumbres, pasar las fronteras y traducir en el drama integral nuestra integral visión del mundo.
Luego las luces se apagan, las voces callan, no se ve el escenario. Sabemos que esta noche se improvisa. Aunque no les oigamos, presentimos que seguirán hablando siempre, permanentemente, estas tres grandes figuras en el Día Mundial del Teatro.

EL COCHECITO

RECETAS CULINARIAS: Guisantes rellenos.-

Apodérense a viva fuerza de los guisantes elegidos y díganles cosas agradables hasta conseguir que se pongan huecos. Entonces introdúzcase en ellos el relleno, rehóguense y sáquense a la mesa.

El relleno puede ser vario. Desde luego, lo que le mejor les va a los guisantes es la perdiz. Este relleno tiene la ventaja de que metiendo en cada guisante una perdiz no hacen falta más que tres o cuatro guisantes – uno por cada comensal -, y eso siempre es un ahorro.

(Vayan estas líneas de Jardiel Poncela, de su libro «Para leer mientras sube el ascensor«, como recuerdo del desaparecido Rafael Azconaguionista, entre otras muchas películas, de «El cochecito»que, leyendo este humor español, no dejaría de sonreir).

COMENTARIOS A BLOGS

Al comenzar esta nueva entrada de Mi Siglo y en el momento de teclear las primeras palabras se pone a mi lado Alberto Manguel ante la mesa del ordenador para recordarme que los comentarios a los textos de los blogs podrían evocar de alguna forma a las tradicionales anotaciones que siempre se hicieron a ciertas lecturas.
– No sé si usted lo sabe – me dice Manguel -, pero Montaigne, cuya costumbre de anotar se asimilaba a una conversación, continuaba el diálogo en la contraportada del libro que estaba leyendo, incluyendo la fecha en la que lo había acabado para recordar mejor las circunstancias de ese acontecimiento. Aunque tenía libros en varios idiomas, las notas marginales siempre eran en francés («no importa en qué idioma hablen mis libros – decía -, yo siempre les hablo en el mío), y en francés ampliaba el texto y sus notas con sus comentarios críticos.
– Pero eso no se puede hacer en los blogs -le digo a Manguel -. Los blogs carecen de contraportada. Aunque los blogs sí tienen márgenes para que la gente opine. Los comentarios, igual que el texto, quedan alineados y fijos para siempre.
– Sin embargo – me replica Manguel -, no muchas cosas han cambiado. En la página tradicional, esos espacios en blanco que quedan después de que el escritor ha tratado de vencer lo que Mallarmé llamaba «la aterradora blancura de la página», son los espacios precisos en los que los lectores pueden ejercer su poder. Tradicionalmente, en esas aperturas entre el borde del papel y el borde de la tinta, el lector puede generar una revolución silenciosa y establecer una nueva sociedad en la que la tensión creativa ya no se genera entre la página y el texto sino entre el texto y el lector.
Estamos de acuerdo. Aunque el poderío del lector que podía alcanzar al autor no le alcanzaba sino que quedaba reducido a una anotación solitaria y personal. Ahora es distinto.
Luego Manguel me va contando lo que a su vez contaba Chateaubriand de un autor del XlX, Joseph Joubert. «Cuando leía -decía de él Chautebriand -, arrancaba de los libros las páginas que no le agradaban, y de ese modo logró formar una biblioteca completa a su gusto, compuesta de libros ahuecados dentro de cubiertas demasiado amplias para ellos».
Vamos teniendo así una grata y larga charla Alberto Manguel y yo ante este ordenador. Me gustaría que me ampliara más historias pero ahora he de teclear las primeras palabras de esta nueva entrada de Mi Siglo.

UN HOMBRE PARA LA ETERNIDAD

– Escucha, hija mía. En un Estado donde la virtud fuera de provecho, todos seríamos buenos por sentido común, y santos por conveniencia. Y viviríamos como ángeles o como animalitos – en esa tierra feliz donde los héroes ya no fueran necesarios. Pero ya que en este mundo la avaricia, la ira, la envidia, la soberbia, la pereza, la lujuria y la estupidez son de más provecho que la humildad, la castidad, la fortaleza, la justicia y la razón, y tenemos que elegir, pues así es el ser humano…, quizá no sea vano del todo el hacernos fuertes alguna vez, aun a riesgo de heroísmo.

(Palabras de Tomas Moro a su hija Margarita en «Un hombre para la eternidad», de Robert Bolt, pieza teatral que Fred Zinnemann llevó a la pantalla en 1966 y en la que Paul Scofield, interpretando a Moro, obtuvo un Oscar de los seis que ganó la película).

Ahora – con la muerte antesdeayer de Paul Scofield – nos llega, a través de su figura, el perfil de Tomas Moro – «adelantado en la cuarentena – lo describió Bolt al presentar a sus personajes -, pálido, estatura mediana, no muy robusto. Pero la vida de la inteligencia es en él tan abundante y bienhumorada que llega a iluminar su físico. Movimientos amplios y rápidos, nunca bruscos, pues tiene una natural moderación. Rostro de intelectual, se alegra con facilidad, para volver a su ordinario serio y comprensivo. Sólo en momentos de crisis aguda se torna ascético, y entonces es helador».
De Tomas Moro dejó dicho Samuel Johnson:
«Fue la persona de mayor virtud que estas islas han producido».
(Imagen: Paul Scofield.-Flickr)