SOBRE LOS ACANTILADOS DE MÁRMOL

Decir:»Encuentro una persona» es lo mismo que decir: «Descubro el Ganges, Arabia, el Himalaya, el Amazonas». Deambulo por sus secretos y por sus vastas extensiones y regreso de allí cargado de tesoros; de ese modo me transformo y me instruyo. En este sentido, sobre todo en él, estamos modelados también por nuestros prójimos, por nuestros hermanos, amigos, mujeres. Queda en nosotros el aire de otros climas – y es tan fuerte que en ciertos encuentros experimento este sentimiento: «Ese tiene que haber conocido a fulano y a mengano». De igual modo que el orfebre graba su sello en las joyas, así también el contacto con un ser humano imprime en nosotros una señal.
Estas palabras aparecen en el Diario de Ernst Jünger, uno de los escritores alemanes más importantes del siglo XX y uno de los más valiosos en el panorama literario europeo. Nacido en Heidelberg en 1895 moriría a los 103 años tras dejar una vida intensísima, cruzada por la Segunda Guerra mundial y jalonada por libros -novela, ensayo, Diarios – de enorme interés.
Ahora sus obras, concretamente sus Diarios de guerra, acaban de entrar en La Pléiade, esa colección de Gallimard destinada a los más célebres autores y en donde pocas figuras que no sean francesas han sido incluidas. Jünger participó en la Guerra como oficial alemán, fue trasladado a varios frentes, llegando de París al Cáucaso y formó parte, en 1944, del complot organizado por el ejército en contra de Hitler. ¿Cómo no sufrió represalias al publicar Sobre los acantilados de mármol (Destino) en 1939? En esa novela que vaticina toda una época aparece El Gran Forestal (Hitler), que dirige a unos bárbaros, gente harapienta y salvaje, amaestradora de mastines, portadores del dolor y del fuego, habitantes de las marismas y de los bosques. Frente a ellos se encuentran los que defienden unas esencias, unas islas, unos acantilados de mármol. Viven en ellos y guardan en sus memorias los secretos esenciales mientras guerrean sin cesar contra las huestes del Gran Forestal.
Jünger vio que su novela estaba en 1940 en todas las librerías de Europa. La Gestapo reclamó su cabeza y Hitler dijo que le dejaran en paz. Pero este escritor sabio, penetrante, estudioso de los insectos, amante de las mariposas y de las medidas del tiempo, seguiría publicando obras tan importantes como Abejas de cristal (Plaza Janés), Heliópolis (Seix Barral) y, sobre todo, sus Diarios titulados Radiaciones (Tusquets), piezas ejemplares para conocer la guerra y la paz, las costumbres y el corazón del hombre, un Diario imprescindible que cubre muchos años y que retrata una época.
Su observación desciende desde las grandes ideas a los pequeños detalles reveladores y así puede escribir el 16 de julio de 1940: «Era evidente que los blindados habían cruzado la ciudad combatiendo. En las calles la Vida parecía paralizada, como si tuviera cortados los tendones; aún no se había recuperado. Después de tales catástrofes es en los campos donde primero se vuelve a trabajar, más tarde vienen las comunicaciones, el comercio, los oficios. Pero lo primero de todo que el ser humano hace es comenzar otra vez a jugar; así lo he visto en los niños. Un oficial que participó en la entrada de los alemanes en París me ha contado que la primera persona con que tropezaron en las desiertas calles fue un viejo pescador que estaba pacíficamente sentado a orillas del Sena.»

LA ERA DE LA SOSPECHA

Indudablemente la característica esencial de la imagen es su presencia. Así como la literatura dispone de toda una gama de tiempos gramaticales, que permite situar los acontecimientos unos con relación a los otros, puede decirse que en la imagen los verbos están siempre en presente (lo que hace tan raras y tan falsas estas «películas contadas» de las publicaciones especializadas, en las que se restablece el pretérito indefinido, ¡tan caro a la novela clásica!) : es evidente que lo que uno ve en la pantalla está sucediendo; lo que se nos da es la acción misma, y no un reportaje sobre ella.
Estas palabras pertenecen a la Introducción que Alain Robbe-Grillet escribió para presentar el guión de El año pasado en Marienbad, película a la que me referí ayer en Mi Siglo. De todas las reacciones dispares suscitadas en Francia ante la muerte de este escritor, sin duda la de mayor interés es la de Claude Sarraute, hija de la novelista Nathalie Sarraute, la autora de La era del recelo (Guadarrama). Culpa a Robbe-Grillet de apoderarse de cuanto había ya inventado su madre.
Indudablemente, la «nueva novela» – el debatido «nouveau roman» de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta en Francia – es cosa pasada. La simple presencia de los objetos, la «escuela de la mirada«, la descripción de un mundo objetivo donde el hombre no es más que un objeto entre otros, un presente eterno y neutro tomado a cámara lenta, el riesgo de la monotonía, el ojo y la oreja del lector-auditor en ese intento de «nueva novela», todo eso no dejó demasiada huella. La era del recelo se extendió sobre las conversaciones y subconversaciones que Nathalie Sarraute había estudiado y ahora, al cabo de los años, la cabeza de ese recelo gira y se enrosca sobre los mismos que hablaron de ella, asuntos muy franceses, demasiado franceses, que poco eco han tenido después en el curso y el devenir de la novela moderna.
(Pero la actualidad nos trae precisamente de nuevo a Alain Resnais, el director de Marienbad, que en 2006 dirigió la aquí llamada Asuntos privados en lugares públicos, su última película).

EL AÑO PASADO EN MARIENBAD

Losas de piedra, sobre las que yo caminaba, como si fuera a su encuentro, – entre estos muros cargados de arrimaderos de madera, estucos, molduras, cuadros, grabados enmarcados, por entre los que yo avanzaba, – entre los que estaba ya esperándola, muy lejos de esta decoración en que me encuentro ahora, ante usted, esperando todavía al que ya no vendrá, al que ya no puede venir, ni separarnos de nuevo, ni arrancarla de mí.
(…)
El parque de este hotel era una especie de jardín de estilo francés, sin árboles, sin flores, sin vegetación alguna…La grava, la piedra, la línea recta creaban espacios precisos, superficies sin misterio. Parecía imposible, a primera vista, perderse en su recinto…a primera vista…a lo largo de los paseos rectilíneos, entre las estatuas con ademanes congelados y las losas de granito, por los que usted, ahora, se perdía ya para siempre, en la noche tranquila, sola conmigo.
(En la muerte hoy de Alain Robbe-Grillet, autor del guión original y de los diálogos de El año pasado en Marienbad, película dirigida por Alain Resnais)

¿ QUÉ ESTOY ESCRIBIENDO ?

– Escribo «¿qué estoy escribiendo?» y respondo: «escribo ¿qué estoy escribiendo?». O más angustiosamente: «¿quién escribe esto que escribo?, ¿quién escribe en mí o por mí?». El que escribe y aquel que mira al que escribe: ¿son la misma persona? El escritor se percibe como dualidad, como escisión.
Me dice todo esto Octavio Paz mientras paseamos por los jardines de la Universidad en conversación fraternal, de lector a amigo y de poeta a lector, las hojas de los libros moviéndose en el aire muy cerca de las aulas abiertas, aulas de curiosidad por saber qué es el escribir, por qué la vocación de escritores se interroga continuamente sobre su propia profesión cuando la mayoría de las profesiones del mundo no se interrogan sobre ellas mismas.
– ¿Qué es el escribir? ¿cómo se escribe? – le pregunto mientras camino junto a él.
El autor de El arco y la lira me responde que el escritor moderno, en el momento en que escribe, se da cuenta de que está escribiendo, se detiene y se pregunta ¿qué estoy haciendo? Esto es -dice Paz – absolutamente moderno y aparece también en las otras artes. La intrusión de la mirada reflexiva, la interrupción del acto por la doble acción del espejo y de la conciencia crítica, es una de las notas constitutivas de la modernidad.
Pero yo insisto:
– ¿Cómo se escribe?
Y Octavio Paz, deteniéndose en el jardín, me lee unos fragmentos de Trabajos del poetaEscribir y decir«) (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores), pasajes suyos bellísimos:
– Escribo sobre la mesa crepuscular, apoyando fuerte la pluma sobre su pecho casi vivo, que gime y recuerda al bosque natal. La tinta negra abre sus grandes alas. La lámpara estalla y cubre mis palabras una capa de cristales rotos. Un fragmento afilado de luz me corta la mano derecha. Continúo escribiendo con ese muñón que mana sombra. La noche entra en el cuarto, el muro de enfrente adelanta su jeta de piedra, grandes témpanos de aire se interponen entre la pluma y el papel. Ah, un simple monosílabo bastaría para hacer saltar el mundo. Pero esta noche no hay sitio para una sola palabra más.
Entonces el jardín, la Universidad, el aula se transforman. Paseamos en silencio sobre el misterio de la escritura. Octavio Paz me dice:
Yo dibujo estas letras
como el día dibuja sus imágenes
y sopla sobre ellas y no vuelve
Y ya no hablamos más.

EL FESTÍN DE BABETTE

He hablado varias veces en Mi Siglo de Isak Dinesen, la gran inventora de historias. Pero si ahora, aprovechando un momento de descuido, nos colamos en la cena que Babette está ofreciendo a sus invitados y nos sentamos en un extremo de esta mesa llena de suspiros y murmullos, el paladar expectante, los cubiertos dispuestos, los ojos atentos a los manjares que van entrando de la cocina, los olores, las luces, el gusto hermanado con el olfato, todos los sentidos y los pensamientos preparados, nos sorprenderá la mezcla magistral de gastronomía y profundidad que la autora de los Cuentos góticos nos presenta en esta habitación de Berlevaag en donde los rostros aguardan.

Entra Stéphane Audran en la película El festín de Babette de Gabriel Axel (1987) y avanza hacia la mesa con su delantal blanco, pero lo que avanza es la prosa de Dinesen que se hace un hueco entre platos y vasos, entre la botella de Clos Vougeot de 1846 y el Blinis Demidoff para colocar después encima de la mesa los cailles en sarcophague y permitir que los ojos encendidos del general Loewenhielm se asombren de tanto manjar. Y es en ese momento – tras las uvas y los melocotones, los higos frescos y el postre exquisito – cuando el general se levanta a hablar:

-El hombre, amigos míos – dice el general Loewenhielm – es frágil y estúpido. Se nos ha dicho que la gracia hay que encontrarla en el universo. Pero en nuestra miopía y estupidez humanas, imaginamos que la gracia divina es limitada. Por esta razón temblamos… Temblamos antes de hacer nuestra elección en la vida; y después de haberla hecho, seguimos temblando por temor a haber elegido mal. Pero llega el momento en que se abren nuestros ojos, y vemos y comprendemos que la gracia es infinita. La gracia, amigos míos, no exige nada de nosotros, sino que la esperamos con confianza y la reconocemos con gratitud. La gracia, hermanos, no impone condiciones y no distingue a ninguno de nosotros en particular; la gracia nos acoge a todos en su pecho y proclama la amnistía general. ¡Mirad! Aquello que hemos elegido se nos da; y aquello que hemos rechazado se nos concede también y al mismo tiempo. Sí, aquello que rechazamos es derramado sobre nosotros en abundancia.
«De lo que ocurrió más tarde – escribe Isak Dinesen – nada puede consignarse aquí. Ninguno de los invitados tenía después conciencia clara de ello».
Tampoco nosotros podemos dar mucha razón de lo que ocurrió. Salimos de la habitación, salimos de la prosa, salimos del cuento y, como dice la autora, mucho después de media noche, distinguimos a lo lejos las ventanas de aquella casa que resplandecían como el oro.

INTERPRETACIÓN Y TRADUCCIÓN


¿Es cierto que la mejor traducción en nuestra prosa de A la busca del tiempo la hizo Pedro Salinas, como afirma Andrés Ibáñez? ¿Es cierto que gran traducción fue la de Cortázar a las Memorias de Adriano de Yourcenar, la de Alfonso Reyes a Chesterton, la de Borges a Las palmeras salvajes de Faulkner, la de Dámaso Alonso a Retrato del artista adolescente, la de Juan José del Solar a La metamorfosis de Kafka? De todo esto habla y se pregunta un gran traductor como es Miguel Sáenz, que ha vertido al español obras de Brecht, Grass o Thomas Bernhard en un interesantísimo artículo, El castellano bien temperadoQuimera«, octubre 2007).

Miguel Sáenz – empleando el paralelismo de la traducción con la interpretación musical – confiesa que cuando se sitúa ante un texto ( que normalmente coloca sobre un atril) , se siente como un músico dispuesto a acometer la tarea de descifrar, asimilar y expresar lo que otro compuso. Esta similitud entre interpretación musical y traducción, tan querida a Sáenz, la apoya él, entre otras cosas, en un texto de la finlandesa Oili Suominen que dice: «Todos los traductores de Grass tienen la misma partitura delante, pero cada uno toca su propia interpretación y frasea a su modo, y cada instrumento tiene su propio sonido».

Viene esto a cuento del amable y muy preciso comentario que he recibido a mi entrada «Traductor, pero no traidor» de hace pocos días. Defiende muy lógicamente quien lo envía, hablando del traductor, «el reconocimiento de un trabajo en la sombra, para que el lector recuerde quién le ha trasladado, o le ha aproximado al carácter de la obra inicial». Sáenz, refiriéndose a ese valor y a ese reconocimiento, declara que «resulta evidente por qué el nombre del traductor debe figurar en la portada del libro: nadie quiere escuchar simplemente una Novena de Mahler sino una Novena dirigida, por ejemplo, por Abbado«.

«La inteligibilidad del texto, la experiencia y estilo del traductor, que puede permitirse ciertas licencias para justificar su trabajo» , como señala quien me manda el comentario, es algo obvio. El ejemplo de Georges Perec y sus vocales a la hora de traducir es bien palpable. Por otro lado, la musicalidad de los escritores austriacos – de Roth o de Bernhard, entre otros – exige, como dice Sáenz, un buen oído. Son los ritmos, melodías y armonías internos los que mueven tantas veces la lengua. Como en ese artículo se cita, el cantaor Enrique Morente dijo en una ocasión: «Un amigo me habló de un poema que cuenta cómo se sufre traduciendo un poema. Para mí, eso es la esencia del arte: una continua traducción y bastante angustiosa por cierto. Se trata de traducir sentimientos, de plasmar los sentimientos de la tradición, los caminos transitados antes por otros, en tu propio idioma».

CUNQUEIRO, FANTASÍA Y REALIDAD

Participo ayer en Madrid en la presentación del libro de Montse Mera El periodismo de Álvaro Cunqueiro. «El envés» como columna original en la prensa española (Diputación Provincial de Lugo). Conocí a Cunqueiro en una noche de niebla en la vieja estación del Norte de Madrid – hoy desaparecida para esos menesteres- como desapareció la niebla nada más cruzarla aquella figura de espaldas con sombrero negro que no se sabe bien si iba o venía de la fantasía a la realidad, si subía o bajaba de aquel tren que venía o que iba hacia el tiempo. El tiempo también desapareció – debió ser hacia 1980 – y las cifras de aquel año se las llevó consigo el tren, empezaron a rodar y a girar en la niebla, a hacerse humo y ruido, el ruido también se desvaneció y todo quedó como suelen quedar a veces los andenes de la literatura y del periodismo: llenos de vacío.
Perdido en las brumas de una prosa lírica, para las nuevas generaciones de posibles lectores la pluma de este gallego culto e irónico, cargado a veces de ornamentos barrocos, humano, humanístico y muy terrenal podría mirarnos desde la última vuelta del camino del olvido mostrándonos sólo el bagaje de la ficción, como si Cunqueiro únicamente supiera trazar invenciones y mentirnos encantadoramente con la verdad de sus novelas. Pero Cunqueiro fue mucho más. Paralelamente a sus historias soñadas se propuso abrir los sueños de la historia cotidiana con las hojas puntuales y serviciales de un periódico. Álvaro Cunqueiro fue singular periodista. Levantaba la hoja de la realidad total y miraba lo que había debajo y al otro lado de la planta y de la palma de la noticia. Enseñaba – con la curiosidad, que es condición de todo informador auténtico – lo que nadie había visto y nadie veía y que sin el ojo de Cunqueiro acaso nadie vería nunca. Ese era el envés: una creación y un hallazgo que él inventó y que supo desarrollar como nadie en su oficio.
Se cree a veces que ser periodista es ser únicamente curioso e ingenioso, yendo y viniendo por los patinajes superficiales de las autopistas de la información, haciendo de correveidile electrónico de los dimes y diretes del mundo, hambre para hoy y hambre también para mañana porque los cementerios de las hemerotecas están sembrados de fugacidades, las historias del ayer amarillo.
El buen periodista, sin embargo, ha de empedrarse de lecturas porque sólo el conocimiento profundo afina la mirada del testigo y le hace sabio, ponderado, capar de orientar los vaivenes del público.
Eso hizo Cunqueiro.
Como si el humo y el ruido lo envolvieran, el gallego Cunqueiro se vuelve en aquel andén de niebla de 1980 para mostrarnos su faz periodística, su pluma original. Luego su espalda y su sombrero negro de nuevo tornan al tren. No se sabe si va o si viene, no se sabe si se irá o se volverá.

TRADUCTOR, PERO NO TRAIDOR

Me aportan un agudo comentario a mi entrada del 5 de febrero Librerías de «arte y ensayo» hablándome de la traduccción. Oficio complejo el de traductor. Su verdadero logro – se ha dicho – es el de mantenerse invisible ante los ojos de un receptor. El traductor es el eslabón invisible entre lenguas y culturas. A principios del XX ya alguien importante señaló las tres dificultades de toda traducción : los criterios de fidelidad al texto original, atender a la comprensibilidad del lector y utilizar aquellos recursos retóricos de la lengua que mantengan mejor el mensaje y sean más acordes con la mentalidad del receptor.

Pienso en excelentes traductores españoles, entre muchos otros, en Miguel Sáenz ( que se ha ocupado, por ejemplo, de las obras de Thomas Bernhard o de Kafka) o en Carlos Fortea. Al traducir siempre se pierde caudal, pero la labor del buen traductor consistirá en que se pierda lo menos posible. Por tanto se deberá ser fiel tanto a la lengua de origen como a la lengua de llegada, como el traductor habrá igualmente de ser fiel a la cultura de origen lo mismo que a la cultura de llegada. La profesora Jenny Brumme, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha señalado que «no se entiende al traductor como un mero transmisor entre dos lenguas, sino como un especialista multicultural que tiene que recrear, en una situación determinada, para una cultura de llegada, un texto impregnado de una cultura de origen»(Revista Especulo). El traductor, pues, tendrá que estudiar el original y su contexto, prestando especial atención al momento histórico en el que se produce, la sociedad en que aparece, la biografía del autor original y todos los factores socioeconómicos que lo rodean. No basta entonces con conocer con rigor la lengua y su funcionamiento, hace falta mucho más.

Quien aporta ese comentario añade que prefiere muchas veces leer las obras en la lengua original. Es normal. Faulkner lo pide. Proust lo pide. Pienso en los largos monólogos de Absalón, Absalón, en los movimientos proustianos del universo más sensible, allí donde la célebre magdalena se empapa en el famoso té o donde las sombras de las muchachas en flor pasean con sus sombrillas blancas en los parques de París.

La lenguas y las culturas se enlazan con el hilo de la buena traducción. Pero ese hilo debe ser invisible. Al traductor no se le ve. Lo admiramos porque no se le ve. Oculto en las profundidades de la lengua se ha hecho invisible para que con nuestros ojos veamos y leamos mejor.

UN GOLPE DE TAMBOR

Y vimos una larga procesión por la ancha calle que bordeaba el Central Park. Era el cortejo fúnebre de un bombero, de cuya muerte nos habíamos enterado por los periódicos. Los que encabezaban el cortejo estaban casi directamente por debajo de nosotros cuando la procesión se detuvo y el maestro de ceremonias avanzó y pronunció una breve alocución. Desde nuestra ventana del piso once sólo podíamos conjeturar lo que decía. Hubo una breve pausa y luego un golpe sobre el tambor enfundado, seguido de un silencio de muerte. Luego la procesión siguió su camino y todo terminó. La escena nos arrancó lágrimas y miré ansiosamente hacia la ventana de Mahler. También él se había asomado a la ventana, y por su rostro corrían las lágimas. El breve golpe de tambor le impresionó tan profundamente que lo usó en la Décima Sinfonía.
Así cuenta Alma María Schindler este suceso ocurrido en 1907, cuando estaba viviendo con su marido Gustav Mahler en el Hotel Majestic de Nueva York. El golpe de tambor resonó en la calle, abrió un silencio en las muchedumbres admiradas, en las puertas de los edificios, retumbó en las vitrinas de los escaparates, entró hasta lo más hondo del oído del director de orquesta y compositor austriaco y se quedó el golpe de tambor escondido en el camerino del creador, sin salir, apagados sus pliegues en la penumbra de su conciencia hasta el momento de saltar al pentagrama, hasta el momento de escribir la Décima. Como en el Adagieto que Visconti introdujera en La muerte en Venecia, este tambor neoyorquino acompañó a la composición de Mahler, aquel oído que se elevaba de la naturaleza y se inclinaba a escuchar el canto de los pájaros y el leve sussurro de las hojas movidas por el aire, aquel oído que intentaba interpretar los sufrimientos interiores del mundo.
Verdi decía que copiar lo verdadero puede ser una buena cosa, pero inventar lo verdadero es mejor, mucho mejor. Un grito de un vendedor ambulante sirvió para el coro de sacerdotes de Aida y este tambor en el silencio de una calle abrió el espacio sonoro de la música.

CÓMO SE VENDE UN CANDIDATO

– Tiene que surgir como una persona con una dimensión de una magnitud superior a la misma vida – me dice a gritos McGinniss a mi lado, contemplando al candidato aclamado por la multitud -, que esté adornado con el bagaje de la leyenda. El público, ¿sabe usted?, se conmueve con la leyenda, comprendida la leyenda viviente, no con el mero hombre. Es la aureola que rodea al personaje mravilloso más que el propio personaje, lo que atrae a los seguidores. Nuestra tarea es forjar esta aureola. La atención engendra atención. Personas que no prestarían atención a algo que presenciaran en la calle la prestarán y sostenida si ven a una multitud congregada para presenciarlo. La gente suspira ante las estrellas de cine al verlas de cerca no porque ellas sean inherentemente más interesantes que el vecino, sino porque son un foco de la atención pública, de adulación. Son acontecimientos, sucesos, instituciones, leyendas: ver la leyenda en carne y hueso. Algo que podrán contar a sus vecinos.
(Los vítores y aplausos casi no me dejan oir las palabras de McGinniss, de pie, gritando en mi oído).
Vamos a brindar ideales – me sigue diciendo este periodista americano -; la gente aspira a tenerlos, los ideales son algo con lo que las personas anhelan ser identificados (sin perjuicio de que no vivan para estos ideales, gustan pensar que lo hacen).
Representar, simbolizar el mejor, el más noble.
Alejarse, romper las cadenas de la lógica linear: presentar un fuego graneado de impresiones, de actitudes. Interrumpirse a media frase y saltar a otro tema a un mundo de distancia, que marcha tangencialmente hacia lo que se hablaba. Envolver al auditorio en un caleidoscopio de impresiones; esto es tridimensional. Ésta puede ser la clave: envolver, cautivar a la audencia, atraerla, entrelazarla, enredarla en mallas. Lo que debemos fraguar – dice McGinniss – es tridimensional.
(Me doy cuenta de que estoy en 1968, en la campaña de Nixon, rodeado de banderas y de gritos, acompañado por Joe McGinniss, el autor de Cómo se vende un presidente. ¿O estoy en 2008, atrapado por la multitud que unas veces aclama a los demócratas y otras a los republicanos? No sé dónde estoy. El eco del tiempo es el mismo, porque McGinniss ha conseguido introducirse en los equipos de relaciones públicas y publicidad de Nixon ( y no como reportero ni como inflitrado), y permanece dentro de la campaña para realizar este asombroso reportaje que marcará una época en el Nuevo Periodismo y que será elogiado por Tom Wolfe).
(Pero de repente pienso en otra pieza célebre de ese Nuevo Periodismo, Todos los hombres del Presidente (El escándalo Watergate) y veo a Bernstein y a Woodward saliendo deprisa del «Washington Post«, cruzándose en la calle con Robert Redford y Dustin Hoffman y cerrando otra etapa histórica de Norteamérica). (El tiempo me juega estas malas pasadas. El eco del tiempo trae desde las tribunas vítores y promesas enfebrecidos. El círculo de los aplausos congrega a las banderas. Yo voy bajando luego los escalones hacia la calle, ahora que cae la noche y está entrando – parece – un aroma de libertad).

LIBRERÍAS "DE ARTE Y ENSAYO"


¿Van a surgir las librerías de «arte y ensayo«, las «LIR» o librerías independientes de referencia?

En un muy interesante artículo del editor Mario Muchnik en el número de febrero de «Revista de libros» se señala que «hace ya muchos años que entrar en una librería es cosa de valientes. La oferta es tan enorme, la preparación media de los libreros de hoy es tan escasa y el afán editorial de vender es tan irrefrenable que cualquier supermercado de alimentación está mejor ordenado y es más amigable con la clientela que la librería media. Ésta parece hecha para ahuyentar al posible lector: intimida. Intimida hasta a quienes estamos fogueados en eso de comprar libros».
Las palabras de Muchnik no tienen desperdicio y hacen reflexionar:
«Preveo -dice – que las librerías medianas o grandes se parecerán cada vez más a los buenos mercados de productos alimenticios. Oferta abundante, pero nada de caos. Las manzanas junto a las naranjas, pero separadas de las coles. Harry Potter separado de Cien años de soledad. Mucha luz, un ambiente acogedor, el bullicio alegre de los mercados. Bien, muy bien.
Estoy refiriéndome, en definitiva, a una separación clara de géneros, que no existe hoy. Es difícil que en un concierto rock intercalen la sonata Claro de luna de Beethoven. Sin embargo, eso es precisamente lo que sucede en las librerías. Una librería, al parecer, debe ofrecer todo lo que tenga forma de libro. Es como entrar en una buena frutería y encontrarse con que también venden tabaco. Creo yo, pero sólo lo creo, que tarde o temprano, aparecerán las «librerías de arte y ensayo». Estas tiendas, a cambio de buenas ventajas fiscales, sólo ofrecerán libros de venta modesta. En el cine, en todo caso en Francia, ya es así desde hace muchos años.(…) En Francia se proponen la creación de la etiqueta «LIR» (Librería Independiente de Referencia) para distinguir los locales que vendan sólo libros que constituyan un fondo literario y, por ello, sean transmisores de cultura, de aquellos otros que, aunque también vendan libros, funcionen como papelerías, quioscos de tarjetas postales, periódicos, jugueterías, etc. Todo nace de la doble constatación de que, por una parte, ciertos libreros se toman la molestia de aconsejar ciertos libros y ciertas lecturas a su clientela, y otros no. Será allí, en las librerías de «arte y ensayo», en las «LIR», donde se ofrecerá la obra de Beckett, como las de Joyce, Proust, Conrad o Góngora. Con la mente despejada y sin inhibiciones, el lector del siglo XXl entrará en ellas sabiendo que, sin problema alguno, encontrará lo que le interesa y no lo que el marketing le imponga. Y descubrirá muchas otras obras de cuya existencia a lo mejor nunca tuvo noticia.»
(A veces un blog – que además se titula Mi Siglono puede hacer más que servir de eco a reflexiones que, si no suscitan la polémica, sí alimentan enormemente la curiosidad).

EL ARTE DE CONVERSAR

Paseo por las afueras de Madrid con Oscar Wilde, al que llevo metido en un bolsillo en forma de libro, El arte de conversar (Atalanta), veintiocho relatos del escritor inglés y una colección de aforismos.

Pero lo que me interesa es charlar, dejarle hablar, que él me escuche, el juego de las reverencias en el diálogo, el respeto mutuo, la cortesía al exponer y al defender argumentos, toda la educación de las palabras cuando mezclan interés y atención entre pausas, como si el paseo en el tiempo se detuviera.

Le cuento que tengo este blog titulado Mi Siglo, la invención de la realidad, y Wilde sonríe:

– El placer superior en literatura es dar realidad a lo que no existe – me dice.

Por eso estas invenciones de los paseos, estas pisadas en la fantasía, los crujidos de nuestros zapatos tienen más fuerza que todas esas vidas con las que nos cruzamos, esas vidas que nos saludan al pasar, todos esos hombres y mujeres reales que nos ven como fantasmas.

Le pregunto a Wilde qué libros lee y si presta libros.

– Cuando se da un libro – me dice -, debiera darse un libro encantador, tan encantador, que sintiera uno haberlo dado y que al mismo tiempo, no quisiera que le fuera devuelto.

Se detiene un momento, saco de mi bolsillo El arte de conversar y le pregunto cómo podrían dividirse los libros.

Wilde hojea el volumen que él ha escrito y me comenta:

– Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases: 1ª Los que hay que leer… 2ª Los que hay que releer…y 3ª los que no hay que leer nunca… La tercera clase es, con mucho, la más importante… Realmente, decir a las gentes lo que no deben leer es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo en este siglo en que vivimos, en un siglo en que se lee tanto, que ya no tiene uno tiempo de admirar, y en que se escribe tanto, que ya no tiene uno tiempo de pensar. Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los Cien peores libros y publique la lista de ellos, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

Guardo el libro en el bolsillo, echo a andar con Wilde por los paseos de la conversación. Pasan las gentes saludándonos, sorprendidos de que no seamos fantasmas. La invención de la realidad da una vuelta entre árboles y setos, vemos la ciudad al fondo, y llegamos así -el escritor inglés y yo – a la plazuela de las despedidas.

AUTORES EN PANTALLA

¿Deben los escritores aparecer en televisión o deben sólo mostrarse sus obras? Hay autores que se han negado a presentar su rostro, no sólo en televisión sino incluso en las solapas de sus libros – entre ellos Salinger o Pynchon -y hay escritores que se han desvivido por las cámaras y las pantallas. Ahora, en Mi Siglo, recojo la noticia de que a partir de marzo un antiguo responsable de la ficción en The New Yorker moderará en «Titlepage» un debate sobre libros.
Viejo empeño el de comentar la actualidad literaria para todos los públicos. En Francia, uno de los hombres que más horas consagraron a la lectura y más esfuerzos dedicaron a bucear en las vidas de los escritores, Bernard Pivot, logró durante años en «Apostrophes«, su gran programa televisivo, penetrar en los escenarios y talleres de Nabokov, Yourcenar, Duras, Simenon, Solzhenitsin y tantos otros. Muchas de esas entrevistas recogidas en la colección los monográficos de Apostrophes (Editrama) ofrecen unas técnicas de conversación muy cercanas y cautivadoras. «Yo tengo una manera de ser, de escuchar, de hablar, de relanzar – decía Pivot -que me es natural. La fórmula de ser «intérprete de la curiosidad pública» me parece una excelente definición de la profesión periodística. En Figaro Littéraire donde me formé aprendí que las buenas preguntas son aquellas que dan a los lectores o a los oyentes la viva impresión de que en ese lugar ellos habrían planteado esas mismas cuestiones . Para cada emisión parto del mismo postulado: el público no sabe nada, yo tampoco, y los intelectuales y escritores saben muchas cosas. Pero, habiendo leído sus libros, yo ya conozco bastante para ser el mediador entre la ignorancia de unos – que no desean más que aprender – y el conocimiento de otros – que no aspiran más que a transmitir su saber. Es muy importante que el periodista encargado de los libros en televisión, no sea él mismo un autor, un colega de los entrevistados. Yo tengo una sincera admiración y una enorme curiosidad por cualquier persona que haya convencido a una editorial para imprimir su nombre en la cubierta de un libro. El resto en mí no es más que trabajo, lectura y juicio. Lo esencial es estar en buenas disposiciones.
Con esas buenas disposiciones Bernard Pivot hizo una labor admirable en esa tarea dificil que es aumentar el placer de leer.

¡Ay Harlem!

¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem!
No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero con un traje de conserje!

¡Ay, Harlem disfrazada!
¡Ay, Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor,
me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises,
donde flotan sus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado,
cuyas barbas llegan al mar.
Federico García Lorca: «Oda al rey de Harlem» (Poeta en Nueva York)
(Vayan estos poemas del surrealismo español el día en que viene en la prensa que Sotheby´s sacará a subasta el Manifiesto surrealista de André Breton.)

HABLAR COMO LA LLUVIA


Tenía una voz excepcionalmente grave y oscura, fantasmal, fuerte, irreal. Su acento en danés era casi arcaico, con las vocales abiertas y arrastradas del «viejo Copenhage«. Tenía una idea fija de lo que debía ser un cuento de Isak Dinesen, o una conversación, o una entrevista. Para un pequeño círculo de admiradores Karen Blixen se había convertido en el Viejo Marino, protagonista del famoso poema de Coleridge. Uno de sus invitados solía «darle pie» para que comenzara un cuento, y ella empezaba con su repertorio de gran dama, capaz de seguir y seguir sin una sola pausa y sin preocuparse de ponerse a la altura del que escuchaba. Otro de sus íntimos amigos decía estar dispuesto a echar una moneda a su contador y escuchar. A veces había en sus ojos una concentración total que casi asustaba, la mirada abstraída, en trance, viviendo totalmente en otro espacio y tiempo. Su hablar conpulsivo reflejaba su estado exaltado, estado de ensoñación, no plenamente consciente de dónde se encontraba.
Hablaba como la lluvia.
Convocaba a sus veladas a invitados imaginarios: a Shelley, a la emperatriz de China, a San Francisco.
Sí, hablaba como la lluvia.
En ocasiones era tan realista, tan abnegada y llena de recursos como la diosa china de la compasión y de la astucia femenina.
«Detesto la literatura – dijo -, y en especial la moderna. Leo con el apetito de una muchacha que piensa que va a encontrar el Príncipe Encantador en los libros».
A quien le entrevistó para The Paris Review (El Aleph), le dijo:
En África ya había aprendido a contar cuentos. Porque, ¿sabe?, tenía al público perfecto. Los blancos ya no escuchan los cuentos recitados. Se mueven inquietos o se quedan adormilados. Pero los nativos siguen teniendo oído. Les explicaba historias todo el tiempo, de todo tipo. Y toda clase de tonterías. Les decía: «Había una vez un hombre que tenía un elefante con dos cabezas…» y enseguida tenían ganas de escuchar más. «¿Ah? Sí, pero memsahib, ¿cómo lo encontró?, y ¿cómo lograba alimentarlo?» o cualquier otra cosa. Les encantaban esas invenciones. Deleitaba a mi gente de allí hablando en verso para ellos; no tienen rima, ¿sabe?, no la habían descubierto. Yo decía cosas como: «Wakamba na kula mamba» («La tribu wakamba come serpientes»), que en prosa les habría enfurecido, pero que les divertía enormemente en verso. Y después me decían: «Por favor, memsahib, habla como la lluvia», así que entonces sabía que les había gustado, ya que la lluvia allí era algo muy valioso.
Estos son los cuentos de Isak Dinesen, cuentos góticos y cuentos últimos, cuentos barrocos y cuentos sorprendentes. Caen intermitentemente, palabra a palabra, y caen con la finura de la literatura oral, abren el espacio de los oyentes y dejan en el campo de la atención el olor de la lluvia.

VIDAS IMAGINARIAS


Este blog Mi Siglo lleva como subtítulo la invención de la realidad. Muchos escritores han perforado la realidad inventándola o rodeando con sus inventos creadores las murallas de una realidad que parecía pétrea. Pero la fuerza de la invención es poderosa. Las gentes cruzan las ciudades para adquirir unas invenciones encuadernadas que se llevan a casa para hojear y bucear en ellas. Compran exquisitas mentiras y para ello atraviesan calles de realidades huyendo de ellas, escapando de la monotonía de las horas para refugiarse en las invenciones que otros les cuentan. Otros recorren las avenidas para sentarse ante pantallas de invenciones habladas, en el silencio de salas sumergidas, extasiados ante los movimientos de encantadoras mentiras que actrices y actores declaman o interpretan. En cualquier caso ha habido siempre y siempre habrá inventores de vidas imaginarias que parecen auténticas, creadores del poder de la palabra y de la imagen, magos que cautivan.
Uno de ellos, entre tantos miles, fue Stanislaw Lem. No sólo fue el gran autor polaco de la ciencia-ficción sino aquel que – como Borges o Calvino -escribió prólogos para libros inexistentes y que ya desde niño poseía la afición de fabricar pasaportes de países imaginarios. Creó palabras : «intelectrónica», «teletaxación»,»cerebromática», «imitología», «fantomología». Además de Solaris, además de Memorias encontradas en una bañera, además de Diarios de las estrellas, además de La invencible o La investigación, redactó sus célebres preámbulos, por ejemplo su «Historia de la literatura bítica» (es decir, la literatura creada por entes no humanos) o el prólogo a Extelopedia Vestrand en 44 Magnetomos (enciclopedia de hechos futuros). Ambas están recogidas en Un valor imaginario (Bruguera) y recuerdan de algún modo a otro libro único y famoso, Vidas imaginarias del francés Marcel Schwob. En este último veinte biografías recorren las vidas de personajes que no existieron y aquí aparecen, por ejemplo, Sufrah, un geomántico, Cecco Angiolieri, un poeta resentido, o el Mayor Stede Bonnet, un pirata por vocación.
Lo imaginario, en fin, fascina. Sus mapas y habitantes pertenecen a una raza tan desconocida como vecina nuestra, esos hombres y mujeres disfrazados de humanos que todos los días nos encontramos en el ascensor.