CORTÁZAR EN EL BOSQUE

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» Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. «Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector». Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro «Deshoras» y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su «Diario para un cuento», un relato incluido en «Deshoras«, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades».

José Julio Perlado – ( del libro inédito «Relámpagos»)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

MAESTROS ANTIGUOS

 

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«Un pintor pinta todos los días – escribe Leon Edel en «Bloomsbury » -, incluso si no le apetece, incluso si lo que le sale es un revoltijo y hay que tirarlo: el arte es regularidad… No hay que esperar a que venga la inspiración. Los artistas aprenden a base de conocer qué se ha hecho en el pasado, deben copiar a los maestros antiguos; así trabajarán asentados en el conocimiento, y no en la ignorancia. Un pintor debe tener, por encima de todo, un horario regular en su tarea, como ocurre en el mundo del trabajo ordinario».

(Imagen.-Pietro Bellotti– anaximandre)

MALRAUX Y MITERRAND : RECUERDOS

 

 

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El otro día me preguntaban por el Miterrand joven al que yo conocí  en París y no lo pensé en ese momento pero recordé después que mucho más interesante para mí fue observar el rostro de Malraux en el gran salón del Elíseo, en una de las solemnes conferencias de prensa que celebraba De Gaulle. Tenía entonces Malraux 67 años y hacía un año había publicado sus «Antimemorias«. En medio de la «revuelta de mayo del 68» él había dicho que la imaginación al poder no quería decir nada, porque no era la imaginación la que tomaba el poder, sino las fuerzas organizadas. El rostro de Malraux, al que yo veía asomar entre las sillas doradas de los ministros del General, era ya un rostro ajado en su expresión, un rostro fatigado de tanta acción anterior, de tantos hallazgos en el campo estético, pero detrás de aquel rostro había muchas aventuras vitales e intelectuales, mucha meditación y reflexión sobre el arte, muchas obras escritas. Mucho más interesante para mí era esa cabeza y figura de André Malraux que la de Miterrand, al que conocí el día del vacío de poder en Francia, en la última semana de aquel mayo parisino, en uno de los salones del hotel Lutetia. Aquel día contemplé un Miterrand combativo pero desorientado respecto a su contrincante político que había desaparecido de repente del escenario y sobre el que Miterrand ignoraba dónde estaba. Miterrand tenía entonces 52 años y no podía imaginar – aunque aspirara a ello – que trece años después sería Presidente de la República.

José Julio Perlado (del libro inédito «Relámpagos»)

(Imagen.- André Malraux.- 1968- foto Cartier Bresson)

EL OBSERVADOR EN LA VENTANA

 

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En el prefacio a «Retrato de una dama», Henry James alude a esa mirada distinta del artista, una mirada que los otros no tienen, una mirada que él llama la del «observador en la ventana»: «él y sus vecinos – comenta el novelista inglés – están observando el mismo espectáculo, pero uno ve más allí donde otro ve menos, uno ve negro donde el otro ve blanco, uno ve lo grande donde otro ve lo pequeño, uno ve vulgaridad donde otro ve belleza (…)  El campo que se extiende, la escena humana, es la «elección del tema»; la abertura perforada, sea amplia o con balcones o sólo con una rendija o como una fisura, es «la forma literaria»; pero, estén juntas o separadas, no son nada sin la presencia apostada del observador, dicho en otras palabras, sin la conciencia del artista. Decidme que es el artista y os diré de qué ha sido consciente».

Es siempre el reino de la mirada, por donde todo comienza. De la mirada del observador en la ventana se despliega todo el abanico de posibilidades de crear, más aún, la observación atenta y contemplativa es ya creación. Cuando uno se aleja de la ventana y se acerca a la mesa de trabajo muchas veces la mitad de la creación está ya hecha.

(Imagen.-Andrew Wyeth– 1947)

EL LIBRO EN LA CABEZA

 

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Aquel cuaderno que yo tenía entonces sobre mis rodillas era para mí, por fin, como un imán. Tantos ratos perdidos en otras cosas, en gestiones múltiples, por ejemplo, o en relaciones sociales, o en idas y venidas banales y superficiales que me llenaban la cabeza sin aportarme nada, habían dejado que el cuaderno ( o la pantalla, cuando en ella trabajaba ) permaneciera estéril, abierto y abandonado en aquella mesa y en aquel cuarto en donde casi nunca me sentaba a escribir. Y recuerdo perfectamente el momento en que, no supe bien por qué, un día, a media mañana, me acerqué decididamente a aquel cuaderno, tomé la pluma, y sentí que tenía la imperiosa necesidad de escribir sobre cuanto llevaba dentro. Desde ese instante tuve el libro en la cabeza.

Es esencial tener el libro en la cabeza. Que la cabeza gire, por encima de los necesarios   e imprevisibles avatares del día, en torno al libro, que vuelva al libro que uno está escribiendo o que uno quiere escribir y acuda a él impulsado por el imán de la creación. Cuando uno relee las apasionantes páginas de Thomas Mann, «La novela de una novela», en las que cuenta los pasos diarios de su escritura en torno a su «Doktor Faustus«, uno queda admirado de tantas lecturas preparatorias, de tantas consultas, de tantas indecisiones y decisiones, pero todo ello es porque el escritor alemán llevaba «el libro en la cabeza». Cuarenta y dos años después de la idea inicial de la novela – el pacto de un artista con el diablo -, su Diario es testigo de sus inquietudes: «ayer por la tarde -apunta-, mientras leía y escuchaba música, me sentí extrañamente cerca de la idea de continuar aquel libro, especialmente desde el punto de vista de la unidad de la vida. Tenía su encanto reanudar aquel libro en el punto en que lo había dejado antes de escribir «La muerte en Venecia«.

 

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«Cuadros de Durerodice Mann , datos biográficos y nombres, reunión de conceptos útiles, notas para fijar el tipo musical de Leverkühn, de Schönberg obtuve muchos datos sobre la música y la vida de los compositores… Al fin, un domingo por la mañana, el 23 de mayo de 1943, comencé a escribir el «Doktor Faustus».

Desde ese momento, el libro que llevaba en la cabeza pasa a la pluma y al papel pero su gran fuerza será mantenerlo siempre en la cabeza.

(Imágenes.- 1.- Travis Stearns/ 2,- Howard Hodgkin)

EL PREMIO LITERARIO

 

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«La lentitud de la escritura, de la pintura, de la música, va en dirección opuesta a la velocidad de las calles, a la velocidad de los corazones acelerados que suben y bajan por las escaleras, a la velocidad de los pies que entran y salen precipitados en metros y autobuses, a los oídos conectados constantemente a los móviles, a los dedos que teclean sin detenerse, y en cambio mi pluma debe ir mucho más despacio, la obligó a ir mucho más despacio, se trata de contar, por ejemplo, lo que ocurrió aquella noche en la mesa del hotel barcelonés al que me convocaron con motivo de un Premio literario. El editor me había anunciado hacía unos días: «Prepárate porque te vas a llevar el Premio». Había leído un libro mío, él estaba convencido y casi quería convencerme a mí. Soy un ingenuo. Tardaré años en quitarme esa ingenuidad. Pero ahora estaba sentado en aquella gran mesa redonda en medio de la muchedumbre y bajo lámparas deslumbrantes, se apoyaba la tarjeta en la copa de vino blanco y en ella aparecía la lista del menú: un consomé primero, una carne asada de segundo y un postre flambeado con nombre espumoso y ligero.

 

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Pero no, aún tengo que describir mucho más despacio toda aquella escena porque son  varias escenas a la vez y cada vez que me veo allí sentado me descubro repetido en el tiempo, como en esos espejos dilatados que se perdían interminables en «La dama de Sanghai». Estoy primero con un bigote incipiente a mis veintitrés años, estoy con una calva un poco avanzada a los cuarenta, estoy con más canas y más grueso a los cincuenta y seis. Pasan los camareros. Pasan continuamente. Pasan cuando tengo veintitrés, cuando tengo cuarenta, cuando tengo cincuenta y seis. Van retirando por la derecha la taza vacía del consomé, me introducen por la izquierda la carne asada, me colocan en el centro el blanco postre flambeado cuya llama enciende una onda azul. Siempre hay un alcalde de la ciudad que se va desdoblando en la tribuna de invitados y que sustituye al alcalde anterior presidiendo honoríficamente el acto mientras las lámparas iluminan los trajes de etiqueta y el rumor de las conversaciones se hace rumor vasto y vago, rumor intranscendente de cucharillas con conversaciones que apuestan por quinielas literarias, pero éstas son muy escasas, en general todas ajenas a la literatura. Las gentes han ido a este acto por compromiso, tal y como se va a un baile o a un espectáculo. Por allí, en algunas mesas desperdigadas, cenamos los autores finalistas, corazones palpitantes, creemos en la gloria, soñamos con la gloria, también con la fama; en vez de uno, o dos, o diez escritores por país, hay decenas, centenares en todos los países, todo el mundo escribe, todas las mesas de todos los hoteles concentran anualmente a centenares de finalistas literarios, los agentes están preparados, los periodistas al acecho, los crïticos aguardan asustados la variada,  difícil  elección que se les viene encima.

 

figuras-tunn-Verena Loewenberg- mil novecientos setenta y tres

 

Entonces se han apagado las luces de este gran comedor. Hay un foco penetrante, televisivo, que va recorriendo igual que un faro giratorio todas las mesas; el haz de luz sobrevuela vasos, manteles y cubiertos y de vez en cuando me sobrevuela a mí. ¿Tengo aún veintitrés años, tengo cuarenta?, no, tengo cincuenta y seis. El faro televisivo se entretiene en este momento en la emoción de las votaciones porque intenta desvelar a los espectadores las crispaciones ocultas de los que escribimos, que son crispaciones falsas porque las auténticas las sufrimos en el momento de la creación. Pero los focos  continúan. De repente se me acerca casi en penumbra, agachado junto a mi silla, uno de los miembros del jurado. » Cámbiate de mesa  – me dice en un susurro -, ponte en esa otra de la esquina para salir cuanto antes, en cuanto digan tu nombre, porque te van a nombrar».

Me coloco, pues, como puedo en la primera esquina de la primera mesa que encuentro y espero con el corazón en un puño. » Esta vez sí, me digo, esta vez sí». Creo en los premios. En la penumbra de esta enorme sala, creo en los premios. Por eso cuando pronuncian un nombre que no es el mío me quedo estremecido, atenazado en la oscuridad. Aplausos atronadores no me dejan oír de nuevo el nombre del ganador pero los focos de luz acuden celéricos a un rincón de la sala donde vislumbró la figura de una mujer que es la triunfadora.

-¿Y qué explicación le dieron? – me pregunta ahora la periodista.

-Ninguna. O mejor dicho, una explicación muy sencilla: que un Premio Nobel había telefoneado en el último momento al jurado y había pedido que ese Premio se lo dieran a una sobrina suya’.

José Julio Perlado ( del libro inédito ‘Relámpagos’)

(Imágenes -1-Matisse/ 2.- Dafna Kaffeman/ 3.- Serena Loewenberg- 1973)

AQUELLA GRAN CASA ANTIGUA

 

interiores-ciuun-Joschi Herczeg

 

«Recuerdo aquella primera casa en la que estuve en Madrid, una casa enorme, casi deshabitada, en la que solo vivía conmigo mi tía Amparo, una figura muy pequeñita, una figura como una nuez, una falda estampada de colores marrones, unos pies diminutos y una cabeza como un alfiler, pero sobre todo unas manos gordezuelas cuyos dedos los tapaban las sortijas, innumerables sortijas en cada dedo, sortijas baratas pero que refulgían cuando daba la luz en el pasillo y entraba por algún ventanal la luminosidad. Entonces aquellas sortijas relucían entre la sombra y la luz e iban acompañando a aquella figura bamboleante que avanzaba torpemente por aquel pasillo de madera , en la casa antigua tan llena de historia, tan ocupada antes por ladridos de perros y por voces que entraban en las piezas de caza y por noviazgos furtivos y otra vez por ladridos y roces de animales nerviosos que venían del campo agitando sus colas porque habían cazado cerca de las escopetas, disparados y febriles campo arriba a por la presa, sudorosos, inquietos, y que ahora acababan rendidos,

 

interiores- bfe- Henri Le Roux- mil novecientos treinta y siete

 

adormilados bajo la gran mesa del comedor, aquella mesa redonda que se abría y dilataba gracias a los resortes de su madera y extendía los puestos de los comensales, la servilleta y los vasos y cubiertos de Eduardo, las mejillas sonrosadas de Elisa, los brazos de Elvira, y bajo aquella mesa los perros dormitaban agotados, estaban las escopetas ya guardadas en los armarios, unas perdices quedaban tendidas en las losas de la gran cocina, aquella cocina al final del pasillo hacia la que iba  la diminuta figura de mi tía Amparo con su vestido de flores marrones tal y como si fuera a una peregrinación, no había nada que hacer ahora en la cocina, las perdices habían ya desaparecido, los ladridos de los perros se habían apagado, la mesa redonda del comedor permanecía vacía, pero la procesión en el tiempo con las sortijas refulgentes en sus dedos a lo largo del oscuro pasillo tardaba en llegar, hay un silencio total en estas habitaciones de otras épocas,

 

interiores-vvvbb- Beata Bieniak

 

puertas abiertas las que dan a este pasillo, ventanales altos, unos bustos en bronce sobre las chimeneas que un día se encendieron para calentar tantas conversaciones, allí se hablaba de política y de fincas, los vaivenes y sobresaltos de tantas aspiraciones para llegar a ser o no ser ministro de Instrucción Pública, ministro de Marina, ministro de Fomento, dimes y diretes al lado de estas chimeneas encendidas cuyos carbones rojizos iluminaban no sólo los gestos y las manos y las miradas de las discusiones para acceder a altos cargos, sino también las intenciones, las trapisondas, aquello que las llamas revelaban sobre las astucias escondidas, las trampas, las recomendaciones y las envidias. Ahora las chimeneas estaban completamente apagadas desde hacía varios años y la figura pequeñísima de mi tía Amparo seguía avanzando muy despacio por aquel largo pasillo desde cuyas habitaciones laterales con las puertas abiertas

 

interiores-vuuen Tassos Chonias

 

asomaban camas antiguas de hierro forjado y armarios enormes como éste ante el cual ahora me encontraba y en el que, al abrir la hoja de su puerta, descubrí que aún guardaba ropa cuidadosamente ordenada y clasificada en distintas baldas, sábanas y colchas con iniciales y bordados, y hasta me sorprendió ver un vestido femenino todavía colgado en una percha que sin duda habría sido elegante en un tiempo y habría dado vueltas y vueltas al ritmo de bailes de salón, bajo lámparas deslumbrantes, un vestido blanco de ceremonias con mangas y pliegues de gran calidad. Y fue en ese momento, al cerrar de nuevo la puerta del enorme armario destinado a guardar ropa, cuando me vi de cuerpo entero en la gran luna del espejo de aquel mueble, pero no me vi solamente a mí mismo, sino que confirmé todo el poderío que puede tener lo invisible».

José Julio Perlado.-(del libro «Relámpagos», de próxima aparición) (relato inédito)

 

espejos-ededed.-John Singer Sargent- mil ochocientos noventa y ocho

 

(Imágenes.- 1.-Joshi Herczeg-2009/ 2.–Henri Le Roux- 1937/ 3.-Beata Bieniak/ 4.-Tassos Chonias/ 5.- John Singer Sargent– 1898)

EPIFANÍAS

 

paisajes.-52ws.-cielo.-Max Ernst.-el sol amarillo.-1964.-Galerie Lufoff

 

«Al sol de las 17, 20 se le ve venir muy despacio. Viene de las montañas lejanas de la ciudad, toca los barrios de las afueras, luego las casas más cercanas, tuerce siempre por los tejados y enfila luego la recta que conduce al salón. Es un sol pálido en invierno y en primavera, sus cristales entran hasta el comedor. Estamos allí, en el andén, desde hace años, el jarrón con flores, mi retrato cuando cumplí los cincuenta, otra fotografía de A. y yo sentados y contemplando la vida, el mueble  de laca que sostiene a la estación, una imagen, y a sus pies, una flor. El sol de las 17, 20 se detiene siempre en este lado del cuarto de estar, hay un baño de resplandor en las ventanillas del sol, los cristales se quedan quietos ante las puertas, no baja nadie, no sube nadie, no hay ruido alguno, es una sucesión de vagones transparentes que dejan en el suelo sombra y luz. Siempre nos admiramos. Excepto los días de lluvia en que el salón queda apagado y moribundo, las demás tardes aguardamos inmóviles esta llegada liviana del sol que permanecerá con nosotros unos diez o quince minutos, el tiempo que él dedica a brillar con mayor agudeza sobre los marcos metálicos de las fotografías, el tiempo que pasa sobre las flores y el jarrón. Sabemos que el sol está lanzándonos su señal. A.  yo, mudos en el retrato, nos dejamos bañar por este singular momento. Poco a poco las sombras se endurecen, los rayos se evaporan. Todo el andén va quedando suavemente gris, recién visitado, ya solitario. Casi no nos damos cuenta cuando el sol se va, se está yendo del cuarto de estar, se ha ido, la luz se disuelve, el sol volverá mañana a las 17,20 y aquí seguiremos, sin movernos, esperándole en silencio».

José Julio Perlado.- (del libro inédito «Relámpagos»)

 

cielo-ubbnn-montañas- Emil Nolde

 

(Imágenes.- 1.- Max Ernst- sol amarillo- 1964- galería Lufoff/ 2.- Emil Nolde)

SOMBRAS DE JUVENTUD

 

interiores-bju- Renoir- mil ochocientos noventa y ocho- colección privada

 

» No puedo borrar las luces de las ventanas que yo veía entonces en las calles de Madrid, en los pisos bajos, cuando pasaban sombras tras los visillos. Las veía desde la calle, sombras de niños inclinados sobre mesas de comedores haciendo puntualmente sus deberes, sombras de madres yendo y viniendo por las cocinas, sombras de padres que entraban en el piso al volver de su trabajo dando vuelta a la llave. Aquel pequeño ruido de la llave, aquellos primeros pasos en el vestíbulo, el gesto de dejar la cartera en una silla, de quitarse el abrigo y de suspirar fatigado, todo eso lo he vivido yo, he oído a mi padre meter su llave, dar los primeros pasos en el vestíbulo, dejar la cartera en una silla, suspirar fatigado, y le he visto avanzar hacia mi madre rozándole la mejilla con un beso, revolver mi pelo y el de mis hermanos al pasar, lo hacía muy despacio, muy cariñosamente, cosas que yo haré cuando sea padre, daré vuelta a mi llave, dejaré la cartera, repartiré besos, son horas de repetición de la intimidad, cálidas horas de las ciudades, lámparas encendidas, cuadernos abiertos, preparativos de cenas, me quedo mirando otra vez desde la calle cómo se mueven estos visillos tras los cuales se vislumbra a las familias, horas y vidas repetidas en pisos iluminados. Siempre sombras».

José Julio Perlado. – ( del libro inédito «Relámpagos»)

(Imagen.- Renoir- 1898. colección privada)

ANOCHECERES

 

figuras-ttvvb-Barnett Newman- mil novecientos cuarenta y nueve

 

«Escribir, crear, es embrujar. Se toma un recuerdo en el aire, algo que estaba aplastado por las páginas de un periódico, una conversación, un rumor o un olor y se transforma en la vasija del cerebro, revolviéndolo con los sentidos, aspirando el momento. Recuerdo el olor del metro madrileño cuando pasaba velozmente bajo las rendijas o respiradoras de las aceras, subía y pasaba el olor subterráneo como un vaho precipitado bajo mis pies, yo no sabía bien qué era el metro – había pasado años en una ciudad sin metro -, o tal vez lo que no sabía bien, lo que no había percibido aún, era ese olor fugaz e intenso, cargado del vapor de los túneles, la oscuridad iluminada de cristales veloces trasladando las caras y los cuerpos, pero sobre todo aquel olor del animal de hierro como gusano curvado que iba y venía casi en zig zag de túneles a estaciones, de la sombra a la luz. Aquel olor del metro bajo mis pies, en la acera, aún me sobresalta con sobresalto emocionado porque me lleva de la mano a una edad imprecisa, acaso cuando llegué a Madrid, a los quince o dieciséis años. Brillaban aquellos anocheceres con las pescaderías iluminadas, los largos lomos de las merluzas reposando sobre las losas inclinadas y regadas de sal, el vocerío y los verdes guantes de los dependientes trasladando de aquí a allá el pescado, sus delantales verdes salpicados de escamas, mientras con cuchillos de punta aguda y punta cuadrada cortaban y despedazaban cabezas, colas y espinas bajo la luz de las bombillas. Y aquellas imágenes y aquellas luces se fundían con el olor del metro que de vez en cuando pasaba bajo mis pies. Eso es embrujar, me digo, eso es ser brujo. Subido en el triciclo infantil en el pasillo de mis abuelos no pensaba que un día podría unir en el tiempo bombillas y olores, pero aquí están, aquí estaban en su momento exacto, una fotografía de juventud. Es Madrid transformado en la memoria. Un escritor es brujo porque reúne con la prosa y en la prosa cosas dispares, unas bombillas, un olor, unos pescados, tres impresiones que no se pueden borrar, el sello de una edad, los sellos de una ciudad en un instante».

José Julio Perlado.- (del libro inédito «Relámpagos»)

 

figuras-ynngg-Yayoi Kusama. dos mil cinco

 

(Imágenes.-1.-Barnett Newman- 1949/ 2.- Yayoi Kusama– 2005)

COLOQUIO SOBRE EL AGUA (1)

 

objetos-nhhu- vaso- Aldo Calabresi

 

«El presidente de la mesa abrió el Coloquio aquella mañana. Extendió la mano hacia el profesor Osamu Saito invitándole con amabilidad.

–Profesor Saito –le dijo–, si le parece podemos comenzar. El público está expectante.

El profesor Saito desplazó su quimono de seda amarilla del respaldo de su asiento, miró al presidente con ojos diminutos tras sus lentes redondos, y agradeció la deferencia con una inclinación de cabeza. Luego giró hacia la derecha, se situó en línea recta con el profesor Virgilio Virgili, hizo otra inclinación de cabeza y dijo con una sonrisa:

–Ante todo, quiero manifestar mi satisfacción por encontrarme aquí, ante una autoridad como la del profesor Virgili, y agradecer que se me permita exponer unas afirmaciones que son el resultado de muchos años de trabajo.

El profesor Virgilio Virgili acarició su barba blanca y aprovechó la pausa para intervenir muy cortésmente.

–Antes de que continúe usted, profesor Saito, decirle que es halagador escuchar sus palabras, profesor, porque yo soy lector ferviente de todas sus publicaciones, y me sumo al unánime reconocimiento de su prestigio internacional. Estoy seguro de que su intervención va a esclarecer mucho el tema que vamos a tratar aquí.

Luego se volvió hacia el presidente de la mesa:

–Aprovecho también estos primeros minutos para testimoniarle a usted, doctor Pavletic, que dirige este Coloquio, mi congratulación por la oportunidad que me brinda al poder debatir en este foro cuestiones sin duda apasionantes y que van a ser, estoy convencido, de un enorme interés.

Desde lo alto de su estrado, el presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono:

–Perdón. Antes de que los dos prosigan, y para no interrumpirles más tarde y dejarles completamente libres en su diálogo, deseo devolverle su amable cumplido, profesor Virgili. Es esta Casa la que se siente honrada al tener hoy dos personalidades como ustedes, que tan amablemente han aceptado nuestra invitación. Si les parece, podemos comenzar.

El profesor Osamu Saito miró al presidente e hizo un leve gesto señalando la jarra de agua vacía sobre su mesa.

–Si se me permite sugerir… –indicó con una sonrisa, aludiendo a que le llenaran la jarra vacía.

El presidente Pavletic enarcó las cejas y tocó brevemente la campanilla. Cirili, el conserje, se acercó, y el presidente le susurró al oído:

Cirili, si hace usted el favor, sírvale agua en la jarra al profesor Saito, porque parece que se han olvidado de ponerla.

–Sí, señor presidente.

Cirili se acercó a la mesa de Osamu Saito.

–Perdone, profesor, que le moleste: ¿usted prefiere agua natural, o desea alguna marca especial?

–No le he entendido muy bien –murmuró en japonés Osamu Saito volviéndose hacia atrás, hacia Duyot, el intérprete.

Duyot, el intérprete, que estaba detrás de Saito, adelantó un poco su silla y se colocó junto a la nuca del japonés.

–Profesor Saito –le tradujo en voz muy queda–: le están preguntando si desea alguna marca especial de agua o prefiere agua natural.

–¿Hay agua mineral nacional? –le preguntó el profesor Saito en japonés a Duyot.

Philippe Duyot se dirigió a Cirili en el idioma del conserje.

–¿Hay agua mineral nacional? El profesor Saito desea saberlo. ¿Qué marcas tienen?

El conserje enumeró las marcas de agua. Duyot se las repitió a Osamu Saito, y el japonés escogió una.

–Gracias, profesor –dijo el conserje solícito–. Ahora mismo le traigo el agua.

 

objetos-nnbb-vaso- Laura Smith

 

–Cuando quieran entonces, podemos comenzar –dijo el presidente.

El profesor Virgilio Virgili miró al presidente, miró también al profesor Saito, y pareció dudar.

–Perdón, señor presidente, pero querría hacer una salvedad antes de comenzar la discusión, porque desconozco el protocolo. Mi pregunta es doble: ¿tenemos el tiempo fijado para cada intervención, y en ese caso, cuál es ese tiempo? Y mi segunda pregunta es la siguiente: ¿hay establecido algún orden para comenzar el debate? Lamento, señor presidente –sonrió–, plantearle ya desde ahora cuestiones de procedimiento, pero creo que si conocemos ya de antemano las reglas por las cuales hemos de guiarnos, la discusión podrá ser más fluida y no habrá riesgos de fricciones estériles. Al menos, por mi parte. No sé si con esto me estoy adelantando en algo al profesor Saito –terminó mirando al japonés.

El profesor Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono amarillo, inclinándose hacia delante.

–En absoluto, profesor Virgili –sonrió–. Y me alegro de que sea usted el que expone con claridad esta observación, porque precisamente iba a proponerles yo eso mismo en este momento, en favor de lo que, muy bien señalado por usted, debe ser la fluidez en el contraste de pareceres. Me permito añadir que en cada Congreso al que he asistido ha sido lamentable el desorden, o quizá el desconocimiento de unas normas preestablecidas, lo que al final ha perjudicado el debate.

–Profesor Saito –le interrumpió Virgilio Virgili–, acaba usted de referirse a Congresos de modo explícito, y no sé si yo me atrevería a definir este encuentro nuestro como Congreso. Yo propondría a su consideración, profesor, como terminología básica y para poder entendernos esta mañana, la palabra debate. Simplemente debate. Sobre eso sí que creo que podremos edificar –se volvió hacia el presidente Pavletic–. No sé si está de acuerdo con esto, señor Presidente.

Lajos Pavletic separó ligeramente su espalda del respaldo de su alta silla y jugueteó con un lápiz entre los dedos.

–Eso es una cuestión de ustedes. Yo como presidente estoy abierto a cualquier terminología siempre que les facilite a ustedes las cosas. Creo que el tema que les ha traído hoy aquí es tan apasionante y puede tener tales repercusiones, que fijar con excesiva rigidez unos sistemas previos nos llevaría a una pérdida de tiempo. Sí, en cambio, me disculpo ante usted, profesor Virgili, por no haberle recordado antes el tiempo de que disponen. Cada uno de ustedes puede hacer uso de diez minutos para cada intervención, rogándoles no los sobrepasen, para así poder cumplir con holgura el programa trazado. No olviden –sonrió– que tenemos luego un almuerzo, almuerzo que es el que tradicionalmente celebramos como Institución –se volvió a apoyar en el respaldo de la silla–. Cuando quieran, señores, pueden comenzar.

–Voy a tomar entonces una palabra pronunciada por el profesor Osamu Saito, la palabra «desorden», para iniciar yo mi declaración –comenzó Virgilio Virgili–. Aunque realmente, no sé, en verdad, si yo estoy en el uso de la palabra, es decir –añadió buscando la aquiescencia del presidente–, si yo soy el que debe comenzar. Mi pregunta es, señor presidente: ¿debo comenzar yo, o es el profesor Saito el que debe empezar?. Esa cuestión pienso que no ha quedado suficientemente aclarada.

Lajos Pavletic se separó un poco de su silla.

–Indistintamente –dijo inclinándose. Y se volvió a echar para atrás.

–No he entendido bien –murmuró en japonés Osamu Saito buscando a Duyot, el intérprete.

Duyot acercó sus labios al oído del profesor Saito.

–Profesor Saito –susurró en japonés–, el presidente dice que «indistintamente», es decir que es indiferente que empiece uno u otro el debate. Que es lo mismo que comience uno u otro –le repitió.

–Muchas gracias –le contestó Saito al intérprete haciendo una inclinación de cabeza–. Entonces prefiero que el turno de intervenciones comience por el profesor Virgili. Me parece más correcto. ¿Es usted tan amable de traducirlo?

Duyot se dirigió a Pavletic:

–El profesor Saito prefiere que el turno de intervenciones empiece por el profesor Virgili, señor presidente.

Lajos Pavletic separó su espalda de la silla y se echó un poco hacia delante:

–De acuerdo. Muchas gracias, profesor Saito –luego miró hacia donde estaba Virgilio Virgili y extendió su mano con amabilidad–. Tiene usted la palabra, profesor Virgili. Cuando usted quiera.

Cirili, el conserje, atravesó por delante del profesor Virgili llevando en una bandeja una botella de agua mineral colocada en un plato, y a su lado un vaso vacío y una pequeña servilleta. Al llegar a la altura del presidente se detuvo, giró para mirar a la presidencia, hizo una inclinación de cabeza y siguió andando hasta llegar al sitio del profesor Saito.

–Muchas gracias –le murmuró en japonés el profesor Saito dirigiéndose al conserje.

El conserje depositó la bandeja en un extremo de la mesa de Saito, saludó con la cabeza al japonés y atravesó de nuevo la sala.

 

agua-unnh-Jean-Michel Folon

 

El profesor Virgili aguardó a comenzar su intervención a que saliera definitiva­mente el conserje y cerrara la puerta.

Lajos Pavletic levantó, sin embargo, su mano en el aire, hizo un gesto para que no comenzara aún Virgilio Virgili e irguiéndose en su sillón de presidente y elevando la voz, llamó al conserje

–¡Cirili!

Al haber desaparecido el conserje y quedar entreabierta una rendija de la puerta, el presidente Pavletic hizo sonar entre sus dedos la campanilla.

¡Cirili! –volvió a llamar repiqueteando con la campanilla– ¡¡Cirili!!

La hoja de la puerta se entreabrió un poco más y apareció en el umbral el conserje.

–Dígame, señor presidente.

Cirili, por favor –le dijo Pavletic en voz alta– ¿Sería usted tan amable de cerrar por completo la puerta?

–Sí, señor presidente.

–¡Ah! –prosiguió Lajos Pavletic– Y que a partir de ahora, nadie nos moleste. Vamos a empezar la sesión.

–Sí, señor presidente –Y el conserje dudó–: Hay más público afuera, señor presidente, que desea entrar. ¿Le indico que espere?

Como el profesor Osamu Saito había girado totalmente su quimono de seda amarilla para poder seguir mejor el diálogo entre el presidente y el conserje, y como el profesor Virgilio Virgili estaba también atento a aquella conversación, el presidente prefirió pedirles su opinión, a los dos.

–Aun a riesgo de que nos entretengamos algún segundo más, señores, como ustedes son los protagonistas y no yo, mi pregunta ahora va a ser muy escueta: me anuncia el conserje que se encuentra más público aguardando para entrar en la sala y asistir al debate. ¿Prefieren ustedes que entre ahora ese público o desean que espere hasta la primera pausa o receso que hagamos? Quizá prefieran que aguarden, ya que llevamos algo de retraso. Pero no quiero influirles. Ustedes tienen la palabra».

José Julio Perlado.- «Coloquio sobre el agua»- (del libro «Caligrafía, de próxima aparición) (relato inédito)

 

figuras-rvvv-pájaros- Tony Pinkevich

 

(Imágenes.- 1.-Aldo Calabresi/ 2.- Laura Smith/ 3.-Jean Michel Folon/ 4.- Tony Pinkevich)

COLOQUIO SOBRE EL AGUA ( y 2)

 

figuras-aldf- Elise Schierbeek- dosmil trece

 

–Por mi parte, señor presidente, dijo Virgilio Virgili,  yo preferiría no ser interrumpido ahora por una mayor afluencia de público, con el consiguiente retraso que ello supondría para todos. Sin embargo, como creo que esto es una simple cuestión de procedimiento, me permito insinuar que entra dentro de las atribuciones de la Presidencia y –sonrió– a ella me remito. No sé lo que pensará mi ilustre colega, el profesor Saito, pero, en este caso, y teniendo en cuenta el tiempo que ya estamos consumiendo, lo que el presidente decida creo que estará bien decidido.

Lajos Pavletic agradeció satisfecho las palabras de Virgilio Virgili e hizo sonar de nuevo la campanilla mirando al conserje que esperaba con su mano sobre el pomo de la puerta.

–¡Cirili! –le ordenó con solemnidad el presidente –¡Cierre bien esa puerta, que vamos a comenzar! ¡Al público que aguarda, indíquele que deberá esperar a la primera pausa que se abra en este Coloquio! ¡Y por favor, que no nos interrumpan!

–Sí, señor presidente –dijo respetuosamente el conserje y cerró por completo la puerta.

–¡Bien, señores! –exclamó el presidente Pavletic echándose hacia atrás en el sillón– ¡Cuando ustedes quieran! Mejor dicho –rectificó mirando a Virgilio Virgili–, cuando usted lo desee, profesor Virgili, porque es usted quien tiene la palabra.

Virgilio Virgili adelantó su cuerpo en la silla y comenzó:

–Gracias, señor presidente –Luego se giró levemente hacia la derecha– Gracias también a usted, profesor Osamu Saito, pues me permite iniciar esta sesión. Bien. Iré directamente al fondo de la cuestión, o al menos procuraré intentarlo. Confieso, profesor Saito –dijo mirando al japonés–, que yo traía para este Coloquio un discurso o ponencia muy preparado y que aún tengo aquí, encima de la mesa, como usted puede ver. En principio, me disponía a leer ese discurso. Sin embargo, cuando yo le he visto hace un momento, profesor Saito, recordarle al presidente que le sirvieran agua, me he dicho de inmediato: esto es que el profesor Saito se dispone a proponernos, o a presentarnos, una de esas aportaciones suyas en las que él es un renombrado especialista. Todos quienes le seguimos (y me incluyo humildemente entre ellos) conocemos esos hallazgos singulares, profesor Saito, que usted periódicamente nos ofrece en las revistas científicas. Mi pregunta es: ¿nos va a sorprender quizá, profesor Saito, en esta sesión con una aportación nueva sobre el tema del agua? ¿Me equivoco tal vez al suponer esperanzado que va a ser así? Solamente eso –y se echó para atrás con una amable sonrisa mirando fijamente al japonés–. Muchas gracias.

Osamu Saito dejó caer hacia los lados las anchas mangas de su quimono de seda amarilla, observó atentamente tras sus redondas lentes a su colega Virgili, sonrió enigmático y contestó:

–Son muy halagadoras para mí, profesor Virgili, sus palabras y quiero reiterarle mi agradecimiento por los inmerecidos elogios que usted me dedica. Pero de todos es conocido en los foros internacionales su exceso de amabilidad y su exquisita benevolencia en sus juicios, que le hacen a veces sobrepasar los límites.

 

figuras.-567jj.- Stanton Macdonald - Wright.- Oriental.- 1918.- Raíces de Madonald -Wright

 

El presidente Pavletic se inclinó ante el micrófono.

–Perdón, profesor Saito –le interrumpió.

–Sí, señor presidente –respondió el japonés mirando a Pavletic.

–Nada más recordarle, profesor Saito, que hemos establecido un turno riguroso de intervenciones, y que en cada una de esas intervenciones debe respetarse el tiempo, tiempo que no debe sobrepasar los diez minutos. Perdón de nuevo, profesor Saito –sonrió– por este recordatorio o aclaración, pero es un procedimiento que nosotros mismos hemos acordado y que nos lleva a mantener un orden para que discurra con más fluidez el Coloquio. La palabra la sigue teniendo el profesor Virgili que no ha consumido su turno.

Osamu Saito hizo una inclinación de cabeza.

–De acuerdo, señor presidente. Muchas gracias.

Lajos Pavletic giró y miró a Virgilio Virgili extendiendo su mano en el aire.

–Entonces, profesor Virgili, puede usted proseguir cuando quiera, ya que está en el uso de la palabra. Le recuerdo que es usted quien ha abierto el turno de intervenciones –se echó hacia atrás en el sillón–. Cuando usted quiera, pues, profesor Virgili.

El profesor Virgili miró a Lajos Pavletic.

–Gracias, señor presidente.

Luego se volvió ligeramente hacia el japonés.

–Bien, profesor Saito. Le decía antes de que amablemente nos interrumpiera el presidente Pavletic para encauzar y ordenar este Coloquio. Por cierto, ordenación y encauzamiento que, permítame señor presidente –dijo volviendo a mirar a Pavletic– es un modelo de rigor, y por ello deseo felicitarle. ¿Puedo? –sonrió– ¿Me permite que le felicite, presidente Pavletic?

Lajos Pavletic se adelantó un poco en su sillón y lo agradeció con una inclinación.

–Gracias, profesor Virgili. Muy reconocido a sus palabras. Puede continuar.

 

figuras.-evgg.-William Morris

 

Osamu Saito se recostó cerca del intérprete Duyot para que le tradujera al japonés el diálogo que estaban manteniendo Pavletic y Virgili, Duyot lo hizo velozmente inclinado en el oído de Saito y entonces el japonés se echó un poco hacia adelante con su quimono y tosió.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono y miró a Osamu Saito.

–¿Sí, profesor Saito? –inquirió aguardando con gran interés.

Osamu Saito cruzó las mangas de su quimono de seda amarilla.

–Perdón, señor presidente. Aunque sé que yo no estoy en el uso de la palabra, acaban de traducirme la felicitación que mi colega Virgili ha dirigido a esta Presiden­cia, y adelantándome a la declaración que luego haré, quiero unirme también a dicha felicitación, puesto que me parece de absoluta justicia reconocer la forma impecable como esta Presidencia está llevando adelante este Coloquio.

Pavletic sonrió muy agradecido.

–Muy amable, profesor Saito –musitó, y se echó hacia atrás en el sillón mirando a Virgili– Profesor Virgili, puede proseguir cuando quiera.

Virgilio Virgili giró hacia la izquierda, se colocó en línea recta con el japonés y acariciando su barba blanca continuó:

–Yo no sé, profesor Saito, si ya que estamos de acuerdo como asistentes a este Debate en felicitar ambos al Presidente, no podría figurar ya esta resolución en las Actas. ¿A usted qué le parece?

El profesor Saito miró a Pavletic.

–Yo no me atrevo, señor Presidente, a proponer nada aún sobre este aspecto para que figure en las Actas, sin conocer su opinión, señor Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

–¿Se refiere usted, profesor Saito, a la felicitación a esta Presidencia?

–Sí, señor presidente –respondió Osamu Saito–. A que figure en las Actas.

Pavletic se echó hacia atrás en el respaldo del sillón.

–Esta Presidencia prefiere que esa cuestión se debata al final. Conviene que prosiga el Coloquio. Sigue teniendo usted la palabra, profesor Virgili.

 

figuras.-55gn.-Ken Resen

 

Virgilio Virgili se situó frente a frente al japonés.

-Lo primero que deseo decirle, profesor Saito, y perdóneme que avance en esto tan directamente puesto que aún no hemos entrado en el auténtico Coloquio, es si usted, como especialista en la materia, va a utilizar en su intervención su lengua original o bien va a escoger otra lengua.

Como el profesor Virgili hizo una larga pausa y se quedó observando a Osamu Saito, éste miró a su vez hacia el Presidente y pareció dudar.

-¿Puedo, señor Presidente…? –preguntó a Pavletic con timidez.

Lajos Pavletic se inclinó hacia adelante.

-Profesor Saito, aunque usted realmente no se encuentra ahora en el uso de la palabra, entiendo que muy bien pueda intervenir. Sin que sirva de precedente, permítame que yo le ayude, si no tiene inconveniente –comentó muy amable. Y se giró luego hacia Virgilio Virgili–: Profesor Virgili, discúlpeme: esta observación que acaba usted de hacerle al profesor Saito, ¿supone una pregunta? Porque quizá para el profesor Saito no ha quedado suficientemente claro si es interrogación o no. Es decir, ¿desea usted que el profesor Saito le conteste ahora, o bien sus palabras son un mero comentario?

Virgilio Virgili asintió con la cabeza y dio muestras de querer especificarlo.

-Sí. Es una pregunta, señor Presidente –murmuró decidido.

Pavletic se volvió hacia Osamu Saito.

-Ya lo ha oído usted, profesor Saito: es una pregunta. Entonces, cuando usted quiera puede tener la amabilidad de contestar -y se echó hacia atrás en el sillón.

Osamu Saito movió un poco su quimono de seda amarilla y miró con ojos diminutos tras sus lentes redondos a Virgilio Virgili.

-Me halaga su interés ya desde el principio, profesor Virgili, por cuestiones, llamémoslas así, específicamente técnicas. O quizá mejor, podríamos decir, bastante más concretas de las que hemos tratado hasta ahora. Le responderé con mucho gusto a lo que usted me pide. La palabra que yo voy a utilizar a lo largo de este Coloquio he decidido que sea una palabra determinada: la palabra mizu, es decir, agua en japonés. He dudado mucho, se lo confieso profesor Virgili, si emplear, quizá por deferencia hacia su persona (usted sabe muy bien los vínculos que nos unen aunque sea únicamente por colaborar ambos en Water International o cuando mantenemos nuestra correspondencia a través de Scientific American); pues bien, como le digo, he dudado durante largo tiempo, en los meses de preparación para este Coloquio, si emplear la lengua japonesa para el tema que hoy nos ocupa, es decir, si usar concretamente la expresión mizu que, como usted sabe, significa agua en japonés, o bien (y aquí estaba mi duda), si inclinarme en cambio por otra expresión, la que corresponde precisamente a su lengua materna, profesor Virgili, es decir, el húngaro. Y entonces, en ese caso, si hablar de víz, palabra que corresponde –corríjame si me equivoco– a agua en húngaro.

El profesor Virgili se removió en su asiento y sonrió muy halagado:

-Le agradezco muy sinceramente esa duda y esa deferencia suya ‑se atrevió a decir.

-Y bien ‑prosiguió Osamu Saito colocándose mejor las mangas de su quimono e inclinándose más en la mesa‑, al llegar a este punto, es decir, reflexionando todos estos meses de preparación ante tal disyuntiva, he aquí que recibí (como usted seguramente la habrá recibido también), la Comunicación por la que se me informaba de que este importante Coloquio en el que ahora nos encontramos iba a ser brillantemente presidido o moderado por una autoridad de renombre internacional, el doctor Lajos Pavletic, aquí presente ‑y miró al Presidente con afecto.

El Presidente, Lajos Pavletic, al ser aludido, se adelantó un momento hacia el micrófono, pareció que fuera a hablar, hizo una breve inclinación de cabeza, pero se recostó de nuevo en el sillón.

 

figuras-nnyye-Adolph Gottlieb- mil novecientos sesenta y dos

 

-Entonces, profesor Virgili ‑continuó Osamu Saito‑, me planteé yo una pregunta (no sé si usted se la habrá planteado, pero yo sí se la formulo ahora): ¿Seríamos capaces usted y yo, un húngaro y un japonés, de ceder por un momento las preferencias sobre nuestras propias lenguas y adecuarnos a la lengua natal del doctor Pavletic? Al principio, se lo confieso, ante esto no encontraba respuesta. Usted y yo no nos habíamos encontrado en los últimos meses y era difícil sin duda tal comunicación, además de que era una cuestión muy delicada y personal. No cabía entonces más remedio que proponérsela aquí directamente, incluso delante mismo del doctor Pavletic, y aun a riesgo de ser inoportuno o indelicado ‑Hizo una pausa‑. Pero decididamente sí se la propongo ahora: yo pregunto, profesor Virgili, ¿podemos ceder nosotros la expresión mizu, es decir, agua en japonés, y a su vez la expresión víz, que corresponde a agua en húngaro en beneficio de voda, que como usted sabe bien, significa agua en croata? ¿No representaría esto una amable deferencia y un respeto hacia la autoridad croata que hoy nos preside? Piénselo bien. Contésteme sin prisas.

A pesar de que Osamu Saito, recostándose hacia atrás, pareció aguardar ávidamente una respuesta, Virgilio Virgili no dio muestras de querer responder y se hizo un largo silencio tan sólo roto por la breve tos del Presidente.

Lajos Pavletic se acercó al micrófono.

-Perdón, señores. Aunque este es un aspecto que tiene referencia a mi persona y yo no tengo por costumbre interferir en los Coloquios, sí me parece necesario avanzar en el diálogo. Por tanto, profesor Virgili ‑dijo dirigiéndose a él‑, yo le ruego que responda a las palabras del profesor Saito. Es necesario proseguir. No olviden que luego tenemos una comida.

Y se echó hacia atrás en el sillón.

Virgilio Virgili aprovechó la pausa para verter un poco de agua de la jarra en su vaso.

-Me pide usted una contestación, profesor Saito ‑respondió tras verter el agua‑ y con mucho gusto se la doy. Me pregunta usted si, a lo largo de este Coloquio, debemos utilizar, para designar el agua, la palabra mizu, que corresponde a su lengua japonesa, o bien es mejor que nos inclinemos, para entendernos mejor, por el término que en húngaro ‑mi patria‑ designa igualmente al agua, es decir, la palabra víz ‑Hizo una pausa‑ Pero aún dice usted más: dice usted que, valorando la personalidad y el renombre de nuestro Presidente, podríamos reemplazar esas dos formulaciones tan precisas por otra nueva, o bien por otra distinta: la que se refiere a la lengua materna del Presidente Pavletic, es decir, la lengua croata. Sugiere usted emplear el término voda, que como usted ha recordado muy bien, quiere decir agua en croata ‑y aquí hizo una nueva pausa y miró más atentamente al japonés‑. Pues bien, yo le diré algo, profesor Saito. Lo importante es el fondo de nuestro debate, no la terminología que empleemos. Lo importante es que nos estamos ya relacionando usted y yo, que nos estamos exponiendo con toda naturalidad cada uno de nuestros puntos de vista y que estamos estableciendo ‑como en todos los Coloquios‑ un fructífero diálogo. Eso, eso es lo que estamos haciendo en estos momentos. Lo importante es que nos estamos elevando por encima de cuestiones lingüísticas. Mizu, víz o voda podemos usarlas indistintamente: eso es lo accesorio. Es en lo que yo creo. Podemos usar indistintamente las tres fórmulas. Lo importante es el fondo. Pero, profesor, sí me gustaría saber su opinión sobre esto.

Virgilo Virgili se echó hacia atrás esperando una respuesta y Osamu Saito inclinó su quimono también hacia atrás buscando al intérprete.

Duyot, el intérprete, se inclinó hacia adelante y se acercó al oído de Saito:

-Profesor: el profesor Virgili ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que eso es accesorio, que lo importante es el fondo.

-No le he entendido bien ‑le susurró Saito al intérprete‑ repítamelo otra vez.

El intérprete se acercó aún más al oído de Saito.

-El profesor Virgili ‑repitió Duyot‑ ha dicho que mizu, víz o voda pueden usarse indistintamente, que lo importante es el fondo.

-¿Qué quiere decir “indistintamente”? ‑preguntó Saito en japonés al intérprete.

Duyot, el intérprete, le tranquilizó:

-Indistintamente quiere decir que pueden usarse como se deseen las palabras, profesor Saito, que eso es indiferente.

Osamu Saito se inclinó hacia adelante con su quimono de seda amarilla y tomando su vaso de agua bebió ahora lentamente.

También bebió el profesor Virgili.

También el Presidente.

Luego prosiguió el Coloquio».

José Julio Perlado.- «Coloquio sobre el agua» ( del libro «Caligrafía», de próxima aparición) (relato inédito)

 

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(Imágenes.- 1.-Elise Schierbeek– 2013/ 2.-Stanton McDonald-Wright– 1918/ 3.-William Morris/ 4.- Ken Resen/ 5.- Adolph Gottieb- 1962)

EL POETA ES UN FINGIDOR

 

escritores.-5gyy.-Pessoa.-por Júlio Pomar

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

que hasta finge que es dolor

el dolor que en verdad siente.

Y, en el dolor que han leído,

a leer sus lectores vienen,

no los dos que él ha tenido,

sino sólo el que no tienen.

Y así en la vida se mete,

distrayendo a la razón,

y gira, el tren de juguete

que se llama el corazón».

(…)

Fernando Pessoa.- Autopsicografía

 

escritores.-33c.-Pessoa.- Fernando Pessoa leyendo, a la derecha, con abrigo claro.-elmundo es

 

(Imágenes.- 1.-Pessoa.- por Julio Pomar/ 2.- Pessoa, con abrigo claro, leyendo- elmundo es)

PRINCIPIOS DE ESCRITOR

 

figuras-unnnmn- Gerhard Richter- dos mil cuatro

 

» Lo mismo que  el arco iris, que da la impresión de estar quieto en su curva de color, así el relámpago, en  vez de trazar su instantánea precipitada, recibe la mano mía en el aire que la deja quieta un  segundo, detenida, mientras se abre la ventana del recuerdo en el patio del colegio hasta  donde he venido andando esta mañana, acompañado de mis hermanos menores, y ambos  como yo con sus carteras llenas de libros, cruzando calles y descampados, pasando cerca  de las lonas de un circo tras las cuales suena el ensayo de las maracas que mueven las  manos de un cantante de color. Siempre uno el camino al colegio con esa lona del circo y  con ese movimiento sonoro de las maracas que es música de otro tiempo. Cuando llego al  colegio, cada vez que llego al colegio, se me despierta el alma de escritor. Pasa un avión  sobre el patio, pasa todos los días a la misma hora,  para todos es un avión, algunos ni  siquiera lo miran o lo oyen, pasa el avión plateado con sus motores y alas, es un aparato  moderno, un objeto en el aire, pero para mí no es sólo un avión. Me han encargado una  redacción para la revista del colegio, en este momento tengo once o doce años, levanto la  mirada y el avión para mí no es sólo un avión, es un cuerpo que horada las nubes, van las  ventanillas en el cielo escoltadas por ráfagas deshilachadas, el ronroneo del motor es el de  un animal que duerme, un animal horizontal, con una panza que parece quieta pero que  marcha a toda velocidad, esa panza con la bodega y las maletas, y también  con los  viajeros, y también  con el  carrito de ruedas en el que avanzan bebidas y bocadillos, todo  eso, con el sueño de quienes van dormidos, con los tacones de las azafatas, tiene que  pasar a esta hora precisa sobre el patio de un colegio donde se juega al fútbol, hemos  puesto a uno y otro lado de las porterías mochilas y abrigos, corren las piernas de  extremos y defensas tras el balón y el avión pasa por encima del patio sin pasar, un niño  ha levantado la vista y mira en el cielo todo lo que no es un avión, todo lo que no se ve de ese  aparato que cruza el patio. Tiene la creación en los ojos. Él no sabe lo que es la creación,  se lo explicarán más tarde en la Universidad, le enseñarán o intentarán enseñarle los  mecanismos de la creación,  pero él se ha adelantado ya a tales mecanismos, crea, tiene en  la mente lo que va escribir en la revista del colegio y ve perfectamente cómo el río de nubes  está abriendo en el cielo  una rendija para que el avión traspase y lo haga en silencio para  que no se despierten los viajeros dormidos y no tintineen apenas los vasos y botellas que  se deslizan en el carrito. Va creando este niño en una esquina del patio y piensa a la vez en  el misterio de las autopistas aéreas, en el cruce en el aire de tantos  aparatos, miles  de  aviones,  millones de patios en los que se juega al fútbol, espacios celestes que él mira,  espacios terrestres que él ve».

José Julio Perlado – (del libro inédito «Relámpagos»)

 

figuras-nmmmn-Jeremy Blake

 

(Imágenes.- 1.-Gerhard Richter.- 2004/ 2.-Jeremy Blake)

MANOS CALIENTES

 

trenes- bgr- Toni Schneiders- mil novecientos cincuenta y uno

 

«Anda, hoy te llevaré al tren, dice mi abuelo. Las manos de mi abuelo cogen mi abrigo, un abrigo corto, azul marino, meto mis brazos por las mangas, las manos de mi abuelo me abrochan los botones, Vamos, da un beso a tu madre. Las manos de mi abuelo me suben la capucha, me atan los cordones de los zapatos azules, me limpian las gafas, los dedos de las manos de mi abuelo toman una servilleta de papel y frotan suavemente los cristales, no veo nada, ahora sí, ahora veo otra vez, me han vuelto a colocar las gafas, me aprieta la goma en la nuca, me hacen daño las varillas, miro a mi abuelo y le digo: ¿ se ha despertado el tren? Mientras bajamos las escaleras meto mi pequeña mano en la de mi abuelo, es una caracola gigante, es una cueva rugosa, blanda, caliente, yo sé que nada me va a pasar porque es una mano mágica, con unos dedos que hacen teatro, el pulgar es el enano gordo al que golpea el índice, el índice es la torre de un castillo al que mi abuelo ata un pañuelo en la uña y el pañuelo blanco flamea asomando al borde de la silla, haciendo títeres, yo me siento en el suelo del cuarto y miro el espectáculo de títeres de dedos en el teatro de manos de mi abuelo, el meñique lucha contra el anular, se suben los dos sobre el dedo corazón, el índice levanta bandera blanca y el pequeño pulgar sale como asustado por encima del respaldo de la silla, haciendo muecas, haciéndose el cojo, doblándose como si estuviera herido. Yo aplaudo y no necesito más. Más que tener juguetes prefiero la mano de mi abuelo, es una mano mágica. Entonces, abuelo, ¿ya está despierto el tren? Sí, yo creo que está despierto. Cada vez que he querido ver el tren me han dicho que estaba dormido, yo he mirado por la ventana de la cocina, he visto que era de noche, el tren estará dormido, he pensado, y enseguida, mientras pincho las patatas fritas, mientras enarbolo el tenedor en el aire con la patata frita en la punta, he dicho convencido: abuelo, el tren estará dormido, porque ahora es de noche. Sí, estará dormido, pero ahora come,

 

jardines.-55gtt.- infancia.- Gustave Caillebotte

 

Por eso ahora, cuando ya hemos salido del portal mano con mano, él tirando un poco de mí y yo andando lo más deprisa que puedo, noto ese miedo a lo que no he visto nunca, un susto que no puedo revelar porque no sé cómo será el tren, he visto trenes diminutos, zigzagueantes, eléctricos, rojos, antiguos y modernos, montados sobre vías relucientes entre las patas de la mesa del comedor, la máquina negra con su chimenea brillante, los vagones corriendo igual que culebras, los pasos elevados justo en el sitio donde se sienta mi padre, el túnel alargado bajo las faldas de mi madre. ¿Pero y el humo? Verás qué humo, Miguel, verás cuánto humo, me dice mi abuelo. Y qué es el humo, pregunto. Entonces, mientras andamos por la calle, mi abuelo me cuenta cómo es el humo: el humo es pardo, gris, violeta, espumoso, transparente, una nube, penachos, gasa, ondas de azúcar, el humo es una mancha de ruedas que da vueltas en el aire, un círculo de seda incandescente, una flor de nieve que sale blanca de la chimenea y se abre en crema gaseosa hasta cabecear y dar tumbos y ascender por la pared del paisaje, el humo es una tos anciana, un carraspeo de caldera hirviendo, las volutas de una pipa encendida, el desahogo lívido, la lana del viento, el humo es un tiovivo de bruma que va nadando hacia el cielo, una masa en disolución, el alma del tren que se escapa en agonía, la niebla, el polvo de la niebla, el humo es irisado, rojizo, azul, malva, toma el color de los andenes, fuma debajo de los techos, va planeando ingrávido, lento, majestuoso, se desgaja en copos de vapor, el humo es manso cordero de luz, un rebaño paciente de volutas, el humo es un fantasma ceniza, una olla de suspiros, la procesión de la gasa deshilada, el humo no existe, no se puede tocar, no ataca, no hace daño, parece que va a quedarse y se va, no vive en ninguna parte, no tiene familia, el humo nace y ya se va descomponiendo, ahora hay humo y enseguida no lo habrá, eso es el humo, Miguel.

 

mar.-568h.-trenes.-paisajes.-George Bellows.-lluvia en el río.-1908.-Museum of Art. Rhode Island School of Dessing, Providence

 

Los niños tenemos una memoria prodigiosa, una sensibilidad de cera, se nos moldea hasta los cinco años, y estas palabras de mi abuelo, mi mano en su mano, él tirando de mí por la ciudad para enseñarme el tren, van entrando como el humo, se van quedando pegadas a mis recuerdos, parece que no escucho, que no entiendo nada de ese lenguaje, pero el humo de esas palabras entra por el oído, envuelve mi pequeña atención y yo sé ya, más o menos, cómo es el humo para los mayores. ¿Quieres castañas? No, no quiero castañas, quiero llegar al tren. Pero la mano de mi abuelo saca su bondad del bolsillo del abrigo, sus dedos bailan con unas monedas, se para ante el puesto de castañas y compra un cucurucho de castañas calientes que me va pelando, me quita la crujiente corteza y me entrega el corazón desnudo de la castaña asada y amarilla, la pulpa tibia, una carne cremosa que se hace pasta entre mis dientes. Cómetela despacio, sin atragantarte. Y me empiezo a comer una, pero de repente me entra el miedo de nuevo cuando oigo a mi abuelo: verás cómo lo vamos a pasar Miguel, verás qué ruido hace el tren. Lo miro con mi castaña en la mano, niego con la cabeza: ya no quiero más, le digo. Entrego mi castaña mordida y pregunto: ¿hace ruido el tren? Lo he dicho torpemente, con mi media lengua de trapo, pero le insisto mirándole hacia arriba, cogiéndole la gran mano caliente: dí, abuelo, ¿hace mucho ruido el tren? Entonces, mientras echamos a andar, mi abuelo me va explicando el ruido: sí, hace mucho ruido el tren, el ruido, cuando vas sentado, es un ronquido traqueteante, un vaivén sordo, un ahogo subterráneo, el ruido es la música del hierro, el fragor de las ruedas, el gemido deslizante de las vías, un silbido, un compás, ese ir y venir de la madera, el ruido es la noche acunada, un columpio mínimo, el pálpito, un rítmico adormecerse, apenas chasquidos, el ruido es eterno, nadie sabe cómo empezó, el ruido existe desde siempre, sin este ruido el tren no viviría, el ruido nace del intestino del vagón, es el temblor de las tímidas ventanillas, el tintineo de los cristales, el ruido es el latir del corazón gimiente, la cola rumorosa de un gusano alargado, el ruido es machacado por las ruedas, pulverizado, pisoteado, el ruido es un tapón en el oído dormido, algodón de sonidos, susurro de acero, el ruido penetra en la dentadura de los raíles, abre la boca de los túneles, suprime las caries de las montañas, quema con su láser el silencio horadado, estremece las puertas de los compartimentos, taladra el tambor de los asientos, el ruido herido de pitidos lastimeros ulula en los campos de la noche, culebrea, tritura la arenilla, las chispas, ametralla los travesaños, cambia de agujas su sonido perpetuo, graniza sobre el techo del vagón, al ruido le van echando carbones en el estómago encendido, llamea el infierno del ruido, se hace rojo pasión, y el ruido comparte así nuestros compartimentos, cabecea el run-run de nuestras duermevelas viajeras, es el tam-tam de los sueños, ése es el ruido, Miguel.

 

trenes-nnbu- Brief Encounter- mil novecientos cuarenta y cinco- wondersinthedark

 

Los niños tenemos una memoria prodigiosa, yo me acordaré de esta mano caliente, yo me acordaré de lo que acabo de oír. Ahora, con mi mano en la mano de mi abuelo, dejándome arrastrar por sus grandes dedos, oculto bajo la capucha azul, todo azul en abrigo y zapatos, un azul diminuto y con gafas, azul recuerdo, cruzo la gran ciudad, subo y bajo como si no sintiera nada, como si nada hubiera entendido, y el humo y el ruido llegan conmigo a la estación. ¿Ves, Miguel?, aquí es. La gran estación, la enorme caja de altavoces y cristales, las vidas tomadas por las asas, deslizadas sobre ruedecillas, cabezas guillotinadas por el adiós de las ventanillas, besos de lágrimas, las manos de mi abuelo que me levantan del suelo y que izan a este niño en el aire y te colocan sobre la plataforma del vagón. Entonces, cuando el tren arranca, piensas que la mano subió contigo y la buscas, y andas por el pasillo de la última infancia empujando puertas, creyendo que es aún el juego del escondite, estás ahí, abuelo, detrás de esa soledad, te veo los zapatos y el abrigo, o estás aquí, detrás de esa cortina, detrás de los siempres. Y entonces te das cuenta que todas las manos desconocidas van sentadas cada una ocupada en lo suyo, hojeando periódicos, gesticulando o desenvolviendo bocadillos para ponerse a comer. Crees aún que la mano del abuelo va a cogerte por detrás, como cuando eras pequeño, ven, Miguel, vente conmigo al despacho, que te voy a hacer el juego de las monedas en la frente, verás cómo se quedan las monedas pegadas en la frente, tú les dices a ellas “baja”, y verás cómo te obedecen. Pero ya este tren corre por el olvido a toda velocidad, cumples años, cada vez ves menos al abuelo, las manos de tus padres te ordenan, te castigan, te ayudan, hasta que un día en que te sueltas de ellas del todo y vas sin manos sobre la bici de tu adolescencia, descubriendo que el mundo es tuyo, las calles no tienen fronteras, hay días sin horas y existen otras manos mariposas con alas nacaradas y una pelusilla femenina que al acariciar te estremece. Estudias en un colegio, en una universidad, apruebas los primeros parciales de la vida, te examinan del riesgo, envías curriculum diciendo que tienes la experiencia de no tener experiencia. Después, los años pasan y enlazas tus dedos con los de la mujer mariposa, besas sus uñas, los besos hacen nidos en cada pulpa acariciada, y un día te decides : Mañana, le dices. Y mañana salís Ana y tú ya de la iglesia con las alianzas anilladas, presas de amor la libertad. Mañana tienes un hijo, lo educas, crece. Mañana se te va ensanchando la tripa, el pelo se cae y a la vez encanece. Mañana a las once, domingo, el día en que te has levantado tarde, llaman a la puerta y te entregan el telegrama. Firme aquí, te dice el empleado. Firmas que has recibido la noticia azul.

 

trenes.-49nn.-Marcus Krackowizer.-2006 - copia

 

Y ahora vas con el escalofrío dentro, viajando en este tren de seda, el tren ultramoderno, supersónico, un tren sin humos y sin ruido, en busca del adiós último a la gran mano caliente. Los entierros son cortos, mañana tienes que estar en el trabajo. Entonces apoyas la cabeza en el cristal de la ventanilla, viene el recuerdo, la almendra de un amargo estremecimiento desapacible, un estremecimiento sin marco, como la foto amarilla colocada sobre el aparador, la velocidad va hacia el pasado, no puedes recuperar el tiempo, miras el campo fulgurante, el horizonte empequeñecido, y te preguntas: ¿Pero es cierto?, ¿es que tuve un abuelo alguna vez?».

José Julio Perlado.- «Manos calientes.-(relato inédito) – (perteneciente al libro «Caligrafía», de próxima aparición)

 

trenes-nnju-Mark Edwards

 

(Imágenes.- 1.-Toni Scheneiders– 1951/ 2.-Gustave Caillebotte/ 3.- George Bellows– 1908- museum of art Rhode island school/ 4.-Brief encounter- 1945- wondersinthedark/ 5.- Marcus Krackkowizer– dar. fine art- 2006/ 6.- Mark Edwards)

 

LAS CARTAS DE HISAE IZUMI

 

japón-vvgu-Kisho Tsukuda

 

«También por entonces Hisae ‑ya en las primeras décadas del siglo XV‑ se dedicó a escribir. No abandonó del todo sus clases pero muchas tardes, a primera hora, se retiraba a una habitación aislada de una casa cercana a aquel lago y en silencio disponía todo un largo ritual. Vestida con un kimono rojo de tonos intensos colocaba primero una alfombrilla negra para que reposara el papel que iba a utilizar, acercaba después una pequeña vara de metal para que se mantuviera aquel papel inmóvil y escogía luego un papel especial, un delgadísimo papel de color verde sobre el que escribía sus cartas; situaba más tarde el tintero con la tinta sólida que se iba a deshacer en el agua hasta lograr un punto exacto de liquidez y entonces tomaba el pincel. Nunca sabía Hisae si esa tarde iba a pintar o a escribir. Ella afirmó muchas veces que en aquellas cartas que escribió en su retiro procuraba pintar los rasgos de la escritura y a la vez intentaba pintar la vida con su caligrafía, procurando hacer las dos cosas al unísono. Recordaba ‑porque así su mano lo hacía‑ que no debía escribir nunca con caracteres rígidos, es decir, a la manera masculina, ni tampoco que las líneas verticales tenían por qué estar divididas de forma paralela y simétrica. Eso ‑Hisae lo sabía muy bien‑ provenía de China, y era únicamente para los hombres. Ella en cambio era japonesa y la pequeña muñeca de su mano asomando por la manga de su kimono rojo no escribía bajo la sombra del ciruelo sino bajo la del cerezo:  era una escritura femenina, llena de sensibilidad exquisita, que se iba convirtiendo en el espejo del alma. Muchas tardes, asomándose a las profundidades de aquel papel verde, veía perfectamente su alma reflejada: Hisae contemplaba allí confusamente detalles de su infancia, pero ante todo descubría que la caligrafía era hermana de la poesía y entonces su mano, sin ella quererlo, comenzaba a escribir caligrafía de la poesía y eso lo hacía con un pincel de bambú y pelo o con otro que ella tenía muy bien guardado de pelo y ancha pluma, con el que iba marcando muy despacio sus trazos continuos ascendentes y descendentes.

 

Japón-nnnjju- Utagawa Toyokuni ll - mil ochocientos treinta y cuatro

 

Así escribió muchas cartas. Fueron célebres y pasaron de mano en mano hasta ser recogidas y comentadas por diversos expertos durante varios siglos. Hoy día han sido muy glosadas e interpretadas en distintas ediciones, y una abundante selección de ellas puede encontrarse en las famosas obras de Origuchi Shinobu  y de Konishi Jun ‘ichi. Estos dos destacados historiadores hacen ver que la importancia de las cartas de Hisae Izumi no reside sólo en su contenido sino en su prodigiosa velocidad de comunicación, algo único en la literatura japonesa, en toda la literatura oriental y también ‑hay que atreverse a decirlo‑ incluso en las literaturas de Occidente, puesto que esa modalidad del género epistolar constituye realmente un caso insólito, algo verdaderamente excepcional y que nunca más se ha repetido. Cuenta Konishi en su obra ‑y lo ilustra con precisos documentos‑ que efectivamente Hisae se inclinaba cada tarde sobre su papel verde disponiéndose a escribir. Pero añade que algo ocurría en ese momento; ese algo siempre ha causado fascinación a los comentaristas. Al acercar su pincel al papel, Hisae descubría en la parte superior de la hoja unas palabras que ya estaban escritas. Conforme acercaba algo más su pincel al papel aquellas palabras se iban extendiendo poco a poco sobre la superficie e iban formando líneas, frases y párrafos. Aquellas líneas y párrafos eran perfectamente inteligibles. A veces eran poemas, en ocasiones cuentos o principios de cuentos, otras veces el inicio de cartas que nadie podía imaginar de dónde provenían. De esta forma, antes de empezar a escribir, Hisae notaba que alguien ya se le había adelantado y que ese alguien ocultaba su rostro mostrando sólo su escritura, y que el espejo del papel enseñaba unos rasgos finos y gruesos, de trazo natural y apacible, nada ásperos ni viriles, en absoluto cargados de rudeza, por lo que Hisae empezó a intuir que aquella escritura bien podía ser la de un alma gemela a la suya, es decir, la de una mujer desconocida, alguien femenino que intentara comunicarse con ella, o bien desahogarse, o simplemente hacerle confidencias. Cada vez que Hisae alejaba su pincel del papel, el otro (o la otra) se detenía; cada vez que Hisae se acercaba intentando escribir de nuevo, el otro (o la otra) se le adelantaba expandiendo cada vez más sus largos trazos de tinta».

José Julio Perlado -(del libro «Una dama japonesa«) (relato inédito)

 

japonesa.-Ukiyo-e.-signatureillustration.org

 

(Imágenes.- 1-Kisho Tsukuda/ 2.- Utagawa Toyokuni ll- 1834/ 3.- signatureilustratio org)