LECTURAS DE BENET

 

 

La Biblioteca Nacional acaba de adquirir 9000 libros, 600 manuscritos, fotografías y anotaciones sobre las obras que iba leyendo el escritor Juan Benet, y en ese universo se adentra uno para intentar averiguar el espacio íntimo de su creación. “ Salvo excepciones – decía Benet – , yo suelo escribir cuando no tengo nada que hacer, cuando llego a casa y no viene ningún amigo ni nadie me dice que vayamos al cine. Y claro, son pocos días. Son tres o cuatro a la semana, como mucho. Cuando no tengo  nada que hacer y está todo en orden, pues entonces, voy a la habitación, me pongo delante de la máquina y entre ocho y diez, escribo un par de folios. Ése es mi sistema de trabajo. Yo tengo la virtud de que – debe ser una virtud – , no tengo ningún esfuerzo para reescribir. Yo puedo haber abandonado, a la mitad de la página, un párrafo, hace quince días: vuelvo a Madrid y lo encuentro y sigo. Y lo sigo a los cinco minutos. No necesito mucha preparación  El pensamiento…. las novelas las tengo como un tanto maduradas previamente.

 

 

(…) En mi juventud, mis amores literarios eran los escritores contemporáneos. Es lo que pasa cuando eres joven; entonces  lo último es lo que se considera más valioso. Mis amores empezaron por la Generacion Perdida, por Faulkner, por Kafka, para pasar a Mann y a Proust. Pero luego he perdido contemporaneidad. Los escritores contemporáneos me llaman menos la atención. Supongo que es un signo de envejecimiento. Me llaman más la atención los clásicos, incluso los clásicos grecolatinos (…) Cada vez leo menos a los contemporáneos, y, sobre todo, nunca leo un éxito de venta. Ya tiene que venir un libro con muchas canciones eclesiásticas para que me meta con él si es extenso. Cuando eras joven no te importaba mucho meter la pata, porque los jóvenes, todos, meten la pata; pero cuando llegas a cierta edad comprendes que el tiempo que has dedicado a la lectura ha sido poco y se empleó mal. Se emplea mal porque se lee mucho para estar al día,  haciendo caso de la propaganda que te inclina a leer bazofia, y para encontrar un buen libro entre los premios , entre la publicidad de las solapas, entre lo que te dicen los amigos, pues pierdes el tiempo leyendo cosas que no tienen ningún interés, cuando sabes que si mañana vuelves a leer a Shakespeare o a Cervantes la inversión está garantizada.”

 

 

(Imágenes -1- lourania tumblr/ 2- Shakespeare and company/ 3- biblioteca del convento – Palacio  de Mafra – Lisboa curious  expeditiion)

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (4)

 

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (4)

 

“Está brillando el día por la calle de Trafalgar esquina a la plaza de Olavide, coches que entran veloces por el subterráneo que alcanzará la calle de Eloy Gonzalo, automóviles que van y vienen bajo las planchas de acero y de tierra ignorantes de que un hombre queda perplejo ante el espejo de esta pensión, nunca serán conscientes de lo que ocurre. Hay un aroma a fritos de los primeros desayunos, cucharillas y tazas en cafés de Chamberí, tintineo musical en mostradores, la prisa de la hora, máquinas de café que humean su sofoco, voces, gritos, mandatos, órdenes de camarero a camarero, el Madrid de la lengua y de los ruidos, Ese ruido, doctor, me aturde, dirá Ricardo al médico. Yo amo el silencio, amo la soledad, amo el mutismo, lo aprendí en mi trabajo en la Biblioteca Nacional. Madrid no se oye a sí misma a causa de los ruidos. Parece que estuviera preparando su concierto de la jornada, el desconcierto de su concierto, no la calidad del rumor, no el ronroneo orquestado sino la algarabía envuelta en humo y coronada por la polución con la que no podrá ya la mansa primavera. Una gruesa paloma, pequeña, hinchada e impasible, recorre oronda, lanzando sus patas finas y sonrosadas, casi en carne viva, el borde del balcón de esta pensión en donde “Las Meninas” están apareciéndose, Fueron primero los blancos, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, la amplia falda con guardainfante de la Infanta Margarita lo que me deslumbró, Al doctor Martínez Valdés le asombrará la expresión, “falda con guardainfante”, pero nada dirá. Tiene a un guía ante sí, guía del Prado, hombre que ha debido estudiar, que tiene sus expresiones peculiares, que posee, en fin, formas de expresarse. Fue la cara luminosa de esa infanta de cinco años, nacida en 1651, Velázquez pintó el cuadro a fines del verano del 56. Está hablando trastornado Ricardo Almeida, estará ante el psiquiatra mirándole, pero seguirá ante el cuadro, el pincel de Diego de Silva Velázquez aún en el aire parece a punto de tocar la paleta para pintar ese rostro demudado del guía, la palidez de sus mejillas, sus manos hundidas en el agua, los ojos desorbitados. Aparece inclinada y arrodillada en el espejo del lavabo una de las meninas de las que habló ya Ricardo, doña María Agustina Sarmiento, que queda de perfil y ofrece por los siglos de los siglos, hasta que acabe el mundo, hasta que arda el Prado, hasta que Madrid salte por los aires, Que ofrece, fíjese don Pedro, le dirá Ricardo Almeida a su médico, Ofrece a doña Margarita, la Infanta, encima de una salvilla plateada, un búcaro o harrita de barro coloreado, he ahí el contraste. Por qué contraste, interrogará en un murmullo Valdés, poco sabe de pintura este doctor pero está ya interesado, no apresado aún, todavía no imantado, pero sí interesado, Por qué contraste, vuelve a preguntar.

Todo el espejo del lavabo de este pequeño cuarto se ha ido llenando muy lentamente de personajes. Los blancos son distintos, la luz que ciega a Ricardo Almeida cuando mira fijamente el cristal, desvela una tonalidad muy clara en los trajes de las dos meninas que acompañan a la Infanta y un mayor esplendor, una rotundidad de tono crema en la anchura central del vestido que cubre a Margarita.

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

Hay blancos también, salpicados y punteados, deslizados suavemente por el pintor, en las mangas y en los lazos conque se adorna Maribárbola, la enana macrocéfala, Usted sin duda la conocerá, doctor, seguro que la recordará, agrega Ricardo al médico, es Maribárbola, la enana de origen alemán. Por la derecha del espejo, saliendo de lo opaco e iluminada extrañamente por el resplandor de una alta ventana que alumbra el cuarto de esta pensión en la plaza de Olavide, Diego de Silva Velázquez, a las siete y diez de la mañana, va pintando sin querer, rápida y velozmente, con un realismo y precisión pasmosos, esta cabeza hinchada y a la vez aplastada, el rostro enorme y lleno, los ojos diminutos sobre los labios y la nariz juntos y machacados por la deformidad, el cabello largo y suelto, la estupidez, la inexpresividad. Me miró Maribárbola, don Pedro, le dirá Ricardo al psiquiatra, y entonces fue cuando saqué las manos del agua, empecé a no tener miedo, sabía que no me podía afeitar y que debía mirar todo lo que apareciera en el espejo, me aparté un poco. Ahora habla con naturalidad, como si lo viera, con un asomo de valentía. Y cuando menos puede esperárselo el médico, añade:

– Entonces, empecé a andar por el cuadro.

Y entonces usted empezó a andar, repetirá en su momento el psiquiatra Martínez Valdés, y lo dirá con toda sencillez, sin la menor extrañeza. A los pacientes hay que seguirles la conversación y el raciocinio, a los supuestos locos no hay que forzarles nunca, tampoco a los cuerdos, a los supuestos cuerdos de la vida, que la existencia es un ir y venir de asentimientos: el río de las conversaciones se desliza en un abrir y cerrar de labios, las conciencias suelen derramar casi sin querer cuanto llevan dentro y lo hacen con una ligereza y suavidad tan inauditas

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

que los médicos están para eso, para dejarse invadir por sus conversaciones y monólogos, los buenos médicos deberán ser, como así lo es el doctor Valdés, oídos atentos, órganos perceptibles y repetitivos, extremadamente sensibles cuando haga falta, aptos, muy preparados, años de consulta han hecho que lo más inverosímil de la existencia de un salto de repente y en su voltereta quede todo tranquilamente en pie, veraz, y tal y como si siempre hubiera ocurrido. Y es que ha ocurrido así: tiene esta galería de “Las Meninas”, dirá Ricardo Almeida a su médico y enseguida se corregirá, Pues de este modo lo escribe Palomino, y habrá de preguntar de inmediato, Sin duda, doctor, habrá leído usted a Palomino, su obra se titula El Museo Pictórico, e insiste, fijos los ojos en el médico, La leyó o no la leyó, es esencial. Don Pedro Martínez Valdés no sabe esta vez cómo escabullirse: No, no la ha leído, responde. Pero es como si nada hubiera dicho: seguirá su discurso Ricardo Almeida, le sale de dentro su erudición de guía, lo que aprendió, aquello que estudió, el poso de sus conocimientos. Tiene esta galería, sigue Ricardo mirando al médico, varias ventanas, así lo describe Palomino, ventanas que se ven en disminución y que hacen parecer grande la distancia; es la luz izquierda que entra por ellas, y sólo por las principales y últimas. El médico no se atreverá a interrumpirle y es Ricardo invadido de ideas y de luces el que proseguirá: el pavimento es liso, y con tal perspectiva, que parece se  puede caminar por él. Y el doctor Valdés aprovechando esta frase última, sugerirá:

– Y fue cuando usted se puso a caminar, me decía.

– Sí, don Pedro – dirá Ricardo -. yo eché a andar por el cuadro.

 

figuras.-5lala.-Sandy Skoglund.-all-art.org

 

Quédase embobado Ricardo Almeida García, va en pijama, son las siete y diez de la mañana en Madrid, las siete y diez en el espejo del lavabo de esta pensión en la plaza de Olavide número nueve, El perro no se movió, don Pedro, Me refiero al gran mastín echado a la derecha del cuadro, sus patas alargadas, soportando en su lomo el pie del enano Nicolasico Pertusato. Ahora hay un gran silencio en el cuadro, Las figuras que miran a los reyes que a su vez las están mirando o que quizá miran al pintor, tal vez al propio espectador, eso nunca lo sabrá nadie, dejan pasar inmóviles a este guía de cuarenta y seis años que avanza hacia el fondo. El autor de Museo Pictórico, Antonio Palomino de Castro y Velasco, no sabrá contar de modo preciso que entre las figuras maravillosas que hizo don Diego Velázquez, una fue la del cuadro grande con el retrato de la señora Emperatriz, entonces Infanta de España, Doña Margarita de Austria, siendo de muy poca edad, pero que hacia ella y sin inmutarse marcharía tres siglo después el guía del Prado Ricardo Almeida García, natural de Madrid, vecino siempre de la capital, hombre de contextura redonda y cabeza hinchada y muy grande, trabajador como pocos a fuerza de codos, autodidacta casi, estudioso a la luz de una lámpara en infancia y adolescencia, atormentado por su padre al que a la vez admiraba, maestro que fue de profesión, llamado su padre José Almeida López, hombre serio, enjuto y reconcentrado, que rumió muchos pensamientos y que poco dijo en la vida a su hijo, sumido en personales tenebrismos. A los pies de Doña Margarita de Austria está de rodillas Doña María Agustina, menina de la Reina, hija de Don Diego Sarmiento, como también contará Palomino, Pero fue por el otro lado, don Pedro, fue por entre el perro y entre la enana Maribárbola, apenas rozando la gran falda marrón de la otra menina y que luego sería dama, Doña Isabel de Velasco, hija de Don Bernardino López de Ayala y Velasco, Conde de Fuensalida y Gentilhombre de cámara de su Majestad, le dirá Ricardo a su médico, fue por allí por donde yo me metí, y lo hice muy despacio, no tenía prisa, sí, no lo escondo, algo había que me llamaba, algo me acuciaba, yo no tenía, sin duda, más que llegar.

Se queda, pues, a la derecha de este guía del Prado que hoy es paciente del doctor, en término más distante y en media tinta, en lo profundo del cuadro, Doña Marcela de Ulloa, señora de honor, y junto a él, en sombras, un guardacamas, como entonces se llamaba a esta penumbra que el pintor revela. Muy al otro lado, a la izquierda, está el mismísimo Don Diego Velázquez, en apariencia inmóvil, pintando: tiene él la tabla de colores en su mano siniestra, y en la diestra el pincel, y la llave de la cámara y de Aposentador en la cinta, que no sólo lo dice Palomino, sino que personalmente yo lo vi, dice Ricardo Almeida, y eso lo admiran todos, don Pedro, así como el hábito de Santiago, que después de muerto Velázquez, le mandó Su Majestad le pintasen.

– ¿Y qué hizo usted, Ricardo?- le dirá el médico muy interesado.

Hay que llamar por su nombre de pila a los pacientes,  así parece recomendado, hay algo singular en cada nombre, ellos mismos se muestran singulares, nunca se creen multitud.”

José  Julio Perlado

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

(Continuará)

 

 

Pale Blue II 1970 by Jules Olitski 1922-2007

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm/4.-Sandy Skoglund-all-art-org/ 5.-Jules Olitski.-1970)

 

“CIUDAD EN EL ESPEJO” (5)

 

CIUDAD  EN  EL  ESPEJO (5)

 

“- ¿Qué hizo usted, Ricardo? – insistirá el doctor Valdés.

El médico sabe bien lo que hizo, pero a Ricardo Almeida lo han traído hasta alí para hacer confesión personal, que es la que vale, el vómito de la conciencia, la palabra en coágulos, frase en borbotón. Ricardo Almeida no parece ahora estar en el despacho del psiquiatra, avanza, se adelanta, Sobre la profundidad de Velázquez, añade el guía, se han escrito artículos, estudios, libros, hay infinidad de pareceres, yo andaba sobre esa profundidad, por encima de ella, don Pedro. Marcha ahora en pijama este hombre al que alumbra el resplandor último de esa puerta desde donde José Nieto le mira. Es que acaso va a cerrarse esa puerta del fondo, o tal vez es que se quiere abrir aún un poco más, entonces qué hace esa figura en el dintel, es que acaba de llegar o es que se marcha ya, quizá ni siquiera esperará a que avance este hombre, cómo es posible que Velázquez no la retenga. Pero Velázquez lo retiene todo, No le miraba yo a Velázquez, don Pedro, ni Velázquez tampoco me miraba, ese cuadro de “Las Meninas” posee tal profundidad y transparencia, añadirá Ricardo Almeida, y ahora ya no fija la vista en su médico sino que queda aturdido en lo infinito. Me miró entonces el paciente – querría escribir en su informe el doctor Valdés pero no podrá redactarlo nunca – con un estrabismo convergente y con beatífica sonrisa, y parecía, (así le hubiera gustado relatar cualquier ponencia), justamente el  bufón Calabacillas sentado ante mí, el llamado erróneamente Bobo de Coria. Me pareció un ciego feliz y acorralado por la vida que me dijo:

– Don Pedro, yo ya no sé si estaba en el espejo del lavabo del cuarto de la pensión, o caminaba hacia el espejo que hay al fondo del cuadro…

– ¿Pero dónde creía estar usted de verdad, Ricardo? – le preguntará realmente el psiquiatra.

Una iluminación desciende de los techos del Museo. Así al menos lo cree el enfermo. Espejos grandes, enmarcados en escudos dorados y emblemas bicéfalos, estampan un tibio vaho de empañado cristal. Hay finos aparatos modernos, estratégicamente situados a media altura en la mente de este hombre, aparatos que mantienen en perfecto equilibrio clima y ventilación en todas las salas. El Museo, dentro de la cabeza de Ricardo Almeida, tiende, de cuando en cuando, cordones de separación ante lienzos valiosos. Grandes losetas cubren el suelo y llegan los primeros adormilados vigilantes vestidos ya con su uniforme: blanca camisa, corbata, chaqueta azul, hombres de cuyos pantalones cae de la cintura hasta el pie una raya dorada. Aún no habían llegado, don Pedro, mis clientes, dice el guía, los de las lenguas extranjeras, Me aturde el inglés, doctor, más aún el alemán y el japonés, del japonés nada sé, conozco sólo el italiano y el francés, y comienza a balbucear este bobo de Coria ante la mesa del psiquiatra, Diego de Silva, né à Seville en 1599, mort à Madrid en 1660, àgé de 61 ans, elève de Francois Herrera le vieux et de Francois Pacheco, y con los ojos extraviados

 

figuras.-397hh.-Uta Barth.-2005.-colección Magasin.-foto Christer Carlsson.-coretsía de Andéhn - Schiptjeko

 

del Calabacillas y las manos crispadas y con la estúpida sonrisa de bufón, añadirá presumiendo, Ma quello che si è tenuto, e si tiene in grande stima, si è l`eccellente quadro istoriato della Infanta Donna Margherita Maria d`Austria ancor bambina assistita da altre della medesima età, e da differenti personagi, con due figure di nani, e dietro Don Diego Velázquez, che la ritrata.

Y calla Ricardo.

Ha aguantado Don Pedro Martínez Valdés toda esta retahila de cosas porque todo, o casi todo, en el despacho de un médico suele ser escuchar y atender, a veces asentir, siempre esperar. Es como si el paciente se encontrara ahora en la sala número quince de la planta principal del Museo del Prado, allí donde reposan “Las Meninas”. Mira el enfermo con ojos deslumbrados al doctor y sus pupilas parece que le gritan: Oh Velázquez, sus tres dimensiones, Sevilla, Madrid, Italia, los viajes, la Corte, O acaso ustedes no recuerdan que a Velázquez lo visitó Rubens en 1628 y que fue éste el que debió aconsejarle que viajara a Italia, Porque al principio, fíjense, Acérquense más aquí, lo escucharán mejor, En Sevilla, con el maestro Pacheco, fue el naturalismo tenebrista, propio de la mitad del XVll, Y luego sería la plenitud barroca de la segunda mitad del siglo…

Hasta que de repente arranca igual que un toro, a una velocidad increíble. Va por dentro del espejo, deja a un lado meninas, infantes, trajes y personajes. Van cayendo figuras mientras hunde su navaja de afeitar. Cree ver en el fondo a José Nieto inundado de sangre y es él quien está ya encharcado y dolorido, el espejo del lavabo se ha hecho añicos.

– Lo recogieron a usted medio muerto esta mañana, Ricardo.

Y el enfermo asiente.

-¿ Y por qué lo hizo?

Pero aún no estamos entre psiquiatra y enfermo. Son las ocho menos veinte de la mañana de un martes ocho de mayo, a la hora en que ocurrió el suceso. Don Pedro Martínez Valdés, que nada sabe, baja camino del garaje a sacar su coche, un Opel-Corsa blanco, pequeño, apto para conducir en la ciudad.

Mientras tanto se ha oído un chillido tremendo en la pensión “Aurora”, en la plaza de Olavide número nueve, en la otra punta de Madrid. Y un perro abandonado, quizá estremecido, ha levantado su cabeza y se ha quedado inmóvil, tan sólo un segundo, mirando al balcón.”

José  Julio  Perlado

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

figuras.-66vv3.-Dirk Skreber.-o T.-2001.-Engholm Galerie

 

(Imágenes.-1.-Ad Reinhardt/ 2.-Uta Barth- 2005- colección Magazine- foto Christer Carlsson- cortesía de Andéhn Schiptjeko/ 3.-Dirk Skreber-2001- engholm galerie–kerstimengholm)

SUEÑOS Y RECUERDOS

 

 

”Cada uno de nosotros posee un mundo interior de sueños y recuerdos, imperceptible a los demás – decía Juan Benet y, como tal, llegamos a la ineludible conclusión de que el texto literario no puede ser más que un vano reflejo de una realidad interna, la del autor. ¿Quién mejor que él va a conocer su intención y significado, sea expreso o tácito, su estilo, su tratamiento narrativo, su relación con la propia experiencia, el medio cultural en el que fue engendrada, las influencias que lo marcaron, etcétera? El escritor que quiera reflejar mejor la realidad tendrá que crear un texto lleno de zonas oscuras, contradicciones y ambigüedades, e intentar resolver los enigmas daría al traste con su obra.”

(Imagen –Man Ray – autorretrato)

CON LA PLUMA EN LA MANO

 

 

“Me desconcierta la diferencia entre dos métodos de composición – dice Nabokov en Opiniones contundentes” – : A: el que tiene lugar exclusivamente en la mente del poeta, que va probando las palabras que utilizará al tiempo que se enjabona una pierna por tercera vez; y B: el otro tipo, mucho más decoroso, que se encuentra en su estudio escribiendo con una pluma. En el método B la mano sustenta el pensamiento, y la batalla abstracta se libra de manera concreta. La pluma se detiene en el aire, a continuación desciende para eliminar una puesta de Sol cancelada o restaurar una estrella, y de este modo guía físicamente la frase hacia la tenue luz del día a través del laberinto de tinta. ¡Pero el método A es una tortura! El cerebro pronto acaba encerrado en un gorro de acero de dolor. Una musa vestida con un peto dirige el taladro que chirría, y  ningún esfuerzo de la voluntad es capaz de interrumpirla, mientras el autómata se quita lo que acaba de ponerse o camina a paso vivo hasta la tienda de la esquina para comprar el periódico que ha leído antes ¿Y por qué ocurre? Quizá porque en la labor sin pluma no hay pausa con la pluma en el aire… ¿O se trata de un proceso más profundo, en el que no hay escritorio que apuntale lo falso y levante lo pintoresco?  Pues existen misteriosos momentos en los que, demasiado cansado para borrar, dejo caer mi pluma ;  deambulo … y gracias a una orden  muda, la palabra justa gorjea y se posa en mi mano”.

(Imagen –Wolfang Suschitzky– H G Wells 1939)

SINFONÍA DE LOS SALMOS

 

 

“Yo miré aquella tarde el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski que a sus 81 años de entonces, con la mano en el mentón y en la butaca que le habían dispuesto, se abandonaba con ojos semicerrados al breve preludio de la “Sinfonía de los Salmos, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Echarvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín “yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca”, aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente.

 

 

E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo. Pero en aquel momento recuerdo que también avanzaban de nuevo desde el fondo del escenario el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces que fueron levantando los salmos en el escenario (“me sacó del pozo de la miseria – cantaban los niños en latín -, del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos”), aquel Salmo 39 que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta.

 

 

Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Echarvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la “Sinfonía de los Salmos” en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer.”

José Julio Perlado – (del libro “Relámpagos”) (texto inédito)

 

 

(Imágenes:- 1- Stravinsky – Irving Penn- 1948 – The New York Times/ 2- Stravinski – Thomas Oboe Le/  3-  Stravinski- Retrato de Jacques Emile Blanche /4- Robert Doisneau- 1957 – all art)

CONVERSACIONES CON UN HIJO

 

“Ayer por la tarde, mi hijo me dijo:

– Me gustaría leer ese libro cuando lo hayas terminado, si no te importa.

Yo contesté ( así  lo anota William Saroyan enLo importante es no morir”) :

– Desde luego, no me importa, pero creo que sería mejor que yo lo leyese antes, después de haberlo dejado reposar un mes o dos, o un año o dos,  porque hasta que un escritor no lee lo que ha escrito y no lo corrige, lo recorta, le saca un mucho y le mete un poco no puede decirse que el libro está escrito. La primera vez que se escribe un libro no se hace más que reunir el material de trabajo que después habrá que moldear y pulir. Lo que estoy escribiendo es un ensayo, un intento dirigido a descubrir si se puede escribir sin un programa especial. Y en este libro, que tiene aún una identidad desconocida, he puesto toda la libertad que hay en mí, pero, al mismo tiempo, he tratado de darle cierta forma. Hasta ahora, no lo he conseguido, y antes de decidir hasta qué punto he fracasado o si importa mucho que haya fracasado, tengo que arrinconarlo, olvidarlo, recobrarme de la lucha y, luego, un día, cuando esté restablecido, volver a él, estudiarlo, trabajar en él, y entonces darme perfecta cuenta de lo que tengo, en primer lugar para mí y, después para ti y para cualquiera que pueda sentir interés. Cuando esté dispuesto a volver a ello, ya no seré sólo el escritor, que es lo que soy mientras lo escribo; seré también el lector, seré tú y seré yo, seré el otro lector y seré cualquiera.  Cuando erais pequeños, tenía que pensar dos veces antes de escribir algo, porque era padre y no os conocía muy bien y no quería escribir algo que resultara embarazoso, sobre vosotros o sobre mí, pero ahora que sois mayores y os conozco mejor, y ahora que sé que no os sentiréis violentos por el esfueerzo que alguien pueda  hacer para llegar a un significado, me siento libre y puedo creer que no os enfadaréis conmigo por lo que escriba.

 

 

(…) Un escritor habla a sus hijos y empieza a escribir para ellos mucho antes de conocer a la madre, mucho antes de verlos por primera vez y de volver a verlos una y otra vez en su primera infancia y hasta que alcanzan una identidad, si no del todo completa, por lo menos, bastante desarrollada. Por lo menos, yo hablo a los míos, y después de hablar por espacio de cinco o seis minutos me paro un momento, preguntándome qué diablos les habré dicho, y les doy una oportunidad para que tanbién ellos digan algo.

– Y después – digo a mi hijo – están también todos los demás escritores, y me refiero únicamente a los mejores, los que escribieron realmente, los que sabían escribir. Bueno, pues ellos no se apartaron de las formas de escribir en las que todo escritor encuentra mayor seguridad, fuerza y equilibrio, no se aventuraron hacia un lenguaje libre, no salieron a la zona en la que las formas no cuentan, sino que estorban. No nos contaron de la peripecia humana las cosas que nosotros sabemos que sabían, y esto me hace sentirme estafado. No quiero seguir con la estafa. Por ello escribo lo que escribo, una  cosa sin forma. Quiero ver si puedo decir cómo vivo y cómo trabajo, cómo he vivido y trabajado y cómo voy permaneciendo sin morir, eso es todo.”

 

 

(Imágenes – 1-Mary Cassatt/ 2-Margorie Mostyn/ 3-Abigail Halpin)