SOBRE LA SABIDURÍA

 

“La sabiduría es radiante e inmarcesible, la ven fácilmente los que la aman, y la encuentran los que la buscan; ella misma se da a conocer a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa: la encuentra sentada a la puerta— dice el libro de la Sabiduría—. Meditar en ella es prudencia consumada, el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones; ella misma va de un lado a otro buscando a los que la merecen; los aborda benigna por los caminos y les sale al paso en cada pensamiento.”

(Imagen — Angelo Broncino)

LOS LÁPICES DE STEINBECK

 

“He buscado durante años el lápiz perfecto —-confesaba Steinbeck contestando a una entrevista  —.He encontrado algunos muy buenos, pero nunca el lápiz perfecto. Sin embargo, el problema nunca eran los lápices, sino yo: un lápiz que me funciona bien unos días no me vale otros. Por ejemplo, ayer utilicé un lápiz blando y fino que se deslizaba de fábula sobre el papel, así que esta mañana he querido repetir la experiencia, pero no ha funcionado, se ha roto la punta y ha sido un desastre, he terminado rasgando el papel. De modo que necesito un lápiz más duro, al menos durante un rato. Estoy utilizando uno del número 23. Tengo esa bandeja de plástico donde guardo tres clases de lápices para días de escritura dura y días de escritura blanda. A veces cambio de lápiz a mitad de jornada, pero en ocasiones es porque así lo quiero. También tengo algunos lápices  super  blandos que no utilizo muy a menudo, porque para usarlos  tengo que sentirme tan delicado como un pétalo de rosa, cosa que no me pasa a menudo, pero cuando llegan esos momentos, estoy preparado. Es bueno estar preparado siempre. Los lápices me suponen un gran gasto, compro cuatro docenas de una vez.  Cuando los dedos de mi mano, en la posición corriente que empleo para escribir, tocan el metal de la goma del lápiz, dejó de usarlo. También tengo la clase de lápiz con que te escribo ahora, pero es demasiado blando. Ya ves cómo son mis prejuicios, indolentes y placenteros. Creo que a todo el mundo le gusta ser un poco excéntrico, y ésta es mi excentricidad: mis manías con los lápices. No son muy peligrosas, quizá tengo otras peores. El afilador de lápices eléctrico puede parecer un poco inútil, pero nunca he tenido nada que use más y me resulte más práctico. Afilar a mano todos los lápices que utilizo cada día, no sé cuántos, pero al menos sesenta, no sólo me llevaría mucho tiempo, sino que me cansaría la mano. Me gusta afilarlos todos de golpe, y así no tener que volver a hacerlo en todo el día. Dirás que me hace perder bastante tiempo, pero también he conseguido algo: me he liberado de la sensación de apremio con la que comencé a escribir estas páginas, y eso es exactamente lo que pretendía. Todos mis lápices están gastados y creo que lo celebraré comprando doce lápices nuevos. A veces el puro lujo de tener lápices nuevos y bonitos me da fuerzas e inventiva.”

 

(Imágenes— 1- Steinbeck-swisseducch/ 2-Steinbeck- digitalgallery)

DON DIEGO DEL CORRAL Y ARELLANO

 

 

“Y aquí tienen ustedes — dijo el guía al entrar — el soberbio retrato de don Diego del Corral y Arellano, oidor que fue del Consejo de Castilla, catedrático de la universidad de Salamanca y visitador del aposento del rey.  Fue pintado por Velázquez en 1632, aunque hay algunos problemas de datación. Esta figura egregia y de admirable estampa como ustedes pueden ver, retrato  que clava su mirar en mí y en los demás , mirar grave y de reposado juicio, hombre de leyes, hombre de aplomo y de firmeza, cabeza suya esta que sale de su golilla blanca con la que cubre la amplia toga negra con su cruz  de Santiago asomando por ella, esta masa oscura de su retrato en pie, su calzado negro, este Don Diego del Corral y Arellano nació en Santo Domingo de Silos hacia 1570 y estudió en Salamanca, llegó a ser canciller de Aragón y se casó con doña Antonia de Ipeñarrieta, y este cuadro estuvo en el Palacio que los Corral tenían en Zarauz, en Guipúzcoa, según dice el inventario de don Cristóbal del Corral e Ipeñarrieta, y el lienzo luego quedó en poder de sus descendientes, los llamados marqueses de Narros, hasta que a mediados del siglo XlX lo trajeron a Madrid y sería entonces un pariente de ellos, la duquesa de  Villahermosa, quien lo legó al Museo del Prado y  aquí está,  y ahora lo ven ustedes.

Si se ponen ustedes ahora en el centro cerca de mi lo verán mejor. Dice Brown en su estudio de Velázquez como “pintor y cortesano” que  aquí  Velázquez va directamente al fondo de un hombre cuya activa y alerta inteligencia ha evitado  los efectos de la vejez. Como jurista don Diego del Corral tenía el respeto del monarca y también del pintor y su mirada, que es la que nos interesa, no parpadea al juzgar la Historia y al no dudar en votar en contra de una pena de muerte, como así ocurrió en un célebre juicio. Hay un papel que sostiene en su mano izquierda  que unido a otros papeles que toma con la derecha nos confirman su labor intelectual y justiciera, aquí está su mesa “vestida” de terciopelo negro con realces  de oro, mesa de justicia sobre la que el personaje se apoya confirmando su posesión. Y luego están , fíjense bien, los negros fluidos y tornasolados de esta pintura, fluidez de pincelada de Velázquez que han llevado a decir a muchos estudiosos que este cuadro “ es uno de los más hermosos de la pintura. Encarna esta figura del prototipo de hombre de leyes, grave e intelectual, con  una expresión muy noble, de inflexible y reposado juicio.”

José Julio Perlado

( del libro “Museo de la mirada”)

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

(Imagen — Velázquez— “Don Diego del Corral y Arellano- Museo del Prado)

PASAPORTE DE POETA

 

 

”Cuando me preguntan a qué me dedico — confesaba el poeta inglés W. H. Auden —-, les digo que soy medievalista. Eso detiene la conversación. Si les dices  que eres poeta, te miran con cara rara, como diciendo : “Vaya, ¿ y de qué vive?”. En los viejos tiempos los hombres se enorgullecían de que en su pasaporte dijera “ Ocupación: caballero”. El pasaporte de Lord Antrim decía simplemente, “Ocupación: lord”, lo cual me parece muy correcto.”

(Imagen — Magritte-1965)

RELECTURAS TREMENDAS

 

“De vez en cuando una relectura deja en el ánimo una fuerte impresión. Releo estos días tres libros muy similares que evocan una vez más brutalidades de una época. “Los jardines de Beria” , de Unto Parvilathi, “Sin fronteras”, de Helene Jeanty Raven y “La casa de los rehenes” de André Frossard. Los dos primeros relatan sufrimientos padecidos por un finlandés deportado a Siberia y de una mujer que ha de pasarse por loca para salvar a su marido de la Gestapo; el tercero, es la confesión de un súbdito francés recluido en un campo de concentración alemán. “Semanas antes de Navidad – se lee en una de esas obras – comenzamos a guardar cortezas de pan de nuestras raciones y las convertimos en galletas secándolas en los radiadores. También  secamos rebanadas muy delgadas de torta de harina de cebada. Logré hacer también dos pequeñas velas de Navidad con la cera que chorreaba sobre la mesa cuando faltaba la electricidad y nos daban una vela para nuestra celda… Escondí aquellos trocitos de cera dentro de mi  colchón  durante meses y con ellos confeccioné dos pequeñas velas del grueso de un lápiz. Estaba prohibido, por supuesto, encender velas, pero lo hicimos, y los guardias no lo notaron porque en la celda había encendida una fuerte luz eléctrica y nosotros estábamos sentados entre las velas y la mirilla de la puerta.”

Nunca nos acostumbremos a ciertos relatos y a  cuantos padecimientos ha sufrido el ser humano a través de la Historia.

(Imagen  — Adam Fuss)

UN RATÓN BLANCO DE MARFIL

 

 

“Tu inquietud me hace pensar

en las aves de paso que se estrellan

contra los faros en las noches de tormenta.

También una tormenta es tu dulzura,

se desata sin mostrarse y sus sosiegos

son incluso más raros.

No sé cómo resistes

exhausta en este lago

de indiferencia que es tu corazón;

quizá te salva un amuleto

que guardas junto al lápiz de labios,

la polvera, la lima: un ratón blanco,

de marfil; ¡y así existes!”

Eugenio Móntale—“Dora Markus”

(Imagen- fundación Balenziaga)

LA ARDUA Y LABORIOSA PREPARACIÓN DE UN LIBRO

 

 

Muchos libros de ficción llevan consigo una serie de días, semanas y meses de lenta y laboriosa preparación que a veces no parece tener fin. Es el trabajo fundamental de documentación que sostendrá luego en pie todo el tablado de imágenes y palabras. Los ejemplos que podrían aportarse serían muy abundantes. Uno entre tantos es el que cuenta Vargas Llosa, trabajando en Paris sobre una de sus novelas:” una vez por semana —dice— iba al Jardín des Plantes a ver árboles y flores de la Amazonía y alguno de los guardianes me tomaría tal vez por un aplicado estudiante de botánica. En realidad, las lecturas amazónicas me vacunaron contra el vicio descriptivo y, al final, en mi libro sólo describiría un árbol que nunca pude ver en Paris, la lupuna, enorme y con jorobas, que aparece en los cuentos selváticos como residencia de espíritus malignos. Iba también de vez en cuando a ver animales de la selva al Zoológico del Bois de Vincennes, y recordaba, cada vez que divisaba  al puma o a la vicuña, lo que contaba otro escritor peruano que había vivido también muchos años en París, Ventura García Calderón: que al pasar ante el corral de la llama, los ojos del animal se humedecían de melancolía al reconocer a un compatriota.”

Despues de largos meses de observaciones,  comprobaciones, visitas y anotaciones, es cuando el escritor se pone a escribir.

(imagen —: Paul  Signac 1893)

EL RUIDO DEL VIENTO

 

”Tengo que acordarme del ruido del viento, de la angustia singular que experimentamos cuando sopla el viento — escribe Katherine Mansfield el 23 de enero de 1922 en su “Diario’ —. Luego el viento de la primavera, tibio y dulce, que nos escudriña el corazón. El viento que yo llamo el Anciano de los Días, el que sopla aquí, al anochecer. Y aquel otro que sacude el jardín por las noches, cuando salimos corriendo.

Polvo. Andar de espaldas al viento pesado e impetuoso. Andar por la Explanada cuando la cubre el agua del mar, traída por el viento. El viento veraniego, tan juguetón, que se columpiaba, que se mecía aquí en estos árboles. Y el viento que pasa por la hierba y la estremece. Todo esto me conmueve de un modo que no he entendido nunca. Veo siempre  un  prado, un potro y una joven danesa rubia que me cuenta algo de su padre político. . La muchacha se llama Elsa Bagge.”

(Imagen — Jean Francois Millet)

LA INTELIGENCIA Y LA ESTUPIDEZ

 

 

“La inteligencia completa, equilibrada, fecunda, es un caso tan insólito — dice el pintor, escritor  y músico Alberto Savinio —; el esfuerzo que hace el hombre por subir los escaños de la inteligencia es tan doloroso, tan desesperado; los daños que resultan de una inteligencia incompleta son tanto más grandes que los que pueden derivarse de una estupidez franca y dócil, que, poco a poco, surge una serie duda sobre el valor efectivo, sobre la utilidad de esta tan decantada, tan añorada inteligencia. El mismo ardor, la ambición misma que el hombre pone en la búsqueda de la inteligencia, ¿ no serán, acaso, prueba sumamente persuasiva de que la inteligencia es una condición innatural, inhumana? El hombre desea  ante todo lo que no posee, lo que no puede, no debe poseer. Y, entre las cosas que desea el hombre, como amor, salud, riqueza, honores, ¿ no es acaso la inteligencia la principal de todas, la gran deseada?  Pero la estupidez, esa cenicienta, la pobre, la modesta, la despreciada, la vilipendiada estupidez, es aquella a la que, en el fondo, se vuelve el verdadero, el espontáneo, el duradero amor del hombre(…) De todas las decepciones de la inteligencia, caprichos, perfidias, traiciones, es ella la buena, la magnánima estupidez, la que nos consuela a fondo. Es ella la paciente, la fidelísima, quien, después de todos los pecadillos y tropezones de la prolongada juventud, nos espera en el rincón del hogar, para  compartir con nosotros, en idilio dulcísimo,  la paz de nuestra  vejez.”

(Imagen-:  foto: Xuebing du)

DOS MÁS DOS SON CINCO

 


“Siempre he pensado que en muchos terrenos del arte y la literatura dos + dos son cinco.  Es el salto a la fantasía, yo diría que el salto a la creación. La suma de los realismos nos entrega siempre el cuatro. La suma de las innovaciones, de los atrevimientos, de las vanguardias, nos entregará el cinco.  Dos + dos nos dan el cuatro siempre que un ojo esté situado  — y normalmente está situado —a la misma altura del otro en  el rostro de una mujer, uno a cada lado . Pero cuando Picasso pinta dos ojos juntos en la misma mejilla ha asumido hace tiempo que dos + dos son cinco y ese cinco le da la libertad de crear, de romper con lo que creíamos que era  lo establecido. Y el público ama ese cinco, aunque al principio le descoloque. Ese cinco es el salto de la aventura , sin ese cinco todo seguiría igual, la historia del arte sería  quizá un cuaderno de repetición.

 

 

Lo mismo ocurre  en la literatura . Lo tenemos en Gógol,  cuando un funcionario de San Petersburgo pierde su nariz y ésta adquiere vida  propia y recorre una experiencia distinta. O en el italiano Ítalo Calvino  que nos presenta  al “barón rampante”, Cosimo, que vive entre los árboles y viaja por los árboles; o en el “vizconde demediado”, Medardo de Terralba, partido en dos por una bala de cañón y viviendo dos vidas distintas; o en “el caballero inexistente”, esa armadura vacía, sostenida solo por su voluntad de ser. Calvino quiso reunir estos tres relatos bajo el título de “Nuestros antepasados”, pero yo creo que no son antepasados sino que están muy presentes porque abren una ventana a la fantasía y a la libertad creadora, algo que los recintos cerrados de otros textos anhelan de vez en cuando.

 

Si nos asomamos  por otro lado a Chagall veremos a gentes  viajar tumbadas y cruzadas entre las nubes, en el silencio de la noche, procesiones de sombras que nos revelan ese cinco del que hablamos al sumar dos + dos en la creación.  En el Arte Fantástico el Bosco nos proporciona imágenes  tremendas e inolvidables, el milanés Archimboldo compone con flores y frutas rostros  sorprendentes, Dalí se adentra en  audaces realidades oníricas, y habría que seguir en una lista muy numerosa de invenciones y atrevimientos que arte y literatura nos ofrecen.

No me queda por añadir mas que amo ese cinco. La resultante de esa suma del dos y el dos que da un salto de repente,  ilumina una chispa y en vez de caer al vacío deja extendido el mágico campo  de la sorpresa y la imaginación.”

José Julio Perlado

 

 

(Imágenes— 1-Picasso- 1937/ 2-Giuseppe Archimboldo-1566/ 3-Chagall – homenaje a Gógol- momaourgt/ 4-Chagall – sobrevolándo vitebsk)

CAMINOS VISIBLES E INVISIBLES

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«El tiempo pasa, los lugares permanecen – confiesa el escultor inglés Richard Long -. Un paseo atraviesa la vida, es físico, pero también invisible. Una escultura está quieta, es un alto en el camino, visible. La libertad de usar de manera precisa todos los grados de visibilidad y permanencia es importante en mi trabajo. El arte puede ser un paso o una piedra. Una escultura, un mapa, un texto, una fotografía, todas las formas de mi trabajo son iguales y complementarias. El conocimiento de mis acciones, en cualquier forma, es el arte. Mi arte es la esencia de mi experiencia, no una representación de ella».

Visibles e invisibles caminos se abren cada vez que empieza un día, sea uno artista o no. Lo importante es recorrer  esos caminos, hacerlo inteligentemente y hasta el final.

(Imagen.-Richard Long)

VOCES INTERIORES Y EXTERIORES

 

 

 

“No soy muy curioso acerca de las vidas o personalidades de otros escritores — confesaba David Forster Wallace —. Cuanto más me gusta la obra de alguien, menos quiero que el conocimiento personal contamine mi experiencia de lectura. He conocido brevemente a algunos de los escritores estadounidenses que admiro  — McCarthy, Don DeLillo—y todos ellos me parecen personas excelentes y agradables. Aunque descubrí que no quería “charlar” con ellos. De hecho ni siquiera me gustaba oírles hablar. En sus libros, cada uno de estos escritores tiene para mí una “voz” bastante característica, una especie de sonido sobre el papel, que no tiene nada que ver con sus laringes o nasalidades o timbres verdaderos. No quiero estar oyendo sus voces “reales” en mi cabeza cuando leo. No estoy seguro de estar explicándome bien, pero esa es la verdad. Por otro lado, hay algunos escritores que mantienen correspondencia conmigo, y esto lo disfruto bastante. Porque la consciencia en las cartas se parece mucho a la consciencia que admiro en la obra.”

 

(Imagen — 1- anotaciones de Forster Wallace  a una obra de Don DeLillo/

EL DESAYUNO

 

 

“Me gustas cuando dices tonterías,

cuando metes la pata, cuando mientes,

cuando te vas de compras con tu madre

y llego tarde al cine por tu culpa.

Me gustas más cuando es mi cumpleaños

y me cubres de besos y de tartas,

o cuando eres feliz y se te nota,

o cuando eres genial con una frase

que lo resume todo, o cuando ríes

(tu risa es una ducha en el infierno),

o cuando me perdonas un olvido.

Pero aún me gustas más, tanto que casi

no puedo resistir lo que me gustas,

cuando, llena de vida, te despiertas

y lo primero que haces es decirme:

”Tengo un hambre feroz esta mañana.

Voy a empezar contigo el desayuno.”

Luis Alberto de Cuenca – “El desayuno” – “El hacha y la rosa” (1993)

(Imagen – Sibylle  Bergemann)

¿CÓMO SE ESTRUCTURA UN CUENTO?

 

 

 

“Un cuento —decía Sergio Pitol —no siempre responde a los mismos estímulos, obedece  a una intranquilidad interna tal vez por estar obsesionado por un personaje, o por una o dos frases que uno ha oído al azar en un café, o una tonadilla de canción que repites sin saber por qué; casi todos mis cuentos están muy ligados a cosas que he visto y  escuchado que después transformo. No puedo casi imaginar si no veo algo, oigo una conversación, veo una cara con determinada expresión que después, a veces muchos años después, brota de la memoria. Todo empieza a esbozarse muy vagamente; de pronto en medio de esa vaguedad comienzo a estructurar una historia que se anuda con algunas preocupaciones inmediatas. Al escribir el borrador de un cuento se organiza de inmediato la trama; todos sus componentes  surgen inmediatamente, y construyen una estructura, que para mí es lo fundamental. En el primer bosquejo el lenguaje puede ser muy elemental, redacto como un niño de once o doce años. En uno de mis cuentos trabajé intensamente para lograr una coherencia interna. Pienso, por ejemplo, cómo se comportaría ante alguna situación una señora de una ciudad de provincias, por ejemplo, de sesenta  años, dentista, esposa de dentista, qué sinsabores y alegrías conoce en su profesión, qué libros lee, qué cine prefiere, cómo se viste, en qué periódicos se informa, y mil detalles más; es aún el proceso previo a la escritura, gran parte de esa información no interviene en el relato, está en mis diarios, pero para mí algunos detalles me resultan como sostenes de la historia y le imprimen verosimilitud; permite un encuentro con la realidad y al mismo tiempo establece una niebla que contamina y  transforma esa realidad.

 

 

Después empieza el trabajo verdaderamente difícil, el que más me gusta , convertir en una geometría lo que ha llegado como un flujo; añadir, mutilar, ordenar. En esa fase empiezo a redondear los personajes. En uno de mis cuentos me atreví a mezclar lo real y lo onírico. Lo tengo muy cerca de mí, pero en general una vez publicados los cuentos dejan de interesarme; debo seguir escribiendo y enfrentarme a otro tipo de problemas y a requerimientos diferentes. “

 

 

(Imágenes—1-Alfred Kubin/ 2-Yu donglu/ 3-David Hockney)

“LA JAPONESA”

 

 

Las dos primeras fotografías que se conservan de Hisae Izumi en Europa, ya en el siglo XlX, están expuestas, una en el Museum of Fine Arts de Boston, y otra en la Fundación Monet en Giverny.

No en vano Hisae fue amiga del pintor Claude Monet que nunca quiso llamarla por su nombre y sí en cambio bautizarla de manera sencilla y respetuosa, sin duda asombrado por su permanente belleza, denominándola simplemente “una dama japonesa”. Y así quedó su nombre entre los pintores franceses. Monet y Hisae se conocieron en París en 1875 en el segundo piso de una casa acristalada en el bulevar de los Capuchinos número 35, un piso que había sido taller del gran fotógrafo Nadar, un piso con dos grandes habitaciones, de paredes color marrón rojizo, donde había tenido lugar la primera Exposición de los Impresionistas en 1874. Allí se sentaron los dos, Hisae y Monet, durante muchas tardes y allí mantuvieron largas conversaciones, ya que a Monet, como a tantos otros amigos artistas de esa época, le fascinaba Japón y los objetos japoneses y Monet, con sus treinta y cinco años de entonces, su corta barba y sus ojos vivos, le hablaba a Hisae intensamente de su primitiva colección de grabados y de su fascinación por Hokusai, y Hisae a su vez le narraba el largo viaje que había tenido que hacer en un barco mercante holandés desde Japón a Europa. Hisae Izumi llevaba ya siete años en París dedicada a extender y explicar el arte y el conocimiento de Japón y lo hacía a través de unas clases como las que siempre había impartido de un  modo  u otro a niños y a mayores en Japón durante siglos, y lo hacía ahora en la trastienda de “La Porte Chinoise”, un comercio en el 220 de la rue de Rivoli, en el centro de Paris, que llevaba abierto desde 1862. Nada más comenzar 1868, el año en que Japón había decidido abrir sus puertas al mundo, Hisae había conseguido a través de unas amistades suyas de Nagasaki que la admitieran como única mujer que estuviera al cargo de las estampas y objetos japoneses que empezaban entonces a viajar  en barcos rumbo a Europa. “Aquel viaje  en el mercante — le rememoraba Hisae a Monet en aquella habitación —, fue apasionante. Rodeados de agua cada noche y bajo la luna, todos aquellos dibujos, láminas y esmaltes que yo tenía que proteger parecían brillar conforme avanzábamos en el océano.” “Conozco bien todo eso”, le respondía Monet, “ porque sé que para pintar el mar es necesario verlo cada hora de cada día desde el mismo sitio. Siempre me ha fascinado el juego de luces y reflejos de las nubes en el agua.”

 

Se entendían muy bien los dos. Hisae vestía siempre su elegante kimono blanco salpicado de peces azules que fascinaba al pintor y también a todo París cuando cruzaba las calles, y Monet le solía hablar de su pintura, de las superficies de color plano, de los contornos marcados y de los nuevos encuadres estudiados en los grabados japoneses, pero también de sus proyectos y experiencias, y tampoco le ocultaba sus continuas estrecheces económicas ni sus preocupaciones más graves, entre ellas la enfermedad de su mujer Camille a la que — decía— le hacía ilusión desde hacía tiempo hacerla un retrato “ a la japonesa”. “Usted me puede ayudar”, le dijo un día de repente a Hisae. Y al fin la convenció. Semanas después fueron los dos  una tarde hasta  Vétheuil, al norte de París, hasta la pequeña casa que Monet había reemplazado por la suya anterior de Argenteuil, donde tanto había pintado En aquella casa de Vétheuil junto al Sena Hisae y Monet reanudaron muchas horas de charla. Les escuchaba sentada en una hamaca, Camille Doncieux, la mujer del pintor, ya fatigada y amenazada por la enfermedad, pero que se animó al saber que su marido le estaba proponiendo, como  había hecho otras veces, posar para un retrato. “Pero será un retrato disfrazada”, le puntualizó de pronto Monet. Y así ocurrió. Entre  Hisae y Monet prepararon un lienzo, Monet buscó una peluca rubia y un llamativo kimono rojo  luminoso bordado, salpicado de peces, mariposas y pájaros, con la figura de un samurai pintado en el kimono, y encargó a Hisae Izumi que le sugiriera colores de abanicos para colocarlos sobre el  fondo celeste del cuadro. Hisae dibujó proyectos de formas y colores de abanicos y Monet los fue pintando y extendiendo detrás de la figura de su mujer disfrazada. Surgieron muchos abanicos. Más de una docena. Eran abanicos sencillos, algunos representando paisajes y otros con cabezas femeninas. Camille  posaba mirando al espectador, sonriendo lo mejor que podía, y levantando un gran abanico. Así quedó “La Japonesa”.  Monet, al cabo del tiempo, pensaría de ese cuadro  que era “simplemente un capricho” , aunque  de él consiguió  al  fin 2000 francos, que tampoco le sacaron de apuros. Desde hace muchos años ese cuadro se encuentra en el Museum of  Fine Arts de Boston. Y a su lado hay una pequeña fotografía de Hisae Izumi con su kimono blanco en la habitación de Vétheuil mientras está preparando los abanicos.”

 

José Julio Perlado

( del libro “Una dama japonesa’j

(relato inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

 

 

 

(Imágenes—1-Monet- “La Japonesa” – Boston- Museum of Fine Arts/ 2-Harunobu Suzuki- 1767/ 3- Shimura Tatsuma)

ENFERMEDAD Y VOLUNTAD

 

“La enfermedad es un impedimento del cuerpo —dice el filósofo griego Epicteto—, no de la voluntad. Por ejemplo, el ser cojo impide a los pies de andar, más no embaraza la voluntad de hacer lo que ella quiere, si emprende tan solamente lo que puede efectuar. De esta misma manera puedes considerar todas las cosas que suceden y conocerás que a ti no te embarazan, aunque impiden a los demás.”

(Imagen—Johannes Carlson)