“El viento fue limpiando las palabras empañadas, todas las voces y los diálogos que se habían quedado prendidas en los jirones de los escaparates, entre acera y acera, en callejuelas pobladas de susurros y gritos, palabras destrozadas y desgarradas, despedazadas, despegadas del aire, y que el viento fue empujando, como cada mañana, mientras todos dormían, antes de que nadie hablara otro día y otra vez, y el viento se fue llevando las hojas revoloteadas de las frases y de las discusiones, el remolino de los suspiros amorosos de los novios, los ruidos, los frenazos, los pasos cruzados entre semáforos, las bienvenidas y los adioses de lejos. El viento empezó, como cada mañana, barriendo de palabras todas las calles, rebañando cada portal y cada quicio y limpiando todo el muro del aire entre las casas hasta dejarlo vacío y preparado, una ciudad de huecos transparentes y radiantes, embellecidos, dispuestos para la inminente jornada. Y el viento fue llevándose las palabras en trocitos pequeños, cuesta abajo, poco a poco, como en cada amanecer, las fue vaciando al fin de la capital, donde la ciudad acababa, en el mar.”
“En ninguna parte — ¡en ninguna!— se sentía con más deleite la despreocupación de la vida ingenua y, no obstante, al mismo tiempo maravillosamente sabia que era París— evoca Stefan Zweig en ”El mundo de ayer’—., donde la hermosura de las formas, la moderación del clima, lla riqueza y la tradición la confirmaban gloriosamente. Cada uno de nosotros, los jóvenes, nos incorporábamos una parte de esa ligereza, y de esa misma manera contribuíamos a ella; chinos y escandinavos, españoles y griegos, brasileños y canadienses, todos se sentían junto al Sena como en su casa. No existía la violencia; se podía hablar, reír, pensar, maldecir a gusto; cada uno vivía a su placer, en compañía o solo, pródigo o económico, con lujo o como un bohemio; había lugar para cualquier peculiaridad y estaban previstas todas las contingencias.
Allí estaban los restaurantes sublimes con todos sus encantos culinarios, los vinos de doscientos y trescientos francos, los coñacs pecaminosamente costosos de los días de Marengo y Waterloo; pero se comía y se bebía asimismo magníficamente en el local de cualquier “marchand de vin” a la vuelta de la próxima esquina. En las hosterías repletas del Barrio Latino se obtenían, a cambio de unas cuantas monedas, las más apetitosas bagatelas antes y después del sabroso almuerzo, y además vino blanco o tinto y una barra enorme de delicioso pan blanco. Cada cual iba vestido como quería; los estudiantes se paseaban con sus gallardas boinas por el bulevar St Michel; los pintores confeccionaban su figura con anchos sombreros que parecían hongos gigantescos y lucían románticas chaquetas de terciopelo negro; los obreros caminaban despreocupados, vistiendo blusas azules, o en mangas de camisa, por los bulevares más distinguidos; las niñeras, con sus cofias bretonas, de anchos plegados; los taberneros, con sus mandiles azules. No era menester que fuera precisamente el 14 de Julio para que, pasada la medianoche, unas cuantas parejas jóvenes empezasen a bailar en medio de la calle, bajo la sonrisa benévola del agente de policía. Es que la calle pertenecía a todos y a cada uno. Nadie se incomodaba con nadie.¿Quién se preocupaba en París de espantajos tales como la raza o el origen, que sólo más tarde fueron inflados?”
(Imágenes — 1- Paris/ 2- café de Flore- 1953/ 3 – café de Dome- 1929- national geographic
“Cuando te quedas sola, a la puerta del negro caserío, con tu hermanillo en brazos, ¿en qué piensas, Mari Belcha, al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?
Te llaman Mari Belcha, María la Negra, porque naciste el día de los Reyes, no por otra cosa; te llaman Mari Belcha, y eres blanca como los corderillos cuando salen del lavadero, y rubia como las mieses doradas del estío.
Cuando voy por delante de tu casa, en mi caballo, te escondes al verme, te ocultas de mí, del médico viejo que fue el primero en recibirte en sus brazos, en aquella mañana fría en que naciste.
¡ Si supieras cómo la recuerdo! Esperábamos en la cocina, al lado de la lumbre. Tu abuela, con las lágrimas en los ojos, calentaba las ropas que habías de vestir, y miraba al fuego, pensativa; tus tíos, los de Aristondo, hablaban del tiempo y de las cosechas; yo iba a ver a tu madre a cada paso, a la alcoba, una alcoba pequeña, de cuyo techo colgaban trenzadas las mazorcas de maíz, y mientras tu madre gemía y el buenazo de José Ramón, tu padre, la cuidaba, yo veía por las ventanas el monte lleno de nieve y las bandadas de tordos que cruzaban el aire.
Por fin, tras de hacernos esperar a todos, viniste al mundo, llorando desesperadamente. ¿Por qué lloran los hombres cuando nacen? ¿Será que la nada, de donde llegan, es más dulce que la vida que se les presenta?
Como te decía, te presentaste chillando rabiosamente, y los Reyes, advertidos de tu llegada, pusieron una moneda, un duro, en la gorrita que había de cubrir tu cabeza. Quizá era el mismo que me habían dado en tu casa por asistir a tu madre…
Y ahora te escondes cuando paso, cuando paso con mi viejo caballo. ¡Ah! Pero yo también te miro ocultándome entre los árboles.; ¿y sabes por qué? Si te lo dijera te reirías…Yo , el ”medicuzarra”, que podría ser tu abuelo; sí, es verdad. Si te lo dijera, te reirías.
¡Me pareces tan hermosa! Dicen que tu cara está morena por el sol, que tu pecho no tiene relieve; quizá sea cierto ; pero, en cambio, tus ojos tienen la serenidad de las auroras tranquilas del otoño y tus labios el color de las amapolas, de los amarillos trigales.
(…)
Hoy, al pasar, te he visto aún más preocupada.
Sentada sobre un tronco de árbol, en actitud de abandono, mascabas nerviosa una hoja de menta.
Dime, Mari Belcha, ¿en qué piensas al mirar los montes lejanos y el cielo pálido?”
Le estuvo comentando muchos días Bashō a Hisae Izumi cosas de su último viaje. Sentados en su cabaña, pasaban las tardes charlando y Bashō le fue contando que aquel largo viaje le había durado dos años y medio. “ Pensaba — le confesó Bashō—que con las penalidades del viaje mis canas se multiplicarían en lugares tan lejanos y tan conocidos de oídas como nunca vistos. Pero me decía también que la violencia misma del deseo de ver aquellos sitios apartaba toda preocupación y me repetía ¡he de regresar vivo! Así uno de esos días llegué a la posada de Soka. Me dolían los huesos, molidos por la carga que llevaba. “ Repose sosegado esta noche — me dijo el posadero —: aunque su almohada sea un manojo de hierbas.” Por la mañana descubrí una cascada. Existe allí una cascada en el pico de una cueva y cae la cascada en un abismo verde de mil rocas. Penetré en la cueva y desde el fondo vi a la cascada precipitarse en el vacío. Comprendí por qué la llamaban “ Cascada – vista — de – espaldas”. Me senté y escribí:
Cascada – ermita:
devociones de estío
por un instante.
Luego seguí viaje. Visité el Señorío de Kurobane. Cerca de allí se encuentra la Piedra que mata. El administrador del Señorío me prestó un caballo y también un ayudante que me acompañara. Detrás de la montaña, junto al manantial de aguas termales, se halla la Piedra que Mata. El veneno que destila sigue siendo de tal modo activo que no se puede distinguir el color de las arenas en que se extiende, tan espesa es la capa formada por las abejas y mariposas que caen muertas apenas la rozan. Unos días después llegué al Paso de Shirakawa. El paso de Shirakawa es uno de los tres más famosos del Japón, el más querido por los poetas. En mis oídos soplaba el viento del otoño y en mi imaginación brillaban las “hojas rojeantes” de las que habla el poema de Yorimasa, del siglo Xll:
En la capital
Vi los arces verdes;
Hoy veo caer
rojeantes sus hojas:
paso de Shirakawa.
Pasé luego por el río Abukuma. Bordeé la Laguna de los Reflejos, pero como el día estaba nublado nada se reflejaba en ella. En la posada del río Suga lo primero que hicieron al verme fue preguntarme : “ ¿Cómo atravesó el paso de Shirakawa?”. En verdad, estaba desasosegado por un viaje tan largo y mi cuerpo tan cansado como mi espíritu Además, la riqueza del paisaje y tantos recuerdos del pasado me impedían la paz necesaria para la concentración. Y sin embargo allí mismo escribí:
Al plantar el arroz
cantan: primer encuentro
con la poesía.
Hisae seguía escuchando todas aquellas vicisitudes del viaje, apenas se atrevía a intervenir ni a interrumpir, y estaba fascinada”
Wagner entre Schopenhauer y Nietzsche. Wagner y sus influencias. El “Wagnerismo’: arte y política a la sombra de la música” que acaba de publicar Alex Ross ,el gran crítico musical del ”New Yorker”, ya había anticipado muchas cosas sobre Wagner en su gran libro ”El ruido eterno”: la influencia de Wagner en el teatro y la pintura, en la literatura, la estética y la política. “En 1906, veintitrés años después de su muerte, los jóvenes sofisticados memorizaban sus libretos igual que los universitarios estadounidenses de una época posterior recitaban a Bob Dylan, y los antisemitas y los ultranacionalistas consideraban que Wagner era su profeta privado.”
El propio Wagner deseaba escapar del gigantismo que su obra acababa de representar y exclamó: ”He tomado el pulso a nuestro arte moderno y sé que morirá”, escribe en 1850. ” Saber esto no me llena de tristeza sino de alegría. El carácter monumental de nuestro arte desaparecerá, nos desprenderemos de ese aferrarse y anclarse al pasado, de la preocupación egoísta por la permanencia y la inmortalidad a toda costa ; dejaremos que el pasado sea pasado, el futuro futuro, y viviremos sólo el hoy, en el aquí y ahora, y crearemos para él.”
“Hay incalculables cosas que nos quedan por saber de la música— me decía en su casa cercana a Madrid Luis de Pablo en 1977–. El número de combinaciones, permutaciones y variaciones es prácticamente ilimitado; si no, se habría terminado la posibilidad de creación, lo más apasionante de la música para mí es lo que queda por hacer, no lo que ya ha sido hecho.
El tiempo y la música es uno de los temas más apasionantes que puede haber. El tiempo en Occidente siempre intenta ser causal; al ser causal se produce un fenómeno muy curioso: estamos viviendo en un tiempo que es habitable racionalmente, puesto que lo que está sucediendo ahora es un momento conocible, por lo que se había oído antes. Pero más tarde descubrimos que hay gran cantidad de músicas no occidentales, que han partido de que la música es un entorno sonoro, que dura lo que tiene que durar, dura una noche entera a lo mejor, o dos horas, un minuto o unos segundos. En su momento se planteó la pregunta: ”¿ es posible una forma de tiempo irrepetible?”, es decir, una forma en un tiempo que no transcurre como un ciclo cerrado, sino como un agua que se derramara sobre una superficie lisa.
Esto ocurre y es clarísimo en las músicas rituales tibetanas, por ejemplo, o en ciertas músicas ambientales africanas, en las que la música es estrictamente una improvisación muy medida, porque todo el mundo conoce la base de aquello, y que dura lo que la gente quiere que dure. Entonces el tiempo transcurre de otra forma, no para medirlo o dominarlo, sino para dialogar con él. Podríamos escuchar músicas, concretamente de ciertas tribus negras de Rhodesia; uno puede estar oyendo esa música años, porque no hay un nexo y todo radica estrictamente en la disposición del espíritu de uno.”
(A la memoria de Luis de Pablo que hoy acaba de morir)
”El día en que Brassaï fue a fotografiar las esculturas de Picasso — así lo cuenta Patrick O’Brian en su vida de Picasso — el artista abrió la puerta ” y contemplamos una nación de figuras en toda su resplandeciente belleza”. Brassaï se encontró ante un Picasso “directo, sin afectación, carente de arrogancia, amable y natural”. Vienen estas evocaciones aquí cuando se anuncia que a partir del 19 de octubre se exhibirá la obra de Brassaî en el museo Picasso de Málaga.—.” Picasso -dice O’Brian —también tomó simpatía a Brassaï y le propuso ir al circo, a su viejo y amado circo Medrano, en el que no había estado hacía años. Acudieron los dos y el circo no había cambiado: allí estaban los mismos payasos, los gruesos caballos, los flacos acróbatas, las fieras y los mismos olores. No fue una gran función, pero Picasso se divirtió enormemente, se rió con los payasos y lo pasó en grande, mientras, durante toda la función, su hijo, que contaba once años, estuvo con la cara seria.
Aparte de otras muchas ocasiones, Brassaï ,en agosto de 1939, encontraría a Picasso en la calle de Grandes Augustins. Brassaî no había estado nunca allí. Picasso recibió amablemente a Brassaî y accedió a posar en la cervecería Lipp hablando con Pierre Matisse, en Flore firmando unos grabados, y en su estudIo.
Muchos años después, en 1960, volvieron a encontrarse una vez más y Brassaï demostró que era uno de sus muchos amigos que se negaba a formar parte del grupo de cortesanos en competencia entre sí, y hacía trece años que no había visto a Picasso,
De todos aquellos encuentros nacerían las “Conversaciones con Picasso’, un libro fundamental para conocer al pintor..
‘Se admira solamente aquellos paisajes que ya hemos admirado.— decía Cesare Pavese—. (“ La mitad de la belleza de un paisaje o una casa procede de conocerlo”- Virginia Woolf, agosto 1928) De eslabón en eslabón nos remontamos a un cuadro, a una exclamación, a un signo, con el que “otro” nos lo ha escogido y propuesto. Naturalmente llega un momento en que, adiestrados por una larga costumbre, escogemos nosotros paisajes ”como” si tuviesen el apoyo de un signo ajeno. He aquí por qué ”nuestros” paisajes son limitados. Es difícil añadirlos a los que unos signos fortuitos nos revelaron en la infancia, cuando se formaron nuestros moldes imaginativos.”
“De un lado en la mitología se menciona la extraordinaria fertilidad de las tierras volcánicas, como Nápoles, California o Japón. De otro, el fuego destructor se asocia a la idea del mal — recuerda Juan Eduardo Cirlot en su ”Diccionario de símbolos”—Para los persas, el volcán era solo el gran adversario. bajo la forma de un inmenso dragón o serpiente encadenado al monte Demivand. No es sólo el símbolo de la fuerza primaria de la naturaleza y del fuego vital( creador y destructor) sino lugar simbólico del ”descenso” de los elementos que en su pozo se relacionan y transforman ( aire, fuego, agua, tierra). Paicológicamente es un símbolo de las pasiones. Un sentido importante dimana también de la especial característica del volcán, en el cual, a una larga fase de trabajo latente, contenido y oculto, sucede una brusca y terrible erupción.”
(Imagen — foto de Yorgos Karahalis- the New Yor Tmes)
No sé si fue aquella misma tarde o en otra posterior — siguió contando Hisae en sus Memorias—, cuando me habló Bashō de poesía y concretamente del haiku. Primero me contó que aquella cabaña donde ahora vivía se la había regalado un discípulo suyo, creo que se llamaba Sampu, no lo recuerdo bien, y después me empezó a hablar del haiku. Enseguida me recitó uno:
Se va la primavera
quejas de pájaros, lágrimas
en los ojos de los peces.
Yo había oído hablar de modo muy general del haiku como una expresión de una iluminación transitoria, en la que se veía en profundidad la vida de las cosas. Ahora aquello lo comprobaba mejor al escuchar a Bashō cómo lo recitaba. Bashō me explicaba que en el haiku se mostraban las cosas tal y cómo existían a la vez fuera y dentro de la mente. Era una forma de volver a la naturaleza, a nuestra naturaleza de luna, a nuestra naturaleza de cerezo en flor, a nuestra naturaleza de la caída de la hoja. Era una forma a través de la cual la lluvia fría del invierno, las sombras de la tarde, incluso el día con su calor, y también la larga noche, se hacían verdaderamente vivos y participaban de nuestra humanidad hablando con su propio lenguaje. “
“Las máquinas iban tan por delante de los hombres en ese siglo que las máquinas lo decidían todo y declaraban las guerras ellas solas y ellas solas hacían las paces, y marcaban las pautas del amor y de los odios sin la menor consideración para los hombres, que aparecían congregados y asustados en los rincones, sin saber cómo parar a las máquinas ni atreverse a acercarse. Sería muy interesante contar cómo las máquinas succionaban los cuerpos de los pocos hombres que se acercaban a ellas, y tragándoselos, se los pasaban de unas máquinas a otras por unos pasillos blancos como laberintos para reflejarlos luego de pantalla en pantalla y arrojarlos vivos a las tinieblas exteriores.
Había llegado el hastío del amor hasta ese siglo XXll, y ese hastío había llevado a los hombres que allí viven al olvido y a la ignorancia, de tal modo que no pueden recordar ya cómo deben enamorarse ni qué tienen que hacer con su corazón ni con sus sentimientos. Los corazones en siglo XXll están llenos de válvulas y de membranas y cuando los hombres vuelcan su músculo para ver qué hay dentro — para ver si pueden hallar allí algo de amor —, se encuentran con la cáscara del vacío. Pero alguno entonces se preguntará: si el corazón está vacío, ¿de dónde sale la envidia y el rencor y el cariño y el impulso y la compasión y tantas cosas más que todos solemos tener dentro del corazón? De ningún lado, porque allí ya no existen esas cosas, han sido pulverizadas y machacadas y con ellas se han hecho semillas que el viento del siglo XXll ha esparcido, un viento que viene de la puerta entreabierta del siglo y cruza las máquinas en movimiento y vuelve a salir en todas direcciones.”
“Madrid es una historia interior sin ninguna salida al mar. Cuando los madrileños de nación nos pensamos Madrid —- escribe la historiadora del arte Natacha Seseña—, recordamos el calor, el polvo y la luz. Y la brisa. Tal vez Madrid es sólo eso. Luz al atardecer y los vencejos que volvían cuando los exámenes. Y el polvo de los desmontes de la Moncloa todavía iguales en los años 40 a como los pintó Goya. Amapolas de la Facultad y el pinarcito. Todo modesto. Visillos y ventanas por donde un frío implacable se colaba siempre. Madrid, cañada. Faroleros y aguaduchos con horchata y patatas fritas. Niños jugando con el agua de la manga riega, estrangulándola con la reseca tierra para hacer puentes. Vila- corte con un alcázar rodeado de modestas casas y conventos. Parece natural, entonces, que la falta de alharacas haya condicionado también a los madrileños, que son modestos intrínsecamente . Así, si se me permite, lo veo yo.”
‘Si observas algún muro lleno de manchas varias o con piedras de distintas clases y te propones inventar un paisaje — decía Leonardo —, podrás ver allí representados paisajes varios, ornados de montañas, ríos, peñascos, árboles, vastas llanuras, valles y collados de distintas clases, y también podrás ver allí representadas batallas y raudas acciones de figuras extrañas, expresiones de rostros y ropajes e infinitas cosas que podrás plasmar en forma entera y bella. Porque con los muros de esta clase sucede como con el sonido de las campanas, en cuyo repicar oyes todos los nombres y las palabras que imaginarte puedas.”