“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (19) – FEDERICO FELLINI

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS  (19) :   Federico Fellini

 

 

– Volvamos ahora, si le parece, a su encuentro con Federico Fellini, del que aún no me ha hablado, y de sus años romanos…

 

-La primera vez que llegué a Roma, como antes le decía, fue en 1963. Tras dejar mi equipaje en un hotel de vía del Babuino y cuando me senté a comer al aire libre, aún lo recuerdo, en una trattoria de Corso Vittorio Emanuelle, estaba muy lejos de imaginar que aquella ciudad fuera a ser mi residencia durante más de dos años. Aquel primer viaje mío estaba previsto como una estancia rápida y consistía en principio, y así lo creí en aquella primera semana, en una visita muy provisional, urgida de exigencias periodísticas, y nunca pensé, disfrutando como estaba de aquel amable mediodía en la trattoria romana, que Roma me fuera a acompañar luego tan habitualmente. Pero los giros de la vida son imprevisibles, y dos meses después volvía a Roma con un contrato profesional estable y tendría que recorrer ya diariamente en razón de mi trabajo calles como via Condotti o via Frattina, via della Mercede o via del Tritone y tantas otras más. Tenía entonces mi despacho de corresponsal en Piazza di San Silvestro, no lejos de Piazza di Spagna, y cada mañana venía desde lejos con mi pequeño automóvil italiano, en concreto desde un sencillo lugar llamado Piazza Navigatori, al costado de la larguísima via Cristoforo Colombo. Venía conduciendo y pensando en mis tareas diarias y admirando al pasar las Termas de Caracalla que eran paisaje habitual en mi trayecto. En ciertos días de primavera o simplemente de tiempo espléndido, solía detener mi coche cerca de aquellas Termas, y como he hecho en tantas otras ciudades, establecía mi despacho durante una media hora o algo más dentro del vehículo y me ponía a escribir o a tomar notas antes de entrar en el centro de Roma y ser devorado por el caos del tráfico. Roma ha sido, todas las veces que la he visitado, una especie de continuación de mi casa madrileña. Es como si al salir de mi portal en mi casa de Madrid, diera unos pasos y ya me encontrara con la prolongación natural de la acera que no era otra que la esquina con via Margutta, via della Fontanella y, torciendo a la derecha, la Piazza del Popolo. Y en esa Piazza del Popolo, en uno de sus cafés bajo los toldos, en “Canova”, recuerdo perfectamente cómo podía contemplarse a última hora de la tarde las reuniones variadas de gentes del cine y de la literatura, directores, actores, poetas y novelistas, Giorgio Basani, por ejemplo, o Visconti, o Carlo Emilio Gadda, o Antonioni, o Mónica Vitti. Y allí acudía de vez en cuando también Federico Fellini.

 

Conocí a Fellini en los estudios Rizzoli en 1965, cuando estaba rodando “Giulietta de los espíritus”. Pero sigo teniendo en la memoria, como digo, ese café “Canova” iluminado en la noche frente al obelisco de Piazza del Popolo, con sus mesas de manteles blancos en la terraza, lleno de gente pintoresca, debatiendo con gestos italianos y acento romano proyectos dispares y mil cosas de la vida. Y no podría asegurar si fue en las charlas de ese café o fue en un libro suyo cuando Fellini quiso preguntarse un día precisamente qué era Roma para él. En el fondo es algo parecido a lo que usted me acaba de preguntar. Y él mismo quiso responderse: Pienso – dijo el director italiano – que Roma es un rostro confortante porque Roma se permite todo tipo de especulaciones en sentido vertical; Roma es una ciudad horizontal, de agua y de tierra, tendida, y por consiguiente plataforma ideal para lanzarse a vuelos fantásticos.

Naturalmente que voy a hablarle ahora de Fellini. En primer lugar, usted muy posiblemente no sabrá nada, o muy poco, de un monje italiano del siglo Xl llamado Hildebrando. Hildebrando Aldobrandeschi era su nombre completo. Nacido en Sovana, en Toscana, en 1020, murió en Salerno, a los 65 años, en 1085. Y aquel monje Hildebrando llegó a ser Papa con el nombre de Gregorio Vll y su nombre, Hildebrando, significó para quienes le amaron una brillante llama, según dicen, y para quienes lo odiaron una señal del infierno. Pues bien, Federico Fellini, en las nieblas de su cabeza creadora y efervescente, durante la larga entrevista que mantuvimos aquella mañana me estuvo llamando constantemente Hildebrando, aún no sé por qué, y lo hizo todo el tiempo y durante más de la hora que duró la entrevista, reemplazando continuamente mi auténtico nombre ( pienso que lo hizo de modo inconsciente, porque si no no se me ocurre otra explicación) por el nombre de aquel monje del siglo Xl.

 

-¿Y usted no le corrigió?

 

– Sí, naturalmente que le corregía de modo casi continuo y protesté claramente las primeras veces, pero luego, quizás al primer cuarto de hora, viendo que él no cambiaba, lo dejé ya por imposible. Me cansé. Prefería escucharle las respuestas. ¿Qué importancia tenía que me llamara de un modo u otro si me estaba contando cosas interesantes? Lo importante eran sus respuestas, lo que me comentaba de su cine.

 

-Che effetto, Fellini, le fece “La Strada“? – le preguntaba yo por ejemplo.

-Adesso, Hildebrando, “La Strada”…

 

– Ma, scussi – le respondía yo enseguida en italiano – mio nome non é Hildebrando.

— ¡Ah, vero!…¿Lei e francese…?

– No, non sono francese…. Sono spagnolo.

– ¡Ah, va bene, va bene…! Allora, Hildebrando, “La Strada”, como ogni altra espressione artistica…

—Ma, scussi un altra volta, Fellini, mío nome non é Hildebrando..

– ¿Lei e francese, vero?

– No, son sono francese…Sono spagnolo. Allora, Fellini, fantasia, cos’é?

— La fantasia, Hildebrando, é una parte fundamentale dell’esistenza…Nulla si sa, tutto sí immagina…

-Ma io non sono Hildebrando, ripeto; mío nome non é Hildebrando.

—¡Va bene, va bene..! Adesso stiamo registrando o no?

—Sí.

— Allora, Hildebrando, mi sia permesso un recordo personale, che inmediatamente mi è tornato in mente…

Y así continuaba Federico Fellini despojándose ya de la gabardina y recostándose en aquel sillón de los estudios Rizzoli escondidos en una bellísima callecita que pasaba junto a la iglesia de San Giovanni e Paolo. Como digo, esos días él estaba completamente inmerso en el rodaje de “Giulietta de los espíritus” y desconozco qué nieblas surcaban su cabeza. Cuando vi más tarde la película y a la vez recordé nuestro diálogo volví a pensar que por aquel despacho y en aquella mañana cruzó entera la fantasía : en aquella hora y mientras hablábamos, parecía que estuviera descendiendo Giulietta Masina de la casa en ramas recién aparecida en el film y que aquel despacho de los estudios cinematográficos, como así lo escribí en una crónica de aquel tiempo, oliera a bosque, el bosque oliera a decorado, el decorado diera la impresión de que lo estuvieran clavando continuamente los carpinteros y a los carpinteros a su vez los iban pagando los productores. Todo era fantasía. Y siguiendo con esa fantasía escribí entonces que los productores también podían oler a bosque, esperaban en la sombra a que acabáramos nuestra conversación, humeaban sus puros habanos encendiendo sortijas en la oscuridad y la verdad era que todo era fantasía, todo, hasta la lluvia de Roma que empezó a caer tras los cristales era ya pura fantasía : se notaba que la lluvia entraba dentro del cuarto, dentro de las palabras de Fellini, tal vez los hombres de los efectos especiales estaban volcando cubos de lluvia sobre aquella habitación donde estábamos, y empezaba a salir agua por el auricular del teléfono. Sí, era el reino de la fantasía. Mientras escuchaba a Fellini pensaba que yo no era ni había sido nunca francés, que tampoco me llamaba Hildebrando, pero que pacientemente escuchaba y escuchaba, a la vez que Giulietta Masina seguía bajando y subiendo del árbol de su película asombrada de cuanto estaba diciendo en aquellos momentos Federico, su marido, y de cómo dirigía aquel bosque de los espíritus que era real e irreal a la vez igual que aquel despacho, igual que los árboles que sostenían los decoradores, igual que los decoradores que irían a cobrar semanalmente a la cola de los comparsas, esos decoradores que esperarían ante las ventanillas donde volaban los billetes de banco que a su vez repartirían los productores. Yo veía perfectamente los ojos de los productores cegados por el incendio de sus habanos, aquellos habanos que crujían en sus dedos, y mientras tanto Fellini hablaba y hablaba y seguía hablando llamándome Hildebrando, y yo seguía escuchando y escuchando, y a la vez un monje del siglo Xl entraba y salía de vez en cuando de aquella habitación y de aquella conversación mientras continuaba cayendo lluvia de fantasía en aquel cuarto.

– Pero sin duda Federico Fellini le diría, como usted dice, cosas interesantes. ¿De qué hablaron?

— Naturalmente hablamos de muchas cosas apasionantes y muy variadas. Creo recordar que de la libertad en general y en concreto de la libertad creadora, de su resistencia a las entrevistas y de su resistencia a las preguntas. También de Rimini, el lugar de su nacimiento, y de los dibujos que él solía hacer antes de empezar sus películas. Pero lo más importante para mí de aquel encuentro, lo que más me ha quedado en la memoria, fue el envoltorio, el escenario, el modo cómo, sin querer y sin prepararlo, estuvimos rodando los dos una secuencia imprevisible de una película sorprendente, irreal y real a la vez dentro de un despacho, aquel despacho que era todo un film, los grandes ojos blandos de Fellini me miraban y su voz le hablaba siempre a un tal Hildebrando que simplemente le miraba. Mi nombre, como digo, nunca acertó a pronunciarlo.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” (Memorias)

(Continuará)

 

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MUERTE DE LAS PALABRAS

 

“Empezaron a reducirse poco a poco las palabras . Primero en Inglaterra y Alemania. Con 6 o 7 vocablos las gentes se entendían sin necesidad de mayor riqueza. En Italia, los gestos y la mímica —sobre todo los gestos en el aire, apenas esbozos de manos y de dedos —sustituyeron a cualquier sílaba ya que al otro le bastaba la mímica mediterránea. Fueron empobreciéndose los diálogos. Apenas se hablaba. Se amenazaba  o se suplicaba con la mirada, las gentes se ponían en guardia sólo con la dureza de las pupilas. A veces se acompañaba todo eso con movimientos del mentón y siempre con  juegos de manos y de dedos. Se inventaron palabras nuevas, mixtas y brevísimas. En España se amplió  el silencio. Se extendió por todas partes el silencio. El lenguaje se desgastó y acabó enterrándose  al no tener ya necesidad de usarse. Los idiomas quedaron en la mínima expresión, todo  apoyado en la mímica. Algunos idiomas murieron. Un silencio pobló los cafés y las terrazas con sólo el ruido de las cucharillas y de las tazas. Se alternaba en las reuniones con ademanes. Únicamente se oía el ruido de los coches y de los autobuses al pasar. También se mantenía el ruido de las puertas al cerrarse. Un silencio se extendió por toda Europa, por campos y ciudades. Las mismas ciudades se convirtieron en vastos campos sin sonidos. El  silencio se ensanchó como sombra  e inundó las plazas. Los hombres se olvidaron poco a poco  de hablar. Toda Europa era mímica, alguno  aún se atrevía,  pero muy pocas veces,  a iniciar alguna palabra breve. Se hizo todo un campo de silencio en el  mundo y aquello tardó muchísimos  años en desaparecer y en restaurarse, y en que volvieran las gentes a emplear las palabras y poder hablar.”

José Julio Perlado — ( del libro “Relámpagos”) (relato inédito)

 

(Imagen —sir Kyffin  Williams)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (18) – LOS PROCESOS DE LA CREACIÓN

 

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS (18):  los procesos de la creación

 

– Rememora usted muy detalladamente el proceso de creación en Stravinski, esos procesos que siempre le han interesado. Ha escrito usted varios libros en torno al proceso creador …

 

– Sí, el proceso de creación en muchos escritores y artistas siempre me ha intrigado. ¿ En qué momento empieza, en qué momento ocurre? Es un misterio. Muchos han tratado este tema, entre ellos Stefan Zweig en unas conferencias relevantes. Recuerdo una frase del “Diario” de Tolstoi: “escribir no es difícil. Lo difícil es no escribir”. Es decir, uno tiene que escribir, si es que está llamado a ello. El asunto es cómo, de qué manera empezar. Las cosas que se escriben suelen viajar con nosotros mucho tiempo en el metro, se duchan con nosotros bajo el agua, van tomando cuerpo y forma, a veces nos hacen esperar como decía Stravinski al hablar de las mañanas y las tardes, y entonces, cuando nos hacen esperar, hay que aguardar a que ellas mismas se vayan construyendo y que poco a poco levanten su arquitectura y se nos muestren tal y como quieren ser escritas, con el tono y la voz que quieren mantener. Hace unos días me preguntaba usted por la importancia de la “voz”. Me acordaba de que Marguerite Yourcenar confesaba que hubo de esperar varios años hasta encontrar la “voz” adecuada para el relato de Adriano en sus “Memorias”. Pero, como usted dice, a mí me han interesado siempre esos vericuetos de la creación. Recuerdo, por ejemplo, en Madrid, estando un día en casa de Gerardo Diego, hace años, en la calle Covarrubias donde vivía, cómo el poeta me mostró sus “variaciones” o “variantes” dentro de un mismo poema, es decir, sus tentativas y bifurcaciones, sus incertidumbres, o también cómo el pintor Juan Barjola, paseando cerca de su taller en la calle Amalarico, cerca de Carabanchel, me reveló el enigma de sus perros descarnados y solitarios bajo la luna, o igualmente cómo un bailarín español, Antonio Gades, en París, al dar sus vueltas en un ensayo sobre el escenario, me descubrió el secreto del movimiento de sus tacones repiqueteando y girando en la madera. Pero todo esto son sólo meras aproximaciones. Muchas veces los artistas no saben mas que confusamente lo que han hecho y tampoco conocen realmente cómo han podido crear todo aquello y entonces han de ser los comentaristas quienes se lo expliquen. Hay muchos ejemplos de ello, y por citar uno destacado ahí tenemos cómo Kafka le pregunta a Felice Bauer si ella encuentra algún sentido coherente al relato “La Condena” porque él no se lo encuentra. Y en el caso de la poesía esta experiencia es aún más singular. Shelley, por ejemplo, decía que ni los poetas mismos se dan cuenta cabal de su excelencia porque la poesía obra de una manera imperceptible y serán las generaciones futuras las que contemplen el efecto de su poderío.

Cuando se me pregunta entonces, y lo han hecho muchas veces, qué es la invención me remito a la interrogación que en el fondo se hacen muchos escritores. Sabemos que dos y dos son cuatro, pero el artista muchas veces se plantea: ¿y si fueran cinco? Ese cinco es precisamente la invención, la posibilidad: yo diría que es la creación. Con ese cinco se pueden hacer y se han hecho muchas cosas importantes en la literatura. Es como el peldaño de la fantasía. El escritor, el pintor, el músico, se preguntan: ¿ y si esto no fuera así como lo vemos? ¿Y si debajo o encima de esa realidad hubiera otra realidad? Todas las revoluciones en las artes han mostrado que dos y dos, además de ser cuatro, pueden sumar cinco. Y la fantasía, la imaginación, la invención han cubierto con ese número cinco los libros y los lienzos. Hay que tener en cuenta que muchas gentes van en busca de la invención, atraviesan las ciudades en su busca, les interesa, naturalmente, la realidad, quieren ver en un libro o en un cuadro muy bien reflejada la realidad de donde provienen y donde viven, su barrio, su casa, sus costumbres, pero de pronto quedan sorprendidas y extasiadas ante la invención, ante la irrealidad de la realidad, fascinadas de cómo el escritor o el pintor o el músico han podido sublimar la chata realidad de todos los días y transformarla en un escenario nuevo, por ejemplo, cómo una mujer muestra en su mejilla tres ojos cruzados colocados por Picasso o cómo unos teléfonos se derraman blandos en una playa de Dalí. Se vuelven entonces adictos a la invención. Recorren las calles en busca de la invención, persiguen la prodigiosa invención, entran en una librería, hojean una realidad absolutamente inventada, saben que esa historia no es la verdad, que esas páginas son mentira, (por ejemplo, “el Vizconde demediado” de Calvino o la desaparición de una nariz en Gógol), pero compran compulsivamente esa mentira tan atractiva, tan bien escrita, tan subyugante, y se llevan esa fantasía inventada a sus casas, a la realidad de sus casas, y luego la leen ávidamente.

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A veces también me han preguntado en ciertas ocasiones: ¿qué es más fácil escribir, realidad o ficción? Y yo añado a esa pregunta: ¿y qué es en el fondo la realidad? La realidad absoluta es casi imposible de describir. La auténtica realidad, o al menos quizá el débil acercamiento a la completa realidad reflejada, tal vez sería, y no estoy muy seguro de ello, la fotografía. Pero en cuanto el escritor quiere acercarse a una realidad e intenta mostrarla lo más fielmente posible a los demás, no tiene más remedio que acumular enumeraciones, añadir y añadir detalles en toda su observación, procurar elegir muy bien los adjetivos, agrupar y encadenar descripciones llenas de matices, y aún así no lo conseguirá. Un acercamiento a la auténtica realidad de lo que se muestra, quizá sería, como digo, aunque muy lejanamente, la fotografía. Por ejemplo, hace unos días hablándole a usted de mi primera casa en Madrid me refería a la figura de mi tía Amparo. Tal vez sí, una fotografía de mi tía Amparo caminando sobre las maderas del pasillo en aquel caserón que iba resonando bajo sus pies, sin duda nos mostraría la realidad de su figura. Pero se necesitarían varias fotografías de esa mujer, una que la enfocara por delante, otra que nos la mostrara por detrás, y aún varias más, desde ángulos muy distintos. Y aún así no bastaría. Sí, indudablemente veríamos con perfección en esas fotografías su vestido estampado de colores marrones, su figura diminuta, quizá hasta los abalorios brillantes que cubrían sus dedos. Pero en ese pasillo de la casa de la calle de Goya resonaban, como digo, también las maderas, crujiendo bajo sus pasos, y esos sonidos, naturalmente, ninguna fotografía los recoge. Sólo los recogería un documental: mi tía Amparo, pues, en un documental. Pero, ¿y sus pensamientos, entonces? ¿Y su personalidad? ¿Cómo se refleja? Por ello, ¿qué hace el escritor para poder contar lo más fielmente posible esa realidad? Pues ponerse ante el cuaderno e intentar describir lo mejor que pueda y sepa todos esos pasos, esos movimientos, esos colores, esos sonidos, y, si se atreve, adivinar incluso sus pensamientos. Es decir, recrear. Le será imposible fotografiar y tendrá que recrear. El escritor, pues, recrea. Al recrear, de alguna forma inventa. Se acerca hasta ese pasillo con sus adjetivos, con su memoria, con algunos recuerdos que le vienen a la cabeza, con otras asociaciones de ideas que le llegan también, con las inspiraciones para evocar un ambiente, mil cosas convocadas, pues, en ese instante para recrear y para crear. Creará incluso a veces cosas mejores que la pura realidad. Al menos distintas. Y cuando acabe de crear, como antes le decía, no sabrá bien de qué forma lo ha hecho. Será quizás una mágica combinación de elementos la que le ha llevado hasta una creación que incluso puede superar a la misma realidad.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius”  (Memorias)

(Continuará)

 

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

LOS “TRABAJOS FORZADOS” DE LOS ESCRITORES

“Una amable señora, al enterarse de que su vecino, Richard Ford, era escritor, le preguntó interesada: “Sí, pero ¿de qué trabaja?”. Lo cuenta Alberto Manguel en un reciente artículo sobre cómo han de ganarse la vida novelistas y poetas y  la italiana Daria Galateria  ha dedicado todo un libro a este tema. Recuerda Galateria que Faulkner, encontró al principio de su carrera diversos empleos: de guardarropa, regidor para el teatro y cartero ( aunque se negaba a ordenar el correo); trabajaba por la noche en la sede de la universidad y debía cargar la caldera de carbón; mientras tanto, sobre aquella caldera oxidada escribía cuentos, con los que finalmente ganó algún dinero. Con el tiempo consiguió comprarse una casa de estilo colonial donde pudo dedicarse a la literatura y escribir durante doce o trece horas seguidas.

Sigue contando Galateria que George Orwell en determinado momento de su vida sintió “en lo más profundo de su ser” que, para convertirse en escritor, tenía que abandonar todos los privilegios y vivir la vida de los marginados. Viviendo en París, cuando se quedó sin alumnos en sus clases de inglés,  empezó a empeñar su ropa y finalmente se convirtió en un perfecto vagabundo. En el otoño de1929 se puso de lavaplatos en un hotel de lujo de la rue de Rivoli; trabajaba en un sótano en el que ni siquiera podía estar de pie, desde las siete de la mañana hasta las nueve y cuarto de la noche, lavaba platos, limpiaba mesas y fregaba suelos. Unos años después, en Londres, tras empeñar su abrigo en el Monte de Piedad, descubrió que tenía los pulmones gravemente afectados, lo que le sirvió para librarse, en 1931, de pasar la Navidad en prisión. Al fin, gracias a un dinero que pidió a su hermana mayor, alquiló una habitación y empezó a trabajar como director de una pequeña escuela privada donde se ocupaba de quince niños entre diez y dieciséis años. Tras muchas vicisitudes, viajes y trabajos—-en 1941 “perdió”, según él decía, dos años en la BBC, en programas culturales para India y el sudeste asiático —, la salud se le fue deteriorando. Al final, los médicos del último sanatorio donde estuvo internado, sólo le permitían usar la máquina unas cuantas horas al día: estaba escribiendo “1984.”

 


 

Máximo Gorki por su parte era todavía un niño cuando entró a trabajar como descargador en el Volga, acarreando él sólo “para envidia de los mayores”, cajas de cien libras. Más tarde fue pinche, fogonero, pescador, panadero… Hacía catorce horas de cola de noche o de día, en bodegas o salinas calientes. Pero bastó que uno de sus cuentos tuviera éxito y pasara a colaborar en varios periódicos y tuviera que escribir dos artículos al día, para que confesara que ese “trabajo esclavo” lo agotaba: “ era superior a sus fuerzas”.

 

 

 

(Imágenes—1- Jens Caessens/2- Stefan Zweig y Maximo Gorki/ 3-Orwell- manuscrito de “1984”)

“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS’ : MEMORIAS (17)

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando  desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (17) :   Igor  Stravinski

 

 

5 mayo

 

 

– Antesdeayer – me dice hoy nada más entrar la periodista y sentarse en la silla – me hablaba usted de Fellini… ¿Lo conoció en Roma? ¿Cómo fueron sus años romanos?

– Bien, yo viví en Roma desde 1963 hasta finales del 65. Usted me pregunta por Federico Fellini, y me parece muy natural ya que él fue una personalidad que lógicamente atrae a mucha gente, pero yo, permítame que antes de hablarle de Fellini y de su mundo, prefiera referirme a otra personalidad que también conocí en Roma y que, al menos para mí, es mucho más poderosa que la de Fellini, por supuesto una personalidad absolutamente distinta, más completa, alguien cuya vida y obra me han dejado una gran huella. Hablo del compositor Igor Stravinski, al que conocí precisamente en Roma en 1964. Y recuerdo perfectamente como si ahora la reviviera aquella tarde bajo las luces de la gran sala de conciertos en la vía de la Conciliazione, un viejo palacio cercano a la plaza de San Pedro. Sucedió aquello el 13 de junio de 1964. Sentado como yo estaba en una de las esquinas del aula a la que me habían invitado, giré mi cabeza y allí vi a Stravinski, como también vi a Pablo Vl, el Papa que había entonces, en el centro del pasillo , sentado en un sillón algo elevado donde le habían colocado, con su capa roja cubriendo su sotana blanca, los ojos atentos y penetrantes que él tenía, las manos cruzadas : él presidía el concierto. En aquella audición, que luego se haría célebre en el mundo entero no sólo por la excelencia de su música sino por la presencia del Papa y por los compositores que a ella asistían, estaban presentes grandes figuras de la creación: Malipiero, Milhaud, Stravinski. Recuerdo que no se habían apagado todavía las luces ni los cuchicheos, llegaba aún un pálido resplandor de lámparas aisladas y se podían seguir movimientos de sombras buscando aquí y allá sus localidades. Pero inmediatamente se hizo el completo silencio, comenzó la música y todo se transformó. Yo miré el perfil, a muy pocos metros de donde yo estaba, de Igor Stravinski que a sus 81 años de entonces, con la mano en el mentón y en la butaca que le habían dispuesto a la derecha del Papa, se sumergía ya, como también lo hacía yo, abandonándose con ojos semicerrados al breve preludio de la “Sinfonía de los Salmos”, aquella obra suya escrita hacía más de treinta años en Echarvines, en los Alpes franceses, entre bosques, cumbres, cielos y naturaleza, y que ahora iniciaba el sonido de los primeros oboes y fagotes, mientras se extendía la oscuridad en la sala de conciertos y no creo equivocarme al decir que ese fue el momento en que comenzaron a sobrevolar ante él los recuerdos conforme escuchaba en latín “yo soy como un sordo, no quiero oír, como un mudo, no abro la boca; soy como un hombre que no oye, ni tiene réplica en su boca”, aquel Salmo 38 sobre el que él había trabajado tanto en sus manuscritos caligrafiados con plumas diferentes, algunas de tinta roja, que para el compositor fabricaban especialmente. E igualmente para mí no era nada arriesgado indagar en ese proceso de creación y pensar que Stravinski seguiría evocando en aquel momento, tal como continuaba sentado en la butaca junto al Papa, todos sus numerosos cuartos de trabajo en distintos países, sus incontables viajes en avión, las servilletas que había ido pidiendo a las azafatas durante los viajes y en las que él componía rápidamente los primeros rasgos de un puzzle que luego iría pegando en los hoteles, un puzzle musical sobre su mesa de trabajo bajo la mirada del pequeño icono ruso que siempre le acompañaba, aquella atmósfera tan propia del compositor, las interrupciones e invitaciones de repente para dirigir conciertos en cualquier parte del mundo, su batuta en el aire, su batuta en zigzag, su batuta pausada ante la orquesta, aquella maestría que, según él, no tenía nada de prodigioso al dirigir porque era el simple acompañamiento de medidas y de ritmos, sin arriesgar demasiado, con un mínimo de seguridad y de aplomo. Pero en aquel momento recuerdo que también avanzaban de nuevo desde el fondo del escenario de via de la Conciliazione el poderío de las trompas, y comenzaron a sonar cuatro trompetas y tres trombones, se alternaban timbales, bombo y arpa con los dos pianos, y muy poco después violonchelos y contrabajos dejaron entrar un coro infantil en cuatro voces que fueron levantando los salmos en el escenario (“me sacó del pozo de la miseria – cantaban los niños en latín -, del fango cenagoso, asentó mis pies sobre roca y consolidó mis pasos”), aquel Salmo 39 que era toda una mezcla de suavidad y de aspereza, mientras el coro y la orquesta lo conducían desde la plegaria hasta el profundo agradecimiento y desde el profundo agradecimiento hasta la seguridad de la respuesta. Aquello lo había compuesto, ahora lo recordaba él bien, en su habitación de Echarvines por las mañanas, ya que las mañanas para Stravinski tenían distinta fuerza que las tardes, por las mañanas pensamos, lo había dicho él muchas veces, de modo diferente a como lo hacemos por la tarde. Cuando tropiezo con una dificultad, había añadido, espero al día siguiente. Soy capaz de esperar lo mismo que es capaz de esperar un insecto. Y así había esperado absolutamente inmóvil la “Sinfonía de los Salmos” en aquella habitación de los Alpes, y luego en el jardín, sentado con su pantalón y su camisa blanca en la escalera exterior de la casa dejando que la tarde se consumiera, llegara la noche y volviera otra vez la mañana para componer. Aquellos Salmos no le habían dado tantos quebraderos de cabeza como cuando, por ejemplo, años antes, llegó a equivocarse y había escogido para trabajar una casa que él en principio creía silenciosa, también en Echarvines, pero no junto al lago d Annecy sino al borde de la carretera, y allí había querido esforzarse en crear, y al final lo consiguió – luchando contra gritos, discusiones y amenazas matrimoniales del albañil que habitaba en el piso de arriba y que era quien le había alquilado la casa -, sentado ante un piano a prueba de chillidos e incluso de olores ( aún recordaba el olor a arenques ahumados que descendía desde las ventanas), intentando componer el ballet en un acto, “El beso del hada”, su homenaje alto y claro a Tchaikovsky. Sí, él siempre había tenido, y así seguramente lo recordaba ahora en el concierto, una profunda admiración por el ballet clásico, por la belleza de su orden y el rigor aristocrático de sus formas, por el triunfo de la concepción sobre la divagación. Y ahora venían hasta su butaca de Roma todos esos recuerdos, todos los recuerdos, recuerdos muy desordenados. Avanzaban por la oscuridad de la sala de conciertos mezclándose con caras y con tiempos, caras de Cocteau que tantas veces él había visto, caras de Diaghilew, caras de Picasso, caras, caras, recuerdos…Y de repente concluyó la Sinfonía, estallaron cerrados los aplausos y se encendió la luz. Muchas veces me han preguntado, “¿Y usted pudo hablar ese día con Stravinski?” y he contestado que no, no pude hablar con él. Se encendieron de improviso las luces y Stravinski, levantándose de su butaca, giró a su izquierda, y estuvo unos minutos de pie, hablando con el Papa. Luego pasó a mi lado andando lentamente, apoyado en su bastón. Entonces yo solo me atreví a rozarle, a buscar una de sus manos y al pasar conseguí apretársela.

José Julio Perlado — “Los cuadernos Miquelrius’ (Memorias)

(Continuará)

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MADRID Y ANTONIO LÓPEZ

 

“ La ciudad de Madrid está hecha a la medida de la gente que ha hecho la ciudad, de acuerdo con el carácter de las gentes, que tenemos bastante llaneza de carácter y somos poco pretenciosos, en general, y tenemos un fondo no sé si de modestia, pero sí de naturalidad.  Madrid no tiene  la belleza de París, la belleza monumental — decía Antonio López —.  Tiene otro tipo de belleza, no es la belleza que puedas demostrar, la tienes que sentir. Está en la verdad. No sólo la belleza de Madrid, quizá la belleza de lo español, también del paisaje español. Esas gentes que dicen : qué feo es esto, y a ti, sin embargo, te conmueve. Castilla, desde un punto de vista de estética del paisaje, puede ser algo muy duro, muy agrio, muy antipático, pero tiene grandeza porque ves el planeta allí. Madrid es un poco esto;  quizá es feo desde otro punto de vista: caótico, inarmónico, patoso. Es decir, tiene nuestras características. Y entre ellas, para mí, su credibilidad. Me parece que no disfraza nada. Si las cosas han de ser feas, lo son. Pero lo feo pertenece al ser humano. Además son términos muy relativos. A mí no me gusta que la belleza surja para asombrar.

 

Una persona y una calle son hechos evidentes, un estado de ánimo es menos evidente. En este sentido son menos frágiles que un estado de ánimo. Una calle son formas reales. La fragilidad está en lo cambiante que eres tú al contemplarlas, es decir, que lo que te puede gustar a una hora te deja indiferente a otra. Yo puedo comenzar un cuadro a partir de un flechazo, de un enamoramiento muy fuerte y a los pocos días aquello se va, ha desaparecido. Esa seducción se marcha y te ves abocado a trabajar en lo poco que permanece en ti. Todo depende de la luz.

Goya pintó algo de la ciudad. Velázquez tiene tanto talento que si quieres verlo lo ves. Si uno quiere en los personajes de Velázquez ver el futuro de Madrid, puede verlo. Yo lo ampliaría a España. Velázquez pinta seres humanos que viven en esta tierra;  a través de ellos, de manera indirecta, te habla de este lugar y de este momento. En el presente está todo. En esa persona está su infancia, sus padres, sus abuelos; no se puede hablar de un pintor de Madrid, te habla del ser humano a partir de una efigie, una persona concreta, pero él penetró tanto que llega hacia atrás, hasta donde tú quieras. El arte tiene que hablar de esas cosas (…) Yo creo mucho en esa zona oscura en la que se salva  o condena el trabajo de un artista. Esa zona de sombra, incontrolada. Por eso el tiempo es tan importante, el tiempo es el que desenmascara todo. El gran arte es el que tiene algo que decir a las generaciones siguientes. El Velázquez que nosotros vemos no es el que veían sus contemporáneos, ni el que será visto, siendo el mismo pintor.”

 

 

(Imágenes—1- Antonio Lopez/ 2- Gran Vía – Antonio López – Wikipedia/ 3- calle del Clavel – Antonio López- 1977)