LA MEMORIA Y EL ARTE

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«Lo que tienen en común la memoria y el arte es el don de la selección, el gusto por el detalle. Aunque esta observación puede parecer halagadora para el arte (el de la prosa en particular), parece ofensiva para la memoria. Y la ofensa es merecida. La memoria contiene detalles precisos, no la visión de conjunto: los momentos culminantes, por decirlo así, no la totalidad del espectáculo. La convicción de que de algún modo recordamos todo de una manera total, la convicción que permite a la especie hunana seguir existiendo, es infundada. Más que a ninguna otra cosa, la memoria se asemeja a una biblioteca en desorden alfabético y sin obras completas de nadie en particular».

Joseph Brodsky Less Than One» (1986)

 

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(Imagen.1.–Dave Muller- 1999/ 2 Dave Muller- Blum Poe

ESCRITORIOS

 

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«Buscaba un archivo que se conservaba en una biblioteca del norte de Europa – describe Clara Janés su escritorio – y con la ayuda de un amigo mío que había conseguido que me  lo mandaran. Eran unas páginas sobre Calderón de la Barca. Saqué el cuaderno de notas y la  foto del autor ( me encanta ver las caras de aquellos sobre los que trabajo). Pero cuando el archivo llegó eran puros números. ¿Qué había pasado? Sin duda la cita por la que me había guiado y con tanta dificultad había logrado localizar el supuesto texto estaba equivocada. Me dio un rapto, imprimí las páginas y puse el gato encima. Hace años, en Egipto pillé la gripe del Nilo y la pasé en el hotel de El Cairo acompañada por esa estatuilla del gato. Desde entonces lo tengo siempre cerca».

Dedica Clara Janés estas palabras para mostrarnos el rincón y la mesa donde escribe dentro del volumen «Proyecto escritorio», que ha reunido y editado Jesús Ortega («Cuadernos del vigía», Granada 2016). Allí aparecen setenta y siete lugares desordenados y perfectos, recibiendo luces del día o de la noche, austeros o barrocos, silenciosos o incluso batidos por los ruidos. Son los pequeños santuarios de la creación en soledad, con sus manías, fotos o estanterías, con sus paredes desnudas o cuajadas  de libros.

«Volví a mirar los números – prosigue Clara Janés dibujando su mesa y sus hábitos – y se me ocurrió convertirlos en un soneto en el que empapelaría con ellos mi cerebro, dejando estar las letras, para alcanzar lo que encierra «la verdad intemporal». No es de extrañar la idea, de hecho estaba corrigiendo pruebas de una antología de poesía antigua: la página que tenía delante – la última leída – era un poema de Cervantes sobre Santa Teresa. A la derecha de mi mesa, en cambio, estaba  el resultado de una curiosa propuesta: participar con un poema en un congreso sobre la circulación de la sangre. Hacia arriba, algo a la izquierda, bajo el cuaderno y la foto, las imágenes de un power point para una lectura…Más allá un libro que quería lograr entender bien, lo que suponía ficharlo…Y por ahí en medio, debajo de la cajita de los «tesoros» ( una piedra de Wadi Ram, un fósil de Montalbán, una hoja de laurel del Carmen de los Mártires, una estatuilla casi prehistórica que me regaló Ilhan Berk…), ¡santo cielo!, la carta de un japonés ¡aún sin contestar!

¡Y pensar que hacía tres días había puesto orden en la mesa! Pero la carta llevaba ahí mucho más, mucho, mucho más».

 

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(Imágenes.- 1-Ad Reinhardt/ 2.-Hans Reichel)

UN POEMA DEL METRO

 

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A veces en la literatura se escriben cosas singulares. Para muchos, experiencias extrañas y desconcertantes; para otros hallazgos. Entre las tentativas creativas del grupo o laboratorio literario Oulipo ( el Taller de Literatura Potencial francés, fundado en 1960 por el escritor Raymond Queneau y el matemático Francois Le Lionnais y al que pertenecieron, entre otros,  Italo Calvino y Georges Perec), figura este poema del metro, cuyo autor es Jacques Jouet:

«Un poema del metro es un poema compuesto en el metro, a lo largo del tiempo de un trayecto.

Un poema del metro tiene tantos versos como estaciones, menos una, tiene el trayecto.

El primer verso se compone mentalmente entre las dos primeras estaciones del trayecto (contando desde la estación de partida)

Se transcribe en el papel cuando el metro se detiene en la segunda estación.

El segundo verso se compone mentalmente entre la segunda y tercera estación del trayecto. Se transcribe al papel cuando el metro se detiene en la tercera estación. Y así sucesivamente.

No hay que transcribir cuando el metro está en marcha.

No hay que componer cuando el metro está detenido.

El último verso del poema se transcribe en el andén de la última estación del trayecto.

Si el itinerario supone una o varias combinaciones de línea, el poema tendrá por lo menos dos estrofas.

Si por desgracia el metro se detiene entre dos estaciones, se produce un momento muy delicado en la escritura del poema del metro».

Jacques JouetAnthologie de l Oulipo – Gallimard, 2009

 

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(Imágenes.- 1.-Martin Lewis/ 2.-Pierre Jahan -1930)

ROPA DE MUJER

 

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Virginia Woolf, además de sus Diarios y novelas, proyectó su interés a muy diversos temas de costumbres, como por ejemplo el de la moda y los modales en el siglo XlX. «La vestimenta de una mujer –escribe – es tan sensible que, lejos de buscar una determinada influencia explique sus transformaciones, hemos de buscar millares. La inauguración de una línea férrea, la boda de una princesa, el prendimiento de un canalla, son acontecimientos externos que dicen mucho de la ropa femenina (…) Despertamos una mañana y encontramos las tiendas llenas de lo que está de moda; pronto inunda las calles. Al pasar las páginas ilustradas de las revistas se vé cómo interviene el espíritu. Viaja sin cesar sobre el cuerpo. Comienzan a crecer las faldas, hasta formar una cola de más de un metro y medio, que se arrastra por el suelo; de pronto el espíritu salta al cuello y crea una gorguera gigantesca, al tiempo que la falda se acorta hasta las rodillas; entra en el cabello, que de inmediato se alza como los pináculos de la catedral de Salisbury; aparece una cierta hinchazón a la altura de la falda; crece de un modo alarmante; al final es preciso insertar un bastidor para que soporte tantos volantes; acto seguido son los brazos, que imitan pagodas chinas; los aros de acero hacen lo posible por darles alivio. El cabello, entretanto, ha vuelto a su ser. A la dama se le han quedado pequeñas todas las capas y capellinas y solo un echarpe de gran tamaño valdrá para abrigarla. Sin previo aviso, todo el tejido se arruga; el espíritu impregna a la emperatriz Eugenia una noche, en enero de 1859, y le aconseja que prescinda del miriñaque. En un visto y no visto, las faldas de toda Europa desaparecen, y con un fruncimiento en los labios, con modales cáusticos, las damas pasan por las calles con faldas bien ceñidas a la altura de las rodillas, en vez de nadar como antes.

 

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La moda trató  con más discrección a los hombres, y sobre todo se fijó en sus piernas. No obstante, existía una gran empatía entre ambos sexos. Cuando las faldas se parecían a los globos, los pantalones se henchían; cuando menguaban, él usó corsé; cuando el cabello femenino era gótico, el masculino era romántico; cuando ella llevaba vestido de cola, él arrastraba la capa por el suelo. Hacia 1820, el chaleco era más ingobernable que ninguna de las prendas femeninas; en cinco ocasiones a lo largo de ocho meses cambió de forma; durante mucho tiempo la corbata preservó un lugar para las joyas cuando hubo que rivalizar con las gargantillas..»

Y así proseguía evocando la moda Virginia Woolf para The Times Literary Supplement en 1910, sentada en su butaca cerca de la pequeña ventana donde  ella solía ponerse a escribir.

 

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(Imágenes .- 1-espacio Madrid/ 2.-imagen de la película «Ana Karenina»-Wall Street international/ 3.-trajes- wikimedia)

MIRAR Y VER

 

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«Dibujar es mirar, examinando la estructura de las experiencias. Un dibujo de un árbol no muestra un árbol – afirma John Berger -, sino un árbol que está siendo contemplado. Si bien la visión de un árbol se registra casi instantáneamente, el examen de la visión de un árbol (un árbol que está siendo contemplado) no sólo lleva minutos u horas en vez de una fracción de segundos, sino que tiene que ver con la experiencia previa de mirar, deriva de ella y a ella se refiere».

Comenta estas palabras el redactor de The New Yorker y profesor de crítica literaria en Harvard, James Wood, en «Lo más parecido a la vida»(Taurus), y recuerda  que al igual que al artista le cuesta un esfuerzo – y muchas horas – examinar el árbol, la persona que mira con atención el dibujo, o lee una descripción de un árbol sobre una página, también aprende a dejar de ver para empezar a mirar.

Mirar y ver son cosas bien distintas. Berger afirma – explica  Wood – que todo buen dibujo de un árbol guarda relación con todos los buenos dibujos anteriores de un árbol, ya que los artistas aprenden tanto mirando el mundo como mirando lo que otros artistas han hecho con el mundo. Nuestra mirada siempre está matizada por otras representaciones de la mirada.

Árboles cèlebres ha habido en la literatura. Wood se detiene ante el famoso árbol de «Guerra y paz» junto al que pasa  el píncipre Andréi dos veces: una a comienzos de la primavera, y otra un mes más tarde, a finales de la primavera. En esta segunda ocasión,  Andréi no reconoce el árbol, que ahora está en plena floración. «Unas hojas verdes y jugosas, sin ramas – escribe Tolstoi – habían brotado de su dura corteza centenaria, y era imposible creer que aquel despojo las hubiera producido». En parte, el príncipe Andréi se fija en el árbol porque también él ha cambiado: el saludable florecimiento del árbol es equivalente al suyo.

El príncipe «mira» – no sólo ve – el árbol y el lector atento «mira» – y no sólo ve – lo que quiere decir Tolstoi.

 

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(Imágnes.- 1- Flora Mclachlan/ 2.- Gustav Klimt

DUNCAN, LA BAILARINA

 

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«Yo pasaba días y noches enteras en el taller, buscando una danza que huía, gracias a los movimientos del cuerpo, la expresión divina del espíritu humano – confesaba Isadora Duncan en «Mí vida«-. Durante horas yo permanecía en pie, inmóvil, las manos cruzadas a la altura del pecho. Mi madre frecuentemente se asustaba al verme así, inmóvil y como en éxtasis. Pero yo buscaba, y al fin lo encontré, el resorte central de todo movimiento, el núcleo de la potencia matriz, la unidad de donde nace toda la diversidad del movimiento, el espejo de visión de donde surgía toda la danza, todo lo creado. Es desde este descubrimiento de donde nació la teoría sobre la cual fundé mi escuela. La Escuela del Ballet enseñaba a los alumnos que este resorte se movía en el centro de la espalda, en la base de la columna vertebral. Es desde ese punto, dicen algunos maestros del ballet, de donde parten los movimientos de los brazos, de las piernas y del tronco, y el resultado da la impresión de una marioneta articulada. Pero este método produce un movimiento mecánico, artificial, indigno del alma. Yo buscaba al contrario la fuente de la expresión espiritual desde donde se irradiaban por los canales de los cuerpos la fuerza centrífuga que refleja la visión del espíritu.

Aparecen en estos días, en el teatro y en el cine, el tema de las bailarinas. «La danza, según mi opinión- decía también la Duncan – tiene como propósito expresar los más nobles y profundos sentimientos del alma humana, aquellos que vienen de Pan, de Baco o de Afrodita. Ella debe establecer en nuestra vida una armonía vivificante y calurosa; y no pensar que la danza es un mero divertimento frívolo o agradable».

 

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Como recuerda Adolfo Salazar hablando de la Duncan, » ella creyó desde muy jovencita haber descubierto el secreto de una danza virgen. Se llamaba Grecia. En un estudio de eruditos concienzudos, se quiso mostrar con exactitud, a veces excesiva pero sorprendente, la convicción de que el sentido de la belleza en los movimientos del cuerpo humano existía en Grecia tanto como en París, hace más de dos míl años o ahora mismo. ¿Hubo un desarrollo o un progreso en el arte de la Duncan?, se pregunta Salazar. Alrededor de ella pulularon las admiraciones sinceras, los snbos y los amateurs. El peligro fue tan grande como las ventajas, y la pobre Isadora, que tuvo que sufrir los accidentes más dolorosos en sus hijos y en ella misma, vio perecer como destino inevitable su propio arte en manos de sus imitadores demasiado contentadizos».

 

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(Imágenes.-1.-Isadora Duncan.- foto Arnold Genthe-library of Congress- Wikipedia/ 2.-Duncan.-el mundo/ 3.-Isadora Duncan- babelio com)

CORTÁZAR EN EL BOSQUE

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» Recuerdo aquella visión que yo tuve hace años entre los árboles de los montes de Galicia, cuando levanté mi mirada desde el interior del automóvil. Durante mucho tiempo los automóviles han sido mi despacho. En ciudades y en campos. En Galicia, por ejemplo, solía conducir muy despacio por un camino de robledales y castaños hasta encontrar un mismo lugar como refugio. Recuerdo que brillaban gotas de lluvia en los helechos y allí permanecía largas horas estudiando y escribiendo junto a cortezas agrietadas y hojas verdes y oscuras. Un día, escuchando en el coche la voz de Cortázar que hacía años llevaba guardada en mi grabadora, aún me parecía ver su alta figura cuando tuve el encuentro con él en Madrid un año antes de su muerte. «Un cuento – me había dicho entonces y ahora lo escuchaba – es como andar en bicicleta. Mientras se mantiene la velocidad el equilibro es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector». Me impresionaba escuchar de nuevo su voz, una voz argentina, cadenciosa, deslizando las erres y las eses, pero como me impresiona siempre oír la voz de alguien que ya no está con nosotros. La voz humana es algo muy profundo, singular, muy personal, con sus timbres y tonos únicos; algo que, al menos para mí, me conmueve más que una fotografía. Cortázar, con sus largas piernas, sus grandes barbas y sus grandes gafas, me hablaba del cuento porque yo le preguntaba y ahora le volvía a ver en aquel hotel madrileño donde charlamos sobre su libro «Deshoras» y en ese momento, en el monte silencioso de Galicia, sobre suelos de humedad brillante, en aquel despacho móvil y personal que yo me había fabricado con las ventanillas abiertas y un aroma fresco a madera rodeando el automóvil, volvía a escuchar al autor de tantos cuentos recordándome que nadie había definido hasta entonces un cuento de manera satisfactoria porque cada escritor tiene su propia idea del cuento. El cuento para Cortázar era un relato en el que lo que interesaba era una cierta tensión, una cierta capacidad de arrastrar al lector y llevarlo de una manera que se podría calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Escuchaba su voz en el silencio del bosque y recordaba también la experiencia que él me había narrado al hablarme de su «Diario para un cuento», un relato incluido en «Deshoras«, un experimento, me dijo, para ver si frente al problema de no encontrar un camino para escribir un cuento, al describir esas dificultades en forma de Diario (es decir, todos los problemas del escritor que no encuentra el camino), el cuento quedaba atrapado dentro del Diario. Cortázar me había confesado que había tenido que dar vueltas en torno a ese cuento, mirándolo por todos lados, y hablando continuamente de los problemas que le impedían escribirlo. Al recordar aquellos problemas de creación del escritor argentino volvía yo a levantar la vista desde el automóvil hacia el aire húmedo de los árboles, paseaba mi mirada sobre el musgo y las hojas, y evocaba los momentos en que había querido estar muy cerca de creadores y artistas preguntándoles por sus dudas y dificultades».

José Julio Perlado – ( del libro inédito «Relámpagos»)

 

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(Imágenes.-1.-Cortázar/ 2.-Luca Pignatelli- 2006)

ELOGIO DE LAS «MEMORIAS»

 

 

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«¡Cómo me alegra – dice Montaigne elogiando las «Memorias» – escuchar a alguien que me contara las costumbres, el semblante, la actitud, las palabras más comunes y las fortunas de mis ancestros! ¡Qué atención le prestaría!  A decir verdad, sería propio de una mala naturaleza desdeñar siquiera los retratos de nuestros amigos y predecesores, la forma de sus vestidos y de sus armas. Conservo de ellos la escritura, el sello y una espada peculiar, y no he sacado de mi gabinete unas largas varas que mi padre solía llevar en la mano. El vestido del padre y su anillo son tanto más apreciados por los hijos cuanto mayor es el afecto filial.

(…)  Y aunque nadie me lea – prosigue Montaigne defendiendo las «Memorias»-, ¿he perdido acaso el tiempo dedicándome durante tantas horas ociosas a pensamientos tan útiles y agradables? Al moldear en mí está figura, he tenido que arreglarme y componerme tan a menudo para reproducirme, que el modelo ha cobrado firmeza y en cierta medida forma él mismo. No he hecho más mí libro de lo que mí libro me ha hecho a mí. ¿Acaso he perdido el tiempo por haberme rendido cuentas de mí mismo de manera tan continua y meticulosa? Quienes se repasan sólo con la fantasía, y con la lengua alguna vez, no se examinan, en efecto, tan exactamente, ni se descubren, como quien hace de ello su estudio, su obra y su oficio, como quien se obliga a un registro duradero con toda su fe, con toda su fuerza».

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(Imágenes-1-Jean Baptiste Chardin– autorretrato- 1771/2.-Kazimir Malevich-1915)

LA CAMA DE VAN GOGH

 

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Se busca estos días la cama de Van Gogh, célebre en su famosa habitación. «El suelo de tarima – recordaban Steven Naifeh y Gregory White Smith en su «Van Gogh» al describir «La habitación» – es como un libro abierto que contuviera la alegría de vivir; una cama lo suficientemente grande para dos personas, hecha de  madera de pino color naranja, tan maciza como un barco, y un par de sillas. Sobre el cabezal, el humo turquesa del fumador y su sombrero de paja colgando de un clavo. Sobre la cama, los retratos del desaparecido Boch y de un Millet a punto de irse. La luz amarilla del sol se colaba por entre las contraventanas cerradas arrojando una luz color limón sobre las fundas de las almohadas y las sábanas. Las desafiantes pinceladas de color que Vincent había utilizado para las páginas de la Biblia, escapan de su prisión de gris y llenan el lienzo de un cúmulo de contrastes: una palangana azul sobre una encimera naranja, un suelo rosa con algo de verde; el fondo amarillo y las puertas color lila, una toalla verde menta apoyada contra una pared turquesa y, sobre la cama, una colcha color escarlata. En la parte trasera de la pequeña habitación, junto a la ventana, colgaba de la pared un pequeño espejo para afeitarse».

Toda la multitud de ojos de los museos del mundo que se han asomado a este umbral se han llevado para siempre este recuerdo vivo en color de una de las habitaciones más irrepetibles, un cuarto que nunca olvidarán. Esta es una de las grandes habitaciones de la Pintura. Es la habitación de Van Gogh.

(Imagen: La habitación-google art projet- Wikipedia)

VIAJES POR EL MUNDO (7) : CÓRCEGA

 

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«El crepúsculo vespertino oscurecía ya la mitad de la habitación. Fuera, sin embargo, el sol poniente colgaba todavía sobre el mar, y en la luz resplandeciente que de él brotaba en oleadas temblaba todo el mundo que se veía desde mi ventana, no deformado en ese segmento por ningún trazo de carretera ni por el más mínimo asentamiento humano. Las monstruosas formaciones de rocas de las Calanches, pulidas en el granito por millones de años de viento, niebla salada y lluvia, que se alzaban trescientos metros desde lo hondo, lucían con centelleante rojo cobrizo, como si la piedra misma estuviera incendiada y ardiera en su interior. A veces creía reconocer en aquel centelleo los contornos de plantas y animales que ardían o los de una población amontonada en una gran pira. Hasta el agua de abajo parecía estar en llamas.

Sólo cuando el sol se hundió tras el horizonte se apagó la superficie del mar, palideció el fuego de las rocas volviéndose lila y azul, y las sombras salieron de la costa. Hizo falta bastante tiempo para que mis ojos se acostumbraran a la suave penumbra y yo pudiera ver el barco que había surgido del centro del incendio y se dirigía al puerto de Porto, tan lentamente que podía creerse que no se movería. Era un yate blanco de cinco mástiles, que no dejaba la menor huella en el agua quieta. Estaba casi al borde de la inmovilidad, pero sin embargo avanzaba inexorablemente como la aguja de las horas del reloj. El barco se movía, por decirlo así, a lo largo de la línea que separa lo que podemos percibir de lo que nadie ha visto aún.

Muy lejos sobre el mar se despedía el último resplandor del día; en tierra, la oscuridad se hacía cada vez más espesa, hasta que, ante las negras alturas del Capo Senino y de la península de Scandola, se encendieron a bordo las luces del buque blanco como la nieve».

W G Sebald – «Los Alpes en el mar«- «Campo Santo»

(Imagen.-Córcega desde el satélite de la NASA- Wikipedia)

COLORES DEL FAUVISMO

 

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«Yo quería traducir instintivamente, sin método – decía Vlaminck -, una verdad no tan artística como humana. Me atrevía con todos los tonos; rompía y aplastaba los ultramares, los bermellones. Sufría por no conseguir un máximo de intensidad». La exposición sobre el fauvismo que se celebra en Madrid nos trae los colores de aquel movimiento en donde Matisse recordaba a Vlaminck «como un joven gigante que expresaba su entusiasmo en tono dictatorial, declarando que había que pintar con cobalto puro, bermellón puro y verde esmeralda puro», y a su vez Derain comentaba sobre su asociación con Vlamink: «estábamos siempre borrachos de colores, de las palabras que describen los colores, y del sol que da vida a los colores».

 

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En aquel movimiento quedaron fijos los matices. «Lo que impide que Gauguin sea asimilado por los fauvistas – dijo Matisse – es que no emplea el color para crear espacios, sólo lo utiliza como medio de expresión del sentimiento». Como recuerda Cirlot, el fauvismo «es, dentro de los estilos puros, el que más concesiones hace a lo circundante, entendiendo por tal no sólo la materialidad de los objetos, sino también la de las costumbres, ideas, etc, inherentes a la época, lo que conduce a esta tendencia a un tipo de elaboración que con placer «suprime» muchos rasgos de la realidad, por considerar que es una redundancia de mal gusto insertarlos puesto que se dan por sabidos».

 

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(Imágenes.- 1.- Maurice de Vlaminck/ 2- Maurice de Vlaminck – l Etang de l Ursine- 1905/ 3 -Alfred Henry Maurer- 1912- paisaje-Provenza- Wikipedia)

 

MAESTROS ANTIGUOS

 

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«Un pintor pinta todos los días – escribe Leon Edel en «Bloomsbury » -, incluso si no le apetece, incluso si lo que le sale es un revoltijo y hay que tirarlo: el arte es regularidad… No hay que esperar a que venga la inspiración. Los artistas aprenden a base de conocer qué se ha hecho en el pasado, deben copiar a los maestros antiguos; así trabajarán asentados en el conocimiento, y no en la ignorancia. Un pintor debe tener, por encima de todo, un horario regular en su tarea, como ocurre en el mundo del trabajo ordinario».

(Imagen.-Pietro Bellotti– anaximandre)

EN LOS ALMACENES DE PESCADO

 

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«Aún siendo un frío ocaso,

allá abajo, en una de las piscifactorías,

un viejo está sentado, cosiendo su red

con su usada y pulida lanzadora

en la luz crepuscular, casi invisible,

de un oscuro castaño violáceo.

Hay en el aire un olor tan fuerte a bacalao

que hace moquear y lagrimear.

Los cinco almacenes de pescado tienen tejados puntiagudos y pendientes

y estrechas y rugosas pasarelas para que no resbalen,

al subir y bajar, las carretillas de los desvanes bajo la cubierta.

Todo es de plata: la pesada superficie del mar,

hinchándose con lentitud como si pensara desbordarse,

es opaca, pero la plata de los bancos,

de las nansas para las langostas y de los mástiles, todo ello extendido

entre las salvajes y afiladas rocas,

tiene un aspecto aparentemente traslúcido,

como las bajas, viejas construcciones con un musgo esmeralda

que ha crecido en los muros del lado de la orilla.

Los grandes cubos de pescado están completamente recubiertos

de capas de hermosas escamas de arenques,

y las carretillas tienen un enlucido semejante

hecho con esta cremosa, iridiscente cota de malla

con pequeñas, iridescentes moscas arrastrándose por encima.

(…)»

Elizabeth Bishop – «En los almacenes de pescado» – «Una fría primavera» (1955) – traducción de D. Sam Abrams y Joan Margarit)

(Imagen.-Zinaida Serebriakova -1930)

LEYENDO A THOMAS MANN

 

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Releo «Thomas Mann y los suyos» de Marcel Reich-Ranicki. Como siempre, en los artistas de gran relieve – y Thomas Mann lo es – se desvela esa desunión ( o unión)  entre  su figura humana cotidiana – con sus defectos, manías y toda clase de flaquezas – y su obra. Mann, entre otras cosas, estaba obsesionado por Goethe, por su esplendor y por su altura, lo mismo que por Wagner. Eran dos de los ídolos a los que aspiraba a emular, cada uno de una forma. Se ve, como siempre, que las capacidades de los talentos o de los genios – (Tolstoi desconocía o despreciaba a Dostoievski) – forman un contraste y constituyen los fuertes contraluces entre obra y figura. De Thomas Mann, entre otras cosas, asombra su disciplina laboriosa, la claridad para desenvolver el quehacer de sus jornadas, aunque fueran en el exilio, y se descubren a la vez sus tremendos egoísmos y su egocentrismo, sus altiveces y neurosis, y toda suerte de fragilidades más o menos alimentadas y consentidas. A su hermano Heinrich le hace reproches en su correspondencia, y una de las cosas que le dice es que se precipita y no mantiene el ritmo adecuado para que una obra sea ponderada y tenga altura. En la curva de la edad, junto a la perseverancia férrea y disciplinada en su tarea, Thomas Mann supo mantener hasta el final un tono de calidad en su trabajo artístico. El libro de Reich-Ranicki guarda en sus páginas, no sólo análisis y descubrimientos incesantes, sino también breves pero profundas reflexiones para entender qué es un artista.

(Imagen.-Thomas Mann con su hija Erika)

 

HITLER E INTERNET

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«¿Por qué se escribe? Yo imagino – dijo en un discurso Jean- Marie Le Clezio – que cada uno tiene su respuesta a esta simple cuestión. Están las predisposiciones, el ambiente, las circunstancias. También las incapacidades. Si se escribe quiere decir que no se actúa. Que se encuentra uno en dificultades ante la realidad. que se ha escogido otro medio de relación, otra forma de comunicar, una distancia, un tiempo de reflexión (…) La literatura está hecha de lenguaje. Es el primer sentido de la palabra. La cultura a escala mundial es nuestra tarea. Pero ella es sobre todo la responsabilidad de los lectores, es decir, de los editores. Vivimos al parecer en la era de Internet y de la comunicación virtual. Si hubiera existido Internet es muy posible que Hitler no hubiera podido lograr su mafioso complot».

(Imagen.-Le Clezio- Wikipedia)

VOZ DE RICHARD FORD

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«He pensado a veces que ha de ser muy difícil comenzar a escribir hoy- dice Richard Ford -, en un tiempo universitario en el que relatos y novelas son reducidos a  la condición de textos a los que se atribuye el significado opuesto al que evidentemente tienen y cuyos privilegiados autores creen insensatamente que tienen; en el que se piensa que la literatura está en quiebra y es aburrida, y que el escritor es la ridícula figura que la escribe; y en el que lo que uno pensaba que no era bueno resulta que era  excelente, sólo que uno no era de la raza, la orientación sexual, ni el sexo adecuados para comprender en qué consiste la excelencia.

(…) Como escritor no creo en «grupos». Las generalizaciones – sobre las mujeres o los hombres, los negros o los blancos – nunca se han compadecido bien con mi experiencia. Para mí, una especie de dios que revele la verdad sólo existe en los detalles. He aquí una de las atrayentes presunciones de la literatura: la de ser específica y afrontar a menudo el reto de poner a prueba la verdad de la sabiduría convencional con detalles (incluso detalles inventados), y hasta de constituir la pretendida sabiduría si la encuentra defectuosa. Lo que yo quería no era hablar en nombre de mi grupo, sino simplemente de mí mismo, aún cuando pudiera estar equivocado, resultar ofensivo o ser finalmente reprendido.

(…) Mi modesta esperanza para los jóvenes escritores – también los que habéis ganado premios como los que no los habéis obtenido, pero tenéis las mismas posibilidades de llegar a ser buenos escritores-, es la misma que abrigo para mí y para los lectores: que no seáis tímidos. Que no dejéis que los otros os intimiden; que no penséis que ser escritor es sólo una profesión más con otro conjunto de redes que dominar, otra escalera a la que subir, otro conjunto de personas mayores bien instaladas a las que impresionar. Puesto que nadie podrá deciros qué escribir ni cómo, estáis autorizados a tener vuestra propia visión, pero vuestra vida ha de tener el valor suficiente para volcarla en palabras de la mejor manera que os sea posible».

(pequeño recuerdo de Richard Ford en el día en que recibe el Premio Princesa de Asturias de las Letras) 

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(Imágenes.- Richard Ford.-británica com y ritmos 21)