SECRETOS DE BELLEZA

japón-fftty-Toshi Yoshida

“”Más o menos hacia 1215 fue la primera vez en que Hisae descubrió algo de lo que estaba pasando en su cutis y que afectaba a su belleza. Nunca nadie adivinaría su edad porque ni el sol ni los vientos agrietarían jamás sus pómulos. Tampoco padeció nunca inquietud ni en ningún momento se la vio preocupada; no tenía rictus alguno en las comisuras de sus labios ni tampoco en los valles bajo los ojos y ni siquiera aparecieron en su frente las arrugas. Estaba adquiriendo Hisae ya para siempre un rostro de porcelana pequeño y redondo, intacto, sin ninguna marca de años. Se asombraba ella siempre cuando veía a las demás mujeres sufrir las heridas del tiempo en las pequeñas señales sobre su piel. Porque era como si Hisae desde entonces estuviera viviendo sobre el tiempo y no el tiempo sobre ella, aquel ir y venir de las estaciones como en su amado reloj de péndulo. Reía muchas veces, pero la risa nunca dejaba al repetirse ninguna huella. Tampoco en su cuello quedó marca alguna. Amaba enormemente la sombra ‑como ella recordaba siempre‑ y pocas veces se exponía bajo el sol. Nada de todo aquello ‑durante toda su larga vida‑ reveló su edad. Nadie la supo nunca.

japón-eerv-Hatsushika Hokusai- mil ochocientos treinta y dos- Museo Guimet- París

Un amanecer de junio de 1281, Hisae, que continuaba paseando solitaria con sus kimonos blancos por las costas que daban al estrecho de Iki, vio venir hacia ella una nube en forma de velas aladas que se deslizaban entre el cielo y el mar resbalando vertiginosamente sobre el océano. Eran velas multiplicadas y celéricas con su vientre combado por el viento, corriendo y avanzando, amenazando con ligereza las costas del Japón, armadas con listones de bambú, transparentes y agresivas, cada vez más extensas e intensas hasta ocupar el mar en número de cuatro mil: eran los innumerables juncos de los mongoles conducidos por el caudillo Kubilai que aquel día estaba dispuesto a apoderarse del archipiélago. Mientras los juncos avanzaban por la bahía de Hakoraki unidos unos a otros con cadenas, Hisae, asustada, huyó de aquel estrecho y pasó rápidamente de la isla de Kyūshū a la de Honshū refugiándose en el centro del archipiélago, muy lejos ya de aquellos juncos guerreros. Cuando los cincuenta mil mongoles y los veinte mil coreanos tomaron Hirado con sus pequeñas embarcaciones ya estaba Hisae muy protegida: se apartó de las batallas y de los vientos en la calma del lago dorado de Saiho-ji, al este de Kyoto, viviendo ante la serenidad de las aguas estancadas, ante el llamado templo de los aromas occidentales.

flores.-4499h.-Katsushika Hokusai.-jilguero y cerezo.-1834

Todo Japón sufrió aquellos meses el pánico y la angustia hasta ver el desenlace de aquella guerra pero Hisae quiso olvidar toda contienda. El 14 de agosto, mientras un violento tifón hizo retroceder a toda prisa a los mongoles, Hisae inició una nueva forma de vida que la acompañaría ya durante muchos años. Comenzó unas clases especiales al aire libre frente al lago dorado. Reunió primero a todos los niños que se iban acercando a ella y, colocándolos en amplios círculos, les empezó a explicar la pequeña historia de lo que estaba sucediendo, y a la vez la gran historia de Japón. La curva de los ojos infantiles era la misma curva de sus piernas dobladas en el suelo, y todos la escuchaban absortos a cuanto decía su maestra. Levantaban sus cabezas hacia ella pero Hisae se las hacía bajar obligándoles a mirar directamente al agua. El lago era un espejo y el espejo, como sucede en tantos países de Oriente, es la Historia. “Si os asomáis a él veréis la Historia”, les decía Hisae. Les fue ilustrando sobre cosas del pasado para distraerlos de cualquier guerra y escogió para ello las estaciones del año, explicando cómo éstas suscitaban sentimientos y cómo el otoño, por ejemplo, evocaba la tristeza. Ningún niño conocía aún la tristeza y uno preguntó cómo era y en el agua apareció una hoja de melancolía transformada en montaña de nieve. “La tristeza ‑les explicó Hisae‑ son vuestras despedidas, el acabarse de las cosas.” Los niños no entendían demasiado todo aquello y Hisae les hizo fijarse aún más en el agua: allí asomaban los colores del otoño, unos tintes rojos en las ramas del arce y en las que el viento agitaba poemas prendidos en las ramas. “Cuando seáis mayores ‑les dijo Hisae‑, leeréis esos poemas que ahora veis flotando y entenderéis qué es la tristeza. Pero ahora fijaros solamente en lo rojo, en la belleza de lo rojo, en ese color otoñal. Vosotros no podéis ver vuestro corazón porque miráis hacia el lago, pero ahora también vuestro corazón es rojo, siempre será rojo, aunque menos rojo que estas ramas del arce, y vuestro corazón aún no conoce la tristeza.”

José Julio Perlado ( del libro “Una dama japonesa“) (relato inédito)

paisajes.-88hh.-japón.-Konan Tanigami.-1879-1928

(Imágenes.-1.-Toshi Yoshida/ 2 -Hatsushika  Hokusai.- 1832/3- Hatsushika Hokusai.- 1834/ 4.-Konan Tanigami)