EL TREN, LA VIDA

YA AQUÍ NO HAY NADA

“‑Recuerde el tren.

‑Nos acostamos entumecidos, abrazados al olvido del sueño, y a las siete, a las seis, crepitaron los despertadores de estación en todas las habitaciones y el tren arrancó imprevistamente, soltando el agua de las duchas, refrotando los ojos, calzándose a tientas los zapatos, sorbiendo de pie un resto de café, afeitándose, pintándose los labios, tropezando bruscamente los  silencios mientras las casas pasaban velozmente al otro lado de ventanillas ennegrecidas y los vagones avanzamos o retrasamos los  cuartos atrapando un bolso, cogiendo un pañuelo, empuñando la  cartera del colegio, Ana se abrochó el último botón, Miguel  mordisqueó un trozo de pan, mi madre era una niña y yo era mi  padre: las ruedas estaban ya engrasadas, no nos hablábamos,  sonaron portazos, bajamos corriendo los escalones de la estación  y el tren ya se iba porque cruzaron autobuses y automóviles y no  había tiempo de despedirse, ya que todos sabíamos que nos  volveríamos a ver y la velocidad nos arrolló: la vida de Ana eran  túneles de “metro”, yo no sabía dónde estaba ni mi padre ni mi  madre, al abuelo le encajaron en la silla de inválido, Guillermo  cortó las calles para llegar al taller, ningún viajero se  saludaba, mi mujer alisó las colchas de las camas, entró un humo  negro en las habitaciones, se encendió el fogón para calentar  estómagos, Gustavo se sentó en su oficina, pasaron pulsos de  relojes en horas de muñecas, se gritó, se gritó, se gritó, el  señor González telefonea a la señorita Elvira porque era ella  quien le había gritado por no telefonearle al señor López, y a mi  nieta Carmen le dio vueltas el patio interior por la velocidad con que todo giraba. Fue en ese momento cuando Isabel, de pronto,  recibió la tremenda noticia y llamó desencajada a mi madre para decirle que cinco minutos antes, en un cruce, a su hijo ‑es  decir, a mí‑ me habían encontrado muerto bajo las ruedas del  ferrocarril.

Pero no era cierto, doctor, fue una equivocación. Marga  nos contó cómo el tren, en un fulgor de velocidad, había  triturado la fortuna de nuestro tío Eduardo. Entonces salimos  todos al pasillo que da al salón temblando los ojos al saltar los  rieles, y el miedo a la vida tomó forma de máquina y la  locomotora arrastró a Javier. Juan se abrazó a la abuela, pasaron  preguntando si queríamos comer, voló el sombrerito del pequeño  Manuel, yo me agarré a la paciencia de mi madre, un señor ayudó a  extender el mantel, se oyó el timbre de la puerta, al olor se  destapó el vagón y todos comimos inclinados, apresurados,  encarnados, viendo pasar las  canas de mi padre y cómo la nieve  subía hasta las mejillas. Antonio nos miró a todos sin pestañear,  Elsa gritó que se quería emancipar, mi abuelo de un golpe le  desenganchó un vagón, Concha la vio alejarse en silencio, Raúl  preguntó si podía coger más fruta, el casero empezó a picar  los  billetes, se fue la luz, se fue el teléfono,  se marchó la  calefacción, desapareció el gas, Laura le vendió a Carlos el  teléfono y Ángela con los asientos hizo madera para cruzar las  tardes en lumbre de fogatas. Vimos pasar años sobre pueblos  subidos en andenes, de repente nos saludó Agustín militarmente,  sacaron a Cristóbal por la ventanilla para que devolviera, mi  hermana Lidia se marchó al baño arreglándose para la boda, entró  un disgusto en polvo mientras mascábamos los túneles, Gabriel se  hizo abogado en un paso a nivel, Enma se sentó junto a Luis,  Alfonso miró a Eugenia a los ojos y César entrelazó sus dedos con  los de Rosalía. Entonces hubo un tremendo frenazo y toda la  fuerza de Sebastián se incrustó en el dolor de Roberto, mi abuela  se curvó en la mecedora, vinieron los niños de los prados,  tiraron a lo alto sus carteras, mi padre se fue doblando  lentamente, Inés de pronto tuvo un niño, llovieron caramelos de  humo, sudábamos, tiritábamos, teníamos sueño, cruzamos travesaños  en cada Navidad, nos hicimos viejos nos decían los jóvenes, María  se había casado con León, Pedro no encontraba trabajo, Daniel  quiso tirarse de la vida, y de improviso todas las paredes  crujieron, voló el abuelo entre las tablas, a Marcos lo devoró un  agujero, entramos por el hueco de la enfermedad y el vagón de  cola donde mi madre planchaba cayó al patio aplastando tristezas.  Fue en ese momento cuando Jorge saltó de un techo al otro y se  volvió al revés, y asomó la cabeza por la ventanilla y mi hermano  dio un grito y se oyó de pronto el chillido de mi madre hasta el  fondo del comedor cuando le acababan de decir que a su hijo ‑es  decir, a mí‑ casi al cumplir los cuarenta años, en un instante,  me habían encontrado destrozado bajo las ruedas del ferrocarril.

Y sin embargo, doctor, tuve que desmentirlo. Yo estaba  ocupándome del furgón mortuorio donde iba el abuelo. Esteban daba  sus primeros pasos sin sostenerse, Beatriz me pidió dinero para  el piso, Jerónimo temblaba entre las mantas. Tuve que desmentirlo  a la velocidad que íbamos, Carmelo rozando las copas de los  árboles, Amanda discutiendo con Leopoldo, Marcela con Ester y con  Nieves y yéndose al bar con Lázaro y Raimundo. Silvia salió  entonces para fumar, Salvador se empeñó en bajar su cortinilla,  Diego preguntó que a qué hora llegábamos, Benito había perdido su  billete, a Pilar le daba miedo la máquina. Fue acaso en ese  momento cuando de un fortísimo golpe, todo a la vez se detuvo.  Cándida en la cocina, Eulalia en la terraza, Simón junto a Oscar,  Nicolás con Román, Pascual conmigo: yo miré a mi madre y era mi  padre quien faltaba. Arrancamos con un tirón tremendo y un  resoplido y Venancio fue a vigilar las puertas entreabiertas por  si hubiera caído, entramos bajo un monte, surgimos a la noche:  ahora era la luz, doctor, la luz que nos guiaba y el salvaje  pitido. Sofía abrazó a Rosario, Magdalena a Mercedes, Remedios a  Pastora y una cadena de manos la hicimos de recuerdos, atando los  momentos de mi padre a su sonrisa y las veces que nos había  pegado de pequeños y cómo mi padre a Victor le compró un balón  para su cumpleaños y el balón cayó al agua. Fuimos todos lo  recuerdos atados, de vagón a vagón, buscándole: iba Hilario y  Demetrio y Paula y Domingo y Justo y Araceli y Pepa y Clara y  seguían Eloy y Fernando y Estrella y Caridad y Medardo y Berta  llevando consigo a mi madre y a mí, palpando el aire de los  compartimentos, cruzando a tientas de un vagón a otro, con  cuidado, como de una a otra edad. Brillaban las luces de la vida  en las puntas de pueblos, se nos oía correr como el mar por la  tierra, casi a oscuras, velozmente: pasaron estaciones , casas,  cristales, lluvias, éramos una culebra alargada y rabiosa  transmitiendo electricidad. Entonces vino otra vida iluminada,  encendidas sus ventanillas, estallando en calor sus chimeneas,  todos sentados en el vagón restaurante: Benjamín rozó aquel olor,  Fabio se lo pasó a Bernardo, Cirilo se lo dio a Zacarías,  Primitivo se lo entregó a su madre. Cenamos de pie, tal como  estábamos, sorbiendo el olor de la otra vida que cruzó  fugazmente. Nos disparamos al silencio total, embrujados por lo  desconocido. Había un viento inusitado, los oídos eran ruedas,  intentamos tumbarnos a lo largo de la noche, sollozamos, fuimos  escalofrío. Así Virginia soñó  con Giovanni, Silvestre con  Corinna, Jacinto con Maurice y Lisabetta con Max. Silbó de pronto  Iván en sueños y Evangelos se enamoró  de Ulrica y Kurt le pidió  a Myriam que se casara con Suleyman. El sueño de Nazim entró en  el sueño de Flavia, atravesó todo el soñar de Edward, de Kyra y  de Eva para salir por el sueño de Tomoko. Batían las puertas de  los sueños contra las ventanillas abiertas, Else cubrió a Mirsina  con trozos de periódicos, Rangela miró a la  luna y Ehudi encogió  sus pies. Era la tierra de la noche la que corría como un tren,  tuvimos que apartarnos a un lado para que pasaran las colinas:  cruzaron cordilleras arrastrados en vértigo, pitó fuerte un  volcán, saltó la espuma del océano desbordando las máquinas,  corría la tierra, doctor, corría la vida, Alvaro se quedó  paralítico, Marcial tuvo manchas en la cara, Soledad se separó de  Adrio y Blasa hizo astillas su  vagón mercancías. Consuelo pensó  que era el fin. Pero no, dijo mi madre, aún no era el fin, había  que detener aquellos montes. A Marino se le cayó la memoria,  Elías tuvo que sostener como pudo a Luciano que aguantaba el  terror. Estallaron del techo los recuerdos, se bamboleaba lo  aprendido, Balbina pisó la risa de Lucía, Viruca escupió a la  abuela, Tomasito se metió en la boca el cañón de un túnel y  reventó  la sangre sobre Andrés. Entonces se cruzaron a la vez  todas las chispas de las vías abiertas y se cegaron las  linternas. Ya no se nos veía vivir, y Piedad, Aurora, Delia y  Emiliana agarraron a Jacobo, Isidro, Borja y Raúl para seguir en  vilo, y entre Bartolo, Eloy, Manrique y Arsenio levantaron con  fuerza a mi madre tapándole la boca para que no gritara en el  momento en que alguien lanzó el tremendo chillido anunciándole  que a su hijo ‑es decir, a mí‑ me habían encontrado arrollado  bajo las ruedas del ferrocarril.

Pero ya sabe, doctor, que así no ha sido. Con tablas,  hierros y cristales terminé de pagar el colegio de Justo; a Rocío  le regalé el coche‑cama para su viaje de novios; vendí tuercas y  clavos para tapar facturas. Fui furgón, máquina, vigilé escapes,  eché carbón, revisé techos, me arrastré por raíles tosiéndome los  gases, ajusté, atornillé, limpié manillas. Fui hollín, humo en  polvo. Ahora no, ahora pasa, pasa la vida sobre mí. Traqueteo de  hombres. Planchan este cuerpo los vagones. Vía libre. Helada.  Huelo a flores silvestres. Aplastado en el campo, boca arriba,  nadie me retira de los trenes…

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‑¿Lo tapamos ya, doctor?

‑¿Qué?

‑¿Le cerramos los ojos?

‑¿A quién?

‑¿Se los cerramos?

‑No. No toquéis nada. Ya aquí no hay nada”.

José Julio Perlado: Ya aquí no hay nada” .- finalista del Premio Narraciones Breves “Antonio Machado”.-Fundación de los Ferrocarriles Españoles.-1993.

(Imágenes.- 1.-Alberto Sughi.-artnet/2.-foto Thekda Ehling.-Randall Scott Gallery.-New York.-artnet)