“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS : MEMORIAS (16)

 

(Dada la actual situación  que atravesamos — y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están  publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

————————————————-

MEMORIAS   (16):   Recuerdos en un rincón de Chamberí

 

 

4 mayo.

En la glorieta de Olavide.

Dudas sobre este libro. Los intelectuales y los escritores dudamos siempre. Dudas de nuevo, como le confesé el otro día a Ricardo Senabre, sobre si estas páginas interesarán a alguien. ¿Qué cuento en ellas? Recuerdos. ¿Y a quién le pueden interesar unos recuerdos? Los recuerdos pasan volanderos, son experiencias de una vida, en mi caso golpes de suerte que he ido teniendo a lo largo de los años al conocer gente muy interesante, al menos para mí interesante y atrayente. Senabre me preguntaba si todos esos personajes que he ido conociendo a lo largo de mi vida me han aportado alguna satisfacción o vanidad. Satisfacción, sí, le contesté, pero vanidad ninguna. Son meras oportunidades gratificantes y sorprendentes que he tenido, oportunidades que la vida me ha dado y que han sido muchas veces aleccionadoras, pero no me han dejado vanidad alguna.. ¿Vanidad por qué? Intento alejarme desde hace tiempo de toda vanidad. Ahora estoy aquí, por ejemplo, sentado a media mañana en esta glorieta madrileña a la que suelo venir de vez en cuando. Son las doce y media. Me atrae esta glorieta porque está cerca de mi casa y porque hace muchos años bajaba hasta aquí mi madre cuando era niña, acompañada por mi abuela para hacer la compra en el gran mercado que se levantaba en el centro, el mercado de Olavide que abastecía Chamberi. Ahora en ese lugar se encuentra esta pequeña fuente central que tengo delante, casi a dos pasos, y alrededor de ella vienen los pájaros a picotear migas de pan. Me he refugiado en un rincón al aire libre en una pequeña y agradable tasca madrileña, “La Oliva”, en Olavide 9, donde suelo desayunar alguna vez o tomar algo a media mañana y dejo ahora que vengan los recuerdos de muchas gentes, que vengan en tromba, como si las empujara un tumulto. Recuerdos, por ejemplo, de Perec o de Mastroianni, dos grandes conservadores de recuerdos que, cada uno desde su lugar, mostraban sus recuerdos vividos y repetidos. Mastroianni evocaba rostros, escenas, gestos. Recuerdo, solía decir el gran actor italiano, aquel olor de la leña, el túnel bajo el Tīber, las pequeñas debilidades, una habitación de hotel, la primera compañía teatral, la fortaleza de los sueños. El francés Georges Perec recordaba a su vez una tienda de alimentación de la avenida Mozart que en diciembre vendía, a precios extremadamente caros, cestos de frutas con racimos de uvas para Nochevieja, muy reputados por su rareza, muy gruesos, traslúcidos, insípidos. Recuerdo, evocaba también Perec, las librerías de viejo que había bajo las arcadas del teatro Odeón; recuerdo, decía igualmente, que en los altos del bulevar Saint Michel había un comercio donde, tras pagar veinte francos antiguos, se podía escuchar un disco; recuerdo, añadía, el baño del mediodía que siempre tomaba los sábados por la tarde al volver del colegio; recuerdo, volvía a decir, la publicidad fosforescente que aparecía en el entreacto del cine “Royal-Passy”; recuerdo, decía a su vez Simenon, los dos mecheros de gas que invadían la clase en las tardes de invierno; recuerdo, añadía el novelista belga, el vaho oloroso que ascendía del río con amplios reflejos; recuerdo, anotaba por su parte Nabokov, a nuestro criado Dmitri, un encogido enano calzado con botas negras y camisa roja; recuerdo, evocaba Bergman, a mi tío Carl, sentado en el sofá verde de mi abuela, recibiendo una regañina; recuerdo, continuaba el director sueco, a mi abuela, menuda y tiesa, sentada en la butaca al lado del velador… Recuerdo…Recuerdos… De nuevo evocaciones de Simenon, ahora de Kurosawa, de Fellini, de Tagore, de Amos Oz, de muchos más. Me acuerdo, decía por ejemplo Kurosawa, de la llama de unos farolillos sobre cinco muñecos en un escenario de madera; me acuerdo, añadía el director japonés, que mi hermana me daba sake blanco en una pequeña taza de muñecas. Me acuerdo, volvía a decir Simenon, que yo nací el 12 o el 13 de febrero de 1903 veinte minutos después de la medianoche, y mi madre, que era muy supersticiosa, logró del médico que pusiera que había nacido el 12 porque tenía horror a que su hijo naciera un viernes 13; me acuerdo, decía Fellini, de la casa del dueño de la casa de Ripa que iba siempre vestido de azul: chaqueta azul, sombrero de copa azul y una gran barba blanca como una divinidad, y a quien nunca había que irritar; me acuerdo, evocaba Tagore, de la lámpara de aceite de ricino que iluminaba el cuento que nos leían de niños por las noches; me acuerdo de las lagartijas que atrapaban insectos por las paredes; me acuerdo de la loca danza de los murciélagos dando vueltas y vueltas por las galerías; me acuerdo, decía Amos Oz, de la mano fría de mi tío Yosef sobre mi mejilla, de su bigote blanco, de su sonrisa dulce preguntándome cuántos libros había leído ya, de su voz suave, casi femenina, persuasiva, a veces sollozante; me acuerdo, confesaba a su vez Bergman, que de niño yo no entendía nada de las horas y me decían, “tienes que aprender de una vez a ser puntual, ya tienes reloj, ya entiendes el reloj”, y sin embargo el tiempo no existía, llegaba tarde al colegio, era difícil distinguir entre lo que yo fantaseaba y lo real, podía tal vez conseguir que la realidad fuese real, pero en ella había, por ejemplo, fantasmas, ¿qué iban a hacer conmigo ellos? , y los cuentos, ¿eran reales?

Recuerdos…, recuerdos… Cruza ahora por esta glorieta de Olavide una limpiadora rubia a la que he visto por aquí muchos días y que va con su mono azul recogiendo por los rincones flores ajadas y varios pequeños arbustos que introduce en su cubo de ruedas. Se van los recuerdos unos detrás de los otros y al final de todos ellos vienen los recuerdos míos. Me acuerdo, por ejemplo, de que estaba en la puerta de la universidad el día en que murió Stalin. Me acuerdo que recorría en triciclo el pasillo de casa de mi abuelo. Me acuerdo siempre del circo al lado del colegio y de las maracas de un cantante de color que se llamaba Antonio Machin. Me acuerdo de mis hermanos, ateridos de frío como yo, cuando pasábamos al lado de la lona de aquel circo. Me acuerdo de haberme parado muchas veces ante la vivienda de los escritores y mirar hacia arriba, hacia las ventanas, por ver si descubría a alguno. Me acuerdo del actor italiano Vittorio Gassman nadando ante mí en una piscina cubierta de Roma. Me acuerdo de Ezra Pound en Spoleto que caminaba por la plaza junto a una mujer rubia que debía de ser su hija. Me acuerdo de las banderas y las canciones en una manifestación comunista en Roma, en la Basílica de Majencio; me acuerdo de la barca en la que me quedé media hora pensativo una tarde en Punta Umbría. Me acuerdo de mi madre leyendo novelas policíacas en el comedor y diciéndome “ahora no me interrumpas, que esto está muy interesante”. Me acuerdo de una carretera al atardecer en el valle del Roncal; me acuerdo de Arlas, pasada la frontera de Francia, de una sopa caliente tomada al aire libre cerca del anochecer; me acuerdo de una “trattoria” junto al castillo de St Angelo en Roma; recuerdo el ruido en directo de la primera pisada del hombre en la Luna, cuando la oí en el televisor; recuerdo una tarde en Asturias y a mis abuelos esperándome en la escalera; recuerdo el paraguas rojo que vi en casa de Azorín el día en que murió; recuerdo el rostro de Gregorio Marañón a mi lado en el entierro de Ortega; me acuerdo de aquel balcón abierto en la noche del Gran Canal de Venecia; me acuerdo cuando subí hasta lo alto de la pirámide del Sol en México; me acuerdo de mi encuentro con Hemingway el 23 de mayo de 1959 a la una de la tarde en una armería de la calle de Serrano de Madrid; me acuerdo de la cara de los indios en Chiapas cuando los visité; me acuerdo de las mañanas, muy temprano, al amanecer, en la soledad de la casa, escribiendo en estos cuadernos antiguos y cuadriculados; me acuerdo de Luis Rosales hablándome de la muerte de Lorca; me acuerdo del arqueólogo italiano que me enseñó las ruinas de Cafarnaún; me acuerdo del primer niño muerto que vi en la calle: habían tapado su cuerpo con periódicos tras haberle arrollado un tranvía; me acuerdo de la partida de cartas en la explanada de “Casablanca”, una finca en Valencia; me acuerdo del completo silencio mientras trabajaba en la sala de la Biblioteca Nacional;  me acuerdo del dramaturgo Diego Fabbri evocándome en Roma el teatro de Pirandello; me acuerdo de la tarde que fuimos al cine mi mujer y yo, los dos solos, a una sala desierta y cómo nos pusieron únicamente para nosotros “El acorazado Potemkin”; me acuerdo de Gian Carlo Menotti en su piso del norte de Italia; me acuerdo de las gentes paseando a orillas del río Arlanzón, en Burgos; me acuerdo de Onetti, recostado en su cama, con sus grandes gafas, escuchándome; me acuerdo de una representación teatral de Shakespeare en el Roundhouse de Londres; me acuerdo de la conversación con un santo en Roma; me acuerdo de la cantidad de tortugas disecadas que había en el suelo del comedor de aquel investigador; me acuerdo del escultor Pablo Serrano en su estudio explicándome su obra; me acuerdo de los ojos de un ciervo contra la ventanilla de mi automóvil mirándome fijamente en los Picos de Europa; me acuerdo de un hotel árabe en las afueras de Jerusalén; me acuerdo de los títeres que hacía a mis hijos para que se durmieran y cómo esperaban en fila en el pasillo para entrar en lo que ellos llamaban “ el teatro”; me acuerdo de un estudio de un periodista amigo en Roma, en vía Margutta, y del paseo que me di por Villa Borghese con un escritor mexicano; me acuerdo del descenso a caballo la primera vez que lo monté en los campos de Córdoba; me acuerdo del sepulcro de la anciana Mapia Kateika en los altos de Corinto; me acuerdo de numerosas tardes en casa en las que no pasaba nada sino la normalidad de la vida, tardes benditas sin ninguna enfermedad ni disgusto ni suceso, nada especial, tardes tranquilas, aparentemente anodinas, simples, sencillas, valiosas en sí mismas y que por su normalidad nadie recuerda; me acuerdo del psiquiatra español que me habló del misterio de El Bosco; me acuerdo de estar yo de pie a los ocho años, con los brazos extendidos frente a mi madre, sosteniendo la lana para un jersey que ella estaba hilvanando; me acuerdo de la densidad de las aguas negras en el Mar Muerto; me acuerdo de una iglesia en la noche y en medio de la nieve, en Llívia, en la frontera de Francia y España; me acuerdo cuando me escondía peladillas dulces en los bolsillos de mi bata; me acuerdo de las mañanas con mi alma a solas en un espacio de silencio; me acuerdo de que aquel espacio de silencio me llevaba a ponderar mi vida y a valorar acontecimientos; me acuerdo de la mirada de Cortázar; me acuerdo del bramido del aire cuando abrí la trampilla en lo alto del monte Tabor; me acuerdo del ojo de niebla en el mar de la Lanzada; me acuerdo de las yemas de los dedos de aquel pintor, Benjamín Palencia, tirado en el suelo, pintando un “Toledo”; me acuerdo de los ojos de Ernestina de Champourcin tras sus gruesas gafas hablándome de poesía; me acuerdo del color del té en el fondo de un vaso en una película de Kiéslowski y cómo el director polaco esperaba pacientemente a que se extendiera el té; me acuerdo de las luces iluminando los barcos en el puerto de El Pireo; me acuerdo de las cúpulas de Roma que veía desde las cumbres del Gianícolo; me acuerdo de mi padre subiendo deprisa y de dos en dos los escalones, de un trabajo a otro; me acuerdo de mi padre ya anciano en una silla de ruedas; me acuerdo de las manos de mi padre entre las mías en el momento en que murió; me acuerdo de la encantadora sonrisa de mi mujer en el sofá; me acuerdo de su túnica blanca, de pie, ante las olas del mar, en Galicia; me acuerdo de la noche en que la conocí y que, bailando, me dijo que ella era escritora; me acuerdo de cómo ella venía detrás de mí en la vida cotidiana de modo casi invisible,  tan atenta a innumerables detalles amorosos; me acuerdo de la voz atiplada de Federico Fellini contestándome mientras rodaba en los estudios Rizzoli “Giulietta de los espíritus”; me acuerdo de las pinturas negras de Goya cuando las vi  absolutamente solo una medianoche en el Prado; me acuerdo de las cortinillas verdes del despacho de mi abuelo el escritor; me acuerdo de Dámaso Alonso bajando las escaleras de su biblioteca y entregándome un libro; me acuerdo del rumor de las hojas en los bosques gallegos donde yo escribía; me acuerdo de una foto de mis hijos todos iguales, sentados en un sofá, sonrientes; me acuerdo de la blanda mirada de Baroja, en su casa, cuando hablé con él; me acuerdo de la sopa caliente de cebolla que tomaba en las madrugadas de París, en el mercado de Les Halles; me acuerdo de los abrigos azules de mis hijos correteando muy pequeños en el Bois de Boulogne; me acuerdo otra vez de mi alma en los amaneceres, en un espacio de silencio; me acuerdo de que en aquel espacio de silencio ya pensaba yo en estos “Cuadernos Miquelrius” que poco a poco voy escribiendo pero que entonces ya deseaba escribir.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” ( Memorias)

(Continuará)

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

 

 

 

 

ROMA Y ETTORE SCOLA

Scola-nhy-gente de Roma- iicbelgrado esterit it

 

Romadecía Ettore Scola – ambienta las historias de la mayor parte de mis filmes, pero hace mucho tiempo que yo quería hacer un retrato de la ciudad donde el personaje central fuera ella misma, Roma. No sólo como lugar, también como ánima, como mentalidad, como psicología”.

Roma tiene una población con muchísimos defectos como superficialidad, indiferencia, provocación, gusto por la ironía, pero sin el orgullo que tienen los franceses- confesó enClarín“, en 2005 -. Si uno en París le hace una crítica a un taxista sobre la ciudad, el taxista se rebela, mientras que en Roma, el romano agrega más cosas sobre Roma. El romano casi no ve a los extranjeros. Sabe que se irán como se fueron en dos mil años todos los extraños que pasaron por Roma desde los bárbaros, los Borbones, los de Anjou, franceses, americanos, liberadores. Saben que pasan y se van, en cambio, el romano se queda”.

 

Scola-noo- Una giornata particolares- rbccasting com

 

“Hice una docena de filmes con Marcello, en la mayoría de los cuates yo fui guionista de otros directores. A Marcello lo recuerdo menos como actor que como amigo. Justamente por su naturaleza gentil se adaptaba a los directores. Y casi tomaba el lugar del director como hizo con Fellini. Pero también conmigo verdaderamente se identificaba”.

 

Scola-noum- La Familia- pepecine com

 

Gassman, al igual que Alberto Sordi, tenía una personalidad muy fuerte para conocer y respetar; era muy inteligente, muy dotado. Sus interpretaciones eran fuertes, mientras que las de Marcello eran interpretaciones naturales, psicológicas”.

La familia” ¿es la más autobiográfica de mis películas? La autobiografía no me gusta demasiado. Pero en cada filme están mis orígenes, mis recuerdos, mis experiencias, de ésas no puedo prescindir”.

 

Scola-nhu- La sala de baile- densidadneutra wordpress com

 

La sala de baile”, a pesar de ser una película sin palabras, tuve un largo guión  que hice con Scarpelli y con Maccari donde cada personaje debía tener su psicología muy precisa, la misma a través de 50 años de historia, de vida. Entonces escribíamos todo el diálogo, todas las frases que cada personaje debía pensar mientras rodábamos. No las decía porque el filme era mudo. Esos personajes sinópticos son los que cada uno piensa diferente del otro.

(pequeña evocación del director italiano Ettore Scola, que acaba de morir. Descanse en paz)

 

Scola- bre- filmin es

 

(Imágenes.- 1.-Roma- iibelgrado esterit it/ 2.-escena de “Una giornata particolare”/ 3.- “La familia”- pepecine com/ 4.- “La sala de baile”- densidadneutra wordpress/ 5.-Ettore Scola- filmin es)

ANTE VITTORIO GASSMAN

 

cine-nhu- Vittorio Gassman- wikipedia

 

“Estoy sentado con él – a mitad de los años sesenta – al borde de esta piscina cubierta de Roma; Gassman está en traje de baño, medio tapado con un albornoz; tiene los pies apoyados en una banqueta y su cuerpo largo, musculoso y delgado, descansa en el intervalo entre dos secuencias de su último film La guerra secreta. Vittorio Gassman sigue siendo el  “monstruo sagrado”  del teatro y del cine italianos. Han pasado los tiempos del Otelo en los que Gassman recitaba cada noche alternando los papeles del moro celoso y de Yago con otro gran actor italiano, Salvo Randone; han pasado los tiempos en que Gassman presentaba Ornifle, de Anouilh, o las piezas del teatro clásico griego. Han pasado los años, y se diría, sin embargo que los años no han pasado por el perfil ni por el tipo de este hombre.

 

cine-bgy- Vittorio Gassman- cinema sky it

 

Si fue calificado como  “genio”  cuando se presentaba en el teatro, el cine lo ha confirmado también como un actor cómico de dotes excepcionales. Se habló de una  “guerra secreta”  entre Alberto Sordi y Vittorio Gassman: aquellos dos hombres que habían colaborado tantas veces en las mismas películas estaban enfadados entre sí, si se atienden los rumores que corrían por Roma. Por aquel tiempo, Gassman decoró magníficamente su  apartamento privado: un teatrito perfecto ocupaba una de las habitaciones de la casa; en su minúsculo escenario, Gassman ofrecía espectáculos sorprendentes a sus amigos. Eran las noches de famosas tertulias artísticas que el mundo de los escritores, de los pintores y de los actores celebraba en casa de Gassman. El anfitrión disfrutaba viendo disfrutar a sus amigos. En aquel teatrito, que hoy prosigue sus representaciones cuando al dueño de la casa se le ocurre, tuvieron lugar recitales de prosa y de música, escenas, diálogos, monólogos, espectáculos en miniatura. Gassman puede permitirse esos lujos, y cuantos quiera. Su nombre es cotizado en Italia de manera especial, y las oportunidades de trabajo le llueven interminablemente. Puede decirse que los dos próximos años de Vittorio Gassman están ya completos en su carnet de propósitos y de realidades. Si hace tiempo dedicaba sus esfuerzos y sus condiciones unidas a su talento indiscutible en piezas de Shakespeare o de Sófocles, últimamente su rostro y sus gestos rápidos y ágiles han llenado las pantallas con un triunfo de excepción, desde la absoluta comicidad de Los monstruos hasta las interpretaciones admirables en El éxito o en La escapada.

 

cine- Vittorio Gassman- famouspeopleinfo com

 

En los últimos años de cine italiano – me dice– han existido momentos altos, momentos bajos y momentos de crisis. Pero, fijándonos precisamente en los momentos de crisis, se debe estar bastante satisfechos del balance general del cine italiano, porque  las dos o tres crisis graves que han aparecido, una lógica, yo diría histórica, inmediatamente después de la guerra; otra recientísima, han concidido siempre con una excelente renovación de  nuestro cine  sobre bases nuevas, con el descubrimiento de nuevos temas, de nuevos directores y de nuevos guiones, lo que da prueba de una vitalidad que incluso en el plano internacional no se puede discutir. Se ha hablado demasiado del neorrealismo italiano de la posguerra, y ahora yo creo que es muy peligroso generalizar; en efecto, ha habido cuatro o cinco grandes directores que abrieron  por primera vez algunos caminos, que enseñaron  mucho y que han dejado una gran influencia en los directores de Europa, y citaré particularmente a Rosellini, que desde un punto de vista histórico y crítico, a mi parecer, ha sido el hombre que ha seguido de modo más puro aquella dirección. En la actualidad han surgido nuevos directores más difíciles de colocar y de definir en sentido colectivo y, sin embargo, aportando grandes casos singulares, como Fellini, como Antonioni, como Visconti, los cuales no se pueden considerar como jefes de una escuela, pero ciertamente son  artistas originales que han dejado una huella profunda.

 

cine-ubbv- Vittorio Gassman- La famiglia- de Ettore Scola-associazionedeladolcevita

 

Yo no me creo un hombre culto o un especialista de la cultura- prosigue conversando -. Soy esencialmente un actor, y no hago nunca separaciones de géneros; me gustan todos los géneros  y creo en el actor en todos los sentidos, que, bien o mal, dentro de sus límites, esté disponible para cualquier experiencia; por otro lado, respecto al asunto de las películas comerciales, creo que hay muchos equívocos, ya que el cinematógrafo, que tiene una gran función como arte,  es también un espectáculo,  y creo que gran parte del llamado cine de arte se realiza fuera de los límites estéticos del propio cine, y en cuanto a las películas comerciales, creo que también es peligroso generalizar, puesto que depende sobre todo de cómo estén hechas; para resumir le diré: yo creo que  “vulgar”, en el sentido negativo, es únicamente aquello que es falso”.

 

Vittorio Gassman- nuncanali k taweb it

 

(Imágenes.-1.-Gassman-wallpapers brothersoft com/ 2. Gassman. cinema sky it/- Gassman- famouspeopleinfo com/ 4.- Gassman, en “La famiglia” de Ettore Scola/ 5.-Gassman- nuncanale K taweb it)

 

 

LOS OBJETOS CANSADOS

“Siempre he tenido la idea de que los objetos tienen vida y de que los objetos nos ven así como nosotros los vemos a ellos, y se “cansan” – me decía Mujica Láinez en Madrid en 1979 -, es decir, que un objeto que tiene trescientos años o quinientos años se va saturando de presencias a lo largo del tiempo, y eso yo  lo he sentido y transmitido en mis libros. Acaso porque creo más en la fidelidad de los objetos que en la fidelidad de las personas”. Eso me decía el autor de Bomarzo en la conversación que mantuvimos sobre su obra y su vida  y en la que me relató experiencias insólitas, como aquella de la sortija desaparecida durante un sueño suyo y a la que ya me referí en Mi Siglo el 28 de noviembre pasado  en el texto “Un hada en una librería”.

Los objetos, al parecer, se cansan de nosotros. Nos ven ir y venir en torno a ellos, tomarlos en las manos, utilizarlos, recomponerlos, ajustarlos, los muebles de las habitaciones oyen nuestras discusiones, voces, gritos, portazos, el murmullo que hacemos al confesar una indiscrección y a la vez  los cuerpos se van apoyando en las butacas con sus edades y generaciones, los músculos descansan  en divanes,  platos y  bandejas, vasos  y cubiertos nos van acompañando cada mañana y cada noche de la cocina al comedor para volver puntualmente  a la cocina,  resortes de sillas se  comprimen bajo nuestros cuerpos,  nos hemos acodado al borde de las camas y hemos vivido los duelos y las  celebraciones y todo esto hemos podido verlo  reflejado de modo excelente tantas veces en la pantalla. Ettore Scola, en “La familia”, repasa una y otra vez esas habitaciones y ese pasillo de objetos, con sus puertas abiertas a vidas distintas y Vittorio Gassman y todos cuantos participan de esa familia recorren arriba y abajo el inmutable pasillo,  testigo impasible de  encuentros y despedidas.

Los objetos se cansan. O quizá nosotros nos cansamos de los mismos objetos. El movimiento de las costumbres hace que poco a poco los objetos se desplacen, sean sustituidos por otros más acordes con el tiempo, y el descender cuesta abajo de la vejez de los objetos les lleva hacia esos cementerios vivos en los que se visitan ruinas de épocas pasadas. “¡Oh, el Mercado de las pulgas de París, en la Avenida Michelet – cantaba Ramón  Gómez de la Serna en “El Rastro” -,  gran coincidencia del todo París, trágica suma de su historia y su galantería y de aquella calle conmovedora y de aquella noche y de aquello y aquello otro en un revoltijo, en una confusión, en una incongruencia profunda!…¡Oh, el mercado judío de Londres, en el barrio Whitechapel en Middlesex, rasero común de toda la gran ciudad, descanso y abismamiento de todas las observaciones hechas en caminatas largas y anhelantes!…¡Oh, aquel comercio en Milán, dentro de la Plaza del Mercado viejo, pequeño, oculto, pero entrañable y consciente, con esa consciencia superior y postrera de los Rastros!…¡Y así, cuántos Rastros más en el extranjero y en las provincias españolas, todos disolventes y en todos aplacado todo!…”.

Desde esos Rastros nos miran los objetos cansados, nos preguntan si no nos cansamos de mirarlos, desde las pupilas de las cajas y de las butacas y de los sillones y de aquel cenicero que hay detrás y de aquel candelabro torcido se extrañan de que al pasar nosotros sigamos tan cansados.

(Imágenes: fotografía de comedor antiguo/escena de “La familia”, de Ettore Scola)