LAMPEDUSA, CINCUENTA AÑOS

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«Ante todo, nuestra casa. –confirma y reafirma Lampedusa cuando habla de «Los lugares de mi infancia» («Relatos«) (Bruguera) -. La quería –dice–  con entrega absoluta y la quiero aún hoy, cuando hace ya doce años que no es más que un recuerdo. Hasta hace pocos meses antes de su destrucción, yo dormía en la habitación en que nací, a cuatro metros de distancia de donde pusieron la cama de mi madre durante los dolores del parto. Y me alegraba estar seguro de morir en aquella casa, y tal vez en aquella misma habitación. Todas las otras casas (pocas, por lo demás, si se exceptúan los hoteles) han sido techos que sirvieron para resguardarme de la lluvia y del sol, pero no casas en el sentido arcaico y venerable de la palabra».

Giuseppe Tomasi di Lampedusa, al abordar distintos textos suyos, va describiendo su palacio de Palermo, o bien la casa de campo, preferida de su madre, la casa de Santa Margherita Belice, en la Sicilia interior, convertida en el palacio de Donnafugata.

«Las casas están al final de nuestra infancia – he escrito yo no hace mucho tiempo -. Al fondo del pasillo de los recuerdos, cuando corremos tiempo abajo, hacia atrás, empequeñeciéndonos hasta hacernos niños, cada uno de nosotros conserva intacta la casa de la juventud o de la adolescencia, aquella casa de nuestros abuelos o de nuestros padres, casa de campo o de ciudad, verano o invierno de paredes y sueños, casas de nuestras primeras letras y de nuestros primeros castigos, casas quizá del amor inicial y del aprendizaje del dolor, fachadas y ventanas y cuartos y escaleras que se nos siguen presentando envueltas en brumas, levantadas en la nostalgia». («Palermo de Lampedusa» en «El artículo livisconti-1iicbuenosairesesteriitterario y periodístico», pág 244)

Esa nostalgia nos trae ahora el baile de Tancredi y Angélica, la contemplación de la muerte que el Príncipe tiene en la biblioteca, los amores furtivos y la partida al alba. Cuando en El Gatopardo -de cuya publicación se cumplen en este noviembre cincuenta años -el cine abre la puerta de Villa Salina en Donnafugata, el ojo cinematográfico se cuela por la cerradura de la cámara y lo que vemos es la estancia literaria que escribió Lampedusa y, avanzando más, lo que leemos en su novela es la verdad de su historia, y la puerta de esa historia, al abrirse, nos lleva de la mano al retrato familiar, a esa Casa que el escritor tuvo en sus campos de niñez, un paisaje de muros evocados que en la realidad fue el Palazzo en Santa Margherita.

Donnafugata de su memoria, en ella entraría luego por sus salones el ojo del lector admirando el estilo en los adjetivos, el mobiliario de los pronombres, los verbos colgados de los muros en la descripción. Luego entraría el ojo cinematográfico hasta colarse por la cerradura de la cámara y nos mostraría su espionaje de amores y su rumor de conversaciones familiares antes de que la Casa entera como paisaje se derrumbara en ruinas.

(Imágenes: escena de «El Gatopardo»./-Luchino Visconti.-iiccbuenosaires.esteri.it)

UN GOLPE DE TAMBOR

Y vimos una larga procesión por la ancha calle que bordeaba el Central Park. Era el cortejo fúnebre de un bombero, de cuya muerte nos habíamos enterado por los periódicos. Los que encabezaban el cortejo estaban casi directamente por debajo de nosotros cuando la procesión se detuvo y el maestro de ceremonias avanzó y pronunció una breve alocución. Desde nuestra ventana del piso once sólo podíamos conjeturar lo que decía. Hubo una breve pausa y luego un golpe sobre el tambor enfundado, seguido de un silencio de muerte. Luego la procesión siguió su camino y todo terminó. La escena nos arrancó lágrimas y miré ansiosamente hacia la ventana de Mahler. También él se había asomado a la ventana, y por su rostro corrían las lágimas. El breve golpe de tambor le impresionó tan profundamente que lo usó en la Décima Sinfonía.
Así cuenta Alma María Schindler este suceso ocurrido en 1907, cuando estaba viviendo con su marido Gustav Mahler en el Hotel Majestic de Nueva York. El golpe de tambor resonó en la calle, abrió un silencio en las muchedumbres admiradas, en las puertas de los edificios, retumbó en las vitrinas de los escaparates, entró hasta lo más hondo del oído del director de orquesta y compositor austriaco y se quedó el golpe de tambor escondido en el camerino del creador, sin salir, apagados sus pliegues en la penumbra de su conciencia hasta el momento de saltar al pentagrama, hasta el momento de escribir la Décima. Como en el Adagieto que Visconti introdujera en La muerte en Venecia, este tambor neoyorquino acompañó a la composición de Mahler, aquel oído que se elevaba de la naturaleza y se inclinaba a escuchar el canto de los pájaros y el leve sussurro de las hojas movidas por el aire, aquel oído que intentaba interpretar los sufrimientos interiores del mundo.
Verdi decía que copiar lo verdadero puede ser una buena cosa, pero inventar lo verdadero es mejor, mucho mejor. Un grito de un vendedor ambulante sirvió para el coro de sacerdotes de Aida y este tambor en el silencio de una calle abrió el espacio sonoro de la música.