SEBALD Y LOS VAGABUNDOS

 

 

Recuerdo al narrador, que presenta el gran escritor alemán, W G Sebald,  cuando por la noche, se refugia de la lluvia en la sala de espera de la estación de Innsbruck: “Uno tras otro. — escribe —  iban apareciendo los vagabundos; apenas se hubiera podido decir por dónde. Al final en total había una docena de vagabundos y una vagabunda. Formaban un grupo animado alrededor de una caja de cerveza Gösser que, como por arte de magia, y hasta cierto punto surgida de la nada por encantamiento, de pronto se encontraba en el centro de todos ellos. Unidos por el alcoholismo tirolés conocido mucho más allá de las fronteras del país por su extremosidad, se han propagado estos vagabundos de Innsbruck, unos apenas recién separados de la vida burguesa y otros completamente perturbados, todos ellos con un cierto toque filosófico e incluso teológico que trataba tanto los acontecimientos del día como la razón de todas las cosas, a pesar de que justo a quienes tomaban la palabra a voz en grito se les solía atascar el discurso a mitad de la oración. Con la mayor teatralidad y determinación de las que eran capaces, los vagabundos acentuaban sus aclaraciones de turno en cuanto a lo que en ese preciso momento constituyera un tema de debate, e incluso cuando uno de ellos denegaba algo que se había dicho, gesticulando con la cabeza rebosante de desprecio porque la idea que tenía en ese preciso instante no podía expresarla con palabras, parecían proceder sus gestos del repertorio de un arte de representación particular, completamente desconocido en nuestros escenarios. Es posible que esto se debiera a que los vagabundos, quienes, en su totalidad, sostenían una botella de cerveza en su mano derecha, actuaran mancos y con la izquierda. Y posiblemente, deduje sobre la base de esta observación, fuese oportuno que a todos los estudiantes de arte dramático, al inicio de su carrera, a lo largo de un año se les atara la mano derecha a la espalda.”  Más que un nuevo episodio en la historia del realismo todo este texto parece un afectado eco de sensibilidad romántica tan frecuente en Sebald ante este tipo de observaciones del mundo.

(Imagen — Dmitry Baltermants)

VIEJO MADRID (92) : TIPOS MADRILEÑOS EN EL TEATRO

 


“Sobre el telón madrileño — escribía la profesora Carmen del Moral al hablar del llamado “género chico’ en el teatro  del siglo XlX—, están  los supuestos habitantes de la ciudad. La galería es muy variada. En primer lugar, están los representantes de ese Madrid preindustrial que está especialmente formado por los trabajadores de artes y oficios, muy numerosos todavía en la ciudad  y que englobaban sectores muy diversos que iban desde el taller artesano de mediano y pequeño tamaño hasta el trabajador autónomo que empleaba singularmente la destreza o la habilidad artesanas. Es rara la obra inspirada en Madrid en la que no salga algún carpintero, sillero, ebanista… Están después los oficios diversos muy ligados a la vida urbana, como sereno, portero, guardia municipal y la inevitable e imprescindible lista de tenderos.

 

 

Esto del lado de la población masculina, que se complementa con unas actividades femeninas en las que junto a las mujeres ocupadas en quehaceres domésticos aparece una enorme serie de mujeres trabajadoras que va de las cigarreras y verduleras a planchadoras, zurcidoras,, peinadoras, costureras, modistas… En general, trabajos que permiten la obtención de un salario sin abandonar la familia ni el hogar. En un renglón aparte las criadas, sin duda alguna por la significación numérica que este sector tenía en la sociedad madrileña de aquellos años.

A medida que el género evoluciona, la galería se completa y amplía (…) Así van apareciendo tímidamente el parado junto al cesante y los grupos marginales de golfos y delincuentes al lado de vagabundos y rateros profesionales.

(…) La ciudad no cambia y tampoco lo hacen sus gentes. Está anclada en los barrios bajos y en la clase baja — como  se titulaba  muy expresivamente una obra del género escrita por Sinesio Delgado y López Silva en 1890 —. Todo lo demás no existe.

 

(…) No habrá ya ni criadas descontentas, ni cigarreras semiproletarizadas, ni jornaleros en paro, ni obreros conscientes. Seguirán existiendo en los libretos unos y otros, pero únicamente atentos a definir materialmente — a través de  palabras  o de frases — la singularidad de sus faenas u oficios y a representar hasta el fin de la obra un papel que desde el principio ya está codificado: a medida que el tiempo pase hasta los propios espectadores sabrán de antemano qué va a decir, qué va a cantar y cómo va a hacerlo. El prototipo funcionará, porque la obra no tendrá por objeto nada más que la idealización de esa sociedad de pequeños trabajadores y trabajadoras urbanos. Esto sólo era posible hacia 1900 en Madrid si uno se apartaba de la realidad, la idealizaba y creaba en el escenario el mito de Madrid. O sea, de Madrid al cielo…, como pregonaba tonta y crédulamente Felipe.”

 

 

(Imágenes—1 – Eduardo Vicente/ 2- José Sancha/ 3 y 4 – Eduardo Vicente)