“LOS CUADERNOS MIQUELRIUS” : MEMORIAS (22) : “ELIZABETH X”

(Dada la actual situación  que atravesamos – y que afecta también al ritmo y vida de las editoriales —he decidido ir  publicando aquí mis “Memorias”, tituladas “Los cuadernos Miquelrius”, que estaban previstas se publicaran dentro de unos meses y que quizá en su día aparezcan como libro.  Se están publicando desde el 30 de marzo los lunes, miércoles y viernes en MI SIGLO)

 

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MEMORIAS   (22) : “Elizabeth X”

 

9 de mayo

Sigo en “La Barranca” (Navacerrada)  He alargado un poco este fin de semana y he terminado este cuento:.

 

 

 

ELISABETH X

 

Viene a verme a mi consulta la señora Elisabeth X., que llega, según me dice, directamente de la estación, tras haber pedido hora con anticipación desde la cercana ciudad de provincias donde vive. Es una mujer aún joven y agraciada, se diría que bella, de porte distinguido y una cabellera que se adivina negra bajo el ala del sombrero elegante y ladeado que cubre su cabeza. Tiene un lunar en la mejilla derecha que realza aún más su cutis blanco y unos ojos grandes y misteriosos. Me cuenta su historia que es la siguiente: cada vez que sube a un tren, nada más colocar su equipaje y sentarse en la butaca correspondiente, al intentar descorrer o correr la cortina de la ventanilla o cruzar las piernas y acomodar su nuca en el respaldo, el vagón y las personas que en éste se trasladan comienzan a difuminarse muy lentamente ante sus ojos y una bruma gaseosa empieza a invadir poco a poco el pasillo central recubriendo los montículos de los asientos tal como si los rodeara una densa espuma.
Me lo cuenta así la paciente y me añade que ella, en esos casos, no logra distinguir los contornos de los objetos ni de los individuos. Presa de pánico, sin atreverse a leer una revista ni a girar su cabeza hacia uno u otro lado y mucho menos a levantarse, aguarda siempre el mismo movimiento, que tiene lugar al cabo de cierto tiempo, sin que ella pueda calcular cuándo éste ocurre con exactitud. De lo profundo de la nube blanca elevada verticalmente en el pasillo del tren surgen ahora dos manos precisas, cortadas en el aire alrededor de las muñecas, y esas manos, de dedos ágiles y activos, avanzan hacia ella reclamándole su billete, que ella entrega sumisa, sabiendo que con ese gesto se reincorporará inmediatamente a la realidad. Efectivamente es así, me dice, y una vez reintegrado su billete por esas manos que han comprobado su validez, el vagón recobra la apariencia que antes tenía, se desliza vertiginoso entre sonidos y luces y el viaje es felicísimo: ella recupera la plenitud de sus sensaciones y la libertad.

Llegada a la localidad prevista, la paciente, según ella me sigue contando, se dispone a bajar con su equipaje, aprovechando al máximo los pocos minutos que el ferrocarril suele detenerse en esa estación, ya que conoce lo breve que es esta parada. Desciende con cuidado hasta el andén, pone el pie en la alfombrilla, se calza enseguida las zapatillas y cubriéndose el camisón con la bata se dirige con toda celeridad hacia el cuarto de baño, haciendo caso omiso del tren que ahora se va alejando entre pitidos y resoplidos. Suelta los grifos del agua caliente para que el baño se caldee, va hasta la cocina y pone en marcha la cafetera, vuelve otra vez al baño, se arregla mientras escucha la radio, desayuna un café rápido y sale con prontitud en su pequeño automóvil camino del trabajo, un puesto que desempeña a pleno rendimiento desde hace varios años y que consiste, según ella me informa, en llevar la responsabilidad de la sección de diseño en una casa de modas. Trabaja en su despacho todo el día. Almuerza habitualmente en la cafetería, a no ser que le surja alguna comida de negocios. Sale a las seis, y un día a la semana hace la compra en el supermercado antes de volver a casa. Los sábados suele salir al cine con varias amigas. No me habla en absoluto de relaciones sentimentales, cosa que me sorprende. A mi pregunta sobre si es soltera o casada me responde que estuvo casada y ya no añade más sobre su situación actual. Yo tampoco insisto. Me informa que por las noches suele ver la televisión hasta las diez y media u once menos cuarto, se prepara para irse a la cama y apaga la luz entre las once y cuarto y once y media.

-¿Qué sucede entonces? – le pregunto.

– Lo que le he contado. Nada más colocar mi equipaje y acomodarme en el asiento, todo empieza a llenarse poco a poco de niebla y ya no distingo a las personas.

– Entonces, ¿no duerme?

– No, no puedo dormir, ya le digo que está todo rodeado de niebla.

-¿Qué hace entonces?

Ella se queda absolutamente quieta esperando la siguiente pregunta -¿Espera usted a que le pidan el billete? – procuro ayudarla.

– Sí, exactamente hago eso – me dice

Como en este momento la paciente hace una más larga pausa y me mira con sus grandes ojos negros y misteriosos, sin que al parecer tenga intención de proseguir, aprovecho para preguntarle con qué frecuencia le ocurre lo que me está relatando.

– Cada que vez que subo al tren – contesta sin titubear.

– Querrá usted decir – le corrijo suavemente – cada vez que usted se mete en la cama…

– Sí, así es. – Luego, tras otra larga pausa, añade -: Es siempre el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Viaja usted siempre en el mismo vagón?

– Sí, siempre. En el mismo vagón y en el mismo asiento.

Me añade, sin embargo, que en uno de esos trayectos nocturnos, hace concretamente una semana – especifica que fue la noche del último martes -, tuvo ocasión de conocer mejor ese ferrocarril. Una vez pasado el trance habitual con el revisor, me cuenta que se atrevió a levantarse de su butaca, algo que nunca había hecho. Tenía sed y necesitaba beber algo. Anduvo y anduvo buscando el coche restaurante y atravesó así tres vagones seguidos, bamboleándose por el traqueteo y teniendo que apoyarse en el borde de los asientos para poder avanzar con cautela y no caerse. “Al llegar – me dice -, todo aquel vagón estaba iluminado y los niños estaban ya jugando muy entretenidos, peleándose entre sí”.

-¿Qué niños? – le pregunto.

– Mis hermanos. Mis primos. Todos mis amigos de la infancia.

-¿En el vagón – restaurante?

-Sí.-me contesta impasible.

-¿Y qué hizo usted?

– Bueno, le pedí agua a María, mi hermana mayor, que siempre lleva las provisiones en la excursión.

– ¿Adónde iban de excursión?

– Íbamos a la montaña, como cada domingo. Toda mi familia va siempre a la montaña los domingos. Vamos en ese tren pintoresco que sube hasta la cumbre. Un tren muy divertido.

– ¿Estuvo usted mucho tiempo en ese vagón?

– Como armaban mucho jaleo, intenté volver a mi asiento.

Parece que me va a añadir algo pero se detiene y balbucea.

– Y entonces me perdí… – dice angustiada.

– ¿Se perdió?

– Sí. Estuve andando y andando el tren arriba y abajo buscando mi asiento, pero el tren no acababa nunca. No encontraba mi sitio.

– ¿Al fin lo encontró?

– No, no lo encontré – responde con mucha ansiedad.

Veo que está sudando y que sus manos tiemblan ligeramente. Me levanto, me siento junto a ella, pongo mi mano sobre su frente y bajo la presión de mis dedos la enferma me va explicando poco a poco que anduvo recorriendo uno tras otro los vagones hacia delante y hacia atrás no sabe exactamente cuánto tiempo. Ahora empieza a hablar con algo más de fluidez, recuperando poco a poco la calma. Me cuenta con gran serenidad y como si disfrutara al contarlo, que en cada vagón que iba recorriendo llegó a ver de una forma muy nítida diversas escenas de su vida pasada, todas ellas relacionadas con el tren. Con minuciosidad me describe el vagón de su viaje de novios que ella recordaba (es la primera vez que se refiere a tal episodio), igualmente me describe el vagón de su último viaje con su padre ya anciano, y así va añadiendo diversas visiones que tuvo, según ella me dice, durante aquel recorrido y todas esas visiones las recrea con tal vivacidad como si las tuviera en ese momento delante y las reviviera.
Así permanece hablando y hablando, describiéndome todos aquellos episodios, sin atreverme yo a interrumpirla, al menos durante diez minutos.

Llegados a este punto, me creo en la obligación de plantearle si no ha pensado que todos estos viajes y descripciones de los que me habla no puedan ser elementos de un mismo sueño o de sueños distintos, y que ninguno de ellos esté basado en la realidad.

– No – me contesta levantando la cabeza. – y agrega sin dejar de mirarme: – Eso es imposible. Yo nunca sueño.

– ¿Está segura?

Me repite que sí con fuerza, y lo hace con tal convicción como si estuviera ofendida por mi pregunta. Desisto, pues, de interrogarla sobre este asunto. A la vez, como la veo cansada, le propongo proseguir en la siguiente sesión, convocándola, si a ella le parece bien, para el miércoles próximo.

La paciente acepta. Sin embargo, ante mi sorpresa, al transcurrir la semana, la enferma no acude a la sesión siguiente. Me intereso por ella ante mi secretaria y ésta, tras comprobar su ficha, me comunica que de ella solamente poseemos sus datos personales – Elisabeth X. – y una simple dirección en R., la ciudad de provincias donde ha afirmado que reside. Pienso por un momento que la enferma haya podido olvidar su cita o bien retrasarla, o incluso que haya renunciado a venir a verme, temerosa quizá de proseguir avanzando algo más en sus confesiones.

Poco a poco me olvido de ella. Aun cuando su caso ofrecía un prometedor inicio que pudiera hacer pensar en un interesante análisis posterior, son tantas las historias y sujetos que suelen acudir a mi consulta que pronto las palabras de la paciente se disuelven entre otras muchas y me sumerjo, como siempre, en un trabajo intenso que me absorbe durante largos meses.

Sólo un año después, con ocasión de una conferencia que casualmente he de pronunciar en R., vuelvo a acordarme de Elisabeth X. al subir precisamente al tren. Hacía mucho tiempo que no utilizaba este medio de transporte y al tomar el ferrocarril y sentarme en mi sitio me acuerdo nítidamente de aquella enferma y de su enigmático relato, sobre todo en el momento en que una densa nube de niebla comienza a invadir el vagón nada más arrancar, como si ya estuviéramos atravesando un túnel.

Es de repente, en medio de esa densa niebla, cuando unas manos cortadas que sobresalen de las mangas de un uniforme, y que yo atribuyo a las manos del revisor, me piden el billete, que yo entrego puntual, antes de que el tren adquiera más velocidad. Así, solitario en medio de la niebla, viajo durante largo tiempo, sin saber distinguir quién puede acompañarme y cuántos asientos pueden ir ocupados: tal es la atmósfera casi impenetrable que invade a este ferrocarril. Al cabo más o menos de una hora es cuando decido incorporarme para ir hasta el vagón-restaurante. Lo hago con precaución, tanteando los respaldos de los asientos sobre los que aparecen pequeños cúmulos de neblina gaseosa e intentando avanzar sin perder el equilibrio. Atravieso así penosamente varios vagones enlazados y corridos, abro con cuidado numerosas puertas y cruzo con lentitud este pasillo del tren que ya me está pareciendo interminable hasta por fin llegar a lo que, al menos eso creo, puede ser el último vagón. Al abrir esa puerta veo de pronto sentada y de perfil a la señora Elisabeth X. tal y como yo la conocí en mi consulta, es decir, con el sombrero elegante y ladeado que entonces llevaba cubriendo en parte su cabellera negra y resaltando en su mejilla derecha el lunar. Al parecer, según observo, se encuentra en mi despacho, hablando conmigo, porque yo me veo a mí mismo en ese instante con mi bata blanca, sentado ante ella, y en el momento en que la paciente me está diciendo: “Eso es imposible. Yo nunca sueño”.

– O sea, doctor, ¿que ella le vuelve a repetir las mismas palabras que usted ya escuchó hacía un año?

– Sí. Exactamente.

– ¿Y esto le había pasado ya alguna vez?

– No. Nunca. Nunca con una enferma.

– Se encontraba usted reviviendo, pues, un momento de su pasado. Lógicamente, estaba usted soñando.

– Sí, naturalmente estaba soñando.

– ¿Un sueño concretado en ese momento preciso o un sueño total? ¿Cuándo cree usted que empezó realmente a soñar?

– No lo sé…Creo que fue un sueño. También la visita a mi consulta de Elizabeth X. creo que fue un sueño. Sí, creo que fue un sueño. Todo ha sido un sueño. Esa visita nunca existió.

– Y por supuesto tampoco su viaje en tren…

– No. Tampoco mi viaje en tren. Ése es un sueño habitual en mí…

– ¿Siempre sueña en el tren?

– Sí, siempre el sueño del tren. Me acuesto hacia las diez y media, apago la luz cinco minutos después y enseguida llega el tren de las once treinta y cinco.

– ¿Siempre viene puntual?

– Sí, siempre viene puntual. Sé que viene siempre. Tarda en arrancar apenas dos o tres minutos . Me relajo más. Cierro los párpados. Me dejo conducir.

– ¿Va usted sentado siempre en el mismo lugar?

– Sí, siempre en el mismo lugar. Apenas ha arrancado ese tren aparecen en el pasillo, como le he dicho, unas manos cortadas en medio de la niebla, unas manos que me piden el billete. Yo se lo entrego puntual.

Todo esto me lo cuenta el doctor Gregorio Ñ, colega mío desde hace años, sin ninguna indecisión ni titubeo. Advierto que adopta un tono de absoluta naturalidad, aunque lógicamente ha venido a verme para encontrar una solución a su caso. Me repite lo que ya le he escuchado en sesiones anteriores: que como médico se dedica de lleno a la consulta de sus pacientes y que, como el primer día, sigue muy enamorado de su profesión. Pocas veces he tenido ante mí a un colega como sujeto de un caso clínico y me esfuerzo, en la medida que puedo, en conciliar cordialidad y atención.

Transcurre así una hora entera. Me relata que no puede despegarse de la imagen de aquella mujer, Elisabeth X. aunque sabe que todo fue un sueño. Cada noche, me reitera, al subir al tren de las once treinta y cinco (él también conoce que es un sueño) avanza por ese pasillo lleno de niebla y encuentra al fondo a Elisabeth X. que habla con él.

Al cabo de una hora, como le veo algo fatigado, le propongo al doctor Ñ. proseguir la semana que viene si no tiene inconveniente y así procurar llegar poco a poco al fondo de su caso.

Me encuentro muy interesado en este tema, el sueño dentro de un sueño o quizás sueños eslabonados.

Ceno con rapidez. Me acuesto a las diez y media. Apago la luz casi inmediatamente y como cada noche noto que el vagón se va llenando de niebla y arranca puntual mi tren de las once treinta y cinco.

José Julio Perlado —“Los cuadernos Miquelrius” – (Memorias)

(Continuará )

TODOS  LOS  DERECHOS  RESERVADOS

TODO ES LITERATURA

TODO  ES   LITERATURA

“–¿Vienes a comer, hijo? Ya está aquí la comida.

Leocadio Villegas escribía y escribía un cuento apoyado en la mesita del salón, daba toques y retoques incansablemente a una escena y a unos personajes. De reojo vio entrar a su madre levantando la sopera humeante.

–¡Vamos, hijo, vamos, que esto se enfría, deja eso ya!

–¡Es que estoy terminando una cosa, madre –balbuceó–, acabo ahora mismo!

–¡Siempre igual, Leo! Luego sigues. ¡Ahora, a comer! ¡Vamos, venga a comer!

Leocadio Villegas se levantó como pudo y casi sin dejar de escribir alcanzó la mesa. En un borde, mientras le servían, seguía escribiendo y escribiendo. Como siempre, le parecía todo apasionante, aquel comedor, la casa, aquella mesa familiar, aquel mantel de flores. Veía a su lado, sin dejar de escribir, la gruesa muñeca de la mano de su madre y sus dedos gordos y sonrosados que estaban dejando su plato de sopa y se puso a escribir sobre ellos, sobre aquellos dedos, la forma, las uñas rojizas y rotas que tanto habían fregado y lavado, intentaba profundizar algo más en ellos, cuando aquellos dedos desaparecieron en busca de otro plato y sólo quedó en el espacio de su mirada el redondel de la sopa caliente con los fideos como lombrices blancas y los cubiertos a un lado, preparados, los dos cubiertos hermanos sobre el mantel, el tenedor y la cuchara, ¡ah, los cubiertos, el tema de los cubiertos!, se dijo Leocadio mientras escribía y escribía sobre los cubiertos, el lomo curvo y plateado de la cuchara, las púas del tenedor como tridente, él estaba a punto de imaginar viajes en el espacio con tenedores trinchando nubes, con cucharas de cuencos de luna y silenciosas soperas iluminadas, cuando una voz le sobresaltó:

–¿Pero no empiezas a comer, hijo? ¿Pero qué haces? ¿Es que hasta aquí vas a seguir escribiendo?

Sí, escribía, escribía. No puedo, no puedo dejar de escribir. ¿Y esta voz? ¿Y el poderío de la voz de mi madre? Le venían a la pluma todas las voces escuchadas en su infancia, o mejor dicho, la misma voz de su madre en los agudos y en los graves de las habitaciones cerradas, él correteando ante las voces maternas que le perseguían, “¡ven aquí, Leo, abróchate los zapatos! ¡Leo, que te acabes esto, que no pegues a tu hermana, que no te manches!”, sí, ahora Leocadio escribía febril sobre las voces que le perseguían, había apartado el plato de sopa y los cubiertos como motivo literario y perseguía esta vez a las voces como mariposas hincándoles el alfiler de la pluma, ¡aquí! ¡allí!, voces como recuerdos, ¡allí! ¡aquí! las perseguía escribiendo, era un ahogo, una carrera interminable, escribía, ¡sí, por fin escribía!, estaba corriendo mientras escribía describiendo, se había alejado del mantel, de la mesa, de la familia, había abandonado la casa, ¿dónde? ¿dónde estaba ahora?

–Bien, si no quiere comer –escuchó la ronca voz de su padre–, que no coma. Lo único que le gusta es escribir –y atronó indignado dando un puñetazo en la mesa–:¡Pues ya cenará!

No, de verdad que Leocadio no sentía el hambre. Le pasaba siempre durante el acto de escribir. Podía aguantar sin comer y sin dormir a lo largo de horas, Ahora, cuando recogieron el mantel de la mesa y toda la familia pasó a tomar café, él se desplazó hábilmente a otra mesita cercana a la ventana y, como siempre, quedó absorto por cuanto veía, por aquellos dibujos malvas en las tacitas blancas que su madre estaba distribuyendo y que él describía, por aquel aroma del fuerte café y el humo del puro de su padre que él ahora miraba fijamente y al que describía mirándolo y describiéndolo, describiéndolo y mirándolo de hito en hito, sin dejar diluirse las volutas grises en el aire y sin apartar tampoco sus dedos de la página.

“¡He de llegar, he de llegar al Concurso!”, se decía Leocadio conforme seguía escribiendo todo aquello. “¿Es posible llegar a escribirlo todo, llegar a ser escritor total, escribir a la vez sensaciones y emociones, este rictus, por ejemplo, de la cara de mi madre, el resoplido que acaba de soltar mi padre leyendo el periódico, este volumen de los muebles, la luz de la tarde, la memoria y el sueño, todo, todo es posible escribirlo?”. “No, no debo distraerme”, escribió en el papel que sostenía apoyado en sus rodillas, y anotó nervioso que se estaba distrayendo no sabía por qué, que se le estaba yendo el cuento de repente en disgresiones inútiles, sobre todo superfluas, sí, superfluas, se dijo escribiendo. “No, no puedo seguir así”.

Ya habían terminado todos el café y se habían ido de la habitación a sus quehaceres dejándolo solo y Leocadio Villegas tuvo la tentación de escribir en ese momento sobre su soledad, sobre la soledad que le rodeaba, pero pronto se contuvo. Miró de reojo su reloj mientras seguía escribiendo. “He de entregar esto dentro del plazo –escribió–, he de acelerar, cumplir los plazos, porque si no, ¿para qué escribo?”. Escribió una línea sobre el por qué escriben los escritores, sobre las razones de aquel afán, pero se dio cuenta enseguida de que seguía desviándose peligrosamente del centro del cuento y yéndose por vericuetos otra vez superfluos que no le llevaban a ninguna parte. “He de centrarme, mantener la tensión –se dijo finalmente–, adquirir velocidad”.

Quiso hacer un alto brevísimo en su tarea y con los papeles y la pluma en la mano se fue hasta el vestíbulo y, como pudo, se puso una chaqueta y salió rápidamente de la casa. Bajó los escalones de tres en tres, deseando llegar al portal para volver a escribir. Pero ya aquellas escaleras le estaban suscitando temas literarios, escenas policíacas y de misterio, cosas que él había leído y que desearía recrear. ¡Ah, este gran tema de las escaleras y los escalones –se dijo mirándolas de reojo mientras bajaba muy deprisa–, este gran tema tan cerca para escribir sobre ellas, las escaleras de amores y de odios, los crujidos y la levedad de los zapatos volando y bajando velozmente las vueltas del caracol! Hubiera querido escribir conforme descendía, como lo había hecho caminando Eckermann con Goethe mientras los dos paseaban, ¿pero quién era Eckermann para los lectores?, ¿quién era Goethe? ¿alguien los había leído?. “Entonces –se dijo casi sin aliento al llegar al portal–, ¿es que acaso estoy preocupado por los lectores, es que estoy escribiendo para ellos?”. Pero ya el portal también con sus azulejos blancos y rojos y los dibujos de sus maderas le atraían como tema literario y no tuvo más remedio que pararse y escribir sobre ellos apoyando el papel en la pared. Tomó notas allí torpemente, pero notas interesantes, al menos muy interesantes para él, esbozos, apuntes e incluso descripciones de aquellos azulejos que le traían recuerdos de umbrales y hasta de paisajes ya que las asociaciones de las ideas le llegaban ahora muy deprisa, casi febrilmente, y en determinado momento tuvo necesidad de calmarse y de dominarse, porque una voz interior le decía de nuevo: “Te estás alejando otra vez, Leo, del centro del cuento; te estás distrayendo en temas secundarios. No, no puedes continuar así”.

Entonces salió del portal. El tráfico de la ciudad le pareció un inmenso tema literario que él ya no podía abarcar. Como escritor le estaban llamando la atención a la vez los autobuses rojos y los coches trepidantes, los ruidos de las motos y las conversaciones mezcladas, el parpadeo de los semáforos y aquel clima especial del aire urbano en polución. Todo al mismo tiempo se le ofrecía como motivo enorme. “No –se repitió–. He de concentrarme en algo, he de elegir y, sobre todo, he de cumplir el plazo que me he impuesto”, se dijo pensando en el Concurso y enseguida llamó a un taxi. Notó, sin embargo, que aquella llamada y aquel movimiento de su mano en el aire no podía ya describirlos como él hubiera querido porque el taxi se detenía ya, se abría la portezuela y él entraba dando rápidamente la dirección de la estación. Sentado, iba pensando en el pequeño tren que le esperaba pero estaba viendo ahora tantas cosas atrayentes desde su ventanilla, tanta literatura se movía en la calle, que de nuevo no tuvo más remedio que ponerse a escribir en aquellos papeles que sostenía en sus rodillas y a grandes rasgos fue registrando todo cuanto veía.

–¿Es usted de aquí, de la ciudad? –le preguntó el taxista.

Leocadio asintió con la cabeza sin dejar de escribir porque no esperaba que nadie le hablase mientras él trabajaba y aquel principio de diálogo irrumpía de pronto en su relato de forma tan brusca y a la vez tan sugerente que lo anotó, por tanto, tal y como venía y así fue contestando como pudo a las preguntas del taxista mientras, a la vez, las escribía con rapidez, como escribía también las respuestas, las suyas y las del taxista, porque aquel diálogo –se dijo– estaba dando ahora una enorme frescura al cuento sin apartarlo de su centro, “porque yo creo –escribió– que no, no me está apartando de mi centro, sino que, al revés, está dando a todo esto una gran agilidad inesperada”.

Copió, pues, todo el diálogo detallado entre el taxista y él, ya que le pareció muy interesante, pagó a la puerta de la estación y atravesó deprisa los andenes en busca de su tren. No pudo escribir nada sobre el andén a pesar de que llevaba en la mano la pluma y el papel mientras se abría paso entre la muchedumbre y a pesar de cuantas tentaciones literarias le estaban ofreciendo aquellas altas cristaleras, aquellas bóvedas sonoras de las naves y los modernísimos trenes plateados dispuestos ya para salir. ¡Ah, las estaciones! –se dijo durante un momento alcanzando ya con su pie el estribo del vagón y volviéndose para verlas–, ¡las estaciones nevadas de Tolstoi en “Ana Karenina”, las estaciones de Somerset Maugham, las estaciones de Graham Greene!… Hubiera seguido evocando aquellos andenes que ahora se empezaban a mover suavemente conforme el tren arrancaba, o mejor aún, hubiera querido escribir sobre ellos mientras él se movía ya y se alejaba de pie en la plataforma del vagón, pero no consiguió hacerlo. Le empujaban las gentes hacia un pasillo que enseguida vio también como tema literario, un pasillo misterioso que le recordaba enigmas de Agatha Christie. “Todo es literatura” –se dijo mientras iba buscando su asiento–, sí, todo tiene una gran emoción”. Nada más sentarse en su butaca y cruzar las piernas se quedó subyugado por cuanto le rodeaba. “Todo, todo es literatura –se repitió mirando en derredor–. Pero, ¿cómo voy a poder describir todo esto?”. Sin embargo, por un impulso de su vocación, se inclinó de inmediato sobre el papel y, como había hecho siempre en su vida, se puso a escribir febrilmente. Escribía ahora de aquella velocidad alada en los cristales de las ventanillas, de los rostros de los viajeros, del horizonte de las tierras, de nuevo de la velocidad, otra vez de los ojos y los labios de los que viajaban, del rumor de sus conversaciones, del suave y acompasado traqueteo, y fue precisamente aquel rítmico traqueteo moviendo imperceptiblemente su cuerpo el que le fue transmitiendo poco a poco una somnolencia benefactora y un sueño horizontal, rectilíneo, vertiginoso y a la vez muy plácido que le hizo abandonar suavemente la pluma de sus dedos y recostar la cabeza en el respaldo de su asiento. Soñó entonces que no escribía, que no podía escribir. El tren se lanzaba sin él por caminos desconocidos y él se quedaba viéndolo partir sin poder hacer nada, sin poder registrar su movimiento. Él, que había soñado tantas veces con poder escribirlo todo, ahora no conseguía describir un simple sueño en forma de tren, con sus ventanillas iluminadas y sus viajeros moviéndose. El tren se iba alejando de su realidad e iba haciéndose sueño difuso que Leocadio no podía atrapar, lo onírico se le escapaba burlándose de él. “¡No puedo, no puedo escribir lo que sueño, únicamente puedo soñar!”, se decía angustiado sin lograr despertarse. El tren proseguía la marcha a la misma velocidad que el sueño y así la mantuvo todo el tiempo y sólo se detuvo al final, al abrir Leocadio los ojos y recuperar la pluma entre sus dedos.

Entonces bajó del tren. Tenía ya poco tiempo para entregar su cuento. Sabía dónde estaba reunido el jurado y a qué hora exacta terminaba el plazo. Corrió y corrió por las calles con la pluma y el papel en la mano, sin mirar a los lados para no ser tentado por la literatura. “¡He de llegar!” –se decía sin dejar de correr– “¡he de alcanzarlo!”. Corría y corría en un esfuerzo titánico por dar intensidad a su final, por dar tensión a su relato. Al fin vio la gran casa iluminada donde estaba reunido el jurado, empujó de un golpe la puerta y entró. El jurado repasaba a esa hora los cuentos presentados y lo hacía en una mesa larga y solemne; apenas advirtió la presencia de Leocadio. Leocadio quedó en la puerta subyugado. Le estaba fascinando aquella imagen literaria de la gran habitación, aquella larga mesa repleta de relatos y aquellos hombres deliberando, meditando y sopesando. “¡Ah, los jurados!” –se dijo allí Leocadio completamente paralizado por el espectáculo, contemplando absorto a aquellos hombres –“¡Ah, los grandes jurados de Dostoievski, de Dürrenmatt, de Kafka…!”, suspiró. Se acercó cauteloso a la primera silla que encontró, y antes de que pudiera escapársele aquella estampa literaria que él consideraba única en su vida, se puso a describirla. Escribía, como siempre, febrilmente. Escribía, escribía, escribía.

Mucho tiempo después, cuando ya iba a clausurarse todo e iban a cerrar el edificio, el presidente del jurado se levantó y desde lejos, contemplando al escritor solitario y tenaz, le advirtió en alta voz:

–Vamos a concluir, caballero… Parece que es usted el último que falta… Si tiene la amabilidad de entregarnos…

Pero Leocadio no entregaba, no, no entregaba nunca. Le fascinaba ahora aquella imagen del presidente en pie y aquella voz armoniosa que estaba resonando en la habitación enorme. Él escribía, escribía, escribía…”

José Julio Perlado : “Todo es literatura“- finalista del Premio Narraciones Breves “Antonio Machado”.- Fundación de los Ferrocariles Españoles.-2001

(Imágenes.-1.-tadega.net/ 2.-poquoson.K.12.va.us)