FORMAS BREVÍSIMAS

 

 

 

“Soy optimista acerca del futuro del pesimismo”  (Jean Rostand)

”Escribir verso libre es como jugar al tenis sin red” (Robert Frost)

”Me gustó mucho la película “El tranvía llama dos veces” (Mario Benedetti)

”No hay que mirar atrás,  cuando uno sale” ( precepto pitagórico)

”No siento nada, salvo una ligera dificultad para seguir viviendo” (Fontenelle, al morir, a los cien años)

”La rosa nos dice que la perfección es posible “ ( una profesora de castellano)

”Lo escrito con facilidad suele ser difícil de leer”  (Sheridan)

”En el mundo hay que ser demasiado bueno, para serlo bastante” (Marivaux)

”No escribo para cualquiera, sino para los amigos”  (Horacio)

”Feliz quien pudo conocer las causas de las cosas”  (Virgilio)

”Recibí su libro .Desde que lo abrí hasta que lo cerré he reído sin parar. Lamentablemente  no pude leerlo” (de Groucho Marx a un humorista )

 

 

(Frases recogidas  por Bioy Casares en  “De jardines ajenos”)

(”Imágenes— 1- Sigmar Polke/ 2-Graham Mileson’)

CIUDAD EN EL ESPEJO (17)

—¿Qué piensa ahora, don Pablo?—pregunta suavemente el psiquiatra, pero no quiere molestarle demasiado –  ¿Ahora qué  piensa? ¿Cómo se encuentra?

Quedan monja y médico sentados ante don Pablo Ausin y el anciano mira frente a sí inmutable, mira hacia el pasillo, en su profundidad, aunque agradece en el fondo esta deferencia. Qué querrán estos que piense, se dice don Pablo, pienso lo que me da la gana, pienso que la vida es triste y corta, que es menester tenerla bien sujeta y que a pesar de ello se escapa, se va, a uno le han ido arrumbando pco a poco, qué me importa que estos pregunten, se lo agradezco, esta monja parece lista y buena persona, tiene mirada aguda, este médico querría que yo me desnudase ante él, nunca lo hice, por qué hacerlo, el silencio vale más que las palabras, sólo Engracia conoció algo de lo que yo llevo dentro y no conoció todo, mi padre Casimiro me enseñó a no hablar, yo escuchaba sus llaves en la puerta con un temblor y temor como un aparecido, igual que viniendo del campo, con el cráneo tostado y arrugado, me fuera a golpear o  a regañar. Todo esto está pensando don Pablo Ausin Monteverdi, es parte mínima de sus soliloquios, mira al pasillo imperturbable y ladea de vez en cuando la cabeza, mueve muy ligeramente los ojos a derecha y a izquierda, hacia la monja y hacia el doctor, pestañea, pero no abre la boca. Aquel martes de mayo don Pedro Martínez Valdés pensó en llamar al hijo de don Pablo, al grueso Agustín Ausin, y decirle, Lléveselo, métalo otra vez en Chinchón, aguante usted a su padre ya que es su hijo, dialogue con él, charle, sáquele sus secretos, sáquele incluso de sus casillas, aquí ya no puede estar más. Los sanatorios psiquiátricos, ya lo dijimos antes, no son para desvelar mutismos ni silencios, acaso fue o ha sido don Pablo Ausin un demente, no, no lo fue, Entonces, se pregunta  Sor Prudencia, la monja de los ojos oscurecidos tras los lentes, qué hace este hombre aquí, qué secreto guarda.

—Vamos, ¿qué tal, don Pablo? —insiste el médico —¿Necesita algo ? ¿ Puedo ayudarle en algo?

Hoy está don Pablo enflaquecido y silenciosamente quejumbroso. Cuando la vida se va, lo hace brusca o sinuosamente, las arterias se han endurecido, la próstata se hizo enorme, el corazón es una caja de sorpresas, latido a latido, ritmo a ritmo, la tensión ascendió durante años con el vino, con las mollejas, con los sesos, con todos los ricos desperdicios de los corderos y de las ovejas, con la sangre cuajada y con el vino convertido en sangre. La mínima de tensión no consiguió bajar durante años y no acudió don Pablo a muchos médicos, no se cuidó, ahora lo paga. Han quedado fijas las pupilas de don Pablo Ausin en el final de este pasillo del sanatorio del doctor Jiménez, son pupilas bañadas en agua, el lloro va por dentro, los ojos grandes son marrones y permanecen inmóviles, parece mentira que este hombre hace treinta años llevará en su cabeza las cuentas y servicios del restaurante de Chinchón, él solo, sin ayuda de nadie ponía velozmente las mesas en la Plaza, se entendía rápido y enérgico con los viajantes, mantuvo el genio vivo con Encarna Lorenza y regañaba muchas veces a Agustín, ayudó a construir la viviente Pasión de cada Semana Santa del pueblo, él fue San Pedro, el de las negaciones, un año hizo de Judas y no le gustó, volvió a ser San Pedro, no se atrevió a hacer de Judas, no le salía. Yo no te negaré nunca, le gritó a Jesús, Y yo te digo, le contestó el hijo del alcalde que hacía ese año de Cristo, que antes de que el gallo cante me negarás tres veces.

 

Todo esto y muchas cosas más, como estrellas, como recuerdos infinitos, pasa por la mente fija y anquilosada como piedra profunda de don Pablo Ausin, piedra anclada en el fondo de su existencia. Las pupilas clavan unas imágenes insólitas que están saliendo del fanal acristalado de este pasillo y la vida de don Pablo pasa ahora a tal velocidad y vértigo, con tan extraña cadencia, que algo está ocurriendo por dentro en la maquinaria humana de este Ausin, nunca se sabe a ciencia cierta en qué momento las ruedas de la muerte dan un brinco más, las muescas del vivir quedan dañadas de forma irreparable.

—¿Nada me dice entonces? —murmura el psiquiatra — ¿Eh, don Pablo? — le palmea con cariño en la fina y endeble rodilla — ¿Está usted enfadado conmigo? —le sonríe —¿ Eh, don Pablo? ¿Qué le he hecho?

Pero don Pablo Ausin Monteverdi gira tan sólo un poco la cabeza y mira al médico intentando ser bueno y benévolo, suavizando ese mirar duro que siempre tuvo, tal y como si contemplara una beatifica visión.

Buena persona es este hombre, se dice muy por dentro don Pablo mientras fija en el psiquiatra sus pupilas, sí, Buena persona parece. Los labios resecos de don Pablo, unas líneas que un día fueron yemas jugosas y hoy son ríos en cuyo extremo asoman brotes de blanca espuma que no se derrite, que pronto se hace sólida, se curvan un poco, tan sólo un poco, y nada dice.

Nada le arrancarán a este hombre, piensa Sor Prudencia, levantándose de la silla, Es tremendo.

Nada le arrancarán por ahora a don Pablo Ausin. Ni una palabra, ni un gesto, ni una insinuación.

Dieron las once, casi las doce, en el reloj del pasillo de este sanatorio de la calle de Menéndez y Pelayo. En el instante en que el psiquiatra se levantó para seguir su ronda con los enfermos, algo ocurría, así es la vida de las ciudades, al otro lado de Madrid.

 

José Julio Perlado  — “Ciudad en el espejo”

(Continuará)

TODOS   LOS  DERECHOS  RESERVADOS

 

(Imagen -Sigmar Polke- 2008)

ESCRIBO COMO TODO EL MUNDO

 

 

“Escribo más o menos como todo el mundo, creo. Intento escribir con regularidad. Cada día me cuesta arrancar. Si consigo dejar una línea o unas pocas palabras que me ayuden a retomar el hilo, va un poco mejor. A veces el día va bien. A menudo, no. Me he resignado a la certeza de que lo que escriba me decepcionará. Escribo cuando no me apetece, pero no cuando me asquea. Creo que escribo para cierto tipo de persona – no voy a definir exactamente quién, aunque tal vez sea una mujer -, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo Bábel.

Así va confesando su tarea  y sus modos de trabajar James Salter enEl arte de la ficción”. “ Escribo a mano -continúa-, con un bolígrafo. Luego lo mecanografío con una máquina eléctrica. Podría usar un ordenador portátil, pero me gusta el sonido, ligeramente desacompasado, de las teclas. Tecleo con dos dedos. De hecho, de algún modo estoy componiendo. Escucho las palabras a medida que las escribo, o las cadenas de palabras. Me gusta volver una y otra vez sobre la cadencia que me conduce a las siguentes frases. A veces escribí un poco acerca de lo que me propongo escribir, unas palabras que abran el camino, y que quizá incluso decida incluir, pero todo está en suspenso.

 

 

(…) No siempre escribes en tu escritorio. Lo haces en otros sitios y te llevas el libro a cuestas. Te acompaña, lo tienes en la cabeza a todas horas, lo repasas, atento a posibles conexiones. Se convierte en tu principal compañero, en el sentido literal de la palabra, puedes hablarle en voz baja. Se convierte en tu único compañero. La escritura puede prolongarse diez días, como en el caso de Georges Simenon, o semanas, o meses, o años. Le pasa lo mismo a todo el mundo.”

 

 

(Imágenes- 1- Alexander Calder/ 2-Sigmar Polke – 2008/ 3-Jasper Johns)