VIEJO MADRID (82) : RETRATO DE UN REY

 

 

“No hay príncipe que viva como el rey de España Felipe lV,  todas sus acciones  y todas sus ocupaciones son siempre las mismas y marcha a paso tan igual que día a día sabe lo que hará durante toda su vida. Se podría imaginar que se rige por una ley que le obliga a no dejar jamás de hacer lo que tiene por costumbre.”

 

 

Lo cuenta el viajero Antoine de Brunel en 1655.

”Así pasan las semanas los meses, los años y todas las partes del día, no traen cambio alguno a su régimen de vida ni le hacen ver nada nuevo, pues al levantarse, según el día que es, sabe qué asuntos debe tratar y qué procede estar. Tiene sus horas para audiencia extranjera  y otras para la del país, y para firmar lo que concierne al despacho de sus asuntos y de su dinero, para oír misa y para tomar sus comidas, y me han asegurado que ocurra lo que ocurra permanece fijo en este modo de obrar. Todos  los sábados va a una iglesia que está al final del Prado Viejo, llamada Virgen de Atocha, a la que tiene particular devoción. Todos los años acude por el mismo tiempo a sus casas de recreo y se dice que sólo una enfermedad grave  puede impedirle retirarse a Aranjuez, a El Pardo o a El Escorial, en los que acostumbra a gozar del aire del campo. En fin, los que me han hablado de su humor dicen que corresponde a su rostro y a su porte. Usa de tanta gravedad  que anda y se conduce  con el aire de una estatua. Los que se acercan, aseguran que cuando le han hablado, no le han visto jamás cambiar de asiento ni de postura: los recibe , los escucha y los responde con el mismo semblante, no habiendo en su cuerpo nada movible sino los labios y la lengua.”

 

 

(Imágenes-1- Palacio Real de Madrid – museo de historia de Madrid / 2-  palacio Real – siglo XVll – Biblioteca virtual Miguel de Cervantes /3.- Felipe lV- casa real de España)

SANATORIOS DE LIBROS

Manos que van y vienen sobre cortezas de libros enfermos, manos que deshojan páginas y arreglan sábanas de capítulos, manos que vienen y van alisando colchas, entreabriendo ventanales de márgenes, ventilando con las yemas de los dedos los lomos sueltos…, manos que vienen y van por esta habitación de la Historia en torno a la cabecera de portadas, moviéndose sin apenas ruido, manos especialistas en pergaminos, suaves cirujanos ante hierros, dedos que acarician suntuosidades escondidas, precisos dedos certificando nudos, desatando y atando cuerpos inmensos, cuerpos abandonados, letras extendidas, mapas de heridas cubiertas en batallas, cicatrices de conquistas, extensiones de reinos y de aguas, cifras agazapadas en volúmenes, marcas en márgenes, rótulos en tapas, rúbricas, fascículos…; luego lavados, cosidos, brochas, pegamentos, telas, hilos, cordeles, paños, forros, limas, ajustes, manos que vienen y van una vez más con la pericia enamorada de los viejos oficios, enfermeros de tantas encuadernaciones aplicando ungüentos y  pócimas, ponen en pie lomos articulados, luego los tumban, nuevamente los alzan, es el ejercicio de la rehabilitación, la suave flexibilidad curativa que dará vida a un cuerpo abandonado, cuerpo de hojas, índices, sumarios, cuerpo mostrando ilustraciones abiertas, tatuado de estampas, leído antes por mil ojos…, manos que vienen y van, que vienen y van paciente, despaciosamente, hasta que al libro lo resuciten vivo.

LA ABEJA Y EL OJO

¿Hay algo nuevo bajo el sol? Cuando uno recuerda en la novela francesa de hace unos años las sensaciones visuales que describía Robbe-Grillet o Claude Simon, las sensaciones auditivas trasladadas al libro por Nathalie Sarraute – es decir, el gran ojo fijo del primero de ellos o la gran oreja de los rumores de la última con sus tres famosos puntos suspensivos que intentaban alentar e hilvanar las frases -, uno toma el microscopio y se acerca ahora a observar a esta abeja que permanece quieta detrás de la lente.

“Habiendo de describir la abeja con todos sus miembros, comenzando primero por la cabeza – escribe Francesco Stelluti en 1630 -, la cual en la parte superior muestra la osamenta repartida como en una calavera humana, plumosa, pues tiene en lugar de pelos plumas, como las de los pájaros; hacia el cuello son más abundantes: y son de color blanquecino, tirando a amarillo. De las tres partes de la cabeza, dos están casi del todo ocupadas por los ojos, que son bastante grandes y ovalados, con la parte más aguda por la banda inferior de la cabeza. Son peludos, y los pelos están dispuestos en ajedrezado, o bien a modo de retícula, como son los ojos de los otros insectos que vuelan, que parecen reticulados. En torno a ellos se ven las pestañas de pelos gruesos de color de oro: pero no tienen movimiento, haciendo únicamente un círculo en torno al ojo. Entre uno y otro ojo, hay dos cuernos móviles articulados, llamados antenas por Aristóteles, situados sobre la nariz, cada uno de los cuales nace de un globulito blanco como una perla, sobre el cual hay otro semicircular y de color rojizo: sigue luego un artejo largo de color gris oscuro, y a continuación otro artejillo rojizo, por donde la abeja pliega el cuerno; y luego a continuación otros nueve artejos uniformes, también de color gris oscuro, con unos pelos blancos muy diminutos”.

Al final, Stelluti este miembro de la Academia que está leyendo este libro de la naturaleza, las lecciones visuales que le va dando poco a poco la abeja – concluye así:

“Queda la espina o aguijón, llamada por los latinos aculeus, que está dentro de la parte extrema de dicho cuerpo unido a un intestino, tierno y de color blanco. En su comienzo, donde está unido con dicho intestino, es gruesecillo; pero luego se va estrechando y adelgazando poco a poco hasta el final, terminando en una punta agudísima, como se ve en el dibujo, que se ha querido sea exactamente del mismo tamaño con que nos lo representa el microscopio. Y esto es lo que hemos podido observar con nuestra mucha fatiga, estudio y diligencia en torno a un animal tan maravilloso, cuya forma, y la de cada uno de sus miembros aquí descrita, mejor se podrá conocer en la figura aquí impresa”.
El ojo y la oreja del lector en cierta novela moderna – “le nouveau roman” como se le ha llamado -, las sensaciones antes que las significaciones, disfrutarían encontrando antecedentes en el siglo XVll. El ojo de Stelluti mira el ojo de la abeja y el ojo de la abeja se deja mirar – y narrar – al otro lado del cristal.