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Posts Tagged ‘Sierra Morena’

 

 

“En Andújar engancharon en la diligencia cuatro mulas más, sumando en total doce las que tiraban de aquel enorme armatoste. Imagínese una larga retahíla de mulas tozudas y refractarias – así contaba su viaje por Andalucía  Sir Arthur de Capell Brooke en el siglo XlX -, uncidas de dos en dos o tres en tres, sin orden alguno, enganchadas con trozos viejos de cuerda desigual, y ahí tenemos al equipo. Los españoles tienen por costumbre dar nombre a todos sus animales, y los nuestros se veían distinguidos en esta ocasión con patronímicos un tanto pintorescos: “Coronela”,  “Señora”, “Chiquita”, “Condesa”…, a todas se dirigía el mayoral con el énfasis y tono cantarín tan característicos del dialecto andaluz. Tras de ímprobos esfuerzos conseguían que la cabalgata, a fuerza de puntapiés y golpeando sus lomos con una vara, cogiera finalmente un buen trote, y en ese punto comenzaban la lucha para que se lanzaran al galope. Para mejor conseguirlo se proveían todos, en un santiamén, de una colección de piedras de todas formas y pesos, desde el tamaño de un huevo de paloma al de un puño, y las entregaban al mayoral, que las amontonaba a su alcance para usarlas según conviniera.

 

 

Uno de los muleros apuntó con una piedra en primer lugar a la “Señora” y le largó un pedrusco que cayó en mitad del pellejo de la dama y resonó como en un tambor… A seguido le tocó a “Coronela” sufrir las consecuencias de su destreza, al darle una piedra detrás de las orejas: ni una sola escapó sin salir lastimada… De esta suerte avanzamos hacia Sierra Morena, a una velocidad tan asombrosa e incontrolable que sorprendía ver las leguas que cubríamos con un carricoche de ese volumen y peso. Nuestra marcha podía compararse al tortuoso reptar de la serpiente, rodando primero por uno de los bordes del camino, después cruzando al otro, mil veces a punto de volcar aparatosamente y verse pasajeros, coche y mulas envueltos en un destino común.”

 

 

(Imágenes -1-Sierra Morena/ 2- mulas/ 3- Sierra Morena)

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“Centro geográfico de la provincia de Jaén – se lee en la gran biografía de San Juan de la Cruz escrita por el padre Crisógono de Jesús -. Alta colina a la derecha del Guadalquivir, con larga explanada por el norte, que baja en ondulaciones hasta el río Guadalimar. Aquí está Baeza”. Por estas calles estrechas de Baeza andaba Fray Juan de la Cruz en la primavera de 1579. Y años más tarde, en 1591, en el convento de la Peñuela, perdido en las estribaciones meridionales de Sierra Morena, en plena serranía, el monte bravío cuajado de jaras, higueras silvestres, brezos, madroños, carrascos y hierbas aromáticas, el olivar de tres mil árboles y la viña de siete mil cepas que habían ido plantando durante aquellos años los religiosos: el olor del monte bravío, espeso de matorrales y arbustos.

Pienso que por encima de todas las corrientes el verdadero poeta toca con la mano la esencia del tiempo, tiempo de alta poesía, poesía que atraviesa los siglos. “Artista extraordinario – dirá Dámaso Alonso de San Juan de la Cruz -, quizá único en la historia del mundo, ¿qué se propuso este poeta exquisito e intenso?”. Steiner en sus “Gramáticas de la creación” habla de “la faceta nocturna de la soledad creadora” . Esa soledad acompañaba a Juan de la Cruz. Uno se queda asombrado de que Juan de la Cruz, para escribir, no necesitara ningún libro. Fray Juan Evangelista – que anduvo y vivió con el Santo once años – asegura que para componer sus obras, Juan de la Cruz no leyó libro alguno: “los cuales libros le vi componer – dice su compañero -, y jamás le vi abrir un libro para ello”. Dámaso insiste en ello: “durante la época de su producción, San Juan de la Cruz no leía. Su producción intelectual derivó, pues, ante todo de su divina contemplación; luego, de la Biblia; en fin, de estudio antiguo, sedimentado, asimilado; del ambiente, de su pueblo, de la literatura popular, viva a su alrededor”. Es decir, de la interior contemplación y de la contemplación exterior de aquellas tierras andaluzas .

 

 

(Imágenes-1-Jan van eyck/ 2.- Sierra Morena)

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