LA MANO DERECHA DE HISAE IZUMI

 

 

“La mano derecha de Hisae Izumi saliendo de su kimono verde fue pintada en el otoño de 1908 en un pequeño taller de París, en la rue des Ėcoles, cerca de la Sorbona, un  taller alquilado por el pintor japonés Yamashita Shintato que entonces tenía 27 años  y que había quedado enamorado de aquella mano fina y blanca de Hisae tal y como la había visto apoyada sobre el mantel de una mesa en un café de París. La mano de Hisae era una mano sencilla que hoy puede verse expuesta en el museo de arte Bridgestone de Tokio, una sombra pálida, con el dedo índice sobresaliendo un poco y señalando la página  abierta de un libro. El significado del dedo índice en las artes, y concretamente en la pintura, ha sido muy estudiado, y Hisae lo había escuchado muchas veces en las clases que recibía en “La Porte Chinoise’, la galería cosmopolita dirigida por Madame Desoye en la rue de Rivoli a la que acudían diversos pintores como Manet, Degas, Monet,  Whistler,  Renoir o artistas como Sarah Bernhardt y que también visitaba Hisae desde hacía años. Allí ella explicaba cosas de Japón a los pintores franceses y a la vez recibía y atendía los avances e imaginaciones de los artistas europeos. Era en cierto modo una faceta de lo que se dio en llamar “Japonismo”, un término acuñado en torno a la Exposición Universal de París de 1878 y que deseaba enlazar estéticas de oriente y occidente.

La primera tarde en que Yamashita Shintato llevó a Hisae a su taller de la rue des Écoles para empezar las sesiones, lo primero que hizo fue abrir la ventana del balcón  para que entrara la amarilla luz otoñal de París  y contrastarla con el verde kimono de la japonesa que realmente llamaba la atención. Hizo sentar a Hisae en un sillón cerca de la ventana y colocó detrás de su espalda, en una esquina del balcón, un jarrón  con cinco rosas. Luego le dijo a Hisae que las sesiones iban a durar varios días y que se relajara y se concentrara en alguna lectura. Hisae sacó de su kimono verde un pequeño libro que siempre llevaba consigo y que amaba mucho,  “El libro de la almohada” de Sei Shonagon, un libro del siglo X,  y lo abrió por una página. Entonces Yamashita Shintato le pidió que con el dedo índice buscara una página exacta y de ella no se moviera durante una hora y aprovechó para explicarle lo que significaba en las imágenes pictóricas el dedo índice que revelaba,  según  le dijo, la señal del silencio si el índice se apoyaba encima de los labios, la señal de oración si se colocaban dos dedos índices juntos , la señal de advertencia si el dedo se  elevaba vertical y la señal de interés siempre que se posara ese dedo sobre algo  o alguien en concreto.

 

“Ahora ponga usted toda su atención en una página — le dijo Yamashita a Hisae — y no se mueva de ella. Yo voy a empezar mi trabajo”. A Hisae le atraían todas las páginas de aquel libro que había leído tanto, pero buscó una en especial entre sus favoritas y empezó a leer. : “Cosas que pierden al estar pintadas…: claveles, flores de cerezo, rosas amarillas. Hombres o mujeres cuya belleza las novelas alaban… ( y más adelante) : Cosas que ganan al ser pintadas…: campos en el otoño. Pinos. Aldeas y senderos de montaña. Grullas y ciervos. Un paisaje de frío invierno, un paisaje muy cálido en verano”. Leyó y releyó varias veces todas aquellas  frases y volvió a leer entera toda la página. Así estuvo durante una hora, sin levantar los ojos del libro,  dejándose pintar, absolutamente concentrada en aquel mundo japonés del siglo X que le iba contando Sei Shonagon y casi no se dio cuenta de que Yamashita había terminado la sesión.

 

 

En las siguientes sesiones todo sin embargo cambió. Umehara Ryūzaburõ, un jovencísimo pintor amigo y vecino de Yamashita, nacido en Kyoto , que vivía  desde hacía meses en Paris y que también acudía a la Galería  “La Porte Chinoise”, entró una de esas tardes en la habitación para curiosear y ver cómo iba el trabajo. Venía acompañado de un hombre mayor, alto, flaco, frágil, de amplia barba blanca, ojos penetrantes,  vestido con una sencilla chaqueta marrón y cubierta la cabeza con una gorra del mismo color. Aunque Yamashita lo conocía de la Galería y lo admiraba mucho, se asombró de que el propio gran pintor Renoir a sus 67 años se hubiera dignado ir allí ahora, hasta su mismo taller, y aquello en los primeros momentos le  dejó algo confuso. “Vengo a ver  a Hisae Izumi”, dijo Renoir sencillamente, sentándose en un rincón. A ella Renoir la había visto en la Galería y siempre le había impresionado su misteriosa belleza que nunca conseguía desentrañar.  Jamás se había atrevido a preguntar su  edad, ni siquiera a calcularla, porque el rostro y la figura de Hisae  a Renoir le desconcertaba.

Entonces se hizo de nuevo el silencio y Yamashita recomenzó a pintar la figura y la mano de Hisae.  En un momento dado, en una pausa,  Renoir, que seguía atentamente todo lo que ocurría desde su rincón, dirigiéndose a Yamashita pero como si hablara consigo mismo, dijo a media voz : “Las pinturas no son cosas pintadas a mano; son cosas que vemos con nuestros ojos. Por lo tanto, no es necesario tener en cuenta obras de artistas anteriores. Basta con expresar plenamente el sentimiento que recibimos de la naturaleza. No hay absolutamente ninguna necesidad de temer hacer cambios mientras pintas. Basta si hacemos lo que podemos, si pintamos hasta haber expresado por completo lo que sentimos”. Yamashita  levantó su pincel asombrado de todas .aquellas palabras, sobre todo cuando Renoir, mirando a Hisae y a su dedo índice apoyado en el libro, habló de los dedos  índices famosos que él había conocido y estudiado, del dedo índice en Leonardo da Vinci, del dedo índice en Miguel Ángel , del dedo índice en Durero o del dedo índice en Fray Angélico imponiendo silencio sobre los labios.

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Hisae Izumi no movió  en absoluto su postura mientras escuchaba todo aquello. Seguía ensimismada en su lectura del “Libro de la almohada” y su dedo índice se apoyaba  ahora en las frases en que Sei Shonagon le estaba hablando: de las cosas envidiables y de las adorables, de las cosas incómodas  del mundo  y de las cosas sin mérito.’

 

José Julio Perlado

((del libro “Una dama japonesa”)

(texto inédito)

TODOS   LOS   DERECHOS   RESERVADOS

 

 

 

 

(Imágenes-1- Tori Kotondo- Mary and lugin collection/2- Itou Shinsui/3-Shimura Tatsuma/ 4- Itou Shinsui/ 5- Ikeda Terukata)

MUJERES CÉLEBRES (1) : SARAH BERNHARDT

 

 

— ¿ Cúal es su recuerdo más vivo? — le preguntaba a la gran Sarah Bernardt la periodista y escritora Carmen de Burgos.

— Uno que me sucedió en San Quintín de California. Realizaba yo una gira por Norteamérica cuando recibí una extraña carta de seis condenados a muerte que me pedían que actuara en una representación. Naturalmente acepté. Era algo como un viático lo que me pedían, no me podía negar a darles esa satisfacción a los que iban a morir. Entonces  llegué asombrada a una prisión oculta entre flores, rodeada de un gran parque, con apariencia de catedral y con unos hierros forjados custodiando el presidio. Descendí del coche y me encontré con un hermoso quiosco Luis XV, donde músicos vestidos con pijamas de franela de rayas negras y blancas tocaban la Marsellesa. El director de orquesta se adelantó a besarme la mano, y como yo me asombrara  de ver un músico francés en prisión, él me dijo: “formamos aquí una pequeña colonia de franceses prisioneros”. Yo me senté. Todos aquellos caballeros eran los internos del establecimiento.
Entonces allí, en un hermoso patio lleno de sol y ante un público de dos mil prisioneros, entre los que se contaban treinta mujeres y el grupo trágico de los seis condenados a muerte ( dos de ellos debían ser ejecutados al día siguiente), interpreté “ La Navidad  bajo el Terror” . Yo no acertaba a darme cuenta de que aquellos caballeros y aquellas damas tan correctas fueran estafadores y asesinos. Una linda y elegante rubia había cortado la cabeza a una señora para heredarla; otra señora distinguida había matado a su marido, su hijo y dos nietos, sin perdonar a la nodriza. No se puede imaginar cuanto sufrí; en vez de representar tenía ganas de llorar, de pedir clemencia; no podía imaginar la idea de que aquellos hombres llenos de vida, que me aplaudían, habían de morir irremisiblemente. Era muy cruel el contraste entre aquella prisión tan lujosa, con piscinas, biblioteca y patios para tenis, con la triste muerte de los condenados. Creo que hay más crueldad en eso que en los calabozos de la fortaleza de Pedro y Pablo en Rusia.”

 

 

(Imágenes—1- / Sarah Bernhardt – Foto Nadar/ 2- Sarah Bernhardt – mujeres notables)

UN DÍA DE SARAH BERNHARDT

 

“Delante de la puerta se detiene un carruaje. De su interior sale una mujer envuelta en pieles, abriéndose paso con una sonrisa entre la multitud que se ha congregado allí —escribía Edmond Rostand contando un día de Sarah Bernhardt—.Sube por una escalera de caracol; se zambulle en una habitación atiborrada de flores y caldeada como un invernadero; lanza su pequeño bolso adornado con cintas junto con sus contenidos aparentemente inagotables en una esquina y su sombrero alado en otra; se quita las pieles e instantáneamente queda reducida a una simple vaina de seda blanca; se apresura hacia un escenario tenuemente iluminado e inmediatamente llena de vida a un público apático, lánguido e indiferente; se mueve de un lado para otro, inspirando a todo el mundo con su energía febril; se acerca a la cabina del apuntador, organiza sus escenas, señala el gesto y la entonación adecuados, se levanta airada e insiste en que vuelvan a empezar de nuevo; grita con rabia; se sienta, sonríe , bebe té, y empieza a ensayar su propio papel.

 

 

Al cabo de unas horas regresa a su habitación para cenar; se sienta en la mesa espléndidamente pálida debido a la fatiga; reflexiona  sobre sus planes; se ríe con carcajadas bohemias; no tiene tiempo de terminar de comer; se viste para la actuación de la noche mientras el director le habla desde el otro lado de la cortina; actúa con todo su cuerpo y alma; discute sobre negocios durante los entreactos; permanece en el teatro hasta que termina la actuación y se queda allí organizando varios asuntos hasta las tres de la madrugada; no decide marcharse hasta que no ve a sus empleados esforzándose respetuosamente por mantenerse despiertos; se sube a su carruaje, se arropa con sus pieles y anticipa los placeres de tumbarse y descansar por fin; luego, estalla en carcajadas  al recordar  que hay alguien esperándola para leerle una obra de cinco actos; vuelve a casa,  escucha la obra, se emociona, llora, acepta el papel, se da cuenta de que no puede dormir y ¡aprovecha el momento para empezar a estudiar su nuevo papel!”

 

 

(Imágenes —1-Ohaio Sugimoto – 1980- artnet/ 2- Gerard Gauci – 2009- gallerie de bellefeuile/ 3-Sarah Bernhardt – foto Nadar – 1864)