EL REY VIEJO


La siguiente sala en la que entré, nada más abandonar el claustro o patio, estaba dedicada a un pintor y artesanal realizador de vidrieras, un francés del siglo XX llamado Georges Rouault — así nos lo fue explicando el guía a las pocas personas que allí estábamos — y lo primero que me llamó la atención al ver el cuadro solitario en el centro de la pared fue la impresionante figura de un rostro. Era el retrato de medio cuerpo de un viejo rey visto de perfil que llevaba una flor en las manos. Fue pintado durante un periodo de veinte años, desde 1916 a 1938, según me enteré. Sus fragmentos expansivos de color brillante se combinan aquí —- comentó el guía— con la grave dignidad de la piedad medieval y con el resplandor de luz que le envuelve. Pero la pregunta principal que se hizo el guía, y que también me hice yo, fue la siguiente: ¿para quién van destinadas esas flores? ¿Cómo en su vejez, este rey, marcadas las heridas de su vida en los surcos profundos de sus mejillas, aparece con un impulso y una decisión de ternura insospechadas? ¿ Qué quiere hacerse perdonar? ¿ Qué quiere conquistar de su pueblo con el ofrecimiento de esas flores? Mi mirada no se alejaba de esas flores. ”Tengo los ojos enfermos —- confesaba el artista y así nos lo iba relatando el guía — a fuerza de vigilias y de intentar hacer una elección para seleccionar aquellas obras que quiero destruir antes de morir”. Esto lo decía Rouault en 1948. Moriría diez años después, en 1958, a los 87 años. Pero siempre tuvo Rouault una escondida inclinación por desembarazarse de lo inacabado, de lo que al fin él creía que no podría nunca terminar por culpa de su cansancio o de su edad. Se conserva una fotografía de Rouault en 1948 destruyendo 315 telas suyas retenidas y restituidas por los herederos del marchante Ambroise Vollard porque las juzgaba imperfectas. Y sin embargo dejó tras sí una larga producción muy enriquecedora y variada. Rostros, paisajes, payasos, motivos religiosos, ilustraciones de libros, aportaciones a vestuarios y a decorados como en el caso de los ballets rusos de Diaghilev… ¿En qué trabajó entonces y cuál fue su vida desde 1916 a 1938 mientras este rey viejo permanecía con sus manos sosteniendo las flores? En muchas cosas. Principalmente, en 1917 , pintando su ”Miserere” que le ocuparía hasta 1926. Modificando durante años su pintura y renovando su paleta.

“He visto claramente que el payaso soy yo, somos nosotros…casi todos nosotros …— nos explicó el guía evocando confesiones del artista— .Este disfraz rico y bordado con lentejuelas nos lo da la vida, todos somos payasos, más o menos, todos llevamos “ un traje reluciente”, pero, si se nos sorprende como yo he sorprendido al viejo payaso, ¡ oh ! , entonces, ¿quién se atreverá a decir que no está conmovido hasta el fondo de sus entrañas por una inconmensurable piedad? Tengo el defecto “ de no dejar vestir a nadie su traje bordado y reluciente”, porque, sea rey o emperador, el hombre que tengo ante mí, lo que yo quiero ver es su alma… Y cuanto mayor es y más se le glorifica humanamente, más temo por su alma…”

Y el guía ya no nos dijo nada más y nos dejó contemplando pausadamente al Viejo Rey enigmático en la sala.

José Julio Perlado

( del libro ”La mirada” ) (relato inédito)

TODOS LOS DERECHOS RESERVADO

(Imágenes— Rouault: 1- el Rey Viejo/ 2 y 3- payasos)

ARTISTAS Y MARCHANTES

Estos hombres agachados sobre las manos y las rodillas, ocupados en acuchillar el piso de uno de los nuevos apartamentos de Haussmann fue la obra «Cepillando el parquet» que Caillebotte presentó en la exposición de 1876, en la galería de Durand – Ruel de la calle Le Peletier de París. Como señala  Sue Roe en «Vida privada de los impresionistas» (Turner), sorprendieron en este cuadro los músculos de la espalda de los hombres «en los que casi se puede sentir la presión de sus brazos u oler la madera mientras las virutas salen despedidas por la ventana«.

El ojo y el cálculo de Durand-Ruel, el célebre marchante, estaban detrás de esta exposición de doscientos cincuenta y dos lienzos, entre los que destacaban «Comerciantes de algodón» y «En el café» de Degas o «La japonesa» de Monet. «La japonesa«, con sus vivos tonos rojos, fue vendida por dos mil francos. Pero era Paul Durand- Ruel, un francés bajito e impecablemente vestido, con levita negra, cuello almidonado y sombrero de copa – tal como lo describe Roe al llegar éste diez años después a Nueva York para preparar en América una exposición de los impresionistas – quien tendría una gran visión de futuro: fuertemente endeudado, en parte por las dos décadas de continuado apoyo a los artistas, lograría al fin hacer historia en Nueva York en 1886.

Los marchantes han recorrido los tiempos gracias  a su intuición, su olfato, su habilidad para descubrir lo que el día de mañana se considerará excelente. En torno a Ambroise Vollard, al que alguna vez he aludido en Mi Siglo, giraban Cézanne, Degas y Renoir, y también su apuesta – ganada – por Rouault. En torno a D. H. Kahnweiler, al que también me referí aquí, giraron Picasso, Braque, Léger o Gris.

Pero no todo el mundo tiene cualidades de marchante y tampoco las relaciones entre marchantes y artistas han sido muchas veces fluidas. Cuando Jean Gimpel en «Contra el arte y los artistas» (Granica) habla de los marchantes cuenta como en 1674 el marchante Floquet impone sus temas al pintor; le encarga aquellos que el público pide para su negocio: ese pintor, Elias van den Broech, que recibe un salario anual, deberá estar diariamente a disposición de Floquet para pintarle todos los temas que su fantasía comercial pueda imaginar.

«Nací pintor – se lamentaba en el siglo XVll Louis- Henri de Loménie, conde de Brienne – y me hice conocedor de la pintura a fuerza de dinero. La curiosidad por los cuadros solo es buena para los pródigos como yo y para los reyes que pueden hacer tales gastos sin incomodidad. Pero para los particulares, por cierto una gran locura, y el gasto supera infinitamente sus fuerzas y sus medios… He gastado mucho dinero en cuadros. (…) Yo me conozco muy bien. Puedo comprar un cuadro sin consultar a nadie y sin temor de ser engañado por los Jabach y los Perruchot, por los Forest y los Podestá, grandes traficantes de cuadros que vendieron en su tiempo copias por originales…».

(Pequeño apunte en estos días en que la prensa habla del galerista Larry Gagosian y de su nuevo espacio expositivo en París)

(Imágenes:-1.-cepillando el parquet- 1875.-Gustave Caillebotte.-Museo d`Orsay/2.- Paul Durand -Ruel.-por Renoir.-1910/3.-La japonaise.-Monet.-1876/ 4.-el viejo clown con perro.-Georges Rouault.-fundación Rouault/ 5.-Retrato de Kahnweiler.-Picasso.-1910- instruct. vestwalley.edu)