CHANDLER Y HAMMETT

 

 

“Hammett tenía estilo, pero sus lectores no lo sabían, porque escribía en una lengua que no se suponía fuera capaz de tales refinamientos — decía Raymond Chandler en “El simple acto de matar”—. Pensaban que se habían metido de lleno en un buen melodrama sustancioso, escrito en una especie de jerigonza que imaginaban que ellos mismos hablaban. En cierto modo era eso, pero era mucho más. Toda lengua empieza con la palabra, y además con la palabra de la gente corriente, pero cuando se desarrolla hasta llegar a ser un; medio literario, sólo le queda un parecido lejano con la palabra. Creo que este estilo, que no pertenece ni a Hammett ni a nadie, salvo al idioma norteamericano ( y ni  siquiera exclusivamente a éste): puede expresar cosas que él mismo  no sabía cómo expresar, ni siquiera  sabía que sentía necesidad de expresar. En sus manos no desembocaba en dobles sentidos, no dejaba eco, no evocaba  sombras detrás de la pantalla.

Se dice de Hammett que carecía de corazón, y sin embargo la historia que estimaba más suya cuenta la dedicación de un hombre a su amigo. Era ahorrador, frugal, duro, pero hizo una y otra vez, lo que sólo los mejores escritores pueden hacer. Escribir escenas que parecen no haberse escrito nunca antes.

Asi y todo, no echó por tierra la novela policiaca formal. Y él demostró que la novela policiaca  podía ser una obra importante. “El halcón maltés”  puede ser, o no, una obra genial, pero un género capaz de esto no es’ por hipótesis’ incapaz de cualquier cosa. Cuando una novela policiaca es tan buena como ésta, sólo un pedante negaría  que “podría’ ser aún mejor.’

 

 

(Imágenes — 1- Hammett/ 2- Raymond Chandler)

EL ORDENADOR Y LA MÁQUINA DE ESCRIBIR


‘Hace tiempo que alguno ha querido abordar una historia de la literatura contemporánea basándose en las relaciones que los escritores  han tenido con sus máquinas de escribir —así lo recordaba el francés Pierre Assouline—. Alguien también, más adelante, quizá quiera evocar sus relaciones con el ordenador. Pero  ciertas máquinas de  escribir  han quedado ya en la historia de la literatura. Por ejemplo, la Remington gran confort, la Underwood unida al whisky de Chandler, la Corona rodeada de cenizas de cigarrillos, la Olivetti Lettera 32,  o la Olympia portátil. Anthony Burgess quiso recrear también su máquina de escribir. Y Auster en 2003 compuso su ‘Historia de mi máquina de escribir’ y sus relaciones con su Olympia destacando ‘ su personalidad y presencia en el mundo”, como su más querido agente de transmisión.  “El sonido de las máquinas de escribir —se leía en una página de Auster hablando del pasado — a veces era como la música, sobre todo cuando se oía el timbre al final de cada línea, pero también le hacía pensar en un chaparrón cayendo sobre el tejado de la casa de Montclair y en el ruido de piedrecitas lanzadas contra el cristal de una ventana.”

Por otro lado, ¿quién podrá restituir la pasión de los escritores por su vieja y tierna máquina?  Algunos escritores, sin embargo, no dudaron en vender su máquina de escribir, una Olivetti Lettera 32, que habían comprado por 50 dólares y que acabó vendiéndola por 254. 000.

¿Qué vida, historias y confidencias nos podrán contar más adelante los ordenadores?


(Imágenes- 1- White escribiendo/ 2- Bernard Shaw)

AUTORRETRATO DE RAYMOND CHANDLER

 

“Sí —decía burlonamente Raymond Chandler—, soy exactamente como los personajes de mis libros. Soy muy duro y una vez me vieron romper un panecillo de Viena sólo con mis manos. Soy muy guapo, tengo un físico corpulento y me cambio de camisa regularmente todos los lunes por la mañana. Cuando descanso entre dos libros vivo en un castillo francés de estilo provenzal en Mulholland Drive. Es un lugar algo reducido de cuarenta y ocho habitaciones y cincuenta y nueve cuartos de baño. Como en vajilla de oro. Naturalmente, hay veces en que tengo que dejarme crecer la barba y vivir en una casa medio derruida de Main Street, y hay otras veces en que resido, aunque no a petición propia, en la celda de borrachos de la cárcel.

Tengo amigos de todas las clases sociales. Sobre mi mesa de trabajo hay catorce teléfonos, incluyendo líneas  directas con Nueva York, Londres, París, Roma y Santa Rosa. Cuando se abre mi archivo aparece un bar portátil muy conveniente,  y el “barman”, que vive en el cajón interior, es un enano llamado Harry Cohn. Soy un fumador empedernido y, de acuerdo con mi humor, fumo tabaco, marihuana, seda de maíz y hojas secas de té. Consigo mi material de varias maneras, pero mi procedimiento favorito consiste en registrar las mesas de otros escritores en las horas libres. Tengo treinta y ocho años desde hace veinte. No me considero un tirador infalible, pero soy un hombre bastante peligroso con una toalla húmeda. Pero bien pensado, creo que mi arma preferida  es un billete de veinte dólares.”

(Imagen —Raymond Chandler-)

ESCRIBIR DESPUÉS DE AUSCHWITZ, DESPUÉS DE FUKUSHIMA

“Aquí no he hecho más que pintar incansablemente para aprender a pintar, le comenta Van Gogh a su hermano Theo. Yo escribía para tratar de saber qué era escribir (…), escribía continuamente y sobre cualquier cosa y de ese modo aprendía a escribir, confiesa el argentino Ricardo Piglia. Tengo la paciencia de un buey, decía sobre su trabajo Gustavo Doré. No es imperioso que escriba ‑aconsejaba a un amigo Raymond Chandler‑, y si no tiene ganas es mejor que no lo intente. Puede mirar por la ventana, o retorcerse en el suelo, pero no tiene que hacer ninguna otra cosa positiva, no leer, escribir cartas, hojear revistas o escribir cheques. O escribir o nada. La sociedad se ha sacado la literatura del medio, y la ha sustituido por la televisión. Ha desplazado los lugares de enunciación de la tradición intelectual y de sus problemas hacia la cultura de masas. Quizás ahora que la literatura en este sentido ha muerto, se pueda , por fin, escribir, comenta también Piglia.

Hay que escribir, pues, precisamente después de Auschwitz y después del Gulag, después del atentado a las Torres Gemelas, después de Afganistán y después de Irak, después de las devastaciones y de esas barbaries que siguen viniendo y que, lamentablemente, aún vendrán. Porque, además, no todo es barbarie. ¿Son numerosos los horrores? ‑se preguntaba Jorge GuillénPero también el hombre ha hecho cosas admirables. Comencemos por la admiración. El autor de Aire nuestro pasó por Rotterdam, y se quedó asombrado. La ciudad, destruida por los bombardeos nazis en Holanda, ha sido totalmente rehecha. Cualquier viajero tiene que sentirse atónito.

… Y bajo los diluvios demoníacos,

reiterada la furia

con método.

Fue conseguida ‑casi‑

la destrucción total.

Y cayeron minutos, meses, años.

Y no creció entre ruinas

el amarillo jaramago solo,

amarillo de tiempo,

de un tiempo hueco a solas.

Se elevaron los días, las semanas.

Y vertical, novel,

surgió el nombre de siempre.

Ya Rotterdam es Rotterdam.

¡Salud!

(…)

En este muelle, frente a embarcaciones

y grúas y horizontes,

siento inmortal a Europa,

uno siento el planeta.

La historia es sólo voluntad del hombre.

Valga como conclusión ‑repite Jorge Guillén‑: “La historia es siempre voluntad del hombre”. Esto es, al menos, lo que este poeta cree.

Y no sólo habrá que escribir después de las batallas y de las vergüenzas sino también después y durante el consumismo, después y durante este largo y extraño período moderno del antiarte que comenzó hace tiempo ya, en 1919, cuando Marcel Duchamp le pintó un bigote a una reproducción de la Mona Lisa. Aquel bigote ‑señala el historiador Jacques Barzunabrió una puerta, dio una contraseña o encendió una permanente luz verde que daba paso al hecho de que cualquier cosa bien realizada con un lápiz o un cincel fuera considerada arte, o mejor dicho, se pensara que cumplía la pretensión colectiva de ser un antiarte. A partir de aquel momento y tiempo después se inauguraría la mera diversión del espectador, el arte encontrado (desechos marinos recogidos en la playa), el arte basura (la puerta del frigorífico abandonado), el arte desechable (objetos magnificados o hechos de materiales endebles; puentes y edificios envueltos en tela), el arte aleatorio (basado en la impresión de puntos cuya ubicación azarosa la dictan los dados o el ordenador), el arte móvil (en el que se incluyen “esculturas” que representan pequeñas máquinas inútiles moviéndose sin sentido, o el par de zapatos que da pasos hacia atrás y hacia adelante), los lienzos que muestran líneas geométricas simples o complejas (una serie entera que “explora el cuadrado”), los dibujos o fotografías de bacterias, copos de nieve u órganos internos, etc. etc. (…), y todo eso hasta llegar al fin a ese hecho ‑uno entre tantos‑ en el que en una exposición celebrada en Nueva York, el propio artista se convirtió en el modelo definitivo pintando de verde su cuerpo desnudo y tumbándose en un ataúd abierto. Después hemos visto ‑concluye Barzuncómo un artista británico elegía los excrementos como material “.

Ese es parte del escenario del mundo actual y de él y sobre él tendrá que escribir el escritor contemporáneo.

Es su tiempo, es el que le ha tocado vivir. Un tiempo de modificaciones celéricas, tiempo de emigraciones y de reajustes, tiempo de curiosas obsesiones (como la del cambio por el cambio), tiempo de tantas cosas más.

Ahora que la sociedad ha sustituido la literatura por la televisión, ahora que la literatura en este sentido ha muerto, quizás ahora se pueda, por fin, escribir”.

(Esto escribí yo en “El ojo y la palabra” y compruebo ahora – en un número último de “Le Magazine Littéraire” – que los autores japoneses se proponen – naturalmente – escribir después de Fukushima.

Siempre escribir)

(Imágenes:- 1.-George Grosz.-Paz.-1946.-Museum of Art.- New York/ 2.-Carlos Anderson.-1939- Smithsoinan.-American Art Museum/3.-Dan Mumford)

WEEGEE, LAS CALLES Y LOS ROSTROS

Grandes fotografías que hacen época: Weegee y sus calles, crímenes y rostros. De Weegee,el ojo público“, hablé ya en Mi Siglo. Walter Benjamin hacía notar que “con toda justicia se ha dicho de Atget que fotografiaba calles desiertas de París como si fueran la escena de un crimen. La escena de un crimen siempre está desierta; se fotografía con el propósito de reunir pruebas. Con Atget, las fotografías se transforman en pruebas estándar de hechos históricos y adquieren una significación política oculta”.

En el caso de Weegee, las calles muchas veces no aparecen desiertas. En las calles, en torno al detective que indaga, a las gabardinas y al resplandor de los focos, los curiosos se arremolinan intentando abrirse paso como sea y hasta allí llegan las palabras que pronunciara E.M Wrong: “el amigo del detective tiene la doble función de lector muy del montón y de coro griego; comenta lo que le parece sobre lo que no entiende”. Entonces, mientras los amigos del detective comentan y preguntan, la cámara de Weegee se adelanta a todos ellos y en un instante dispara su foto: fija la expresión. Así se recuerda ahora en una nueva exposición en torno a lo que algunos han llamado “el fotógrafo de los asesinos“.

El fotógrafo, con su instantánea, es siempre más celérico que el novelista. Por aquellos años 4o americanos Raymond Chandler confesaba: “cuando escribo algo que es duro y rápido y lleno de acción y crimen, me atasco por ser duro y rápido y lleno de acción y crimen, y entonces, cuando trato de bajar un poco el nivel y desarrollar el lado mental y emocional de la situación, me atasco por apartarme de lo que me atascó antes”.

Mientras tanto, Weegee, aprovechando la indecisión del narrador e inclinándose, tomando bien el ángulo, ya ha disparado su fotografía.

(Imágenes:- 1.-Weegee.-1964/2.-Anthony Esposito, fichado bajo sospecha de matar a un policía de Nueva York.-16 de enero de 1941.-Weegee.-International Center of  Photography.- foto de Weegee/ 3.-sospechosos a la puerta del juzgado de Guardia.-1941.-Weeger.-Institute Center of Photography.-foto Weegee)

DASHIELL HAMMETT, EL HOMBRE DELGADO

“El lenguaje del hombre de la calle – escribió Dashiell Hammett en 1926– rara vez es claro o simple (…) El hombre coriente quizá se exprese un poco mejor por escrito. Si desean comprobar esto, elijan al azar a media docena de hombres cuyo trabajo cotidiano no guarde relación alguna con las palabras y háganles redactar algún párrafo. El resultado será interesante e instructivo. Pero no será ni claro ni sencillo. Las palabras que prefiere el hombre corriente son las que le permiten hablar sin tener que pensar. (…) La simplicidad y la claridad no hay que tomarlas del hombre de la calle.  Son lo más difícil de obtener y el logro literario más arduo, y todo escritor que intenta conseguirlas precisa de una gran dosis de habilidad. Simplicidad y claridad son las cualidades más importantes para asegurar el máximo efecto que se desee producir en el lector; y asegurar ese máximo efecto deseado es la meta principal de la literatura“.

Escribió esto Hammett para la revista Western Advertising y sin duda el manejo del lenguaje sería instrumento clave dentro de sus novelas. Palalabras igual que hachas, verbos como puñetazos, interrogaciones envueltas en desprecios. “¿Cuál es la frase mejor escrita? – había leído que aconsejaba un novelista francés -: “¡La más corta!”. Y a ello se aplicó.

Literatura y ruidos, literatura y sonidos : “El timbre de un teléfono vibró en la oscuridad – se lee en “El halcón maltés” -. Cuando hubo sonado tres veces, los muelles de la cama crujieron, unos dedos tantearon la madera, algo pequeño y duro produjo un ruido sordo al chocar en el piso alfombrado, los muebles crujieron de nuevo y la voz de un hombre dijo…”. Literatura e imagen, literatura y cine :  “Entonces Spade sonrió. Su sonrisa era plácida, casi soñadora. Su hombro derecho se elevó unas cuantas pulgadas. Su brazo derecho, doblado, fue echado hacia atrás por el movimiento del hombro. Puño, muñeca, antebrazo, codo y brazo parecían constituir un mecanismo rígido y uniforme que sólo se movía mediante la acción del hombro”.

Se sabe que a Dashiell Hammett le gustaban Faulkner y Scott Fitzgerald, que saludó la aparición de “El secuestro de Miss Blandish”, de James Hadley Chase como una obra maestra – “la leí diez veces y las diez lloré como un niño“, escribió en The New York Times” -; Lillian Hellman cuenta en “Mujer inacabada” que cuando Hammett comenzó a escribir “El hombre delgado” cesaron las borracheras y se terminaron las fiestas. “Nunca había visto trabajar a nadie de esa manera: la atención que dedicaba a cada palabra, el orgullo en el limpio mecanografiado de la página misma, la negativa a salir ni siquiera a dar un paseo durante diez días o dos semanas por temor a que se le escapara algo. Fue un buen año para mí y aprendí algo de él y sentí, tal vez. miedo ante un hombre que no me necesitaba. (…) ; pasaba muchas jornadas invernales sentado en un taburete en el bosque, observando las ardillas o los castores o los ciervos. Los intereses del día se prolongaban por las noches en que leía “Las abejas: su visión y su lenguaje” o “Armeros alemanes del siglo XVlll ” (…) Me sería imposible recordar ahora todo lo que quiso aprender; pero recuerdo un largo año de estudio sobre la retina del ojo; cómo jugar al ajedrez sin tablero; las sagas islandesas; la historia de la tortuga mordedora (…) y finalmente, y durante el resto de su vida, las matemáticas. Las matemáticas le interesaban más que cualquier otro tema, excepto el béisbol”.

El hombre delgado, de porte distinguido, fue retratado por Raymond Chandler en una carta. La imagen podría pertenecer perfectamente a una de sus novelas: “alguien quería hacerle un propuesta y fue a verlo a la mañana, cerca del mediodía, cuando estaba ocupando una suite en el Beverly- Wilshire ; le abrió la puerta un criado de Hammett, que lo hizo pasar a una sala, y después de una muy larga espera se abrió una puerta y apareció el gran hombre, envuelto en una costosa bata (seguramente con sus iniciales en el bolsillo) y una bufanda dándole artísticas vueltas al cuello. Se quedó en silencio mientras el hombre exponía su asunto. Cuando terminó, respondió con un cortés “No”. Se volvió y salió, la puerta se cerró, el criado condujo al caballero afuera, y se hizo el silencio, interrumpido sólo por el gorgoteo del wisky desde un cuarto interior. Si usted vio alguna vez a Hammett, podrá imaginarse la dignidad y el dramatismo de esta pequeña escena. Es un tipo de aire muy distinguido, y supongo que podrá decir “no” sin el menor rastro de acento de Brooklyn. Yo lo apreciaba mucho y era un borracho increíblemente eficaz, cosa que yo, con mi poca resistencia al alcohol, siempre admiro. Fue una gran pena que dejara de escribir“.

(Pequeña evocación en el aniversario de su muerte: 10 de enero de 1961)

(Imágenes: 1.-Dashiell Hammett/2.-San Francisco en los años en que tiene lugar la trama de “El halcón maltés”.-wikipedia/3.-escenas de la película de John Huston, “El halcón maltés“)

¿PARA QUÉ SIRVE UNA RESEÑA?

libros.-ttyyv.-por Hein Gorny.-mayo 1929.-SMB Art Library.-Kunstbibliotek“Yo he aprendido más de los ataques que de los elogios. Aun en los más despiadados hay un toque de plausibilidad. Siempre hay algo embarazoso en los elogios incondicionales. Uno sabe, en el fondo de su corazón, que no se lo merece”. Eso le decía uno de los grandes reseñistas de los años veinte, Mencken, en una carta dirigida al novelista americano Theodor Dreiser, y eso lo recoge en un interesante libroEl arte de la distorsión(Alfaguara) el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez.

También de Vásquez merece extraerse esta otra frase cuando alude a las reseñas de novedades: “Todos tenemos en mente una o dos firmas cuyo elogio de un libro es razón suficiente para no comprarlo, cuyo desprecio nos propulsa de inmediato a las librerías”. Palabras sorprendentes pero veraces. ¿Para qué sirve – o debería servir – una reseña? Indudablemente para ser verdadera guía de muchos lectores. Un buen crítico, según Steiner, le dice al público: “Esto es de verdad. La razón es ésta. Por favor, léalo”. Por supuesto que la otra tarea del crítico es decir: “Esto es una falsedad, una impostura. La razón es ésta. Por favor, sépalo”. Tanto del gran guía que fue Borges con sus reseñas enEl Hogar” (“Textos cautivos“) (Tusquets) como el también guía excelente que fue Cyril Connolly (“Obra selecta”) (Lumen) ya hablé en Mi Siglo.

libros.-4

Pero siempre es reconfortante volver de nuevo a Borges. Se ve siempre al guía al otro lado de su reseña. Como por ejemplo lo que nos dice en 1939 sobreLas palmeras salvajesde William Faulkner: “En las obras capitales de Faukner – en Luz de agosto, en El sonido y la furia, en Santuario – las novedades técnicas parecen necesarias, inevitables. En The Wild Palms son menos atractivas que incómodas, menos justificables que exasperantes. (…) Es verosímil la afirmación de que William Faulkner es el primer novelista de nuestro tiempo. Para trabar conocimiento con él, la menos apta de sus obras me parece The Wild Palms, pero incluye (como todos los libros de Faulkner) páginas de una intensidad que notoriamente excede las posibilidades de cualquier otro autor”.

Hoy apenas tenemos guías como Borges que nos conduzcan con maestría por los libros. En el volumen “Críticas ejemplares” (Bitzoc) que reúne históricos textos de Proust, Steiner, Lytton Strachey, Edmund Wilson, Manganelli, Raymond Chandler, Benet y el propio Borges, Jean-Francois Fogel se pregunta: “¿Durante cuánto tiempo tendremos que esperar la muerte del crítico? La noticia se demora de una manera inesperada”.

¿Hará falta también hacerse la pregunta interrogando a quienes hoy no escriben una buena reseña?

(Imagénes:-1. foto por Hein Gorny.-mayo 1929.-smb. museum. Art Library.-Kunstibibliotek./-2.-libros en la calle)

MARIPOSAS Y DISTRACCIONES

mariposa,.AAA.-por Donald Sultan.-1995.-artnet“Después de haber rescatado una hoja – le escribe Vanessa Bell a Virgina Woolf en 1927 -, me he sentado entre unas polillas que revoloteaban furiosas en círculos a mi alrededor y en torno de la lámpara. No puedes imaginarte lo que es. Una noche, cierto animalillo dio unos golpecitos tan sonoros en el cristal que Duncan dijo: “¿Qué es esto?” “Sólo un murciélago”, dijo Roger, “o un pájaro”, pero no era ni un hombre ni un pájaro sino una inmensa polillla, de medio pie, literalmente, que volaba por el lugar. Pasamos unos momentos terribles”. Cinco días después Virginia le contesta: “Por cierto, lo que me cuentas sobre las Polillas me fascina tanto que voy a escribir una historia acerca de ellas. Después de leer tu carta me pasé horas sin poder pensar en otra cosa que en ti y en las polillas”. 

Ese fue el germen de la novela “Las olas“. El interés de Virginia Woolf por las mariposas nocturnas venía de muy lejos. Esos etéreos vuelos en la noche, en un esfuerzo indómito e inútil para resistirse a la muerte y a la quietud, simbolizaban, sin ella saberlo, todas las alas de la imaginación creativa, el giro de de una idea que revoloteaba trayendo y llevando por la habitación del cerebro lo que en su día uno podía llegar a escribir.

Pero no siempre las Polillas o mariposas nocturnas acercan la inspiración. A veces la alejan. Hablando de las distracciones y de la concentración al crear Raymond Chandler, del que ya hablé algunas veces en Mi Siglo recordaba que “”el escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada”.

Todas las distracciones del momento parece que se unieran para impedirnos crear. Así, entre otros, el mundo de las indecisiones y de las dudas, el ir y venir de las mariposas por la mente mientras uno intenta componer algo, todo eso quiso contarlo el poeta Aníbal Núñez en unos versos reveladores:

Busca en torno (fruta, lápices) tema

Para seguir. Y sigue – sabe bien que no puede –

Haciendo simulacro de afición y coherencia

La escritura parece (paralela, enlazada)

Algo. Un final perdido le reclama

A medias. Fulge el broche de oro en su cerebro

Desplaza al sol extinto

Toma forma, -el escriba cierra los ojos – de

(un moscardón contra el cristal) esquila.

Un rebaño invisible y su tañido escoge

Entre símbolos varios del silencio; e invoca

“mi palabra no manche intervalos de ramas

y de planos: no suene”. Terminar el poema.

Aníbal Núñez: “Cuarzo“.

Mariposas de inspiración y de distracción, mariposas que siempre van y vienen.

(Imagen: Donald  Sultan.-1995.-artnet)

EL TIEMPO EN EL CINE

El tiempo intenta ser recogido por el cine, las películas poseen un “tempo” propio, el cine llega a ser muchas veces testimonio histórico y obra documental, otras veces consigue establecer un lugar para siempre en nuestra memoria, pero lo que sobre todas las obras cinematográficas ocurre – como sobre todas las cosas – es el paso del tiempo por encima de las cintas y de las salas, el tiempo que pasa silenciosamente en esa oscuridad desde la que miramos a la pantalla, el tiempo que va pasando mientras la pantalla nos mira.

Raymond Chandler, hablando del cine negro, afirmaba en una carta, en 1946, que “Bogart es tanto mejor que cualquier otro actor duro, que hace parecer vagabundos a los Ladd y los Powell. Bogart puede ser duro sin un arma. Además tiene un sentido del humor que incluye el resabio raspante del desprecio. Ladd es duro, amargo y ocasionalmente encantador, pero después de todo es la idea que se hace un niño de un tipo duro. Bogart es el artículo genuino. Como Edward G. Robinson cuando era más joven, todo lo que tiene que hacer para dominar la escena es entrar”.

En estos días en que nos ha abandonado el director anericano de origen griego Jules Dassin, repaso la visión que de él tuvo G. Caín ( o Guillermo Cabrera Infante). Cuando compara “Ciudad desnuda” con “Entre rejas” aplica la lente del tiempo que pasa y se pregunta, ya en 1958: “¿Está el lector entristecido por estas obras maestras que se deshacen en menos de diez años? No lo esté, por favor. Así es el cine. Además considere el aspecto espiritual: si se ha perdido una hija, se ha ganado un hijo: “Ciudad desnuda” no es tan buena como parecía, “Entre rejas” es mucho mejor de lo que nunca pareció”.

El tiempo, pues, pasa silencioso por las salas oscuras y por las blancas pantallas y también va respondiendo a las frases de Chandler o de G. Caín, dándoles o quitándoles la razón.

Como el tiempo pasa igualmente sobre aquellas palabras de Dassin a Francois Truffaut: “Lo que me interesa – le dijo el autor de “Rififí” – es la verdad. El cine es el arte de las masas, la diversión menos costosa. Una película debe ser divertida. Usted descubrirá en mis películas una mezcla de divertimento y de lirismo: es mi pobre aportación a una expresión de la verdad, limitada por el “cine negro“.

HABLANDO CON CHANDLER

Hablando ayer tarde con Raymond Chandler me decía que no sabía quién fue el idiota original que le aconsejó a un escritor: “No se moleste por el público. Escriba lo que quiera escribir.” Porque ningún escritor nunca quiere escribir nada. Quiere reproducir o producir ciertos efectos y al comienzo no tiene la más leve idea de cómo hacerlo.

Acariciaba Chandler a su gata mientras el animal reposaba en su regazo

– Hay una cierta cualidad indispensable a la escritura – añadió-, algo que desde mi punto de vista llamo magia, pero que podríamos llamar con otros nombres. Es una suerte de fuerza vital. Por eso yo odio la escritura estudiada, la clase de cosa que se yergue y se admira a sí misma. Supongo que soy un improvisador nato, no calculo nada por anticipado, y creo que por mucho que se haya hecho en el pasado, uno siempre empieza de cero.

Me miraba desde sus gafas de concha y envuelto su labio inferior en la niebla de su pipa humeante.

– Los jóvenes, por ejemplo, que quieren que uno les enseñe cómo escribir – agregó -, les parece que todo lo que escriben tiene que ser, esperan ellos, publicado. No están dispuestos a sacrificar nada para aprender el oficio. Nunca les entra en la cabeza que lo que uno quiere hacer y lo que puede hacer son cosas completamente distintas, que todo escritor que valga la pólvora que se gastaría en mandarlo al infierno a través de un alambre de púas siempre está empezando de cero. No importa lo que pueda haber hecho en el pasado: lo que está tratando de hacer ahora lo devuelve a la juventud, y por mucha habilidad que haya adquirido en la técnica rutinaria, nada le ayudará si no es la pasión y la humildad. Leen un cuento en una revista y se inspiran y empiezan a aporrear la máquina de escribir con energía prestada. Llegan a un cierto punto y ahí se apagan.

Estábamos charlando en una salita anónima, alejada de su habitación y de la mía. Tan sólo una estantería de libros nos acompañaba. Chandler abría sus piernas ante la pequeña mesita que nos separaba y me miraba fijamente.

– Y luego está el estilo – continuó -. No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia.

-¿Pero qué es el estilo?.-le pregunté llenándole la copa.

-La clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla.

-¿Y la concentración al escribir?

– El escritor no tiene que escribir, y si no se siente en condiciones no debería intentarlo. Puede mirar por la ventana, o hacer el pino o retorcerse en el suelo. Pero no debe hacer ninguna otra cosa positiva, como leer, escribir cartas, mirar revistas o firmar cheques. Escribir o nada.

De repente la gata debió oir un ruido finísimo porque escapó eléctricamente. Por la puerta apareció Philip Marlowe. Me apuntó con la pistola. Yo a mi vez apunté a Raymond Chandler. Extendí el cañón de “El simple arte de escribir” (Emecé) y antes de dispararle le obligué a firmarme una dedicatoria.